VI

—Este muchacho —dijo Salmón— enterará a usía de aquello que deseaba averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la Interpretación de lenguas.

El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad:

—En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema?

Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y que el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro.

—¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en tanto grado que oscurezca el mérito verdadero.

Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector, muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales finos, de figura agradable y pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que le hacían un poco raro y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray Francisco Juan Nepomuceno de la Concepción, en los estrados conocido por el Padre Castillo, se diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón, en muchísimas cosas que al punto se comprenderán.

—Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos meses —dijo Amaranta—. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y Pérez, mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas y de circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos.

—Así es —indicó el Padre Castillo—. No hay obra, por mala que sea, que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas todas.

—He leído un poco de este voluminoso papel —dijo Amaranta tomando un folleto que parecía recién salido de la imprenta—, y me ha causado mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: Manifiesto de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor D. Juan Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo comunica a la nación en un discurso.

—Pues aquí veo otro —dijo Castillo hojeándole— que si no es del mismo autor, lo parece. Se titula La inocencia perseguida o las desgracias de Fernando VII: poesía. Verdad que está en verso, y ahora es moda tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas más extrañas al arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que ahora me viene a las manos y se llama Explicación del capítulo IX del Apocalipsis, aplicado según su sentido literal al extraordinario acontecimiento de la pérfida irrupción de España: oda por un capellán.

—Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero monarca da en la flor de hablar en verso —dijo Amaranta con sorna—, pues aquí tengo la Epístola férvida que nuestro amado soberano el Sr. D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: pieza patética, tierna y de locución majestuosa.

—Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que ahora me cae en las manos, y lleva por nombre La Corte de las tres nobles artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas? Y la primera de estas anacreónticas se encabeza así: Reglas que contribuyen a que un pueblo sea sano y hermoso. Por mi hábito de la Merced, que no entiendo esto del pueblo sano y hermoso, que se ha de conseguir por la Corte de las tres nobles artes, y ha de exponerse en anacreónticas. Con permiso de vuecencia me lo llevaré al convento para leerlo esta noche.

—Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: Lágrimas de un sacerdote, en dos octavas acrósticas.

—Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de verdaderos poetas —dijo Castillo—, y más aún de un sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria. Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en fin, eso me prueba qué tal será la dichosa Bonaparciana.

—Por Dios, señora Condesa —dijo a esta sazón el Padre José Anastasio de la Madre de Dios—. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que aterraba a todo el mundo. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que no se les ocurre...

—También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor de Su Paternidad —agregó Castillo—, este otro que aquí veo, y es Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el infierno. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.

—¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! —exclamó Salmón—. Óiganme: Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la proclamación de nuestro muy amado Rey. ¿Me las llevo, señora Condesa?

—Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le parecerán muy buenas. Seguidillas que cantó el famoso Diego López de la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas victorias contra los franceses.

—El pueblo español —declaró Castillo— es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y qué me dicen usías de este Asalto terrible que dieron los ratones a la galleta de los franceses, poema en dos cantos? ¿Qué de este Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios? ¿Qué de esta Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina?

—Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores —afirmó con enfado Amaranta—, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de hombre de buenas costumbres.

—Cierto es —dijo Castillo—; pero si usía me lo permite, le haré una observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.

—No me defienda usted tales chocarrerías, Padre —repuso Amaranta—. ¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted el título: Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria.

—La obra —dijo riendo el fraile— tiene traza de no ser un segundo Don Quijote ni mucho menos; pero en su mismo título hallará vuecencia la explicación del llamar borrachos a los Bonapartes, dictado que tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los Bonapartes no son borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José ni por pienso lo bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo modo que jamás dejó de llamarle tuerto, aunque harto bien pudo reparar la hermosura de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y tuerto, sin motivo, es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en llamar insurgentes, bandidos y ladrones de caminos a los héroes que en los campos de batalla defienden generosamente la independencia patria?

—Convengo en ello —contestó Amaranta—; pero la cosa más justa si se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla. Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde han invadido sus ejércitos.

—Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la forma —dijo Castillo—; pero por lo poco que de este libro he leído, me parece que dice verdades como el puño.

—¡Y tan como el puño! —exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo cuyas páginas a la ligera recorría—. Pues lo que es este que al azar ha caído en mis manos, tiene unas explicaderas...

—¿Cuál?

—Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su anónimo autor lo titula Carta primera de un vecino de Madrid a un su amigo, en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable Godoy hasta la vergonzosa fuga del tío Copas. La agudeza de los dichos, la oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que harían reír a la misma seriedad.

—¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de Madrid, que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del Rastro, ¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas?

—¿Pues no ha de entender, señora? —dijo el Padre Castillo—. A veces en personas rudas y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas que en las ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas. Lo que les falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una observación que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los libreros de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, hay tal balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio y simple que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en medio de tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que suspenden, cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente popular, como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la guerra estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una Convocatoria que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra de Soria para la formación de compañías de honderos. Este es un hombre ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos de elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña María Piquer y Pravia, con el título de ¿Qué es héroe? Exhortación a los jóvenes españoles, pues todo lo que tienda a encender los alientos de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de aplauso. No le negaré tampoco los míos a estos Cargos que hace el tribunal de la razón de España al Emperador de los franceses, porque los tales cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este Engaño de Napoleón descubierto y castigado, obra en que se manifiesta con la mayor claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España, porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan benévolo con esta Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor Mayo de 1808, porque me repugnan las formas chocarreras en formales asuntos, ni daré dos higos por esta Alegoría poética que descubre las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo, Bonaparte, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos lo que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone fuera de mí.