IX

La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que allí son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Valira, un bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes, y tres gargantas estrechas le dan entrada por caminos que entonces solo eran a propósito para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la Ciudadela; más al norte, el Castillo; entre estas dos fortalezas el escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su expugnación: es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas.

El 29, Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue desgraciado; pero el 1.º de febrero, operando simultáneamente todas las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia de los sitiados. Por último, el 3 de febrero, a las doce de la mañana, las contraguerrillas del Cojo y el regimiento de Murcia penetraban en la Ciudadela, defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa.

Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud volvía tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse de alta en los críticos días 1.º y 2 de febrero. Además de que se sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se le supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas. Tomó, pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes del valiente Cojo de Lumbier, y fue de los primeros que tuvieron la gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los raudales de sangre, oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con su excitado espíritu.

Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus sentimientos, recordó las instrucciones de Mina, y supo transmitir las órdenes de degüello con tanta firmeza como el cirujano que ordena la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la Ciudadela, y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos, le dijo con la misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures:

—Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será vencida.

Al día siguiente, bajó a la Seo, que le pareció un sepulcro del cual se acabara de sacar el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y húmeda, así como su suciedad, hacían pensar en los gusanos insaciables: no se podía entrar en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que en los claustros de la catedral, convertidos en hospital, había no pocas personas de Madrid, allá se fue creyendo encontrar algún amigo de los muchos y diversos que tenía. Grande era el número de heridos y enfermos; mas no vio ningún semblante conocido. En el palacio arzobispal estaban los enfermos de más categoría. Dirigiose allá, y apenas había dado algunos pasos en la primera sala, cuando se sintió llamado enérgicamente.

Miró, y dos nombres sonaron:

—¡Salvador!

—¡Pipaón!

Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del 19, los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno, muy mal habían de venir las cosas para que no saliese alguno entre los soldados de Mina. A pesar de todo, estuvo con el alma en un hilo hasta que vio aparecer la figura, por demás simpática, de su antiguo camarada; y no pudiendo contener la alegría, le llamó, y después de estrecharle en sus brazos con la frenética alegría del condenado que logra salvarse, le dijo:

—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo.

Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de su familia.

Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su habitual ligereza de lenguaje:

—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me lo suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende. ¡No saber de ti en tanto tiempo...!

—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena?

—Hace algunos días que falto de Madrid y no puedo contestarte —dijo Bragas mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala noticia, no debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y la horrible incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son ciertamente garantías de larga vida para ella.

—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas algo; tú, por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi madre?

—No puedo afirmar que sí ni que no.

—¿Cuándo la has visto?

—Hace cuatro meses.

—¿Y entonces estaba buena?

—Así, así...

—Y Sola, ¿estaba buena?

—Así, así. Las dos tan apesadumbradas, que daba pena verlas.

—¿Seguían viviendo en el Prado?

—No: volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad. Si no hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés por ti, que te nombra con frecuencia y que hace poco ha llegado de Madrid...

—¿Quién?

—Jenara.

—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón.

—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera pasada, y volver locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has turbado al oír su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma ha dejado comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar de la facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú. Bien claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que te nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel hiblea.

Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo:

—¿Conque ha estado aquí hace poco?

—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas ahora.

Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla, ni dijo nada sobre aquel amoroso tema.

—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó.

—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea la constancia... Si tanto empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó, siendo, como era, amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón? Con tomar una orden de la Regencia y dirigirse al interior del país dominado por los arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la decidiera a dar este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me dijo una vez que prefería morir.

—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia?

—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a recibir alguna mala noticia.

—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras —manifestó Salvador ansioso.

—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas?

—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa.

—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar con rodeos y palabrillas?

—Es verdad.

—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta tristísima nueva!

—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su rostro entre las temblorosas manos.

—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón.

—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado de dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado!

Durante largo rato lloró amargamente.

Creyendo ahora oportuno no trabajar más por cuenta propia, vuelve el autor a utilizar el manuscrito de la señora en su segunda pieza, que concuerda cronológicamente con el punto en que se ha suspendido el anterior relato.

Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan inferior a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo entendimiento de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta historia lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre el fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva por título De París a Cádiz, y a la letra dice así: