SEGUNDA PARTE
I
Si el tiempo lo permite.
El cielo estaba en revolución, ni limpio ni obscuro, por un lado azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él iban á dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y disputándose palmo á palmo el campo azul. El sol, neutral en esta disputa, alumbraba á ratos la tierra, y á ratos se escondía dejándola en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde como la mayor parte de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y no haciendo nada, antes que á remojar botas atendiendo á levantar faldas y á arrebatar sombreros.
La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella era sombra. Más triste que nunca era entonces la alta armazón de hierro pintado de color de plomo, arquitectura industrial que no se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público el aspecto de una congregación de personas sensatas reunidas en patriótico meeting, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira, deleite, frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra ó drama está en el redondel.
Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo, algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la gran mancha obscura del público, y los abanicos animaban con su constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos de sombra, y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso, con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más claros los de sol, daban cabida á los inquietos grupos de la gente jornalera, á los paletos, á un centenar de gandules cuyas maneras y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del torero, á infelices artesanos que van á buscar en aquella orgía de impresiones fuertes un descanso á la insulsez metódica del trabajo. La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnicerías, de las fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes de la Cebada, hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo, unido al cascado son de un cencerro, daba la impresión de andar por allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la fritanga de sangre que está puesta á la lumbre y bulle y apesta, así salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca imprecación la lucha, que insolente y procaz se abría paso entre el gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla; y el zafio ganapán á quien Naturaleza dió el empleo de lavar tripas de cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba con el vaho del aguardiente un chorretazo de injurias á la Presidencia, donde sin duda estaba algún edil de la capital de España, el Gobernador ó quizás el Presidente del Consejo.
La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente provocativa, ocupaban buena porción de la vasta hilera, codeándose aquí y allí con otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada. Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante, bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para los Asilos de Beneficencia, comandante de infantería, magistrado cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de Clases pasivas, notario, profesor de piano, en fin, lo que se quiera hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con cierta hinchazón de matrona romana unida á la desenvoltura de la maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos que aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo á un lado y otro miradas altivas; queriendo dar á entender que es muy señora, que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, ó su carnicería ó su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional, y que mientras ella viva no pasará necesidades éste ó el otro de aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón ardiendo en heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y á veces cínica, mayormente si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada estampa de Vitelio, Otón ó Heliogábalo; sólo que suelen perder el color al oir el morituri te salutant.
Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta, dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas, personas sencillas, feas, bonitas ó insignificantes llenaban la grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas como mariposas, labios rosados, un mirar voluble como el cabeceo de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo, charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que en los balcones de las calles, cuando hay procesión ó parada, cuando entra un Rey ó sale á relucir una Constitución nueva. Veíanse caras ajadas que á la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo; otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del modo especial de ser bonita ó de no serlo, y que se extendía á todos los objetos, compañeros ó accesorios de semejante gente, desde la flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía temblar sobre la sien, hasta el medallón atento á las palpitaciones del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de las manecitas.
En los palcos abundaban los grupos de hombres solos, todos de negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado; nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos agudos y los voquibles que tienen el picor de la cantárida y la sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos atisbando arriba y abajo, á la corrida y á las damas, coincidían comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las mismas palabras descabellaba á una familia.
Allí había hombres que en los días feriados se ocupan en hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero, ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la juventud adinerada campaba en las localidades de barrera, sitio predilecto del dilettantismo, donde tiene su asiento un ilustre senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia patria, de jóvenes á quienes no falta cultura ni aun talento, de periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro para escribir una especie de prosa, impregnada, como la atmósfera del tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y aguardiente.
Estaba en el circo Sacristán, arrogante bestia de Aleas, berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al caballo, unióse bien pronto un susurro de descontento, y todas las miradas ¡cosa inaudita! se apartaron del redondel, por cuya arena ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin, cuando Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano, brindaba delante de la Presidencia, vióse un movimiento general, una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso, dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes suspendidas sobre la Plaza, empezó á caer agua, ¡pero qué agua!... una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba con tremendos latigazos.
Espantoso fué el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se abría paso á codazos, y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros, enganchándose con sus uñas de murciélago.
En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal, acobardado y huído, no estaba de humor de bromas. El agua quería lavar y no dejar huella de la sangre. Los caballos moribundos aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era imposible seguir la corrida: llovían banderillas de agua; apenas se veía de un lado á otro de la Plaza. Sonó de pronto el cencerro de los pacíficos cabestros, y Sacristán, siguiéndoles, se fué al corral.
El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró en los pasillos, que no podían contenerlo, á pesar del gran desahogo del monumental circo. Las escaleras estaban obstruídas. Como nadie se atrevía á salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres maldecían á las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando agua, qué de estornudos y escalofríos!
Algunos jóvenes abonados á barrera trataban de abrirse calle á codazo limpio para ganar la escalera y subir á los palcos.
«Vamos arriba—decía uno de ellos.—Creo que está León. Nos cederá su coche, y que se vaya con el Ministro.
—Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero, señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?
—¡Cascarones! aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué plancha! ¡qué corrida!»
A duras penas, molestando á muchos y oyendo quejas, lograron subir á los palcos. También arriba era grande el jaleo, porque como la dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la Plaza, la gente de éstos buscaba abrigo en el corredor.
«Allí está León. ¡Eh! ¡León!—dijo Polito acercándose á un grupo donde había diputados y algún ministro.—¿Nos cedes tu coche?
—Sí... tomadlo... no me hace falta.
—¡Bravísimo! ¡chúpate esa! ya tenemos coche... abur.»
Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar á sus carretelas. Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque semejante público, si asiste con gozo á las corridas, no se enoja por una suspensión que tanto contraría á los de abajo. Lo imprevisto les seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa insoportable para quien tiene coche.
«¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos!—dijo una dama que en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco.—Tienen razón al pedir que se les devuelva el dinero. Han pagado asiento para ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de Beneficencia...»
Detuviéronse luego las dos damas para contestar á los saludos de tanta y tanta gente conocida.
«¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se va? ¿Pues qué, se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de miedo!... Parece que ya afloja... Pero la Plaza está inundada... Yo me voy...»
La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho diputado, algún ministro.
«¿Vienes á comer?
—Iré—replicó León.—¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he quedado sin coche.
—Ven con nosotras—dijo la dama tomando el brazo que le ofrecía León.—Yo no tengo paciencia para esperar más.
—Llueve mucho... Será preciso esperar á la puerta, y el turno de los coches será largo.
—No importa. Vámonos.»
La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.
«Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la semana que entra...
—He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas en la casa.
—Cuando te ví en el palco pensé ir á saludarte y á preguntarte si has tenido noticias de Federico.
—¿Yo?—dijo la dama con sorpresa y disgusto.—A mí no me escribe ni puede escribirme. Por sus primos sé que pensaba salir de Cuba para ir... qué sé yo á dónde... ¡Oh! no irá á buena parte.
—Y tu niña, ¿cómo está?
—No he querido traerla... la he dejado allá... ¡alma mía! no anda bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas á verla? ¡Cuánto deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo aquí hoy si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos á tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes tú... es para eso del empréstito nacional. D. Joaquín Onésimo te lo explicará... pero más vale que no le digas nada (aquí bajó la voz para que no la oyese el galán viejo que dando el brazo á la otra dama, les seguía de cerca), más vale que no le digas nada, porque nos mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo. Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los cuatro solos... casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada á vivir en Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone mala.»
Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud mojada que espera la conclusión del llover, no gusta de abrir paso á los afortunados que van en busca de su coche.
«Permitan, señores... ¿Hace usted el favor?...»
Cada súplica de éstas les permitía avanzar unos cuantos pasos. Una vez en el ancho atrio mudéjar de la Plaza, respiraron como el que concluye un largo y molesto viaje. Allí muchas personas impacientes veían el gotear incesante de los ladrillos del alero y alargaban la mano para ver si disminuía el temporal. Unos se arriesgaban con paraguas, otros corrían á los ómnibus. Los coches de lujo aguardaban á sus amos. El de Pepa tomó á las dos señoras y á los dos caballeros, y rodó salpicando barro por la ancha calzada que empalma con la carretera de Aragón. Poco después entraba en el jardín del palacio de Fúcar y en seguida en el vestíbulo cubierto. Era un gran recinto con columnas de escayola y dos enormes candelabros vestidos con fundas, que más que candelabros parecían frailes cartujos. Dejando á un lado la gran escalera de honor, larga y obscura, los señores entraron en las magníficas habitaciones del piso bajo, que eran las destinadas á la vida. Lo alto, es decir, lo más ventilado, lo más alegre, lo más claro, lo más suntuoso y rico, pertenecía al público de las grandes recepciones. Así lo manda la vanidad, gobernadora de la higiene.
II
Memorias.—Tristezas.
Aquella noche sólo se sentaron á la mesa, como Pepa dijo, cuatro personas. Gozosa de verse entre amigos, que además de ser buenos eran pocos, la hija del millonario demostró graciosa y discretamente su alegría durante el curso de la comida. Más tarde las dos parejas pasaron á las salas hermosas de aquella parte del palacio donde tenían su asiento las reuniones de confianza. Allí había juntado Pepa á las raras maravillas de arte mil cachivaches de exportación francesa, aliando lo magnífico con lo bonito y lo bello con lo nuevo, tan bien dispuesto todo para mover á sorpresa ó á gozo, que no lo presentara mejor el mismo palacio del capricho. La tertulia en cuarteto se prolongó hasta la hora en que la Condesa de Vera se despidió para irse al Teatro Real, á donde quiso acompañarla D. Joaquín Onésimo. Los otros dos se quedaron solos.
Sentados en un diván rojo al pie de un cuadrito de género, que representaba inmundo muladar poblado de borricos y sucios gitanos (la moda ensalza hoy grandemente y compra á peso de oro esta casta de pinturas), no lejos de un tibor japonés, que tenía por escabel pesada trípode de cabezas de elefante y por corona las hojas peludas de una begonia, estaban Pepa y León Roch, ella muy comunicativa, él cabizbajo y mudo.
«Lo que yo había previsto sucedió—decía Pepa:—Federico, lejos de enmendarse en la Habana, fué de mal en peor. Bien se lo decía yo á papá. Si aquí le comprometió en negocios disparatados y de mala fe, allá, donde parece que la distancia hace peores á los hombres... Me da vergüenza decirlo: no me puedo acostumbrar á la idea de que el autor de ciertas fechorías sea mi marido. En la Habana le fué preciso esconderse y huir, porque los corresponsales de mi padre quisieron meterle en la cárcel... Cuando pienso que una locura ó necedad mía, una ceguera inexplicable, una cosa que no tiene nombre ha traído á mi casa tanta ignominia... Todas las malas mañas de mi marido se derivan del infame, del maldito hábito del juego... pero ¿quién podría luchar con aquello que está en su sangre, en lo más profundo de su alma?... ¡Ay!—añadió después de una pausa, llevándose la mano á los ojos;—te aseguro que he pasado horas de angustia horrible y me he visto en grandes conflictos, porque tenía que ocultar á papá ciertas cosas, y al mismo tiempo me precisaba contar con él para salir de las situaciones apremiantes en que Federico me ponía cuando sus pérdidas eran atroces... En fin, se ha padecido, se ha padecido bastante, señor de Roch. No creo que los corazones sean de fibra y carne y sangre, como dicen los médicos; creo que son de granito y bronce y que jamás pueden romperse, puesto que el mío no se ha roto. Tantas lágrimas han salido de aquí—volvió á llevar la mano á sus ojos chiquitos,—que pienso no tener más para cuando vuelva á ser desgraciada... ¿No se habían de acabar las rarezas y los antojos mimosos de aquellos tiempos? La realidad amansa... vivir es aprender... ¡Dios mío, qué cara me has hecho pagar la formalidad!... Se ha padecido, se ha sufrido mucho, León. Este palacio tan alegre para los demás, está lleno para mí de tristeza. No hay en él un objeto que no tenga en sí, como estampado, un gemido mío. No hay un sitio en que no pueda decir: «aquí lloré tal día; aquí pensé morirme de dolor.» Y si fuera á contarte todo... ¡Ah! no acabaría nunca.»
Pepa indicó con lentas ondulaciones de su mano derecha la inmensidad de cosas que podría contar á su amigo, si quisiera ser indiscreta.
«Pues cuéntamelo todo. ¿No sé ya lo más negro, no sé lo verdaderamente incomprensible, que fué tu casamiento con ese bergante de Cimarra? Que tú, enferma de la imaginación y dañada de atrofia moral, aun siendo buena, cayeras en ese error inmenso, se comprende; pero que consintiera en ello tu padre... Verdad es que cuando subió al poder el partido verdinegro y me hicieron á Federico gobernador de provincia, mi hombre se corrigió y parecía regenerado. Era todo lo que se llama un hombre de importancia. Luego ocupó un alto puesto en el Ministerio de Hacienda... Nadie conocía á Federico en aquel funcionario riguroso, puntual, casi catoniano. Era tal su afán de parecer hombre sesudo y de peso, que hacía reir. Yo creo que tu padre se dejó alucinar por aquella máscara... Además, el amigo Fúcar tendría negocios en Hacienda por aquellos días... Oí hablar de un empréstito sobre la sal, de la incautación de salinas... En fin, Pepa, la verdadera incautada fuiste tú, cayendo en poder de ese bandido. Tus desgracias sucesivas no me sorprendieron. ¡Cuánto te compadecí! Cuando tú te casaste yo era feliz todavía. Después... En resumen, yo conozco lo peor de tu triste historia. Si algo ignoro, no tengas reparo en contármelo.»
Pepa se echó á reir. Dirigiéndose luego á su amigo con ademán de maestro que va á echar una reprimenda, le dijo:
«Pero me hace gracia tu frescura... Siempre estás «cuenta, cuenta, cuenta,» y tú no me cuentas nada. Y no es porque falten en tu casa magníficos capítulos, y grandes dramas y hasta poemas, sino porque eres un guardador de secretos que no tiene igual. Ya sabes tú tragar, tragar amarguras sin que lo sepa nadie... pero yo estoy muy enterada de lo que pasa en tu familia: sé que María y tú no os veis más que en la mesa, y eso no todos los días. ¡Oh! si tú eres discreto, tu suegra no lo es; responde á todo lo que le preguntan... ¿Y Polito? Ese dice lo que hay y también lo que no hay.»
León suspiró. Conteniendo la risa, ó dicho más propiamente, ocultándola con su abanico, Pepa dijo á su amigo:
«Tienes una familia deliciosa.»
Después estuvieron los dos largo rato sin decir nada, contemplando las pintadas flores de la alfombra. En el palacio solitario y sin ruido alguno, había una atmósfera de tristeza y como de somnolencia que convidaba á la meditación. Pepa se levantó, dando algunos pasos por la estancia, como quien busca la fórmula de algo muy importante que en la mente bulle y hormiguea queriendo ser dicho. Ya sabe el lector que no era guapa; ¿para qué hemos de repetir esto, que por lo desagradable cae dentro de los dominios del silencio? Pero no hay cosa mala que no tenga algo bueno, ni mujer que no tenga algo bonito. Además, Pepa no carecía de encantos, y para algunos teníalos en grado eminente; sus ojos eran de buen efecto, resultando éste de la pequeñez combinada con la viveza y con cierta expresión sentimental y cariñosa. Lo más característico en ella era el pelo rojo y abundante y la tez blanca y clorótica, que la hacía parecer una imagen de alabastro y oro. Delgada y un poco huesuda, atenuábase este defecto con la buena proporción de miembros y con su encantadora ligereza de andares. Bajo su volubilidad de lenguaje se escondía la gravedad de su pensamiento. No parecía orgullosa, y sus maneras, algo rebeldes á la etiqueta, tenían no sé qué lenguaje de franqueza muy propicio á la amistad. En sus caprichos y excentricidades había variado tanto desde que la vimos en los baños de Iturburúa, que casi no parecía la misma. Ese gran domador que se llama la desgracia, había blandido mucho su látigo sobre ella, y de tantas fierezas apenas quedaban pasajeros resabios.
Después volvió á su asiento, y durante algunos instantes observó con atención respetuosa la fisonomía inteligente y melancólica del hombre que había sido su amigo de la infancia. León estaba profundamente abstraído, como un matemático que bucea en insondable mar de cálculos.
«¿En qué piensas?» le dijo Pepa interpelándole repentinamente.
Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel instante.
«En nada—repuso con afectada indiferencia:—en miserias y farsas del mundo.
—No puedes arrancar de la memoria á tu querida mamá política—dijo Pepa riendo.—¿No vas á sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, ocurrida siete meses ha, si no me engaño. Tengo presentes las principales fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones.
—Ya lo creo... adquirirán fama.
—Me dijo el Conde de Vera que anteanoche les dió de cenar admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya ves... hay familias que no saben qué hacer del dinero...»
Los dos rompieron á reir. Pasando bruscamente de la risa á la pena, León dijo:
«Deja ese tema, que me hace daño.
—Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal—añadió Pepa inexorable.—Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto que he sabido... por los criados se saben cosas muy saladas... ellos se cuentan todo unos á otros... ¡Oh! un detalle graciosísimo. ¿Te lo cuento?
—No, por favor.
—Vamos, que te lo cuento.
—Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer... que hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor ó confitero con una cuenta de veinte ó treinta duros... Todo eso me es conocido... es el entremés de todos los días.
—Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla con mimo y secreteo, con una impudencia, con un descaro... Así lo dicen... Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!...
—¡Tanto!
—¿Y qué has oído del poeta?—añadió la de Fúcar con sagaz malicia.—¿El Marqués no te ha hablado de él? Este inspirado vate, cuyos versos no hablan más que de cándidas palomas, de iris de paz, de la familia cristiana, de la cumbre del Sinaí ó de Siná, de las vírgenes del Señor, de ansias pías, de azul empíreo, del querub tartáreo, de arroyos parleros, y de la... alma virtud; este egregio poeta cristiano tiene por Beatrice á tu adorada suegra...»
Pepa no podía contener la risa.
«Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas, tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo dramas en tu familia, hay también sainetes.
—Por Dios, Pepa, no me martirices—dijo León mostrando deseos de marcharse.—Ya sabes que no puedo acostumbrarme á ciertas cosas que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa. No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí. Decididamente me voy, me voy...
—¿A dónde?
—A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré. Ya sé que mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia... Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad...
—¿Te vas fuera de España?—preguntó Pepa, dominando su emoción.
—No sé aún...
—¿Nada te llama aquí?...
—No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme lastimado. Tengo amigos...
—Voy á proponerte un hermoso retiro—dijo Pepa con agitación.—¿Sabes que junto á Suertebella, casi tocando á Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa?
—Junto á Suertebella...—murmuró León gozando mentalmente con esta idea.—Lo pensaré; veré la casa.
—Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan bonito aquello... ahora que están crecidos y verdes los trigos... ¡Si vieras cuántas amapolas...! Se ve nuestro parque, el de Vista-Alegre, y después llanadas preciosas, por donde vienen á veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar á bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con números, y para clavar alfileres á los pobres insectos!... ¡qué bien estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas, honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz...»
Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la intensidad de aquel silencio, de aquella paz.
«No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día en que quieras comer bien, irás á casa. No tienes más que bajar á la corraliza, abrir una puerta... dos pasos...
—¡Dos pasos!—dijo León, algo extático con aquella acabada pintura.
—Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo donde juega Monina.
—¿Donde juega Monina?»
Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los ademanes, correspondiente á la animación del diálogo, sus manos daban á veces una con otra como los pájaros que revolotean enamorándose.
«Monina quizás te haga algún ruido mientras estudias; pero tú la perdonarás, ¿no es verdad?»
Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de los ojos una lágrima.
«Sí, se lo perdonaré... ¡Oh! Pepa, te juro que tengo unas ganas de comérmela á besos...
—Hace quince días que no la ves, bandido.
—Mañana voy á verla,—afirmó León, y de su semblante irradiaba el gozo, como antes la fúnebre tristeza.
—Mañana... ¿De modo que te espero?—dijo Pepa dejando que se inclinara suave y maquinalmente su cuerpo á medida que su codo se hundía en el cojín.
—Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña?» preguntó León algo inquieto.
Pepa iba á contestar, cuando entró apresuradamente un criado que acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había puesto repentinamente mala, muy malita.
«¡Dios mío!—exclamó la de Fúcar saltando de su asiento.—Y yo aquí tan descuidada... Corro al instante... el coche... Lola, mi abrigo... Lola... vamos... ¿Pero qué es?... ¿qué ha tenido?... ¿tos seca?... ¿ahogo?... ¿se ha caído?... ¿se ha enfriado?... ¿se ha mojado en el parque?... ¡Pobre alma mía! Un médico... Hay que avisar á Moreno sin tardanza.
—Yo me encargo de eso... Vete tú al instante—dijo León, no menos agitado que ella.—Será un aire, quizás el...»
Y luego añadió con severidad:
«Ya he dicho una y mil veces que hay que tener mucho cuidado... los criados dan á los niños cuanto se les antoja... Quién sabe si la habrán sacado sin abrigo al jardín... Vete pronto, corre, no te detengas... yo haré que vaya en seguida Moreno Rubio. Irá en mi coche... á escape... Quizás no sea nada...»
Pepa salió, y León corrió á casa del médico. No conviene pasar adelante sin declarar que entraba en el palacio de Fúcar como amigo del Marqués, como amigo también leal y verdadero y honesto de Pepa. No frecuentaba sólo aquella casa: frecuentaba otras muchas, llevado por su anhelo de buscar distracción en el ameno trato social y en las amistades honradas. Pero en aquel palacio eran más largas desde algún tiempo sus visitas. ¿Por qué? Alguien habrá que conteste torpe y soezmente á esta pregunta; pero no acertará el que tal responda. En León había nacido, sin que él le diera importancia, un sentimiento excelso, divino, de intachable pureza, cuya explicación se verá más adelante.
III
María Egipciaca se viste de pardo y no se lava las manos.
Después de avisar á Moreno Rubio, que vivía en el hotel inmediato al suyo, y de rogarle encarecidamente que pasara sin pérdida de tiempo á Carabanchel, para lo cual le facilitó su coche, retiróse León á su casa resuelto á partir también para aquel sitio con la primera luz del día siguiente. Su casa estaba solitaria, triste, y en ella tomaban exagerado crecimiento las sombras de las figuras y el eco de los pasos. Soñoliento criado le abrió, y el ayuda de cámara siguióle medio dormido hasta su habitación.
«Déjame solo—dijo el amo al criado.—No me acuesto esta noche... Oye, ¿se ha recogido la señora?
—Hasta las once estaba en el oratorio... Voy á preguntarle á Rafaela.
—No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche?
—La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta.
—La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta,—repitió León como un estúpido.
—Ya se han ido, luego que acabaron de rezar.
—Bueno... retírate. No necesito de tí esta noche.»
El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija. Pero un criado no puede consolar á su amo, ni arrancarle sus melancolías por medio del cariño ó de la persuasión, y se fué. León se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida á fantasma que á mujer, avanzó hasta llegar á él. Al sentirse tocado en el hombro, al volver el rostro y verla, dió León un grito. Es que á veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen terror los hechos más sencillos y las caras más familiares.
«Me has asustado,—murmuró.
—¡Qué extraño! ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre de carácter y de juicio!...» dijo María con el acento rutinario y quejumbroso que había adquirido desde algunos meses.
Vestía la señora una bata de color más bien tirando á ratón que á liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro, y su cuerpo carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy desgraciada forma.
Después de mirarle un rato, María dijo severamente: «¡Me tienes miedo!
—Sí: te tengo miedo,—replicó él apartando los ojos de su mujer y fijándolos en el suelo.
—Pues qué—dijo María sonriendo con expresión de desdén y superioridad,—¿tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte temblar delante de mí... Este es privilegio de la humildad, señor mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos á la soberbia.»
Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo, bien porque creyera sorprenderlo, dijo así:
«¿Te enfada que venga á molestarte? Ya lo suponía. Por lo mismo me quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah! León, tu conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar las apariencias; hoy ni siquiera eso.
—Tú—replicó León fríamente,—haces todo lo posible para hacerme aborrecible mi casa. Tu enfado, siempre que entran en ella los amigos que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo esté aquí lo menos posible. Esta es una casa de hielo y tristeza que oprime el corazón desde que se entra en ella.
—¡Oh! ¡qué iniquidades dices!—exclamó María mirando con unción al cielo, juntando las manos y llevándoselas á la barba.
—Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad: tú has hecho de mi casa un antro solitario, árido y obscuro, y yo quiero luz, luz.»
Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto. Después, pestañeando con gran viveza como quien rompe á llorar, dijo:
«No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo que me hablas como si yo fuera uno de esos que discuten contigo en los clubs, en los ateneos... qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz! ¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡Y tú empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!... Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte, hasta el último momento, hasta la hora de la muerte te diré: «León, León, mira que...» ¿Te ríes? También me he acostumbrado á tus risas. Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate. Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es padecer, padecer.
—¡Padecer!—exclamó León con amargura.—No es ciertamente ese mi deseo; pero sí mi destino. Dios ha querido que allí donde creí encontrar paz y amor, encuentre una guerra constante, hastío y tedio. Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde.
—¡Y ese madero soy yo! Gracias—dijo María no pudiendo sofocar el mundano despecho que pugnaba por sobreponerse á su misticismo.—Ese madero es tu mujer, soy yo.
—Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo decírtelas.
