I

La ciudad de Solsona, que ya no es obispado, ni plaza fuerte, ni cosa que tal valga, y hasta se ha olvidado de su escudo, consistente en cruz de oro, castillo y cardo de los mismos esmaltes sobre campo de gules, era, allá por los turbulentos principios de nuestro siglo, una de las más feas y tristes poblaciones de la cristiandad, a pesar de sus formidables muros, de sus nueve esbeltos torreones, de su castillo romano, indicador de gloriosísimo abolengo, y a pesar también de su catedral, a que daban lustre cuatro dignidades, dos canonjías, doce raciones y veinticuatro beneficios. La que Ptolomeo llamó Setelsis, se ensoberbecía con la fábrica suntuosa de cuatro conventos que eran regocijo de las almas pías y motivo de constante edificación para el vecindario. Este se elevaba a la babilónica cifra de 2056 habitantes.

Estos 2056 habitantes setelsinos ocupaban, ¿a qué negarlo?, lugar muy excelso en el mundo industrial con sus ocho fábricas de navajas, tres de candiles y otras de menor importancia. También se dedicaban a criar mulas lechales que traían del cercano Pirineo; cultivaban con esmero las delicadas frutas catalanas, y eran maestros en cebar aves domésticas, así como en cazar la muchedumbre de codornices, palomas silvestres, ánades y becadas, que tanto abundan en aquellos espesos montes y placenteros ríos. No podían ser tales industrias de las menos lucrativas en tierra tan poblada de canónigos, racioneros y regulares.

En 19 de septiembre de 1810, los franceses, que nada respetaban, entraron en Solsona con estrépito, y después de cometer mil desmanes se entretuvieron en quemar la catedral: con tal siniestro desplomáronse las torres y vinieron al suelo las campanas. También pusieron mano en los conventos, encariñándose demasiado con los de religiosas, donde cometieron desafueros que mejor están callados que referidos. El convento de monjas dominicas, llamado de San Salomó por ser fundación del marqués de este nombre (1573), padeció diversos tormentos, de los que no pocas memorias guardaron las espantadas vírgenes del Señor. Tan horribles excesos no eximían a las santas casas de sufrir expoliaciones y derribos, y San Salomó, que perdiera en aquel horrendo día tantos tesoros, se quedó también sin copón, sin candeleros y sin las arracadas de la Virgen. Desaparecieron cuadros y estatuas, y un trozo del ala de poniente fue derribado a cañonazos, quedando reducidas a escombros seis celdas del piso alto y el refectorio en planta baja.

Era San Salomó un edificio de muy diversas partes compuesto, que semejaba una vieja capa de riquísima y descolorida tela, remendada con innobles trapos. Había allí algo del género ojival que domina en el Principado, restos de bóvedas románicas, puertas churriguerescas, trozos pertenecientes a la insulsa arquitectura del siglo pasado, paredes de ladrillo enyesado, tapia de adobes, muros hendidos, techos que se habían chafado cual sombrero; tragaluces bizcos, rodeados de una especie de marco palpebral de blanco yeso; rejas comidas de moho, tras de las cuales estaban las podridas celosías, por cuyos huecos solo cabía el dedo meñique de las monjas; vigas que servían de puntales; tapiales modernos que se empeñaban en cubrir huecos ocasionados por el desplome o abiertos por la bala de artillería; una torrecilla cuya espadaña solo tenía un esquilón; en suma, era un adalid valeroso combatido por los formidables enemigos que se llaman tiempo y guerra, pero que se defendía bien tapándose sus heridas y remendándose sus desgarrones como Dios le daba a entender, y desafiaba orgulloso lluvias y vientos, prometiéndose llegar con sus jorobas, infartos, bizmas y muletas a las más remotas edades venideras.

Estaba San Salomó en un extremo de la ciudad y en el punto más desierto de ella, por donde partía el camino de Guardiola y Peracamps, que a corto trecho se trocaba en intransitable cuesta escarpada, cuyas ramificaciones se perdían en la montaña. La calle de los Codos, llamada así porque formaba dos ángulos en opuesto sentido quebrándose como un biombo, limitaba el convento por poniente. Dicha calle no era otra cosa que un hueco, foso o pasadizo entre San Salomó y el lienzo occidental de la muralla de la ciudad, y los codos que daban nombre a la tal vía eran ocasionados por los ángulos estratégicos de la fortificación. Al fin de la calle se veía un torreón, y un poco más allá la puerta del Travesat.

