TERCERA PARTE
I
Vuelve en sí.
Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia, recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el hado social, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento á la honda.»
Pensando éstas y otras cosas no cesaba de atender solícito á la enfermedad de su mujer. María Egipciaca había vuelto de su estado comático varias veces durante el día; pero su mente seguía turbada; á nadie conocía, ni acertaba á formular una frase con sentido. Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio ó entraña de su cuerpo sentía, quiso lanzarse del lecho. Fué preciso emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud cesó, aunque no la fiebre. En su sueño decía no pocas palabras claras y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones, y, por último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: «¡No, á ese no, á ese no: es mío!»
Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró á las paredes, al techo, á la cama, á los muebles, cual si á todas aquellas partes pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin cansancio, al carril de la cordura. Vió á un hombre junto al lecho, solo con ella, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la enferma expresaron un sentimiento dulce.
«¿Tú?» murmuró sonriendo.
León se acercó, inclinándose hacia ella. Cuando metía su mano entre las sábanas para buscar la de ella y tomarle el pulso, María se apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo con un gemido:
«¡Ay! ¡qué gusto saber que era sueño lo que ví! Te habían pinchado en unos... así como grandes tenedores, y te iban á meter en un horno lleno de fuego. Yo me moría de pena... sentí una opresión... grité...»
El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi no tenían ni forma ni color, cayó en unas profundidades pavorosas, donde no había nada, á no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo obscuro, y el asombro de tanta hondura y obscuridad. Pero al sentirse en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra lanzada al abismo, vió con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno. Bien se comprenderá que la mística dama vería la cità dolente y sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida real, guiándose por descripciones escritas y por minuciosas estampas. Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante á las que vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, á María Egipciaca se le representaban las zahurdas infernales como inmensos túneles de ferrocarril, ó bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de humo y pestilencia, ó también cual negro taller de fundición y forja, donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril ó poceros de alcantarilla, con los infelices jornaleros de minas hulleras, con los cíclopes de Sheffield ó Birmingham y aun con otros industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos estaban empapados en pringoso sudor, semejante á la infecta grasa de las máquinas.
Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles, galerías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro había un barullo, un estrépito, un vértigo del cual la dama no habría podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil trenes á gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran, haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en todas direcciones para volver á reunirse. Las locomotoras eran en la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno. Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas pupilas, expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto infinitamente ancho y vaporoso.
En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables visitaron la ya célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que impresionó mucho á la dama, no se borró jamás de su memoria, y en aquella hora de alucinación la imagen del colosal establecimiento tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio eterno á donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres que había visto en Barcelona y en Francia prestaban algún elemento para rematar el horrible cuadro. Veía que algunos precitos eran puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, ó bien pasados por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados luego á los hornos de luz blanca, tornaban á su forma primera. Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo-pilón de cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los diablillos menores, ó sea la granujería del Infierno, se entretenían en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices, para introducirles con embudillo y cuchara metal derretido, producto de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol, lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y juntándolas todas, es decir, centenares ó millares de lenguas, las ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento que casi parecía incomprensible en nuestro mundo terrenal, á pesar de que está lleno de telares, y es que tejían unos con otros á los condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para formar una cuerda ó ristra, la cual se entretejía con otra hasta formar una gran tela de dolor y lamentos. Sometían esta tela á una especie de torno, donde la estiraban hasta que su tamaño crecía desde kilómetros á leguas, y crujían los huesos, como si por sobre un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al fuego, volvían los individuos á su forma primera, y de su forma prístina á la repetición del mismo entretenido tormento.
Todo esto lo vió María con indecible espanto. Estaba allí y no estaba; no podía gritar, ni tampoco respiraba. Pero llegó un momento en que el dolor se sobrepuso al pánico. Entre los muchos condenados por imperdonables picardías, vió á uno que parecía tener grandes merecimientos pecaminosos, según lo mucho que le atendían los incansables y feísimos diablos y aun las asquerosas diablesas. Era León. María vió cómo se apoderaban de él, cómo le estrujaban entre las horribles manos pringosas, cómo le revolvían en cazuelas hirvientes, sacándole con espumadera y metiéndole con cuchara. Por último, le pincharon con un tridente y le acercaron á la boca de un horno cuyo fuego era tal, que el fuego de nuestro mundo parecería hielo al lado suyo. Entonces María sacó de su pecho un grito, alargó el brazo, la mano... brazo y mano que tenían una lengua... sus dedos se quemaban cercanos al horno....
«¡No, no; á ese no... es mío!»
Aquí tuvo fin la visión. Desapareció como los renglones del libro que se cierra de un golpe. Pero la idea quedaba.
II
¿Se morirá?
María se vió en una habitación grande y desnuda. Su esposo estaba allí delante de ella, entero y vivito. Desconociendo el lugar, la enferma se sentía bien acompañada.
«¿Qué casa es ésta?—preguntó.
—La mía... Tranquilízate... estoy aquí: ¿no me ves?»
María seguía recorriendo con sus ojos las paredes y el elevado techo.
«¡Qué cuarto tan triste!—murmuró dando un suspiro.—Y yo... ¿he venido aquí?»
Se calló, reconcentrada en sí, escudriñando en sus turbios recuerdos. Aquella mañana, después del suceso que bien puede llamarse catástrofe, León había tratado con el Marqués de Fúcar y con Moreno Rubio del mejor modo de llevarse á su mujer á Madrid. D. Pedro encontró peligrosa la idea, y el médico se opuso resueltamente, diciendo que en el estado de la enferma, la traslación, aun con todas las precauciones posibles, podría ser causa de un funesto desenlace. Muy contrariado estaba León con esto, y casi se hubiera atrevido á poner en ejecución su plan de mudanza si Moreno Rubio no le amenazara con retirarse, declinando toda responsabilidad. No pudiendo sacar del palacio de Suertebella á quien por ningún motivo debía estar en él, juzgó que convenía desfigurar el aposento, y con permiso del generoso dueño quitó los cuadros, objetos de arte, porcelanas y baratijas que en él había. De este modo la habitación, que era de las menos lujosas y no tenía tapicerías, sino papel del más común, parecía modesta.
«Sí: viniste aquí—le dijo el marido, tocándole la frente.—Te has puesto un poco mala; pero eso pasará: no es nada.
—¡Ah!—dijo María, herida de súbito por un recuerdo doloroso.—Me trajeron mis celos, tu infidelidad... ¿Pero es ésta aquella casa...?
—Es mi alcoba.
—Estas paredes, este techo tan alto... ¿Por qué no me has llevado al instante á nuestra casa?
—Iremos cuando te repongas.
—¿Qué me ha pasado?
—Una desazón que no traerá consecuencias.
—¡Ah! sí, ya recuerdo... te has portado infamemente conmigo... ¿Qué te dije yo? ¿Te dije que te perdonaba? Si no te lo dije, ¿es que lo he soñado yo?
—Sí: me perdonaste,—le dijo León por tranquilizarla.
—Tú me prometiste no querer á otra, me juraste quererme, y para que lo creyera me diste pruebas de ello. ¿Esto es verdad ó lo he soñado yo?
—Es verdad.
—Y también me dijiste que estás resuelto á abjurar de tus errores y á creer lo que creo yo. ¿Es también sueño esto?
—No: es realidad. Haz por serenarte.
—Y luego nos reconciliamos... ¿no ha pasado así?
—En efecto.
—Y volvimos á querernos como en los primeros días de casados.
—También.
—Y me probaste que era mentira lo de tus relaciones con...»
María se detuvo, mirando fijamente á su esposo.
«No vuelvas sobre lo pasado—le dijo éste con bondad.—Es preciso que hagamos un esfuerzo para devolverte la salud. Tú, María, debes ayudarnos.
—Ayudaros, ¿á qué?
—A salvarte.
—¿Pues qué, no he de salvarme yo?... ¡Dios mío, he pecado!...»
Y demostró un dolor muy hondo.
«Me refiero á tu vida, á tu salud corporal que está amenazada.
—¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto. Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡estoy en pecado mortal!
—Lo has soñado, hija, lo has soñado. No temas nada; tranquilízate.
—¡Estoy en pecado mortal!—repitió María, llevándose las manos á la cabeza.—Dime, ¿es también sueño lo que me dijiste...?
—¿Yo?
—¿Que no me querías?
—¿Pues qué podía ser sino sueño?»
María le echó los brazos al cuello y atrajo suavemente hacia su rostro el de su marido.
«Dímelo otra vez para que se me quite el amargor que me dejó aquel mal sueño.»
Los esposos hablaron un instante en voz baja.
«Dame una prueba de tu cariño—le dijo María.—Pues estamos lejos de Madrid, pues no debo salir de tu casa en algunos días, hazme el favor de avisar al Padre Paoletti. Con él quiero hablar.
—Yo mismo le traeré.
—¿Tú mismo?
—¿Por qué no? Nada que te agrade puede serme molesto.»
A la sazón entró el médico. León había creído prudente confiarle algunos de sus secretos, pues siendo la dolencia de María motivada por causas morales, convenía suministrar á la ciencia datos de aquel orden delicado. Moreno Rubio y León Roch hallábanse unidos por una amistad sincera, fundada en la bondad del carácter de ambos, y principalmente en la concordancia de sus opiniones científicas. Aquella mañana, cuando León hizo á su amigo las revelaciones indispensables para un acertado diagnóstico, sostuvieron un diálogo interesante, del cual mencionaremos lo más substancial.
«De modo que usted no quiere á su mujer ni poco ni mucho,—dijo Moreno Rubio, que tenía el don de expresar los temas con grandísima claridad.
—La mentira me ha sido siempre muy odiosa—replicó León.—Por tanto, declaro que María no me inspira ninguna clase de cariño. Dos sentimientos guarda aún mi alma hacia ella, y son: una lástima profunda y un poco de respeto.
—Perfectamente. Esos dos sentimientos no bastan á hacer un buen marido; pero hay en su alma otros que pueden hacer de usted, y lo harán de seguro, un hombre benéfico... Respuesta al canto: ¿usted desea que viva su mujer?
—Me ofende usted preguntándomelo. La misma zozobra en que se halla mi conciencia me impele á desear que María no muera.
—Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera—dijo Moreno, poniéndole la mano en el hombro,—es necesario calmar en ella la irritación producida por los celos, harto fundados por desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado, vuelva á su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma vida. El ejemplo le tenemos bien cerca. Apresurémonos, pues, á devolver á ese organismo el compás que ha perdido, y triunfaremos de la espantosa revolución del sistema nervioso que afecta y destroza la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la medida posible, para que, entrando los sentimientos de la enferma en un período de calma, recobre toda la máquina su marcha saludable. Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que no se reproduzca ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que no ha pasado nada; y sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla como á los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo sus caprichos, siempre que éstos pertenezcan al orden de los entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa.»
Después de este substancioso discurso, indicó otra vez León la necesidad apremiante de sacarla de Suertebella, á lo que se opuso decididamente Moreno. Desechado el plan de traslación por homicida (ésta era la expresión del médico), ambos determinaron desfigurar la estancia, traer de Madrid los criados que rodeaban constantemente á María, y otras cosas secundarias y menudas, pero indispensables para el buen propósito de León Roch. Antes de separarse, éste dijo á su amigo:
«Hábleme usted con franqueza. ¿Se morirá mi mujer?
—Aún no puedo decir nada. Es muy posible que así suceda. Déjeme usted que determine bien la especie de fiebre con que tenemos que luchar.»
Aquella noche, cuando María volvió á su natural sér, después de pasearse con la fantasía por los infiernos, llenos de horribles máquinas y diablos fabricantes, entró Moreno á verla, como se ha referido.
«¡Hola, hola!—dijo riendo, al observar que marido y mujer se miraban muy de cerca.—¿Estamos como tórtolos? ¿Qué tal, mi querida amiga?... El pulso no va mal... Debemos procurar un reposo completo del cuerpo y del alma.»
María frunció el ceño mirando á su marido.
«No, no ponga usted mala cara á este hombre, que está enamorado de su mujer como un novio de primavera. Me consta... Dentro de unos días saldrán ustedes por ahí á coger lilas y á mirar las mariposas... Una mujer discreta no debe hacer caso de hablillas malignas. Cabeza llena de dicharachos de la envidia ¿qué hará sino desvariar? Ahora, querida amiga, vamos á entrar en un período razonable, vamos á celebrar unas paces duraderas, vamos á querernos mucho... lo digo por ustedes... en fin... veamos esa lengua...»
Después preparó por sí mismo algunas medicinas. León y Rafaela le ayudaban.
Mientras esto ocurría junto á la enferma, el Marqués de Fúcar, dando de la mano por un momento al grandioso asunto del empréstito, ya casi ultimado, se llegaba á su querida hija y muy seriamente le decía:
«Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Pero no hay que desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún. A nosotros nos corresponde auxiliar á la ciencia en la medida de nuestro escaso poder é implorar el auxilio de la Providencia.»
Alzando del suelo sus ojos llenos de turbación, Pepa mostró al Marqués su rostro que parecía de cera. Como quien se aprieta la herida para que arroje más sangre, echó de sí esta pregunta:
«¿Se morirá?
—De eso te hablaba y no me has oído—dijo D. Pedro, que también tenía en aquel día su herida sangrienta.—Nuestro deber es demostrar á esos infelices huéspedes la parte que tomamos en su desgracia. Conduzcámonos como corresponde á nuestro nombre y á esta casa. ¿Conviene que manifestemos con un acto religioso nuestro sincero anhelo de ver fuera de peligro á María Egipciaca? Pues hagámoslo con esplendor y magnificencia. Tenemos aquí una capilla que me ha costado al pie de ochenta mil duros, y que hubiera costado menos cuando los artistas valían más y no tenían tantas pretensiones. Pues bien: es preciso celebrar mañana una misa solemne de rogativa á que asista toda la servidumbre de Suertebella, presidida por tí. Te autorizo para que me gastes en cera lo que se te antoje. Que venga mañana á decir la misa ese bendito cura de Polvoranca, y si quieres traer más curas, vengan todos los que se puedan haber á mano.»
Dijo, y retiróse dando un gran suspiro. Él, que también guardaba un pesar hondo en su alma, ¿quería implorar del cielo favor y misericordia para sí? No sabemos aún cuáles eran las cuitas que tan de improviso habían cambiado la jovial sonrisa del Marqués de Fúcar en mohín displicente. El empréstito, lejos de navegar mal, arribaría pronto al puerto de la realización, después de surcar con buen viento el piélago turbio de nuestra Hacienda, y era seguro que entre Fúcar, Soligny y otros pájaros gordos de Francfort, Amsterdam y la City se tragarían un puñado de millones por intereses, corretaje y comisión. ¿Entonces qué...?
Era la capilla de Suertebella un hermoso monumento construído en un ángulo del palacio, alto de cimbra, grueso de paredes, brillante cual si le hubieran dado charol, con mucho yeso imitando mármoles y pórfidos de diferentes colores, oro de purpurina y panes, que hacía el efecto de una pródiga distribución de botones y entorchados de librea por las impostas, entablamentos y pechinas de aquella arquitectura greco-chino-romana, con muecas góticas y visajes del estilo neoclásico de Munich que nuestros arquitectos emplean en los portales de las casas y en los panteones de los cementerios. El imitado jaspe, el oro, los colorines, parecían moverse circulando en el agua de su redoma.
Por el techo corrían ángeles honestos que antes fueron gentílicas ninfas en el taller del escultor, y en las pinturas de los tímpanos había virtudes teologales que habían sido musas pizpiretas. Todo tenía el deslumbrante lustre que la albañilería moderna da á nuestras alcobas, y que en éstas cuadra á maravilla. Ningún atributo ni alegoría cristiana se les quedó en la paleta, ó en el molde de escayola, á los artistas encargados de decorar aquella gran pieza. Más adelante conoceremos á un chusco que, al decir de la gente, se entretuvo cierto día en dar una explicación humorística y á todas luces irreverente de las figuras que hermoseaban la capilla. Tal matrona de vendados ojos, con un cáliz en la mano, era España, á quien los hacendistas habían puesto de aquella manera para que apurase sin protesta la amargura de su ruína; aquella otra que tenía un ancla y volvía los desconsolados ojos al Cielo, representaba el abatido Comercio, y la que hacía caricias á unos niños era la Beneficencia, símbolo hermoso del interés que á los Fúcares merecen la propiedad y la industria, y de la tierna solicitud con que las conducen por el fácil camino de los hospicios. Los doctores, en número de cuatro y representados en actitud de escribir gravemente con el aquilífero pincel, que dice Fray Gerundio, eran la Prensa, siempre dispuesta á elogiar á los grandes empresarios, que antes de hacer de las suyas, se amparan de las volubles plumas. Aquel barquichuelo que naufragaba en las aguas de Tiberiades era la nave del Estado, donde los oradores y articulistas hacen tantas travesías; los multiplicados panes eran copia gráfica de la entrega y recepción de algunos artículos de contrata; y por último, las atónitas sibilas que no hacían nada, como quien está en Babia, eran la Administración pública. El intérprete de estos símbolos y pinturas bíblicas daba versiones muy atroces de los letreros que corrían por frisos y arquitrabes, y leía: Yo soy Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi casa. Dadme á mí lo que es del César y lo que es de Dios. Por este estilo profano lo explicaba y traducía todo.
La capilla, admitido con indulgencia el gusto moderno en construcciones religiosas, era bonita. Su suelo estaba al nivel de la planta baja y tenía puerta al jardín, por donde entraba el pueblo; su techumbre sobresalía del tejado del palacio, ostentando su poco de torre con campanas. Habíanla dedicado á San Luis Gonzaga, cuya imagen, bien esculpida, ocupaba el altar mayor bajo la gran escena del Calvario. Hízose la piadosa ceremonia tal y como Don Pedro la había dispuesto. No bien despuntara el día, fueron encendidas sobre el altar grande, así como sobre los pequeños, cantidad de finísimas velas; y mil y mil flores olorosas, aprisionadas en elegantes búcaros, tributaban á la idea religiosa la doble ofrenda de su belleza y de su fragancia. Luces y aromas disponían al fervor, hiriendo los sentidos con fuerte estímulo, y llevando el alma á una región de dulce embeleso, donde le era fácil orar y sentir. La servidumbre toda asistía, desde el administrador hasta el último marmitón de las cocinas.
Decía la misa el cura de Polvoranca, humildísimo varón protegido de la casa, viejo, un poco ridículo en apariencia por reunir á la fealdad más acrisolada ciertas excentricidades y manías que, á más de perjudicarle mucho en su carrera eclesiástica, le dieron cierta celebridad. Gozaba en Suertebella de una mezquina renta que D. Pedro le señaló para celebrar el divino oficio los domingos, y para confesar una vez al año á todos los criados, costumbre piadosa que el prócer millonario mantenía en su casa, atento á evitar de este modo muchas trapisondas y latrocinios.
En la tribuna que los señores de Suertebella tenían en su capilla al nivel de las habitaciones del palacio, oyó la misa de rogativa Pepa Fúcar, juntamente con sus doncellas, el aya y Monina, quien no comprendiendo la razón de tanto recogimiento y mutismo, estuvo á punto de alzar la voz y dar un grito en lo más solemne del oficio santo. Sabe Dios las cosas que se habrían oído si el aya no la contuviera, ya tapándole la boca, ya amenazándola con que el Señor le iba á quitar la lengua. Esto hizo efecto, y Monina tuvo paciencia hasta el fin.
Pepa Fúcar estaba de rodillas en su reclinatorio junto al antepecho de la tribuna. ¿Quién podrá saber lo que pensaba durante aquella hora patética, ni lo que á Dios pedía su alma afligida? La misa de rogativa llegó á su fin. Salieron todos, y Pepa se quedó en su puesto observando la actitud recogida que había tomado desde el principio. Apoyada la frente sobre el reclinatorio, medio oculta la cara entre las cruzadas manos, no se le había sentido voz ni suspiro. Cuando alzó el rostro para levantarse, miró al altar un rato sin expresar sentimiento alguno que pueda definirse. Quedaba el reclinatorio como si en él se hubiera derramado un vaso de agua.
La señora dejó la capilla para dirigirse á sus habitaciones. Iba taciturna, los ojos enrojecidos, la boca ligeramente entreabierta, como la de quien necesita respirar mucho y fuerte para no ahogarse. En la puerta de su cuarto encontró á su padre, quien si no había asistido corpóreamente á la misa, había dejado ver su cara por cierto ventanucho que se abría en la Galería de la Risa y daba á la capilla, en la pared lateral de ésta y en el sitio mismo donde estaba pintado San Lucas, el evangélico toro, según reza el de Campazas. Desde allí observó Fúcar la puntual asistencia de sus criados, sin que faltase ninguno, y admiró la magnificencia de la cathedrale pour rire (según el chusco mencionado), y según el dueño, monísima basílica, toda llena de carácter, pues no podía negarse esta cualidad artística á las decoraciones cristianas que había pintado el gran escenógrafo de los teatros de Madrid. Pero hay motivos para pensar que el espíritu del buen Marqués pasó de este orden de consideraciones á otro más elevado. Hallábase apenadísimo aquel día, y sin duda cuando asomó su imponente rostro por el ventanillo, de tal modo que bien pudo confundirse con el de un Evangelista ó Doctor, tuvo en su mente ideas de oración y pidió algo al Autor de todas las cosas. Pero éstas son hipótesis que no tienen valor real, y que sólo se exponen aquí para llenar el vacío que deja la falta absoluta de datos. Lo que sí no tiene duda, es que al encontrar á su hija la detuvo, diciéndole:
«Ya sé que han asistido todos.
—¿Y cómo está hoy?... ¿Se sabe algo?—preguntó Pepa con voz muy débil.
—Hay esperanza, hija mía. Esa desgraciada pasó bien la noche y está mejor, según ha dicho Moreno.
—¿De modo que vivirá?...
—Es muy posible—dijo D. Pedro, demostrando con la indiferencia de la frase que pensaba en otro asunto.—Ciertamente, hija, parece que Dios quiere echar sobre nosotros todas las calamidades.»
Diciendo esto, el pobre señor no pudo dominar su emoción. Abrió los brazos para recibir á su hija, que se arrojaba en ellos, y con voz ahogada exclamó:
«Hija de mi corazón, perla mía, ¡qué desgraciada eres!»
Pepa derramó sobre el pecho de su padre las lágrimas que le sobraron de la misa. Después, D. Pedro, reponiéndose de su emoción, dijo:
«Pero no exageremos... Todavía no hay nada seguro... Mañana...»
Pepa entró en su habitación y el Marqués se fué á la suya, donde examinó por vigésima vez diversas cartas y telegramas que el día anterior hicieron hondísima impresión en su ánimo, casi siempre sereno y claro como el sol y el ambiente de primavera.
III
León Roch hace una visita que le parece mentira.
Consecuente con su natural generoso y deseando cumplir cuanto antes la promesa que á su mujer había hecho, León fué á Madrid y al mismo San Prudencio en busca del Padre Paoletti. Cosa inverosímil en verdad era que él pusiese su planta en aquellos lugares, y así cuando el fámulo le rogó que esperase en la desnuda y pobre sala destinada á locutorio, tuvo tiempo de echar sobre ésta y sobre sí mismo incrédula mirada, sacando en consecuencia que una de las dos cosas, ó él ó la sala, eran pura ilusión de la fantasía.
Muy simple ó muy soberbio es el hombre que se hace juramento de no traspasar jamás el umbral de ésta ó la otra puerta, sin prever que el rápido giro de la vida trae las puertas á nosotros, las abre y nos mete por ellas, sin que nos ocupemos de evitarlo. León no pudo entregarse por mucho tiempo á estas reflexiones, porque apareció ante él un clérigo pequeño, pequeñísimo, de mediana edad, blanco y un sí es no es pueril de rostro, de ojos grandes, vivos y tan investigadores, que no parecía sino que su cara toda era ojos. Con lo exiguo de su cuerpo contrastaba la gravedad de su paso, largo y cadencioso, golpeando duro sobre el suelo, como resultaría del constante uso de zapatos de plomo. Saludó Paoletti á su visitante con exquisita urbanidad, y León, que no estaba para fórmulas, expuso en breves palabras el objeto de su presencia en aquella casa. Paoletti, sentado con cierta tiesura de creyente humilde frente al fatigado ateo, le oía con benevolencia confesional, bajos los ojos, enlazados los dedos de ambas manos y volteando los pulgares uno sobre otro. Debe advertirse que las manos del Padre eran finísimas y pulcras como las de una señorita.
«Vamos allá—dijo alzando los ojos y parando el molinete de los dedos pulgares.—Yo tenía noticia de su viaje á Carabanchel, de su desazón; pero no sabía ni que estuviese grave, ni que la hubieran llevado á Suertebella... ¿al mismo palacio de Suertebella?
—Al mismo,—dijo León sombríamente.
—Supongo—indicó el curita refinadamente,—que la hija del señor Marqués de Fúcar se habrá trasladado á Madrid con su preciosa niña.
—Lo hará hoy.
—¿Y usted...?
—No pienso separarme de María mientras continúe enferma.
—Me parece muy bien, caballero—dijo el italiano agraciando á León con un golpecito en la mano.—Sin embargo, la situación de usted frente á esa bendita mártir, es muy singular y poco agradable para entrambos.
—Esa situación es tal—dijo León,—que he creído necesario venir yo mismo, con objeto de hacer á usted algunas revelaciones que sólo á mí corresponden, y rogarle que me ayude...
—¿Yo?
—Sí... que usted me ayude á conllevar la situación, y aun á salir de ella lo mejor posible.»
Paoletti frunció el ceño. Se había levantado para partir; mas volvió á sentarse, tornando á voltear los pulgares uno sobre otro.
«Ante todo—dijo en tono de quien acostumbra simplificar las cosas,—revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es singularísimo que venga usted á confesarse conmigo, ¿no es verdad?»
Sonreía con expresión de triunfo humorístico que hacía más daño á León Roch que una burla declarada.
«A confesar con usted... es cierto.
—¡Oh! no, señor mío—dijo Paoletti con cierta dulzura relamida que á la legua revelaba la casta italiana.—No confesará usted, ¡ojalá lo hiciera! no me revelará usted su conciencia ni renegará de sus errores... no hará otra cosa que contarme lo que ya sé, lo que sabe todo el mundo... Y todo para que le ayude...»
Paoletti repitió las versiones de la tertulia de San Salomó.
«En eso hay algo de verdad y mucho de calumnia—dijo León.—Es falso que Monina sea mi hija; es falso que yo tenga relaciones criminales con Pepa Fúcar; pero es cierto que la amo; es cierto que en mi corazón se ha extinguido todo el cariño hacia mi pobre mujer, y en él no queda sino una estimación fría, un respeto ceremonioso á las virtudes que reconozco en ella.
—¡Estimación, respeto!—dijo Paoletti,—¡reconocimiento de virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de María Egipciaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos contar con que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban...»
Paoletti volvió á acariciar con su mano de frío marfil el puño de León, y le dijo:
«¿No podríamos intentar una reconciliación?
—Es imposible, de todo punto imposible. Hace algún tiempo hubiera sido fácil... ¡Cuántos esfuerzos hice para llegar á esa deseada reconciliación!... Usted debe saberlo.»
Mirando al suelo, el hombre diminuto hizo signos afirmativos con la cabeza.
«Usted lo sabe todo...—añadió León con sarcasmo.—El dueño de la conciencia de mi mujer, el gobernador de mi casa, el árbitro de mi matrimonio, el que ha tenido en su mano un vínculo sagrado para atarlo y desatarlo á su antojo; este hombre, á quien hoy veo por primera vez después de aquellos días en que iba á visitar al pobre Luis Gonzaga, muerto en mi casa; este hombre, que, á pesar de no tener conmigo trato alguno, ha dispuesto secretamente de mi corazón y de mi vida, como puede disponer un señor del esclavo comprado, no puede ignorar nada.
—Ese lenguaje mundano y soberbiamente filosófico me es conocido también, caballero—dijo Paoletti, tomando un tono de reprensión evangélica.—Si quiere usted que entre en ese terreno y le dé contestación cumplida, lo haré.
—No... No he venido aquí á disputar. La tenebrosa batalla en que he sido vencido después de luchar con honor, con delicadeza, con habilidad y aun con furia, ha concluído ya. Mis juicios están formados hace tiempo, y no pueden variar... La ocasión no es propia para cuestionar. Nos hallamos en presencia de un hecho terrible...
—Que María se muere.»
Refirió León á Paoletti la visita de María Egipciaca á su esposo y la escena que precedió al desmayo y enfermedad de la santa mujer. Después de una pausa, el Padre dijo severamente:
«Todo me indica que María le ama á usted, y que aquí el verdadero traidor al matrimonio, el culpable de hoy, es el mismo que lo fué ayer, el culpable de siempre; en una palabra, usted. No apruebo, sin conocerlo bien, el paso dado por mi ilustre penitente; pero ese paso, ese traspié, dado que lo sea, anuncia que aún conserva en su corazón y en su voluntad dulcísimos favores para quien no es digno de ellos.
—Usted que todo lo sabe, debe saber que mi mujer no me tiene amor. Si los que no entienden de sentimientos nobles y puros se empeñan en dar aquel nombre á lo que no lo merece, yo me apresuro á constituirme en juez de los afectos de mi pobre mujer y á declarar que no me satisfacen, que los rechazo y los pongo fuera de juego en el problema de nuestra separación ó de nuestras paces.»
Paoletti meditaba profundamente.
«Entre los dos—añadió León,—no existe ya ningún lazo moral. María y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación como un discorde grupo representando la idea del divorcio.
—Un grupo, una obra de arte—dijo Paoletti, deslizando en medio de la nube negra de su severidad un relampaguillo de malicia.
—Una obra de arte, sí... que, como tal, no se ha creado por sí sola, sino que tiene autor. Mi mujer no me ama; creo que habría podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de su carácter, en vez de disminuir sometidas á mi autoridad y á mi cariño, no hubieran aumentado, sometidas á otras corrientes y á otra autoridad. No me ama, ni yo la amo á ella tampoco. Por consiguiente, la reconciliación es imposible.
—No dirá usted—manifestó Paoletti con severidad mezclada de tolerancia,—que no le escucho con paciencia.
—¡Paciencia! Más he tenido yo.
—Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano, caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha venido usted aquí?
