XXI

Apenas se cerró la puerta tras los dos repúblicos, Fernando se levantó, y con las manos en los bolsillos, dio algunos pasos por la habitación. Ugarte le miraba sonriendo. Ninguno de los demás nos atrevíamos a desplegar los labios, y el silencio se prolongó hasta que el mismo soberano se dignara romperlo, preguntando:

—¿Qué dices a esto, Ugarte?

—Que admiro la paciencia de Vuestra Majestad —repuso el exbailarín—. Según el señor Juan Pérez, ya no hay colonias, ya no hay soldados, ya no hay barcos, ya los españoles no tienen alma para vencer las dificultades. Sostendrá también el vejete que ya no hay aire que respirar, ni sol en el cielo.

—La verdad es —dijo Fernando deteniéndose meditabundo ante la chimenea— que no estamos en Jauja.

Y luego, dando un suspiro, añadió:

—Despidámonos de las Américas.

—¿Por qué, señor? —dijo bruscamente Ugarte—. Se exagera mucho. Persona venida hace poco de allá me ha dicho que toda la insurrección americana se reduce a cuatro perdidos que gritan en las plazuelas.

—Lo mismo me ha escrito a mí un amigo —añadí yo, forzando los argumentos de mi patrono—. Unos cuantos presidiarios, con cuatro decenas de ingleses y norteamericanos, echados por tramposos de sus respectivos países, sostienen la alarma en aquellos lejanos reinos de Vuestra Majestad.

—Pues id vosotros a reducir a la obediencia a esas manadas de facciosos —dijo el rey.

—Señor, en resumen —manifestó Ugarte—, mande Vuestra Majestad a América un ejército, un verdadero ejército, con una escuadra, en vez de medias compañías dentro de una goleta, como se ha hecho hasta aquí, y a los cuatro meses se verán los resultados.

—¿Y ese ejército, dónde está? —preguntó fríamente.

—¿Dónde están los vencedores de Napoleón? Parece mentira que Vuestra Majestad haga tales preguntas.

—Hombres valerosos no faltan; pero ¿cómo se les organiza, cómo se les viste, cómo se les mantiene?

—Muy sencillamente —repuso Ugarte alzando los hombros—: organizándolos, vistiéndolos, manteniéndolos.

—Tú tendrás alguna mina. ¿Quieres decirme dónde está?

—Dos palabras, señor —dijo Ugarte echando el cuerpo hacia adelante en su sillón y apoyando el codo en la rodilla, mientras el rey se sentaba junto a él—. He dicho a Vuestra Majestad la otra noche que me atrevía a organizar un ejército expedicionario, siempre que tuviera para ello la competente autorización.

—Yo te la doy —replicó Fernando—. A ver de dónde vas a sacar ese ejército, y cómo lo vas a sostener.

—Vuestra Majestad me dijo también la otra noche que consagraría a tal objeto, y pondría a mi disposición, una parte mínima de las rentas reales.

—Es verdad.

—Pues el alistamiento se hará, señor —afirmó don Antonio con resolución admirable—. No tiene que pensar más en ello Vuestra Majestad.

—Bueno, ya está el alistamiento. Ahora hazme el favor de decirme si vas a mandar a América esos soldados en cáscaras de nuez.

—No, señor; que los mandaré en magníficos navíos y barcos de transporte —repuso el arbitrista con una placentera y llana confianza que a todos nos dejó pasmados.

—Pero ya sabes que no los tenemos.

—Se compran.

—¡Se compran!... Y dice «se compran» como si costaran dos pesetas.

La naturalidad admirable con que Ugarte hacía frente a los mayores obstáculos; la frescura, digámoslo así, con que todo lo resolvía y allanaba, no podían menos de cautivar el ánimo del soberano, agobiado por el continuo clamoreo de sus ministros. Todos los demás contertulios observábamos con verdadero asombro la prodigiosa iniciativa de Ugarte, y ante tanto ingenio, ante tan firme voluntad, callábamos confundidos.

—Pues es claro que se compran —añadió el proyectista—. Sin duda Vuestra Majestad va a preguntarme que con qué dinero.

—Justo.

—Pues yo respondo que, si poseo la confianza de mi soberano, me sobrarán fondos.

—Quizás cuentas con la indemnización que nos va a dar Inglaterra.

—¿Por qué no?

—Pero es para resarcir a los negreros.