—Pues arroja, arroja esa carga insoportable—clamó la esposa con nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos.—¡Te peso y no me tiras al suelo... pues mátame, mátame de una vez... Tengo la vocación del martirio.»
León miró con desdén á su esposa y le dijo solemnemente: «Yo no mato... por eso.
—¿Pues por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo á puñaladas: se asesina también á disgustos.
—Si se matara á disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado. Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta recriminación nuestra, motivada por la discordancia radical en nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de ésta, son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el hierro y el plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que dos almas ya casi soldadas se separan, se separan, tirando cada cual de su lado... porque duele, duele mucho, hija... y esto de sentir el hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la persona amada, y verse solo, solo...»
Profundamente conmovido, León dejó de hablar.
«De esa separación—dijo María,—tienes tú la culpa, tú, por tu carácter rebelde á todo convencimiento, por tu ceguera, por tu obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino ofrecerte paz y unión?
—¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y dureza? ¿Qué ofreces tú sino una paz parecida á la de los sepulcros, la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en tí no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye el amor verdadero...! No hables de paz tú, que te has revuelto contra mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un fanatismo feroz... porque me haces el efecto de una arpía que en vez de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente diabólica me has emponzoñado.
—¡Oh!—gritó María dándose apariencia de mártir;—insúltame á mi todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.
—Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro matrimonio un grillete de presidiarios. ¡Tú, María, tú! Parece que no es nada, y sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos, tú creías á tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías... Es tan grande mi respeto á la conciencia ajena, que no traté de arrancarte tu fe; te dí libertad completa; jamás me opuse á tus devociones, ni aun cuando empezaron á ser exageradas y á enturbiar la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos, hace siete meses, aquí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer; no sólo me martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; á veces hasta llegué á someterme un poco á tu ardiente capricho; pero tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio fanatismo, y ya sabes que me fué imposible. He luchado tenazmente contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está deplorablemente sometido á una atracción poderosa, irresistible, y vive sujeto á influencias obscuras que yo no puedo vencer. Hay en la sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atan, y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste, muy triste: no hay esperanza.»
María estaba tan impaciente de hablar, que antes que él concluyera dijo:
«También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo fuí criada en la religión divina y me enseñaron á practicar mi fe sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte. Pronto empecé á comprender que al enamorarme de tí había cedido á un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus sabidurías eran muy sospechosas; que á tu lado y dejándome influir por tí y tus pestilentes ideas, podría llegar á ser muy desgraciada y á perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah! no puedes negarme que en la libertad que me dabas había cierto desprecio. ¡Sonreías de un modo cuando yo te hablaba de mis devociones...! Pero, en fin, así íbamos pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por qué no he de encender luz en esa alma apagada?» ¡Oh! entonces me diste á entender que yo era una loca, me diste á entender que éramos locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer, que cada cual se salvará como pueda.» Esto me enojaba y me hacía llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay más que una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo que yo llamo Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía de aquel serafín, á quien Dios permitió que viniese á mi lado por unos días para dirigirme por el camino del cielo... Veo que te irrita este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos días, cuando la presencia sola de mi hermano era para tí un motivo constante de remordimientos.»
León no contestó á su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su cariño.
—Yo también sentí entonces remordimientos, ó mejor dicho, dolor muy vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme á aquel ángel, en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada á un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del cielo oí, qué cosas imaginé, qué apariciones ví, qué ansiedades sufrí, qué afanes de ser miserable en la tierra para ser dichosa en el Cielo! ¡Qué ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano Luis! Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me parecía, no sé si en sueños ó despierta, resplandeciente de dicha y hermosura; llamábame á su lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida... Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque estás ligado á la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo. ¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la Naturaleza que nada le importan á nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre! ¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien pidiese á Dios misericordia para él, para él, que no la merece!
—Gracias,» dijo León secamente; y como su mujer se le acercara, apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.
El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.
«Tu ironía—declaró la esposa,—no me hará retroceder ni vacilar. Sé que tu rebeldía concluirá: me lo dice una voz secreta de mi corazón; me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado, mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo; me lo dice todo lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo... Señor—añadió elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no tenían la refinada pulcritud de otros tiempos,—sálvale, sácale de la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo á tu gloria, hazle aborrecer sus condenadas doctrinas.»
Siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:
«Has de venir á pedirme perdón; te arrojarás á mis pies; me has de rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe á rezar; te arrastrarás como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que se te ensucien las manos; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo, con la penitencia... Sí, tú has de salvarte; mis santos patronos no podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te perdonará, te llamará á sí por mi conducto... ¡Oh! qué triunfo tan grande, qué victoria!»
Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida, exclamó:
«¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»
Mirándola salir, León callaba. El largo padecer iba haciéndole estóico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el piso. Parecía decir: «Ya no más, ya no más».
IV
El mayor monstruo, el crup.
Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche á Carabanchel. Era el aire fresco á causa de la lluvia que no había cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de varias clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos de Leganés ó Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en hombros hacia San Justo ó Santa María.
Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica finca, situada en el segundo Carabanchel ó Alto. La posesión de Suertebella es una de éstas que el capital abundante y la paciencia han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias, gleditchias, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras especies exóticas; magníficas estufas llenas de fucsias y gomeros, helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían como caballeros; establos y pajarera, sin que faltase un poco de ría para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, gruta, estanquillo de piscicultura, hasta algo de ruínas con su imprescindible pincelada de hiedra y musgo.
El palacio, aunque construído de prisa con ladrillo y revoco, era suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito producen las artes suntuarias de nuestros días. Era de planta baja, constituído por larga serie de grandes salones en fila, decorados primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el obligado Luis XV. El Marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera carácter, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de aquella calidad, que hacía decir: «¡Oh! vean ustedes qué carácter.»
León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios, vacíos de gente, lúgubres, vestidos de seda como príncipes amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces cincelados, que todavía olían á embalaje, y el barniz de los cuadros de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reloj decía su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros cubiertos de joyas. Vió retratos históricos que fruncían el ceño; figuras poussinescas de risueños colores que bailaban en los tapices con pastoril juego; Cristos de extremada amarillez cadavérica en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y que tanto gustan á los aficionados de hoy; barros graciosísimos y acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas de Rubens y flacos corceles de turf retratados con tanto esmero como se retrataría á Cavour ó á Lord Byron; preciosos gatitos de porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos ó cosa semejante.
Vió también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación. Vió después que delante de muchos santos ardían velas primorosas, tan bonitas que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos y llantos. Por último, llegó á donde estaba el centro de tanta tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio á obscuras. Se acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más transcendental de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte de un sér pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre grande ni mujer útil, pero que llenan de congoja y turbación á las familias. En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruínas, ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción á las madres. Creyérase que necesita recortar todos los días á la raza humana, codiciosa de crecer demasiado.
Pepa, vestida aún con el traje que llevó á los toros, habíase arrojado en una silla, las manos cruzadas, la mirada atónita. Su desesperación silenciosa causaba vivísima pena á cuantos estaban allí, y los que no podían contenerla se salían fuera á llorar. Junto á ella estaba el lecho, tan bonito, que las hadas no lo fabricaran mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas de oro destinada á ostentar las flores más delicadas: sus cortinas blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza, que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que hundía suavemente con su peso la almohadita llena de rizos dorados y de lágrimas.
León sintió escalofríos de pavor y como un puñal partiéndole el corazón al ver á Monina con la cara lívida y descompuesta, los labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos, el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los ganglios, y padeció más al oir aquel gemido estertoroso, que no era tos ni habla, sino algo semejante á voz de ventrílocuo, una nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca de un demonio y parecida á la inflexión del canto de un gallo, de donde viene, según algunos, el nombre de crup (crow). La vió contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos, con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba á su garganta obstruída. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta el cuello inocente antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa, angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba ó castigo, á la vida humana.
En aquella agonía sin igual, Monina volvía sus ojos acá y allá y miraba á su madre y á los criados, como pidiéndoles que le quitasen aquella cosa apretadora, aquella pupa más terrible y dolorosa que todas las pupas posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza!
Inmensa era la desolación. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija á la madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres vivos.
El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se apartaba de allí, indicaron á León un desenlace funesto. Pepa le miró llenos de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin declamación, pudo tartamudear estas palabras:
«¡Se me muere!»
León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa añadió:
«No hay esperanza... Moreno Rubio ha dicho que no hay ya esperanza... que ya...»
No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó lágrimas sin fin.
La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había conocido á Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical travesura placeres inefables. Esto solo no bastaba quizás á explicar que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no era su hija, y el dolor de una madre que no era su mujer.
Para que el crup sea más cruel, tiene sus traidores descansos, precursores siempre de una crisis mayor. El infame afloja su dogal para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce la vida. Después vuelve á apretar hasta que concluye todo. Cuando pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos llaman falsas mejoras. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina logró expulsar algo de las falsas membranas que se le habían formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus ojos. Movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió á cubrirla y á arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se había desabrigado. Cuando Monina vió á León, gimió con ese lloro displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna persona al lado de su madre ó de la enfermera que los cuida.
Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros sentimientos de la criatura en la tierra.
«Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de aquí, bribón.»
Se oyó un débil gemido que decía:
«Bibón.
—Vete, vete... Voy á castigarle. Hija mía, escupe.»
Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, cerrados los ojos, movió los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía: «Más, más, más.»
Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando les están enseñando un libro de estampas, ó pintando muñecos, ó haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fué que extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden. Era un ademán de gracia que en aquel momento era un gesto trágico. Transcurrido un minuto, reapareció con más fuerza la tos seca y metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre niña y el alarido agudo, semejante el canto de un gallo. El que oye aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La niña se ahogaba, se moría. Pepa dió un grito y cayó al suelo sin sentido.
La llevaron á su habitación. León se quedó junto á la niña. ¡Cuántas cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por entero su alma, como si la pobre Monina representara todo la que el mundo contiene de risueño é interesante. Después de la muerte de su padre no había notado él que su espíritu se aferrase tan fuertemente á un sér querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la madre ni con el padre de Monina, y sin embargo, sentía lo mismo que si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo, íntimamente suyo. Sin duda la madre y la hija se confundían en aquel sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma, no dejándole hueco para ningún otro sentimiento.
Pocos meses antes del ataque de crup había intimado con Monina, entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas á la Mahonesa y á casa de Schropp[A]. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres graves sólo por ir al palacio de Fúcar á jugar con la chiquilla. ¡Era tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente y expresiva su media lengua sin gramática!... hacía observaciones tan agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad y dulzura... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es capaz un hombre con barbas; habíala paseado en sus brazos; había intentado enseñarla á bien decir, á hacer limosnas, á perdonar las ofensas, á compadecer á los pobres, á no castigar á los animales, á obedecer á su mamá, á responder derechamente á las preguntas, á no llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado á verla sonreir, y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces? Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por su abuela materna la difunta Marquesa de Fúcar. Poco á su madre se parecía porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín, toda seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado, inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el lenguaje), seducía. Y si le entraba la comezón de no estar quieta en ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los ojos mareados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras en sus mejillas; la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con que los niños asustan á los sabios.
[A] Bazar de juguetes que ya no existe.
¡Qué espantosa transformación! El término de un día había bastado para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no quedaría en la tierra más que un objeto marchito un envoltorio ajado y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea atormentaba á León de tal modo, que no podía resignarse á ella. No, Monina no debía morir: á él le hacía falta aquella preciosa vida. ¿Por qué? No sabía por qué; sólo sabía que en lo más íntimo de su sér había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del cual tiraba Ramona al quererse partir para el cielo. Días antes, el tal sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin consecuencias; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces, que si se rompían, ¡ay! arrancarían un pedazo muy grande de su alma.
Pasados unos minutos de meditación, habló con el médico. La invasión de la difteritis traqueal era tan violenta, que no había esperanzas de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo. Atento á cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vió que el resultado era nulo.
«¿No hay otra cosa?—dijo León, que parecía un muerto.
—El mercurio en fricciones.»
Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados, ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las últimas palpitaciones de aquella vida preciosa, y previniendo la sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños, agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocía en su semblante el heróico esfuerzo que necesitaba desarrollar para que su dolor de madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna, toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno, que á veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite, á veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música, como un lenguaje, como un soliloquio en sueños.
Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante. Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los corazones mujían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia habitaba el palacio llenándolo todo. Llenábalo también el olor de la cera ardiendo delante de los santos y de la Virgen. La nena de la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos á la garganta para arrancarse aquello. Iba quedando fatigada, inerte, vencida en la desesperante lucha; su cabeza hacía un triste hoyo en la almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas no empuñaban la sábana para hacerla trizas. ¡Si al menos el infame verdugo la dejara morir tranquila...! Pero no: aún aflojó la soga para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina murmuró: «Más.
—Sueña que le estás dibujando muñecos,»—dijo Pepa, que oprimiendo el pañuelo contra su boca como quien se aplica una mordaza, dejaba sus lágrimas correr á chorros por entre los dedos.
Monina llamó á Tachana, una niña con quien jugaba diariamente. Después nombró á Guru, hijo, como Tachana, del administrador de Suertebella.
Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador.
«¡Se muere, se muere!»
Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos. Presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos á su propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el movimiento natural, primario, instintivo de la abnegación, queriendo apropiarse el mal del sér amado. Quisieron retirarla de allí; pero no fué posible arrancarla de la cabecera del lecho.
Acercóse León al médico, y le dijo al oído:
«¿Por qué no intenta usted la operación de la traqueotomía?»
Moreno Rubio repuso con voz sepulcral:
«En esta edad es casi un asesinato.
—Conviene intentarlo todo, hasta el asesinato.»
Parecían dos espectros secreteando al borde de sus tumbas.
«¿Usted lo quiere?
—Lo quiero.
—Consultemos á la madre.
—No es preciso: yo lo mando.»
Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las cortinas del lecho, donde había una mesa.
«¡Hija de mi corazón!—exclamó Pepa.—¿Por qué te mueres?... ¿por qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh! Dios mío, Virgen de los Dolores, ¿por qué me quitáis á mi niña, lo único que tengo?... ¡Monina, Mona!...»
Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el médico; no vió que tras de las cortinas brillaba un acero, una herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo.
«¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame!»
Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del dolor que da á la madre las convulsiones de la euménide.
«¡Monina, paloma, niña mía!—prosiguió.—Yo me muero contigo; yo no quiero que te separes de mí.»
Y al besarla parecía que quería devorarla.
«Pepa—le dijo León,—vamos á intentar lo último... no te asustes...
—¡Mi hija está muerta, muerta!»
Como si quisiera responderle, Monina dió un violento salto, y en un acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso.
«¡Si se enfría, si está helada el alma mía...!—gritó Pepa.—Doctor, doctor.»
Moreno acudió prontamente.
«Helada no—dijo León tocando á la niña.—Al contrario, parece que suda.
—¡Suda!» murmuró Moreno después de una larga pausa.
Sus manos tentaban á la moribunda, y su mirada perspicaz, acostumbrada á leer las oscilaciones de la vida, se clavaba en aquélla, que después de oscilar se detenía, sin duda para extinguirse en calma.
«Suda,—volvió á decir León.
—Suda,» repitió Pepa con un rugido.
Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres corazones. Pero no era posible, no.
«Abrigarla bien,» dijo Moreno brusca, imperiosamente, con voz de piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener, soltó un terno terrible.
Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza.
León y Pepa miraban á Moreno; pero no se atrevían á preguntarle nada. Más valía dudar, que es algo parecido á esperar. El semblante del médico no indicaba nada claramente, á no ser un vago dudar también.
«¿Sigue sudando?
—¡Oh! Sí.
—¡Sí!
—¡Sigue!
—¡Ahora más!»
Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella dependiera la continuación ó la ruína del universo existente.
«¿Pero esto no es un síntoma favorable?—dijo al fin León.
—Favorable es; pero aún...
—Ayudemos á la Naturaleza,—dijo Pepa.
—Ella no necesita de nuestra ayuda en el caso presente...
—Pero...
—¿Será posible que...?
—¿Doctor...?
—Todavía nada, nada.
—¡Suda más!
—¡Más!
—¡Hija de mi alma!... ¡Oh! Si vivieras...»
Detrás de la silla en que estaba Pepa, había una imagen de la Virgen Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dió un salto, se arrodilló, se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle, Moreno acercó sus labios al oído de León y le dijo:
«Si la acción detersiva sigue y llega á tomar importancia, es posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada á Pepa.
—¡Cuatro probabilidades!...—pensó Roch.—Ya es algo... El corazón me dice...»
Y todo su interior se sacudía con un palpitar loco, frenético. Toda la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo, de un soplo.
Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte á otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo, un como giro total en los inmensos círculos del Universo. Los dos hombres estaban ansiosos, no abatidos.
«¿Qué hay?—dijo la madre.
—Esperanza,—replicó León sin poderse contener.
—Poca,» balbució Moreno.
Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente gratitud.
«No, señora, no tenga usted grandes esperanzas—dijo el médico.—Esta reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa mejoría como antes... Retírese usted á descansar un momento.
—¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salva!
—Todavía...
—Suda más,—murmuró Pepa con los ojos tan abiertos, que más parecía aterrada que alegre.
—Sí: suda, y mucho.
—¡Muchísimo!—exclamó la madre, cuya imaginación sobrexcitada agrandaba el fenómeno sudorífico de tal modo, que la humedad de la piel de Monina le parecía un río.—¡Si Dios quisiera, si Dios quisiera conservarme mi tesoro!...
Y se arrodilló junto á la cama. Extendía sobre la niña sus manos sin atreverse á tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su respiración empezaba á suavizarse.
«¿Será posible?... Doctor...
—Nada, nada—declaró el inflexible Moreno.—La esperanza es muy exigua todavía. Veremos si sigue...
—¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre sola! León, ¿qué opinas tú?
—¡Yo!... no sé—replicó León con ansia.—No sé... parece que me dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una corazonada... Quién sabe... quién sabe... es posible...»
Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría.
«¡Oh! ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... Y si nos engañáramos... y si nos equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía! ¿por qué me dais esperanza, si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi vida, de mi casa, de mi alma?»
Dió varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente, que no sabe qué hacer.
«Recemos, recemos—dijo al fin.—La Virgen me ha oído... Le rogaré más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León; ¿por qué no rezas tú también?
—También rezo,—replicó León inclinando la frente.
—¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será oído. ¿De qué modo rezas tú?»
Y tomándole el brazo le impulsó con energía hacia la imagen iluminada. En aquellos momentos de frenesí, la fuerza muscular de Pepa era prodigiosa.
«Como tú quieras,» dijo León, que no era dueño de sí mismo.
Él no se dió cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla en tierra, de cómo alzó los ojos exclamando con voz conmovida: «Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!»
¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae de rodillas y reza á su modo!... Voy creyendo que es tontería contar estas cosas que nada tienen de particular.
V
La madre.
¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, transcurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande, que parecía tocada de locura; llorando reía, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes, anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; á veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.
Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia, que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del cielo. Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así:
«Ya es hora de poder decir algo positivo.
—¿Sí?
—Mi hija...
—Pues la niña—añadió el médico estrechando la mano de Pepa,—está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica, obrando sobre la mucosa, nos ha devuelto la joya que creíamos perdida.»
Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.
«No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza, y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, ó mejor dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.»
Después de dar breves instrucciones, se retiró. Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso á rezar, estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vió á Pepa junto á él.
«¡Qué día y qué noche has pasado!—le dijo ésta.—Horas de ansiedad, de muerte, y después de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya...
—Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no puedo explicarme. Paréceme una aberración, una locura.
—¡Locura!... eso no. Yo quiero que ames á mi hija. Mira, León: si vivo mil años no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidaré será aquel momento, que fué el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego.
—No sé qué dices.
—Ni yo tampoco—replicó la de Fúcar inclinándose hacia León.—Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración ó desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo á mi hija?... ¿es verdad que conservo á este ángel para que me acompañe en mi soledad?»
Miró á la niña, y acercándose despacio la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, éste pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.
«Estás muy excitada—le dijo.—Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre! Has padecido mucho desde anteanoche.
—Mucho—repitió Pepa.—He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.
—Cálmate... tienes calentura.
—Pues como te decía—indicó la dama pasando bruscamente de una indecisión sombría á una claridad sonriente,—no olvidaré jamás aquellas palabras... «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo.» ¡Lo que más amas en el mundo!»
León bajó los ojos.
«Yo agradezco mucho que quieras á mi hija de ese modo—dijo Pepa pronta á llorar.—Al fin no soy yo sola quien la quiere... Eres un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que...»
Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. El no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas, y callaba torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra.
Un sentimiento de dignidad ó de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Esto es un escándalo!»
«Pepa—dijo León estrechándole cariñosamente una mano.—Tu niña se ha salvado. Yo me retiro.»
En aquel momento sorprendióles una voz fresca, argentina, angelical, una voz del cielo que gritaba: «Mama, mama...»
Pepa se la comió á besos. Monina resucitaba, pedía chicha (carne), melutita (merluza), bichichi (roast-beef), cayamelo (caramelos), panimiteca (pan y manteca), todo junto, todo á un tiempo, todo en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más nombres, pedía cosas. Con esta palabra compendian los niños su insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y de su gula.
VI
El Marqués de Fúcar recibe nuevos favores del Cielo.
Desde entonces la enfermedad de Ramona no ofreció cuidado, y conocido en Madrid el buen término de ella, llenóse el palacio de amigos que corrían á felicitar como antes habían ido á compadecer. Hay gentes que viven así, felicitando y compadeciendo todo el año, y que se morirían de tedio si no hubiera muertes y bautizos, carruajes y tarjetas.
León partió á Madrid cuando los blasonados coches empezaban á entrar en el parque de Suertebella. A medio camino volvió para advertir que no olvidara de dar á la convaleciente una medicina que ordenó el médico. Esto le inquietaba tanto, que en todo el día no cesaba de decir para sí: «¡Si la levantarán antes de tiempo... si no la abrigarán... si echarán demasiado cloral en el jarabe... si le darán golosinas...» Aquella tarde despachó en su casa varios asuntos, hizo luego algunas visitas indispensables, y por la noche se retiró temprano. No vió á su mujer, ni su mujer hizo por verle á él. A la mañana siguiente tomó el camino de Suertebella, donde una grata sorpresa le esperaba. El Marqués de Fúcar acababa de llegar, acompañado de un ilustre extranjero, el Barón de Soligny, el gran Fúcar de la nación vecina; hombre que andaba olfateando las naciones en busca de esos negocios enormes, fáciles, que nacen más espontánea y frondosamente en el seno de los pueblos desgraciados. Del mismo modo crecen ciertos árboles en los terrenos muy cargados de basura. No tardaría en venir de Madrid el Sr. D. Joaquín Onésimo, ya Marqués de Onésimo, llamado á toda prisa por Fúcar para conferenciar sobre el proyectado empréstito nacional.
León encontró al Marqués muy pensativo y un si es no es preocupado, vacilando entre la tristeza y la alegría, cosa difícil de explicar, porque los negocios más arduos no alteraban jamás la pasta dulce y blanda de aquel carácter enteramente mundano. Al hablarle de la enfermedad de Monina y de su milagrosa curación, D. Pedro, que amaba entrañablemente á su nieta, se mostró muy gozoso; después miró al suelo, frunciendo ligeramente el ceño, se sonrió un poco, volvió á ponerse grave, y tomando á León del brazo y llevándole á otro aposento, le dijo:
«Hay que preparar á Pepilla para una mala noticia.
—¿Mala noticia?
—Sí; y digo mala por... qué sé yo por qué. Realmente, la noticia de una muerte, quienquiera que el difunto sea, es una noticia deplorable.»
Y el Marqués revolvió sus bolsillos llenos de papeles, sobres de cartas, tarjetas, todo cubierto de números trazados rápidamente con lápiz en el vagón, en el hotel, en el coche.
—Aquí está el parte... Es un acontecimiento terrible: el naufragio de un vapor americano entre Puerto Cabello y Savanilla... Los periódicos de aquí no han dicho nada todavía; pero mi corresponsal de la Habana... ¿Ves el telegrama?... vapor City of Tampico.»
León palideció al leer.
«De modo que Pepa...
—Pst... silencio... Puede oir, y no está preparada. Efectivamente, mi hija se ha quedado viuda.»
León Roch estaba perplejo.
«Aquí, en confianza de amigos—dijo Don Pedro acercando sus labios al oído del joven para hablarle secretamente,—aparte de lo lamentable de la catástrofe, es una suerte, para mi hija y para mí. Si Federico vuelve á Europa, acaba con ella y conmigo. Parece que Dios ha querido resolver de un modo trágico y brusco la situación comprometida en que mi querida hija se puso y me puso á mí casándose con ese perdido, jugador, falsario. Aquí tienes un capricho de la niña que á todos nos salió muy caro. Mira, León, hazme el favor de cerrar esa puerta para que podamos hablar con libertad: me carga el secreteo.»
León cerró la puerta.
«Usted—dijo éste,—es el más á propósito para darle la noticia.
—No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño... será más bien una sorpresa dolorosa... menos tal vez. Aquí entre los dos (y diciendo esto bajó mucho la voz, á pesar de estar la puerta cerrada), yo creo que Pepa quiere á su marido lo menos que se puede querer á un marido: ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto á nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón... Pepitinilla no derramará muchas lágrimas... ¡qué demonio! es muy posible que no derrame ninguna...»
El Marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que remataba un gran negocio. ¡Ah! la Hacienda pública temblaba en lo profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos.
«Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para mí—repitió cual si hablara consigo mismo.—La Providencia nos ha salvado... ¡Ah! ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid, sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de la Habana. No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de Fergusson Brothers, sino que cuando te enviamos á Cuba aún abusaste de mi nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no consiente que los pillos...»
Con un puño cerrado machacaba en la otra mano abierta. Después, como si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad humana y la caridad, dijo:
«Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón. Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios de esos buques americanos! Después que los hacen de madera, tienen la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el incendio y naufragio del City of Tampico no se salvaron más que dos grumetes y un cuákero loco. Federico se había embarcado en él para ir á Colón con objeto de pasar á California, tierra propicia á los aventureros; había sacado de la Habana todos los fondos que tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales pasos! Luego diréis los librepensadores que Dios es demasiado grande para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo que se mezcla, ea... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios esté siempre atento á tanta cosilla como se le pide. Ya ves, mi hija llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se expidieron memoriales á todos los santos. Ya tendrían faena los de arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose ó tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas... ¡oh!...»
León no quiso decir nada sobre aquella donosa interpretación de los trabajos de la Providencia.
«En fin—añadió Fúcar,—bastante ha deshonrado mi nombre, bastante ha mortificado á la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera, séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca he podido comprender, que siempre, siempre, siempre será un misterio para mí.
—Lo adivino—indicó León prontamente.—El por qué se casó Pepa con Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, sensibilidad. Federico fué siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma.
—Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal á mi hija. Pepa ha variado mucho: lo que yo no supe hacer, lo ha hecho la desgracia. Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... ¡Pero qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de su espíritu rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí como el Evangelio. Mi hija casada con un hombre de bien, discreto, agradable, á quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres...
—Lo creo,—dijo León poniéndose sombrío.
—Y al considerar esto—añadió Fúcar cruzando los brazos sobre el pecho,—me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso...
—Seguramente.
—Pues á pesar de eso no me explico... En Pepilla no hubo esa ilusión, esa fascinación... ¿cómo decirlo?... A mí me pareció muy mal su preferencia; pero no quise oponerme, no tuve valor para oponerme. Siempre he tenido esa debilidad... Cuando Pepa era niña, me daba latigazos y yo me reía. Ya siendo mujer, me gastaba un millón en cacharros, y yo... me reía también. Cuando Federico me pidió su mano, cuando la consulté sobre esto y me dijo que aceptaba... no tuve gana de reir; pero consentí, ¡qué había de hacer! La verdad es que Pepa no me pareció muy enamorada; pero... En fin, que se casaron en un día infausto. Me gasté más de cien mil duros en la boda. ¡Qué día! Por las calamidades que cayeron después sobre mi, paréceme que en aquel día negro se casó todo el género humano. Mi pobre hijita fué desgraciada desde entonces. Diríase que la infeliz estaba devorada interiormente por un mal muy agudo, un mal moral, un mal físico, un mal de no sé qué clase. Entróle un delirio espantoso por las fiestas, por el lujo... ¡qué desvarío! ¡qué muchachas las del día! Se casan para divertirse más, para gastar más, para aturdirse más. Lo particular es que ni aun en los días de la luna de miel ví á Pepa cariñosa con su marido. «Eso es casarse con un maniquí,» decía yo. A veces estaba mi hija taciturna, á veces borracha... no encuentro otra palabra, borracha de fiestas, de bailes, de novedades, de vestidos. Todos los días necesitaba algo nuevo; pero ni las maravillas de Las mil y una noches hubieran vencido su tristeza. ¡Pobre niña loca!... Por supuesto, de Federico no hacía más caso que de una silla. Le trataba como se trataría á un idiota. Amigo León, éste es un mundo muy raro. Debiéramos decir de él que es un valle de equivocaciones.
—Lo cual no niega, sino antes bien afirma, que sea un valle de lágrimas.
—Exactamente. Pues como decía, llegué á preocuparme seriamente de la salud y aun de la razón de mi Pepilla. Felizmente fué madre, y de la maternidad data su regeneración. Dejó de ser casquivana y gastadora... Se consagró al cuidado de su hija y adquirió aquel aplomo, aquella noble majestad... no hallo otra palabra mejor... aquella noble majestad que ves en ella. Precisamente cuando mi hija fué madre, empezó Cimarra á ser el más canalla de los hombres. Tú sabes, como lo sabe todo Madrid, sus infamias, sus estafas, sus escándalos. Ese gandul me ha quitado diez años de vida. ¡Cuántas lágrimas ha derramado mi pobre niña aquí, en este mismo despacho! Cuántas veces me ha dicho: «¡Perdón, perdón, papaito, por haberte dado por hijo á ese bandido! Yo estaba loca, yo no sabía lo que hacía.» Mi yerno me arruinaba; pero mi hija me daba besos y me pedía perdón. «Váyase lo uno por lo otro,» decía yo... En fin, todo ha concluído... Dios... la Providencia... Es preciso que tú la prepares para recibir la noticia.
—¿Yo?
—Sí: tú tienes arte... Yo no sabría sino llegar y decirle: «Pepa, tu marido se murió...» Tú vas, coges un periódico y haces como que lees y dices: «¡Qué espantoso naufragio!»
—Yo no, yo no. Permítame usted que no hable de naufragios. Eso corresponde á usted ó á otra persona de la familia.
—Hombre, hazme el favor... Tú eres amigo antiguo.»
Abrióse la puerta bruscamente y entró Pepa con alborozado semblante y fresca sonrisa. León Roch tembló al verla, creyendo hallar en su persona una hermosura superior, que instantáneamente se le revelaba, causándole alegría. Era un fenómeno de júbilo y sorpresa, como los que causa el recuerdo feliz cuando viene á la memoria, ó la idea inspirada cuando aparece en el entendimiento, llenándolo de claridad. La miró un rato sin hablar, y... no podía dudarlo... aparecía rodeada de una aureola; no era la misma para él: sus insignificantes facciones, sin cambio alguno visible, se acomodaban por arte milagroso al tipo indeciso de la mujer ideal.
«A tiempo vienes, Pepitinilla.
—Papá—dijo la Marquesita,—Monina se ha despertado. Ven á verla. Buenos días, León.
—Mira, chica, León tiene que hablarte... quiere leerte no sé qué periódico donde ha visto...
—Es broma de D. Pedro. Yo no he leído nada...
—¡Qué día tan hermoso!—dijo Pepa acercándose á la ventana, por donde entraba un sol espléndido.—Mira, León: ¿ves allí entre los árboles un techo?... Es la casilla de que te hablé. No sabes, papá: este ladrón anda buscando un lugar solitario para retirarse de las vanidades del mundo. Yo le he recomendado la casa de Trompeta, ¿sabes? allí donde vivió el cura de Polvoranca.
—Es hermosa, sí... á dos pasos de casa... ¿De veras te vienes á estos barrios?... Realmente, chico, si buscas un escondrijo para dedicarte á roer libros...
—No sé aún, no he decidido—dijo León mirando con estupor el techo que allá á lo lejos, entre los árboles, se veía.—Pero vamos á ver á Mona.
—Vamos.»
Pepa salió delante.
«¿Con que está mi hombre aburridito?—dijo Fúcar al joven en tono de confianza jovial, poniéndole la mano en el hombro.—Ya sé que tu mujer... ¡Deplorables resultados de la exageración! Y si no, ahí tienes: la piedad es una virtud; pero exagérala, ¿y qué resulta? el horror de los horrores.»
Y más adelante, apoyado en su brazo, le dijo al oído:
«Lo mismo que tu mujer era mi pobre Ramona... No se la podía aguantar... Pero, hijo, la infidelidad con Dios hay que tolerarla, hay que perdonarla. Yo pregunto: ¿qué puede hacer un hombre en este tremendo, irresoluble caso? Cuando una esposa es honrada y fiel, no hay motivo, ni siquiera pretexto razonable en nuestra sociedad, para la separación... Te compadezco. Acuérdate de lo dicho: esto es un vallecito de equivocaciones.»
Poco después salió León de la casa. Iba tan metido en sí, que no saludó á D. Joaquín Onésimo que paseaba por el parque con el Barón de Soligny, hablando del próximo empréstito con la grave atención que ciertas personas ponen en las calamidades públicas. En Madrid dejó su coche para andar á pie por las calles, y recorrió varias como un sonámbulo, sin ver ni oir nada más que aquella sonora voz interior que le decía: «¡Viuda!»
VII
Erunt duo in carne una.
Pasaron algunos días, durante los cuales no fué á Suertebella sino una sola vez, á dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando completamente de mano á los estudios, no se ocupaba de sus libros más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia á círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno, insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario. Hablaba tan sólo de un viaje sin decir á dónde, de una ausencia larga, y si otro tema á su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y amargura, modos bien distintos de aquélla su antigua manera grave y elevada de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas. Una noche (empezaba ya el mes de Abril) entró en su casa después de las once. Abrióle la puerta el ayuda de cámara.
«¿Por qué no me abrió la puerta Felipe, como de costumbre?—preguntó León.
—Felipe ya no está en casa, señor.
—¿Pues dónde está?
—La señora lo ha despedido.
—¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura?
—La señora se enfadó porque no quiso ir á confesar.
—¿Y tú te has confesado?
—Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto. Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso, Ventura el cochero tiene un amigo sacristán, que le da todas las papeletas que quiere, y así contenta á la señora, y haciéndole creer que va al confesonario, se va por ahí de jolgorio... Si no fuera por el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la tarde, en vez de dejarle salir á paseo le manden á la doctrina... Mi mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana, cuando despidió á Felipe, determinó dar á otro su plaza. Yo creí que colocaría á mi hermano Ramón. Pero no: la señora escribió una carta á los de San Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo, colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato y negro, carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así como entre hombre y mujer. La señora dice que yo pasaré á hacer el servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que el Sr. Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy portero, vigilante de los demás criados y mayordomo.
—Tú estás en babia. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa?
—Mayordomo. La señora lo dispuso así, y el de los faldones largos se reía y nos miraba con sus ojos de besugo como diciéndonos: «Ya os pondremos las peras á cuarto.» Después nos echó un sermoncillo, y poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho, nos llamó hermanos; aseguró que nos quería mucho.
—¿Está en el oratorio la señora?—preguntó León levantándose.
—Creo que está en su cuarto.»
Entró León en el cuarto de su mujer, y la halló conversando con Doña Perfecta, amiga de confianza que solía acompañarla por las noches. Sobrecogióse esta venerable dueña al ver entrar al marido de su amiga, comprendiendo con delicado instinto que se preparaba una escena, y se despidió. Cuando se quedaron solos, el marido habló á su mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos:
«María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe?
—Es cierto.
—Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tomado cariño á ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre, porque siempre que aquí venía se quedaba extasiado delante de mis libros.
—A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada á despedirle,—dijo María secamente.
—Pues qué, ¿te ha faltado al respeto?
—De un modo horrible. Hace mucho tiempo que le obligo á confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco éste, y el muy tuno, en vez de llorar, volvióse á mí y me dijo con mucho descaro: «Señora, déjeme usted en paz; yo no quiero nada con cuervos.»
—¡Pobre Felipe! En cambio—añadió León sin dejar conocer su intento,—ha entrado en la casa un señor muy venerable...
—¡Ah! Sí... el señor Pomares. Estaba esperando á que llegaras esta noche para obtener tu consentimiento. Es un hombre de grandísima bondad y delicadeza, que de todo entiende...
—Lo creo.
—Que puede él solo trabajar más que dos ó tres de esos desalmados bergantes. Es persona de absoluta confianza, y á quien puede confiarse sin recelo casa, intereses, asuntos delicados.
—Quiero verle. Llámale.»
María llamó, y no pasaron cinco minutos sin que se presentase el personaje de los ojos dulzones y la carátula arrebolada, tal y como fielmente le pintó el ayuda de cámara. Contemplóle un rato León de pies á cabeza, y después le dijo reposadamente:
«Bien, señor Pomares. Voy á dar á usted mis primeras órdenes.
—¿Qué me manda el señor?—dijo el novel mayordomo con meliflua voz y arqueando las cejas.
—Que se plante inmediatamente en la calle.
—¡León!—exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su marido.
—¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y sin pérdida de tiempo se va usted de mi casa.
—La señora me ha mandado venir y estar aquí,—repuso el venerable con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de la señora.
—Yo soy el amo de mi casa y le mando á usted que se vaya—dijo León en un tono que no tenía réplica.—Advirtiéndole á usted que si vuelve á poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta, sino por la ventana.»
El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia, y desapareció.
«¡Dios mío!—murmuró María cruzando las manos.—¡Qué vergüenza! Tratar así á un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable...
—Desde este momento—dijo León encarándose enérgicamente con su mujer,—todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de tener que intervenir en tus actos, para sacarte de grado ó por fuerza de esta vida ridícula y obscura en que has caído, y curarte como se cura á los locos, ausentándote de todo lo que ha constituído tu locura. Mi benignidad nos ha perjudicado á los dos; ahora mi energía, que llegará quizás hasta el despotismo (y no es culpa mía), enderezará un poco esta senda torcida por donde corres.
—Resignada á padecer—dijo María con unción postiza y mimosa,—acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún arrancarme mi fe?
—Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero arrancar, ¡ay de mí!...»
Se detuvo, como si realmente no supiese lo que deseaba. María estaba serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía desasosegado y vacilante en su papel de verdugo.
«Esta noche no quiero discutir contigo—dijo.—Durante mucho tiempo hemos batallado sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname si no te explico nada y te asusto mucho, si en vez de persuadir mando, si en vez de disputar contigo te niego toda réplica.
—¿Qué quieres? Dilo de una vez.
—Yo necesito ausentarme de Madrid.
—¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos, de tertulias ateas? ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir á un yermo, sino á París, á Londres, á Alemania.
—Tú me has abandonado—exclamó León con dolor;—tú has huído de mí, y encastillada en tu perfección chabacana, has destruido lo que debía ser el encanto y la paz de mi vida; me has hecho odiosa mi propia casa.»
María se estremeció.
«Pues bien—añadió León con extraordinaria energía:—ya me he cansado de no tener casa, y estoy resuelto á tenerla.
—¿Pues no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre,—dijo María tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase.
—¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un sér desapacible y erizado de púas. De aquí en adelante...
—Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación me da serenidad, y á tí tu soberbia de tirano te hace vacilar y palidecer á cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres?
—Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible.
—¿Qué te pasa?
—Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor en mi propia casa; estoy sin familia, porque la compañera de mi vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto en un sudario de hielo. Ella en los delirios de su fe extravagante, y yo en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida; yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él.
—¿Por qué no estudias aquí?
—¿Aquí?—exclamó León asombrado de la propuesta.—Aquí no puede ser. Ya te he dicho que necesito emigrar.
—No te comprendo.
—Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me comprenderá, quién!»
Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo, no hizo las observaciones impertinentes que le eran propias en semejantes casos. Por último, se dejó decir:
«Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me molestarás á mí en mis devociones, ni yo á tí en tus sabidurías. Seremos dos cenobitas: yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo.
—¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino familia; no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente, recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar cuando me casé contigo, ¿lo entiendes?
—Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas familia te sea preciso salir de Madrid.
—Y salir contigo.
—¡Conmigo!
—Tu deber es seguirme.
—¡San Antonio! Si apelas á mi deber...—balbució María con resignación artificiosa.—¿Y á dónde me llevas?
—A donde quieras tú. Una vez establecidos en el sitio que elijamos para residencia, tu vida cambiará por completo.
—Veamos cómo.
—Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te prohibiré ir á la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará una nube de clérigos y santurrones como los que aquí la han tomado por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de farsas ridículas.
—Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?...—indicó María Egipciaca con sarcasmo.
—Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y la separación absoluta y radical para toda la vida.»
María palideció.
«Eres atroz... eres terrible... déjame siquiera reflexionar un poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid?
—Sí; fuera. Elige tú el sitio.
—Vamos, no me vuelvas loca con tus majaderías—dijo de improviso, tomándolo á burla.—Yo no salgo de Madrid.
—Pues adiós—dijo León levantándose.—Desde hoy eres dueña de esta casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará á conocer la renta que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gusta la concisión y la prontitud. Todo ha concluído.»
Dió algunos pasos hacia la puerta.
«Aguarda,» indicó María corriendo hacia él. Y después, arrepentida de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos traicioneros.
«Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo hacer...»
León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera á una inspiración, él se acercó á ella y le tomó la mano con respetuoso afecto, diciéndole:
«María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada? ¿No soy capaz de despertar en tí ni siquiera una idea, ni siquiera un eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en tí hasta el último y más débil sentimiento? ¿ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿ha apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber?»
María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una visión interior.
«Respóndeme á la última pregunta. ¿Ya no me amas?»
María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo con despacioso y seco tono:
«Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no.»
Bajó León los ojos sin decir nada y se retiró á su cuarto. Toda la noche estuvo en vela arreglando sus asuntos y empaquetando libros, ropa y papeles. Al día siguiente salió, después de echar sobre la casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí: era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero despiadado se la arrancó y la tiró lejos.
VIII
En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros.
Resucitan Alarico, Atila, Omar.
«Date prisa, Facunda, que el Sr. D. León vendrá pronto de su paseo á caballo, y se incomodará si no encuentra arreglado el gabinete... ¡Pero quiá! si no se incomoda nunca... Hombre mejor no ha nacido de mujer. «¿Cómo va, Facunda; ha echado usted de comer á las gallinas? ¿Y el Sr. Trompeta, cómo está?»—«Pues vamos pasando, Sr. D. León.» Esto es lo único que hablamos... ¡Bah, bah!... Y Trompeta me porfiaba ayer que aquí hay al pie de doscientos libros. Y también dos mil... El Sr. D. León Roch (y repito que este apellido me parece mismamente un estornudo... apellido ordinario, como el nuestro)... pues sí, siempre que va á Madrid, trae el coche lleno de libros, y después hace estas láminas. «Pero, Sr. D. León, ¿usted me quiere decir para qué sirve esto?» Rayas encarnadas y verdes, manchas y fajas de todos colores... A bien que si yo supiera leer me enteraría de todo ello, pues se me alcanza que aquí al borde hay letras y hasta renglones... Pero date prisa, mujer... Facunda, ¿qué haces ahí como una boba? date prisa á barrer y quitar el polvo; que viene, que viene el señor... Ahora, Facundita, bájate á la cocina y cómete la magra que dejaste en la sartén. Luego tomarás un poco el sol.»
La que así hablaba era Facunda Trompeta, que tenía la costumbre de hablar consigo misma siempre que estaba sola, y de llamarse por su nombre y de reprenderse ó adularse. Siempre empleaba el gesto y los visajes para estas auto-conversaciones, y algunas veces la palabra. Era bienaventurada esposa de un honradísimo carbonero de Madrid llamado José Trompeta, que habiendo hecho modesta fortuna en tiempos en que aún se hacían fortunas con carbón, se retiró á Carabanchel á pasar tranquilamente el resto de sus días. Habían comprado una casa en cuya planta baja vivían, reservando la superior para alquilarla por buen dinero á alguna de las prolíficas familias madrileñas que van allí huyendo de la tos ferina ó del sarampión. A principios de Abril la arrendó un caballero que frecuentaba el palacio de Suertebella, y parecía muy bien educado, aunque se reía poco y hablaba lo menos posible.
La habitación de León era una gran pieza que parecía la celda de un prior, espaciosa, alta, ventilada, tal como no se hallan ya sino en las casas antiguas. Por las ventanas del Naciente veíase á lo lejos la pomposa arboleda de Vista-Alegre y más cerca el parque de Suertebella, cuya vaquería se comunicaba por medio de un portalón, casi siempre abierto, con la corraliza de la finca de Trompeta. Por el Poniente se dominaba el pintoresco camino de Carabanchel Alto, con la Montija, y los términos azulados y las verdes lomas de aquellos campos, que de Marzo á Junio no carecen de belleza.
Junto á la gran estancia, que era sala, despacho y gabinete de estudio, había una alcoba y dos cuartos pequeños. En uno de éstos habitaba el criado. Pocos y cómodos muebles traídos de Madrid, muchos libros, piedras, láminas, atlas, mesa de dibujo con adminículos de acuarela y lavado, un microscopio, algunas herramientas de geólogo y los más sencillos aparatos químicos para el análisis por la vía húmeda y por el soplete, llenaban la vasta celda.
«Ea, ya tiene usted su cuarto arreglado, señor D. León—dijo Facunda sentándose sin aliento en el sillón de estudio.—Ya puede usted venir cuando quiera. No se quejará de que le he revuelto estas baratijas.»
Como se ve, la excelente señora, cuando estaba sola, además de hablar consigo misma, hablaba con los demás.
«Y dígame usted, Sr. D. León, ¿es cierto que antes iba usted á comer muy á menudo á Suertebella? Aunque ahora va usted muy poco allá, me parece que le gusta más de la cuenta la señorita Marquesa... Como es tan rica, no importa que no sea guapa... Ahora no va usted al palacio por aquello de respetar el luto. Conozco yo bien á mi gente...»
Y Facunda, no sólo hablaba con los demás, sino que se figuraba oir á sus interlocutores. A más de discursos, había discusión.
«¿Con que digo disparates?... ¿Con que no es cierto que le gusta á usted la Marquesita?... Y esos mimos á la nena, ¿qué significan?... Ya; usted qué ha de decir... ¡San Blas! Si no fuera usted casado... Pero entre la gente grande no hay escrúpulos. Díganmelo á mí que he servido veinte años á una señora condesa, y he visto unas cosas... ¿Pero qué haces aquí, Facunda, hecha una boba? Despabílate... piernas al aire... No has puesto el puchero todavía... ¡Oh! ¿Qué ruido es ese? ¿Quién viene?»
«Oíanse risotadas infantiles y un delicioso traqueteo de piececitos en la escalera. Eran Monina, Tachana y Guru, que después de corretear por el parque, pasaron á la vaquería, de ésta á la corraliza de Trompeta, y una vez allí decidieron hacer una excursión en toda regla por los dominios altos de la casa. El aya de Monina les acompañaba. Sabemos quién era Monina; pero no conocemos á esos dos personajes que se nombran Tachana y Guru. La primera tenía tres años y era hija del administrador de Suertebella, Catalina de nombre, de rostro lindísimo, muy reservadita y poco traviesa. Acompañaba en sus juegos á Ramona, y aunque regañaban tres veces en cada hora, acometiéndose algunas con mujeril coraje, eran buenas amigas y cada cual lloraba siempre que se hacían demostraciones de castigar á la otra. Se comprenderá fácilmente cómo en las transformaciones lexicológicas que sufren los nombres en boca de los niños, pudo Catalina ó Catana llegar á llamarse Tachana; lo que no se comprenderá aunque pongan mano en ello todos los lingüistas del mundo, es cómo un chico nombrado Lorenzo llegó á llamarse Guru en boca de Monina; pero así era, y hemos visto casos más raros todavía de corrupción de vocablos. Guru rayaba en los seis años y era hermano de Tachana, formalito como aquélla, estudioso como pocos, apuesto y gallardo chico que ya tenía sus novias, su reloj, gabán ruso, bastón, y llamaba á las niñas chicas.
«Señora Facunda—dijo desde abajo la voz del aya,—ahí va la langosta. Cuidado no destrocen algo.»
Entraron en tropel, Monina saltando, Tachana pavoneándose con un pañuelo que se había puesto por cola, y el atildado Guru echándoselas de padre maestro con las otras dos y recomendándoles la compostura y formalidad.
«¡Ya está aquí el lucero!» exclamó Facunda tomando á Monina en sus brazos y besándola con estruendo.
Ramona movía colérica sus piernecillas en el aire y bramaba con esa ira infantil de que nadie hace caso, diciendo:
«No, no, vieja fea.
—¡Lucero de tu madre!... Y tú, Catana, no des vueltas, que te mareas... Lorenzo, no tires del brazo á Monina... ¡Bribón! ¿qué haces á la niña? déjala... pobrecita.»
Monina y Tachana dieron vueltas por la habitación corriendo una tras otra. Ya venían algo fatigadas de tanto correr por el jardín, y tenían el rostro encendido, los ojos chispeantes. Los graciosos hoyuelos que hacía Mona junto á su boquita cuando se reía, darían envidia á los ángeles; á Tachana se le caían sobre la frente las guedejas negras, obligándola á levantar las manos constantemente para apartarlas. Pestañeaba sin cesar, como si la ofendiera la luz del sol. Monina, por el contrario, abría sus ojos con atención investigadora, insaciable, señal de la curiosidad y ambición pueril que quiere enterarse de todas las cosas para apropiárselas después.
Ordenó Facunda que fueran juiciosas, y les habría mandado algo más si no hubiera sentido la voz del aya, que en lo bajo de la escalera charlaba con Casiana, mujer de uno de los guardas de Suertebella. Dentro de los límites de lo posible (si bien en una posibilidad casi infinitamente remota) está que nuestro planeta, desobedeciendo á la atracción del sol que lo gobierna, se salga de su órbita y perezca inflamado si con otro cuerpo choca; pero lo que no es de ningún modo posible, ni aun en teoría, es que Facunda, oyendo que el aya y Casiana hablaban, dejase de correr á enterarse de lo que decían. Así lo hizo, dirigiéndose con paso quedo y cauteloso á la meseta de la escalera.