—María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á esto, lo hago con gusto.
—Pues vamos,—dijo Paoletti levantándose.
—Falta lo principal—dijo León, tocando la sotana del reverendo.—Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.
—Sí.
—Debo declarar que deseo su restablecimiento—dijo León con calmosa voz.—Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.
—Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa, para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que se escapa...»
León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.
«Pues bien—dijo Paoletti con energía,—yo haré en este particular todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano el estado espiritual de mi querida hija en Dios.
—María está en Suertebella.
—Sí.
—Y es necesario que no comprenda que está allí.
—Bueno... pase—dijo Paoletti mirando al suelo y soltando las palabras por un ángulo de la boca.—Es un engaño que puede disculparse.
—María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente ahora por mí.
—Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este cariño no está bien juzgado por usted.
—María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril, la idea de que amo á otra mujer.
—Alto ahí—dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una pantalla de marfil.—Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe, no cabe. Lo que usted propone es una impostura.
—Es caridad.
—La verdad lo prohibe.
—Lo manda la salud.
—Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas pasiones del mundo.
—Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.
—Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido, cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla; pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...
—¡Sí!—exclamó de súbito León, impresionado por tan graves palabras.—Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»
Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un cecé de reconciliación.
«Al claro talento de usted—dijo devolviendo un piropo recibido poco antes,—no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen grado á consolar á esa desgraciada. Hay más—añadió con un arranque sentimental,—no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente. ¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto, la venero como á un sér superior.
—¿Y qué le dirá usted?
—Lo que deba decirle—contestó Paoletti clavando en León sus dos ojos que parecían doscientos.—Es por demás extraño que quien declara haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la conciencia de su esposa.
—No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,—dijo León sintiéndose muy abatido.
—¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?
—Sí.
—Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un hombre; su purísima conciencia, no.
—Es verdad—dijo León apurando el cáliz.—Su conciencia, yo la entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.
—Perdono la expresión—replicó Paoletti bajando los ojos.—Para concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?
—¿La matará usted?
—¡Yo...!»
Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:
«Le preguntaremos quién es su asesino.»
León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.
«Vamos—dijo con resolución.—A la conciencia de usted dejo este delicado asunto.
—Y en prueba de esa confianza—manifestó el otro, no ocultando su gozo por ir,—prometo conciliar en lo posible la veracidad con la prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará mucho consuelo.
—Vamos.
—Soy con usted al instante,—dijo el clérigo pequeñísimo corriendo, con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero. Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés, añadió:
—Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?
—Gracias—repuso León inclinándose,—gracias.»
Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de Suertebella.
IV
Despedida.
Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante. Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa, porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta, atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de colgárselo de una oreja.
«Estate quieta, Mona; no seas pesada—dijo Pepa.—Ya, ya me figuro á qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven aquí.»
Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los suyos.
«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo adivino—prosiguió.—Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida aunque tuviera que irme sin verte.
—Agradezco tu delicadeza—dijo León.—Márchate á tu casa de Madrid, y por ahora... no te acuerdes de que existo.
—Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques—dijo Pepa, en cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.—Ponte en el suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en contestarme.»
León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse, temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro espejo de su propio pensamiento.
«No me preguntes nada, no me digas nada—manifestó al cabo León.—Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»
Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió decir para sí estas palabras: «Todo lo echaré de mí menos la idea triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se salvará; y yo, esperando, esperando, me moriré.»
León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de su amiga, le dijo cara á cara:
«En los trances duros se conoce la índole generosa ó egoísta de las almas.»
Pepa tembló de pies á cabeza. Después, sosteniendo su frente en un dedo, rígido como clavo de martirio, dijo mirando á sus propias rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona:
«No sé si la mía será egoísta ó generosa. Yo sé que he derramado hace poco algunas lagrimillas pidiendo á Dios que no matara á nadie por culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan á veces nuestras oraciones, y cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que quiere echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí. Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban de sentido á cada instante, y que decir Dios era decir demonio, y decir amor era decir odio, y decir salvarse era decir morirse. La idea sentida y la idea pensada se combatían quitándose una á otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado nada, que no soy buena... ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría bien...»
Se levantó, añadiendo:
«En fin, me voy. Ya sabes que obedecerte es el único placer de mi vida.
—Gracias,—murmuró León, tomando en brazos á la nena.
—Despídete de ese...» dijo Pepa contemplando con amor á su hija y al que la besaba.
Estrechó León en sus brazos á la chiquilla y le dió mil besos, considerando que las manifestaciones de su cariño no eran escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito. Con ella en brazos dió dos ó tres paseos por la estancia, ocultando así con estas idas y venidas la emoción que sentía y que traspasaba los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar á la buena mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un estro maravilloso para sorprender los pensamientos del sér amado, asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar extraño.
En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel sér pequeño y lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno sin duda, pero que se había acostumbrado á mirar como suyo y muy suyo. Con este cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre, como dos luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón del solitario ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor reservado á la propia! El no tenía culpa de que en su cansado viaje por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una, enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida y obligándole á marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre pedregales y espinas. En Pepa Fúcar había hallado amor, docilidad, confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que á todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado le seducían más, porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva alguna, la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismas imperfecciones ni escatimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no podía rechazar los que iban á él con superabundancia y cierto alarde bullicioso. Infundíale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía enteramente, por ley que es divina á fuerza de ser humana; y al sentirse tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo. Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como palidecen los astros lejanos cuando sale el sol.
Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña en brazos de su madre y le dijo:
«Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar á tu padre la causa de tu traslación á Madrid, yo me atreveré á decírsela.
—Se la diré yo.»
Con precipitación y desasosiego salieron uno y otro por puertas distintas.
V
A almorzar.
El narrador no cree haber faltado á su deber por haber omitido hasta ahora que los Tellerías corrieron en tropel á Suertebella desde que llegó á su noticia el grave mal y estado de María. Ello es tan natural, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles páginas del libro no lo dijeran. Lo que sí conviene apurar, por si la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa) la Marquesa de Tellería, el Marqués y Polito oyeron atónitos de boca de León Roch estas enérgicas palabras:
«No se puede ver á María.
—¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo!—exclamó Milagros sin poder contener su ira.—¡Prohibir á una madre que vea á su pobre hija enferma!...
—¡Y á mí, á su padre!...»
Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la mano traía.
«¿Qué razón hay para esto?
—Alguna razón habrá cuando así lo dispongo,—dijo León...
—Yo quiero entrar á ver á mi hija. Yo quiero verla, asistirla.
—Yo la asisto y la velo.
—¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios! ninguna explicación de esa horrible crueldad?» dijo el Marqués, poniéndose severo, que era lo mismo que si se pusiera cómico.
León les habló del delicadísimo estado moral de María, del gran temor que á él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta entraba en la alcoba de la enferma.
«¿Está sola en este instante?
—Está con su confesor.»
Y Milagros llevó aparte á su yerno y le dijo:
«Verdaderamente no creí que llegaras á tal extremo. Explícate, explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y desventurada hija ignora sin duda que se halla en la misma casa de la querida de su esposo!... Temes que le abra los ojos, temes que la verdad salga de mis labios, como sale siempre, espontánea, natural... porque no sé fingir, porque no sé hacer comedias.
—¡Oh! No, señora: yo no temo nada—dijo León deseando cortar la disputa.—Pero usted no verá á su hija hasta que ella no se restablezca.
—¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... O es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...»
La dama cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de su hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol; brillaron sus ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas.
«¿Hay por ventura proyectos de reconciliación?—dijo entre agrias y maduras.—Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan precedidos de arrepentimiento...
—No hay ni puede haber proyectos de reconciliación,» dijo bruscamente el yerno á punto que entraba en la sala el Marqués de Fúcar.
Este, sobreponiéndose á su tristeza para cumplir los deberes que le imponía la condición de castellano de aquel magnífico castillo, se presentó á saludar á los Tellerías, á compadecerles por la enfermedad de la pobre María, á rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto en ella había. Y como el caso que allí les llevaba no era cosa de un momento, el generoso Fúcar, dando á su hospitalidad un carácter grandioso y caballeresco, conforme á la resonancia europea de su nombre, invitaba á los Tellerías á permanecer allí todo el día, toda la noche y todos los días y noches siguientes, y á comer, cenar, tomar un lunch, un pic-nik ó hispano piscolabis, á descansar, dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa, bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc.
«¡Oh! gracias, gracias... cuánto agradecemos...»
La mano del millonario fué estrujada por la de Tellería, que en su emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio, una mirada al cielo y un apretón de manos, son más elocuentes que cien discursos enalteciendo á los que nos hacen olvidar que vivimos en un siglo corrompido por las ideas materialistas. La Marquesa se esforzaba en dar á su cara la expresión que, según ella, cuadraba más á su occidental belleza, ó que mejor realzaba aquellos pálidos restos, bastante valiosos aún para lucir mucho, si el arte, la coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los presentaba en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con Fúcar, supo llevar á éste por las vías sentimentales con tanta gracia y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo Tellería llevaba á León junto á la ventana para decirle con acento majestuoso:
«Las cosas han llegado á tal extremo, y tu conducta es tan ruín y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación completa, aunque para ello sea preciso llevarte á un terreno...
—Al terreno del honor—dijo León con sarcasmo.—Vea usted: ese es un terreno al cual no será fácil que vayamos juntos...
—Comprendo que un padre político... No es que yo quiera agravar el escándalo con otro escándalo mayor. Confiamos aún en tu caballerosidad, en lo que todavía queda en tí de esa hidalguía castellana que los españoles no podemos desechar aunque queramos... y si Dios te tocase el corazón y te reconciliaras de un modo durable con mi querida hija...
—No me reconciliaré.
—Entonces...»
Lanzó el prócer á su hijo político una mirada que, dado el carácter promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía calificarse en el orden de las miradas terribles.
«Entonces, yo sé lo que debo hacer.»
Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus paredes de laca andaban, cual mariposas paseantes, hombrecillos dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones, árboles que parecían manos y cabezas semejantes á obleas. Las figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los árboles tenían raíces; las casas volaban lo mismo que los pájaros. Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los objetos sobre un fondo obscuro y brillante como un cielo de tinta. Los expresivos rostros japoneses parecían hacer el comentario más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la Marquesa de Tellería. Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan aburridos, se hubiera creído que estaban comentando en teología místico-asiática la tristeza indefinible de D. Agustín Luciano de Sudre.
Como se pasa de una página á otra en libro de estampas, así se pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba el billar y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en la boca, á guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un lacayo se le acercó.
«¿Ha llamado el señorito?
—Sí—repuso el joven sin mirarle.—Tráeme cerveza.»
Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle:
«¿Se servirán pronto los almuerzos?
—Dentro de un momento.»
Y siguió haciendo carambolas. El Marqués de Fúcar se retiró por un momento del salón japónico. Un maître d’hôtel, rubio y grave, reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido á un lord inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su agitación de correveidile, se acercó á la Marquesa para pedirle órdenes.
«¡Oh! no—dijo ésta.—Tomaré muy poca cosa... ¿Hay gateau d’ecrevisses?... ¿No? bueno: no importa. Las pechugas ahumadas no me gustan. Mi beefsteack que esté poco hecho.
—No olvide usted—dijo el Marqués á aquel hombre benéfico, cuyo frac negro parecía el emblema de la caridad cristiana creadora de los hospicios,—no olvide usted que yo no bebo sino Haut Sauterne.»
Fúcar reapareció melancólico, pero apresurado, indicando con esto que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La Marquesa, D. Agustín, Polito, el Sr. de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la mesa, hicieron honor, como se dice en la jerga gastronómica, á la cocina del de Fúcar. O por delicadeza de estómago, ó porque la aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros apenas probó de algunos platos.
«No se deje usted dominar por la pena—le decía D. Pedro.—Es preciso hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; ¿pero de qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como.»
Buena prueba de los esfuerzos de D. Pedro era un beefsteack que entre manos y boca tenía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba á su estómago, dejando en el plato la sangre bovina revuelta con manteca y limón. La Marquesa no hacía más que picar y catar, tan pronto apeteciendo como desdeñando, y el Marqués se encariñaba con las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas risueño con una mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor. Las trufas, las saucises trufadas, la rica lengua escarlata de Holanda y otras cosillas se ofrecían á su paladar con provocativos encantos.
«¿Y Pepa?—dijo bruscamente el Marqués de Onésimo.
—Está en Madrid,» replicó Fúcar sin alzar los ojos del plato, donde el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y empequeñecido.
Siguió á estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el mismo D. Pedro, diciendo á la Marquesa: «¡Oh! amiga mía... hay que sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada... María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver... esta media copa de Sauterne.»
Milagros no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así:
«Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver á mi hija.»
Deseando Fúcar hablar de asunto menos aflictivo, sacó á relucir las voces que corrían acerca de la próxima boda de Polito con una riquísima heredera cubana, cuya familia, recién venida á Madrid, metía bastante ruido con la ostentación de colosal fortuna. Desmintió la Marquesa el rumor, y Leopoldo lo confirmó indirectamente con frases en que la modestia enmascaraba á la vanidad. Los rumores eran ciertos, como lo eran el noviazgo y las pretensiones del joven, y su seguimiento cuotidiano de la chica, á caballo y á pie; mas á pesar de esta cacería ecuestre y pedestre, lo de la boda era un puro mito, sin otra realidad que la que tenía en el deseo ardentísimo de Milagros de ver á su hijo poseedor de un caudal limpio y gordo. La familia de Casa-Bojío, á pesar de tener amistad con la de Sudre, oponíase á las aspiraciones de Leopoldo; pero Milagros trabajaba en silencio con diplomacia y finura para que aquel sueño de oro fuera un hermoso despertar de plata.
Agotado el tema, retiróse Milagros del comedor. Un lacayo presentaba al Marqués y á Polito los mejores cigarros del mundo. Era aquel artículo, digámoslo en términos de comercio, el más superfino de cuantos abastecían la casa del millonario. Sus corresponsales de la Habana le mandaban para su uso lo mejor de lo mejor, en recompensa de la gracia y arte mágico con que se las componía con el Gobierno para hacer fumar al país lo peor de lo peor.
Estallaron fósforos y chuparon labios.
«Polito—dijo el Marqués,—si quieres dar un paseo, dile á Salvador que ensille á Selika.»
El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al punto al picadero. D. Pedro dió un suspiro, hizo una seña al Marqués de Tellería y al Marqués de Onésimo, dos nobles subalternos, el uno de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del noble del dinero, parecían tributarle culto idolátrico, acatándole con sus miradas é incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse entrambos, D. Pedro bajó la voz, y con entristecida cara les comunicó un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de su afligido corazón al corazón de dos amigos, el digno prócer se sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un chascarrillo y reir con aquella carcajada congestiva que oímos por primera vez en la casa de baños.
«¡Qué vida ésta!... ¡Qué alternativas, qué inesperadas peripecias!... Luego esta pícara tendencia del corazón humano á exagerar las penas pintándoselas como irremediables...»
Onésimo se quedó estupefacto al oir el hecho referido por su insigne amigo. Creeríase que su cabeza, totalmente absorbida por las altas especulaciones bancarias y por la metafísica de hacer empréstitos, no comprendía aquel hecho vulgar. El de Tellería se llenó de alborozo oyendo palabras tristes que salían de los labios de Fúcar, y tuvo una idea propia, una idea felicísima. Acariciábala en su mente, contemplando con los ojos del cuerpo las pinturas decorativas del comedor de familia, en cuyas paredes se veía representado un verdadero diluvio de animales muertos, perdices, liebres, ciervos, cangrejos, y otro diluvio de frutas, berzas, pepinos y mariposas. El roble tallado también ofrecía medallones de cacerías, bocas tocando trompetas venatorias, perros corriendo, manojos de perdices y mil representaciones diversas del reino alimenticio, de tal modo, que el comedor, parecía el palacio de la indigestión.
VI
El clérigo miente y el gallo canta.
Cuando María Egipciaca vió que entraba en su cuarto el Padre Paoletti, lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano á cada uno. Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fué acompañado de ninguna observación, era la cifra de su vida, y aun podría ser la síntesis de este libro en lo que á la dama se refiere. Los dos le preguntaron á un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola respuesta satisfizo á entrambos.
«Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimos...»
León le dió una palmada en el hombro, diciéndole: «Ahora... yo me retiro.
—No, no, no—declaró con gran presteza el Padre Paoletti, que se había sentado á la izquierda de la cama.—Doña María y yo no vamos á hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su estado no es ni bastante grave para acudir con premura á la salvación del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres... sí, señor, los tres... y á su debido tiempo, cuando esa cabeza esté más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un poco.»
La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicóse á María, que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo. Era Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla, insinuante, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento dulce y firme á un tiempo, formado del misterioso himeneo de dos notas que parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, daban á ésta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más los matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español. Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de superlativos dulzones hacía un poco empalagoso su estilo.
Mientras hablaba ponía también en ejercicio la singular luz, la expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral. De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra, pues llegaban á donde no podía llegar la voz. Eran á ésta lo que la música es á la poesía. Indudablemente había algo de estudio en el extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa de ellas eran un don ingénito, y la dilatada práctica de bucear en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones dulces para descubrir secretos.
«Según el parecer de ese sabio médico—dijo,—nuestra dulcísima amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo pueda evitar. El demonio, siempre vigilante; la nefanda carne, rara vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que va á donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que se vieron fantasmas, sí, fantasmas... ¡Oh! ya hablaremos de esto, mi querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su alma á un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien alojada en esta casita. Tuvo buena elección su señor esposo al tomar tan tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque á paseo, porque la sacará á paseo, ¿no es verdad? verá usted qué trigos tan hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé por el alma y acabo por las gallinas; ¿qué tal?»
En este momento oyóse cantar un gallo.
«Es el gallo de San Pedro,» dijo Paoletti aparte á León.
Y volviendo rápidamente los ojos á su ilustre amiga, añadió.
«Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y acabaremos por el cielo... Con Dios.
—¿Pero se va usted?—dijo María con verdadera aflicción.
—Me pasearé por estos contornos, iré á comer, y volveré luego.
—¡Oh! no, de ninguna manera—manifestó León.—Comerá usted aquí.
—Gracias, gracias. Señora Doña María—dijo Paoletti, inclinándose ante la enferma con mundana cortesía y riendo con familiaridad,—su marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos tristes días en que subió al cielo nuestro amadísimo Luis. He tenido mucho gusto de verle hoy.»
María miraba á su marido vacilando entre la benignidad y el enojo.
«¿Sabe usted, mi buena amiga—añadió el clérigo,—que hoy he descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más inesperadas?
—¿Qué?—preguntó la dama con gran curiosidad.
—Ya hablaremos de eso... no quiero incomodar.
—Dígamelo usted,—insistió María con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no quieren darles.
—Pues he descubierto—prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch,—pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron á usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y Doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted? me consta que no hay tales infidelidades...»
En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro abismo á la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión á aquilatar el valor de tales afirmaciones, por de pronto las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al Padre y al esposo, y las manos de ambos estrechaba.
«Sí, mi querida amiga—añadió Paoletti,—no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre...»
Volvióse á oir el canto del gallo, y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobróla al variar de asunto, y dijo:
«Con que, amiguita, á ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos á nuestra Doña María! ¡Ah! se me olvidaba: ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas á nuestra protectora en nombre de todos los de la casa.
—Si no vale nada... ¡Por Dios!
—Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es Doña Perfecta. ¡Qué alma tan pura! ¿Pues y la pobre Doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido á la mujer del portero que le haga el café á ella y á las demás devotas madrugadoras que van á comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un restaurant.»
A esta sazón entró el médico, diciendo:
«Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir como un maestro de escuela con una caña en la mano á mandar callar.
—Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta—indicó el confesor,—y me voy á dar una vuelta por ahí.»
Llevando á León al hueco de la ventana, le dijo: «¿Qué tal?
—Bien,» replicó León, admirando la habilidad histriónica del Padre.
Oyóse otra vez el canto del gallo.
«He negado á mi Dios, he faltado á la verdad—dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión.—Si ese gallo sigue avisándome con su voz que parece venir del cielo, no tendré fuerzas para hacer traición á mi Maestro.
—Es caridad. Los gallos no entienden de esto.
—Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio.»
León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él añejos dolores.
El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.
«¿Oye usted lo que afirma el facultativo?—dijo el confesor hablando aparte con el marido.—Albricias, querido caballero: ya se puede asegurar que nos vive Doña María.»
Aquel plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del Padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su penitente, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fué aquél un momento de los más tristes para su espíritu, porque vió cara á cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! El divorcio moral de que repetidas veces habló y que, según él, estaba ya consumado, no fué completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya estos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes que pronto, muy pronto, se romperían también.
Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó á su mujer y le dijo:
«El Sr. Paoletti y yo vamos á tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos.
—¡Oh! Sí... almorzad, almorzad...—replicó María alegremente y dulcificando su mirada.—Pero no tardes: quiero verte... quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos á propósito, verás qué reprimendas y qué sobas te vamos á dar el Padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes: quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto á mi cama, para que duermas á mi lado... Así dormiré yo mejor, y si sueño algún disparate, con alargar la mano y tocarte me tranquilizaré.
—Bien: haré todo lo que deseas,—dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón.
—¡Ah!—prosiguió María, reteniéndole por la manga;—dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.
—Rafaela irá esta tarde á Madrid y te traerá todo.
—¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo!—observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos.—No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve á almorzar, ve á almorzar. El buen Padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes? lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás á apreciarme mejor.»
Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió á cantar el gallo.
VII
Fuegos parabólicos.
Luego que Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella la venerable planta del Padre Paoletti, se apresuró á ofrecerle palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase que D. Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia y liberalidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores son las riquezas y esplendores del mundo á la humildad de un simple religioso, sin otra gala que su sotana, ni más palacio que su celda.
Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las suntuarias, elogió mucho la riqueza de Suertebella, dando así propicia coyuntura al Marqués para que gustara su satisfacción predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él de cicerone... Largo rato duró la excursión, que á marear bastaría la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y colecciones. El Marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un periódico, según prodigaba sus elogios á las obras medianas ó malas, solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados á Goupil, bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle Drouot, y que eran hábiles imitaciones.
«Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas obras de mérito—decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos en actitud ascética.—Soy esclavo del bienestar, mi querido Padre. Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio á los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier celda, choza ó agujero...
—¡Oh! querido señor mío—manifestó el italiano riendo y llevándose la mano á la boca para ocultar urbanamente un bostezo,—pues no hay nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo á los mendigos expresar deseos de ser millonarios, me río y suspiro; pero cuando oigo á los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir á usted en este momento: ¿por qué no se va el señor Marqués á las ermitas de Córdoba? ¿por qué no cambia á Suertebella por una celda de cartujo?...»
Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas. Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la boca.
«Eso... dicho así—repuso Fúcar riendo también,—parece fácil; pero... ¿y las cadenas sociales... y el yugo de la patria, que no quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué descuido el mío! Es muy tarde y usted no ha almorzado.
—¡Oh! no importa... deje usted.
—¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo...
—Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo de misionero y sabe resistir.
—León, León—dijo D. Pedro llamando á su amigo, que en aquel momento pasaba por la pieza inmediata.—Voy á mandar que os sirvan el almuerzo en la sala de Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu mujer... Y usted, Sr. Paoletti, no gustará del bullicio del comedor. Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente... ¡Bautista, Philidor!»
Dando voces á los criados españoles y al maestresala francés, el Marqués hacía correr á sus fieles servidores de un aposento á otro. La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se sintieran crujir los finos pisos de madera, y de que se oyera por todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan grato al cortesano hambriento. Olores de guisotes y frituras recorrían los largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por los templos de capilla en capilla.
La sala de Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol, estaba próxima á la habitación que llamaremos de María Egipciaca; pero no junto á ella. Una mesa fué traída al punto. León y el Padre Paoletti almorzaban.
«Consommé—dijo León, sirviendo á su comensal una buena porción de rico caldo.—Esto le conviene á usted.
—Estoy pensando, querido señor—dijo Paoletti, después que con las primeras cucharadas puso remedio á la gran debilidad que sentía,—que en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he visto un cuadro como el que en este momento presenciamos los dos.
—¿Cuál es el cuadro?
—Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del acaso. Sabe Dios á qué plan divino obedecerá esta peregrinísima reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos no trae á veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas? Reflexione usted, querido señor: á veces una meditación breve, una observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces... No, no, gracias: no me dé usted cosas picantes ni nada de estas fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted?
—¿Quiere usted vino?—dijo León, poco inclinado á seguir al Padre por el campo de sus observaciones.
—No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura, y Dios le pague su amabilidad... Cualquier tonto que juntos nos viera me criticaría á mí ó le criticaría á usted... «Miren el Padrazo haciéndose mieles con el liberal,» dirían, ó «Miren al incrédulo partiendo un confite con el clerizonte...» sin comprender que, aunque coman juntos un poco de pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error perdona jamás á su enemiga la verdad... ¿Fresa? jamás la pruebo... porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella, se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, ó bien se tapa los oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... ¿Pero no come usted?
—No tengo apetito.»
Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento:
«Sr. D. León, la persona que conozco en todo el mundo más digna de lástima es usted... Nuestra pobre Doña María no es digna de lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma.
—Era, sí, un delicado lirio—dijo León pálido y con nervioso temblor en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,—un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos goces de la vida...
—Pero juntóse al cardo...
—No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»
Los ojos del Padre se multiplicaron.
«Es un tesoro de las más altas prendas.
—Era un tesoro de las más altas prendas—afirmó León haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,—mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual.
—Vino la mano depuradora y apartó la escoria...
—Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más que la pedrería falsa.
—¿Por qué se descuidó el joyero?
—Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...
—Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor—dijo Paoletti con expresión seráfica;—agua mística, agua suavísima, regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino. Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y arroje el vaso.
—Es lo que me han dejado, el vaso.
—El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del agua: su sed no es más que una forma de avaricia, y se sacia con la posesión del oro del vaso, con la hermosura corporal.
—Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y señaló la oreja) los secretos de los que aman, la vida del corazón es un misterio incomprensible. El no ve más que deberes cumplidos ó faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo ó el amargor del pecado.
—El que no ha bebido jamás, y sin embargo no está sediento, puede por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.
—Rechazo, detesto esa colaboración.
—¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que reclame lo suyo.»
—Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.
—Lo humano es una cómoda puertecilla para que mi hombre se escape á la infidelidad, al adulterio, dejando á la pobre mártir sola y sin amparo.
—Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores de agua espiritual.
—¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á pudrirse al contacto de un alma corrompida!
—No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión, con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la tiranía...
—¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!
—Este no llegó á donde podría haber llegado en manos comunes. Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran á cada instante violadas... Imposible persistir en ellas sin llegar á un extremo horrible.
—Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo,—dijo prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti.
—Sí: para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi vida... Yo enseñaba á mi tesoro á creer en mí, y fuera le enseñaban á aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse á que tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que, llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores á los santos y á los tísicos que se creían santos. Yo traté de luchar en las tinieblas; pero en las tinieblas me despedazaban. Un acto hipócrita como el que á muchos débiles ha salvado, me habría salvado tal vez á mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz. ¡Cosa fácil, según ella! «Humilla tu incredulidad loca; ven á nuestro campo,» me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera á los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y del abuso religioso. Pero ¿qué me importa? Prefiero ser infame á sus ojos á serlo á los míos.
—El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas cosas.
—Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado á quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente gemir cuando es aplastado?
—Alce las manos si puede y contenga el peñasco.
—No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los huesos de cien generaciones.
—¡Pobre insecto!... Aseguro á usted que nada me inspira tanta lástima como un filósofo... Por mi parte quisiera que me expresase usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro...
—¿Con toda franqueza?
—Con toda franqueza, sin omitir palabra dura.
—Cuando viene el turbión y me azota y me derriba, ¿qué he de pensar de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo ni siquiera injuriarla? ¿Qué decir contra ella, ni cómo defenderme, si con ser tan formidable, no es más que aire?
—Querido señor—dijo Paoletti cruzándose las manos compungidamente sobre el pecho,—este humilde clérigo ultrajado le compadece á usted y le perdona.»
En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que golpeando el suelo con sus pies de plomo, dirigíase á la estancia de la enferma.
VIII
Sorbete, jamón, cigarros, pajarete.
La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando hasta el picadero, donde estaba Polito; hasta la estufa, donde los Marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas, haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según D. Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las aves pequeñas, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente acudió á enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios de Fúcar. Los más cumplían dejando tarjeta; las amigas íntimas quedábanse un rato para consolar á Milagros, que después de dar una vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso á su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Entre ídolos y jarros de color de chocolate, exhalaba sus quejas y suspiros.
«Ahora no se opondrá ese troglodita á que yo vea á mi hija... Pst.»
Un lacayo que pasaba con servicio de copas y licores, se detuvo al llamamiento.
«Tráigame usted un helado.
—¿De qué lo quiere la señora?
—De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar ¿no tomas nada?
—¡Si acabo de tomar dulce de coco, plum pund-ding, Jerez y no sé qué más! Ese bendito Marqués de los adoquines quiere vengarse de mis burlas matándome de empacho. Se empeña en que me quede á comer aquí, en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas las rosas... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero, y muchos muñecos del baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que estaba en París en los Trois frères provenceaux... Francamente, me carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante á una prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero, querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por ahora?»
Los ojos de la Marquesa se iluminaron como la luz de los faros giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron los ojos mientras los labios decían:
«¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente no la habrá!
—¿Y Pepa, dónde está?
—En Madrid.
—Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María.
—Mi pobre hija fué acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El Marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme: voy á decirle cuatro verdades... ¡Ah! el sorbete.»
Habíase levantado la dama con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó volviendo á su primer asiento entre ídolos y jarrones para embaular el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su sér afligido. Polito había vuelto al billar, donde jugaba á carambolas con su amigo Perico Nules.
«¡Eh!... Philidor...—gritó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea.—Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa...
—¿De Jerez?»
Vaciló, rascándose la barba rala.
«No... que me irrita... De Chateau-Iquem. Si yo pudiera dejar la maldita brea; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh! un momento, mon cher Philidor... A éste tráigale usted también jamón en dulce ó lengua escarlata y pajarete.»
Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos á la boca, y dijo á su amigo: «¿Smoking?...
—¿Fumar? Pues fumemos,—dijo el otro sacando su petaca.
—Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa.»
Bastoneando con los tacos, fueron derechos á una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.
«¡Buenos cigarros, buenos!
—Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...» Hagamos provisiones.
—Hombre, es demasiado,—dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación.
—No seamos panolis... Digamos como Raoul: chascun per se...»
Cantando á Meyerbeer, cada nota disminuía de un modo deplorable la riqueza tabaquina del Marqués de Fúcar.
«Verdaderamente, ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que fumamos?—dijo Nules, encendiendo una cerilla.—¿Qué recinto es éste, espléndido y rico? Este salón lujoso ¿qué es? Los ricos alicatados árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las piñas de la estufa; los cuadros, las flores, los tapices, los vasos, ¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de nuestra amada patria... ¿tú te enteras? y como las cosas sacadas de su centro natural por malos caminos tienen que volver á su natural centro, temprano ó tarde, bien así como los seres orgánicos se asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la vida, resulta que...»
Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligóles á guardar silencio.
«Y como nosotros somos el país ó parte del país...—dijo Leopoldo.
—El país recobra lo que le pertenece,» añadió Nules arremetiendo al plato.
Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y letreros de la capilla.
«La riqueza, querido Polo—dijo escanciando el pajarete,—es un círculo, ¿te enteras bien? es un círculo... sale y vuelve al punto de partida... El Estado saca á mi padre por contribución la mitad de sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía quedan algunos cigarros en la caja. Esos se los fumarán los criados.
—No lo consiento, ¡pietoso ciel!—dijo Leopoldo.—No faltaba más... in tal periglio stremo...
—¡Oh! ¡feliz encuentro!—exclamó Nules mirando al parque por la ventana.—Ahí están las de Villa-Bojío, madre y cándidas hijas.»
Leopoldo se asomó para ver á las damas que del landó bajaban junto á la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso palpitar, así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las ramas agitadas por el temporal.
«Convidémoslas á dar un paseo en coche,—dijo Nules.
—Sí, que enganchen. ¡Attelez!... Philidor...—gritó Leopoldo.—Pero vamos á recibirlas.
—Las llevaremos á dar un paseo á Leganés.
—No hay nada que ver.
—Hombre, los locos.»
IX
También yo despeino.
Los progresos en la mejoría de la pobre santa y mártir siguieron por la tarde; pero al anochecer cesaron. Sintió María dolor de cabeza, vértigos, y se amparó de ella la tristeza. Paoletti la había acompañado gran parte del día, hablando muy poco y de cosas sin substancia. León pasaba largos ratos á su lado.
«Oye—le dijo María.—No sé si es cosa de mi imaginación, algo extraviada por la fiebre, ó engaño de mis sentidos; pero ello es que siento...
—¿Qué?
—Como si por ahí, no sé por dónde, anduviera mucha gente... Creo oir como tropel de criados y ruido de platos, y hasta me parece que siento olores de comida que me repugnan.»
León quiso arrancarle aquellas ideas, mas no lo consiguió. Sólo se quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma, le dijo: «Mi buena amiga, esos ruidos y esos olores, quizá sean pura aprensión.»
Esta vez no cantó el gallo.
«Deseo rezar—dijo María.—Pero no te vayas, León, no te vayas. Supongo que viéndome enferma no te reirás interiormente de mí porque rece. Quiero que me oigas y que te estés callado oyéndome, porque esa es tu obligación. El que no cree, oye y calla... Pero no: no te separes, no...
—¡Si estoy aquí!
—Siéntate, y no mires al suelo, sino á mí. Mi Padre y yo rezaremos, y tú... ahí, ahí quieto. Cada palabra nuestra será un latigazo... pero tú quieto ahí, sin moverte, mirándome... aquí... de modo que yo te vea bien...»
Y sujetándole la mano, echábale miradas amorosas.
«No debes rezar—le dijo León.—Nuestro amigo el Sr. Paoletti rezará... pon atención y no te fatigues.
—Bueno—dijo María, tomando de debajo de la almohada una medalla que le había traído Rafaela.—Ahora, hazme el favor de besar esa medalla.»
León la besó, no una, sino muchas veces. María la besó luego, diciendo: «¡Madre mía, salva á mi ateo, y si él no quiere salvarse, sálvame á mi, y mientras viva consérvamele fiel!»
Sin quererlo, se pintó á si misma en esta breve plegaria. La síntesis de su pensamiento era: «que yo me salve, aunque para salvarme tenga que hacer pedazos la ley fundamental del matrimonio, y que mientras yo abandono lo humano para aspirar con ferviente anhelo á lo divino, mi marido, este hombre que la Iglesia me dió para mi regalo, me quiera mucho, muchísimo, guardándose muy bien de mirar á otra.» En una palabra: para ella, como poseedora de la verdad, grandes libertades; para él, como esclavo del error, todos los deberes.
La habitación se obscurecía lentamente, llenándose de tristeza fúnebre, en la cual no tenía poca parte el rezo cadencioso del diminuto clérigo. ¡Cosa por demás extraña! Aquella voz tan armoniosa y dulce en la conversación corriente, tornábase un tanto áspera en la plañidera rutina de los Paternoster y Avemarías. Rafaela trajo luz á punto que se acababa el rezo, y con esto, y con la transición del sonsonete al tono agradable del diálogo, se creería pasar de una región sepulcral á una esfera de vida. Paoletti, después de charlar jovialmente con su ilustre hija espiritual, se despidió hasta el siguiente día. Cuando León, atento á las conveniencias, le acompañaba hasta la sala del Himeneo, el clérigo le dijo con acritud: «Quiera Dios, asegurándole la salud, que me sea permitido pronto mostrarle la pura verdad. Esta comedia comienza á dejar de ser caritativa.»
León vió al sacerdote bajar con precaución la escalinata y meterse en el coche; y cuando éste rodaba por la fina arena del parque, se internó de nuevo en el palacio, diciendo para si: «¡La verdad! ¡la verdad! ¡Que la sepa y que viva! ese es mi deseo.»
En el salón de tapices, llamado así porque contenía en sus paredes hermosa colección de aquellas obras de arte, cuyas gastadas tintas y pálidas figuras parecían representar una procesión de tísicos, había placentera tertulia. León no quiso asomar por allí y volvió al lado de su mujer. Nada ocurrió en la primera noche digno de ser referido, sino que el médico, no seguro aún del buen resultado, recomendó con más energía el reposo, y puso veto á los rezos y ejercicios místicos. Serían las diez cuando María, después de dormir un poco con fácil sueño, se mostró inquieta, inclinada á hablar más de la cuenta. León, obedeciendo á su mandato, había colocado un sofá junto á la cama, y en él trataba de descansar también. Pero María le hacía mil preguntas, hablándole de sí misma, de él y de los demás. Entonces oyó León repeticiones de las impertinentes homilías caseras que tanto le mortificaban en épocas anteriores: se oyó llamar ateo, empedernido materialista, enemigo de Dios, hombre lleno de orgullo y de pecado, si bien estas duras acusaciones eran suavizadas en el orden material por la hermosa mano de María acariciando la barba del heterodoxo, dándole golpecitos á ratos, ó cogiendo entre sus finos dedos la piel del cuello con tanta fuerza á veces, que se oía la voz del marido:
«¡Oh! Que me haces daño.
—Más mereces tú... Pero mucho te será perdonado si cumples tus deberes conmigo.»
A esto sucedía larga pausa en que los dos parecían dormitar, y de pronto María despertaba sobresaltada y decía:
—Vamos á ver, marido, ¿cuál de nosotros dos vale más?
—Evidentemente tú, eso no puede dudarse.
—Ayúdame á hacer memoria... ¿Es cierto que yo te dije que no te quería y que tú me dijiste también lo mismo?»
León se quedó perplejo, sin saber qué contestar.
«No recuerdo nada,—respondió al fin.
—¿Que no recuerdas?... ¿Lo habré soñado yo?
—Es que no recuerdo. Me he consagrado á cultivar el olvido.
—Pero te alejas de mí.
—Si no me muevo.
—Acércate más... aquí. ¡Qué pálido te has puesto!... ¡qué ojeras tienes, querido!... Acércate más. Que tu cabecita esté cerca de mí.»
Después de esta insinuación cariñosa, se volvió á dormir, asiendo fuertemente por los cabellos cortos y rizados la hermosa cabeza de su esposo, como pintan al verdugo cogiendo la cabeza del ajusticiado para mostrarla al público. La luz de velar enfermos, tenue, misteriosa, encerrada dentro de un cilindro de porcelana, á la cual daba transparencias de ópalo y madreperla, trazando además en el techo un gran círculo de claridad movediza, alumbraba lo bastante para ver los bultos y la indecisa silueta de los rostros. Todo lo obscurecía aquella luz semejante á la que debe existir en el Limbo, convidando al sosiego y á un medio sueño parecido al estupor. León no velaba ni dormía: el cansancio le impedía lo primero, y la atormentadora idea no le dejaba llegar al reposo cuando caía lentamente en él. Ya muy avanzada la noche creyó sentir ligero rumor en el cuarto; miró con asombro; no era posible que nadie entrara allí á tal hora. Quedóse helado de espanto cuando vió una sombra ó fantasma que avanzaba con paso lento. Parecía un capricho óptico de la misteriosa luz encerrada en el vaso cilíndrico. Felizmente, León no podía creer en aparecidos. Quiso moverse para expulsar al intruso, á quien al punto reconoció como persona humana, pero no pudo. Estaba muy bien agarrado por los cabellos, y el más ligero movimiento habría despertado á su mujer, que dormía con sueño tranquilo. Extendió el brazo para decirle algo con el brazo, ya que no podía decirlo de otra manera; pero el fantasma no hacía caso; se acercaba más, se inclinaba hacia el lecho con cierta curiosidad parecida al pavor. León sintió el extraño envolvimiento, por decirlo así, de una mirada dolorosa. Su corazón latía y forcejeaba en el pecho, como un loco furioso dentro de su camisa de fuerza. Estaba indignado... ¡No poder hablar, no poder moverse para conjurar aquel peligro! Luego observó que el fantasma, y seguiremos dándole este nombre pueril, movía la cabeza, como quien reconviene ó interroga. Después se alejó sin cautela, precipitadamente, haciendo más ruido que al entrar, y dejando tras de sí un quejido como ráfaga de viento que pasa. María se despertó sobresaltada.
«¡León, León! Yo he visto...
—¿Qué?... No delires.
—Yo he visto... sí, he oído... como el ruido de una falda de seda... corriendo.
—Sosiégate... Aquí no ha entrado nadie.
—Yo ví—repitió la enferma llevándose las manos á los ojos.—Me pareció que una mujer salía por aquella puerta.
—Duérmete otra vez y no veas ni oigas lo que no existe.
—¿Está el Padre Paoletti?
—¿Cómo ha de estar, hija? Son las doce de la noche. Vendrá mañana.
—¡Oh! Yo quiero que él me explique esto. Él solo me lo puede explicar.»
Después, la dama se durmió, recogidas y puestas blandamente sobre el pecho las manos, con lo cual dicho está que dejó libres los cabellos de su esposo. Este, imposibilitado ya de conciliar el sueño por las batallas de su ánimo, y porque creía sentir aún bullicio de persona viva en la habitación inmediata, levantóse del sofá con toda precaución y silencio, y andando de puntillas salió de la alcoba, Al llegar al aposento próximo, un ruido singular y que con ningún otro puede confundirse, le indicó la precipitada fuga de una falda de seda. Siguió tras ella, pasando de sala en sala; pero la falda huía, como alimaña que se siente cazada y busca en la obscuridad su vivienda. Por último, en la sala llamada Incroyable ó Increíble (de que se hablará luego), la fugitiva, cansada de correr, dió con su cuerpo en un sillón. Allí no había lámpara ni bujías; pero por un ancho tragaluz entraba la claridad del farol encendido toda la noche en el ángulo de uno de los grandes corredores del palacio. Alumbrada tan poco y un sí es no es románticamente, la sala Increíble, si no tenía claridad bastante para que en ella se pudiera leer, ó mirar las estampas, ó hacer un detenido estudio de las porcelanas allí colocadas, teníala para que se conocieran las personas y aun se recrearan los rostros, si la ocasión lo exigía, en su contemplación muda.
Pepa Fúcar, pues no era otra la que allí fué como alma en pena, se inclinó sobre sí en el sillón, juntando la frente á las manos cruzadas y casi tocando con éstas á las rodillas. Entre gemidos pronunció estas palabras:
«Ya sé lo que vas á decirme, ya sé... no digas nada.
—Por Dios... tu imprudencia...—murmuró León de pie ante ella.
—No, no volveré más; no lo haré más... Ya sé que no tengo derecho á nada... que mi destino es dolor y abandono... siempre abandonada... Ya sé que no puedo quejarme, que no puedo pedir explicaciones, ni pedir nada, y que hasta el pensamiento amante me está prohibido.»
León se sentó junto á ella. La dama no cesaba en aquel angustioso movimiento de su cabeza y sus manos cruzadas, inclinándose acompasadamente en dirección de las rodillas. Irguiéndose luego como quien se envalentona consigo mismo y domina su corazón pisoteándolo (también hirió el suelo alternativamente con ambos pies), secó sus lágrimas con las manos temblorosas, por no tener serenidad bastante para hacerlo con el pañuelo (y aun se puede asegurar que había perdido el pañuelo), dijo así:
«Estoy de más aquí... Tengo todos los sentimientos, pero me faltan todos los derechos... Soy una mujer sin honor. La esposa podría abofetearme y sería aplaudida... Adiós.»
León le señalaba la salida sin decirle nada. Ella le miró con honda ternura. Rápidamente extendió hacia la cabeza del caballero su mano, á la cual la pasión daba energía formidable, hizo presa en los cabellos, tiró, trajo hacia sí la cabeza, obligando al cuerpo á una violenta inclinación, la puso sobre sus rodillas, enredó por un instante en el cabello sus diez dedos... machacó encima...
«También yo...—dijo, hablando como se habla cuando no se puede hablar.—También yo... despeino.»
León se incorporó, vacilando entre la severidad y el perdón.
«Márchate,—le dijo.
—Sí, adiós...—replicó ella alejándose.—No quiero deshonrarte más... Iré despacio. Mi pecho está oprimido. El llorar y el correr me ahogan... No me acompañes...»
Abrió sigilosamente con llave falsa la puerta del museo pompeyano, la cual estaba en el ángulo de la sala Increíble, y desapareció en un recinto obscuro. León salió poco después por donde había entrado, regresando, como buen soldado, á su puesto de combate.
X
Latet anguis.
En la tarde precursora de aquella noche, la de San Salomó (á quien no hemos visto desde que en el salón japonés presenciaba el cuadro interesante de la Marquesa de Tellería asimilándose un sorbete de piña) fué invitada por D. Pedro Fúcar á visitar la estufa, echando al paso una ojeada á los caballos ingleses, poco há traídos de un harás de Londres. El tratante en blancos, el noble que traía su abolengo, si no de batallas contra moros, de felicísimas contratas entre fieles cristianos, conocía muy bien la poca estimación que á Pilar inspiraba; y ganoso de conquistar adeptos, no satisfecho de haber rendido á sus pies la Administración y el agio de ambos mundos, abrumó á la Marquesa con obsequios muy delicados. Además de mostrarle con especial diligencia las maravillas de Suertebella, le regaló algunas preciosidades de las que el palacio contenía, con la añadidura de flores vivas en tiestos de lujo, exóticas frutas, y para colmo de galantería le dió también reliquias y objetos piadosos que en la capilla había. Con toda su habilidad cortesana no podía ocultar el prócer pecuniario que la pena le dominaba más cada día, y distrayéndose á menudo, echaba suspiros y se quedaba mirando al suelo, cual si en el suelo, escrita en misteriosos guarismos, como el binomio sobre la tumba del gran Newton, estuviese la fórmula de un negocio que llevase á las arcas fucarinas la tierra toda que habitamos.
La de San Salomó, interpretando mal aquel desasosiego, lo atribuyó al escándalo del día, á la situación equívoca y deshonrosa en que estaba Pepa, á la singular instalación de León Roch y su mujer en Suertebella. Firme en este juicio, Pilar dió al Marqués cuando regresaban al palacio gracias mil por sus obsequios, añadiendo:
«Y tienen más valor sus finezas, Marqués, en los momentos en que se halla tan preocupado y entristecido con estas trapisondas.
—¡Y qué trapisondas!—exclamó D. Pedro, poniendo su alma toda en aquellas palabras.—No lo sabe usted bien, Pilar... Figúrese usted cómo serán ellas para conmover esta montaña.»
Puso la mano en su pecho, indicando que aquella roca cuaternaria tenía también sus escondidos manantiales de sentimiento. Serían las cinco cuando Fúcar se despidió, después de reiterar á los Tellerías el ofrecimiento de la casa. Él iba á Madrid á comer con su hija, y probablemente no volvería á Suertebella hasta el día siguiente. No obstante, si ocurriera alguna novedad, vendría á cualquier hora de la noche. Felizmente María estaba mejor y se pondría buena sin duda. Después de saludar á Gustavo, que á la sazón entró, porque no le permitían venir antes sus tareas parlamentarias y el cuidado de su bufete, tomó las de Villadiego.
Pilar quería marcharse pronto á Madrid, mas la detuvo Gustavo, muy afanoso por decirle no sabemos qué cosas; sólo se puede asegurar que la de San Salomó las oyó con grandísimo anhelo, regalándose mucho con aquel notición estupendo, de riquísimo gusto para su curiosidad y para su malicia. Ambos pasearon un rato por el jardín, y á veces Pilar prorrumpía en risas, diciendo:
«Parece una bufonada y al mismo tiempo un golpe de arriba, un castigo. Es de esos latigazos providenciales que hacen reir, mientras llora el que los recibe... Aquí no cabe lástima ni conmiseración... ¡Oh! ¡Dios mío omnipotente! ¡Qué grande eres y que diligente para acudir á todo! ¡Cómo atajas los pasos de la maldad disponiendo las cosas con arte semejante al de los que hacen las novelas, causándonos una sorpresa que da miedo y un miedo que nos obliga á pensar en tí y á decirte: «Señor, avísanos antes de darnos esos golpes!»
A esta ensalada de profanidad y misticismo siguió otra vez la risa, y después estas dos briosas palabras: «Voy allá.
—¿Tú?... ¿y á qué?
—Quiero ver esas caras—repuso Pilar con el lindo pañuelo en la boca, y se frotó la punta de la lengua, como se pulimenta el filo de la hoja después de envenenarla.—Tomaré un pretexto cualquiera.»
Anochecía cuando Pilar entró en su berlina, mandando al cochero que fuese á Madrid y al palacio de Fúcar. Entró. D. Pedro, su hija, el Marqués de Onésimo y la Condesa de Vera se disponían á sentarse á la mesa. Fúcar invitó á Pilar; pero ella se excusó diciendo que no estaría sino el tiempo preciso para dar las buenas noticias que traía. Besó á Pepa, apretó la mano del Marqués, después se puso á hacer mimos y caricias á Monina.
«¿Qué hay?—dijo D. Pedro.
—Que María está muy bien. Ya es seguro que habrá reconciliación: así me lo ha dicho Milagros. Me alegro mucho: no me gustan los matrimonios mal avenidos... Monísima, ¿no me das un beso?
—No,—replicó decididamente Ramona, apartando su cara y defendiéndola con sus manecitas de los labios de Pilar.
—¡Oh, qué tonta, qué mala!
—No te quielo.»
Rechazada en aquel lado, Pilar se volvió á Pepa, y echándole una mirada de compasión, le dijo: «Adiós, querida... sabes que me asocio á tus desgracias.»
Al salir, acompañada por D. Pedro, díjole al oído algunas palabras, que hicieron en el buen millonario el efecto de un tiro, y al despedirse de él junto al coche, la dama terminó su visita con estas palabras:
«He querido prevenirle á usted para que esté con cuidado. Ahora, Marqués, resignación cristiana es lo que hace falta.»
Pepa en tanto, acometida de un estupor doloroso, no sabía qué pensar, ni á qué región de las posibilidades volver su alma llena de presentimientos y atormentada por las conjeturas. Aquel anuncio de reconciliación había penetrado en sus entrañas como una lanza. Sentáronse los cuatro á la mesa. Para Pepa los manjares eran un comistrajo nauseabundo que no podía pasar de los labios. El Marqués no comía tampoco. En medio de su pena horrible, Pepa, que había observado desde el día anterior extraña expresión de pena y contrariedad en el rostro de su padre, notó aquella noche que estaba como fuera de sí. También D. Joaquín Onésimo, poseedor de los secretos de Fúcar, estaba tétrico. ¿Qué ocurriría?
«¡Ah!—dijo Pepa para sí amparándose de una idea triste, que era feliz para ella en aquel momento.—Mi padre habrá tenido algún revés grande en los negocios; estará arruinado... nos quedaremos en la miseria.»
Esta idea, con ser de las más negras, la consoló. La causa de la tristeza paterna no afectaba á los grandes intereses de su corazón. ¿Qué le importaban todo el dinero, todos los bonos, todas las obligaciones bancarias, los empréstitos habidos y por haber? Pepa habría pasado aquella noche junto al papel fiduciario de todo el mundo, hecho una montaña y encendido por los cuatro costados, y no habría concedido á tanta riqueza perdida ni el favor de una simple mirada.
Después de comer, y habiéndose retirado los amigos, D. Pedro y ella se encontraron solos en la alcoba donde dormía Monina, á punto que aquel ángel, despojado de sus vestiduras que arrugó el juego, disponíase á entrar en el rosado paraíso de su sueño inocente. El Marqués tomó en brazos á su nieta, y estrechándola con más cariño que de costumbre, y siempre lo hacía con cariño, pronunció estas palabras:
«¡Pobre paloma de mi casa! no, no caerás en las garras del cernícalo horrible.
—¿Qué tienes, papá, qué tienes?—preguntó Pepa, uniendo su abrazo vigoroso al tierno enlace con que los brazos de Monina rodeaban el cuello de toro del Marqués de Fúcar.
—Nada, hija mía, nada... No te asustes, no pierdas tu tranquilidad y confía en mí, que yo lo arreglaré todo.
—¿Pero no me explicas...?
—Todavía no.
—¿Has tenido algún quebranto en tus negocios?
—No, pichona, no—repuso Fúcar rechazando con cierta indignación aquella conjetura que menoscababa su dignidad de arbitrista.—He ganado diez millones en el último empréstito. Desecha, pues, esa idea lúgubre.
—Entonces...
—Nada... no te aflijas. Duerme tranquila y déjame á mí que lo arregle todo.
—¿Pero te vas?—dijo Pepa con desconsuelo, viendo que D. Pedro se desataba de tan cariñosos brazos.
—Sí: tengo que hacer. Me esperan en el Ministerio de Hacienda. A este pobre país desventurado no le basta con el empréstito que se ha hecho, y necesita hacer otro.
—Me dejas llena de inquietud... ¿Qué te dijo Pilar?
—¿A mí? nada—repuso el Marqués con un poco de turbación.—Nada más que lo que oíste.
—Te habló al oído.
—No... no recuerdo. ¡Ah, sí! que parece segura la reconciliación de nuestro amigo con la pobre María: no me dijo más. Yo me alegro, porque es impropio de dos personas honradas, un marido bueno y una mujer buena, desavenirse por una misa de más ó de menos, Esto es completamente tonto... Adiós, queridita.
—¡Reconciliarse!» exclamó Pepa, los ojos llenos de fuego.
El Marqués, que no la miraba en aquel momento, dió algunos pasos hacia la puerta.
«Felicitémonos de que el bueno se reconcilie con el bueno—murmuró al salir.—Pero no tengamos paz ni perdón para el malo. Que lo perdone Dios.»
Pepa iba á decir algo; pero este algo debía ser de naturaleza tan escabrosa, que no dijo nada. Quedóse largo rato sin moverse de aquel sitio. Después anduvo de una parte á otra de la pieza, llamó á su doncella, dió órdenes, las denegó luego, reprendió al aya, corrió por distintas partes de la casa sin saber á dónde iba. Cuando la niña se durmió, encerróse la madre en su habitación para meditar. Indudablemente un misterio la rodeaba y envolvía como las invisibles influencias eléctricas. Pero así como todo humano sér á quien un dolor atormenta, gusta de asimilar las no comprendidas penas de los extraños á la suya propia, la dama creía ver en la desazón moral de su padre una variante del mal agudísimo que ella sentía, ó pensaba que los males de ambos provenían de una sola causa. La grandeza de su cuita le impedía ver otra alguna; no imaginaba que criatura nacida pudiera afligirse por cosa distinta de aquella reconciliación tan temida y con tal impertinencia anunciada.
El razonamiento de que pueda ser mentira lo que muy vivamente nos hiere, no basta á desclavarnos el dardo: por el contrario, los silogismos son la peor clase de pinzas que se conoce, y cuando se meten á arrancar lo que tan sólo es una púa, parece que la centuplican. Pepa, dándose á creer que las palabras de Pilar serían falsas, se atormentaba más. La tal reconciliación la hería, como si corrieran sobre su pecho los múltiples dientes de una sierra.
Era muy tarde, y el Marqués de Fúcar no vendría en toda la noche, porque desde el Ministerio se iría á cultivar amistades de cierta clase que en la Villa tenía. Era hombre tan benéfico y tan protector del género humano, que sostenía tres casas en Madrid además de la suya.
Concebida la idea, Pepa no vaciló en ponerla en ejecución. Fué á Suertebella, entró en el palacio por la puerta del museo pompeyano, de éste pasó á la sala Increíble, y de allí no había más que seguir habitaciones hasta llegar á donde quería ir. Llegó, vió... En lo demás de este lance hay una parte conocida sobre la cual no es preciso insistir; pero hay otra que conocerá todo el que tenga paciencia para seguir leyendo.
XI
Excesos del apostolado.
En la mañana del miércoles León salió temprano á dar una vuelta por el jardín. Al regreso estaba solo en la sala del Himeneo, cuando entró Gustavo. Venía con semblante enmascarado de severidad, la vista alta, el ademán forense, entendiéndose por esto una singular hinchazón y tiesura debidas sin duda al hervor de todas las leyes divinas y humanas dentro del cuerpo, de modo que el individuo reventaría si no tuviera el cráter de la boca, por donde todas aquellas materias flogísticas salen en tropel mezcladas con la lava de la indignación. Su cuñado comprendió al punto que venía de malas.
«Estaba esperando con mucha impaciencia que fuera de día para hablar contigo,—dijo Gustavo con sequedad que anunciaba mucho enojo.
—Cuando se tiene tanta impaciencia—replicó León con más sequedad aún,—se enciende una luz y se habla de noche.
—¿De noche?... no: temía distraerte de ocupaciones gratas,—dijo el orador con ironía.
—Pues habla de una vez y con brevedad. Olvídate de que eres orador y de que vives constantemente entre mujeres que charlan demasiado.
—Siento molestarte, pero te comunico que voy á ser largo.
—En ese caso—dijo León con tétrico humorismo,—ya que predicas, comienza predicándome la paciencia.
—Tú la tienes para tus obras criminales—replicó Sudre exaltándose.—Lo que yo podría predicarte ahora es la resignación, si fueras capaz de ella.
—Resignación... ¿pues no te oigo?—dijo Roch, que había llegado á una situación de ánimo en que le era imposible, sin reventar, hacer un misterio de la antipatía que toda aquella bendita familia suya le inspiraba.
—Mucha has de necesitar, pues esa calma de escéptico, que es mortaja de tu espíritu sin vida, no te servirá para oir lo que voy á decirte... Ya sabes que soy enemigo del duelo. Es contrario á todas las leyes divinas y humanas.
—Yo tampoco lo defiendo; pero creeré que el duelo es bueno si esas leyes divinas y humanas de que me hablas son las tuyas.
—Las mías son, y al mismo tiempo las únicas. Aborrezco el duelo porque es absurdo, porque es pecado; pero...
—Pero en estas circunstancias—dijo el otro interrumpiéndole,—te decides á condenarte por tener el gusto de batirte conmigo y matarme.
—Eso no sería un gusto. Soy cristiano.
—Acaba—dijo León exaltado.—¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y á la destreza, que á veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma que gustes...
—No: no has comprendido mi idea—indicó Gustavo dando vueltas al tema como abogado que quiere alargar un pleito.—Decía que aunque no soy partidario del duelo, ésta sería una ocasión buena para sobreponerme á mis escrúpulos religiosos y coger una pistola ó un sable...
—Pues cógelos...
—No. Tú has hecho el mal suficiente para que un hombre como yo atropelle todos los respetos, las leyes divinas y humanas, y fíe á un arma el cumplimiento de una sentencia. Pero...
—Pero...—dijo el otro remedando la torcida argumentación de su hermano político.—Habla claro; habla y piensa derecho, como yo, y dí «te odio...»
—Mis ideas no me permiten decir «te odio,» sino «te compadezco;» no me permiten decir «te mato,» sino «te matará Dios.»
—Pues no me hables entonces con tus ideas; háblame con las ajenas, con las mías.
—Si te hablara con las tuyas me pondría en oposición con las leyes divinas y humanas. Voy á concluir. No se trata de duelo, aunque la ocasión parece reclamarlo, y aunque todas las ventajas estarían de mi parte. Primera ventaja: que tengo razón y tú no; que eres tú el criminal y yo el juez; que lógicamente soy el vencedor y tú el vencido. Segunda ventaja: que yo manejo todas las armas, porque me he ejercitado en el tiro y en la esgrima por higiene, mientras que tú, dedicado á la alta física y á la geología, no sabes manejar ninguna. De modo que en el terreno de la fuerza también me conceptúo vencedor. Sin embargo de esto, asómbrate...
—¡Me perdonas!—exclamó León reconcentrando la furia para dar paso á la ironía.—Gracias, elefante cargado de leyes divinas y humanas.
—No te perdono—dijo el letrado, dando á su hermosa voz oratoria toda la expresión patética de que era susceptible:—es que renuncio á las ventajas que tengo sobre tí, renuncio á imponerte castigo por mi mano, y te entrego al brazo justiciero de Dios, que ya está levantado sobre tí.