—Eso es, pagar a los negreros y que se pierdan las Américas. ¿No vale más dejarles sin indemnización, y conservarles los esclavos y las tierras?

—Está dicho todo —afirmó resueltamente Fernando, cediendo por completo a la seductora sugestión de aquel brujo que prometía los imposibles, y teñía con frescos y brillantes colores el entenebrecido horizonte de nuestra política—. Está dicho todo. Tienes mi autorización para hacer el alistamiento, para tomar de la Real Hacienda los fondos necesarios para tratar de la compra de buques, vestuario y demás.

De aquella conversación brotó el poder oculto que don Antonio Ugarte tuvo durante algún tiempo, y en virtud del cual, hasta llegó a celebrar tratados con potencias extranjeras en calidad de secretario íntimo del rey de España. Más adelante veremos cómo alistaba tropas, y qué tal mano para comprar buques tenía don Antonio. Sus proyectos forman una página curiosa en la historia del absolutismo.

—Ya se ve —dijo después de una pausa, durante la cual observaba los dibujos de la alfombra—, con hombres como Villamil las dificultades se multiplican. Al buen alcalde se le antojan sus dedos huéspedes, y como en todas las ocasiones difíciles se asesora de Ceballos...

—El pobre Ceballos —indicó Fernando— ha trabajado como un negro en ese fastidioso asunto del Congreso de Viena. No se le debe criticar, y si no se ha conseguido más, no ha sido por culpa suya.

—Entre Labrador y Ceballos, como si dijéramos, entre Herodes y Pilatos, España está haciendo un papel ridículo en Viena.

—¿Pero qué puede esperarse de un plenipotenciario que ya ha mostrado no tener ni dignidad ni carácter? —dijo el duque de Alagón—. ¿No fue Labrador ministro de Estado en las Cortes de Cádiz, y después realista furibundo?

—Y al presentarse en Cádiz felicitó a las Cortes por el sabio Código que habían hecho —añadí yo.

—En manos de estos hombres que ayer eran liberales locos, y hoy rabiosos absolutistas —dijo Ugarte—, nuestra política exterior no puede menos de ser desastrosa. ¡Rutina incurable! Nuestra nación, señor, ha de vivir siempre bajo la vigilancia interesada, mejor dicho, bajo la tutela de Inglaterra o de Francia. La primera trabaja porque perdamos las Américas y porque se arruine nuestro comercio; la segunda no nos perdonará nunca el haber vencido a sus soldados, aunque fueran mandados por el general Bonaparte.

—En eso creo que tienes razón —dijo fríamente Fernando.

—Pues si tengo razón, ¿por qué no intenta Vuestra Majestad estrechar sus relaciones con un poderoso imperio, bastante fuerte para ser buen aliado, bastante remoto para no disputarnos nuestro territorio?

—Soy muy amigo de Alejandro —repuso el autócrata secamente.

—Pero esa amistad sería unión indestructible si Vuestra Majestad, que seguramente no puede permanecer soltero más tiempo, se enlazara con una princesa rusa.

Al decir esto, Ugarte había pronunciado la última palabra del atrevimiento. Siguió a ella una larga pausa. Observamos todos el semblante del rey, que con las piernas estiradas, las manos en los bolsillos del pantalón y la barba sobre el pecho, indolentemente tendido más bien que sentado en el sillón, no se dignaba contestar con palabras, ni gesto, ni mirada, ni sonrisa, a las palabras de Ugarte. Por último, le vimos mover los brazos, luego alzar la cabeza, y aguardamos con ansiedad vivísima el sonido de su voz.

—¿Te parece —dijo— que debo refrenar un poco a Negrete?

—Las atrocidades del comisario secreto son tan grandes —repuso Ugarte— que convendría ponerle a un lado y prescindir de sus servicios. Ceballos tiene razón. Están tan irritados los andaluces, que son capaces de volverse todos liberales, si ese verdugo sigue haciendo de las suyas.

—La cuestión es delicada. Negrete tiene órdenes mías, y si intentamos sujetarle por la vía de las autoridades legítimas, no es fácil que ceda.

—Para eso se manda un nuevo comisionado a Andalucía; un hombre hábil, enérgico, ingenioso y muy discreto: Pipaón, por ejemplo, —dijo don Antonio mirándome.

—No —replicó vivamente Fernando, mirándome también—. Yo no quiero que Pipaón salga de Madrid por ahora. Ya se buscará otro comisionado. Después de todo, nada se pierde con que Negrete continúe sentando la mano algunos días más. Andalucía está infestada de jacobinismo.