En tanto, Monina y Tachana se habían detenido delante de la mesa donde estaban las láminas geológicas, los dibujos concluídos y por empezar. Sonrisa de triunfo, propia de todo mortal que descubre un mundo, se pintó en el semblante de una y otra. ¡Qué cosa tan bonita! ¡Qué colores tan vivos! ¡Qué rayas! Ellas no sabían lo que aquello era, y sin duda por lo mismo lo admiraban tanto. Se parecía verdaderamente á las obras de ellas, cuando la piedad materna les ponía un lápiz en las manos y un papel delante. Ciertamente, Guru, con su caja de colores, había hecho obras por el estilo. Allí no había nenes pintados, ni caballos, ni casas, y, sin embargo, parecíales algo como nacimiento, una obra magna, brillante, esplendorosa, sin igual.
Acontece que cuando se presenta á los niños un objeto cualquiera que les sorprende por su belleza, jamás lo dan por concluído, y quieren ellos poner algo de su propia cosecha que complete y avalore la obra. Sin duda tienen en más alto grado que los hombres el ideal de la perfección artística, y no hay para ellos obra de arte que no necesite una pincelada más. Así lo comprendió Monina, que viendo no lejos de la lámina un tintero, metió bonitamente el dedo en él y trazó una gruesa raya de tinta sobre el dibujo. Radiante de gozo y satisfacción, se echó á reir mirando á Tachana y á Guru. Estos dos se echaron á reir también, y animada por el éxito, Monina metió en el tintero, no ya el dedo, sino toda la mano y la extendió sobre la lámina de un ángulo á otro. El efecto era grandioso y altamente estético. Parecía que sobre las tierras pintadas allí con delicadas tintas, se cernían enormes nubarrones preñados de rayos y lluvias.
Tachana era demasiado pulcra para meter su dedito en un tintero. Además, se creía maestra en el manejo del lápiz. ¡Feliz ocasión! sobre la mesa había lápices azules, y á dos pasos, en el atril, un magnífico atlas geológico, admirable obra cromolitográfica, honor de las prensas berlinesas. Sin embargo, en aquellas hermosas hojas estampadas de vivos colores faltaba algo. ¿Quién podía dudarlo? Era evidente que las tales láminas serían más bonitas si una mano solícita las adornaba con rayas de lápiz trazadas alrededor de todos los contornos. Así lo comprendió Tachana, que era el Rafael de las rayas, pues sabía trazarlas en todas direcciones con admirable pulso.
Guru comprendió que todo aquello iba á concluir en solfa. Dijo á sus amigas que se estuvieran quietas; pero al mismo tiempo ¡qué ocasión para lucirse él, que tenía caja de pinturas y sabía hacer cuadros, casi casi tan buenos como los de Velázquez! Lo que Monina había hecho era una chapucería indecente. ¿Qué significaban aquellas nubes negras y aquellas cruces de tinta con que la muy puerca había ido decorando el margen de la lámina? Efecto tan deplorable se remediaría si en un ángulo del dibujo aparecía una casita campestre con sus dos ventanas como los dos ojos de una cara, su chimenea en la punta y un perro en la puerta. Manos á la obra. Cogió un lápiz rojo, y para no colaborar en las desastrosas pinturas de Monina, apoderóse de otra lámina y empezó su casita. En poco más de cinco minutos, á la casita acompañaba un caballo, y en el caballo cabalgaba un hombre fumando en una pipa mayor que la casa.
No es posible que tres artistas trabajen en un mismo taller sin que estallen ruidosas tempestades de celos. Monina quiso dar un toque á la casa de Guru; éste la apartó con un codazo. Monina agarró la lámina, diciendo:
«Pa mí, pa mí.
—Pa mí,» replicó Tachana, que había arrojado el lápiz.
La lámina, grande de sesenta centímetros, resbaló de la mesa; Tachana y Monina la cogieron cada una por un lado, y... charrás... Al ver cómo se partía, ambas se echaron á reir, y Monina batía palmas con sus manos negras.
«Tontas, ahora sí que la habéis hecho buena,» dijo Guru palideciendo.
La contestación de Monina fué coger otra lámina y sacar de ella una tira en todo lo largo. Después agarró el lápiz de Tachana, y sobre las delicadas rayas que ésta había trazado con tanto esmero en el atlas, trazó ella una especie de tela de araña; tanta era la rapidez del lápiz empuñado por la mitad y movido con verdadero furor. Guru quiso al fin contener aquel vandálico desorden, y amenazó á Monina; pero ésta supo escaparse de un brinco, golpeando con sus manos, llenas de tinta, los muebles forrados de seda. En uno de sus locos giros, detúvose en la mesa donde estaba el microscopio, y se quedó absorta contemplándolo. Se alzaba sobre las puntas de los pies, apoyándose con las manos en el borde de la mesa, y estiraba los dos dedos índices hacia el aparato, diciendo: «Eto.»
Eto quería decir: ¿qué es esto? Supongo que será para mí. Veamos lo que es.
«Miren la tonta—dijo Guru.—¿Pues no quiere también el anteojo?»
Queriendo dar pruebas de suficiencia, Guru acercó el aparato al borde de la mesa y aplicó su ojo derecho para mirar por él.
«Por este vidrio se ve París.»
Tachana había traído una silla para subir á la mesa; pero antes se subió Monina, y andando á gatas sobre ella arrojó al suelo el microscopio y otros aparatos... En este momento vieron que entraba un hombre. Los tres vándalos se convirtieron en estatuas: Monina sobre la mesa, erguida la frente, la cara muy seria, los ojos muy atentos; Tachana en la silla, con el dedo en la boca y los ojos bajos; Guru mirando dónde había un rincón para esconderse.
«¿Qué han hecho estos pícaros?... ¡San Blas mío, qué destrozo!» gritó Facunda entrando con León.
Éste dirigió una mirada de dolor á los dibujos rotos, al atlas lleno de rayas, al microscopio en el suelo. Bastóle una ojeada para conocer las formidables proporciones del desastre.
«Bribonas, ¿qué habéis hecho?—exclamó dirigiéndose á la mesa.—¿Pero usted, Facunda, en qué piensa, que deja solos á estos niños?... ¿Qué hacía usted? Sin duda oyendo la conversación. Es usted más niña que estas dos...»
Hirió el suelo con el pie. Después oyó gemir á Tachana. Era un gemir que partía el corazón.
«¿Has sido tú, Monina?» dijo León mirándola con semblante adusto.
Monina contestó que no con fuertes cabezadas. Negando con la cabeza, parecía querer arrancársela de los hombros. Al mismo tiempo su conciencia debió argüirle terriblemente, y se miró las manos, como se las miraba lady Macbeth.
«Has sido tú... bien lo dicen tus manos, picarona.»
La niña le miró pidiendo misericordia. Dos gruesas lágrimas salieron de sus ojos. Empezaba Ramona á hacer pucheros, cuando ya los chillidos de Tachana llenaban la casa. Era una Magdalena. No había más remedio que creer en la sinceridad de su arrepentimiento.
«Vaya, vaya—dijo León besando á las dos y tomando en brazos á Monina.—No lloréis más. ¡Qué bonitas tienes las manos! Si tu mamá te viera... Ven á lavarte, asquerosa.
—El aya las dejó subir solas, por estarse abajo charla que charla—indicó Facunda trayendo la jofaina con agua.—Yo no puedo atender á todo. El aya tiene la culpa.»
Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una dama sobre cada rodilla, les dijo:
«¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru?»
Lorenzo había desaparecido.
«Ese es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara á perder,—dijo Facunda.
—Guru, Guru—gruñeron las dos á un tiempo, descargando sobre su ínclito amigo la responsabilidad del espantoso crimen.
—Ese pícaro Guru... Como le coja aquí...»
Monina, perdido ya el miedo y sustituído por el descaro, tiraba de las barbas á León.
«¡Eh, eh!... que duele, señorita.
—Lice Tachana—tartamudeó Monina,—lice Tachana...
—¿Qué dice Tachana?
—Que tú é mi papá.
—No—dijo León mirando á Tachana, que se comía una mano.—Yo no soy su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices que yo soy tu papá?
Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana: «Poque lo ició mi mamá.»
Monina, cuyo carácter era en extremo jovial, y que cuando cogía un tema no lo dejaba hasta marear con él á Cristo Padre, prorrumpió en risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco ó treinta veces:
«Que tú é mi papá... que tú é mi papá.»
Facunda se retiraba gruñendo:
«Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente.
—Señora Facunda—dijo León.—Al aya que puede retirarse. Monina y Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré á Suertebella.»
IX
La crisis.
Una hora después, Monina y Tachana jugaban en la alfombra con cucuruchos y gallitos de papel que León les había hecho, y éste ponía orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vió delante de sí á su suegro, el señor Marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara, más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación nerviosa, ó tal vez la ausencia de algún menjurje con que acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban sus mustios ojos, revelando lágrimas ó insomnio. Su vestir únicamente no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro; pero su voz, antes tan resuelta como la de todo aquel que cree decir cosas de substancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima. Le señaló un sillón.
«Tengo calentura—dijo el Marqués alargando la mano para que León le tomara el pulso.—Hace tres noches que no duermo nada, y anoche... creí morir de susto y vergüenza.»
León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y el no dormir.
«Te lo contaré todo. Para tí no puede haber secretos—dijo Tellería dando un gran suspiro.—A pesar de lo que ha pasado con María, y que deploro con toda mi alma... ¡Oh! todavía espero reconciliaros... pues á pesar de eso siempre serás para mí un hijo querido.»
Tanta melifluidad puso en guardia á León.
«¡Ah! nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando te cuente, querido hijo... ¿Pero no es verdad que tengo calentura? Mi temperamento delicado y nervioso no resiste á estas emociones. ¡Ojalá no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus padres! He venido á contártelo, y ya ves, no sé cómo empezar: tengo miedo, no me atrevo.
—Yo lo comprendo bien—dijo León deseando poner fin al largo preámbulo telleriano.—Ha llegado el momento en que el sistema de trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acababa en el mundo, hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los abastecedores al pormenor ponen el grito en el cielo, y ya no piden, sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan.
—Sí, sí—dijo el Marqués cerrando los ojos:—ese día ha llegado. No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes la catástrofe; catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo, el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo que se lleven los cachivaches que hay en casa y que Milagros ha ido tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo. Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido á casa unas doscientas veces, armó en la escalera un jaleo espantoso. Yo oí desde mi despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del coche se ha negado á servirnos, y no es esto lo peor, sino que me envió una carta insolente... Te la voy á enseñar...
—No, no es preciso—dijo León deteniendo la mano trémula del Marqués, que rebuscaba en los bolsillos.—Ya supongo lo que dirá ese mártir.
—Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros, alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime, ¿no tienes compasión de mí?
—Mucha,—replicó León, realmente lleno de lástima.
—No me defiendo, no—dijo el Marqués con voz melodramática y cerrando los ojos.—Ya se han agotado todos los recursos y se han cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las papeletas del Monte. Un prestamista á quien me dirigí ayer, el único en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias, León! Estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que he caído, y me parece mentira que sea yo el que cuente estas cosas, que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, Marqués de Tellería, hijo del mejor caballero que vió Extremadura, y heredero de un nombre que atravesó siglos y siglos rodeado de consideración y respeto.
—Es verdad—dijo León con severidad:—parece mentira, y más inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya arrojado de nuevo en él.
—Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa—dijo el prócer, humilde como un escolar.—Mis hijos, mi mujer, me han empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo más deshonroso... ¡Ah! León de mi alma, necesito contártelo, aunque estas cosas son de las que sólo se dicen á la almohada sobre que dormimos, y aun diciéndoselo á la almohada se ruboriza uno. A tí no se te puede ocultar nada... Pero es tan duro de decir... Todo lo que hay en mí de esta hidalguía castellana heredada de mis padres, se subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca.
—Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede usted callarlo.
—Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo tiene relaciones con la San Salomó, relaciones que no quiero calificar. Pues bien: Gustavo... No creo que la idea partiera de Gustavo: creo más bien en sugestiones y astucias de Milagros... No sé cómo decírtelo, no sé qué palabras emplear tratándose de personas de mi familia. En resumen, Pilar San Salomó dió á Gustavo una cantidad, no sé con qué fin; cantidad que se apropió mi bendita mujer, no sé con qué pretexto. Ellos hicieron allá sus arreglos... no sé si hubo promesa de pago, algún documentillo... Mi hijo, que es caballero y se vió comprometido, tuvo una violenta escena con su madre anoche á propósito de ese dinero, y... no puedes figurarte la que se armó en casa. Gustavo y Polito vinieron á las manos; tuve que hacer esfuerzos locos para ponerles en paz... Poco después Gustavo se retiró á su cuarto; corrí tras él sospechando una cosa lamentable, y le sorprendí acercándose una pistola á la sien... Nueva escena, nuevos gritos, con la añadidura de un desmayo de Milagros... ¡Qué noche, hijo mío, qué noche tan horrible! Para colmo de fiesta, los criados, desesperanzados de cobrar, se han ido después de insultarnos en coro llamándonos... no, no lo digo; hay palabras que se resisten á salir de mi boca.»
Detúvose el Marqués desfallecido y jadeante. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente, y su pecho se inflamaba y se deprimía como el de quien acaba de soltar un peso enorme. Hubo una pausa que León no quiso de modo alguno cortar. El mismo D. Agustín fué quien evocando el resto de sus gastadas fuerzas, y poniendo la cara más afligida, más dramática, más luctuosa que cabe imaginar, exclamó:
—León, hijo mío, sálvame, sálvame de este conflicto. Si tú no me salvas, moriré, moriremos todos. Salva mi honrado nombre.
—¿De qué modo?—preguntó León fríamente.
—¿No ves mi deshonra?
—Sí; pero veo difícil que pueda evitarla.
—Dime, ¿tendrás valor para ver á tus padres pidiendo limosna?—dijo el suegro apelando á un recurso que creía de efecto.
—Estoy dispuesto á impedir que los padres y los hermanos de mi mujer pidan limosna. Pero si pretende usted que aplaque á sus acreedores, en una palabra, si pretende usted que pague las deudas contraídas por el despilfarro, el desorden y la vanidad, para que luego que estén libres vuelvan la vanidad y el desorden á seguir viviendo y escandalizando, me veré en el caso sensible de responder negativamente. No una, sino varias veces he sacado á usted de atolladeros como éste. Mucho propósito de enmienda, muchos planes de reformas; pero al cabo la enmienda ha sido gastar más. Usted, Milagros y Polito han consumido la cuarta parte de mi fortuna. Basta ya: no puedo más.»
La energía de León abrumó al pobre Marqués, que estaba anonadado. La rudeza de la negativa quitóle por algún tiempo el uso de la palabra. Al fin, balbuciendo y rebuscando las frases aquí y allá, como el que recoge las cuentas de un rosario que se rompe en medio de la calle, pudo hablar así:
«No te pido limosna... No está en mi carácter... Siempre que he apelado á tu generosidad ha sido... con garantía é intereses.
—Garantía de pura fórmula, intereses ilusorios que he admitido por delicadeza, para cubrir la donación con la vestidura de un préstamo hipotecario. ¿Qué garantía ha de dar quien ya no tiene ni tierras, ni casas, ni una hilacha que no esté en manos de los acreedores? Lo que yo he hecho no es generosidad, señor Marqués: es un verdadero crimen. No he amparado á menesterosos, sino que he protegido el vicio.
—¡Por Dios!—dijo Tellería tembloroso y aturdido;—recuerda... Tus larguezas con mis hijos y con mi mujer han sido la correspondencia natural del amor que te tenemos... Acabemos, León: ha llegado el momento crítico de mi vida. Se trata de salvar la honra de mi casa.
—Su casa de usted ya no tiene honra, hace tiempo que no la tiene.»
Irguió el Marqués su afeminada cabecilla; tiñéronse de una púrpura sanguinolenta sus apergaminados carrillos, y sus ojos brillaron como si hubiera pasado rápidamente por delante de ellos una luz. Creeríase que aquel hombre, tan debilitado moral como físicamente, buscaba en el fondo de su alma un resto de dignidad, y lo tomaba y lo esgrimía como el soldado cobarde que, no habiendo hecho nada durante la batalla, quiere en el último instante de pelea contestar con una muerte gloriosa á los denuestos de sus compañeros. Pero León tenía sobre él tan gran ascendiente, que el desgraciado prócer no halló fuerzas para alzar la voz, y sólo pudo echar de sí un gemido. Dejando caer después su abatida cabeza sobre el pecho, oyó como un estúpido. Era el árbol carcomido y seco que esperaba el último hachazo.
«Su casa de usted no tiene ya honra—repitió León,—á no ser que demos á las palabras un valor convencional y ficticio. La honra verdadera no consiste en formulillas que se dicen á cada paso para escudar debilidades y miserias; se funda en las acciones nobles, en la conducta juiciosa y prudente, en el orden doméstico, en la veracidad de las palabras. Donde esto no existe, ¿cómo ha de haber honra? Donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad, ¿cómo ha de haber honra? Puesto que estamos aquí en familia, podemos pasar una revista á la conducta de Milagros, á la de Polito, á la de usted mismo.»
El Marqués extendió la mano, queriendo rogar á su yerno con gesto suplicante que no pasara ninguna revista. León, no obstante, creyó necesario decir algo.
«Te ruego—repuso Tellería con afligido tono,—que no me recuerdes eso que amargamente deploro. Cierto que he tenido devaneos... ¿quién no los tiene? El mundo es así... ¿Eso qué significa?... Ahora que me ahogo, León, dame la mano ó déjame morir; pero no me inculpes, no me crucifiques más de lo que estoy. Es verdad que no debo apelar tantas veces á tu generosidad; pero las circunstancias en que yo y tú nos hallamos son muy distintas. Yo tengo hijos, tú no los tienes.
—Pero...» murmuró León.
Sin duda quiso decir: «Pero puedo tenerlos.» El Marqués contempló un rato á las dos niñas que jugaban en medio del cuarto.
«Para concluir—dijo León Roch.—Cuente usted con una pensión suficiente para vivir con modestia y decencia. Es todo lo que puedo hacer. Ni yo tengo minas de oro, ni si las tuviera bastarían á llenar una vez y otra esos hoyos que abren ustedes cada poco tiempo.»
D. Agustín palideció, y mirando al suelo movió las mandíbulas, como quien revuelve en la boca el hueso de una fruta.
«Una pensión...» murmuró.
En efecto: la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su relajación moral, que no se creía rebajado implorando un préstamo con garantías ilusorias, equivalentes á una reserva mental de no pagar nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su sér al recibir una pensión que llamaba él una bofetada de pan.
Además, su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes crisis de escándalo, para seguir después, alta la frente, seguro el paso, por el mismo camino de la dilapidación y del fraude, cuyos recodos y atajos conoce á maravilla. Pero el respeto del Marqués á las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle á velar su pensamiento y aun á mostrarse agradecido por aquel potaje de San Bernardino que su yerno le ofrecía.
«Una pensión...—dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de fruta.—Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es que no resolvemos nada con eso. El naufragio subsiste, y tu pensión es una playa que está á cien leguas de distancia...»
No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido, instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones distintas, cual si quisieran amenazar á todo el género humano. Sus mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y cartilaginosas; que sus sienes, oprimidas y surcadas de venas verdes, tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando el inflexible yerno dijo con su tono decisivo é inapelable: «la pensión y nada más que la pensión,» D. Agustín de Sudre marchaba con veloz descenso á la decrepitud. Después de meditar un rato sobre su desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el espumarajo de la rabia, dijo á su yerno:
«Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho desgraciada á nuestra querida hija.
—¡Que yo la hago desgraciada!—exclamó León con flema.
—Sí: muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración á tí, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos paternales se despiertan vivamente en nosotros, y no podemos callar viendo el dolor de ese ángel... Pues qué, ¿crees tú que la pena ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?»
Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder ó picar cuando se sienten aplastados. Herido en su orgullo y burlado en sus locas esperanzas, el Marqués sacaba su aguijoncillo.
«Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere usted como padre recibir explicaciones? Si es así, preciso es confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes que me separé resueltamente de María.
—Pero no por tardar dejo de hacerlo—dijo D. Agustín reanimándose al ver en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor situación que el valiente.—Soy padre, y padre amantísimo. Lo que has hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué, ¿no merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que educada en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué, ¿ya no hay creencias, ya no hay fe; hemos de gobernar el mundo y la familia con las utopias de los ateos?
—¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia?—dijo León tomando á burlas la severidad de su suegro.—¿Ni cuándo ha sabido usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni nada?...
—Es verdad: yo no soy sabio, no puedo hablar de esto—replicó Tellería, reconociéndose incompetente.—No sé nada; pero hay en mí sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado á pesar de mis errores, y con esas ideas afirmo que al separarte de María, has conculcado las leyes morales que rigen á la sociedad, todo lo que hay de más venerando en la conciencia humana.»
Este trozo de artículo de periódico exasperó á León tal vez más de lo que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:
«Buenas están vuestras leyes morales, buenas están vuestras interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras cosas venerandas. ¡Ah, y yo he sido tan necio que he sufrido por espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una esfera social en que todo es fórmula: fórmula la moral y la religión, fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las leyes, hechas de mogollón, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud, de religiosidad, de hidalguía! ¡Bonito modelo de sociedad, digna de conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted, he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar por seres con alma y conciencia! ¡Y yo que he sido un sér pasivo, yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me opuse á las aberraciones de mi mujer, más fanática, pero menos criminal que los demás, he faltado á las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero sí, sí: he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden, ayudando con mi dinero á los padres pródigos, á los hijos libertinos y á las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he dado alas á todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la reconozco.»
Al principio enojado, después iracundo y al fin furioso, León daba golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano á su suegro, el cual se fué empequeñeciendo, reduciéndose á la mínima expresión. El pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un vaso puesto sobre la mesa, y consideraba que cabría muy bien dentro de aquel vaso. Monina y Tachana, muertas de miedo, recogieron sus cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse á reir ni á llorar, se retiraron á un rincón de la pieza.
«Yo hablaba como padre,—dijo el Marqués con voz tan tenue que parecía salir del fondo del vaso.
—Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma, como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo, y lanzado á las soledades del celibato de hecho por un fanatismo brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me hablaba me condenarán á mí, lo sé, y me condenarán por lo que llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una explicación mía, sepan que soy víctima, no el verdugo, y que estoy decidido á no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes: no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece ningún respeto: ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de los concusionarios, de los hipócritas, de los pródigos, de los holgazanes, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados, de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren ser personajes y sólo son jimias, de los que todo lo venden, hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal, siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura humana!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo dejando á mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no por la mía. Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas; reciban coronas y alabanzas los adúlteros; repártase el dinero de la riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando en sus almas un desdén absoluto á la virtud, á la verdadera piedad, invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un Dios que niegan con sus actos. ¡Ateos ellos, á menos que Dios no sea un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de cieno!»
El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el Marqués hubiera querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se había empequeñecido tanto, que ya no miraba al vaso, sino á una cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora dentro de esa caja de fósforos!»
Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería halló el modo de decir alguna palabra que le sirviese para disimular la gran confusión en que estaba.
«No te seguiré por ese camino—dijo estirando el cuerpo y ahuecando la voz.—No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes morales y las invocaré siempre en este asunto... Insisto en lo inexplicable del desaire que has hecho á María, esposa fiel y honrada; insisto en lo misterioso de tu separación. Yo no puedo ver en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo sospecho que tú...»
El Marqués se detuvo. Oyóse la voz de Tachana llorando. Ella y Monina se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de cuyos palos contemplaban llenas de susto á los dos hombres que tan acerbamente discutían. Cansadas al fin del escondite, empezaron á reñir una con otra. Ramona dió un bofetón á su compañera.
«¿Qué niñas son éstas?—dijo el Marqués vivamente.—¿No es aquella rubia la nietecilla del Marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...
—Sí. Monina, ven acá.
—¿No está aquí Suertebella?
—Aquí cerca.
—Ya...»
El Marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz extraña. ¡Oh! Sí: él, él también tenía su idea, y no la cambiara por otra alguna.
«Adiós,—dijo secamente á su yerno, poniendo una cara muy seria, tan exageradamente seria que parecía cómica.
—Pues adiós,—replicó León con calma.
—Nos volveremos á ver y hablaremos de las leyes morales—añadió D. Agustín.—Hablaremos también de la desgracia de mi hija, del abandono de mi hija, del honor de mi hija. Esto es muy serio.»
Y se crecía, se crecía de tal modo, que ya no cabía en la cajilla, ni en el vaso, ni en el sillón, y hasta el cuarto parecíale pequeño para contener su gigantesca talla.
«Hablaremos ahora.
—No... necesito calma, mucha calma. Mi hija debe ponerse al amparo de las leyes. Voy á comunicar mi pensamiento á la familia... El asunto es gravísimo. ¡Mi honor!...
—¡Ah! Su honor de usted—dijo León riendo.—Bien: le buscaremos, y cuando parezca, hablaremos de él... Adiós.»
