III

Dijo, y siguió accionando en silencio durante un rato. Estaba desasosegado y colérico. La enorme desproporción entre su energía intelectual y su fuerza física, entre sus ideas y su posición, le ponían en aquel estado de frenesí, tan semejante a una monomanía furiosa.

—En algunas cosas tiene usted razón, señor don Miguel —dije—. No se castiga todo lo que debiera castigarse; pero si ese humor de mil demonios que usted tiene se ha de aplacar con la prisión y escarmiento de Salvador Monsalud, dese usted por curado... Hablaremos a Lozano de Torres... aunque sigo en mis trece, y sostengo que ese desgraciado no está en Madrid. Debe de haber error en esto.

—Está, está en Madrid —afirmó segunda vez Jenara, clavando en mí sus ojos azules, cuya serenidad se alteró visiblemente—. Yo le he visto.

Al decir yo le he visto, se puso pálida. Su semblante expresaba más bien miedo que cólera.

—¿Le ha visto usted?

—Hace seis días —dijo palideciendo más— fui a misa a la iglesia del Rosario, que está aquí cerca. Después de oír misa y de rezar, me dirigí a la puerta. La iglesia era toda oscuridad. Pasaba yo junto a la entrada de una capilla, cuando sentí más bien que observé la proximidad de un bulto, de una figura, de un hombre. Llegó hasta mí una corriente de aire frío, cual si una capa se agitara a mi lado; yo temblé. Al mismo tiempo, llevadas por aquel aire glacial, sonaron en mis oídos estas palabras, dichas con marcado tono de burla o ironía: «Adiós, Generosa...» Me estremecí toda; tropecé en una estera, y ya tocaban mis rodillas en el suelo, cuando una mano me levantó con energía. En el mismo instante, alguien levantó la cortina del cancel, entró alguna luz, y vi a mi lado una cara muy morena, la misma cara. ¡Jesús!

Daba Jenara a su relación un interés inmenso. La patética emoción del drama se pintaba en su semblante.

—Nunca he tenido —añadió— tan fuerte impresión, no sé si de miedo, no sé si de ira, no sé si de lástima... En término muy breve mis sensaciones fueron muy diversas, traídas la una por la otra. Temblé, como si sintiera la mano del demonio agarrando la mía... creí que iba a ser asesinada en aquel mismo instante... me pareció que aquel hombre no era un diablo ni un asesino, sino simplemente un pobre que me pedía limosna... se me representaron uno tras otro los crímenes de Monsalud, desde su traición a la causa nacional hasta su duelo con Carlos... no vi luego más que desgracia, mendicidad, hambre... ¡y qué cara, santo Dios!

—¿Le observó usted bien?

—Está más moreno, mucho más moreno que antes. Sus ojos queman; su boca, al sonreírse con ironía, no sé si hambrienta o sanguinaria, muestra unos dientes más blancos que el marfil; su aspecto infunde miedo y dolor. Viste de un modo extraño, anda de prisa, pasa y mira.

—¿Pero le ha visto usted una sola vez? —pregunté, asombrado de tantos detalles.

Un ratito tardó en contestarme. Luego, mirando al suelo, dijo:

—Una sola vez... Yo corrí para salir de la iglesia. Desde la puerta miré hacia dentro, y vi que un fraile se le acercó.

—¡Un fraile!... —murmuró sordamente Baraona—. ¡Buenos están también!

—¿Y dice usted que desde ese día no ha vuelto a verle? —pregunté a Jenara.

Después de vacilar, me contestó:

—No... no puedo asegurar que haya vuelto a verle... ni tampoco que no le haya visto.

—¿Cómo es eso?

—Quiero decir que la impresión que en mí produjo aquel encuentro ha sido tan duradera, que a veces se reproduce ella misma, sin causa real... La imaginación...

—Diga usted los nervios. Cuidado con creer en duendes y apariciones.