—Gracias—repitió León, mezclando en un acento la ironía y la furia,—gracias, alguacil de Dios. Supongo que á tu familiaridad con Dios, de quien eres apóstol, deberás el conocimiento de sus altos secretos y el saber de cosas de justicia divina.
—La intención divina se conoce por los sucesos del mundo, cuya ordenada disposición es á veces tan clara, que sólo un idiota dejaría de ver en ella un movimiento amenazador de aquel brazo terrible que antes nombré. No me tengo por profeta ni por inspirado. Para conocer tu horrible castigo me ha bastado saber alguna cosa que tú ignoras. Por eso renuncio al duelo; por eso remito tu castigo á quien lo ejecutará mejor que yo. Y así te digo: «vas á morir.»
—¡Morir yo!—exclamó León, que, aun despreciando á su acusador, no podía oirle sin cierto espanto.
—Si, tú. Morirás de rabia.
—Lo creo, sí—dijo León, trayendo á su mente en espantosa serie á todos los individuos de su familia política.—Se muere también de un empacho de parientes; y cuando el hombre que persigue con todas las fuerzas de su alma la familia ideal y sus puros y honrados goces, no encuentra más que un potro donde diversos sayones le dan martirio, es fácil que reviente y se acabe; que si hay hierbas venenosas, también hay familias mortíferas.
—Morirás de empacho—repuso Gustavo con crueldad.—Lo sé, lo he visto, lo tengo escrito en mi bufete en papel sellado, y cada letra de aquéllas es una gota de la mortal ponzoña que ha de destruirte.
—No te entiendo—dijo León, tocado al fin de curiosidad.—¿Y qué? ¿algún pleito? ¿Si creerás tú que á mí se me mata con un pleito? ¡Pobres juristas! Pasáis la vida envenenando al género humano con mil enredos, y creéis que yo morderé hoy el cebo de vuestros sofismas... No quiero saber qué intriga es la que estás urdiendo contra mí.
—Yo no urdo intrigas... aquí no hay intriga... no hay más que justicia, y aun de esa justicia no soy yo impulsor, sino instrumento. En otras circunstancias nada habría intentado contra tí; yo te creía honrado; pero después de tu comportamiento con mi pobre hermana, agravado con hechos deshonrosos, que hace poco he conocido...
—¿Cuándo?—preguntó León, y su pregunta estallaba como el trueno.
—¿No lo sabes?
—No. ¿Qué hechos deshonrosos son esos?
—¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Aquí!
—¿Aquí... qué?
—Disimulas; pero tu semblante lívido declara tu culpa, y ante la conciencia sublevada, hasta el cartón de tu máscara escéptica palidece. Hace poco te has revelado á mí en toda la desnudez repugnante de tu sér moral, cuya depravación raya en lo absurdo.
—Explícate, ó te...»
Las manos de León se oprimían como queriendo ahogar algo.
«Pues qué, ¿son un misterio para nadie tus relaciones criminales con la dueña de esta casa, faltando así al amor de la mujer más santa, más pura, más angelical que Dios ha puesto en el mundo? Con todo, tu conducta hasta aquí, con ser tan contraria á todas las leyes divinas y humanas, no había llegado á la impudencia. Si eras criminal, no habías descendido á ese último escalón de la perversidad en que el hombre se confunde con el demonio.
—Muéstrame ese escalón bajo en que me confundo con tus amigos,—dijo León dando otra vez á su furor el tono de humorismo, de ese humorismo que amarga, embriaga y al mismo tiempo hace reir, como el ajenjo.
—¿A qué quieres que te diga lo que sabes? Pero hay malvados que gustan de que se les ponga un espejo delante de su conciencia para recrearse en la fealdad de ella, como los sapos que se miran en los charcos.
—Basta ya de viles rodeos y figuras hipócritas. Habla claro, refiere, explica, dí las cosas con sus nombres, abogado, orador de Parlamento, ergotista sin fin, enredador de leyes divinas con miserias humanas.
—Pues bien: oye lo que has hecho. Después de traer á mi pobre hermana al deplorable estado en que se halla, cualquier hombre, por malo que se le suponga, respetaría, si no la inocencia, al menos la enfermedad. En todo moribundo hay algo de ángel. Tú ni esto has respetado, y mientras la santa víctima reposa en su lecho, tranquilizada quizás por tus mentiras y creyéndote menos malo de lo que eres, tú recibes en la sala Increíble á tu querida. A la una engañas, á la otra enamoras; á la una matas lentamente, á la otra das las caricias robadas al matrimonio. Comprendo estos dos crímenes, León: comprendo el uno, comprendo el otro; lo que no comprendo, porque excede á la ruindad humana, es que los dos se cometan bajo el mismo techo. Son demasiadas infamias para una sola ocasión y un solo sitio.»
Antes de que su fiscal concluyera, prorrumpió León en una risa franca, despreciativa, con la cual parecía que su enojo se disipaba.
«Sí, ríe, ríe; no me causa sorpresa tu risa. Ya he comprendido el cinismo descarnado que se esconde bajo ese forro artificial de virtud filosófica. Tu sér moral se me ha revelado como un árbol seco al cual se quitan de pronto las flores y las hojas de trapo que le hacían pasar por árbol vivo. He aquí lo que son tus teorías morales: flores de trapo. Las naturales, las que dan fragancia y colores hermosos, no nacen en el vaso hueco, donde sólo hay fórmulas matemáticas y una ciencia estéril. ¡Y yo que te he defendido contra las acusaciones de mi familia! ¡Yo que te he creído honrado! ¡En qué error tan grande estaba!
—¿Y es cierto eso de que mientras mi mujer duerme recibo á mi querida en la sala Increíble?—dijo León entrando decididamente en la burla, que en aquella ocasión era la forma más adecuada del desprecio.—¿Lo has visto tú? Hay ojos calumniadores.
—Lo he visto. Anoche quise acompañar á mamá, que si tiene defectos como mujer, es cariñosa madre y no puede apartarse de estos sitios donde gime su hija idolatrada. No pudiendo verla, por tu prohibición cruel, se contenta con llorar donde ella llora, con ver de lejos la puerta por donde se entra á su alcoba. ¡Pobre madre! Anoche compartía yo su pena, mientras papá, que en las situaciones más críticas tiene debilidades indisculpables, visitaba á solas, sin más compañía que una luz y su concupiscencia, el sótano en que está lo reservado de la colección pompeyana, ese museo de arte libidinoso, donde no entran más que los hombres con un permiso especial del Marqués de Fúcar. Polito había bebido demasiado en compañía de Perico Nules, y estaba muy inquieto. Anduvo á primera hora por los pasillos en persecución de las criadas de Suertebella, hasta que, perseguido á su vez por mí, logré encerrarle. A media noche dormía como un ángel borracho. Mamá y yo hacíamos números en la sala japonesa, arreglando nuestra desquiciada hacienda; más tarde rezaba ella, y yo, después de buscar inútilmente un libro por todo el palacio, me puse á rezar también. En esta suntuosa morada, donde se reúnen tantas maravillas de la industria y donde las malas imitaciones de lo antiguo alternan con mamarrachos de invención flamante, simbolizando el arte contemporáneo, hay todo lo que la boca puede pedir, menos una biblioteca. Parece que al entrar aquí se han de traer muy despiertos los sentidos para que sea más fácil dejar la inteligencia á la puerta... Mamá se cansó de rezar; pero no tenía sueño; pensaba en nuestra María y en el modo de burlarte y de verla. No quería acostarse, y andando de puntillas discurrió por estas salas. Llegando cerca de la Increíble, creyó sentir voces... Me llamó, fuí, acechamos los dos, oímos. Lo que primero nos parecieron gemidos, pronto conocimos que eran besos amorosos. Eras tú; era ella. Ocultos tras el grupo de Meleagro y Atalanta que está en el corredor, la sentimos abriendo con llave la puertecilla del museo pompeyano. Después te sentimos pasar á tí por esta sala para volver á apoyar tu infame frente, coronada de los laureles de la ignominia, en el lecho de la mártir. La que estaba contigo en la Increíble era Pepa, y para quitar toda duda, pudo confirmarlo mi padre, que la encontró cuando volvía solo, con su luz y su concupiscencia, del sótano reservado.
—¿Nada más?—dijo León con calma.—¿Vuestro espionaje no sabe más? Hay seres que ni respirar saben sin que de su aliento nazca la calumnia.
—¡Calumnia! buena salida... Sé que darás al hecho una interpretación favorable á tí. No te faltan argucias para defenderte.
—¡Defenderme yo! ¡Descender yo al muladar de tus groseras suposiciones, argumentar sobre un hecho que tu madre y tú han visto con el cristal manchado de su impura conciencia!... ¡jamás!
—La estratagema es hábil, pero no hace efecto. No me convence.
—No quiero convencerte á tí ni á ella...—dijo León con ímpetu fiero.—Vuestro juicio es para mí de tan poca valía, que siento no sé qué júbilo en dejaros en vuestro error estúpido. ¡Estáis tan bien así, con vuestra infernal aureola de malos pensamientos!... ¿Puedo modificar acaso la grosería de vuestras almas? ¿Puedo, por más que discuta, llevar una idea de pureza y honra á vuestra mente, devorada por la lepra de la deshonra crónica?... Sabe que tú y tus juicios y los juicios todos de tu familia degradada, que paga los beneficios con hablillas, son para mí como la lluvia que nos moja, pero no nos envilece. No se discute con la rueda del coche que pasa, y arrojando el cieno, nos mancha... Moralista de política religiosa y de sermones de partido, maquinilla de hacer moral de confitería, que amasas las leyes divinas y humanas para dar al mundo esas pastillas de virtud, según el gusto de cada uno, á mí no se me administra moral en caramelos. Desdichado discursista, mis defectos podrían servirte á tí para hacer tus honradeces, y los sentimientos malos que yo desecho y arrojo podrías recogerlos tú del suelo para hacer con ellos la gala de tu conciencia. Antes de predicar, ¿por qué no vuelves los ojos á tí mismo? Si te miras bien comprenderás que tu existencia, y tu fama y tu prestigio, desaparecerían como el humo si el Marqués de San Salomó fuera un hombre en vez de ser un muñeco.»
Lívido y cejijunto, los labios blancos, las manos trémulas, oyó Gustavo su acusación, y tartamudeando, sin saber qué decir, rompió á hablar de este modo:
«Dualista hábil, has puesto la punta en mi pecho. Pues bien, yo no lo niego: aprende de mí el mérito de la franqueza, el mérito de la confesión, de que es incapaz un ateo. Me declaro culpable. El torbellino del mundo, el engreimiento que dan la lisonja y el aplauso, me han puesto á mí mismo en contradicción con las leyes divinas y humanas que adoro y acato. Yo soy el primero que me acuso, como he sido el primero en reprobar los escándalos de mi familia, como he sido el primero en defenderte cuando te creía bueno; bien lo sabes. Pero no hagas paralelo entre tu infamia y la mía, entre tu desorden y mi desorden. Ambos hemos caído en el mal, tú por cinismo y desconocimiento absoluto del bien, yo por flaqueza de espíritu. En tí no hay más que mal, y ninguna puerta para el bien se abrirá en tu alma cerrada; en mí se han corrompido las acciones, pero queda la fe, queda la puerta del bien. Al lado de tu crimen no tienes nada, sino la sombra fea del crimen mismo. Al lado de mi crimen tengo yo un tesoro: el remordimiento. Tú no eres capaz de enmienda; yo sí. Tú no ves nada más allá; yo veo mi salvación, porque veo mi enmienda. La misma idea del pecado me da la idea del perdón. No sé mi destino individual, pero sé el del género humano, y me basta saber que hay Cielo. Tú lo ignoras todo, y el mal no te espanta porque crees que no hay Infierno.
—Sofista, barajador de palabras, ¿qué sabes tú lo que yo pienso, lo que soy? ¿Crees que estamos los hombres y las almas á merced de tu dogmatismo de apóstol intruso, y de esa oficiosidad evangélica con que repartes cédulas de vida ó muerte? Polizonte de la vida inmortal, ¿crees que ésta es una aduana donde se registran bolsillos para ver si hay tabaco, es decir, género prohibido por los que estancan el pensamiento para venderlo en paquetes á cambio de hipocresía? Hazme el favor y el honor de librarme de tu presencia, porque no respondo del respeto que debo á esta casa y al parentesco que nos une.
—¡Asesino de un ángel!—exclamó Gustavo rugiendo de ira.
—Se me acabará la paciencia para oir tus sandeces—dijo León dando tres pasos hacia él en actitud tan amenazadora, que Gustavo retrocedió en el primer momento, esperándole después en actitud nada cobarde.—Calla, ó sabrás lo que es una paciencia que se agota, un mártir á quien se acaba la entereza.»
Señalando la ventana, León extendió su brazo que, sin aparato hercúleo, era capaz de desplegar extraordinaria fuerza.
«Y si quieres seguir provocándome—añadió,—á pesar de no ser partidario del duelo, yo que no sé disparar pistolas, ni esgrimir sables, ni echar sermones, te proporcionaré un bonito espectáculo. Verás cómo un apóstol sale volando por una ventana, sin que nada lo pueda evitar.
—Abusa, bárbaro, si te atreves, de tu fuerza corporal—gritó Gustavo desafiándole con la mirada.—¡Asesino de mi hermana!
—No irritarás mi furia con esa palabra—dijo León en el último grado de la cólera.—Has de saber que tu hermana, y tú y tu madre, y tu padre y tu abuelo, sois para mí como las aves que pasan volando. No existís para mí. Elige entre salir por la puerta ó por la ventana.»
La disputa iba á concluir con una brutal refriega, quizás con la concisa violencia de aquella escena que hizo decir á Segismundo: «¡Vive Dios, que pudo ser!» cuando entró la Marquesa de Tellería dando gritos, y detrás D. Agustín muy alterado y temeroso.
«¡Qué es esto... León... Gustavo... hijos míos!—dijo Milagros, extendiendo sus amantes brazos entre los dos.
—Ese...—rugió Gustavo.
—¡León!... ¿Hasta dónde vas á llegar?... Después que nos has secuestrado brutalmente á nuestra querida hija...
—¡Secuestrarla yo!... ¿Yo?...—replicó el airado yerno con cierto desvarío.—No: ahí está... tómenla ustedes... La devuelvo... la regalo...
—¡No nos dejas entrar á verla...! Anoche no he podido pegar los ojos pensando en esa mártir,—manifestó el Marqués.
—Adentro todo el mundo—dijo León señalando la puerta por donde se iba al aposento de María.—¡Adentro!»
Sin esperar á más precipitáronse todos por aquella puerta.
En la sala inmediata á la alcoba oyóse rumor de amantes besos, dados con la precipitación y el calor que eran naturales después de la forzada ausencia.
XII
La verdad.
Pasadas las primeras manifestaciones del cariño, María habló así: «Dime, mamá, ¿lo he soñado yo, ó es cierto que oí la voz de Gustavo y la de mi marido, como si riñeran?
—Hemos tenido una cuestión—dijo el insigne joven, que aún no había perdido su palidez, ni su nerviosidad, ni el ceño de su frente, tabla del Sinaí donde se creería estaban escritos el Decálogo y la Novísima Recopilación.
—No, no: palabras, tonterías,—indicó precipitadamente Milagros, que pensaba siempre en la reconciliación.
—Convertido en un salvaje al oirse acusado—afirmó Gustavo,—tu señor marido amenaza á sus semejantes con tirarles por los balcones, como si fueran puntas de cigarro.»
Después de esto trató de reir, creyendo que con un poco de risa volvería su sistema nervioso al estado normal.
«¿Dónde disputábais?
—Ahí, en la sala del Himeneo.
—¿Qué sala es esa?
—No hagas caso, hija de mi corazón.
—Querida de mi alma—dijo el Marqués, acariciándola,—vete acostumbrando á presenciar con calma las acciones de tu marido, y á que no se te importe un ardite lo que él haga ó deje de hacer. Es de lamentar que no puedas sobreponerte á ciertos sentimientos arraigados en tí, y que te empeñes en ser mártir, siempre mártir contra viento y marea.
—¿Qué dices, papá?—preguntó María con aturdimiento.
—Que yo—prosiguió D. Agustín, poniéndose la honrada mano sobre el pecho nobilísimo,—estoy decidido á desplegar toda la energía de mi carácter para evitar un escándalo que nos deshonra á todos y á tí te pone en la situación más ridícula que puede imaginarse.
—Agustín—dijo la Marquesa, sin poder disimular su ira,—harás bien en irte á dar una vuelta por el museo reservado. No haces falta aquí.»
Al decir esto tocaba á su marido con el codo para advertirle que no era llegada la ocasión de desplegar energías ni de evitar escándalos. Como mujer y madre, habíase penetrado mejor que los demás de la situación ilusoria en que León tenía á su mujer, y aplaudiéndola en el fondo del alma daba pruebas de recto sentir.
«¿Qué museo reservado es ese?—dijo María, cada vez más confusa, y apoderándose con presteza de toda idea que pudiera servir de combustible á la naciente hoguera de su sospecha.
—Ahí cerca, hija mía—balbució el Marqués, comprendiendo la idea de su esposa y admitiéndola tácitamente, porque también él, si pecaba por débil, torpe y corrompido, quería bien á su hija.—Es que hace poco estuve en Suertebella...»
María les miró á todos detenida y asombradamente. Interrogaba con la morbosa estupefacción de sus ojos, mientras las palabras rebeldes se negaban á salir á sus labios.
«¿Suertebella... ahí cerca?...—murmuró.—Explicadme una cosa...
—¿Qué dices, hija mía?
—Explicadme por qué siento yo los cimientos de ese palacio aquí... dentro de mis entrañas; por qué siento sus muros...
—¿Qué dices, paloma?
—Sus muros pesando sobre mí...
—Por Dios, no delires.
—¡Qué fantasmagorías tan tontas!... Es de lamentar que tu buen juicio...
—Esta casa...
—Es esta casa... ya sabes... un edificio...»
A escape, y con los brazos abiertos, entró de repente Polito, y abrazó y besó á su hermana, diciéndole:
«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte... ¡Secuestrador, bandido, lazzaroni!... Yo estaba en la cuadra divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces, cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás pronto y saldrás de aquí.»
Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir poner dique al torrente de indiscreción.
«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras—dijo la enferma, mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.—Parece que al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy malo.
—Hija de mi alma, estás aún bastante delicada—indicó el Marqués, pasándole la mano por la frente.—Cuando te restablezcas, cuando podamos llevarte con nosotros...
—La pobre se figura lo que no es—dijo Milagros con emoción.—Mejor es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.
—¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.
Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su familia diciendo:
«Atreveos á engañarme delante de éste.»
Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:
«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser inconveniente ni peligrosa la verdad.»
Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de cerca, prosiguió:
«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice tu libertad... ¡Pobre mártir!»
Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que llamaremos virtud pública.
«¡Pobre mártir!»—repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á cada sílaba, murmuró éstas:
«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»
Saltando bruscamente de su lecho, gritó:
«¿Dónde está mi marido?
—Ahora vendrá, paloma—repuso la madre besándola cariñosamente.—Sosiégate; mira que puedes recaer.
—¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?—preguntó la mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.—¿Pues por qué quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»
Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.
«¿Qué tienes, cielo?
—Me duele la cabeza...—murmuró cerrando los ojos.—Es un dolor que punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves, mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»
Todos se quedaron mudos y espantados.
«¡Socorro!—gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.—¿No la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»
A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués, imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses. Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras. Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.
Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones, y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba. Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la ciencia sola, inerme y desesperada.
Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato. Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció consoladora.
«Me han dicho al entrar—manifestó Paoletti muy afligido,—que la señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de la verdad?
—Es posible,» dijo León, indicando al Padre la puerta para que entrara primero.
Ambos llegaron cuando Moreno empezaba á aplicar los remedios heróicos. Paoletti se retiró después á rezar en la capilla, cuyos altares se llenaron de luces. En la alcoba, el médico y el marido asistieron solos, con zozobra y compasión, al desarrollo de aquel drama, cuyos elementos, idea ó fluido, vida orgánica ó esencia misteriosa, se arremolinaban en el cerebro y en los centros nerviosos, precipitando con su tenebroso combate el desenlace que se llama muerte. Se hizo cuanto en lo humano cabía para conjurar el peligro inminente, solicitando el mal desde las extremidades para apartarlo de los centros. Pero ningún agente terapéutico lograba despertar las energías orgánicas que expulsan el mal. Este seguía su marcha invasora, como el atrevido conquistador que ha quemado sus naves. Se apeló á todos los medios, y cada uno de ellos aumentaba la desesperación.
La paciente estuvo todo el día fluctuando entre la postración y el delirio. Los entreactos de sus crisis espasmódicas anunciaban un aplanamiento más peligroso que las crisis mismas. El médico anunció con sepulcral entereza la próxima conclusión de la lucha.
«Lo que resta—dijo,—corresponde al médico del alma.»
Por la tarde, María Egipciaca pareció que despertaba, y sus facultades se mostraron claras. Estaba en posesión de sí misma, en aquel breve período de lucidez que la Naturaleza concede casi siempre á las criaturas, antes de pasar á otro mundo, para que puedan echar la última ojeada sobre el que abandonan.
«Pido...—murmuró María,—que me dejen sola con mi Padre espiritual.»
El marido y el médico salieron. Ni ciencia ni afectos de la tierra hacían falta ya.
XIII
La batalla.
María fijó los ojos en Paoletti con expresión dulce. La ocasión era tan solemne, que el bendito clérigo enano, á pesar de estar muy hecho á emociones y á espectáculos tristes, se enterneció. Dominándose, se acercó al lecho, tomó la mano ardiente y blanca que se le extendía, y dijo así:
«Ya estamos solos, mi querida hija, hermana y amiga á quien profeso dulcísimo afecto; ya estamos solos con nuestras ideas espirituales y nuestro fervor. No reine aquí el miedo; reine la alegría. ¡Conciencia purísima, levántate, no temas, muestra tu esplendor, recréate en tí misma, y así, en vez de temer la hora de tu libertad, la desearás con ansia! ¡Oh triunfo, no te disimules vistiéndote de vencimiento!»
Menos ganosa que otras veces de saborear la miel regalada de aquel panal de misticismo, María Egipciaca pensaba en otra cosa. Con amarga melancolía, murmuró:
«He sido engañada.
—Engañada con piedad—replicó al punto el clérigo.—El estado penosísimo del organismo de usted exigía que se le encubriera la verdad fea. Perdóneme si también yo me presté á esa farsa, que, lo repito, era una farsa caritativa. Comprendí la necesidad de ayudar los planes benéficos de su esposo de usted...
—¡Que me ha tenido y me tiene en la casa de esa mujer!...—exclamó la enferma ahogándose.
—Esto no ha sido culpa suya. No había lugar más á propósito para prestar á usted los auxilios de la ciencia y ponerla en buenas condiciones de higiene. En esto apruebo plenamente su traslación aquí. Una vida en inmediato peligro no podía ser tratada como un saco que se lleva y se trae. Lo de menos para usted es estar aquí.
—Yo lo soñaba, y despierta lo desmentía.»
La laringe de la dama no pudo seguir sin tomar descanso. No es fácil dar idea de la inmensa tristeza de su acento débil, apagado, quejumbroso. Más que acento de mujer amante, parecía el llanto de un niño abandonado, cuando ya se cansa de llamar y pedir.
«Y mi marido y esa mujer—añadió,—se verán á todas horas en cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos... (La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»
Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.
«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan, como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D. León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted. Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí. Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que el mundo llama caballerosidad.»
María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos. No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un torreón de fuegos artificiales.
«No puedo creer—dijo el Padre alzando la vista y envolviendo á María en fascinadora proyección de ella,—que un espíritu fortalecido por el amor divino, como el de usted, se turbe por la verdad que acaba de oir. Yo no puedo imaginarme ahora á mi espiritual amiga empeñada en inquietudes menudas, como una mujer cualquiera, ó apartando el pensamiento de las grandes esferas ideales para pasearlo, como holgazán que mata el tiempo, por las callejuelas de la cavilación mundana. ¿Acierto, mi querida hija? ¿Me equivoco al pensar que esos ojos, hechos á la suavísima luz de arriba, no se dignarán mirar á los faroles de abajo?
—Tengo celos—declaró María con el mismo tono sin duda con que Cristo dijo en la Cruz: «Tengo sed.»
El enano hizo lo mismo que el sayón del Calvario. Cogió una esponja mojada en hiel y vinagre, la puso en una caña y la aplicó á los secos labios, diciendo:
«¡Celos!... ¡Celos quien ha sabido encender su alma en el amor que jamás es mal pagado! O yo no penetré bien en el espíritu de mi ilustre penitente, ó el espíritu de mi ilustre penitente tenía toda la fortaleza, toda la gracia, toda la influencia de amor divino para no incurrir en tales flaquezas. ¿Celos de qué? ¡De otra mujer y por un hombre; celos por quien nada es y de quien nada es ni nada vale!... Encuentro una turbación radicalísima en el espíritu de mi amada hija y penitente. ¿Quién ha traído esa turbación?
—Los celos,» murmuró María desde la hondura de su angustia.
Lentamente, descansando á cada instante, pudo la dama referir todo lo ocurrido desde que la de San Salomó le reveló la infidelidad de León, hasta que perdió el conocimiento. En lenguaje conciso lo dijo todo, sin omitir nada substancioso, ni perder detalle de importancia.
«Fuera de los arrebatos de ira, del coquetismo mundano y de la precipitación, no hallo nada reprensible en el acto,» dijo Paoletti después que, apoyada la cabeza en la mano y los ojos echados al suelo, como un arma que por el momento no se necesita, recogió en su mente la confesión toda, sílaba á sílaba, gota á gota, cual licor destilado en el alambique.
María dió un gran suspiro, diciendo:
«Yo me creía llena de pecado.
—Pecado hubo por lo que he dicho, pero no es grave. En la visita veo el movimiento natural de la esposa para impedir la ruptura del lazo sagrado. Ya he dicho no una, sino mil veces, que el prurito en usted de cultivar la vida espiritual, en él de menospreciar la fe, no eximen al uno ni al otro del cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Mientras ambos vivan, atados se hallan por el Sacramento, y si uno de los dos forcejea por romper el lazo, es natural y meritorio que el otro corra á evitarlo, apretando más el lazo si puede ser. ¡Oh, mi nobilísima hija! ¡Cuánto hemos hablado de esto!»
María decía que sí con su cabeza y alzaba los ojos al techo.
«Cuanto era necesario para metodizar la vida preciosísima de usted, lo dije en sazón oportuna—añadió Paoletti, sin recoger del suelo la mirada, antes bien, paseándola por la alfombra como no sabiendo qué hacer de ella.—Bastantes veces la tranquilicé á usted sobre este punto, cuando me manifestaba escrúpulos. «No, no, decía yo: Dios no puede exigir á la mujer casada que haga una exclusión total de las consideraciones, digámoslo así, que debe á su esposo.» Este adquirió un derecho que no prescribe ni aun por apartarse radicalmente en ideas y principios de los principios y las ideas de la esposa. Bueno que le niegue usted su dulcísimo espíritu; que viendo la contumaz incredulidad de él, no le confíe ni un átomo (y digo átomo porque necesito valerme de una idea material), ni un átomo de ese mismo espíritu, de esas galas divinas reclamadas por quien las creó; bueno que no tenga usted con él comercio alguno de ideas, que no le permita esperar que sus halagos desvíen á la esposa de la senda de perfección por donde camina; pero entiéndase que le pertenece todo lo que no es del espíritu, lo que es propio y peculiar manjar del mundo. Usted me refería sus más íntimos y escondidos secretos, misterios delicadísimos de su alma; referíame también hechos y palabras reservadas de su esposo, las cuales apreciaba yo en su justo valor, y fundado en palabras y en hechos, yo trazaba á usted ese régimen de vida, al cual hase ajustado perfectamente hasta ahora en que la veo aturdida y un tanto descarriada. Recuerde usted lo que hemos hablado sobre esto, la argumentación para poner cada cosa en su lugar, y no confundir nunca lo espiritual con lo humano, lo que es de Dios con lo que es de la carne.»
María empezó á decir algo y se detuvo asustada.
«Hable usted, mi tiernísima oveja...
—Mi marido me decía muchas cosas...—murmuró la dama.
—Sí, y bien sabe usted que en nuestros gratísimos coloquios, yo rebatía con firme dialéctica todos los argumentos de ese sofista... y usted me daba la razón; usted quedaba convencida.
—Porque no tenía celos, que son en mí... ahora lo veo claro como la idea de Dios... que son en mí la manera de amar.
—Sí: usted amaba—dijo el Padre lleno de confusiones recogiendo su mirada y dejándola de nuevo,—porque usted se interesaba por él y no quería que le pasase ninguna desgracia, en cuyas ideas la sostenía yo, sí, la sostenía...
—Pero él me decía muchas cosas—repitió María con el mismo lastimoso tono de niño que llora.—Me decía que usted...
—Que yo...
—Que usted, cercenando poco á poco los afectos para devolvérselos á Dios, cercenando las ideas para que no las manchara el ateísmo, quitándome todo lo del corazón y no dejándome más que un deber, había hecho de mí la concubina de mi marido.
—¡Oh! mujer, mujer—exclamó Paoletti con viveza de tono,—¡cuántas, cuántas veces rebatí ese argumento de apariencia terrible, dejándola á usted tranquila!
—Pues rebata usted este otro.
—¿Cuál?
—Que estoy celosa, envidiosa, y ahora quisiera para mí lo que ya no es mío.»
El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible, como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo. Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y dígase la verdad, poco satisfecho de sí.
«Mi querida amiga—añadió el hombre chico esgrimiendo su mirada como un ángel celeste esgrimiría su espada,—veréme obligado á hablar á usted con una energía que no cuadra bien con la amistad suavísima, ¿qué digo amistad? con el respeto, con la veneración que ha sabido inspirarme, pues últimamente la grandeza de sus perfecciones me ha cautivado de tal modo, que no he podido mirar á usted como penitente, ni aun como amiga espiritual, sino como una santa, como criatura purísima y gloriosísima superior á mí por todos conceptos. ¡Y ahora!...»
Nueva pausa. María Egipciaca, afectada por aquel lenguaje, cruzó las blancas manos y con acento fervoroso exclamó:
«Señor, hermano mío, venid ambos en mi ayuda!
—Llámeles usted con el corazón limpio de afectos menudos, que son, permítaseme decirlo, como el moho del sentimiento—dijo Paoletti, sintiendo que la elocuencia venía en torrentes á su boca;—llámeles usted así y vendrán. Un movimiento espiritual, íntimo, mi dulcísima amiga—añadió llevándose la mano al corazón y apretándola sobre él como una garra;—un impulso hondo, de aquí; un impulso que en una sola energía comprenda dos deseos, el deseo de expulsar esa lepra y el de volver arriba, á esas regiones serenas, iluminadas, radiantes, de donde jamás debió descender... Animo, alma predilecta, en cuyas alas se ven ya cambiantes y reflejos de la luz inextinguible del Paraíso... ánimo y no abatir las alas... te falta muy poco, esto, tanto así—fió á sus dedos la expresión material de la idea;—no mires abajo, que te dará vértigo: mira hacia arriba, y verás las magnificencias que te aguardan, hermosura y dicha superiores á cuanto imagine tu fantasía en los deliquios más placenteros; oirás regaladas músicas y te sentirás penetrada de ese bien infinito, que te envolverá toda, te suspenderá manteniéndote en un vuelo de arrobo infinito, de contemplación angélica. No vuelvas atrás, alma bendita, te lo ruego, te lo pido por tí, por todos nosotros que esperamos tu ejemplo, por el Dios que te creó tan hermosa como obra maestra destinada á su propio recreo y grandeza; te lo pido de rodillas, yo, humildísimo clérigo que nada valgo, que nada soy; pero que he tenido la dicha de encaminarte á tu celestial destino, ¡oh, alma preclarísima! conquistando así un mérito que muy poco vale al lado de los tuyos.»
Pausa. Paoletti se puso de rodillas cruzando las manos.
«De rodillas... usted—murmuró María con voz balbuciente:—no, eso no... Haré lo que usted me manda... pero ¿qué se hace para dejar de sentir lo que se siente?
—Sentir otra cosa—dijo el italiano levantándose.—¡Oh! bien lo sabe usted... que ha educado su corazón y su mente con arte maravillosísimo igual al de los santos. ¿Siente usted, por ventura, enflaquecimiento ó tibieza en su amor á Dios, en su piedad?»
Silencio. María respondió negativamente con un movimiento de su mano. Después, acercando más su cabeza al Padre para que éste la oyera mejor, habló así:
«¿Eso que usted quiere echar de mí impedirá mi salvación si no lo echo?
—¡Oh! ángel de bondad, ni por un momento he puesto en duda su salvación... Eso no. Pues qué, ¿un alma tan llena de merecimientos podría perderse? Sin que usted me lo declare conozco que esos afectos que han venido á conturbarla no van acompañados de rencor, ni excluirán el perdón de los que hayan á usted ofendido. ¿Me equivoco?»
María volvió á negar con la cabeza.
«Entonces la salvación es segura. Si me empeño en arrancar esa hierbecilla, es porque no me contento con que esta alma sea buena; quiero que sea perfecta. No me satisface la victoria, y deseo un triunfo gloriosísimo, para que además de la corona de la virtud lleve usted la de la santidad. Quiero—añadió con énfasis,—que usted suba al cielo bañada en luz esplendentísima, entre las aclamaciones de los ángeles, y que desde el eterno umbral recamado con estrellas de zafir no vuelva la mirada á la tierra ni aun para obsequiarla con su desprecio. Quiero en usted la pureza absoluta, el amor en su esencia divina.
—Todo eso tendré sin arrancarme el afán de la tierra. Si me puedo salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy.»
Paoletti meditaba. De pronto dijo:
«Mi querida amiga, ¿perdona usted de corazón á todos los que la han ofendido?»
Pausa. «Sí—dijo María, cuando ya el Padre había perdido la esperanza de recibir contestación.—Perdono á mi infiel marido, que me ha matado.»
Al decir esto, dos lágrimas corrían por sus mejillas.
«Y á ella, á esa mujer que ha robado á usted el amor de su marido, ¿la perdona usted?» Paoletti esperaba con los ojos fijos en la enferma. María bajó los párpados de los suyos y se sumergió en abstracción profunda. El clérigo creyóla presa de un desmayo; alarmado, acercó su rostro, observó, esperó. Al fin pudo oir un sollozo que decía:
«También la perdono.
—Pues si mi nobilísima hija perdona, que es la manera de arrojar esa levadura maléfica, entrará triunfante en la morada celestial,» dijo el Padre en tono patético, cual si tuviera en su mano la llave de aquella morada.
Súbitamente poseída de entusiasmo místico por efecto del influjo sobrehumano que sobre ella tenía el Padre, María recobró sus fuerzas, y singularmente las de la emisión de la voz. Hasta en sus mejillas pálidas viéronse señales de la reacción vital, que principalmente se mostraba en la movilidad, gracia seductora y resplandor de sus ojos.
«Parece que esas palabras me han infundido una vida nueva—dijo con fácil acento.—No sé qué telas había delante de mis ojos, que ya han desaparecido, y veo claro, tan claro, que me pasmo de los beneficios que el Señor me ha hecho dando esta luz á mi alma, y no sé cómo agradecérselo. Él me ha enseñado el camino para ir á Él; me ha llamado con voces de cariño. No me aparto: voy, voy, Dios, Padre y Redentor mío; voy abrazada á tu cruz.
—Así, así, así quiero á mi amadísima penitente y amiga—exclamó el poeta de los superlativos dejando correr las lágrimas que venían á sus ojos.—Pronto vivirá usted en espíritu en la región del consuelo eterno. ¡Qué gran privilegio, amiga mía, no asustarse de la muerte, sino, por el contrario, ver con gozo ese momento en que la última chispa de la vida asquerosa se confunde con la primer centella del vivir limpio, infinito! ¡Alma hermosísima, purificada por la oración, por la piedad constante, por el heróico trabajo de la vida interior, por la perenne inmersión del pensamiento en la idea divina, extiende tus alas, más blancas que las nubes; no temas, remóntate, mira tu puesto arriba, oye las deleitosas músicas que te reciben, aspira esa fragancia inconcebible del Paraíso, atrévete á afrontar la mirada paternal del que hizo el sol y las estrellas, y que sonriendo con la sonrisa de que salió la luz, te recibe como á mártir, como á santa!
—Sí—dijo María cruzando blandamente las manos sobre el seno:—yo me siento subir, y no encuentro palabras para expresar mi júbilo. Parece que se me olvida ya el lenguaje de la tierra, que no sé hablar. Mi última palabra sea para repetir que perdono de todo corazón á los que me han ofendido.»
Pausa. El italiano murmuraba una oración.
«Padre—dijo María Egipciaca dando un golpecillo en la cama para despertarle de aquel sopor místico en que había caído,—me ocurre que debo manifestar de palabra mi perdón á mi marido.
—No es absolutamente necesario, pero puede usted hacerlo.
—Quién sabe si unas cuantas palabras dichas en momentos tan solemnes harán efecto provechoso en su alma perdida.
—¡Oh, sí!... Esa idea es propia de una inteligencia sublime... Se lo diremos.
—En este trance—añadió María agitada otra vez por los afectos que Paoletti llamaba menudos,—él no puede contestarme. ¡Ay! tiene tan prontas las respuestas cuando yo le acuso, que á veces me aturde. Una vez...»
María reflexionó un instante antes de seguir.
«...Vino á mí lleno de tristeza y desaliento. Era una noche que llovía mucho... El pobrecito... por ceder su coche á un amigo enfermo, se había mojado hasta los huesos. Además, aquel día se le había muerto otro amigo que amaba mucho, un célebre ateo, ya sabe usted, compañero de estudios y de herejías de mi pobre León. ¡Oh! ¡qué triste estaba! Le ví entrar y me dió lástima; pero yo estaba rezando y no podía suspender mi rezo. Se mudó de ropa; pero con la ropa seca tiritaba lo mismo que con la húmeda... tenía fiebre. Yo mandé que le hicieran abajo una bebida calmante y seguí rezando, pidiendo á Dios fervorosamente que le convirtiera, ¡y él no me lo agradecía!... De pronto se llegó á mí, y sentándose en una banqueta baja, puesto casi á mis pies, me tomó una mano, imprimiendo en ella unos besos que quemaban. Díjome así: «Yo necesito amar y que me amen... esto es vivir como los cardos que crecen solos y tristes en el campo...» Gran esfuerzo el mío para no hacerle caso. Obligada á dejar el libro de rezo, rezaba mentalmente, apartando de él los ojos, trayendo á mi mente cosas de piedad, para que otras cosas y pensamientos no pudieran entrar. Aquel día habíamos hablado usted y yo largamente de las estratagemas de que se vale el espíritu ateo para cautivar al espíritu con fe. Yo me fortalecí con el recuerdo de aquellas palabras, y dejé pasar, dejé pasar la corriente de cariño que de él hacia mí venía. Yo era una estatua; comprendí que debía enojarme, y me enojé, echándole en cara su ateísmo. El tiritaba y me decía: «Puesto que mi hogar está vacío para mí, me voy á meter en un hospicio...» ¡Qué cosas dijo! El «yo quiero amar, yo quiero que me amen» no se apartaba de su boca... Me galanteaba á veces como un estudiante, riendo; á veces me hablaba de nuestra casa, de los hijos que no habíamos tenido... Yo firme, yo revestida de frialdad, porque si le mostrara cariño, ¡cuál no sería su engreimiento y mi humillación! Habría yo creído que conmigo se humillaban la Fe cristiana y la santa Iglesia. No, no: mi plan de conducta estaba trazado, ¡y qué bien trazado! Yo me levanté, y le dije sin mostrar emoción: «Conviértete y hablaremos;» y me retiré, dejándole solo. ¡No se me ha olvidado aquella noche! Me acuerdo de que al entrar en mi alcoba me dió lástima de verle con tanto frío, y tomando una manta se la tiré desde la puerta. Yo me había puesto á rezar de nuevo en la alcoba, cuando le oí decir: «¡Maldito sea quien te ha hecho así!»
—¡Oh, mi querida amiga!—dijo Paoletti;—se agita usted demasiado con esos recuerdos.
—Me parece que le estoy viendo...—añadió María con no sé qué expresión de éxtasis en sus ojos.—Estaba pálido aquella noche, y tenía en sus hermosos ojos una melancolía, un desconsuelo...! Parecía un niño hambriento que extiende los brazos hacia el seno de su madre y se encuentra con que el seno de su madre es de cartón. Paréceme que siento el picor de su barba fuerte aquí sobre la piel de mi mano, y me pesa, me pesa aún sobre las rodillas su cabeza fatigada. Yo no la dejaba reposar allí, pero la miraba preguntándome por qué Dios permite que las ideas materialistas y el no creer estén dentro de una cabeza tan hermosa. ¡Y aquella cosa inexplicable y encantadora que hay en sus ojos negros... y aquella energía de su mano varonil, y aquel conjunto de seriedad, de brío, de fuerza, sin perjuicio de la esbeltez!...
—Amiga de mi alma—dijo Paoletti interrumpiendo,—creo que si se ocupa usted tan prolijamente de perfecciones físicas, es para asombrarse de que Dios, en su alto juicio, las haya unido á un espíritu ciego y muerto.
—Eso es, eso es... pero estos recuerdos vienen á mí y no los sé desechar. Pueden más que yo... Un día, después de muchos días de destemplanza entre los dos, le ví entrar furioso. Era la primera vez que le veía colérico: me dió mucho miedo. Me habló violentamente, y tomándome por la mano, sacudióme como si quisiera arrastrarme. Caí de rodillas delante de él. Me parece que aún siento su mano como una argolla, y si la sintiera de veras ahora, creo que el gusto me haría vivir... Díjome cosas muy duras; pero su misma ira, con ser tan fuerte, no le impedía la delicadeza... Aquel arrebato de cólera me regocijaba en el fondo del alma, porque me demostraba su amor; pero como yo estaba segura de su fidelidad, no quise manifestarle nada de mi afecto. Bien sabía yo que no me había de hacer daño, y por lo mismo le dije: «No me importa que me mates, pero aguarda un poco. Estoy repartiendo mi ropa á los pobres.» Así era: más de cien infelices aguardaban á la puerta. Yo estaba tan orgullosa de mi caridad, que supe despreciar á mi tirano. Él me dijo: «¡Es horrible que se sienta uno herido en el alma y ni aun pueda devolver golpe por golpe, y no pueda vengarse, ni matar á nadie, ni aun castigar!...» ¡Oh, qué simpático estaba en su enojo!
—Basta, basta—dijo prontamente y con desasosiego el Padre.—No permito ni una palabra más de esa revista de memorias nocivas al alma. La que luchó entonces por limpiar su espíritu no puede sucumbir ahora.
—No, no sucumbiré—afirmó María, revelando en su rostro lívido el esfuerzo que hacía su alma para romper las misteriosas cadenas que la aprisionaban en la hora tremenda.—Bastante me he mortificado, bastantes batallas he dado en mi mente para despojarle de aquellas perfecciones y dejar desnudo el horrible esqueleto. Este procedimiento de no ver en el sér hermoso más que un esqueleto, me fué recomendado por usted... y ha sido mi salvación... Porque indudablemente mi alma se habría perdido, ¿no es verdad, Padre?... el fin de conquistarme espiritualmente y hacerme suya extraviando mi corazón, ¿no es verdad, Padre?»
A cada pregunta, señal en ella de dudas ó refriega interior, el Padre contestaba afirmativamente con fuerte cabeceo.
«Yo le decía: «Tuya soy en aquello que nada vale; pero mi espíritu no lo tendrás jamás.» A veces me imponía la obligación de estar semanas enteras sin hablarle. ¿No es verdad que hacía bien?
—Mi infelicísima amiga—dijo el italiano suspirando,—está usted refiriéndome lo que mil veces me ha referido. Volvamos esa página sombría, sobre la cual todo lo hemos dicho ya, y hablemos de Dios, del perdón...
—¡Del perdón!...—exclamó la dama alzando su cabeza sin mover su cuerpo.—¿De qué perdón?...»
En sus ojos se pintó un vago mareo, como el que precede al delirio. Incorporóse súbitamente en el lecho con dura sacudida, y oprimiéndose las sienes, gritó:
«No les perdono, no les perdono, no les puedo perdonar... ¡Marido, á tí solo te perdono, si vuelves á mí! A ella...»
No pudo acabar la frase. Retorciéndose los brazos cayó en la cama como un cuerpo muerto. Paoletti miró aterrado los ojos de la enferma clavados en él con expresión bravía. El clérigo sintió en su frente sudor glacial, y el corazón agitado se le salía del pecho. La dama, después de mirarle así, cerró los ojos. La crisis se resolvía en distensión de músculos, y en sollozos y suspiros. Paoletti dijo con voz que se esforzó en hacer cavernosa:
«¡Alma que creí victoriosa y que ahora sucumbes vencida: si no perdonas, Dios no te perdonará!»
Después se arrodilló, y tomando el Crucifijo se puso á rezar contemplándolo. Afligido y lloroso, como pastor á quien roban su más querida oveja, permaneció un rato. La pobre dama no se movía ni hablaba. Al fin, tras doloroso gemido, pronunció estas tristes palabras:
«Soy pecadora y no me salvaré.»
Alma infeliz y llena de congoja, luchaba como el náufrago de los aires, alargando una mano al Cielo y otra á la tierra.
«Estoy transido de dolor—dijo Paoletti, mostrando á María su blanco rostro pueril inundado de lágrimas sinceras,—porque el alma que creí haber ganado para un esplendorosísimo puesto del Cielo, cae de improviso en los abismos...
—¡En los abismos!...—murmuró la Egipciaca con un sollozo de angustia.
—Sí, y pido á mi Dios que la salve, que salve á esta alma queridísima, que no la condene, que tenga piedad de ella... ¡Oh! ¡Señor misericordiosísimo, haberla visto tuya y ahora verla de Satanás!... ¿No es tu perla escogida? ¿Cómo permites que caiga en el lugar del tormento eterno?... ¿No la perfeccionaste, no la purificaste como á joya que había de pertenecerte eternamente?... Alma, oye mi último ruego, si no quieres ver trocada la túnica purísima de la bienaventuranza por vestidura de llamas horribles... Torna en tí, vuelve á tu sér suavísimo y al peregrino estado, donde hallabas deleite superior al que podrían dar á tus sentidos los más delicados aromas, los manjares más exquisitos y las visiones más bellas. Sálvate, no ya del mundo, sino del Infierno.»
Siguió hablando el reverendo poeta con aquella oratoria sentida, patética, un poco teatral, que era propia suya, haciendo gasto considerable de retórica descriptiva, y no perdonando resplandores celestes, ni coros angélicos, ni amor esencial, ni candideces del alma. Cuando concluyó, María, besando el Crucifijo que su amigo espiritual le puso en las manos, derramaba lágrimas y decía:
«Bien: todo lo cedo ante tí, Redentor mío; no queda nada en mí de esta levadura de los afectos menudos. Me lo arranco todo con la vida y lo echo al fuego. Aún queda algo; pero usted, Padre, que tanto puede, me arrancará esta última espina que tengo en el corazón.
—¿Cuál?
—Pruébeme usted que la niña de Pepa no es hija de mi marido.
—¿Cómo he de probar eso, criatura?—replicó asustado el buen Paoletti.—¿Conozco acaso los secretos recónditos de la naturaleza? Podrá ser hija, podrá no serlo.»
Después aquel hombre de buena fe, pero que sólo conocía la superficie, no las honduras del humano corazón, dijo estas palabras:
«La niña es bonita.»
Esto era ser Longinos, tomar la lanza y herir el divino costado para abreviar la agonía. La dama parecía saltar en su lecho.
«Alma escogida—exclamó el valiente Paoletti puesto en pie, fulgurantes los ojos, alta la mano,—desecha esa última turbación, arroja las últimas heces y ten limpio el vaso en que ha de entrar el agua purísima de la eternidad gloriosa.
—Quiero salvarme,—murmuró María, que más parecía un muerto que habla, que un vivo moribundo.
—Pues desecha, límpiate por completo, perdona, ¡oh alma preciosa!
—Desecho, me limpio, perdono,—se oyó en la estancia, como el silabear misterioso de una vida que se escapa por los labios y fenece en ellos.
—Perdona, y tu salvación es segura.»
El enano se agigantaba con la expansión de su entusiasmo místico. Al entusiasmo de María mezclábase un pavor supersticioso que erizaba sus cabellos sobre la sudorosa piel de la frente. Caía desmelenada su cabeza como la hierbecilla inclinada y rota ante la voladora pesadez del tren que pasa.
«Abrazada á esta imagen bendita—dijo el clérigo,—olvide usted todo lo del mundo, todo, absolutamente todo.
—Olvido,—murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de abnegación en que había caído.
—Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.
—Olvido,—dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.
—Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados. No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato de nuestro amadísimo Luis.»
A este recuerdo María pareció subir.
«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra. Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.
—Así, así.
—Cuanto tengo, si es que tengo algo—dijo con voz clara besando el Crucifijo,—deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.
—Sí, mi dulcísima amiga; y no se le importe nada á esta alma nobilísima que el altar esté en Suertebella.
—Nada me importa. Perdono de todo corazón, me reconcilio con mi Dios Salvador, y espero.»
Con las manos extendidas, los ojos medio cerrados, Paoletti pronunció grave, despaciosa, solemnemente la absolución cristiana.
«Reconciliada con Dios—dijo luego con voz conmovida,—va usted á recibir la santa comunión.»
XIV
Vulnerant omnes, ultima necat.
La ceremonia anunciada se efectúa después de anochecer con pompa y fervor. El palacio de Suertebella préstase maravillosamente á la ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las gracias materiales al rito católico. Flores preciosísimas, luces sin cuento son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras del arte humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les tocara á ellas algo del bien que la divina visita trae á la casa. El rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la sala japonesa, ya tras de la estatua griega de perfil majestuoso, completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y el miedo, originados aquél de la idea del más allá y éste de la proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.
El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia cercana, en lujoso coche al que otros muchos siguen con alineación melancólica. Parece que los propios caballos comprenden que no debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de personas, cuyas caras enrojecen con el fulgor del hacha que tienen en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados están de rodillas. La campana en cuyo son se mezclan el pavor y el consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su sueño ideal á las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio sobre la madera. Creyérase oir redoble lejano de fúnebres tambores. Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos semejantes á los de una trepidación subterránea. Al fin para el ruido y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha llegado á su término. Durante aquel rato solemne todo el palacio está desierto: cuantos en él respiran se hallan en las inmediaciones de la escena. Los que no pueden presenciar el acto, entran con la imaginación en la alcoba llena de luces y suspiros, y gozan ó gimen imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias é iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oirse quizás, en el rincón más obscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza, corre y desaparece.
Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo, después los pasos nuevamente, reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor, se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras pintadas, vuelven á crujir las charoladas tablas; siguen libreas, mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros indiferentes, otros que revelan pena ó lástima; óyense las sílabas quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de la esquila que agita un niño, el mismo á quien Monina llamaba Guru, y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las flores parece misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en el palacio.
Ego sum via, vita, veritas.
Toda la familia asistió al acto, la Marquesa agobiada por el dolor y sin fuerzas para tenerse de rodillas (tan vivamente la afectaba aquel trance temido), el Marqués y sus dos hijos manifestando sinceramente su pena. Concluída la ceremonia se retiraron todos apremiados por los amigos más íntimos. Milagros perdió el conocimiento y fué preciso llevarla á un rincón de la sala japonesa, donde amigas solícitas la rodearon para consolarla. El Marqués, que había perdido la memoria de sus excursiones artísticas por el palacio, huía de los consuelos de importunos amigos y quería estar solo. Allá en un ángulo de la sala de tapices halló lugar propicio á su recogimiento y dolor, y oculto tras de un sátiro de mármol meditaba sobre la vanidad de las grandezas humanas. Gustavo, atendiendo á su madre, se dejaba consolar por el poeta de los arrebatos píos y de las almas cándidas. Leopoldo echaba de su cuerpo suspiros, y temblaba nerviosamente sintiendo aquella glacial caricia de la muerte tan cerca de su persona.
Mucha gente salía, y en el parque los cocheros se llamaban unos á otros dándose los nombres históricos de sus amos: «Garellano, ahora tú; Cerinola, entra; Lepanto, echa un poco atrás.» La noche estaba hermosa, limpia, serena, inundada de la claridad azul de la luna, y el horizonte ofrecía á lo lejos la falsa apariencia de un mar tranquilo. Palidecían las estrellas pequeñas; pero las grandes lograban brillar, retemblando con visible esfuerzo. ¡Naturaleza espléndida, por donde parecía cruzar dulce respiración de calma y amor! Más bien convidaba á nacer que á morir. ¡Cuánto abruma al hombre observar la majestuosa indiferencia de los cielos visibles ante los dolores de la tierra! El más horrendo cataclismo moral, no podía formar la más ligera nubecilla. Todas las lágrimas de la humanidad no llevarían á esos espacios insensibles una sola gota de agua.
León salió de la triste alcoba para decir dos palabras de gratitud al Marqués de Fúcar.
«Querido—le dijo éste estrechándole con cariño las manos,—recibe el pésame de un afligido. Aquí donde me ves, gimo bajo el peso de un disgusto.
—¿Hay algún enfermo en casa?...
—No... ya hablaremos... ahora no es ocasión... No tienes que agradecerme nada... era mi deber. Ya ves que he mandado adornar el palacio como corresponde á ceremonia tan augusta y á la firmeza de mis ideas religiosas. Se trajeron todas las camelias de la estufa, los rododendros y los naranjos que están en pesados cajones de madera. Pero no importa: hay ocasiones en que me parece conveniente llegar hasta la exageración... Volveré á saber... A su debido tiempo hablaremos.»
Poco después salió á tomar su coche para irse á Madrid, pensando en esta desdichada, en esta mal dirigida nación, que al día siguiente de hacer un empréstito ya necesitaba hacer otro... León volvió á la alcoba. La terminación parecía próxima. Rafael, Paoletti, Moreno y él, rodeaban á la pobre María que, desde las últimas palabras de su espiritual confesión, se había ido postrando y perdiendo rápidamente el aspecto de persona viva. Su hermosa cabeza y cara en que estaba representado, por vanagloria de la Naturaleza, el ideal de la belleza humana, parecían más perfectas en aquel momento cercano á la extinción de la vida orgánica, y su inmovilidad, su blancura, la fijeza de aquel blando reposo sobre la almohada, la calma escultural de las facciones y de los músculos faciales, no contraídos por dolor alguno, la asemejaban á una representación marmórea de la muerte tranquila, noble, aristocrática, si es permitido decirlo así, puesta en figura yacente sobre el sepulcro de una gran señora. Nada se movía en ella. Lograba el privilegio de entrar en el reino sombrío con sosegada parsimonia, sin dolor físico, como se pasa de una visión á otra en el entretenido viajar de un sueño.
Sus ojos, medio velados por las negras pestañas, se fijaban en el rostro sombrío y atónito del hombre de la barba negra. León esperaba junto al lecho observando con dolor aquella hermosura sublimada por la muerte, y pensaba en el sentido profundamente filosófico de la aparente transformación de su mujer en estatua. La solemnidad del caso doloroso; el silencio del lugar, sólo turbado por un aliento apenas ronco, más difícil á cada minuto; la mirada triste de aquellos ojos moribundos, fijos en él como una raíz misteriosa que no quiere dejarse arrancar, lleváronle á pensar cosas divinas, referentes á él mismo, á ella, dos seres que se decían esposos y sólo estaban unidos ya por el hilo de una mirada. Sondeó su corazón deseando hallar en él un resto de amor para ofrecerlo, como la última florecilla de la galantería conyugal, á la que espiraba en la soledad fría de su misticismo, y por más que buscó y rebuscó no pudo encontrar nada. Todo lo que su corazón contenía en caudales de amistad y ternura, había sido retirado sigilosamente del hogar legítimo para ser depositado y como escondido en otra parte.
Pero si amor no, la hermosa estatua que había sido embeleso de su juventud le inspiraba una compasión tan viva y tan honda, que con el amor mismo se confundiera en tan supremo instante. Al despedir aquella vida, que habría podido ser encanto y ennoblecimiento de la suya, y que sin embargo no lo había sido, León sintió que las lágrimas subían á sus ojos y que el corazón se le oprimía. «¡Infeliz!—dijo para sí,—Dios te perdonará todo el mal que me has hecho; te lloro como si te amase, y te compadezco, no sólo por tu muerte prematura, sino por el desengaño que vas á tener cuando sepas, y lo sabrás pronto, que el amor de Dios no es más que la sublimación del amor de las criaturas.»
Se acercó á ella, atraído por los ojos que se abrían un poco más. Vió de cerca el vello finísimo, casi imperceptible, que sombreaba su labio superior; vió el punto luminoso de su pupila irradiada de oro; sintió su aliento, que casi no se sentía ya. ¡Desconsolada! No hay voces para expresar aquel desconsuelo, que por sí no se expresaba tampoco con palabras, sino con el último destello de una mirada que lloraba apagándose. Bajo la tranquilidad exterior de su cuerpo y la calmosa fijeza de su mirar de desconsuelo, se revolvían quizás tormentosas ansias y los ardientes afanes humanos, despertados sordamente en lo más íntimo del sér moribundo, cuando ya no existía el poder físico para darles forma. Pero la superficie no decía nada, así como la costra helada del río no permite oir la bulliciosa y veloz corrida de las aguas profundas.
Así lo comprendió León. Vió una gota brillante temblar en cada uno de los ojos de María. Eran la última y la única forma posible de expresar la energía postrera de sentimiento humano en su alma, solicitada ya del abismo insondable, y atada aún al mundo por la tenue raíz de un deseo. Dos lágrimas asomadas, que no llegaron á correr, fueron lo único que de aquel oleaje recóndito salpicó fuera.
León acercó sus labios al rostro frío y oprimió firme. Oyó entonces el fuerte suspiro de una gran ansiedad satisfecha. Estremecido con sacudimiento el cuerpo exánime, oyóse una voz que dijo:
«¡Oh!... ¡gracias!...»
Transit.
Quietud absoluta. ¡Formidable silencio aquél en que María Egipciaca resbaló por la pendiente de la invisible playa, como grano de arena arrastrado por la ola y llevado á donde la humana vista no puede penetrar!
Los que la miraban morir se encontraron solos. Con un suspiro se dijeron que ya la infeliz esposa no existía. Ya se podía hablar en voz alta... El que tenía la obligación de cerrar aquellos ojos los cerró con trémula mano... Temía hacerle daño.
El Padre, puesto de rodillas, rezaba en silencio, la mirada fuertemente contenida dentro de los párpados, como el prisionero á quien se doblan los cerrojos de su calabozo. Contempló León breve rato lo que restaba de quien fué la mujer más hermosa de su época, reuniendo á este privilegio el de ser la más santa de su barrio, y tembló de dolor al choque de las memorias que á él venían, de los sentimientos que en él se encrespaban. ¡Cuán triste hermosura en aquella calma de los despojos tibios, donde lo bello ocultaba tan bien lo fúnebre, que era propio en aquel caso llamar ascéticamente muerte á la vida y vida á la muerte!
Lleno de turbación y rebosando lástima de su corazón oprimido, el viudo salió de la alcoba como si saliera de su juventud. Las fieles amigas de devociones y los criados quedaron allí. Paoletti se retiró á rezar á la capilla. Circuló la noticia por el palacio y se oían lamentos lejanos, bullicio de gente que corría en busca de cordiales, secreteo suspirón de amigos que entraban y salían. León fué á dar á la sala de Himeneo, donde se arrojó en un diván, fijando la vista en el antiguo reloj artístico que en torno al círculo de las horas tenía un renglón curvo, semejante á un triste ceño, con esta inscripción:
Vulnerant omnes ultima necat.
XV
La sala Increíble.