Tellería se retiró. Aunque apenadísimo por el mal éxito de su tentativa pecuniaria, se sentía orgulloso, hinchado. Algo muy grande sentía dentro de sí que dilatándose le hacía crecer de tal modo, que ya no cabía en la escalera, ni en el portal, casi no cabía en la calle, ni en el campo, ni en el universo. Era su idea, que entró casi invisible y crecía dentro, sugiriéndole con fecundidad asombrosa otras mil ideas subordinadas, las cuales le halagaban, poniéndole á él muy alto y á los demás muy bajos. Qué bueno es tener una idea, sobre todo cuando esa idea nos consuela de nuestra infamia con la infamia de los demás, haciéndonos exclamar con orgullo:
«¡Todos somos lo mismo, lo mismo!»
FIN DEL TOMO PRIMERO
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
(Primera época.)
LA FAMILIA
DE
LEÓN ROCH
TOMO II
30.000
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
1920
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
SEGUNDA PARTE
(CONTINUACIÓN)
X
Razón frente á pasión.
Al día siguiente recibió León un anónimo, después la visita de dos amigos que le comunicaron algo muy interesante, pero también muy penoso para él, y á consecuencia de esto pasó en gran desasosiego el día y en vela la noche. Levantóse temprano y anunció á Facunda que se marchaba; una hora después, dijo: «No: me quedo, debo quedarme.» Por la tarde salió á pasear á caballo, y al regreso envió un recado á Pepa, diciéndole que deseaba hablar con ella. Desde el día en que se supo la noticia de la muerte de Cimarra, León no había visto á la hija del Marqués de Fúcar sino dos ó tres veces. Un sentimiento de delicadeza le había impedido menudear sus visitas á Suertebella.
Recibióle Pepa poco después de anochecer en la misma habitación donde Monina había estado enferma y moribunda. La graciosa niña, medio desnuda sobre la cama, se rebelaba contra la regla que manda dormir á los chicos á prima noche, y sin hacerse de rogar como otras veces, contaba todos los medios cuentos que sabía, y decía todas sus chuscadas y agudezas; empezaba una charla que concluía en risa, y castigaba á su muñeca después de darla de mamar; saludaba como las señoras, y con sus dedillos hacía un aro para imitar el lente monóculo del Barón de Soligny. Después de mucha batahola, vacilando entre la risa y una severidad fingida, Pepa logró hacerla arrodillar, cruzar las manos y decir de muy mala gana un hechicero Padrenuestro, mitad comido, mitad bostezado. Siguió á esta oración el Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, y como si esta ingenua plegaria tuviese en cada palabra virtud soporífera, Monina guiñó los ojos, cerró sus párpados con dulce tranquilidad, y murmurando las últimas sílabas, quedóse dormida en los brazos del Señor. Después que ambos la contemplaron en silencio durante largo rato, León la besó en la frente.
«Adiós, nena,—dijo con cierta emoción.
—¿Y por qué adiós?—preguntó Pepa muy inquieta.—¿Te vas?
—Sí.
—Me avisaste que querías hablarme.
—Despedirme.
—¿No estás bien aquí?
—Demasiado bien; pero no debo estar.
—No te comprendo. ¿Te has reconciliado con tu mujer?
—No.
—¿Vas al extranjero?
—Tal vez.
—¿A dónde?
—No lo sé todavía.
—Pero avisarás, escribirás, dirás: «estoy en tal parte.»
—Es posible que no te diga nada.»
Pepa miró torvamente al suelo.
«Es necedad que tú y yo hablemos con medias palabras y con frases veladas y enigmáticas—dijo León.—Hace algunos meses que hablamos como los que ocultan una intención perversa. Si hay maldad, mejor estará dicha que hipócritamente ocultada. Es preciso decirlo todo. Desde que perdí completamente las ilusiones de mi bienestar doméstico, frecuento tu casa; quizás, ó sin quizás, la he frecuentado demasiado en este tiempo. Mi soledad, mi tedio mi anhelo de saborear la vida de los afectos, hacíanme buscar ese arrimo que al alma humana es tan necesario como el equilibrio al cuerpo. Yo estaba helado; ¿qué extraño es que me detuviera allí donde encontré un poco de calor? Empecé admirando á Monina y acabé por adorarla, porque yo tenía, más que afán, rabiosa sed de afectos íntimos, de amar y ser amado. ¡Es tan fácil hacerse amar de un niño!... Yo sentía en mí afanes imperiosos de deleitarme en cosas pueriles, de poner mi corazón, vacío ya de grandes afecciones, bajo los piececillos de un chicuelo para que lo pateara. No sé cómo explicártelo... presumo que tú comprenderás esto. Se me figura que lees en mí, así como tú no me eres, no, desconocida. Me parece que hace tiempo estamos representando una comedia...
—Yo no represento jamás,—dijo Pepa con aplomo.
—Pues yo tampoco. Oye lo que ha pasado en mí. Yo me sentía solo en mi casa, solo en la calle, solo en medio de la sociedad más bulliciosa, solo en todas partes menos junto á tí. Una fatalidad... Pero no demos este cómodo nombre á lo que es resultado de nuestra imprevisión y nuestros errores... digamos que la situación creada por nosotros mismos nos impedía declarar con la frente alta un afecto del corazón... Ambos éramos casados.
—Sí,—dijo con serenidad y firmeza la de Fúcar, como si ella hubiera ya pensado muchas veces aquello mismo, y considerándolo bajo infinitos aspectos.
—Ahora ya tú no lo eres; yo sí. La situación es casi la misma. Pero tu viudez me ha hecho más insensato... Yo no debo estar aquí, y sin embargo estoy; y cuando veo ese color negro de tus vestidos y del vestido de Monina, siento en mí no sé qué horrible levadura de osadía y sacrilegio; lucho por ahogarla y callarme; pero tú misma, con una fuerza de atracción de que apenas te das cuenta, me obligas... no puedo decirlo de otro modo, me obligas á decirte que te amo, que te amo desde hace tiempo... No tengo fuerzas ni palabras para maldecir un sentimiento que en mí ha nacido de este lúgubre destierro doméstico en que vivo, y en tí... no sé de qué.
—Nació conmigo—afirmó Pepa, que apenas respiraba.—Me has dicho una cosa que presumía mi corazón... ¡Pero oírtela decir... oir de tu misma boca, aquí, delante de mí... donde sólo Dios y yo podemos oirlo!...»
Le faltó la voz. Transfigurada y sin color como el moribundo, no pudo hallar para el desahogo de su alma lenguaje más propio que apoderarse de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.
«Hemos llegado á una situación difícil—dijo él.—Afrontémosla con dignidad.
—¿Situación difícil?—indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa, como si la situación le pareciera á ella muy fácil.
—Sí; porque á estas horas somos víctimas de la calumnia.»
Pepa alzó los hombros, como queriendo decir: «¿Y qué me importa á mí la calumnia?
—Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir á vivir tan cerca de tí.
—¿Falta? ¿Falta venir aquí?—dijo la dama dando á entender que si aquello era falta, también lo era la salida del sol.
—Falta ha sido. Te advierto que yo, á quien muchos tienen por hombre de entendimiento, me equivoco siempre en las cosas prácticas.»
Pepa indicó su conformidad con aquella idea.
«Mi último error ha desatado la lengua á la maledicencia, ¡Pobre amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que á los dos meses de viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un odioso trabajo retrospectivo, dando á nuestras relaciones criminales un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.
—¿Cuál?
—Que Monina es hija mía.»
Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente, no sabemos de qué modo, dijo:
«Pues bien: cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no debemos afligirnos por ella.
—¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede estrellarse?—le dijo León con serenidad.—¿Lo sabes tú? Pues es la inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, ó mejor dicho, parcial. Las hablillas que nos agobian llevan en sí algo de fundado: se equivocan sólo en los hechos. Mienten cuando dicen que soy tu amante y que vivimos juntos; pero aciertan cuando dicen que te amo. Mienten cuando dicen que Monina es hija mía; pero...»
Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de la boca para exclamar con júbilo:
«Pero aciertan al decir que la adoras como su fuera tu hija: lo mismo da.
—La calumnia se equivoca en los hechos; pero á falta de hechos hay intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que somos inocentes?
—No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de justicia—afirmó Pepa con acento patético.—¡La miro con menos horror del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!... Tú eres una persona de rectitud y de conciencia; yo no lo soy. Estoy acostumbrada á cultivar, acariciándolos en el secreto y en la soledad de mi alma, sentimientos contrarios á mi deber; yo soy una mujer mala, León; yo no merezco ese afecto tardío que sientes por mí; yo soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso que tú tienes á la calumnia.
—Pepa, Pepa, no hables de ese modo—dijo León estrechando la mano de su amiga.—No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma, cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos mis afectos.
—¡Oh! Si no te gusto así—replicó la de Fúcar en un tono de amargura y dolor que obscurecía sus palabras,—¿por qué no viniste á tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa pasión, tan propia y tan digna de tí! Si hubieras venido á tiempo, dignándote agraciar con una palabra de amor á la voluntariosa, á la pobre loca, á la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías descubierto, tesoro íntegramente reservado para tí y que en tus manos habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo era una calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos gratos sino en las manos para que se creía nacido. Fuera de mi dueño natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy escaso sentido moral. Yo he llevado una vida de lucha incansable y espantosa conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista como tú; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde á sí mismo; no creo al mundo con derecho á exigirme que me atormente más, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de lo mucho que me debes, queriéndome un poco.»
No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y rompió á llorar.
«Mi necio orgullo—dijo León, más bien acusándose que defendiéndose,—nos hizo á entrambos desgraciados. ¡Que aquel desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los infortunios ocasionados por mi error sean para mí!
—No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fué tuya. Yo no tenía más cualidad buena que la de quererte; yo hacía locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes á mí, después de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!»
Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un gesto de pavura, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó sordamente:
«¡Tu mujer vive!»
No encontró León palabras para comentar ni para atenuar la terrible elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.
«¡La hermosa, la santa, la perfecta!...—añadió Pepa con júbilo.—¿Pero no es así más grande mi triunfo? Has venido á mí, la abandonas.
—No, no...—dijo León vivamente.—Yo he sido abandonado. Yo he querido á mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta ahora, hasta ahora que lo he roto.
—Bien roto está—afirmó la de Fúcar briosa.—¿Por qué temes el fallo de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?
—Pepa, amiga querida, tu despreocupación me causa miedo.
—Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral: lo perdí, me lo quitaste tú con la última ilusión. Perder toda ilusión ¿no equivale á ser mala? Yo fuí mala desde aquella noche horrenda en que la última esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma dejándome yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado á un río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice. Si al menos hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era un salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios. ¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El despecho me inclinaba á entregar al menos digno lo que yo reservaba para el más digno. ¿No había podido obtener el primero? Pues me entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar? Pues lo mismo quería hacer conmigo. ¿De qué servía mi pobre ser despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien! eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer al más cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero! Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, á la joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad, se le abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil, y seré libre.» ¡Pero no pensé en mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía abofeteada por tu honradez, y que á veces mi alma se encariñaba con la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluído. Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo que nunca había yo conocido, tranquilidad. Cuando á mi lado crecía Monina, yo adquirí por don milagroso cultura de espíritu, sensatez, amor al orden, sentido común. Fuí otra, fuí lo que hubiera sido desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado á la paz y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan buena como debería serlo: hay en mí un poco, quizás mucho, de falta de temor de Dios; no me hallo dispuesta á sacrificar mis sentimientos á las leyes que tanto me han martirizado, y así te digo: libre soy, libre eres...
—Yo...
—Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has sido abandonado?
—Sí.»
Vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.
«¡Oh, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre yo!—exclamó Pepa con desesperación.—Bien, bien.
—Abandonada no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.»
Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma á lo que iba á decir.
«Soy casado. No amo á mi mujer ni soy amado por ella; somos incompatibles; entre los dos existe un abismo; nos separa una antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado á ser extraña para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino la religión. ¿De qué acuso á mi mujer? De que es fanática creyente en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A veces viene á mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo á llamar demencia á la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el límite entre la piedad y el fanatismo.»
Al expresarse así en frases entrecortadas y preguntas y respuestas, la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.
«Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio como lo es la fidelidad—añadió;—pero no ha escarnecido ni llenado de befa mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me declare libre?
—Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el matrimonio.
—Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro á mi conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella?» Así como ella tiene creencias que la impelen á aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible? ¿Por ventura no seré también fanático?
—¡Tú no: ella, ella!—afirmó Pepa con encono.
—En el extremo á que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es más culpable? María es incapaz de toda acción verdaderamente deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero su fidelidad no puede ponerse en duda. A mí no me ama; pero tampoco á otro. ¿Por ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?»
Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar salida á aquel dédalo terrible.
«Y en caso de que pueda declararme libre—dijo al fin,—no puedo unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima... hijos deshonrados y sin nombre... No creas tú que al hablarte así y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco á las hablillas de Madrid, ni que me fundo, para tratar de ilegitimidad, en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta cuestión tremebunda: obedezco y atiendo á mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oir siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma. Interroga tú también á tu conciencia...»
Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:
«Mi conciencia es amar.»
Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.
XI
Esperar.
«Represéntate—le dijo León,—todo lo que hay de odioso y de disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos sin nombre... la imagen siempre presente de la que...
—No la nombres... te repito que no la nombres—dijo Pepa, procurando que su enojo no pareciera muy violento.—Su fanatismo loco la excluye, la excluye.
—¿Y si también yo soy fanático?
—No importa.
—Bien: contra la turbación que á tu mente y á la mía pueda traer esa idea, hay un remedio.
—¿Cuál?
—Esperar.
—Esperar—murmuró la de Fúcar moviendo la cabeza, en cuyo centro la palabra esperar retumbaba con eco lúgubre.—¡Esperar, ese es mi destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino un tormento.
—¿Ves ese ángel?—le dijo León señalando á Monina, que dormía muy ajena á la tempestad que arrullaba su sueño de pureza.—Pues ahí tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas y tu despecho, aún no extinguido, te empujen por una senda extraviada, pon en el pensamiento á tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre un reflejo de la verdad absoluta.
—¡Es verdad, es verdad!—exclamó Pepa rompiendo en llanto.
—Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera á tu hija ya crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el trastorno de su conciencia pura cuando le digan: «tu madre no esperó á que pasaran dos meses de viudez para tomar por amante á un hombre casado, al esposo de una mujer honrada.»
—¡Oh! no, no—gritó Pepa con súbita indignación.—No le dirán eso.
—Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no habrá de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.
—Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma virtud,» dijo Pepa con brío, anegada en lágrimas.
Callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de mi vida, soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de que puedo darte á quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi pensamiento.»
Después se apartaron de la cama donde dormía la pequeñuela. Pepa se sentó en un ángulo de la sala.
«Ya es hora de que me retire,—indicó León.
—¿Ya?» murmuró la dama con sorpresa y temor, acariciándole con su mirada.
León iba á decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido pasos. El Marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver á León manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la visita.
«Pues qué, ¿está mala la chiquilla?
—No, papá. Está buena.
—¡Ah!... Me figuré...»
El Marqués besó á su nieta.
«Gracias á Dios que se te ve por aquí,—dijo cariñosamente á León.
—He venido á despedirme de Pepa... y de usted.
—¿Viajas? Hombre, es lo mejor que puede hacer un cónyuge aburrido. ¿Hacia dónde vas?
—No lo sé todavía.
—¿Y sales?...
—Mañana.
—Si vas á París te daré un encargo. ¿No habrá tiempo mañana?... Pasaré por tu casa temprano... Yo me voy á mi cuarto: tengo jaqueca.»
León comprendió que debía retirarse al momento. «Adiós, adiós,» dijo estrechando las manos de la hija del Marqués.
La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida. Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena. Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del amor de una mujer y del sueño de un niño.
Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:
«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de Federico.»
Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía. Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz, por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.
«No he podido resignarme á que te despidas así—le dijo.—Eso no está bien.
—Así debió ser...—replicó León muy turbado.—¿Y qué importa? Hubiera vuelto mañana un momento.
—¡Un momento!—exclamó la dama con elocuente dolor.—¡Qué triste es haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»
León le tomó las dos manos diciéndole:
«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos salvaremos.
—Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su estribillo.»
Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:
«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?
—No, no te morirás,—murmuró León cogiendo entre sus dos manos la cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.
—Está visto que soy más tonta...—balbució Pepa, que apenas podía hablar.—Harás de mí lo que quieras, bárbaro.
—¿Me obedecerás?
—Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo, ¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.
—¿A donde quiera que yo te lleve?—murmuró León, pasándose la mano por la frente.—Dime: ¿y si yo te dijera...?
—¿Qué?—preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho, cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el aire antes de que caiga.
—La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?
—¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.
—De modo que si yo te dijera...
—«Vamos,» partiría sin vacilar.
—¿Ahora?
—Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»
Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo. Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior. Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando llamaban al genio tutelar.
«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al fin con resolución que tenía algo de heroísmo.
Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.
«Te lo mando así, porque te quiero con el corazón; te lo mando así, porque mi egoísmo no quiere destruir un hermoso sueño.
—Me someto,» dijo Pepa envolviendo su palabra en un gemido.
Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:
«Pero fija un término, un término... Si me muero antes...»
La idea de un morir prematuro brillaba en su mente como una luz siniestra que de ningún modo quiere apagarse.
«Fijaré un término. Te lo juro.
—Y pasado ese término... Pasado ese término...—repitió León, cuyo pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga ferozmente apretado por los demonios.
—Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...
—Verás como lo allanará.
—¿Y si no lo allana?
—Verás como sí lo allana.
—Pero... ¿y si no?
—Verás como sí.
—Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo—afirmó Pepa, acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la acomodamos en la almohada cuando empezamos á dormir.—Ahora, si quieres que me vaya contenta á mi casa, dime que me quieres mucho.»
Su pasión tomaba un tono pueril.
«¿No lo sabes?
—Que me querías hace tiempo.
—Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños, cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres...—añadió León estrujando la cabeza de oro.
—¡Qué tiempos!—dijo Pepa sonriendo como un bienaventurado en la gloria.—¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo pasando los recuerdos de memoria á memoria y las palabras de boca á boca...! ¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reir, recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir de broma, adivinarnos las ideas y los deseos!...
—Si pudiéramos eso...
—Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida, y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese caserón; yo á mi palacio.
—Espérame con tu hija.
—¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.
—Se acostumbrará pronto.
—Pero ¿no vuelves mañana á casa?
—¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.
—Mandaré á la niña á tu casa mañana.
—Si, mándala.»
León tosió secamente.
«¡Hombre, por Dios!—exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole el cuello de la levita.—Que te constipas... hace frío... déjate cuidar... así.
—Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.
—Pero qué, ¿nos separamos ya?
—Sí. Ahora ó nunca.»
La dama tuvo ya en sus labios las palabras Pues nunca; pero no se atrevió á pronunciarlas.
«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?
—Todas las semanas.
—¿Cartas largas?
—Largas y difusas como el pensamiento del que espera.
—¿A dónde te escribo?
—Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola. Nos separaremos allí.
—Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí entraré.»
Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la mano izquierda le estrechaba ambas manos.
«Está obscura la noche,—dijo ella obedeciendo á esas inexplicables desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más fijamente en un orden de ideas determinado...
—¿Estás contenta?—le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono ligero.
—¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me muero antes!...»
—En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.
Llegaron á la puertecilla del museo.
«Adiós...—murmuró ella devorándole con sus ojos.—Adiós... ¡Todo mío!
—Hasta luego—dijo León con voz imperceptible, dándole dos besos.—Este para Monina; éste para su mamá.»
La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...
Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente, no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase atropellando todo lo que hallara delante de sí.
XII
Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.
La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha padecido con sus hijos!»
La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas, guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía L’Univers y se recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la alabarda (no hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de club, que es un fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia de que hablamos era, pues, un club de cierta clase, así como hay tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo son de la democracia.
La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros, aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de cándidas tórtolas, palmeras de Sión, etc.; furiosa enemiga de toda la cursilería materialista y liberalesca, y delirante por los discursos contra esa basura de la civilización moderna. Elegante y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios. El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo, derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.
Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.
«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena... Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.
—¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?—dijo aquel Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan sólo con cabeza y alas.—El Señor enviará á usted consuelos inesperados. ¿Y María, está resignada?
—¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán; y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió padecimientos físicos, á ésta se los da morales.
—Cada día—dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,—vemos que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día, cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted, abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud, repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña, una bandera de combate.»
Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos, y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón, el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.
«Si la separación hubiera sido por otros móviles...—decía un poeta á un periodista,—podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que León...»
Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia, más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.
«Hace tiempo que yo lo sospechaba—dijo la de San Salomó á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro ultramontano.—Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre parejas con el modo de querer.
—Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,—dijo el diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de la Marquesa.
—Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía—indicó Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la sazón entraba,—puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»
Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo y perplejidad.
«¡Hija de León!» murmuró.
No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva, enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él (el Marqués) iba perdiendo la fe en la tradicional y proverbial caballerosidad del pueblo español...
«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad—declaró el General;—y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho inconcuso...»
Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con que el ilustre caballero lo anunciaba.
«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza imprudente, alzar la fronte e minacciar le stelle.»
Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un criminal de ligereza ó criminal de perversión.
«Desengáñese usted—dijo el diputado:—la corrupción es general; pero si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y, por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas caminan á su completa ruína. Ellos han derribado el templo como Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.»
La San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no podían oirles.
«Es preciso, es indispensable—afirmaba ella,—decirle la verdad á María.
—¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable, nada diré á mi hermana.
—Pues se le dirá.
—Pues no se le dirá.»
Mostraba Pilar un empeño maligno, una impaciencia de mujer quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.
«Aseguro que se le dirá,—añadió mostrando las ventanillas de la nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.
«En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.
—¡Oh! también he decidido yo en asuntos de tu familia,—dijo Pilar dando al tu familia una entonación impertinente.
—No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su pecho la ira.
Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.
«Me anuncia este padre de la patria—dijo Pilar alzando la voz,—que no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo veintidós.»
Sonó un rumor de descontento.
«El presidente le cambiará el turno.
—¡Y yo que tengo las papeletas en casa!
—¿Cuándo será?
—Este triste asunto de su hermana—dijo la de San Salomó mirando á Gustavo con expresión de afectada pena,—le ha trastornado el cerebro.»
Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.
«Serénate, hijo—le dijo ésta con acento cariñoso.—Todos padecemos tanto como tú; pero no nos falta paciencia.
—Pues á mí me falta.»
Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo y su madre pasaron al gabinete inmediato.
«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?
—Es cierto.
—Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una nueva ignominia...
—¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?
—Sí—dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:—me temo que papá haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...
—¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...
—No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la cara...!
—¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención—dijo la Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.—Estás ridículo.
—¡Ridículo!—exclamó Gustavo con acento de amargura.—No me importa. Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en que vivimos.
—¡Gustavo!
—Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía, ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.
—¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre madre?—dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.—¡Emigrar tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser ministro...! Ya sabes... otros...
—¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»
Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.
«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes, botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...
—¿Pero han hecho daño á mi hijo?—exclamó la de Tellería con maternales ansias.
—No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!—añadió dando un gran suspiro.—Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que sospecho.
—Sospechas necedades.
—¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque pienso ver á León.
—¿Tú?
—Sí, yo; deseo saber por él mismo su culpa. Le tengo por un extraviado, mas no por un perverso. Yo le hablaré el lenguaje de la franqueza para que él me conteste del mismo modo. Si es un miserable, él mismo me lo ha de decir... Entre tanto, que no sepa María las hablillas que corren.
—¡Oh, no! Es preciso decírselo. ¡Pobre hija de mi alma! No quiero yo que ignore las lindezas de su cara mitad. Figúrate que una persona indiscreta se lo cuenta, exagerándolo ó desfigurándolo.
—No se dirá nada á mi hermana.
—No te empeñes en eso. Esta noche misma... No, no me enseñarás mis deberes de madre amante y solícita: sé lo que debo hacer. Es preciso que María se entere. ¿Quién te dice que no podremos llegar hasta la reconciliación?»
Iba á contestar Gustavo cuando entró en el gabinete un poeta que no era, al decir de la gente, saco de paja para Milagros, hombre de aspecto vulgar, casi chabacano y más viejo de lo que parecía. No revelaba en la figura ni en el rostro aquel delicado estro suyo que hablarle hacía en variedad de metros de perennales fuentes de dulzura, de los cabritillos de Galaab, del místico dulcísimo amor de las almas, ni aquella indignación evangélica con que apostrofaba á los materialistas, pidiendo á Dios que los aplastase con las ruedas de su carro y que los mandase al Báratro. Era incomprensible tanta grandeza dentro de tan menguada efigie.
«Es delicioso—dijo al entrar,—y no tiene contestación.
—¿Qué?
—El artículo de Luis Veuillot contra la sociedad moderna, contra esta sociedad materializada y corrompida que, para abolir sus remordimientos, aspira á la abolición de Dios. ¿Necesita usted, Gustavo, los números de L’Univers?
—Puede usted llevárselos, con tal que me los devuelva mañana. Tengo que hacer un artículo sobre el mismo asunto.»
La Marquesa de Tellería pasó al salón.
«Está acordado que se lo cantaremos mañana,—dijo á la de San Salomó.
—Sí, mañana sin falta.»
Formóse otro grupo de mujeres, del cual salía un zumbido como el de un enjambre. «Mañana, mañana...»
Sintióse roce de sederías, bullicio de saludos, movimiento de sillas. La tertulia se disolvía. Salieron muchos en graciosas parejas, sonriendo unos, bromeando otros. Partieron los de Tellería, el General y el Diputado con ínfulas de láico arzobispo. Con éste habló un poco de política religiosa Gustavo sin dejar su expresión melancólica y sombría.