Callamos todos, contemplando las menudas ascuas de la copa de bronce que, mezclándose con la blanca ceniza, lanzaban su último brillo; existencias que, próximas a expirar, dirigían a los vivos su postrer mirada. Baraona, Jenara y yo mirábamos en silencio la moribunda lumbre. Todo callaba en derredor nuestro. Era la hora en que los espíritus pusilánimes y los niños suelen tener miedo, y para ahuyentarlo, al ir a acostarse, atraviesan corriendo y cantando los largos pasillos y las oscuras piezas. Era la hora en que las puertas de algún ventanejo alto y lejano suelen dar porrazos, estremeciendo la casa y el corazón de sus habitantes. Era la hora en que el gato trasnochador suele lanzar lastimeros ayes, que parecen llanto de criaturas, o algazara de voladoras brujas que van por los aires a sus repugnantes asambleas. Era la hora en que el viento suele ponerse en la boca el tubo de la chimenea, como un gigante que sopla su bocina, y cantar, decir o refunfuñar alguna horripilante estrofa, que hiela la sangre en las venas del inquieto durmiente... Los tres nos hallábamos profundamente pensativos, cuando sonó de improviso en lo interior de la casa inusitado estrépito, una puerta que se cerró, un mueble que vino al suelo, un golpe, un tiro, qué sé yo... una nada, una tontería, un fútil accidente; pero que sin duda, a causa de la hora y de cierta predisposición de espíritu, nos estremeció a todos.

—¿Qué es eso? —chillamos a una vez.

Miré a Jenara. Estaba blanca como el papel, y sus dientes chocaban.

—Es la puerta de mi cuarto que ha dado un golpe. Quedó abierta la ventana de la calle... —dije yo, tranquilizándome por completo.

Al cabo de un instante me sentaba de nuevo junto al brasero, después de cerciorarme de la insignificante causa de nuestro pueril miedo. Jenara seguía temblando; yo me reí, y ella, arropándose en su mantón, dijo que tenía frío. Baraona, levantándose, dio la orden de acostarse todo el mundo.

Les acompañé a sus habitaciones. Al pasar por la extensa galería que las separaba de las mías y del comedor, observé que Jenara dirigía miradas inquietas a un lado y otro. La sombra de nuestros cuerpos sobre la pared atraía sus miradas con más fijeza de lo que una vana sombra merece. Yo iba tras ellos. Cuando les despedí en la puerta, Jenara me dijo: «Entre usted.» Seguía temblando, y como yo le interpelase sobre aquella injustificada desazón, solo contestaba:

—Tengo frío.

Obligome a que registrara su habitación; a que asegurase las puertas, las cerraduras de las ventanas, y cuando me retiré al fin después de manifestarle lo innecesario de tales precauciones, echó llaves y cerrojos por dentro, quedándose acompañada de su criada.

Dirigime a mis habitaciones, sin dar importancia a las voluntariedades de mi hermosa huéspeda; pero al llegar a mi alcoba y lecho, y cuando a acostarme me disponía, recibí una sorpresa, una impresión tan fuerte, que mis carnes temblaron, dieron unos contra otros mis dientes, y me quedé frío, absorto, mudo, petrificado. Sobre mi lecho y en la misma vuelta de las sábanas, había un papel escrito. Con trémula mano lo tomé; recorriéronlo mis ojos en un instante; decía así:

«Infame Bragas: Tú que eres amigo y compinche del Tigre y del Zorro, podrás conseguir que manden poner en libertad a Fermina Monsalud, presa y atormentada en la Inquisición de Logroño por supuesto delito de infidencia. El Elefante trabaja en pro de la mujer inocente. Ha asegurado que la Culebra, es decir, tú, podrás ayudarle con éxito seguro.

»Infame Bragas: si dentro de quince días está libre mi madre, no te pesará; si no lo estuviere, te acordarás de

Salvador Monsalud.»