Reuniéronse á él los criados y algunos amigos fieles. Dadas las disposiciones que exigían las circunstancias, se retiró á la parte del palacio próxima á su habitación. Quería estar solo. En medio de su pena, sentía escondida la satisfacción de haber cumplido hasta el último instante obligaciones sagradas. Mandó á su criado que guardara la puerta, no permitiendo que nadie penetrase hasta él, y se encerró en la sala Increíble. Al fin le acompañaba la soledad tan deseada. Podía pensar solo y considerar la marcha de los sucesos, su propia situación, el estado de su alma, echar una mirada al pasado y otra al porvenir. La dolorosa lucha que tiempo há sostenía con un ideal distinto del suyo, había concluído. Estaba libre; pero su libertad venía impregnada de tristeza, porque había sido traída por la muerte; le quitaba los hierros una figura hermosa, melancólica, que no merecía en modo alguno el odio, sino compasión y respeto. El óbice suprimido por la muerte, aposentado en la memoria y aun en el corazón del liberto por la compasión, ganaba dulces simpatías sólo por el hecho de su fin lamentable. Tenía el prestigio de la inocencia y la hermosura del ángel.
Por mucho que León empapara su pensamiento en aquella memoria, si no cariñosa, interesante y patética, no pudo evitar que fuese sorprendido su espíritu por una idea lisonjera. Tenía porvenir. Ante él se abría el pórtico de una vida nueva, donde quizás vería realizado lo que persiguió vanamente en la vida fenecida, completamente rematada en la calma triste de un funeral. Pero lo reciente del duelo le hacía mirar con miedo el porvenir, y sujetaba su mente para no lanzarse á imaginar días venturosos ni á fabricar lindos castillos, todos en la región luminosa de lo probable, pero también en el caos obscuro de lo imaginario. Era para él muy doloroso que en un punto se juntasen el homenaje de respeto y piedad debido á lo que fué y la ilusión de lo que había de ser. Pero la esperanza es como el remordimiento, y viene tan puntual cuando la lógica la trae, que se la creería un don precioso de la conciencia. Así como no se puede cerrar la puerta al remordimiento cuando este viajero llega y toca reclamando su hospitalidad ineludible, no se puede tampoco despedir á la esperanza que viene, atropella, invade, se apodera, se instala y despliega ante la vista el lienzo seductor de los días venideros. No hay ceguera voluntaria que sea parte á impedir el goce de los horizontes de la vida cuando éstos se agrandan y se iluminan por sí. No hay momento en la vida, por doloroso que sea, que no se encadene con los momentos esperados que aún permanecen en los infinitos depósitos, no consumidos, del tiempo. La vida no es más que la apreciación de un más adelante. La Naturaleza ha cooperado en esta ley, no creando ningún sér superior que tenga los ojos en la espalda.
Vacilaba y padecía, no queriendo lanzarse á donde su pensamiento iba con fatal vuelo, y gustaba de atarse otra vez la cadena rota. Creía honrarse apartando de sí toda idea de su propio bien, aunque éste fuera legítimo, y quería que su fantasía procediera noblemente no imaginando nada lisonjero en aquella luctuosa noche. Pero si el espíritu tiene velas maravillosas que lo impulsan y sin las cuales no puede navegar, tampoco puede hacerlo sin un lastre que se llama egoísmo. El egoísmo es necesario. Sin él y con velas se entregaría el hombre al loco arbitrio de los huracanes. Y con él solo y sin velas, queda reducido al triste papel de pontón. Gallarda y perfecta nave es la que tiene en justa medida alas y peso. Meditando en esto, él se negaba resueltamente á ser pontón. Había arrojado al agua todo su lastre para lanzarse como un rayo al oleaje de la contemplación pura de lo ideal, cuando sintió ruido, un rumor que le hizo temblar, como la cuerda tirante en los altos topes tiembla en la horrible trepidación del huracán: era un ruido de traje de mujer mezclado con un suspiro. Cuando miró, Pepa Fúcar estaba delante de él.
León, medroso, no osó preguntarle nada. Tenía ella en su cara el aspecto de un muerto que se levanta por miedo de haberse muerto. Sus dientes chocaban como al efecto de un frío intensísimo. Traía la tragedia en sus ojos y en su mano un papel. León tuvo valor para decirle:
«Por Dios... no vengas á turbarme... Mi pobre mujer ha muerto.
—Y yo...»
El temblor, aquel frío que parecía adquirido al contacto del sepulcro, le impidió seguir. Al fin concluyó la frase: «Y yo há tiempo que he venido... á decirte que mi marido vive.»
León se quedó como quien no oye bien. Su conciencia fué la que gritó un instante después: «¡Tu marido!...»
Se llevó la mano á la cabeza, en cuyo centro toda su sangre parecía circular en remolino.
«¡Vive!
—¿Le has visto?
—Sí, y me habría muerto de espanto si no hubiera pensado que estás tú en el mundo para salvarme y ser mi amparo contra ese bandido.»
Estas palabras llevaron el espíritu de León á un aturdimiento estúpido...
«¿Yo? ¿qué tengo que ver en eso?...—dijo, pugnando por echarse fuera de aquella situación escandalosa, por medio de un sofisma de dignidad.—Déjame... ¿tengo algo que ver con tu marido... ni tampoco contigo?»
En su pecho se había levantado una tempestad de rabia, contra la cual luchó, oponiéndole el decoro, el honor, diques de barro, que se rompían apenas usados. Sintiendo un torbellino en su cabeza y deseando que su amor fuera oído y que las cosas no fuesen como eran, ordenó á Pepa salir de allí. Un rayo de lógica le había destrozado interiormente. Cediendo á un movimiento natural de su alma, que no sabía si era el despecho ó el honor, dijo á su amiga:
«Déjame... te repito que me dejes... No me turbes ahora. No quiero verte, te separo de mí, te expulso.
—No estás en tu juicio—dijo Pepa con dolorida tristeza.—Me arrojarás de esta sala, pero no puedes arrojarme de tu corazón.
—Es que has venido á burlarte de mí—repuso él,—cuando merezco más respeto... Lo que has dicho no será verdad.
—¡Oh! si no lo fuera...—dijo la dama cruzando las manos.—Esta mañana me dió mi padre la terrible noticia; pero yo no creí que el otro tuviera valor para presentarse á mí... Esta noche me hallaba en mi cuarto... sentí ruido en el jardín, me asomé... ví un hombre... era él... la luz que alumbra el pórtico iluminó su cara aborrecida... le conocí. Creí que la tierra se abría y me tragaba... y empecé á temblar de frío y miedo. Instintivamente me eché á correr por toda la casa creyendo sentir sus pasos detrás de mí y su mano que me tocaba. Salí por la puerta de servicio, y si no hubiera puerta, me habría arrojado por una ventana... salí al patio, no quería detenerme... corrí á la calle, tomé un coche de alquiler, y he volado aquí para decírtelo... he esperado mucho tiempo en el museo... no he tenido paciencia para esperar más.
—¿Y tu hija?
—Si hubiera estado en casa la habría traído conmigo... Papá la llevó esta noche á casa de la Condesa de Vera. Yo pensaba ir también; pero supe lo que pasaba aquí, y me entró horror de presentarme en público... me fingí enferma.
—¡En qué triste instante vienes aquí!—exclamó León con honda amargura.—Ni siquiera consolarte puedo.
—¿Qué ves en mi presencia?
—Profanación... escándalo... no sé qué... una espantosa inoportunidad que me hace temblar.
—No tengo la culpa de lo ocurrido. Dios lo ha dispuesto así... Pero no perdamos el tiempo en lamentaciones... pensemos, discurramos lo que se debe hacer.
—¿Quién?
—Nosotros... ¿Me desamparas en este conflicto sin igual? ¿No sabes lo que trama el perverso? Mi padre me enteró esta mañana... Hace dos días que llegó á Madrid y se alojó en casa de sus tíos para acecharme desde allí... No sé quién le ha informado... Creo que serían sus tíos. Gustavo es su abogado... sí, va á entablar querella contra mí... El muy canalla escribió á mi padre esta mañana declarándose arrepentido de sus infamias y pidiéndole perdón... En la carta de mi padre remitía una para mí... Mírala.»
El primer movimiento de León fué rechazar la carta; pero sin saber cómo, la arrebató de la mano de Pepa y leyó lo que sigue:
«Un hombre que se muere no tiene derecho á exigir fidelidad á la esposa que vive. Felizmente para mí, el Señor Todopoderoso ha querido conservar mi preciosa existencia. Mientras llega el momento de abrazar á mi esposa y á mi hija, tengo el honor de poner en conocimiento del primero de estos seres queridos que estoy resuelto á otorgarle mi perdón si se decide á poner de nuevo el cuello bajo el yugo matrimonial, atendiendo á que mi supuesto alejamiento del mundo de los vivos disculpó hasta ahora su desvarío. Pero si el susodicho sér querido se obstina en considerarme destinado á ser pasto de peces en el golfo mejicano, yo me tomo la libertad de asegurarle que estoy decidido á usar de los derechos que la ley me otorga. Mi adorada hija no puede crecer en el impuro regazo del adulterio. Seguro estoy de que la dama de quien tengo el honor de ser esposo no preferirá los halagos de un amor criminal á los dulces deberes de madre; en caso contrario yo entablaré mi querella, contando, como cuento, con los testigos necesarios para hacer la previa información que la ley exige, y reclamaré á mi hija, persuadido de que la ley la pondrá en mis paternales brazos cuando cumpla los tres años.
»Para que mi buena esposa comprenda bien cuán fuerte es mi posición de cónyuge inocente, le ruego dé una vuelta por el despacho de su señor padre, y allí, estante tercero, tabla segunda, hallará la Novísima Recopilación, de cuya interesante obra me tomo la libertad de recomendarle la ley 20, título I, libro II.
F. Cimarra.»
«Es él—exclamó León estrujando la carta,—es su letra, es su estilo, su descaro, su miserable ironía, su falta absoluta de vergüenza y delicadeza. Reconozco la mano infame en la bofetada que recibo... ¡Dios Poderoso, si el ataque de un monstruo semejante no es razón suficiente para atropellar todas las leyes y respetos, para olvidar la dignidad y la conciencia misma; si esto no es razón para rebelarme y estallar, no quiero la vida, la desprecio.»
Arrojó al suelo la carta estrujada y Pepa le puso el pie encima, diciendo con cierta fiereza: «Así trataría yo tu persona, malvado, y tu Novísima Recopilación.»
Después se dejó caer en el sofá, exclamando entre sollozos: «¡Mi hija en poder de ese vil!... ¡Mi hija, que es mi alma toda, separada de tí y de mí!... ¡La idea de esta feroz amputación de mi vida me vuelve loca!»
León clavaba en el suelo una mirada torva, aviesa.
«Un rasgo enérgico de mi voluntad nos salvará,—dijo Pepa alzando su rostro que parecía la imagen misma de la resolución.
—Calla, espera—dijo León, apartándola lleno de ansiedad.—¿No oyes?»
Ambos quedaron mudos, conteniendo el aliento. Sentíase por la galería cercana ruido de pasos lentos, tardos, como de muchos hombres que transportan un objeto pesado. Se acercaban, pasaban con cierta solemnidad aterradora, después se perdían á lo lejos...
Pepa y León, en la actitud de rechazarse el uno al otro, atendían con temerosa quietud á lo que cerca de ellos pasaba. El vivo palpitar de ambos corazones se confundía en un solo latido. Cuando el silencio volvió á reinar en el palacio, León miró á su amiga, que tenía el rostro inclinado y los ojos llenos de lágrimas.
«¿Rezas?
—¡Oh! ¡Dios mío!—exclamó Pepa oprimiéndose el corazón.—Ella reposa en paz, yo me consumo en ardientes afanes; ella goza ahora de la dicha eterna en premio de sus virtudes, yo soy señalada como criminal y perseguida por la justicia, y veo mi pobre corazón cazado en horrible trampa de leyes... No, Señor: yo no te pedí que la mataras para darme el triunfo, yo no pedí eso... Yo no he sido mala, yo no merezco este castigo... Por momentos la aborrecí, es verdad; pero ya no. Ahora no sé si la temo, no sé si es respeto lo que me hace pensar tanto en ella y verla día y noche enfrente de mí, viva y muerta al mismo tiempo.
—¡Feliz ella!—dijo sordamente el viudo.
—Pero no nos entreguemos á nuestra melancolía. Es preciso resolver esta noche misma... Escucha, yo tengo un plan, el mejor, el único posible.
—Un plan...
—Ya lo sabrás. Antes necesito traer á mi hija. Paréceme que me han de quitármela, que ella y tú y yo corremos peligro...
—Tráela al momento.
—Son las diez. Tengo tiempo de ir y volver pronto. Ya he hablado á Lorenzo, el mejor cochero que tenemos. Está enganchada la berlina. ¿Prometes esperarme aquí?
—Te lo prometo—dijo León mirándola sin verla.—Corre en busca de Monina, tráela pronto; yo también temo...
—Hasta luego... No te muevas de aquí.»
Salió por la puerta del museo. Largo rato estuvo León sin poder coordinar sus ideas. Antes de resolver nada concreto, convenía ver la cuestión con claridad y con sus naturales formas y dimensiones, sin hacerla más difícil ni más fácil de lo que realmente era. Pero él mandaba á las ideas presentarse con lucidez y no lo podía conseguir. La disciplina de su entendimiento estaba rota. El gran cansancio físico y el caos intelectual en que se hallaba lleváronle á una especie de sopor, en el cual su mente se aletargaba dejando que desvariaran febrilmente los sentidos. La sala cuadrada le pareció circular, y el muro cilíndrico daba vueltas en torno de él, paseando, con el remolino jaquecoso de un Tío Vivo, las mil estrafalarias figuras que lo adornaban. Eran estampas grandes y chicas, platos y jarros, medallas y esculturas del tiempo del Directorio, que fué la revolución del vestido, trivial apéndice á la revolución del pensamiento. Después de cortar las cabezas, la fiebre innovadora se dedicó á reformar sombreros. La industria no quiso ser menos que la libertad, y en la cúspide del montón de cráneos alzados por el Terror, plantó el figurín.
Allí no había más que hombres embutidos en inverosímiles casacas, estrangulados por corbatas sin fin y sirviendo de pedestales á fantásticos gorros. Unos esgrimían bastones llenos de nudos ó en espiral, y estaban desgreñados como las furias y calzados como bailarines. Cadenas informes y sellos como badajos pendían algunos; de otros no se sabía cuáles eran las piernas y cuáles los faldones, ni dónde empezaba el hombre y acababa la ropa. Parecían chabacana metamorfosis de la humanidad en bandada de aves graznadoras, llevando los lentes sobre el pico y las patas con borceguíes. Las mujeres mostraban media pierna con listadas medias, y en la cabeza torres de pelo, plumas, cartón, cintas, túmulos, veletas, pagodas, flechas, escobas.
Hombres y mujeres corrían en rápido ciclón, abigarrada chusma bufona, de cuyo centro salían silbidos, ayes, befa y risa, entre la confusa masa de garrotes, piernas desnudas, narices, lentes, faldones, abanicos, sombreros. La humanidad actual encerrada en un cañón tan grande como el mundo y disparada á los aires en millones de pedazos, no habría formado sobre el cielo espantado una nube más horrible.
Vió León que del círculo se destacaba una figura y avanzaba hacia él. Al punto se sintió abrasado de un furor semejante al que despierto había sentido en la mañana de aquel día contra su hermano político, furor no contenido ahora por consideración ni respeto alguno. El odiado increíble que hacia él venía era el más grotesco de aquella muchedumbre antipática, y con su infame risa parecía insultar á la razón humana, al pudor, á la virtud, á todo cuanto distingue al hombre de la bestia.
«Execrable animal—gritó ó creyó gritar León, abalanzándose á él y cogiéndole por el cuello,—¿crees que te temo?... ¿Por qué me la quitas?... ¿Dices que es tuya?... Ahora te enseñaré yo de quién es.»
Desarrollaba contra él atlética fuerza y le decía: «¿Tienes derechos? Pues yo los pisoteo... ¿Has contraído lazos? Pues yo los rompo... Mira el caso que hago yo de tus derechos y de tus lazos: el mismo que de tu vida, empleada en el mal y en el escándalo... ¿Me pides que te respete?... ¿que respete en tí la ley, el Sacramento, como los respeté en la infeliz que ya no pertenece al mundo? ¿Cómo te atreves á compararte con ella? En ella respeté la virtud seca, la piedad exaltada, la honradez, la inocencia, la debilidad, la belleza. Pero en tí, ¿qué hay sino corrupción, mentira, infamia, vicios?... No me pidas que te tenga lástima, porque la compasión no se ha hecho para los animales dañinos. No me pidas que te entregue tu hija. ¿Pues qué, un ángel se echa á los perros?... Tu hija te aborrece, tu mujer te aborrece, y yo... te acabo.»
Creyóse rodando por una pendiente obscura con su víctima entre las manos. Sin darse cuenta de ello durmió un rato con agitado sueño. Cuando aquel vértigo insano se calmó por completo en su mente, empezó á distinguir de un modo confuso los objetos; luego los vió salir de la sombra con más claridad. Los increíbles y las increíbles estaban en su sitio con su natural pergenio irrisorio, ni más feos ni más agraciados que antes. No oyó León rumor alguno. Miró su reloj: eran las once y media.
La primera idea que vino á su mente fué la de que debía salir del palacio aquella misma noche y retirarse á su casa. Pensó en María muerta, en Pepa viva, y á entrambas las veía cual si delante las tuviera. Después, como si su pensamiento evocara á esta última, la vió aparecer por la puertecilla del museo, trayendo á Monina de la mano.
XVI
Los imposibles.
«Aquí está—dijo con orgullo.—¿Ves cómo la traigo?»
Su fatigada respiración apenas le permitía articular las palabras. Soñolienta y malhumorada, la pobre niña se dejó tomar en brazos por León, é inclinó la cabeza sobre sus hombros para dormirse allí.
«¿No le cuentas nada?—dijo Pepa, acariciando sus manecitas.—Mona, alma mía, ¿no le cuentas lo que te he dicho?»
La nena cerró los ojos, murmuró algo, entregándose sin cuidado al sueño en el borde del abismo que á los pies de su descarriada madre se abría.
«Se duerme—dijo León, oprimiéndole dulcemente la cabeza para fijarla más sobre su hombro.—Hablemos en voz muy baja, ya que lo terrible de la ocasión nos obliga á vernos y á no estar callados.
—Aquí no puede ser. Se oye desde ese corredor—dijo Pepa levantándose y tomando á León de la mano.—Además, tengo que enseñarte una cosa que está en otra parte. Es un secreto. Sígueme.»
Dejóse guiar. Abrió Pepa la puerta del museo y entraron. Encendiendo una bujía, condújole por una pieza donde había cuadros viejos, y luego por una sala, y otra, y otra. Ella iba delante; León, con Monina en brazos, la seguía sin hacer observación alguna. Al fin reconoció las habitaciones.
«Aquí no penetran los curiosos, ni esa turba de majaderos que han invadido á Suertebella,» dijo Pepa.
Y pasaron á una estancia que era la misma donde Monina había estado enferma del crup. Una criada esperaba las órdenes de Pepa. Era la mujer de un mozo de Suertebella, en quien la señora tenía confianza; y como sus criados estaban en Madrid, sirvióse de aquélla para que á la niña cuidara. A ésta la acostaron pronto, y Teresa quedó junto á la camita, con encargo de avisar si alguien llegaba. Pepa llevó á su amigo á la pieza inmediata.
«Es mi alcoba—dijo la dama, cerrando la puerta.—Aquí nadie nos ve ni nos oye. Aquí está mi secreto. Siéntate... ¡Oh! ¡Dios mío, qué pálido estás! ¿Y yo?...
—Tú también,—repuso León; sentándose fatigado.
—Somos espejo el uno del otro,» afirmó ella tratando de endulzar con un grano humorístico la hiel que ambos apuraban en una misma copa.
El matemático no estaba en disposición de observar la suprema elegancia del dormitorio, cuyas riquezas podrían compararse á las que en tiempos de fe se gastaban en decorar capillas y altares; no paró mientes en los hermosos muebles de ébano incrustado de marfil, ni en el lecho negro, prodigio de ebanistería, que en sus vastas blanduras sin uso, cubiertas con extraña tela obscura y dorada, tenía un no sé qué de tálamo sepulcral; ni se fijó en las pinturas religiosas con marcos de plata, algunas semejantes á las de María Egipciaca, ni en la colgada lámpara esférica, recién encendida, y que, semejante á una luna, derramaba discreta claridad por la alcoba. Rica y misteriosa, la alcoba habría llamado la atención del buen amigo en otro momento; entonces, no.
«Tu secreto... ¿qué secreto es ese?—preguntó impaciente.
—¡Mi secreto!...—declaró Pepa llena de congoja.—¡Mi secreto es huir, huir! Consiente, y de aquí saldremos los tres sin que nadie nos vea.
—¡Huir!... ¡qué loco absurdo!—exclamó él llevándose el puño á la frente.—¡Y en qué momento! Tu conciencia, la mía, nuestro amor mismo deben protestar contra esa idea. ¡Olvidas lo que ha sucedido en esta casa, por Dios! ¡Pretendes que ni siquiera haya en mí el respeto y la delicadeza que exige la muerte! ¡Quieres que apenas cerrados por estas manos aquellos ojos!... ¡Horrible corazón el mío si tal consintiera! Merecería descender á más bajo puesto que el que tienen los que ya me llaman á boca llena el asesino de María... Ni comprendo que puedas amarme viéndome caer tan de golpe en la bajeza de una acción fea, torpe, escandalosamente inicua.»
Cada palabra era para la infeliz una vuelta dada en el lazo que la estrangulaba. Ambos enmudecieron largo rato, sin mirarse. Repentinamente puso ella su mano sobre el hombro del matemático, le miró con aterrados ojos, y con un acento que él no había oído jamás, se dejó decir:
«Pues entonces me voy con mi marido.
—¿Qué dices?
—Que tengo que someterme á él... ¿Lo quieres más claro?... O huir contigo ó enjaularme con la fiera.»
En su interior sintió León como un salto, fenómeno producido por la repercusión violenta del alma, si así puede decirse, rebotando en su centro.
«¿Lo quieres más claro?—añadió la dama, dejándole ver muy de cerca la expresión conminatoria de sus ojos chiquitos.—Gustavo ha conferenciado esta mañana con papá para decirle las pretensiones de Federico. Es su cliente; en las hábiles manos de ese joven ha puesto el malvado la salvación de sus derechos.
—Ya comprendo por qué me amenazaba con un arma misteriosa. ¿Estabas presente cuando Gustavo habló á tu padre?
—Sí... Mi padre acababa de revelarme la resurrección de nuestro enemigo... Por carta la supo. Pilar le dió anoche la noticia de que estaba aquí. El espanto no me había dado aún respiro, cuando entró el hinchado jurisconsulto. Venía, como amigo nuestro y de Federico, deseoso de arreglar nuestras diferencias antes de entrar en pleitos... ¡Hipócrita! Sus frases oratorias me hacían efecto semejante al chirrido de una máquina sin aceite, que ataca los nervios y da dolor de cabeza... Mi padre y él estuvieron largo rato tiroteándose con palabrillas y floreos ridículos, que me indignaban. Yo hubiera puesto al abogado en medio de la calle. Ya supondrás su énfasis cargante, y la complacencia con que me atormentaba... Después de mucho hablar dijo que ya tenía hecho el escrito de querella.»
Pepa se detuvo para tomar aliento y fuerzas morales, de las cuales parecía tener inagotable depósito.
«Mi padre—prosiguió,—hizo muchos distingos y sutilezas... Yo dije que el valiente que se sintiera capaz de arrancarme á mi hija, viniera á tomarla de mis brazos. Creo que en el calor de mi ira solté á Gustavo alguna palabra impropia. Él pidió indulgencia por su intervención, afirmando que no era más que un letrado... Deseaba que nos arreglásemos, que en el juicio de conciliación hubiera avenencia, que no diéramos un escándalo. Yo quise defenderme de la fea nota que echaba sobre mí; pero el grito de mi conciencia me detuvo, me hizo equivocar las palabras, y pensando probar que no soy culpable, creo que dije y proclamé lo contrario.
—¿Y qué más habló el furibundo moralista?
—Estuvo media hora citando leyes. Habló primero del Deuteronomio; después dijo no sé qué cosa de los Germanos y de Tácito; luego citó... creo que á un señor Chindasvinto, á Don Alfonso el Sabio; y por último, creyendo que no nos había mareado bastante, citó partidas, leyes, artículos, qué sé yo. Oyéndole yo me deleitaba...
—¿Te deleitabas?
—Sí, pensando en lo bueno que sería cogerle y arrojarle en el estanque grande de casa para que fuera á enseñar leyes á las ranas y á los peces... El muy fastidioso, empleando palabras discretas y corteses, me dió á entender que toda la razón estaba de parte de su cliente, y que á éste le sería muy fácil probar mi culpa. Cuenta con testigos.
—¡Testigos! ¿de qué? Yo dudo que puedan probar nada á pesar de su saña; pero te deshonrarán, arrastrarán tu nombre y tu dignidad por el lodo, y es fácil que pierdas á tu hija cuando ésta tenga la edad que marca la ley. Si huímos... les damos prueba plena. Entonces sí que perderás á tu hija.
—¿Pero si nos vamos lejos?
—No te acobardes ni pienses en la fuga, que es tu condenación. Mientras él pleitea, pleitea tú pidiendo á la ley que le imposibilite para ejercer la patria potestad, por pródigo, malversador de fondos, falsario, por diversos crímenes que será fácil probar si tu padre te ampara.
—Comprendo tu idea y tu ilusión; pero voy á disiparla. Aún no sabes lo mejor, es decir, lo peor.
—¿Qué?
—¿Crees que mi padre ha tomado con calor mi defensa?
—Naturalmente.
—Pues te equivocas. ¡Ay! pobre de mí, pobre amigo de mi alma. Estamos solos, sin amparo; tenemos en contra la religión, las leyes, los parientes, los buenos y los malos, el mundo todo. Cuando el celebérrimo Gustavito me habló de las ventajas legales de su cliente, yo me enfurecí; pero conteniéndome, dije que Federico no podía ejercer la patria potestad, que si él insiste en presentar su querella, yo le acusaré... de todo eso que has dicho. Mi padre oyó esto con mucha calma, y al punto le ví inclinado á no sé qué horribles pasteleos... Balbuciente, dijo varias frases que me helaron el corazón... «Mi hija será razonable...» «Es preciso que todos hagamos un sacrificio...» «Yo, si Federico conviene en algo aceptable... ya se ve... no se puede hacer todo lo que se quiere...» «Lo principal aquí es evitar el escándalo...» Esto de evitar el escándalo, que repitió más de veinte veces, me probó que mi padre no está decidido á defenderme como deseo. ¡Transacción! ¡Y con quién, Dios mío! También habló de entenderse con los tíos de Federico, dos señores muy respetables, ya les conoces: el uno es magistrado del Supremo y el otro presidente de la Audiencia... ¿Qué saldrá de aquí? ¿En qué piensas? ¿qué dices á esto?
—Que si tu padre te abandona, fuerza será que combatas sola.
—Eso es, sí, me batiré sola. Bendito sea tu consejo. Tú me das los ánimos que me quita mi padre con su dichosa repugnancia de la exageración—dijo Pepa muy reanimada.—¡Si vieras qué armas tan formidables tengo!... Para enseñártelas te he traído aquí. Vas á verlas.»
En un ángulo de la alcoba vió León, siguiendo con los ojos la señal de su amiga, un armario de ébano y marfil, no muy grande, rico y bello en materia y forma, con aspecto á la vez elegante y sólido. A este mueble se dirigió la dama, y abriéndolo mostró su interior, que era un laberinto de puertecillas, arquitos, gavetas, secretos, escondrijos. Impulsó resortes y abrió desconocidos huecos.
«Esta parte de arriba—dijo Pepa sacando del depósito un papel que puso en manos de León,—se llama el arca de la tristeza. ¿Conoces esto?
—Es una carta, una carta mía.
—Me la escribiste cuando yo estaba en el colegio y tú preparándote para entrar en la Escuela de Minas. Léela y reflexiona sobre lo que me decías en aquellos tiempos... «Que yo te había inspirado un amor insensato...» Ríete ahora, si puedes, de tus tonterías de colegial... ¿A que no conservas tú mis cartas de colegiala, como yo conservo las tuyas?... ¿Y esto lo conoces?
—Es un alfiler de corbata—dijo él tomándolo:—también es mío.
—Sí... Se te perdió en casa un día que fuiste á comer... ya eras novio de esa pobrecita... pero yo tenía esperanza de que no te casaras con ella... Encontré esta prenda en la alfombra y la guardé... ¿Y estas flores las conoces?
—Son las camelias que te dí un día en San José.
—Sí... á la noche siguiente fuiste á verme á mi palco, y por primera vez te sorprendí mirando con mucho interés á...
—¡Pobres flores!... No pensé volverlas á ver ni que me hablaran como me hablan ahora removiendo en mí todas las ideas y todas las pasiones de mi vida. ¿Sabes que no están tan secas como parece debieran estar después de tanto tiempo?
—Están embalsamadas con los infinitos besos que las he dado en todas las épocas de mi vida... Pero no nos entretengamos. Dame eso acá.»
Recogió y puso cada objeto en su sitio con maneras tan respetuosas cual si fuesen las más preciosas reliquias.
«Dormid aquí el sueño triste, queridos compañeros—dijo después.—Ahora que has visto el arca de la tristeza, voy á mostrarte el arca de los horrores.»
Sacó de recóndita gaveta un paquete de papeles, atado en cruz con cinta roja, como expediente de oficina. León lo tomó, comprendiendo lo que era, y ambos se sentaron para examinarlo.
«Ahí tienes—dijo Pepa, contagiada de horror á la vista de aquel legajo de ignominia,—diversos testimonios del martirio á que he vivido sujeta como esposa de un perdido: ahí tienes viles secretos que él me confiaba en momentos de apuro, cuando necesitaba de mi bolsa. Cada hoja de esas es recuerdo de una deshonra que yo oculté cuidadosa, prueba de delitos que logré frustrar, ó de los que quedaron ocultos entre la hojarasca de la Administración pública. Examina eso y verás que tengo medios bastantes para declarar á Federico incapaz, no sólo de ejercer la patria potestad, sino también de vivir en el seno de una sociedad medianamente digna.»
León examinó el paquete con curiosidad muy viva, pasando rápidamente por algunas partes, deteniéndose en otras. Vió cartas con firmas conocidas, contratos secretos, minutas, cuentas, papeles con sello de oficinas públicas, hojas que evidentemente habían sido sustraídas de algún expediente famoso, una orden judicial que sin duda tenía la firma del juez arrancada por sorpresa... Después de verlo todo, devolvió á Pepa el expediente de los horrores, diciendo:
«Quema todo eso.