«Adiós, Pilar; nos veremos mañana en San Prudencio.
—Abur, Casilda; haré tu recomendación al Padre Paoletti.
—Adiós, adiós.»
Cuando todos se fueron, la Marquesa de San Salomó se retiró á rezar y á dormir.
XIII
Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya.
La señora de Roch fué muy temprano á San Prudencio. Tiempo hacía que madrugaba para cumplir sus deberes piadosos, tornando á casa á las nueve, con lo que evitaba hallarse entre el tumulto de fieles y de damas amigas que iban á las horas cómodas. Aquel día, que era domingo, madrugó mucho y salió muy temprano de la iglesia, cumplido el precepto que más halagaba su espíritu. Como de costumbre, pasó parte de la mañana en lecturas religiosas; pero ha de advertirse que no había buscado sus textos en nuestra rica literatura mística, fundida en el crisol del espiritualismo más puro y que arrebata el alma creyente, ya encendiendo en ella divinos fuegos, ya embelesándola con un discurrir metafísico y quintesenciado. María apacentaba su piedad, triste es decirlo, con lo peor de esta literatura religiosa contemporánea, que es en su mayor parte producto de explotaciones simoniacas, literatura de forma abigarrada y de fondo verdaderamente irreligioso tirando á sensual, que combinada con el periodismo y con las congregaciones, es uno de los negocios editoriales más extensos de la librería moderna. Mucho de esto nos viene aquí traducido del francés y tiene un sello de mercantilismo que convida á la profanación. No falta al exterior la consabida elegancia material que la industria contemporánea imprime á todas sus obras, y por dentro el verso y la prosa alternan en la expresión del pensamiento; pero ¡qué verso, qué prosa! Hay ideas que reclaman la sencillez, vestidura propia y genuína, sin la cual no pueden existir; hay sentimientos que exigen la seriedad y la majestad como su natural vehículo, y sin él degeneran en afectada declamación. Incapaz María de comprender esto, hallaba elocuente y sublime un escrito en el cual, para celebrar la presencia de Cristo en la Hostia, se hablaba de armonía y silencio, de fuentes selladas, de manantial de amores, de celestial sonrisa, de flores de José, de oro puro, de la mirra del arrepentimiento, del incienso de la oración, de seráficos incendios, de horno que á un tiempo refresca y reanima, de brisas suaves, de perfumes, de virginales y solitarios espíritus, de banquete fraternal, de perla única y celeste rocío del nuevo Edén. Este lenguaje, que habla tan sólo á los sentidos, cautivaba á la señora más que cualquier otro lenguaje. Dotada de imaginación y de una facultad sensoria muy afinada, su espíritu daba fácil acceso á todo lo que viniera por aquella vía y llegase á él en el vehículo de lo bien oliente, de lo tangible, de lo bonito y de lo apetitoso.
Admiraba á Santa Teresa porque le habían enseñado á admirarla; pero no comprendía sus ingeniosas metafísicas. Aquellos amores seráficos eran para ella un juego de lenguaje ó no eran nada. No se recalentaba el cerebro pensando en las maneras más sutiles de amar al Señor, ni poseía tampoco un gran corazón que le permitiera prescindir de maneras sutiles. Su sér burdo y sensual, en el sentido recto, iba ciegamente al entusiasmo religioso por otros caminos. Para ella, por ejemplo, la misericordia de Dios era una idea incuestionable y firme; pero no se encariñaba profundamente con ella sino después de asociarla á una reliquia. Las perfecciones absolutas del Autor de todas las cosas, tampoco reinaban con fuerte imperio en su ánimo si no llegaban á éste por el conducto, digámoslo así, de las perfecciones estéticas de una imagen. La Virgen María, ideal consolador que más fácilmente que otro alguno seduce el espíritu de la mujer y parece que lo informa y compenetra, subyugaba á la insigne dama; mas para que aquel ideal divino tuviera en ella una fuerza incontrastable y la hiciera gemir y llorar, érale preciso (valga la expresión) remojarlo y desleirlo en agua de Lourdes.
Basta con lo dicho para que se vea que la religiosidad de María Sudre era la religiosidad de la turbamulta, del pueblo bajo, entendiéndose aquí por bajeza la triste condición de no saber pensar, de no saber sentir, de vivir con esa vida puramente mecánica, nerviosa, circulatoria y digestiva que es el verdadero, el único materialismo de todas las edades. La verdadera plebe no es una clase: es un elemento, un componente, un terreno, digámoslo así, de la geología social; y si se hiciera un mapa de la vida, se vería marcado con tinta negra este detritus en todas las latitudes de la región humana.
Así como ciertos seres privilegiados personifican en sí la aristocracia del pensar y del sentir, la mujer de León personificaba el vulgo crédulo. En otra época y en otras condiciones sociales, María, sin dejar de llamarse piadosa y de rezar seis horas y de confesar á menudo, hubiera echado las cartas para saber el porvenir, hubiera usado rosarios benditos para conjurar maleficios de brujas, hubiera incurrido en la repugnante manía de asociar á la religión las artes gitanescas.
Pero los tiempos no son ya para esto; aunque bien mirado, maleficios hay y artes de gitanos, si bien de otra suerte que en lo antiguo. Gustaba María de pertenecer á todas las asociaciones piadosas, fueran ó no de índole caritativa. Era, con preferencia á todo, lo que en la jerga mojigata se llama josefina, ó sea individuo de la asociación de San José, cuyo objeto es rogar por el Papa, y que cuenta en su seno con personas muy respetables, dicho sea esto para que no se entienda como mofa ni mucho menos la mención hecha. A otras juntas y á muchas cofradías pertenecía también. Casi todas estas sociedades tienen hoy sus periódicos, creados con el fin de establecer sólida alianza entre los socios ó cofrades y ofrecer una lectura altamente recreativa, á veces enormemente cómica, dicho sea también con el respeto debido. Para María no la había más sabrosa ni edificante, y se recreaba largas horas con las anécdotas (¡lástima grande no poder copiar algunas!), con las oraciones, y, por último, con la parte que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual de las innumerables curaciones hechas con las obleas y las mantecas pasadas por el famoso perolito de Sevilla, prodigios que se dejan muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas pasadas por el perolito para atender á las dolencias de sus deudos y amigos, segura del éxito siempre que éstos tomasen la medicina con fe. La especulación del perolito no podría existir en ningún país donde hubiera sentido común y policía.
Estaba exenta María de aquel idealismo febril de su hermano Luis, y aunque ella se proponía imitarle en todo, era en sus ideas y en sus prácticas muy distinta. Su enfermiza devoción parecía un delirio nacido de la cortedad de inteligencia, limitado por los sentidos y exacerbado por la contumacia de su carácter asaz soberbio. Respecto de su consorte, las ideas y sentimientos de la señora eran muy extraños. Ya sabemos qué clase de amor le tenía, el único en ella posible. ¡Cuánto había trabajado en sus soledades de penitente para dominar aquel amor! ¡Cómo torturó su imaginación! ¡Qué de monstruosidades inventó para representarse feo al que era hermoso, desabrido al que era galán y seductor, repugnante al pulcro y lleno de atractivos! María Egipciaca pensaba que mientras conservase en su mente la ilusión de aquel compañero de sus días y noches, no habría en ella verdadera santidad. Si tenía ó no razón, ¿quién lo sabe? Sólo Dios, que con su vista infinita conocía la calidad de aquella ilusión.
«¡Si León no fuese ateo!» pensaba á cada instante. Y aquí entraba lo irreconciliable, aquí la idea de no tener jamás trato moral ni doméstico con semejante hombre. Había la dama consultado con el pensamiento la voluntad de su hermano, que, como sombra cariñosa, venía en las noches solitarias á vagar sobre su lecho santo, y la voluntad de Luis Gonzaga era que no debía existir entre ella y el ateo relación de ninguna clase; que estaba manumitida de la esclavitud matrimonial, relevada de su carga de deberes, libre para no pertenecer más que á Dios.
A las veces despertaba con zozobra y agonía, bañada la frente de sudor, trémula y acongojada. «¿Y si quiere á otra?» murmuraba. Aquí tomaban sus ideas un giro nuevo. Podía su extraviado espíritu conformarse con la idea de que muriera León, aun con la idea de no ser amada por él; ¡pero que su marido viviese y amase, viviendo y amando á otra...! ¡que fuera para otra lo que había sido suyo...! En esto consistía el martirio de aquella mujer, su mortificación constante, y al llegar á tan delicado punto, todo su sér saltaba con un impulso, no de pura pasión, sino de apasionado egoísmo.
Durante la época en que León se iba apartando lentamente de ella, María gozaba en mortificarle, gozaba en verle entrar todas las noches, porque es cosa que halaga al verdugo la puntualidad de la víctima en ponerse bajo su azote. A veces, por la fuerza de la costumbre y por el afecto verdadero que el largo trato había hecho nacer en ella, sentía mucho gusto de verle; pero disimulaba esta alegría y aquel afecto. ¡San Antonio! No convenía dar á conocer que el ateo era bien recibido. Secretamente solía interesarse por todo lo que á él atañía: dirigía mil preguntas á los criados, y si estaba enfermo, prontamente le hacía llevar medicinas, guardándose bien de mandarle el agua de Lourdes y las mantecas del perolito, por no ser estos ingredientes eficaces sino para el que cree en ellos.
Cuando hablaban tenía que hacer grandes esfuerzos para no contemplar con agrado la simpática y para ella seductora figura de su esposo, y luego, al encontrarse sola, se arrepentía de ello, se castigaba mentalmente, se llamaba perversa, lasciva, y pedía auxilio á la memoria de su hermano y á la virtud de veneradas reliquias, «¡Si no fuera ateo...!» decía y á veces al decirlo lloraba.
Cuando León se retiró definitivamente, la esposa, que le había expulsado diciéndole: «mi Dios me manda que no te ame,» sintió un descorazonamiento, un vacío, un inexplicable terror... ¿De qué? No lo sabía fijamente. Durante una noche entera, la noche aquélla que mencionamos, no pudo poner en su mente una idea devota. Sentíase aturdida, y en su cerebro retumbaba un rumor de malos pensamientos, como pisadas de fantásticos corceles que vienen de lejos dando resoplidos. Necesitó largas lecturas y consultas y amonestaciones de clérigos para poder echar alguna tierra sobre el hermoso cadáver del bien perdido; rezó de lo lindo, se mortificó, puso en gran trabajo la imaginación por su método favorito, que era representarse feo lo que era hermoso, amargo lo dulce, asqueroso lo recreativo y placentero. Este horrible trabajo de limpiar el alma por medio de la fantasía, afeando y cubriendo de inmundicia las nobles galas del amor, las bellezas de la vida, no era nuevo en ella. Los ermitaños y cenobitas la han hecho, completándolo con las mortificaciones exteriores. María Egipciaca trabajó horrendamente en las tinieblas de su atormentado cerebro por representarse como nefandos y teñidos de lúgubres colores, los alegres días de su luna de miel y las más pacíficas y dulces horas de su vida de casada. ¡Espantoso desorden, horrible anarquía del alma!
Como se ha dicho, María, al verle ausente para siempre, sintió un vacío, una desazón, una inquietud, una soledad... ¿A dónde había ido? Sin dar á conocer su turbación, hizo varias preguntas. En sus rezos meditaba la santa sobre esta profanidad... ¡San Antonio! Indudablemente aquel hombre era suyo. Indudablemente lo suyo, lo verdaderamente suyo, no debía ser para los demás. ¡Cómo fulgura á veces la lógica en los entendimientos más turbados! Lo extraño era que, á pesar de lo que María llamaba ateísmo de León, siempre había visto en él un fondo de honradez que le inspiraba confianza. Jamás pensó, ¡tan limitada era su inteligencia! en el problema de compaginar aquel ateísmo con esta honradez. ¿Por qué creía ella en la honradez de un ateo? No podía decirlo; pero indudablemente la confianza existía. Ahora, con la partida de su esposo, de su compañero, de su hombre, desaparecía la confianza. Atormentada fué durante no pocos días por una sensación muy singular. Enorme y fea víbora se acercaba á ella, la miraba, la rozaba, se escurría resbaladiza y glacial por entre los pliegues de su ropa, ponía el expresivo hocico de ojos negros en su seno, oprimía un poco, entraba primero la cabeza, después el largo cuerpo hasta el postrer cabo de la cola delgada y flexible. Entrando, entrando, la horrible alimaña se aposentaba en el pecho, se enroscaba despidiendo un calor extraordinario, y se estaba quieta como muerta en la abrigada concavidad de su nido.
XIV
La revolución.
Una dama hablaba con María. Era la Marquesa de San Salomó.
«Queridísima—le dijo,—no quiero ser de las últimas en venir á llorar contigo.
—¿A rezar?
—A rezar y á llorar. Dios nos aflige con sus castigos. No te ví hoy en San Prudencio. El Padre Paoletti me dijo que te habías retirado temprano, y lo sentí. Quería yo consolarte como puede consolar una buena amiga.
—¡Consolarme!...—dijo María con aturdimiento.—¡Ah! sí, de mi abandono, de mi desaire... Hace tiempo que padezco en silencio, y el Señor, la verdad, no me ha negado dulcísimos consuelos. ¿Para qué estamos en el mundo sino para padecer? Hay que penetrarse bien de esta idea, para que cuando venga el dolor nos encuentre prevenidos.
—¡Oh!—exclamó Pilar con sincera admiración, dando un beso á su amiga.—¡Qué buena eres! ¡qué santa! ¡qué excepción tan admirable eres tú en nuestra sociedad, María! Debiera venir la gente aquí á darte culto, á rezarte como si estuvieras canonizada.
—¡Qué error, Pilar, qué error tan grande! ¿Y si yo te dijera que soy muy pecadora?
—¿Tú pecadora?... ¿tú?—observó la de San Salomó haciendo aspavientos cual si oyera una blasfemia.—Pues si tú eres pecadora, ¿qué soy yo? ¿quieres decírmelo? ¿Qué soy yo?»
Y se contestó á sí misma, no con palabras, sino con un grande y entrecortado suspiro, queja angustiosa de su conciencia, incapaz ya de poder resistir más peso.
«No me maravillo yo de que hubiera santos cuando las ocasiones de pecar eran escasas, cuando la mitad del género humano vivía dentro de conventos ó en feos páramos, y se veían á cada instante ejemplos que imitar; lo admiro ahora, cuando la libertad ha multiplicado los vicios, cuando todo el mundo hace lo que quiere, y encontramos rara vez casos ejemplares dignos de imitación. Por eso digo que tú debieras ser canonizada, porque dentro de Madrid, que es sin duda lo más perdido del universo, y en este siglo, que es, como dice Paoletti, la vergüenza del tiempo, has sabido despreciar el mundo tentador y has igualado á los santos penitentes, á los confesores... y también á los mártires.»
Pronunció el también á los mártires con entonación fuertemente intencionada.
«¡Oh! no me hables así—dijo la Egipciaca, que aunque gustaba de los elogios, tenía costumbre de disimular aquel gusto.
—Yo te admiro mucho, muchísimo—añadió Pilar con arranque cariñoso,—porque estoy muy lejos de tí, porque disto mucho de parecerme á tí. ¡Ay, querida mía! si Dios me concediera el andar un pasito solo de ese camino de perfección en cuyo fin estás tú y que yo ni aun he podido principiar... ¿Sabes lo que pienso? Que voy á intimar más contigo, á acompañarte en tus rezos si lo permites, á leer lo que tú leas, y mirar lo que tú mires, y pensar en lo que tú pienses, por ver si de ese modo se me pega algo. Por de pronto, deseo y te pido que me des algo tuyo, un objeto cualquiera, un pañuelo, por ejemplo, para tenerlo siempre aquí sobre mi pecho, como se tiene una reliquia. Yo quiero que me toque constantemente algo que te haya tocado á tí... Aunque no fuera sino porque al ver tu pañuelo me acordaría de tí y de la virtud, y podría atajar un mal pensamiento ó una mala acción... ¿Te asombras? Pues no debes asombrarte, queridísima. Ma petite, tú no te estimas en lo que vales. Mira, cuando te mueras la gente ha de andar á mojicones por conseguir pedacitos de tu ropa.
—Pilar, que estás ofendiendo á Dios con tus lisonjas.
—Eres tan buena que te escandalizas de oirlo decir. Así era tu hermano Luis, que en la gloria está. Pero tú vales más que él.
—¡Pilar, por amor de Dios!—exclamó María verdaderamente escandalizada.
—Más que él; yo sé lo que digo.
—¡San Antonio!
—Más que él... Él fué santo; tú además de santa eres mártir. Has llegado al sumo grado de la perfección cristiana. Yo no conozco criatura más alta que tú, y no sé si sentir por tí más lástima que admiración, ó más admiración que lástima.»
María no entendía bien.
«Así es que el nombre de santa me parece poco... Y dime tú: ¿qué nombre deberíamos dar al que teniendo en su casa este tesoro de virtud y de bondad, huye de ella y desprecia el tesoro y se cubre de baldón desdeñando el oro por el estaño, y poniendo en lugar del ángel que Dios le dió por mujer, á una...?
—Pilar... ¡por Dios! ¿te refieres á mi esposo?
—¡Oh! amiga de mi alma—dijo la de San Salomó, que había enrojecido dando muestras de gran agitación.—Perdóname si me pongo furiosa al hablar de esto. No puedo remediarlo.
—Pero León... Pilar, tú no sabes lo que dices. Mi marido es un hombre formal.»
Si de María se ha dicho que era limitada de inteligencia, algo basta de sensibilidad, pues su corazón de fibras gruesas y sin finura carecía de aptitud para los afectos entrañables y delicados, con la misma lealtad se ha de manifestar lo que en ella había de bueno, y era un fondo de honradez, un cimiento de esa rectitud innata que engendra siempre cierta confianza candorosa en la rectitud de los demás. La dama penitente se sublevó contra las reticencias de su amiga.
«Veo—dijo ésta,—que estoy cometiendo una gran indiscreción. Sin duda no sabes nada.
—¡Que no sé nada!... ¿de qué?
—¡Oh! no: debo callarme. Yo creí que tu mamá...
—Háblame con claridad... has nombrado á mi marido.
—Y ya me pesa.
—Mi marido es... así... de cierto modo... No cree en nada... se condenará de seguro... es ateo, rebelde... pero se porta bien, se porta bien.»
Bruscamente Pilar rompió á reir. Su risa sonora, importuna, que duraba más de lo regular, llevó al alma de María grandísima turbación.
«Si llamas portarse bien estar separado de su mujer, que es una santa, y tener relaciones con otra...» declaró la amiga con una entonación despiadada, agria, que tenía algo del cuchillo que corta ó de la lima que raspa.
María se quedó como una difunta, pálida, los ojos fijos, la boca entreabierta.
«¡Con otra!»
Esto no era nuevo en ella como idea: éralo como hecho. Habían precedido á la noticia presunciones vagas, temores; pero con todo, la triste verdad abruma aun cuando haya sido precedida por el sueño asustadizo.
«¿Has dicho que con otra?
—Con otra, sí. Lo sabe todo Madrid, menos tú.
—Has dicho... con otra...—repitió María, que estaba con el conocimiento á medio perder, alelada, padeciendo una especie de parálisis, cual si cada una de aquellas dos terribles palabras fuera enorme piedra que había caído sobre su cráneo.
—¡Sí!... ¡con otra!—afirmó Pilar rompiendo á reir por segunda vez, lo que no indicaba un gran respeto á la mujer canonizable.
—¿Y quién es?—preguntó con fulgurante viveza la penitente, que pasó del idiotismo á una especie de excitación epiléptica.—¿Quién es, quién es?
—Yo creí que ya lo sabías... ¡Pobre mártir! Es Pepa Fúcar, la hija del Marqués de Fúcar, ese que los periódicos llamaban antes el tratante en blancos, y ahora le llaman egregio porque se ha enriquecido adoquinando calles, haciendo ferrocarriles de muñecas, envenenando á España con su tabaco, que dicen es la hoja seca de los paseos, y, por último, prestando dinero al Tesoro durante la guerra, al doscientos por ciento; un buen apunte, un gran señor de ahora, un dije del siglo, un noble haitiano, un engendro del parlamentarismo y del contratismo, que no me puede ver ni en pintura porque una noche, en casa de Rioponce, empezó á galantearme y le volví la espalda, y porque siempre que le vea en alguna tertulia al alcance de mi voz, me pongo á hablar del tabaco podrido, de la multiplicación de los adoquines, del gas que apesta, y del calzado con suelas de papel que dió á la tropa.»
Y Pilar soltó la tercera carcajada. María no oyó ni podía oir aquel gráfico y cruel bosquejo del Marqués de Fúcar. Escuchaba un tumulto extraño que repercutía en su interior, el estruendo de una revolución, de una sublevación, así como el despertar súbito y fiero de un pueblo dormido. La sierpe que ya se enroscaba en su pecho incubó de improviso innumerables hijuelos, y éstos salieron ágiles, culebreando en todas direcciones, vomitando fuego y mordiendo. Eran los celos, ejército invisible y mortificante, cuyo conjunto se representaba la penitente como una irradiación continua de mordidas y quemaduras, por su prurito de dar á los sentimientos como á las ideas forma de sensaciones físicas, de tal modo, que este afecto era para ella como caricia y arrullo, aquel otro como bofetada, ó como pellizco, ó como aguijonazo.
Nunca había sentido la pobre santa y mártir cosa semejante, ni explicarlo sabía. Su dolor se confundía con el pasmo, con una sorpresa terrible. El sacudimiento era tan vivo, que no se le ocurría, como pareciera natural, pensar en Dios, ni llamar en su auxilio á la paciencia ó á la resignación. ¿Qué era aquello? Lo real destruyendo el artificio. El alma y el corazón de mujer recobrando su imperio por medio de un motín sedicioso de los sentimientos primarios. Era la revolución fundamental del espíritu de la mujer reivindicando sus derechos, y atropellando lo falso y artificial para alzar la bandera victoriosa de la naturaleza y de la realidad, aquello que emana de su índole castiza y por lo cual es amante, es esposa, es madre, es mujer mala ó buena, pero mujer verdadera, la eterna, la inmutable esposa de Adán, siempre igual á sí misma, ya fiel, ya traidora. Esta revolución la hace algunas veces el amor; pero no es seguro, porque el amor, en su sencillez inocente, se deja vencer por la caricia falaz de su hermano el misticismo; quien la hace siempre con éxito es el mayor monstruo, la terrible ira calderoniana, los celos, pasión de doble índole, perversa y seráfica, como alimaña híbrida engendrada por el amor, que es ángel, en las entrañas de la envidia, hija de todos los demonios.
Ya veremos que la súbita pasión que había estallado en el alma de María tenía más de la índole aviesa de su madre, la envidia, que del generoso natural de su padre, el amor. Por eso era un tormento horrible, sin mezcla de alivio alguno, un traqueteo sin descanso, un fuego que crecía á cada instante. Como alcázar minado que revienta y cae en pedazos, así cayó por el pronto, resquebrajándose, su mojigatería. Verificóse en ella un eclipse total de Dios. Dando un doloroso grito, se llevó las manos á la cabeza, y dijo:
«Infame... me las pagarás!»
En aquel momento entró la Marquesa de Tellería, y comprendiendo que María estaba enterada de todo, se arrojó en sus brazos. La penitente no lloraba: tenía los ojos secos y fulgurantes. La madre se decoró el rostro con una lágrima que traía preparada, como se preparan los suspirillos al entrar en una visita de duelo.
«No te sofoques, hija de mi alma. Veo que ya sabes todas esas infamias. Yo no había querido decírtelo por no turbar tu corazón angelical... Cálmate. ¿Pilar te ha contado...? Es horroroso, pero quizás remediable... Hace días que he perdido el sosiego... Vamos, un poco de resignación.»
La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra.
«La gravedad del delito—afirmó,—consiste en la calidad de la víctima, María. Falta grande es hacer traición á una mujer cualquiera; pero hacer traición á una santa... No sé á dónde irá á parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo, ya se atreve á la abolición del alma. ¡Oh! c’est degoutant. ¡Y luego extrañan los perversos que haya un puñado de hombres de bien decididos á impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen á pelear por la sagrada causa de la Religión, madre de todos los deberes! Si son vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...»
Dicho esto se levantó, y dirigiéndose á un armario de luna que en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su interesantísima persona, volviendo el cuerpo á uno y otro costado para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y allí delicadamente para pulsar un pliegue, ó retirar un mechón de cabellos que avanzaba mucho. Después se volvió á sentar.
«¿Sabes ya que vive con ella?—dijo la de Tellería á su hija, confundiendo las palabras con un beso.
—¡Con ella!—gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto pintoresca de su madre—. ¿En dónde?
—En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una casa junto á Suertebella... Se comunican por el parque.
—Voy allá,—dijo María levantándose y tirando con mano convulsa del cordón de la campanilla.
—Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.»
A la doncella que entró dijo María:
«Mi vestido negro.
—Sí, sí: bonita vas á ir—dijo la Marquesa sonriendo,—con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.
—¡Oh!—exclamó la penitente con expresión de inmenso dolor.—No tengo ropa: he dado todos mis vestidos de lujo.
—¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es: preséntate á tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, ó sin casi, gobiernan el mundo.