—Y Madrid también —afirmó el duque.

—Las sociedades secretas rebullen por todos lados.

—No será por falta de ministerio de Seguridad pública —dijo con ironía el rey.

—Echevarri encarcela a los mentecatos y deja en libertad a los pillos. Los calabozos están repletos de tontos. Pero ¿qué ha de suceder si los principales personajes del gobierno están inficionados de liberalismo? Ceballos es masón; Villamil y Moyano no ocultan sus ideas favorables a un sistema templado como el de Macanaz; Escóiquiz augura desastres; Ballesteros quiere que se dé una especie de amnistía; en toda España se conspira. Ábrase un poco la mano, y las revoluciones brotarán por todas partes como pinos en almáciga.

—Pues se cerrará la mano, se cerrará la mano —afirmó Fernando, incorporándose en su asiento—. Duque, pon algunas líneas mandando a Negrete que siga aplastando el jacobinismo; pero con la condición de que no sea bárbaro... No se puede confiar a nadie una comisión delicada...

Artieda acercó un velador con recado de escribir, y bien pronto la tertulia se trocó en oficina. El duque tomó una pluma.

—Ugarte —añadió el rey—, puedes redactar las bases de la autorización que te doy para alistar el ejército expedicionario y demás. Me quedaré con tu borrador para meditarlo, y después te daré la copia firmada.

Don Antonio tomó otra pluma. Acariciándose la boca con las barbas de esta, miró al rey.

—Permítame Vuestra Majestad —dijo— que decline el grande, el insigne honor que quiere hacerme, depositando en mí toda su confianza.

Fernando le miró con asombro, y los demás también.

—De nada servirían mi abnegación, mi trabajo, mis grandes cavilaciones y proyectos —continuó el arbitrista— si desde el principio tropezara con obstáculos insuperables. Yo he prometido a Vuestra Majestad reunir tropas y equiparlas, y comprar los buques necesarios para que vayan a América...

—Pero una cosa es prometer, y otra...

—Es que no puedo pensar en el desarrollo de mis proyectos mientras sea ministro de Hacienda el señor Villamil.

—¡Bah, bah! —murmuró Fernando con tono de indolencia y fastidio.

Otra pausa. Todos contemplábamos al rey, el cual, arqueando las cejas, se pasaba la mano por la cabeza, cual si se cepillara el pelo hacia adelante.

—Pipaón —dijo al fin—, extiende la destitución de Villamil... que se le lleve esta misma noche.

Yo tomé otra pluma.

Así cayó don Juan Pérez Villamil; así cayeron también Echevarri, Ballesteros, Macanaz, Escóiquiz, el mismo Vallejo (nombrado aquella noche), Moyano, León Pizarro, Lozano de Torres y otros muchos.

—Ahora, extiende el nombramiento de don Felipe González Vallejo, ministro de Hacienda.

Así subió Vallejo.

—¿Qué más hay? —preguntó Fernando con cierta somnolencia.

—Vuestra Majestad me concedió una bandolera —dijo tímidamente Artieda— para el sobrino del señor Arcipreste de Alcaraz...

—Es que hay una sola vacante —añadió Collado avariciosamente—, y Su Majestad me la tiene prometida.

—Es verdad —dijo el rey.

Artieda miró a Chamorro con enojo.

—Esa vacante me la había reservado yo para mí —objetó con sequedad Paquito Córdoba—. Es mucha la ambición del señor Collado... después que me ha disputado esa miserable canonjía de Murcia como si fuese un imperio.

—Tienes razón —murmuró Fernando.

El aguador clavó sus ojos en el duque con expresión de envidia.

—Señor —dijo con suavidad sonriente don Antonio Ugarte—. Pocas veces pido mercedes de esta clase a Vuestra Majestad. Ya dije el otro día que deseaba una bandolera para un joven pariente mío.

—Nada más justo —repuso el rey, cerrando los ojos perezosamente—. Ugarte, todo lo que quieras.

El duque dirigió a Antonio I una mirada rencorosa.

—Señor —dije yo, sin encomendarme a Dios ni al diablo—, no olvide Vuestra Majestad que prometió una bandolera al señor conde de Rumblar, mi querido amigo.

El rey abrió los ojos, sacudiendo la pereza, y exclamó enérgicamente, con aquella resolución a que ningún cortesano podía oponerse:

—La bandolera para el señor conde de Rumblar... lo mando... Alagón, extiende el nombramiento ahora mismo.