Por oriente, con vuelta al mediodía, estaba la iglesia, en la calle de la Sombra, y no lejos de la puerta de aquella, la del torno y locutorio, que era un arco románico picado y bruñido por la barbarie académica del siglo anterior y pintorreado de azul por orden de la madre abadesa. Hacia el norte extendíase la gran tapia de la huerta, sin más huecos que las hendiduras producidas por el resentimiento de la fábrica. Las rejas y celosías, en la parte más alta, miraban al campo por encima de la muralla. Su estructura no permitía a los curiosos ojos monjiles ver la calle, en lo que verdaderamente perdían muy poco, pues rara vez pasaba por las calles de los Codos o de la Sombra alguna cosa digna de ser vista.

A pesar de su aspecto caduco, no reinaba la miseria en el interior de aquel silencioso retiro, como acontece en los conventos del día, que casi, casi no son otra cosa que asilos de mendicidad. Por el contrario, al decir de algunos curiosos solsoneses, imperaban allí dentro el bienestar y la abundancia. Siempre fueron las dominicas poco inclinadas a la pobreza absoluta: su Orden ha sido por lo general aristocrática, compartiendo con la del Císter la prerrogativa de acoger a las señoritas nobles a quienes vocación sincera, desgraciados amores o la imposibilidad de ocupar alta posición, arrojaban del mundo. San Salomó albergaba, en la época de nuestra historia, veintidós señoras, que habían llegado a sus tristes puertas impulsadas respectivamente por alguna de aquellas tres causas. Todas eran nobles, pues no podía convenir al decoro del reino de Dios que mancomunadamente con las hijas de marqueses y condes vivieran mujeres de baja estofa. Además de las rentas de la casa, que a todas por igual beneficiaban, algunas monjas, contraviniendo las reglas más elementales de la Orden, gozaban de rentillas y señalamientos privados que les otorgaran el padre, el tío o el abuelo, y esto se lo comían en la sagrada paz de su celda sin dar participación a las demás. Es probable que no reinara dentro de San Salomó la paz más perfecta, como acontece en los claustros donde se han relajado todas las reglas y sobre la fraternidad impera el egoísmo; pero también es probable que los solsoneses no supiesen nada de esto, porque entonces los conventos, si habían olvidado muchas cosas, aún sabían guardar a maravilla sus secretos.

Y sus secretos eran: que se permitían hacer vida separada, comiendo algunas en sus celdas y teniendo criadas para el servicio particular; que unas diez hermanas no se hablaban ni aun para saludarse, porque era evidente que si cambiaran dos palabras, de estas dos palabras había de nacer una docena de disputas; y finalmente, que algunas (afortunadamente eran las menos) se odiaban de todo corazón.

Por diversas cosas y motivos era célebre San Salomó; pero aquello en que su fama se elevaba hasta tocar el mismo cuerno de la luna, era el arte culinario. Váyanse noramala cuantas confituras han podido labrar manos de monja en todas las órdenes habidas y por haber; váyanse con mil demonios los platos suculentos e ingeniosos de la cocina extranjera; que nada hay comparable a lo que salió en tiempos felicísimos de los hornos, de las sartenes y de los peroles de San Salomó. Aún vivía, no hace muchos años, uno de los testimonios más entusiastas de aquella superioridad incontestable, el padre Mercader, arcipreste de Ager, vere nullius, que fue en su edad de oro capellán de aquellas benditas mujeres. Viejo y enfermo ya, se rejuvenecía refiriendo los sabrosos regalos que le enviaban en días solemnes, con la particularidad de que las señoras de San Salomó hacían platos nunca ideados por cocinera alguna, y que unían a la novedad el gusto más excitante y delicado. Ellas tenían hábiles trazas para preparar una colación en la cual se saborearan bocados muy exquisitos sin faltar al ayuno. Ellas aderezaban una comida de vigilia con tal arte, que sin faltar a las reglas literales de la penitencia, experimentaba el paladar regaladas delicias. Hacían, entre otras cosas, un guisote de abadejo que en la Semana Santa de cierto año produjo grandísimo zipizape en el cabildo catedral por los celos que de los felices gustadores de aquella ambrosía piscatoria tuvieron los que no lograron catarla. El deán y el arcipreste estuvieron siete años sin hablarse.

Basta de cocina.