—Antes discutamos si debe ir,—insinuó la de San Salomó.
—Sí: quiero ir allá... quiero,—gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.
—Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...
—Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones á un desaire mayor, si te encuentras de manos á boca con Pepa ó con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...
—¿De su papá?—dijo María.—¿Pues no ha muerto Federico?
—No, tonta—manifestó la de San Salomó, poniendo la cara que es de rigor cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte á parte el pecho de un pobre bicho destinado á las colecciones de Historia Natural.—No, tonta: el papá es tu marido.
—¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina!—exclamó la de Roch, quedándose otra vez como idiota.
—La gente lo dice por ahí—indicó Milagros intentando atenuar la crueldad de la noticia.
—Y tú ¿qué crees? ¿qué crees tú, mamá? ¿será cierto?» dijo María, preguntando á las dos con febril ansiedad.
Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas; su lamentable estado psicológico, semejante á lo que los médicos llaman caquexia ó empobrecimiento, provenía, de la depauperación moral, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación llevada á tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.
«No: yo creo que eso es fábula...
—No: yo creo...»
La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó la frase. Después dijo: «La gente se funda en cierto parecido...
—¿De Monina?
—Con León... Yo verdaderamente no sé qué pensar. Sospecho que esas relaciones son muy antiguas.»
María rebotó de su asiento. No hay otras palabras para expresar aquel salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse á su vestido negro para ponérselo y correr á Suertebella.
«No te precipites, no seas tonta—dijo su madre deteniéndola.—Ya no es hora de ir allá. ¿No ves que anochece?
—¿Qué importa?
—No, de ninguna manera.»
La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas apenas se veían.
«Luz, luz—gritó María.—Me muero en esta obscuridad.
—Yo creo que debes ir—afirmó Milagros;—pero no esta noche, sino mañana.
—Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso?—dijo la de San Salomó.—¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?
—¡Oh!—exclamó la solícita y amorosa madre.—Yo confío... hasta en la reconciliación.»
Su confianza no era grande; pero la suplía el deseo.
«¡Reconciliación! ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?
—No sé, no sé—repuso María mostrando su incapacidad para responder á esta pregunta como á otra cualquiera.—Yo no quiero reconciliación, sino castigo.
—¡Oh! no estamos para melodramas—dijo la de Tellería extendiendo las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las óperas vestidos siempre con una sábana blanca.—Paz, paz... María, es preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf! ese olor de la lana teñida no se puede resistir.»
Las dos Marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba lejos el traje de su amiga. María dirigió á su hábito de merino negro una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de seda y de corte elegante y á la moda?» Por primera vez desde que renunciara al mundo le pareció fea la sencilla hopa de su santidad, que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.
«La cuestión de vestido es fácil de arreglar—dijo la de San Salomó.—Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos para que escojas.
—Y manteleta.
—Y sombrero.
—También sombrero; ¿á qué hora vas á ir?
—Yo iría ahora mismo.
—No: mañana al mediodía. Es preciso no olvidar las conveniencias, las horas convenientes, las ocasiones convenientes,—indicó la de Tellería.
—Voy á comer... vuelvo en seguida—dijo Pilar.—Te traeré lo mejor que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba más sino que Pepa Fúcar se fuera á reir de tu facha estrambótica. Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados... Adiós, querida... Milagros, addio.»
Besándolas á entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la Marquesa comió un poco, María nada; pero no era el Almanaque quien le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas, abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de última moda y hasta medias de alta novedad. La pícara propagandista clerical se cubría con aquella estameña. Los criados y la doncella fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía que miraba y no veía.
«¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?
—Este es bonito—dijo María fijándose con indiferencia en uno.—¿Quién te lo hizo?»
Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas cambiadas.
«¡Qué cuerpo tan estrecho!—dijo.
—Este color perla te sentará bien.
—No: prefiero el negro.
—El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh! admirable. Has tenido buen gusto.
—Aunque la estación no es avanzada, hace calor.
—¿Qué sombrero llevas?»
María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido examen, señaló uno diciendo:
«Este de color negro y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema? El colibrí también es bonito y las rosas pálidas.
—¡Ah!—exclamó Pilar con asombro,—parece que no has abandonado el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está bien el vestido, para si no alargar ó encoger un poco. He traído á mi doncella, y entre todas...»
María no había dado aún su consentimiento, cuando su criada, su madre, Pilar y la doncella de ésta empezaron á desnudarla de aquella horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu religioso, y dijo afligidamente:
«Dios mío, ¿qué voy á hacer?
—Tonta, mil veces tonta—manifestó la Marquesa,—déjate de escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu exagerada devoción?»
María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejóse caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Fué como un lindo ejemplo de la creación del mundo.
«¡Dios mío, San Antonio bendito!—exclamó cruzando las manos,—¡qué flaca estoy!
—Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa,—afirmó la madre con orgullo.
—¡Monísima, charmante!.., Juana, improvisa aquí un buen peinado—dijo Pilar á su doncella, habilísima peinadora.—Una cosa sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A ver si te luces.»
Con gran presteza empezó Juana su obra desenredando los cabellos de María. Esta, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros, parte del blanco seno, y á la vista de aquellas joyas tembló de pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás habría llegado demasiado lejos la reacción, si un flechazo partido del bien templado arco de su madre no la contuviera.
«Al verte, hija mía, nos parece increíble que ese mamarracho de Pepilla Fúcar...»
Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo: «¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!» Después María puso la cabeza en las dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores celestiales.
En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar no lo habría hecho mejor. Exclamación de sorpresa acogió obra tan magistral, y la misma María se contempló con admiración, pero sin sonreir. En seguida, pasando á la habitación donde estaba el espejo grande, se procedió á ponerle el gran traje princesa, operación no fácil, pero que al cabo fué terminada con general aplauso. El vestido resultó que ni pintado, el corte perfecto, el efecto sorprendente.
«¡Oh, qué bien está esta pícara!—dijo la de San Salomó con cierta envidia.—Veamos la manteleta. Escogeremos ésta de cachemir de la India con riquísimo agremán y flecos. La cortó un discípulo de Worth.»
María, en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se devoraba con sus propias miradas, dando al cuerpo el contorno particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La criada alzaba la luz alumbrando la esbelta figura.
«Ahora el sombrero.»
Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro faltaba. Pilar no quiso confiar á nadie aquella obra delicada, que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en alto el sombrero y se lo puso á su amiga. ¡Efecto grandioso, sin igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipciaca estaba elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo. Encarnaba en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del traje, que unido al infinito de la belleza, produce las maravillosas estatuas de carne y trapo ante las cuales sucumben á veces la prudencia y la dignidad, á veces la salud y el dinero de los hombres. ¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse bien bastaba alargar la mano á una higuera!
«Vaya—dijo Pilar,—ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias... ¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que hasta mañana.»
Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:
«Mañana es día de prueba para tí. Voy á mandar encender el Santísimo en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!... Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como cuantas hace la Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel barniz general de cursilería que llevan consigo todas las cosas de Antonia. ¡Si vieras qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una fiesta cívico-progresista.... En fin, si llegan á tocar el himno de Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de oir aquella voz de falsete... ¡Luego una pobreza de alumbrado...! En fin, no quiero entretenerme más, que es tarde... Adiós; ahora se me ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de los Dolores.
—Sí—dijo María enérgicamente,—la Virgen de los Dolores.
—Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Veré si alcanzo dos actos de Hugonotes... Con que mañana al mediodía...
—Al mediodía. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana. Yo traeré algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.
—Adiós... adiós.»
XV
¿Cortesana?
La Marquesa rogó á su hija que se acostara, á lo cual ésta accedió de buen grado, porque se sentía muy fatigada. Quitóse con lentitud los ricos atavíos que resucitaban en ella bruscamente la elegante mujer de otros tiempos, y se retiró á su alcoba. Tiritaba de frío y había caído en gran tristeza. Después de un rato de silencio, durante el cual mirábala su madre con alarma y desasosiego, volvió la vista á las imágenes, láminas, estampas y reliquias que hacían de su alcoba un museo de devoción, y dijo así:
«Señor Crucificado, Virgen de los Desamparados, santos queridos, amparadme en este trance.»
La de Tellería, que también en las ocasiones solemnes sabía dar muestras de acendrada piedad, besó los pies de un crucifijo.
«Alcánzame mi rosario, mamá,» dijo María.
Milagros tomó el rosario que estaba colgado á los pies del crucifijo y lo dió á su hija.
«Ahora—añadió ésta,—puedes retirarte... siento sueño. Después que rece un poco me dormiré.»
La Marquesa señaló la hora fija para la expedición del día siguiente. Convinieron en ir las dos, quedándose la madre en el coche mientras la hija entraba á hablar á su marido.
«El corazón me dice que alcanzaremos algo bueno; quizás alguna reconciliación—dijo la mamá besando á la penitente.—Ahora procura dormir y no pienses mucho en santurronerías. Ya ves el resultado de tu terquedad. Francamente, niña mía, yo me pongo en el caso de un marido, de cualquier marido... No es que yo condene la devoción, la verdadera devoción. ¿Por ventura no soy yo piadosa, no soy buena católica, aunque indigna? ¿No cumplo todos los preceptos?... Eso de la santidad hay que pensarlo antes de casarse, antes de contraer ciertos deberes.
—Una cosa me ocurre—dijo María prontamente, demostrando que no pensaba en santurronerías.—Si debo llevar mañana alguna alhaja, alfiler, pulsera, pendientes, puedes traerme lo que gustes de las joyas mías que te llevaste para guardármelas.
—Bueno—replicó la madre algo contrariada.—Pero casi todas tus alhajas necesitaban compostura y las mandé al taller de Ansorena... De todos modos...
—Rafaela me ha dicho que ayer te llevaste toda la plata.
—Sí, sí: toda. Hija de mi alma, me aflige mucho que vivas sola en este caserón. Tiemblo por tí, por tu seguridad. Andan ahora ladrones...
—La plata no me hace falta... Dí, ¿no te llevaste también las cortinas de seda, mis encajes, mi escritorio de ébano y marfil, el tarjetero, los vasos de Zuloaga, las dos jarras de Sèvres, el abanico pintado por Zamacois, la acuarela de Fortuny y no sé qué más?
—¡Oh! Tienes más memoria de lo que parece...—dijo la Tellería disimulando su turbación.—Todo me lo llevé. Esas preciosidades no debían estar expuestas á un golpe de mano. ¿Sabes tú cómo está Madrid de rateros?...
—Mira, mamá—prosiguió María, dando una vuelta en su lecho:—tráeme también mi reloj, porque es preciso saber la hora, la hora fija.
—Bueno... pero ¡calla! Ahora recuerdo que tu reloj no andaba: lo tiene el relojero.
—Pues entonces iré sin reloj... Vaya, buenas noches, mamá. Vete á dormir.
—Mañana á las diez estoy aquí para empezar la toilette.
—A las diez.
—Abur, paloma.
—Adiós, mamita. Pide á Dios por mí.»
María no durmió nada. Por primera vez vió realizado en parte un antiguo antojillo de beata que pensaba realizar. Había proyectado acostarse en un lecho de zarzas piconas, con lo que, desgarrándose todo el cuerpo muy á gusto del espíritu, se parecería á los penitentes cuyas vidas había leído llena de admiración. Aquella noche su lecho fué primero de espinas, después de brasas. Se quemaba en él, como San Lorenzo en sus parrillas ó San Juan en la cazuela de la Puerta Latina... No pocas veces se había quedado dormida rezando, ó recitando entre dientes letrillas de novenas y décimas josefinas. Aquella noche las oraciones, las letrillas, las décimas y los pentacrósticos revoloteaban entre sus labios como las abejas en la puerta de la colmena, y entre tanto su cerebro ardía como un condenado á quien dan tizonazos los ministros de Satán en cualquier aposento del Infierno. No pudiendo resistir aquel freir continuo, chisporroteante y doloroso que bajo su cráneo y detrás de sus ojos la atormentaba, saltó del lecho, encendió luz. «Ahora mismo,» murmuraron sus labios, mientras se vestía.
Sin calzarse corrió hacia el reloj de su gabinete. ¡Cuánto se descorazonó al ver que marcaba la una! ¡Era tan temprano! Mentalmente se hizo cargo del sitio donde estaría el sol á tal hora y del tiempo que tardaría en salir. Después se encerró en su tocador. ¡Quién puede saber lo que hacía! En el silencio de la noche y en las piezas donde no hay nadie, los relojes, con su tic-tac semejante á una respiración, simulan personas. Desde las chimeneas, esos entes de bronce parece que fijan en todo su carátula de doce ojos, y que oyen y entienden con aquel mismo órgano interno que produce su palpitar rítmico, incesante. El reloj del gabinete de la Egipciaca era el único que podía enterarse de lo que hacía su ama. Ni aun el retrato de León podía saberlo, porque estaba vuelto contra la pared.
Oyó el reloj que su hermosa dueña abría y cerraba cajones, oyó el ruido placentero del agua saltando en la porcelana, después en el mármol, y resbalando sobre las ebúrneas partes de una estatua humana, para caer luego en chorros sobre sí misma, bullendo y saltando como en las fuentes mitológicas, donde tritones, ninfas y caracoles de alabastro, surtidores, jirones, encajes y polvo de agua, forman conjunto bellísimo á la vista. El pícaro, que desde mucho tiempo antes tal cosa no presenciaba, reía y reía dando unos contra otros sus doscientos ó trescientos dientes. Percibió después olor suavísimo y delicado de perfumes de tocador... porque los relojes tienen olfato, sí, huelen por aquellos dos agujeros por donde se les da cuerda... También eran desusados los ricos olores.
Volvió al gabinete María trayendo ella misma la luz con que se alumbraba. Su primera mirada fué para la numerada esfera, y junto á ésta dejó la bujía. ¡Las dos y cuarto! ¡Qué cargante es un reloj en el cual siempre es temprano! La dama estaba en ropas blanquísimas, arrebujada en ancho mantón que la preservaba del fresco y ayudaba la reacción producida por el agua fría. Algo amoratado su rostro, no por eso era menos bonito, y sus manecitas blancas se crispaban agarrando el mantón para abrigarse, como la paloma que esconde el cuello entre sus pardas alas.
La reacción del agua fría es tan rápida como fuerte. La penitente soltó el mantón, y fijando sus miradas en el lienzo vuelto contra la pared, alzó los brazos para bajarlo... ¡Estaba muy alto! Cuando se subió sobre una silla, el reloj, único testigo de aquella escena, admiró á la hermosísima mujer en la casta diafanidad de aquel atavío, y sus doce ojos se abrieron más. Cada hora era un lucero, y siguiendo en su tic-tac, guiñaba su aguja hacia las tres.
Descolgó la señora el cuadro, y volviéndolo del derecho, lo puso sobre una silla. Entonces apareció en la sala el busto, la enérgica cabeza, la mirada profunda y leal de León Roch. Fué como la entrada súbita de alguien en la estancia solitaria. María se quedó perpleja, y toda su sangre se le corrió al corazón, agolpándose en él y dejándole heladas y casi vacías las venas; le miraba sin respirar, sin pestañear, como cuando se presencia la aparición milagrosa de quien se ha muerto, ó la encarnación estupenda de lo que se ha soñado. Y él no la miraba ceñudo, sino con expresión serena, que ponía en sus ojos la índole de su alma recta y franca... Alargó el cuello María, acercando su cara al lienzo... retrocedió después para dar tiempo á que su mano quitase un poco de polvo; y luego que esto hizo, besó la imagen de su marido, una, dos, tres veces, en distintas partes de la cara. Oyóse entonces una carcajada indistinta, un reir sofocante y zumbón. Era el reloj que respiraba más fuerte echando de sí ese murmullo que precede al toque de las horas.
¡Las tres! El reloj principiaba á ser complaciente y juicioso, y se iba curando de aquella inaguantable manía de ser temprano. Como el hotel de Roch estaba casi en las afueras, oíase el canto de los gallos anunciando el fin de aquella noche perezosa, pesada, eterna...
«Pronto amanecerá—pensó María.—En cuanto amanezca, me voy.»
Empezó á vestirse. Los trajes, los sombreros, los zapatos y demás prendas que había traído Pilar, estaban arrojados sobre las sillas. Si no presidieran en la estancia tres cuadros distintos del patriarca San José, creyérase que aquél era el gabinete de una mujer de mundo, después de una noche de festín. Examinó la penitente los colores de las finas medias de seda, y por último, segura del buen efecto, vistió sus piernas estatuarias con las azules y las sujetó con ligas del mismo color. El calzarse no era obra tan fácil. Probó zapatos, botas... ¡Oh! felizmente el pie de Pilar parecía hermano del suyo... Pero María vacilaba en la elección de forma. ¿Bota ó zapato? He aquí un problema que por su gravedad podía equipararse á éste: ¿gloria ó infierno?
El coturno fué desechado al fin después de una acaloradísima discusión interna. Venció el zapato alto, de cuero bronceado, de tacón Luis XV y hebilla de acero: una verdadera joya. Después de mirarlos mucho, María se calzó. Sus pies eran bonitos de cualquier modo, y desnudos más. Admitido el calzado como una necesidad social que no era ley en tiempo de Venus, María vió con admiración sus pies artificiales, con los cuales Dafne no hubiera podido correr, pero que no por eso eran menos lindos.
Sentó con arrogancia la planta en el suelo, examinó todo desde la rodilla, giró un poco sobre el tacón, movió la delgada punta, semejante á un dedal. El pie tiene su expresión como la cara. María lo encontró admirable, y pensó en otra cosa. ¡Corsé, peinado! dos cosas graves que no pueden hacerse á un tiempo. A veces la primera es del dominio de la fuerza; la segunda de los augustos dominios del arte. Acudió la señora á lo más urgente, y no necesitó caballos de vapor para aprisionar su hermoso seno y talle, plegando y aplastando sobre uno y otro, como fino papel de embalaje, las blancas telas de delicado lino. El peinado era cosa más difícil. Fué al tocador, sentóse, meditó un rato con los brazos alzados, como un sacerdote que reza antes de poner sus manos sobre los objetos rituales, y al fin... haciendo y deshaciendo, con la sencillez que permitía la falta absoluta de ciertos artículos de tocador, María logró remedar medianamente lo que las hábiles manos de Juana habían hecho la noche anterior. Estaba bien, sobre todo sencillo, airoso, elegante, que era lo principal. Nada de cargazón ni catafalcos...
Lo demás verificóse como en el ensayo de la noche precedente. El vestido princesa de gro negro con combinaciones de terciopelo y faya pajiza clara; el sombrero, que parecía haber salido de manos de las hadas... todo era bonito, todo lindísimo, seductor. María se contempló con asombro; se creía otra. No: no era posible que ella fuese tan guapa; allí había sortilegio; ¿cómo sortilegio? No: una católica no podía pensar esto. Lo que allí había era favor de Dios, determinación de la Providencia para ponerla en condiciones de realizar una buena obra. De Dios tenía que provenir no sólo aquella superior hermosura, sino aquel hechicero atavío. Esta superstición se pegó á su mente como un molusco á la roca, y allí se quedó adherida por succión.
«Dios permite, Dios consiente, Dios manda...» pensó, formulando con vigor aquella idea.
Y á mirarse volvía. De costado, de frente, de todos modos estaba bien. ¡Qué ágil y flexible su talle, qué gallardo su busto, qué contornos, qué aire de cabeza! ¡Qué graciosa neblina la del ligero velo de su sombrero, obscureciendo el rostro pálido, como la sombra de un ave que pasaba, y se ha detenido revoloteando para admirar tanta hermosura! ¡Qué misterioso simbolismo de pasión en aquel negro del terciopelo con golpes de seda de un pajizo lívido, y qué dulce armonía la de su rostro coronando aquella noche de tinieblas, manchada de relámpagos sulfúreos! ¡Qué ojos tan verdes, tan melancólicos, y al mismo tiempo, cómo escondían bajo la tristeza la amenaza, la venganza bajo el dolor, bajo la caricia el puñal! ¡Cómo aquellos hechizos anunciaban otros, y cómo se completaba todo allí, el color y la expresión, la vista y la ilusión, la belleza y el alma, lo humano y lo divino!... ¡Ah!... ¡Guantes! Gran contrariedad fuera que Pilar no hubiera traído guantes. María los buscó, y habiéndolos hallado, probóselos muy satisfecha.
«No llevo joyas—dijo para sí,—pero no importa.»
Y luego añadió con orgullo:
«Llevo la principal: mi virtud.»
Después de otro rato de contemplación en el espejo, añadió:
«¡Qué guapísima voy!... Si yo supiera hablar bien y decir lo que pienso... Si encontrara las frases más propias...»
Tirando de la campanilla, alborotó toda la casa. Los criados tardaron en levantarse; pero se levantaron al fin. La doncella, que entró aturdida y soñolienta en el gabinete, se quedó pasmada al ver á su ama vestida; ¡y qué bien vestida! María mandó que al punto llamaran al señor Pomares. Este digno hombre, que había vuelto á ser admitido después de la separación, se presentó con cara hinchada y dormilona, temblando y tropezando.
«Haga usted que me pongan inmediatamente el coche,» le dijo María sin mirarle.
Pomares se quedó tan estupefacto como si lo mandaran tocar á misa á las seis de la tarde.
«Pero la señora ha olvidado que ya no tiene coche.
—¡Ah! ¡es verdad! No me acordaba. Bien: tráigame usted un coche de alquiler, un landó.
—¿A esta hora?
—¿Pues no es ya de día?
—Todavía no ha amanecido.
—¿Y qué importa?... Veo que es usted muy dificultoso... No sirve usted para nada.»
Pomares se quedó como quien ve visiones. Aquel lenguaje áspero, colérico... Sin duda la señora estaba loca.
«¡No se mueve usted, hombre de Dios!—añadió María.—¿Por qué me mira usted así? Pronto, un coche, cueste lo que cueste.
—Bien, señora: iré á ver si...
—Pronto. Quiero salir en cuanto amanezca.»
Por mucho que trabajó el buen Pomares, paseando su respetabilidad de cochera en cochera, no pudo traer el landó hasta muy entrado el día. Ardiendo en impaciencia, María esperaba en su gabinete, después de tomar café puro, paseando y rezando á veces, á ratos sentada y sumida en profundas meditaciones. Cuando le anunciaron que el coche entraba en el jardín del hotel, levantóse, fué derecha á un hermoso armario que en su alcoba tenía, abriólo y sacó una gran botella de agua no muy clara. Los labios de la dama se movían, articulando sin duda oraciones piadosas, mientras su mano derramaba parte del contenido de la botella en un vaso de plata. Alzándose cuidadosamente el velo del sombrero, bebió. Era agua de Lourdes.
XVI
El deshielo.
No había andado el coche medio kilómetro cuando á María le asaltó la idea de una dificultad terrible, y era de tal naturaleza, que casi casi estuvo á punto de dar al traste con sus proyectos. Era que siendo aquel traje, como elegido para salir á la una de la tarde, impropio para una excursión tan de mañana, la señora estaba ridícula y hasta cursi. ¿Cómo no había caído en ello mientras se vestía? ¿cómo no eligió ropas más sencillas, más conformes, en fin, con lo que las pragmáticas del vestir ordenan para la primera hora? Gran descuido y aturdimiento fué el suyo; pero ya no tenía remedio y aunque le amargaba mucho no ser en aquel día un modelo de buen gusto, se conformó, considerando que la hermosura superior hace las leyes de la moda y nunca es esclava de ella.
Solicitada su mente por cosas más graves, pronto olvidó María lo del vestido. Lo que la inquietaba era un continuo inventar de frases y discursos. Ya sabía ella todo lo que le había de decir su marido y todo lo que debía contestarle la esposa ultrajada. Los discursos sucedían á los discursos y las frases se perfeccionaban en su cerebro, como si éste fuera el crisol heráldico de la Academia. Ya un adjetivo le parecía tibio y ponía otro más quemador; ya cambiaba una oración afirmativa por otra condicional, y así iba anticipando la expresión de su ira, poseyéndose tanto en aquel ensayo, que hablaba sola.
No se fijó en ningún accidente del camino ni en nada de lo que veía. Para ella el coche rodaba por una región vacía y obscura. No obstante, como acontece cuando en el pensamiento se embuten ideas de un orden determinado y exclusivo, María, que no observaba las cosas grandes y dignas de ser notadas, se hizo cargo de algunas insignificantes ó pequeñísimas. Así es que vió un pájaro muerto en el camino y un letrero de taberna al que faltaba una a; no vió pasar el coche del tranvía, y vió que el cochero de él era tuerto. Esto, que parece absurdo, era la cosa más natural del mundo.
Por fin entró en aquél para ella aborrecido poblachón, que ni es ciudad ni campo, sino un conjunto irregular de palacios y muladares. No sabiendo fijamente á dónde dirigirse, preguntó á unas mujeres, que la informaron con amabilidad. El coche siguió adelante. Ya llegaba, ya estaba cerca. El corazón de la pobre esposa se saltaba del pecho, llevándose consigo los discursos y las frases tan trabajosamente compuestas.
Al fin dejó el coche... apenas podía andar y se sentía sin fuerzas. Vió un portalón ancho que daba á un gran patio. En aquel patio había muebles, colchones liados, gran cama de hierro empaquetada. Todo anunciaba mudanza. También vió á una mujer que hablaba con alguien. María entró, acercóse á ella, y entonces advirtió llena de asombro que la mujer no hablaba con nadie. ¿Estaba loca?... María le hizo la pregunta que era indispensable para poder entrar.