—Pues qué—preguntó la dama con estupor, abriendo las manos para tomar el paquete, pero sin atreverse á tomarlo,—¿no me sirve?
—No.
—¿Que no sirve?... ¿no podré...?
—Poder sí... pero...
—Entonces...
—En estas circunstancias terribles es preciso decirlo todo claramente. Uno á otro nos debemos la verdad, aunque ésta perjudique á un sér querido.
—No te entiendo.
—Quema eso, porque no te sirve de nada. Es un arma de doble filo que te herirá á tí misma cuando quieras usarla. Perdóname la franqueza de mis palabras. Con esto podrás acusar á Federico victoriosamente. Por poca justicia que haya en un país, esto basta á meter á un hombre en presidio... Pero si lo haces, el infame debería ir á su destino muy bien acompañado.
—Debería ir...
—Dígolo así porque en España las personas de cierta talla no entran jamás en la cárcel aunque lo merezcan... Pero tu expediente horrible podrá fácilmente cubrir de ignominia...
—¿A otras personas?
—Sí: á una que tú quieres mucho y á quien no puedes desear daño... Pepa, por Dios, quema eso.»
La dama se llevó la mano á los ojos, como queriendo poner un estorbo á sus lágrimas... Sacando nuevamente singular fuerza de aquel depósito inagotable que en su alma tenía, cogió el paquete, lo guardó en el arca de los horrores, y cerró ésta, diciendo: «Lo quemaré más adelante.»
De pie frente á León, dijo en voz baja:
«De modo que es imposible incapacitar legalmente á mi marido...
—Imposible.
—¿Es imposible oponer un acto legal á su querella?
—¡Imposible! Ahora comprenderás perfectamente la vacilación de tu padre, su flaqueza acomodaticia; la cual no es sino el miedo..., miedo de entrar en pleitos con su enemigo, con el que un tiempo ha sido su cómplice. Todo es imposible, querida.
—No, no. ¿Por qué buscar siempre los caminos torcidos? Hombre, amigo, amante, esposo, ó no sé qué, á quien legitimo con la elección de mi alma, imítame en mi osadía—dijo la dama con bravura, mostrando aquella resolución valiente que en ocasiones la hacía tan bella.—Nos queda el camino recto, el camino fácil, el único camino: la fuga. El coche nos espera, nada nos estorba, nada nos falta... Tú eres rico, yo más... todo nos favorece, todo nos precipita.
—¡Imposible... locura!—murmuró León sombríamente.
—¡Locura!... en verdad lo parece; pero no lo es... Parece un absurdo, un escándalo, un infame reto á la moral, y sin embargo, para mí que conozco el peligro y sé qué clase de enemigo tenemos, es cosa natural... ¿Crees que yo te propondría un escándalo semejante si no lo creyera necesario?... ¡Ah! tú no lo conoces, no sabes que yo, mi hija, tú, todos estamos en peligro... Temo un insulto, un duelo contigo, temo un homicidio... Los momentos son preciosos... El no respeta nada. A cada instante me parece que le veo entrar...
—¡No y no!» repitió León con energía poderosa que tenía algo de crueldad.
Pepa, que en su osadía no cesaba de estar dominada por él, no se atrevió á protestar contra la espantosa fiereza que cerraba el único camino abierto á su felicidad. Temía que su insistencia provocara imposibilidades mayores aún, y miraba á la esfinge, esperando que de ella misma partiera una solución al problema que, según ella, la tenía tan fácil. Cansada de esperar, dijo al fin:
«Pues si todo es imposible, seguiré el dictamen de mi padre, abriré mis brazos al canalla...
—¡Tú en poder de ese monstruo!—exclamó León como una cuerda tirante que estalla.—Sería preciso para tal consentir, que ni una sola gota de sangre me quedara en las venas.
—Pues si el monstruo se aplaca con el Código—dijo Pepa con sarcasmo,—le arrojaré á mi hija y me marcharé á vivir contigo.
—¿Separarte de tu hija?
—Ya ves que esto es más imposible todavía. Por todas partes á donde vuelvas los ojos no verás sino imposibles.
—Algún punto habrá—dijo León meditando,—á donde pueda mirarse sin ver la imposibilidad.
—Ese punto ¿cuál es?
—Lo sabrás á su tiempo. Antes de decírtelo, me será preciso hablar con tu padre, con tu marido mismo.
—¿Tú?
—Sí, yo... hablaré con él ó con sus tíos, personas honradas y respetables. ¿No concibes tú que esto se resuelva sin fuga y sin pleito?
—No lo concibo.
—Yo sí.
—Sabrás algún modo secreto de hacer milagros... Tendré que pleitear, pleitearemos contra él los dos, tú y yo.
—¡Los dos! Entonces perderás, y tu hija te será arrancada sin que nadie pueda remediarlo.
—Pues bien, puesto que me cierras todas las salidas, abre tú una: es tu deber.
—Mañana—dijo León lúgubremente, mirando al suelo,—te abriré la única posible.»
Pepa hizo un gesto de desesperación.
«¡Mañana!—exclamó pasando de la desesperación al decaimiento cual ascua que de fuego se trueca en ceniza.—Tus mañanas son mi muerte.
—¿Insistes en la idea de la fuga?
—Insisto, porque cada minuto que estemos aquí tú, yo y mi hija es un peligro para los tres... Esta noche, fúnebre para tí, es para mí la noche decisiva. Es capaz... ¡qué sé yo!... Todo lo preveo y todo me hace temblar... ¡Me inspira tanto miedo, tanto!... Tengo por seguro que al saber que estás aquí, vendrá y te provocará... ¡un duelo con él!... También temo que me insulte, que se me ponga delante... Siempre te aborreció... temo hasta el asesinato... me veo amenazada por no sé qué horrores... veo sangre... ¡Y es tan fácil salir de este círculo de miedo!...»
León iba á contestar, cuando creyó sentir rumor de pasos y cuchicheo junto á una puerta que en la alcoba había.
«¿A dónde da esta puerta?—preguntó en voz baja.
—A una sala que se comunica con la japonesa.
—Ya ves... espían nuestros pasos, nuestras voces y... Son los testigos que se preparan para la prueba...
—Sabe Dios quién será. Supón que mi marido viene...—dijo Pepa, deslizando las palabras en el oído de su amigo como ladrón que con ladrón habla en la soledad de la estancia robada;—supón que entra aquí. Puede asesinarnos casi sin responsabilidad. La ley le ampara. Estás en la alcoba de su mujer.»
León sintió una corriente glacial por todo su cuerpo.
«Calla—murmuró al oído de la dama.—Alguien acecha; pero es cuchicheo de mujeres curiosas y de hombrecillos menguados. No tienen más arma que su lengua.
—¡Estamos aquí para que ensayen su papel los testigos!—gritó Pepa, separándose de su amante y parándose con actitud de leona frente á la puerta misteriosa.—¿Quién me escucha, quién me vigila, quién pone su oído en mi puerta con acecho cobarde?... Estoy en mi casa, estoy en mi casa, y no con palabras, sino á latigazos echaré de ella á quien no me respete.»
Después se volvió á León, diciéndole:
«¡Y todavía dudas!... Mil peligros nos rodean... Tiemblo por tu vida, tiemblo por todo.»
Detrás de la puerta había ya profundo silencio. Después se oyeron menudos pasos de mujeres alejándose.
«Oye esas pisadas de gato—dijo él.—Los cobardes no matan, pero ya nos arañarán el rostro.»
Al decir esto, ambos se asustaron porque una persona había entrado en la alcoba por la habitación de Monina. Era el Marqués de Fúcar. Venía muy alterado.
«Tengo que hablar con mi hija—dijo á León con cierta seriedad.—¡Qué sería de ella si un padre solícito no...! Después hablaré contigo, León. No, mejor será que hable antes... ¡Qué asunto tan delicado!... Vengo de... En fin... hija mía, un momento: León y yo tenemos que decirnos dos palabras. Pasemos aquí al cuarto de la nena.»
La dama se quedó en su alcoba oyendo el rumor de las voces de su padre y su amigo, pero sin entender nada. Pasado un rato, Don Pedro volvió solo al lado de Pepa. Esta miraba con afán á la puerta, esperando al que poco antes saliera por ella; pero según dijo el Marqués, ambos señores habían convenido en que el amigo no debía asistir á la conferencia entre el padre y la hija.
Retiróse León al cuarto que habitaba, no lejos de la sala Increíble, y pasó la noche en las crueles ansias del combate interior. Era éste primero como una disputa entre formidables enemigos. Después el combate tomó la forma pavorosa de preguntas, á las cuales era preciso contestar de algún modo.
¿Huir con ella en el momento? Esto no podía ni siquiera pensarse.
¿Dejarla expuesta á la mala voluntad y quizás á las violencias del otro? No podía ser.
Mas por el momento, las conveniencias le mandaban salir de Suertebella y retirarse á su casa, donde podría seguir discurriendo lo que debía hacer. Verdaderamente esto era lógico; pero más lógico era no desamparar á la que de él tan cordialmente se amparaba. Si había peligros para entrambos en Suertebella, érale forzoso seguir allí, desafiando los comentarios del público. La opinión de los demás sobre aquel asunto suyo había llegado á serle indiferente, y decidido á obrar conforme á su conciencia, despreciaba el juicio de la muchedumbre. Quedándose allí tenía que arrostrar la desagradable impresión de las visitas que le harían pronto sus amigos y conocidos, gente ávida de dar un pésame en las condiciones más singulares. Todo el mundo sabía lo que pasaba. Era seguro que hasta los amigos menos afectuosos irían á verle, sólo por verle allí, en el teatro de su doble desgracia y de su escándalo. Pensó primero que no debía recibir á nadie; y después pensó lo contrario. Sí: afrontaría con valor la implacable embestida de la curiosidad y de la novelería. ¿Por qué no? Aquel enjambre social, viviendo en el goce del pecado propio y en la eterna crítica del ajeno, no le inspiraba temor, sino desprecio. Además, Fúcar le había rogado que se quedara para prestar su cooperación á un benéfico plan que meditaba, y seguramente saldría bien á pesar de no ser contrata ni empréstito.
XVII
Visitas de duelo.
Despierto estaba aún y batallando en su interior al romper el día; pero luego sintió gran fatiga, y cerrando todo durmió algunas horas, con ese sueño breve y profundo que la última madrugada suele acometer al reo en capilla, y que parece, más que sueño, una embriaguez producida por el dolor fuerte y continuo.
Hora de las diez sería cuando su criado le ayudaba á vestirse, informándole de muchas cosas interesantes. El cuerpo de la señora había sido colocado en la capilla, con beneplácito del Marqués de Fúcar, y el Padre Paoletti lo había velado la noche anterior y lo velaría todo el día y la noche siguiente, rezando de continuo. El mismo señor y el cura de Polvoranca y el de la parroquia, habían dicho misa aquella mañana en el altar de San Luis Gonzaga. El Padre Paoletti se personó luego en la estancia del viudo para hablarle de ciertas disposiciones piadosas de la difunta. De todo ello se ocupó León con solicitud, y dió nuevas órdenes al Padre para que lo restante fuera realizado con la posible magnificencia. El Marqués de Fúcar vino, y ambos hablaron larguísimo rato sin agitación, sin palabras duras, tranquilos y tristes como dos diplomáticos de naciones vencidas y desgraciadas que comentan el modo de atajar á un usurpador victorioso. «De tí depende,» dijo repetidas veces D. Pedro con atribulado semblante, y después añadió: «eres árbitro de todo.» Después de estas palabras prolongóse bastante el diálogo, siendo cada vez más triste, más apagado y terminando en acentos que oídos de fuera parecían de salmodia. La conferencia, como otras de que depende la suerte de las naciones, terminó en almuerzo. Pero aquella vez el almuerzo fué mudo y casi de fórmula, cosa que jamás pasa en política.
Por la tarde empezaron á entrar los amigos. Vió León un lúgubre desfile de levitas negras, y oyó suspirillos que eran como la representación acústica de una tarjeta. Unos con cordial sentimiento y otros con indiferencia le manifestaron que sentían mucho lo que había pasado, sin determinar qué, dando lugar á una interpretación cómica. Algunos meneaban la cabeza cual si dijeran: «¡qué mundo éste!» Otros le apretaban la mano como diciendo: «Ha perdido usted á su esposa. ¡Cuándo tendré yo igual suerte!» Doscientos guantes negros le estrujaron la mano. Aturdido y pensando poco en la frasecilla de cada uno, creía oir un susurro de ironía. Si los mil increíbles que le rodeaban en efigie soltaran la palabra desde aquel laberinto lioso en que se confunden la corbata y la boca, no formarían un concierto de burlas más horrible. Muchos habían venido por amistad, otros por contemplar aquel caso inaudito, aquel escándalo de los escándalos, por ver de cerca al viudo que después de haber matado á su mujer á disgustos, hacía alarde de sus relaciones nefandas con una mujer casada, bajo el mismo techo donde había espirado poco antes la esposa inocente... Después de saludar al amigo, algunos iban á ver á la muerta en la capilla... ¡Estaba tan guapa!
El enjambre negro se fué aclarando. Al fin no quedaron más de tres amigos, luego dos, después uno. Este, que era el de más confianza, le acompañó un rato. Después León se quedó solo.
«¿Se te puede hablar?» dijo una voz desde la puerta.
León se estremeció al ver á Gustavo.
«Hablando con claridad y prontitud, sí,» contestó.
El insigne joven se acercó lentamente.
«Nosotros nos vamos de esta casa—dijo,—que es para nosotros la mansión del horror y de la tristeza. Tú, por lo que veo, aún permanecerás en ella, atado por tus intereses y por tus pasiones. Te dejamos con gusto. Mamá te suplica por mi conducto que le hagas el favor de no presentarte á ella para despedirla.
—Ya había yo renunciado á ese honor—repuso León con irónica frialdad.—Hazme el favor de transmitir esta idea á toda la familia.
—Está bien. Y complaciéndome en ser lo contrario de tí—dijo el letrado, llevándose la mano al pecho,—opongo mis principios á tu ironía filosófica, y te declaro que mamá, papá y todos nosotros te perdonamos.
—Dales las gracias en mi nombre. Estoy encantado de tan cristiana conducta.
—Te perdonamos, no sólo por el triste fin...
—¿Más todavía?
—No sólo por el triste fin de mi hermana, sino por el ultraje que has hecho á sus santos despojos.»
León se mantuvo sereno y digno en su muda tristeza.
«¿Vas á protestar? ¿te atreverás á negarlo?—dijo el otro.
—No, no niego nada. Gozo dejándote en la posesión, poco envidiable, de tus bajos pensamientos.
—Pues dejemos ese horrible asunto. Nosotros convencidos, tú impenitente, cada cual en su lugar. Antes de separarnos para siempre quiero advertirte que yo no he apadrinado á Cimarra, ni le he azuzado contra tí. Llegó á mi casa, consultóme, le aconsejé, le hice el escrito. Lo demás será obra suya.
—Vive tranquilo. No se turbe tu conciencia por eso, que defendiendo sus legítimos derechos podrás llevarle por la mano al camino de la salvación.
—Tus burlas de ateo no turbarán mi conciencia, que si está lejos de ser pura, no deja de ver con claridad el bien. No sé si el arrepentimiento de Federico es sincero ó no. En buena doctrina no puede rechazarse al hombre que confiesa sus culpas y se declara resuelto á variar de conducta. El decirse arrepentido puede traer el desearlo, y el desearlo es andar una parte del camino para llegar á serlo de veras... ventaja que la perversidad de aquel hombre tiene sobre tu empedernido descreimiento, pues ni confeso ni arrepentido podrás ser jamás.
—Te suplico—dijo León,—que me evites el efecto soporífero de tus sermones, que por cierto están empapados en la heterodoxia más abominable. ¡Valiente apóstol tiene la Iglesia!... Para informarme de la despedida y del perdón de tu familia, podría haber venido Polito, que no sermonea.
—Él quería venir, pero mamá se lo ha prohibido... Le infundía temores su carácter arrebatado. Todos esperamos que entrando ahora en la vida esencialmente moralizadora del matrimonio, sentará la cabeza y se curará de los infames vicios que nos abochornan.
—¿Se casa Leopoldo?... ¡Oh! permíteme que felicite á su mujer, aunque no tengo el gusto de conocerla.
—Las diferencias que había entre mi familia y la familia de Villa-Bojío han terminado anoche, cuando la madre de la novia de Polito visitó á mamá, prodigándole los más tiernos consuelos. La de Villa-Bojío acaba de perder un niño. Ambas madres confundieron en una su pena, y quedó acordado que Leopoldo y Susana se casarán cuando pase el luto.
—Felicito á tu mamá; dale mil parabienes.
—La sátira que envuelven tus palabras es digna de quien no respeta el dolor de una desgraciada familia. Por mi parte nada he hecho en este asunto. Bien sabes tú que he llorado con lágrimas del corazón las distintas ignominias que han caído sobre mi familia por culpa de la inmoralidad de mi padre, de la mala cabeza de mamá, y de los vicios de Polito. Has sido el confidente de mi tristeza, cuando yo te creía formal y honrado. Ahora, cuando nos repelemos con invencible antipatía, sólo debo decirte que si es preciso, no llevaré un pedazo de pan á mi boca antes de que se haya devuelto hasta el último céntimo á quien no merece ser nuestro acreedor.
—Si lo dices por mí, sabe que no me acuerdo de tal cosa. Me honro y me creo suficientemente pagado con la ingratitud.
—¡Frase bonita!—indicó Gustavo con sarcasmo.—Lo que dije, dicho está... Ya no nos veremos más. Mi última palabra sea para declarar mi equivocación al anunciarte que morirías de rabia. No: no muere de rabia el que vive de cinismo... Ya, ya sé que está preparado el coche y dispuestas las maletas para esa dramática fuga, atropellando todos los respetos sociales y pisoteando las leyes. Bien, bien: eres consecuente. Buen viaje, pareja de Satanás...
—Tu penetración y el conocimiento que tienes de mis acciones me cautivan... Despidámonos, si te parece.
—Sí, yo lo deseo.
—Y yo lo suplico. Adiós.»
Poco después, mirando por entre las persianas, vió salir á la que había sido su familia. El Marqués, caduco y abatido, casi era llevado en brazos por un fornido poeta bíblico. La Marquesa, realmente traspasada de dolor, inspiraba lástima. Polito, con el cuello forrado en complejas bufandas, daba un brazo á la que había de ser su mujer, y con el otro agasajaba á una perra. La de San Salomó y la de Villa-Bojío conducían como en volandas á Milagros hasta el carruaje. Crujieron látigos, piafaron los caballos, y uno, dos, tres, cuatro coches rodaron por el parque llevándose aquella distinguida porción de la humanidad, que necesitaba de una pena reciente para ser respetable.
XVIII
El cónyuge inocente.
Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fué de su mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El palacio estaba ya desierto; oíase el eco de los pasos; la escasa luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con cautela como los ladrones, poniendo oído á los rumores, reconociendo el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió instantáneo como el tiro á la aplicación de la mecha, detuvieron á León, impeliéndole á esconderse para observar aquella figura sin ser visto. Ocultóse detrás de una luenga cortina, y en efecto, le vió pasar. Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que emanaba del aborrecimiento, como por arte contrario ciertas delicadas adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.
Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una galería alfombrada, llamada de la Risa, por contener riquísima colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros cronológicos, que eran la historia del siglo escrita en carcajadas. En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en un gran diván que en el centro había.
Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje en la Galería de la Risa, es necesario referir que al entrar en Suertebella, el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo en cuya discreción confiaba.
«Hazme el favor—le dijo,—de ir á la capilla y decir al Padre Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que le espero arriba en la Galería de la Risa. Enséñale el camino: no tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto de los cuadros viejos y el corredor chico.»
León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose. Después vió que la puerta del corredor pequeño se abría dando paso al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle muy bien, porque la Galería de la Risa tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche, como siempre, profusamente iluminado. Adelantóse el intruso hasta recibir á Paoletti, y sentados ambos, el clérigo dijo:
«Sus respetables tíos me anunciaron anoche que usted quería hablarme; pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante y en mi celda.
—Pensaba hablar á usted de una cosa, más adelante y en su celda—repuso el otro.—Ya comprenderá que al venir aquí esta noche no quiero hablarle de esa cosa, sino de otra. Es decir, que son dos cosas, querido señor Paoletti, una muy interesante y otra muy urgente.
—Pues vamos á la urgente y dejemos para luego la interesante.
—Vamos á la urgente. Le supongo á usted conocedor de los secretos de esta casa: no hablo de secretos de confesión.
—No conozco ninguno,—dijo con sequedad el italiano.
—Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi mujer...? He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.
—Caballero—dijo Paoletti con severidad,—yo no entiendo una palabra de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en salvo ó no. Estoy velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de quien he tenido el honor de ser director espiritual.
—Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. D. Pedro le aprecia también, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Pudo suceder que usted hubiera sido llamado á consolarla esta mañana, esta tarde... qué sé yo... podría suceder que usted supiera lo que yo ignoro; y dándonos á las conjeturas, podría suceder también que usted quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.
—Ni yo sé nada, ni, sabiéndolo, podría rebajarme á hacer el papel de intrigante y chismoso que usted exige de mí—dijo Paoletti mostrando no poco enfado.—Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado decir á usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar á los afligidos, corregir á los malos. No me mezclo en intereses mundanos. El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el confesonario. Con Dios, caballero.»
Levantóse para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.
«¡Oh! aún me queda mucho que exponer—dijo.—No me juzgue usted tan á la ligera. Y si yo confesara, y si yo...»
El clérigo se volvió á sentar.
«No, no se trata aquí de confesonario. Si á él fuera, sería yo un hipócrita. Mal cuadraría la farsa en mis labios, que gustan de decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.»
Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él como un palacio cuyas puertas estaban cerradas... Y por su parte, no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte ó la desventura (que esto le era difícil decirlo) de no creer en Dios ni en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo, le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios buenos ó malos del mundo... Alarmado y lleno de miedo el clérigo al oir tan horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse diciendo que él era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el otro se sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:
«Aún me falta decir algo que tal vez agradará á usted... Me siento fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo diré que en general las desprecio. No creo en la virtud de ninguna. Si me pregunta usted mi opinión sobre los hombres, le diré como el poeta escéptico: plus je connais les hommes, plus j’aime les chiens.
—Aconsejo—indicó Paoletti con ironía,—que se vaya usted á vivir en una sociedad de perros, ó que funde una colonia canina, donde se encontrará más á sus anchas. Estoy esperando á ver si brota alguna chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.
—Voy á tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando yo pasaba por muerto, mi mujer amó á otro hombre. Yo creo que le amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fué nunca delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen arrimo y nada más.
—Basta—exclamó con horror el Padre apartándole de sí, como se aparta un objeto inmundo.—Si eso es confesión de culpas, lo oiré; pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo estómago...
—Me ha interrumpido usted en lo mejor... iba á decir que ahora mi mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy inferior á ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural y hasta legítima, en teoría... advierto á usted que yo también tengo teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame á otro hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.
—Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame á un hombre que no es su marido—dijo Paoletti con solemnidad.—Lo natural y legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de un hombre casado, contribuyendo así al martirio y á la muerte de un ángel, hubiera dedicado á Dios por entero el corazón que usted no merecía.
—El misticismo es un agua figurada que no satisface á los sedientos. Ella no ha querido aficionarse á un fantasma, sino á un hombre. Tengo motivos para presumir que le amó desde la niñez. En una de nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo: «Tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí,» y se señaló la frente. Otra vez me dijo: «El casarme contigo fué una manera especial que tuve de despreciarme.» En fin, querido Padre, hoy por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que fué mi víctima. Como mujer no me interesa. Nada dice á mi corazón, ni á mi imaginación, ni á mis sentidos. El amor casi casi le toleraría romper el lazo para contraerle con otro; pero el amor propio no puede permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco á ese hombre; creo que le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla y... yo he de vencer, yo he de vencer.
—Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no soy abogado del derecho, sino del espíritu.
—Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho, y ambos están de mi parte—afirmó el otro con energía.—Yo soy el fuerte, ellos los débiles; yo soy el ofendido, ellos los criminales; á mí me amparan la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión pública; á ellos nada ni nadie les ampara. El terreno en que me coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el mundo, y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor, rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las prácticas de la Iglesia en otra. Esas son mis armas; pero ha de saber usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo el día concertando un arreglo. ¡Ah! mi esclarecido suegro es hombre eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se podría amar á un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que todo lo puede en nuestra sociedad, y que trata á los españoles como á negros comprados ó á blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las armas legales con que me ataque se volverán contra él...
—¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el Sr. D. Pedro han concertado una componenda?—preguntó Paoletti, que á pesar de su entereza dejábase vencer un poquillo por la curiosidad, sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.
—Separación amistosa, convencional. Pero no hay nada positivo aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo, del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh! confieso que puesto yo en el caso de él haría lo mismo.
—Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa—dijo Paoletti sobreponiéndose á la curiosidad.—Me habla usted de litigios y nada de la conciencia.
—Ahora voy á hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.
—Ya...»
Sintió de nuevo el clérigo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.
«Monina es mi hija. Pues bien, señor cura: el único sér que hay en el mundo capaz de despertar en mí un sentimiento; el único sér que me hace pensar á veces de una manera distinta de como pienso casi siempre; el único sér por quien algo sonríe dentro de la región obscura, misteriosa, que llamo alma por no poder darle otro nombre, es mi hija. No sé lo que pasa en mí. Cuando estuve á punto de perecer á bordo de aquel horrible vapor cargado de petróleo, todo el mundo huyó de mi pensamiento, no quedando más que el peligro, y en el peligro una linda cabecita rubia me bailaba delante de los ojos. Paréceme que me agarré á ella para salvarme en aquella espantosa lancha rota que á cada instante se sumergía... Se reirá usted de mis sandeces... En otros tiempos yo jugaba con ella, la hacía reir para reirme yo viendo su risa...
—Al fin, al fin—dijo el italiano con gozo,—veo la chispa pequeñísima.
—No, no me crea usted bueno por esto... Es que esa nena ó juguete rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca de mí. Me han dicho que estuvo á punto de morirse del crup. ¡Qué espanto!... ¿Qué dice usted?
—Que no hay tierra, por desolada é inculta que sea, donde no nazca una flor.
—No se trata aquí de flores. Lo que sí diré á usted es que al pasar por Nueva York ví en un escaparate un cochecillo de muñecas chiquitas, tirado por dos corderos, y lo compré para regalárselo.»
Paoletti sonrió, diciendo:
«Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa, veo el odio que tiene usted á su rival, veo el litigio y la proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor á la niña, veo el cochecillo tirado por dos borregos que lleva usted en el bolsillo; pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.
—Hemos llegado al punto concreto, á la cosa urgente. Yo tengo grandísimo anhelo por saber lo que traman... ¿Está él aquí esta noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí á sus amigos. Yo estoy persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado algo.
—¿A mí?... Creo que soy muy antipático á la señora.
—O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.
—Nada sé ni nada me han dicho—replicó el Padre.—Y aunque lo supiera...
—No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico y tengamos en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.
—Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.
—Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa sin saber todo lo que ocurre en ella.
—Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.
—Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad—dijo el intruso con desconsuelo,—¿no me podría usted facilitar...?
—¿Qué?
—El ver á mi hija.
—No me pida usted favores que son impropios de mi carácter. Por nada del mundo pasaría más allá de esta sala. Diríjase á los criados.
—Ninguno quiere servirme por miedo á Fúcar. Mi distinguido suegro les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí, á un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.
—Entre usted como entran los ladrones.
—Temo que me vean.
—Entre usted como padre.
—No puedo, al menos por ahora.
—Menos puedo yo.
—Si la Condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto. Yo juro que no llevo ninguna intención mala; sólo quiero dar á mi hija tres besos bien dados...
—Vade retro. Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las pinta usted, y pueden ser perversísimas.
—Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi atrevimiento.
—Dispensado.
—La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda á paseo al geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será á usted, dado su predicamento entre las damas, llegar á ser director espiritual de Pepa.
—Yo no voy á donde no me llaman.
—Pepa tiene muchas amigas entre las que forman, permítaseme la frase, la familia espiritual del Padre Paoletti. La Condesa de Vera principalmente...
—Me honra con su amistad; yo la dirijo.
—Pues bien. Si usted quiere dirigirá también á Pepa. Su misma soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.
—En lo que oigo puede haber una intención santa y buena. Si se trata de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido, y traer hacia Dios á dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar sus pestilentísimos errores y ser católico sincero...
—En cuanto á eso, mi propósito es no desentonar en el convencionalismo general. Yo quiero reconciliarme con la sociedad, respetar sus altas instituciones, ser hombre de orden, no dar escándalos ni tampoco malos ejemplos á las muchedumbres ignorantes, las cuales, basta que nos vean á los de levita huir de la Iglesia, para que se crean autorizados á robar y asesinar. No pienso volver á coger un naipe en la mano, y sí trabajar mucho en los negocios hasta labrarme una fortuna por mí mismo. Farò da me. Estoy seguro de que saldré adelante y aun de que dejará de llamarme bandido ese Marqués de Fúcar que se cree poco menos que un Dios, y al fin no se desdeñará de entrar en tratos financieros conmigo. La generación actual tiene en alto grado el don del olvido. Es fácil rehabilitarse en una sociedad como la nuestra, compuesta de distintos elementos, todos malos, dominados por uno pésimo, que es, permítaseme lo soez de la palabra, el elemento chulo. No extrañe usted la crudeza de mis expresiones. Ego sum qui sum. Donde la mitad de los matrimonios de cierta clase son menages à trois; donde la Administración debería llamarse la prevaricación pública; donde los altos y los bajos se diferencian en la clase de ropa con que tapan la deshonestidad de sus escándalos; donde hay un pillaje que se llama política; donde la gente se arruína con las contribuciones y se enriquece con las rifas; donde la justicia es una cosa para exclusivo perjuicio de los tontos y beneficio de los discretos, y donde basta que dos ó tres llamen egregio á cualquier quidam para que todo el mundo se lo crea, es fácil labrarse una toga de honradez, y ponérsela, y ser distinguido hombre público y patricio ilustre, y figurar retratado en las cajas de fósforos. Yo me comprometo, si pongo empeño en ello, á hacerme pasar por canonizable dentro de dos ó tres años. Pero de eso á hacerme mojigato hay mucha distancia. No se moleste usted en echar un remiendo á este matrimonio que ya está roto. Si ella, por instinto de honradez, despide á su amante y se queda sola, hágala usted beata, que esto la consolará mucho. Que mi mujer sea devota, muy santo y muy bueno. A mí me gusta la gente edificante. Déjeme usted á mí que me rehabilite en la sociedad por otro camino. Lo que yo desearía de la bondad y catolicismo de usted es que, después de dominar completamente el espíritu de Pepa, y lo dominará sin intentar reconciliarnos, la indujera á permitirme ver á mi hija. Para esto no será preciso que yo venga aquí, cosa que no deseo porque siempre me ha aburrido este Suertebella, sino que me la lleven á casa, usted por ejemplo... Vamos, que la dejen ir á comer conmigo dos veces, una vez por semana, y nada más.