Ugarte me miró, frunciendo el ceño.

Y se levantó la sesión, como dicen los liberales.

Como se ha visto, en las tertulias de Su Majestad nadie podía vanagloriarse de tener ascendiente absoluto y constante. Unos días privaba este, otros aquel, según las voluntades recónditas y jamás adivinadas de un monarca que debiera haberse llamado Disimulo I. Además, aquel discreto príncipe, que así delegaba su autoridad y democráticamente compartía el manto regio con sus buenos amigos, como compartió san Martín su capa con el pobre, no tuvo realmente favorito, no dio su confianza a uno solo, elevándole sobre los demás; jugaba con todos, suscitando entre ellos hábilmente rivalidades y salutífera emulación, con lo cual estaba mejor servido, y los destinos y prebendas más equitativamente repartidos.

De lo que anteriormente he contado puede dar fe un ministro de Su Majestad por aquellos años,[3] el cual, en papel impreso muy conocido, dice, blasonando de rigorista y de censor: «...pero lo peor es que por la noche da entrada y escucha a las gentes de peor nota y más malignas, que desacreditan y ponen más negros que la pez, en concepto de Su Majestad, a los que le han sido y le son más leales... y de aquí resulta que, dando crédito a tales sujetos, Su Majestad, sin más consejo, pone de su propio puño decretos y toma providencias, no solo sin consultar con los ministros, sino contra lo que ellos le informan... Esto me sucedió a mí muchas veces y a los demás ministros de mi tiempo... Ministros hubo de veinte días o pocos más, y dos hubo de 48 horas; ¡pero qué ministros!»

[3] Lardizábal, ministro de Indias (absolutista).

Por las declamaciones de este escrupuloso descontentadizo no vayamos a condenar la camarilla como cosa mala. Era, por el contrario, lo mejor del mundo, sobre todo para nosotros, que traíamos los negocios del reino de mano en mano y de boca en boca, despachándolos tan a gusto del país, que aquello era una bendición de Dios. Ninguno, sin embargo, pudo jactarse de ser el primero en la voluntad y paternal cariño de aquel bondadoso soberano absoluto; y en prueba de ello, referiré lo que sucedió al día siguiente de la reunión que con todos sus puntos y señales he descrito, no apartándome en todo el discurso de ella ni un ápice de la verdad.

Al día siguiente, como dije, volví a Palacio y encontré al señor Collado, al señor Artieda y al señor duque muy alarmados. ¿Por qué? Porque el rey estaba conferenciando a solas con un sujeto que hasta entonces no había sido recomendado ni introducido por ninguno de los sobredichos palaciegos. Creyose que sería emisario de Ugarte; pero entró en seguida don Antonio y negó el caso.

Reunímonos todos en la antesala, y a poco vimos salir a un fraile francisco, joven, bien parecido, excelente mozo, que más parecía guerrero que fraile; de aspecto y ademanes resueltos, mirada viva, y revelando en todo su continente y facciones una disposición no común para cualquier difícil cosa que se le encomendara.

—¿Quién es este pájaro? —preguntó Ugarte, demostrando en su tono que estaba completamente desconcertado.

—Se llama Fr. Cirilo de Alameda y Brea —dijo Artieda, muy fuerte en todo lo referente al personal eclesiástico de la monarquía.

—Y ¿qué es este hombre?

—Fue maestro de escuela en Pinto.

—Y después marchó a Montevideo, donde se ocupaba... No sería en cosa buena.

—En redactar Gacetas.

—Es hombre que pone bien la pluma, según parece.

—Vino por vez primera con el general Vigodet —añadió Paquito Córdoba—. Su Majestad le ha recibido después en varias ocasiones, y nunca he podido averiguar...

—¿No ha dejado traslucir nada?

—Absolutamente nada.

—Hoy ha durado la conferencia dos horas.

—¿Y ninguno de ustedes sabe nada? —repitió Ugarte, interrogando todos los semblantes—. Yo estoy confundido.

—No sabemos una palabra.

—Pues estamos bien... ¿Apostamos a que este tunante de Pipaón lo sabe todo?

—Ni una palabra —respondí tan confuso como los demás.

Y era la verdad que nada sabía. Más adelante, todos desciframos el enigma, que me hizo decir no hay función sin fraile; pero no ha llegado aún la ocasión de revelarlo.