—¿D. León?—dijo Facunda con semblante amable y esperando un poco á que se le pasara el asombro.—Arriba está.»
Y señalaba una puerta por donde se veía una escalera. Subió María rápidamente hasta la mitad; después tuvo que detenerse porque no tenía respiración. Arriba ya, entró en una grande y clara pieza. No había nadie.
María vió libros conocidos, muebles amigos, algún desorden, como cuando se está embalando para un viaje; pero ni un alma... ¡Ah! de repente, como pájaro que al ruido salta y aparece saliendo de una mata, apareció una niña, saliendo de detrás de la mesa. Tenía una muñeca medio rota en la mano, mucho abrigo sobre el cuerpo y una toquilla de lana blanca, puesta poco más ó menos como se la ponen las monjas. Se comía un pedazo de pan. Su cara era como la de un ángel, suponiendo que á los ángeles se les pongan húmedas las naricillas á causa del fresco de la mañana.
Vió Monina que aparecía en la puerta aquella señora, y se quedó mirándola de hito en hito, quieta, fija, muda. No era señora: era una muñeca grande, muy grande, vestida como las señoras. El primer sentimiento de Monina fué asombro, después miedo. Vió que la gran muñeca adelantaba lentamente, sin quitar de ella los ojos, ¡y qué ojos! Monina se iba quedando pálida y quería gritar; pero no podía. Y la enorme muñeca avanzaba hacia ella sin parecer que andaba, sino que la movían resortes debajo de la falda, y llegaba hasta ella, se inclinaba doblándose por la cintura... El terror de la pobre niña llegó á su colmo; pero no podía chillar, porque aquellos ojos la miraban de una manera que le cortaba la voz... Y la muñeca rígida y colosal alargó una mano y la puso sobre el hombro de la infeliz niña, y asiendo después el bracito de ella, apretaba, apretaba, como aprieta el hierro de las tenazas, mientras una voz indefinible que á Monina no le pareció voz humana, sino esa voz de fuelle que en el pecho de las muñecas dice papá y mamá, le preguntaba:
«¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?»
El instinto de conservación venció al miedo, y al fin la pobre Ramona dió un chillido agudísimo y prolongado, retirando su brazo oprimido. En aquel momento salía León Roch de la estancia próxima; se quedó en el marco de la puerta como una figura en su nicho. Al contrario de Santo Tomás, veía y no creía. Pasó algún tiempo sin que volviera de su pasmo y terror, haciéndose cargo de la situación dificilísima en que estaba. Ver allí á su mujer era realmente extraordinario, pero no absurdo; lo absurdo era verla guapa, vestida á la moda con elegancia, casi con exceso de elegancia y lujo por la discrepancia entre la hora y el traje. Tal fenómeno no cabía dentro del círculo de previsiones y cálculos de León, y era, por lo tanto, un fenómeno inexplicable.
Dueño al fin de sí mismo, y resuelto á afrontar la escena que se preparaba, León, antes de decir á su mujer la primera palabra, tomó de la mano á Monina, salió á la escalera, llamó á alguien, entregó la niña, y volviendo adentro, cerró la puerta con brío, como el domador en el momento de enjaularse con sus queridas fieras, que después de todo no son otra cosa que su familia. Cuando se acercó á María, ésta se había sentado. Apenas podía tenerse en pie.
«¿No me esperabas?—murmuró temblando
—No, ciertamente.
—Te creías libre... ¡pobre hombre!... libre para correr sin camino... por un freno... digo, para correr sin freno, por un camino de infamias. No contabas con mi... con mi...»
Los discursos que traía perfectamente ordenados en su cabeza, se evaporaban palabra tras palabra. Hizo un esfuerzo de memoria para recordar una frase que creía de efecto; pero la frase se le iba, se le escapaba. Apenas pudo atrapar al vuelo una palabra, y gritó con voz ronca: «¡Presidiario!»
León se sonrió ligeramente; María dijo:
«¡Presidiario!... yo soy la policía.
—Bien—dijo León con serenidad, apoderándose al punto de aquella idea.—Convengo en que soy presidiario, en que tú eres la policía; pero no tienes cadena para atarme, que tú misma la has roto.»
María había preparado sus frases contando siempre con que su marido le diría algo que ella imaginaba; mas como León no dijo aquello, sino otras cosas, he aquí que la aturdida esposa estaba como el histrión que ha olvidado sus papeles.
«¡La cadena!—murmuró no comprendiendo en el primer momento.—¿Dices que yo la he roto?
—Sí: tú la has roto. Mi libertad ¿quién me la ha dado sino tú?
—Eres un malvado, un libertino, un ingrato—dijo la dama cayendo en las recriminaciones vulgares de todas las esposas ofendidas.—¿De qué libertad hablas? Tú no la tienes, tú eres mi esposo, y estás atado á mí por un lazo que nadie puede desatar sino Dios, porque Dios lo ató. Estos infames materialistas creen que así se juega con el matrimonio, una institución divina.
—Y también humana. Pero no disputemos, María. Concluyamos: ¿á qué has venido?
—¡Pues no pregunta el miserable que á qué he venido! A pedirte cuenta de tu conducta criminal, á sorprenderte en tu infame retiro, á avergonzarte, y, finalmente, á despreciarte.
—Podías haberme despreciado en tu casa.
—Es que he querido ver si tenías un resto de pudor y vergüenza; si te turbabas delante de mí; si te atrevías á confesarme tu falta...
—Ya ves que me he turbado un poco—dijo León alzando los ojos.—En cuanto á faltas, si alguna he cometido, no eres tú á quien debo confesarla.
—¡Qué descarada perversidad!... Pues también he venido á otra cosa—añadió la penitente lívida de ira:—he venido con la esperanza de encontrar aquí á esa liviana mujer, para darle el nombre que merece y...»
Sus manos se engarfiaron una contra otra y apretó los párpados fuertemente.
«¿Qué mujer?
—¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Oh! No la nombro, porque me parece que la boca se me mancha... ¿Te atreverías á sostener que no tienes relaciones criminales con ella?
—¿Con quién?
—Con esa,—dijo señalando con energía á Suertebella.
—María—repuso León palideciendo.—No quiero verte convertida en propagadora de hablillas miserables... Muy difícil me será dejar de respetarte; pero si quieres que no falte jamás á la consideración que debo, no toques esa cuestión, calla, déjame, márchate. Tú no necesitas ya de mi afecto, puesto que te basta con tu religión; vete á tus altares y déjame á mí solo con mi conciencia.»
María se recogió en sí, contrayendo los brazos contra el pecho cual una fiera que ataca, y vióse en sus ojos verdes como un obscurecimiento vidrioso, precursor de un brillo más grande.
«¡Ladrón, infame!—exclamó.—¿Tienes el atrevimiento de arrojarme á mí, la mujer legítima, la mujer que te posee y que no te soltará, no, no te soltará, porque Dios le ha dicho que no te suelte?... ¿Quién eres tú, miserable, para romper un Sacramento, para dar una bofetada al Padre de todas las criaturas?
—¡Romper Sacramentos yo!... ¿yo?»
Al decir esto León, se levantaba.
«¿Yo?—repitió acercándose á su mujer.—Yo no he roto el Sacramento.
—¿Pues quién?
—Tú,—afirmó él apuntando á su esposa tan enérgicamente con el dedo índice, que parecía querer sacarle los ojos.
—¡Yo!
—Tú, tú lo hiciste pedazos, cuando apremiada por mí para salvar nuestra mutua paz me dijiste: «Mi Dios me manda contestarte que no te ame.»
María quedóse un momento lela y aturdida. Su viva cólera había cedido un poco.
«Es verdad que dije eso... sí, y en verdad si querías mi amor, ¿por qué no te apresuraste á merecerlo, haciéndote cristiano católico? A pesar de tu horrible ateísmo, yo no puedo decir que no te amase... algo... ¿Por qué no eres como yo? ¿Por qué no me imitabas en mi piedad?
—Porque no podía—dijo León con sarcasmo;—porque hay algunas clases de piedad que están fuera del orden natural, que son locas, absurdas, ridículamente necias... Conste, pues, que el Sacramento lo rompiste tú, tú misma.
—Pero yo—dijo María, cogiendo al vuelo un argumento irresistible,—he sido fiel, tú no.»
León vaciló un instante.
«Yo también lo he sido. Ante Dios y por la memoria de mi madre y de mi padre, juro que lo he sido. Fiel, cariñoso y atento contigo por todo extremo he sido yo cuando tú, arrastrada á una santidad enfermiza por las ardientes amonestaciones de tu hermano, pusiste una muralla de hielo entre tu corazón y el mío. Me negaste hasta las palabras íntimas y dulces, que suelen suplir á los afectos cuando los afectos se han ido; me mortificaste con tus necios escrúpulos, con tus recriminaciones crueles, que tenían no sé qué semejanza con las injurias del populacho; me hiciste en mi propia casa un vacío horrible; todo me lo teñiste de un lúgubre negror frío que me oprimía el corazón, me agostaba las ideas, me inclinaba á las violencias; tuviste á gala el despojarte de las gracias, de la pulcritud, hasta del bien parecer que hace agradables á las personas, y para mortificarme más te vestías ridícula, y parecía que tu orgullo estribaba en serme repulsiva, odiosa. Toda palabra mía era para tí una blasfemia; toda disposición mía dentro de la casa, un crimen digno de la Inquisición. ¡Ah, insensata! ya que abrazaste la carrera de la santidad con tanto entusiasmo, ¿por qué no imitaste de mí la paciencia, aquella virtud evangélica con que sufrí tu soberbia vestida de humildad, tu aspereza anticristiana, tu devoción que, por lo insolente, por lo chabacana, parecía más bien la travesura de todos los demonios juntos representando una comedia de ángeles con máscaras de cartón?... ¡Y á mí que he sufrido esto, que me he visto odiado y escarnecido por tí, siendo un modelo de tolerancia, vienes á pedirme cuentas en vez de perdón!... perdón, María, que es la única palabra que hoy cuadra en tu boca. Al esposo á quien se ha dicho que no se le ama, no se le piden cuentas. Demasiado prudente he sido y soy, cuando á pesar de todo, aún no me he atrevido á declarar roto nuestro matrimonio, aún te tengo por esposa, aún me siento ligado á tí, y no pido libertad, sino paz; no pido compensación, sino descanso.
—Casi casi podrías tener alguna queja de mí—dijo María, abrumada por el apóstrofe de su marido,—si desde aquella época me hubieras guardado la fidelidad que yo á tí te he guardado. Pero no lo has hecho, no: me has sido infiel desde hace mucho tiempo.
—Falso.
—Sí: infiel, infiel—afirmó la esposa insistiendo en el argumento fuerte y de más efecto, y dando sobre aquel yunque con fiera energía.—En vez de defenderte de este cargo, me has acusado; es el procedimiento de todos los criminales marrulleros... Yo estaba ciega, ignorante de tus perfidias. Tú me engañabas miserablemente.
—Falso.
—Desde hace mucho tiempo.
—Falso.
—Al fin lo he sabido todo, he descubierto toda la verdad. Y ahora no podrás negarlo. El presente revela el pasado. Tu crimen actual descubre el crimen de ayer. Has perdido el decoro, no ocultas la antigüedad de tus relaciones, y aquí, en esta casa donde te has retirado para pecar á tus anchas, pasas todo el día jugando con esa mocosilla...»
Las miradas de León saltaron sobre su mujer, fulgurantes, terribles, como saetas disparadas del arco con invisible presteza. María llevó todo su aliento á su laringe para decir con voz ronca:
«... ¡Que es hija tuya!»
Con los labios lívidos, la mirada asesina, como la fulguran los ojos del criminal en el momento del crimen, León se acercó á su mujer, y empuñándole y sacudiéndole el brazo que encontró más cerca, gritó:
«¡Calumniadora!... ¡embustera!...»
Después soltó el brazo y mascó las demás palabras que iba á decir. El respeto obligábale á tragarse su ira. María Egipciaca, devorada interiormente por sus culebras quemadoras, no halló palabras en su mente para expresar la ira de aquel instante, porque los celos y el despecho, cuando llegan á cierto grado, no se satisfacen con voces: necesitan acción. El rencor de la dama no podía tener entonces más desahogo que un destrozo cruel, trágico, sangriento, de lo que había causado su arrebato. Hacer trizas entre sus manos á Monina era su pasión del momento, y sin vacilar lo puso en práctica, arrancándole con salvaje dureza los brazos, la cabeza... No se asuste el lector: lo que María destrozaba era la muñeca que Monina se había dejado sobre una silla. Las manos trémulas de la mujer legítima luchaban sin piedad con los miembros de cartón. Arrojando los pedazos lejos de sí, exclamó con entrecortada voz:
«Así... así debe tratar la esposa legítima á la... á la...»
Se ahogaba. León, recobrando algo de su serenidad, pudo decirle: «No te creí capaz de hacerte eco de una infame calumnia. No sé de qué sirve la santidad que ignora hasta el fundamento primero de toda doctrina. Nunca tuviste entrañas.
—¡Ay! sí las tuve—dijo María fatigada de su propia cólera;—pero me alegro de no haber llevado nunca en ellas hijos tuyos. Dios me bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido á otras haciéndolas madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos.
—Tus blasfemias me horrorizan—añadió León no pudiendo resistir más.—¿Puede darse sacramento más quebrantado, lazo más roto? Entre tú y yo, María, hay una sima sin fondo y sin horizontes, un vacío inmenso y aterrador, en el cual, por mucho que mires, no verás una sola idea, un solo sentimiento que nos una. Separémonos para siempre; no pongamos frente á frente estos dos mundos distintos, que no pueden acercarse y chocar sin que broten rayos y tempestades. Si hay algo irreconciliable, somos tú y yo. Sí: también yo soy fanático; tú me has enseñado á serlo con ardor y hasta con saña. Vámonos cada cual á nuestra playa, y dejemos que corra eternamente en medio este mar de olvido. Para calma de tu conciencia y de la mía, hagámoslo mar de perdón. Perdonémonos mutuamente, y adiós.»
María, oyendo estas palabras, observaba que sus sentimientos de ira y despecho eran sustituídos por otros nuevos, tranquilos, y por cierta idealidad contemplativa que se iba metiendo en su espíritu perturbado. Miraba á su esposo y le hallaba ¿á qué negarlo? más digno que nunca de ser compañero amante de una mujer como ella. Veía su rostro expresivo, su barba negra, que le daba melancolía, y un no sé qué de personaje heróico y legendario; sus ojos de fuego, su frente donde se reposaba un reflejo de la luz solar, como señalando el lugar que encerraba una gran inteligencia. Esta muda observación de la belleza varonil actuó directamente sobre su corazón, haciéndole latir con fuerza. Acordóse de sus primeros y únicos amores, de las felicidades y legítimos goces de su luna de miel; sobre estos recuerdos volvió insistente como una manía la idea de que aquel hombre era muy interesante, muy simpático, muy... ¿por qué no decirlo? muy bueno, y de nuevo le miró, no se cansaba de mirarle... ¡De otra! ¡para otra! Esta era la idea que echaba fuego en el montón de leña; ésta la satánica idea que volcaba su corazón, derramando toda la piedad de él como los tesoros contenidos en un vaso. Por esta idea la frialdad se trocaba en fuego, el desdén en ansias cariñosas... Ardientemente enamorada, de celos más que de amor, María sintió una aflicción horrible cuando se vió despedida con bonitas palabras, pero despedida al fin. Ella podía aceptar la despedida, sí, y marcharse para siempre; podría quizás olvidar, consentir que su marido no la amase... ¡pero eso de amar á otra... ser de otra!...
«¡No, mil veces no!» exclamó la dama terminando en alto su meditación.
Diciéndolo se humedecieron sus ojos. Quiso luchar con su llanto, y secándose prontamente los ojos, habló así á su marido:
«Una noche me preguntaste...
—Sí: te pregunté...
—Y yo te respondí que Dios me mandaba que no te amase... Es verdad que me lo mandaba Dios. Yo lo sentía aquí, en mi corazón... Pero, ya ves, no debe tomarse al pie de la letra todo lo que se dice. Tú debiste preguntar otra vez.
—¡Te había hecho la pregunta tantas veces!... ¡y de tan distintos modos!...
—Bien: ahora te pregunto yo á tí.»
Se acercó á él y le puso ambas manos sobre los hombros.
«Te pregunto si me quieres todavía.»
La mentira era refractaria al espíritu de León. Consultó primero á su conciencia; pensó que una falsedad galante y generosa le honraría; mas luego sintió que se rebelaban contra él las mentiras galantes. Antes de que acabase de discernir aquel obscuro asunto, la verdad brotó de sus labios diciendo:
«No... Mi Dios, el mío, María, el mío, me manda responderte que no.»
Desplomóse la señora sobre su asiento. Parecía rugir cuando le dijo:
«¡Tu Dios es un bandido!
—No tienes derecho sino á mi respeto.
—¿Amas á otra?—preguntó María mordiendo la punta de su pañuelo y tirando de él.—Dímelo con lealtad... reconozco tu lealtad... confiésamelo y te dejo en paz para siempre.
—Tampoco tienes derecho á hacerme preguntas.
—Niégame el derecho y contéstalas.»
León iba á decir: «pues bien: sí.» Pero hay casos en que la verdad es como el asesinato. Decirla es encanallarse. La contestación fué:
«Pues bien: no.
—Te conozco en la cara que has mentido,—dijo María incorporándose bruscamente.
—¡En mi cara!
—Tú no eres mentiroso... yo reconozco que nunca has mentido; pero ahora acabas de revelarme que has perdido aquella buena costumbre.»
León no replicó nada. María esperó un rato, y después dijo:
«Nada tengo que hacer aquí...»
León no pronunció una palabra, ni siquiera miró á su mujer.
—Nada, nada más—añadió ella,—sino avergonzarme de haber entrado en esta casa de corrupción y escándalo.»
Humedecía con su lengua sus labios secos; pero labios y lengua estaban juntamente impregnados de un amargor en cuya comparación el acíbar es miel deliciosa. María quiso escupir algo, escupir aquel otra que le parecía el zumo de una fruta cogida en los jardines del infierno. Sus labios se dejaron morder por los dientes hasta echar sangre.
«¡Qué vergüenza!—murmuró.—¡Haber descendido á tanto... arrastrarme á los pies del miserable... una mujer como yo, una mujer...!»
La rabia no la dejaba llorar, ni aun siquiera llorar de rabia.
«¡Verme despreciada!...
—Despreciada, no,—dijo el marido haciendo un movimiento generoso hacia ella.
—Despreciada como una mujer cualquiera, como una...
—Desprecio, jamás...
—Ni siquiera...
—Acaba...
—Ni siquiera... merezco una atención...
—Atención, sí,» dijo León, al parecer tan agitado como ella.
Sentía la Egipciaca una extraordinaria humillación, que arrastraba su alma á un infierno de tristeza.
«Para tí, yo... ni siquiera soy hermosa. Soy una mujer horrible; he perdido...
—No. Te juro que desde que te conozco, nunca te he visto tan hermosa como ahora.
—Y sin embargo—gritó María saltando en su asiento,—y sin embargo, no me amas...
—Tú—le dijo León en voz baja,—que has cultivado tanto la vida espiritual, debes saber que la hermosura del cuerpo y rostro no es lo que más influye en el cautiverio de las almas.
—¡Para tí soy horrible de espíritu!...»
Y al decir esto se dió un golpe en la frente, exclamando: «¡Ah!» como quien recuerda algo muy solemne, ó vuelve de un tenebroso desvarío á la luz de la razón.
«¿No he de ser horrible para tí, si soy mujer cristiana y tú un desdichado ateo materialista?... Y yo he cometido la falta, ¿qué digo falta? el crimen de apartar los ojos por un momento de mi Dios salvador y consolador para fijarlos en tí, hombre sin fe; de haberme despojado de mi sayal negro para vestirme estos asquerosos trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de solicitarte... ¡No, no: Dios no me lo puede perdonar!»
Y exaltada, delirante, levantóse con horror de sí misma; se llevó las manos á la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco tirón dado al sombrero deshizo el peinado, frágilmente compuesto por ella misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y desmelenada, con el rostro trágico, la mirada felina, marchó hacia su esposo, y en voz baja le dijo:
«Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado á mi Dios, he olvidado mi deber y mi dignidad por tí, miserable. Ya no merezco que me llamen santa, porque las santas...»
Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de horror, añadió:
«Las mujeres consagradas á Dios no se visten con este uniforme del vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles harapos!»
Arrancó lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil, rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran, aun con los guantes puestos, dos garras terribles, capaces de hacer trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos de modista. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.
«¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo á mi Dios, á mi vida recogida, indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque te ha gustado á tí; vuelvo á la paz de mis ocupaciones religiosas, á la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve á los ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus festines; vuelvo á mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de olvidarte, y en su obscuridad las hermosas tinieblas de no verte á tí... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se dignó concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré á hacer más!»
Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente, escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada, aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercóse á ella echándole los brazos, la levantó, sentóla en la silla.
«¡María, por Dios!—le dijo.—No hagas locuras. Tú misma... Serénate...»
María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar el desorden de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido, que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le apretaban como cuando se va á poner un sello en seco; y después una voz sorda, un gemido que así decía:
«Te ahogo, te ahogo si quieres á otra... ¿No soy yo guapa, no soy yo más hermosa que ninguna?... A mí sola... á mí... sola.»
Después el vigoroso abrazo cesó lentamente; cedió toda fuerza muscular y nerviosa. Apartó de sí León aquellos brazos ya flexibles, que cayeron al punto exánimes, y cayó también la pálida cabeza sobre el pecho, velada por su propia melena como la del tétrico y maravillosamente hermoso Cristo de Velázquez. Después distinguió una ligera contracción espasmódica que corría por el cuello y el seno de su mujer, haciendo temblar su epidermis, y oyó un murmullo profundo que dijo: «Muerte... pecado!»
María quedó inerte. Su marido le tocó el corazón: no latía. El pulso... tampoco... Salió afuera gritando: «¡Socorro!»
Desde que abrió la puerta se presentó gente. En la escalera y en la corraliza la curiosidad había reunido á no pocos vecinos, porque se habían sentido voces, porque la que gritaba era la esposa del Sr. Roch, y una esposa que grita es objeto de la general atención. Subieron, entraron. También llegó el Marqués de Fúcar, que fué á enterar á León de su encargo. Aturdidos todos, no sabían qué hacer.
«Que la lleven al punto á mi casa—dijo Fúcar.—¿Hay aquí cordiales fuertes? ¿Hay...? Lo primero que hace falta es una cama, un médico... Llevémosla á mi casa.
—Que venga aquí el médico,—dijo León.
—¿En dónde la acostamos?» repitió Fúcar, mirando á todos lados.
Los colchones y camas, lo mismo que los demás muebles, habían sido llevados ya.
«¿Y mi cama?—indicó Facunda.—No la tiene mejor un rey.
—¡Quite usted allá!... A ver... parece que late el corazón.
—Sí: late, late,—dijo León con esperanza.
—Esto no es nada... un síncope... Todo por una disputa... He aquí los resultados de la exageración... Pero es preciso acostarla... A ver, envolvámosla en una manta... ¡Una manta!»
Era el Marqués de Fúcar hombre á propósito para las situaciones rápidas que exigen don de mando, energía y gran presteza en ejecutar un pensamiento salvador. Cuatro robustos brazos levantaron á María, después de abrigarla cuidadosamente con una manta, y la transportaron fuera de la casa. Parecía un cuerpo amortajado que llevaban á enterrar. León vió hacer esto y lo permitió como habría permitido otra cosa cualquiera sin darse cuenta de ello. Pasó mucho tiempo antes de comprender que aquella traslación, si por un lado era conveniente, por otro no. Cuando quiso oponerse, el triste convoy estaba ya en marcha.
Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vió entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente el vestido roto el pelo en desorden... La entraron en la primera habitación que se encontró á propósito, y la pusieron sobre la cama.
«Han olvidado lo principal—dijo Pepa:—aflojarle el corsé.
—Es verdad: ¡qué idiotas somos!»
Diciendo esto, D. Pedro cortó con una navaja las cuerdas del corsé. El médico entró, y cuando todos se retiraron, menos León y los Fúcares, habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio á Madrid llamando á uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero algo más había, porque la infeliz dama, al volver en sí, deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía á nadie, ni aun á su esposo.
Después cayó en profundo sopor. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.
«Ahora—dijo,—dejarla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.»
El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice á la boca, ordenó silencio. León y el Marqués de Fúcar callaban, contemplando á la enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:
«Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me encargo de cuidarla: yo me encargo de todo.
—No—le dijo León prontamente:—te ruego que no aparezcas en este cuarto.»
Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos de puntillas. León se sentó juntó al lecho. Aún le duraba el aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. La penitente reposaba con apariencias de sosegado sueño. El desdichado esposo miró á todos lados, observó la estancia, dió un suspiro, tuvo miedo. De pronto vió que Pepa entraba con paso muy quedo por una puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.
Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como curiosidad. Más pálida que la enferma, su semblante era cadavérico. Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un fantasma. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía detenerla, y adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al propio tiempo más tremenda del Universo.
Tras ella entró Monina, deslizándose paso á paso como un gatito que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose á su madre y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba á la cama y decía: «Moña meta.»
Moña meta, que quiere decir muñeca muerta.