—¡Qué amarguísimo nihilismo!—dijo Paoletti, no sacando ya los superlativos de un tarro de dulce, sino de un depósito de hiel.—Muchos hombres así he visto en la sociedad española; pero usted les da quince y raya á todos.
—Tengo el mérito de decir lo que siento.
—Para concluir, caballero Cimarra: usted es tan abominable, que no hay posibilidad de satisfacer el único deseo legítimo que nace casi invisible en esa alma llena de tinieblas, aridez, podredumbre y miseria. No cuente usted conmigo para nada. Si la señora se arrepiente y arroja á su amante, y soy llamado, como es posible, á dirigir su conciencia, procuraré primero hacerla sanar de la criminal dolencia que padece, y después encaminaré su espíritu á Dios, única salvación de las pobres mujeres que han tenido la flaqueza de amar á hombres indignos. ¡Oh! ¡qué dulcísimo gozo sería para este pobre combatiente ganar á Satanás una nueva batalla! Usted no existe para mí. Y no me detenga más, que vuelvo al lado de mi queridísima muerta.
—Yo no bajo á la capilla. Tengo horror á los muertos. Perdóneme si le he molestado, Padre.
—No olvidaré rezar por usted.
—No me opongo, antes bien lo agradezco.
—Le aguardo á usted el día del arrepentimiento.
—Gracias... Yo no merezco tanto. Adiós. Mil perdones.»
Retiróse tranquilamente el clérigo chico. Sus pasos de plomo se perdieron en el silencio del corredor. Poco después salió Cimarra por el mismo sitio y bajó por la escalerilla de la tribuna sin entrar en la capilla, cuya iluminación de mortuorias hachas, saliendo por las altas vidrieras de colores, le infundía más espanto que respeto. Se paseó por el desierto parque buscando la sombra de los árboles cuando sentía pasos. A ratos se tentaba el bolsillo para ver si no había perdido el coche de muñecas tirado por dos corderos... En una de las vueltas de su nocturno paseo, vió entrar el carruaje del Marqués de Fúcar, y desde su escondite lejano le dirigió estas palabras, más bien pensadas que dichas: «¡Ah! Traficante, ¡qué ojos le echabas esta tarde en la calle de Alcalá á la real prójima que he traído de los Estados Unidos!... ¡Júpiter, ya querrías que fuese para tí!»
Cuando le vió descender de su coche en compañía de otra persona, el intruso murmuró: «Viene con mi tío... ¿Qué habrá aquí esta noche? ¡Oh! fuego de la curiosidad, ¿por qué me abrasas como si fueras el de los celos?»
XIX
Tres por dos.
Por la noche á la hora concertada con Fúcar, León se dirigió al gabinete de Pepa. Estaban allí D. Pedro, su hija y otra persona. Monina, que poco antes enredara junto á su madre, había sido condenada al destierro de la cama, ostracismo casi siempre acompañado de lágrimas, del cual no se libran los pequeños cuando los grandes tienen algo grave que tratar. Sepultado en un sillón estaba el imponente Marqués, la carnosa barba sobre el pecho, los labios salientes, como algo que sobra en la cara, juntas las cejas entre un dédalo de arrugas, las cuales parecían compendiar en cifra todas las batallas dadas dentro de aquella cabeza contra la exageración. La tercera persona que allí estaba era un anciano de cabellos blancos, muy seco de rostro y no menos corto de vista, á juzgar por la convexidad de los cristales de sus gafas de oro, montadas sobre una nariz semejante, por su majestad y atrevida curvatura, á las que se ven en las peluconas. Tenía la seriedad de un hombre de estudio confundida con el patriarcalismo algo candoroso de un buen abuelo. Todos vestían de negro. A Pepa se le salía á los ojos el luto del corazón.
«Aquí está,—dijo el padre á la hija, acariciándola en las manos.
—Ya la veo—replicó la dama mirándole,—y ahora me dirá lo que mi padre me ha anunciado y no he querido creer.
—Hija adorada—añadió Fúcar,—se trata aquí del honor, del deber, de las conveniencias sociales, de la moral absoluta y de la moral consuetudinaria... Considera... No se puede hacer todo lo que se quiere.
—Ya lo veo, ya lo veo...—murmuró Pepa, mirando con atónitos ojos el tapete de la mesa que delante estaba.
—Por mucho que me cueste declararlo—dijo León, considerando que debía ser breve, —yo declaro que me creo en el deber ineludible de separarme de la mujer que amo y de renunciar á todo proyecto de unirme á ella.»
Nadie contestó á estas palabras. Pepa, dejando caer la cabeza sobre el hombro de su padre, había cerrado los ojos. Tomándole una mano, que ella le abandonó sin movimiento alguno, León pronunció estas palabras:
«Por la grandeza de las ocasiones se mide la grandeza de las almas.»
Después de una pausa, D. Pedro, comiéndose la mitad de algunas palabras y contrayendo mucho la boca, habló así:
—Y yo declaro que hemos llegado á esta solución salvadora y pacífica, gracias al convenio que celebramos el Sr. Cimarra y yo, por el cual convenio mi digno amigo responde de que su sobrino renunciará á la querella...»
D. Pedro se atascó. D. Justo vino en su ayuda, diciendo:
«A la querella y á los derechos que la ley le otorga.
—Eso es. Renuncia á usar el arma fuerte que la ley pone en su mano, con tal que desaparezca el que por la moral, por la ley, por la religión, está demás en este horrible encuentro de tres personas allí donde no debe haber más que dos... Querido amigo—añadió volviendo hacia León su mirada conciliadora,—tú renunciando á ese imposible jurídico y moral, que la costumbre y el desenfado de la gente corrompida de nuestros días convierte en posible, has evitado un escándalo vergonzoso... Yo te lo agradezco de todo corazón, y...»
D. Pedro volvió á mirar á D. Justo, como suplicándole que siguiera.
«Las circunstancias del hecho en cuestión—dijo éste, inclinándose y poniendo en ejercicio su dedo índice, que era en él acentuación y complemento de su palabra,—son raras. Por mi parte, veo con gusto que no siga adelante la querella. Yo fuí el primero en aconsejar á mi sobrino que renunciase á ella, previa ausencia definitiva del señor (el dedo del magistrado marcó á León). Pero como las circunstancias de este hecho son raras, no me cansaré de repetirlo, como el escasísimo valer moral de mi sobrino parece que justifica la rebelión que deseamos evitar (el dedo nombró á Pepa con su insinuación muda), también he sido el primero en aconsejarle una concesión, reclamada por el señor (León vió el dedo cerca de sí), y que entraña cierto espíritu de justicia prudencial, lo reconozco. En vista de todo lo expuesto, creí prudente concertar con mi digno amigo (el dedo, fluctuando en el centro del grupo como una brújula del pensamiento, señaló al Marqués) los términos de estas paces honrosas. Empeñando mi palabra honrada, me comprometo, en nombre de mi sobrino, á admitir la condición exigida por el señor (León), y de su cumplimiento respondo.»
El venerable magistrado, que daba á las pausas oportunas gran importancia para la claridad del discurso, hizo una muy breve, y después siguió así:
«La condición exigida por el señor y aceptada por la parte, que es forzoso llamar inocente, ateniéndonos á la ley, es que la señora vivirá con su padre y su hija en Suertebella, y que mi sobrino no traspasará por ninguna causa ni pretexto la verja de esta finca, realizándose así una separación que, no por ser amistosa, deja de ser absoluta.
—Y todo ha concluído de un modo satisfactorio—dijo Fúcar, desarrugando el ceño y acariciando con sus gruesos dedos los cabellos de su hija, que no decía palabra ni abría los ojos.—El tiempo, el tiempo, nuestro querido médico que todo lo cura... ¿No crees lo mismo, León?
—Por mi parte—replicó éste,—no espero del tiempo lo que éste no podrá darme tal vez. Detesto el olvido, que es la muerte del corazón. Tales como son hoy mis sentimientos los conservaré mientras viva; pero lejos, donde no puedan perturbar, ni ser ejemplo de una irregularidad que he condenado siempre y que condeno también ahora. He perseguido con afán un ideal hermoso, la familia cristiana, centro de toda paz, fundamento de la virtud, escala de la perfección moral, crisol donde cuanto tenemos, en uno y otro orden, se purifica. Ella nos educa, nos obliga á ser mejores de lo que somos, nos quita las asperezas de nuestro carácter, nos da la más provechosa de las lecciones, poniendo en nuestras manos á los hombres futuros, para que desde la cuna les llevemos á la edad de la razón. Pues bien: todo esto ha sido y continúa siendo para mí un sueño. Dos mujeres se han cruzado conmigo en el camino de la vida. Dióme la primera la religión, y la religión, mal interpretada, me la quitó. La segunda dióme ella misma su corazón, y yo lo tomé; pero las leyes me la piden y no puedo menos de entregarla. Tan infructuosas como con aquélla serán mis tentativas para labrar con ésta la hermosa realidad que deseo. La sociedad ha dado esta mujer á otro hombre, y si me la apropio me condeno y la condeno á vivir en perpetuo deshonor, iguales ambos á la multitud corrompida que abomino; nos condenamos á transmitir nuestro deshonor á seres inocentes, que no tienen culpa de las equivocaciones cometidas antes de su nacimiento, y que entrarían en el mundo con la vergüenza del que no tiene nombre.»
Besando la mano que Pepa abandonaba entre las suyas, prosiguió así:
«La presencia de dos personas que se escandalizan de mis palabras no me impide manifestar lo que siento ahora. Para mí esta mujer me pertenece, la considero mía por ley del corazón. Yo, que soy subversivo, adoro en mí esta ley del corazón; pero cuando quiero llevar mi anarquía desde la mente á la realidad, tiemblo y me desespero. Quédese en la mente esta rebelión osada y no salga de ella. Quien no puede transformar el mundo y desarraigar sus errores, respételos. Quien no sabe dónde está el límite entre la ley y la iniquidad, aténgase á la ley con paciencia de esclavo. Quien sintiendo en su alma los gritos y el tumulto de una rebelión que parece legítima, no sabe, sin embargo, poner una organización mejor en el sitio de la organización que destruye, calle y sufra en silencio.
—Todos somos esclavos de las leyes que rigen en nuestro tiempo,—dijo el magistrado con entonación severa.
—Es verdad—añadió León, que parecía decir las cosas para que sólo su amiga las oyera;—nuestro espíritu forma parte aún del espíritu que las hizo, y si en esas leyes hay errores, tenemos la responsabilidad de ellos y debemos aceptar sus consecuencias. Si todo aquel que se siente herido por esta máquina en que vivimos tirase á romperla sin reparar en que la mayoría se mueve holgadamente en ella, ¡qué sería del mundo! Dejémonos herir y magullar, llorando interiormente nuestra desgracia, y deseando vivir para cuando esté hecha una máquina nueva. Y esta máquina nueva, no lo dudes, también herirá á alguno, porque cada mejoramiento en la vida humana será la señal de un malestar nuevo. Nuestro vivir es una aspiración, una sed que se renueva en el momento de aplacarse. Si no pudiéramos concebir de otro modo nuestra inmortalidad, la concebiríamos subyugados á cada instante, y en los actos grandes ó pequeños, por la idea de lo mejor, y seducidos por la belleza de ese horizonte que se llama perfección. ¡Si supieras tú, pobre mujer, lo que he batallado en mi pensamiento después de lo que hablamos anoche!... Todos los imposibles que se nos presentaron los examiné. ¡Podía tan fácilmente salir de este laberinto escudándome con una moral abstracta, egoísta, que nadie comprendería más que yo mismo y que aun yo mismo no podría formular claramente...! Tú dispuesta á seguirme, un coche á la puerta, todos los medios materiales de nuestra parte, ningún obstáculo, arrojo bastante para soportar el fallo de los hombres... ¡Partir y guarecernos en país extranjero!... ¡Ambos en descarada práctica de la anarquía social: yo perseguido por una sombra, tú por un vivo, que en todas partes y en toda ocasión alegaría el derecho que tiene sobre tí; los dos sin razón contra nadie, y todos con razones mil contra nosotros; tu hija creciendo y viviendo con este ejemplo execrable ante sus inocentes ojos... Puestos á romper, es preciso romperlo todo, no dejar lazo alguno que ate y consolide el mundo... También pensé que aquí podía quedarme para calmar mis ansias con el placer de sentirte cerca de mí, aunque no te viera ni te hablara. Pero esto es también imposible. Si sigo cerca de tí, los dos á un tiempo y sin darnos cuenta de ello, nos juntaremos. Un hombre aborrecido se interpone, me ciego, no puedo reprimir el odio que me inspira y... lo conozco, lo presiento... esto acabará con sangre. Si no me alejo pronto, veré crecer esta especie de perversidad que en mí ha nacido y que es... como una recóndita vocación del homicidio. Bajo esta frialdad que razona, bullen en mí no sé qué fuerzas tumultuosas que protestan aspirando á suprimir violentamente los obstáculos; pero me espanto al reconocerme incapaz de fundar nada sólido, ni justo, ni moral, sobre el atropello y la sangre. Me amparo á mi conciencia y en ella me embarco para huir de tí. Huyo por no deshonrarte, por no entristecer la juventud de tu hija querida.»
Sin mover su cabeza del hombro paternal, ni abrir los ojos, Pepa dijo estas palabras llenas de amargo desaliento:
«Yo no sé razonar... Busco en mí el raciocinio, y á donde quiera que miro dentro de mí no encuentro más que el corazón.»
Incorporóse, y abriendo á la luz, mas sin mirar á nadie, los encendidos ojos, añadió:
«Me siento castigada... Al ver que no se rompe el grillete que me une al infame, no puedo menos de recordar que yo tengo toda la culpa, ¡yo, sí! porque en un momento de despecho me uní al bandido con lazo eterno. ¡Horribles cosas hacemos, y luego nos espantamos de las consecuencias! Yo me precipité en el mal, envileciéndome y envileciendo á mi padre; yo hice del matrimonio una burla horrible y criminal... ¿Por qué no esperé entonces? Me arrastró á casarme no sé qué instinto de martirio. ¡Atroz vanidad del dolor que tiende á aumentarse!... Después, cuando me he creído libre, ¿por qué viniste á mí? Equivocados ambos, nos habíamos aprisionado con lazos distintos. Cuando tú fuiste libre, yo me sentí de repente asida por la argolla fatal... Yo esperé que habría una mano valiente que la rompiera.
—Para romperla es preciso matar á alguno,» dijo León prontamente.
Pepa calló.
«Yo soy la asesinada—afirmó tras lúgubre pausa, mirando al suelo.—No: no me conformo con mi muerte, ya la llame desgracia, ya la llame castigo... ¡Qué triste es esto de sacrificarse... sí, muy triste!... aunque deba ser, aunque lo merezcamos... Veo delante de mí á dos personas respetables, un padre, un juez. Pues ante ellos y ante tí... ¡hombre mío!...»
Clavó sus ojos en él con expresión que no podía decirse si era de cariño ó de rencor. Hinchó su pecho. Parecía que necesitaba beberse todo el aire para decir:
«Hombre mío, ante estos dos y ante tí digo que este abandono...»
Se echó á llorar añadiendo puerilmente:
«... es una picardía.»
Oyóse después la voz reposada y persuasiva del magistrado que, manteniendo esta vez en reposo su dedo, habló así:
«Reduzca usted á sus verdaderas dimensiones lo momentáneo para no mirar más que lo eterno. El alma se engrandece con el dolor y hace de éste una especie de majestad que reina en la conciencia.
—Es verdad—dijo León con tristeza.—Nuestras mismas heridas nos revelan, doliéndonos, el secreto de una compensación inefable. Pepa, querida amiga y esposa mía, esposa por una ley que no sé definir, que no puedo aplicar, que no sé traer de ningún modo á la realidad, pero que existe dentro de mí como el embrión de una verdad, de una santa semilla, sepultada aún en las honduras de la conciencia, entra en tí y te hallarás más noble y grande con tu dolor que con tu pasión satisfecha... Tú eres religiosa, yo creo en el alma inmortal, en la justicia eterna, en los fines de perfección, ¡breve catecismo, pero grande y firme! Hemos caído; somos víctimas y mártires. El esperar no tiene límites. Es un sentimiento que nos enlaza con lo desconocido y nos llama desde lejos, embelleciendo nuestra vida y dándonos fuerza para marchar y resistir. No cometamos el crimen de cortar este hilo que nos atrae hacia un punto que no por estar lejano deja de verse, sobre todo si los ojos de nuestra conciencia no están empañados. Vence la desesperación, véncela, resígnate y espera.
—¡Esperar!... ¿No anunciaba yo que moriría esperando?—dijo Pepa con amargura, repitiendo una idea antigua en ella.—¡Horrible castigo mío, bien me decía el corazón que tu verdadero nombre es esperar!... ¿Y si muero?
—No importa.
—¡Que no importa!...» murmuró la mujer demostrando que el acalorado espiritualismo de León no la convencía.
Quiso él decir algo más; pero sus argumentos se habían agotado, las ideas de consuelo y de esperanza que sacaba de su mente se le perdían, como armas inútiles que se quiebran entre las manos en el fragor de un rudo combate. Ya no sabía qué decir. El sentimiento, que rara vez se aplaca con las ideas y que León había tratado de someter y encadenar, se sublevaba, reclamando su cetro despótico y su imperio formidable... Se levantó.
«¿Ya?—dijo la dama espantada, volando hacia él con súbita expansión del alma representada en los ojos.
—¡Maldito sea yo!—gritó León, rompiendo en ahogado llanto.—Miserable ergotista estoy apuñalándome con mi lógica. Farsa horrible de la idea, de la moral, de todo, no me tendrás.»
Pepa juntó las manos como el que reza para morir. Iba á decir algo subversivo, profundamente subversivo que le salía del alma como la lava del volcán... pero entró la criada que cuidaba á Monina. Venía despavorida, temblando.
«¿Qué hay?—preguntó el Marqués.
—Allí está... allí...
—¿Quién?
—Un hombre... Ha entrado de repente... está besando á la niña.
—¡Oh, será él...!—exclamó Fúcar consternado.
—¡Él!
—Quedamos en que no vendría.
—¡Es él... él aquí!—grito León perdiendo de súbito la lógica, la serenidad, las ideas, la razón, la prudencia, el llanto, y no siendo más que un demente...—¡Que entre! ¡Se atreve á profanar esta morada!... Me alegro que me encuentre aquí... ¡le arrojaré como á un perro!»
Miró á la puerta... apareció en ella un hombre. Pepa, lanzando desgarrador grito, cayó sin sentido. D. Pedro quiso enlazar con sus fuertes brazos á León para aplacarle, y el anciano venerable corrió indignado á detener al que estaba en la puerta.
«¡Por piedad, por todos los santos!...—exclamó D. Pedro.
—Atrás—gritó D. Justo;—no des un paso más.
—¿Qué buscas aquí?—dijo León con insolente desprecio.
—Vete—ordenó el magistrado á su sobrino.—¿Olvidas lo pactado?
—No: el pacto no rige aún—repuso el otro sin avanzar un paso, mirando á León con la glacial fiereza de una bestia felina.—He venido á ver á mi hija por última vez. No faltaré al compromiso si los demás lo cumplen. No tengo interés en venir aquí con tal que no estés tú.
—Te suplico que salgas,—dijo D. Pedro á Federico.
—Él primero.»
La imagen tétrica y sombría del que estaba en la puerta no se movía.
«Él primero,—repitió Federico.
—Sí: yo primero, monstruo; así debe ser.»
Al mismo tiempo D. Pedro y la criada acudían á Pepa, y alzándola en sus brazos, la extendían sobre el sofá.
«Tú primero—repitió Cimarra, en quien el cinismo se obscureció un momento para dar paso á un poco de dignidad.—Si así no fuera, yo...
—Sí: yo primero—afirmó León.—Es justo.»
Y dirigiéndose á la dama, que sin conocimiento reposaba pálida, inerte, la contempló un rato. Mirando después á Cimarra, se inclinó sobre Pepa, la besó en las mejillas con ardiente cariño, volvió á mirar al de la puerta, y le dijo:
«Estafermo, mira cómo me despido de la que llamas tu mujer... Si esto es crimen, mátame: tienes derecho á ello. ¿Has traído arma?
—Sí,» dijo lúgubremente Federico metiendo la mano en el bolsillo del pecho.
Entonces pareció que de aquel sér abyecto, verdadero cadáver con prestada existencia, brotaba súbitamente, como fuego fatuo que salta sobre el estiércol, un chispazo de decoro, de energía, de dignidad. Fuése derecho á su rival, la mano armada, la voz rugiente, la mirada amenazante. León le esperó con calma. D. Pedro y el anciano sujetaron á Federico impidiéndole todo movimiento. Forcejeando trabajosamente con él lograron llevarle fuera. León entre tanto permanecía en medio de la habitación con los brazos cruzados.
«¡Fuera de aquí!—gritaba el anciano á su sobrino.
—Yo me encargo del otro,» decía D. Pedro.
D. Justo Cimarra se llevó, casi á rastras, á Federico, y no permitiéndole detenerse ni un momento, le sacó del palacio.
Con tanta firmeza como dolor salió León por la otra puerta. Acompañóle Fúcar hasta la sala japonesa, donde le dejó arrojado en un diván como cuerpo sin vida.
«Vete, vete de una vez y acaben estos afanes,» dijo, corriendo á donde había quedado su hija.
XX
Final.
Largo rato estuvo allí León sin conciencia del tiempo que transcurría. Lentamente volvieron sus alteradas facultades, si no al reposo, á un estado en que les era posible la apreciación exacta de los hechos. Se levantó para retirarse, y pasó de una sala á otra buscando el camino del pórtico. Ya cerca de él se detuvo, creyendo oir cuchicheo de visitantes. Torciendo el camino bajó por una escalera que al paso encontró y que le condujo á la crujía baja. Por allí quiso buscar la salida al jardín. Después de andar un rato por los largos y tortuosos corredores de servicio, vió en el extremo de ellos una puerta; empujóla.
Toda la sangre se le agolpó al corazón y sintió en su interior como el golpe de una caída súbita al verse en la capilla, iluminada por funerarias luces. Echó mano al sombrero, tendió la vista. Sobrecogido, incapaz de movimiento, con la vida toda en suspenso, permaneció un rato junto á la puerta, percibiendo en la vaguedad de su estupor un montón de llamas rojizas y afiladas que, alargando sus trémulas puntas hacia el techo, surgían de la cera derretida y lloraban en chorros amarillos. En el centro y en la base de aquella pirámide de luces estaba, como en el trono mismo del respeto, un fúnebre objeto yacente. Ropas blancas, unas manos de mármol, eran lo único que desde allí podía verse.
Llamó á sí todo su valor de hombre para acercarse. Antes de dar un paso miró en derredor. No había nadie allí; no se sentía ni siquiera el rumor de la respiración de un vivo junto á los fríos despojos humanos, engalanados con la vestidura del negro tránsito y custodiados por el silencio. La efigie de un adolescente pálido se alzaba en el altar: sus ojos, pintados sobre la madera, medían de un extremo á otro la capilla, observando á todo el que entraba, y parecían decir: «¡Malvado, no la toques!»
León avanzó despacio, apagando el ruido de sus pasos para no sentirlo él mismo. El respeto, la santidad del lugar, la espantosa vacilación que sentía entre la idea de retroceder y la de acercarse, hiciéronle pasar por distintos estados morales, ya de curiosidad anhelosa, ya de miedo ó superstición, durante aquel viaje de veinte pasos desde la puerta al centro de la capilla. Podría asegurarse que el temor le detenía y la desgarradora curiosidad del temor mismo le empujaba.
Por fin la vió. Allí estaba, delante y bajo sus ojos, sobre el suelo, al nivel de las pisadas humanas, esperando, por decirlo así, en los umbrales del imperio del polvo, á que le señalaran sitio para el descanso absoluto de lo inorgánico. Su espíritu, más bien egoísta que generoso, había entrado ya quizás con gemido de sorpresa y temor en la región ignota del saber de amores y de la apreciación exacta del bien y del mal.
Una vez contemplada en el primer golpe de sorpresa y temor, la miró más, oyendo el palpitar de sus propias sienes y la trepidación de su sangre cual mugido de un mar cercano. Blanco hábito la cubría, puesto por las amigas de devociones con severa elegancia. Sus anchos pliegues corrían en líneas rectas del cuello á las plantas, sólo interrumpidos por las manos de mármol que empuñaban un crucifijo. Finísimo velo blanco le cubría el rostro, sin ocultarlo ni dejarlo ver claramente, presentándolo vagoroso, esfuminado, lejano, entre nieblas, como la imagen mal soñada que persiste en la retina de los mal despiertos ojos. Hubiera querido verla mejor para apreciar lo que restaba de una hermosura sin igual que la muerte había ido cambiando en no sé qué flor mustia y violácea. En todo rostro, por ciego y muerto que esté, hay siempre algo de mirada. León se sintió visto desde el fondo de aquella cavidad fúnebre, ahondada por las vaguedades de la gasa, y reconoció la mirada última, ya menos amorosa que irónica.
Por su pensamiento pasaron las ideas más graves que asaltan al hombre en los momentos culminantes de la vida, y consideró la distancia á que estamos del verdadero bien, distancia que á medir no acierta la idea y que no se sabe cómo ha de recorrerse... Cortó sus pensamientos un ruido importuno y vulgar, una tos... Miró... La muerta y él no estaban solos. Allá en el fondo de la capilla alguien velaba. Era el clérigo pequeño, sentado en un banco, los ojos fijos en el libro de rezo. León no pudo menos de admirar la fidelidad del amigo espiritual, que habiendo sido dueño de la vida, quería ser custodio de la muerte. Sin mover la cabeza, el italiano alzó los ojos y miró á León un rato, fijamente, muy fijamente... Después los bajó para seguir leyendo. En aquella blanda caída de la mirada sobre el libro había el desdén más soberano que puede imaginarse. Paoletti, como si nadie estuviera allí, siguió leyendo: ego sum vermis et non homo, opprobium hominum et abjectio plebis.
¿Por qué al salir, no con menos respeto que al entrar, sintió el hombre en su alma una consoladora tendencia á la serenidad? Había visto cara á cara lo más pavoroso del mundo físico y del mundo moral, y los combates que estas terribles perspectivas habían provocado en su espíritu dejáronle rodeado de grandes y tristísimas ruínas. ¡Impavidum ferient ruinæ, que dijo el pagano! ¿Pero qué le importaba estar vencido, solo, proscripto y mal juzgado, si resplandecía en él la hermosa luz que arroja la conciencia cuando está segura de haber obrado bien? Al entrar en su casa vacía, encontró á su criado ocupado en hacer las maletas, conforme le había mandado aquella tarde. Alegróse mucho éste al verle entrar, y como León le preguntara la razón de tan grande contento, el fiel criado le respondió:
«En casa de la señora Marquesa y en todas las casas donde le conocen á usted decían que usted se pegaría un tiro esta noche. Lo daban por tan seguro, que me eché á llorar.»
León sonrió con tristeza.
«Y al entrar en casa para hacer las maletas, lo primero que hice fué esconder las pistolas, por si no pudiendo el señor matarse en otra parte, se le antojaba matarse aquí.
—¿Dónde las has puesto? ¿Están cargadas?—preguntó León prontamente.
—¡Oh! ¡el señor se atreverá...!—exclamó el criado lleno de pavor.
—Tranquilízate, amigo—dijo el amo señalándose la frente;—esto no se ha hecho para el suicidio... En cuanto á las pistolas, si están cargadas, puedes arrojarlas á la calle para que las aproveche el primer tonto que pase.
—¡Tirarlas!... son tan bonitas...
—O quédate con ellas. Guárdalas para cuando te cases.
—El señor olvida que soy casado.
—Pues para cuando enviudes.»
XXI
Del Marqués de Fúcar al Marqués de Onésimo.
Madrid 1.º de Diciembre.
Antes de salir de Londres para Hamburgo á comprarme las veinte toneladas de tabaco, véndame usted todo lo de Riotinto y el Consolidado Exterior. Comprar á escape Gas de París y Mobiliario Español. El empréstito, tercero que hace este año nuestro Tesoro, va á maravilla. Necesito fondos en esa plaza para proponer al Gobierno el pago de parte del cupón exterior á los tenedores ingleses, con lo cual la operación se redondea aquí de un modo completo. Es incalculable el beneficio de este anticipo. En lo demás, confirmo la mía de 23 de Noviembre. No olvide usted mis instrucciones para sacar partido de los almacenistas de tabaco en Hamburgo. Nada de timidez. Como el negocio es bueno, no le importe á usted llegar á precios exagerados.
Mi hija sigue bien; muy triste, muy sola, con mediana salud; pero resignada y tranquila. No sale de Suertebella. Mona, cada día más mona, le envía á usted tres besos.
El malvado ha cumplido su compromiso y no nos molesta para nada. Se ha metido en Bolsa y me han dicho que acometiendo con serenidad y tino las jugadas, hace una fortuna loca. La verdad es que disposiciones no le faltan.
Le espera á usted para comer el pavo de Navidad en Suertebella su afectísimo
P. Fúcar.
P. D. Si vuelve usted á ver á ese extravagante dele recuerdos míos, pero nada más que míos.
Madrid, Diciembre de 1878.
FIN DE LA NOVELA