ESCENA IV
Orozco, Cisneros, Villalonga, Monte Cármenes.
Monte Cármenes.
Aquí estoy esperando á que se acabe el dúo. No puedo resistir al tenor, con ese braceo como si estuviera cogiendo moscas, y esa voz que parece la de un gato cuando le pisan la cola.
Villalonga.
¿Y cómo no dice usted bien, perfectamente bien?
Monte Cármenes.
Yo no juzgo al tenor, y si lo he juzgado, me desdigo. No me gustan juicios temerarios. Sólo que no me divierto oyéndole, y mientras él se gana el pan pegando gritos, yo salgo á fumar un cigarro.
Orozco.
¿Y Pepita?
Monte Cármenes.
Más animada. En nuestro palco está. Pase usted á verla y se lo agradeceré, que allí tenemos á nuestro pobre Cícero dándole matraca. Entre él y ese tenor de la clase de grillos, me hacen la vida infeliz las noches de ópera.
Cisneros.
Dígame, Conde: ¿fué usted también de los que anoche se subieron á la parra en casa de La Peri?
Monte Cármenes.
¡Yo! D. Carlos, no me confunda con usted mismo. Yo no voy á esos sitios execrables y pecaminosos.
Orozco.
Si anduvo usted en malos pasos, ¿por qué negarlo ahora? Nosotros no se lo hemos de decir á Pepita.
Cisneros.
¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me asegurara bajo su palabra que no estuvo.
Villalonga.
No; el Conde no va sino cuando no hay nadie..., como usted.
Monte Cármenes, mascando el cigarro.
¿Yo?... ¡Buenos estamos D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos cortado la coleta.
Cisneros.
Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley de Dios, no significa que se corte nada.
Orozco.
¿Entramos ó no?
Monte Cármenes.
Me parece que ha concluído el dúo. (Tira el cigarro.) Voy al palco de mi primo. (Se aleja, y retrocede llamando á Orozco.) ¡Ah!, Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir á las Charcas?
Orozco.
El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta, domingo y lunes la Candelaria. ¿Se anima usted?
Monte Cármenes.
Es posible. (Se dirige hacia el extremo del pasillo curvo. Orozco, Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte Cármenes.)