CAPÍTULO CLXVI.
CÓMO LOS QUE QUEDAMOS POBLADOS EN GUACACUALCO SIEMPRE ANDÁBAMOS PACIFICANDO LAS PROVINCIAS QUE SE NOS ALZABAN, Y CÓMO CORTÉS MANDÓ AL CAPITAN LUIS MARIN QUE FUESE Á CONQUISTAR É Á PACIFICAR LA PROVINCIA DE CHIAPA, Y ME MANDÓ QUE FUESE CON ÉL, Y Á FRAY JUAN DE LAS VARILLAS, El PARIENTE DE ZUAZO, FRAILE MERCENARIO, Y LO QUE EN LA PACIFICACION PASÓ.
Pues como estábamos poblados en aquella villa de Guacacualco muchos conquistadores viejos y personas de calidad, y teniamos grandes términos repartidos entre nosotros, que era la misma provincia de Guacacualco é Citla, é lo de Tabasco é Cimatan é Chotalpa, y en las sierras arriba lo de Cachula é Zoque é Quilenes, hasta Cinacatan, é Chamula, é la ciudad de Chiapa de los indios, y Papanaustla é Pinula, y hácia la banda de Méjico la provincia de Xaltepeque y Guazpaltepeque é Chinanta é Tepeca, y otros pueblos, y como al principio todas las provincias que habia en la Nueva-España las más dellas se alzaban cuando les pedian tributo, y aun mataban á sus encomenderos, y á los españoles que podian tomar á su salvo los acapillaban, así nos aconteció en aquella villa, que casi no quedó provincia que todos no se nos rebelaron; y á esta causa siempre andamos de pueblo en pueblo con una capitanía, atrayéndolos de paz; y como los de Cimatan no querian venir de paz á la villa ni obedecer su mandamiento, acordó el capitan Luis Marin que por no enviar capitanía de muchos soldados contra ellos, que fuésemos cuatro vecinos á los traer de paz; yo fuí el uno dellos, y los demás se llamaban Rodrigo de Enao, natural de Ávila, y un Francisco Martin, medio vizcaino, y el otro se decia Francisco Jimenez, natural de Inguijuela de Extremadura; y lo que nos mandó el capitan fué, que buenamente y con amor los llamásemos de paz, y que no les dijésemos palabras de que se enojasen.
É yendo que íbamos á su provincia, que son las poblaciones entre grandes ciénagas y caudalosos rios, é ya que llegábamos á dos leguas de su pueblo, les enviamos mensajeros á decir cómo íbamos, y la respuesta que dieron fué, que salen á nosotros tres escuadrones de flecheros y lanceros, que á la primera refriega mataron dos de nuestros compañeros, é á mí me dieron la primera herida de un flechazo en la garganta, que con la sangre que me salia, é en aquel tiempo no podia apretallo ni tomar la sangre, estuvo mi vida en harto peligro; pues el otro mi compañero que estaba por herir, que era el Francisco Martin, puesto que yo y él siempre haciamos cara é heriamos algunos contrarios, acordó de tomar las de Villadiego y acogerse á unas canoas que estaban cabe un rio que se decia Macapa; y como yo quedaba solo y mal herido, porque no me acabasen de matar, é sin sentido é poco acuerdo, me metí entre unos matorrales, y volviendo en mí, con fuerte corazon dije:
—«¡Oh, válgame nuestra Señora! ¿Si es verdad que tengo que morir hoy en poder destos perros?»
Y tomé tal esfuerzo, que salgo de las matas y rompo por los indios, que á buenas cuchilladas y estocadas me dieron lugar que saliese de entre ellos; y aunque me tornaron á herir, fuí á las canoas, donde estaba ya mi compañero Francisco Martin con cuatro indios amigos que eran los que habiamos traido con nosotros, que nos llevaban el hato; que estos indios, cuando estábamos peleando con los cimatecas, dejando las cargas, se acogen al rio en las canoas; y lo que nos dió la vida á mí y Francisco Martin fué, que los contrarios se embarazaron en robar nuestra ropa y petacas.
Dejemos de hablar en esto, y digamos que Dios fué servido escaparnos de no morir allí, y en las canoas pasamos aquel rio, que es muy grande é hondo, é hay en él muchos lagartos; y porque no nos siguiesen los cimatecas, que así se llaman, estuvimos ocho dias por los montes, y dende pocos dias se supo en Guacacualco esta nueva, y dijeron los indios que habiamos traido, que llevaron la misma nueva, que todos los cuatro indios que quedaron en las canoas, como dicho tengo, que éramos muertos; y estos, de que nos vieron heridos é los dos muertos, se fueron huyendo y nos dejaron en la pelea, y en pocos dias llegaron á Guacacualco; y como no pareciamos ni habia nueva de nosotros, creyeron que éramos muertos, como los indios dijeron; y como era costumbre de Indias y en aquella sazon se usaba, ya habia repartido el capitan Luis Marin en otros conquistadores nuestros pueblos, hecho mensajeros á Cortés para enviar las cédulas de encomienda, y aun vendido nuestras haciendas, y al cabo de veinte y tres dias aportamos á la villa; de lo cual se holgaron nuestros amigos, mas á quien les habia dado nuestros indios les pesó; y viendo el capitan Luis Marin que no podiamos apaciguar aquellas provincias, y mataban muchos de nuestros soldados, acordó de ir á Méjico á demandar á Cortés más soldados y socorro y pertrechos de guerra, y mandó que entre tanto que iba no saliésemos de la villa ningunos vecinos á los pueblos léjos, si no fuese á los que estaban cuatro ó cinco leguas de allí, para traer comida.
Pues llegado á Méjico, dió cuenta á Cortés de todo lo acaecido, y entónces le mandó que volviese á Guacacualco, y envió con él treinta soldados, y entre ellos á un Alonso de Grado, por mí muchas veces nombrado; á fray Juan de las Varillas, que habia venido con Zuazo, que era gran estudiante, que solia decir habia estudiado en su colegio de la Veracruz de Salamanca, de donde era, y decian que de muy noble linaje; y le mandó que con todos los vecinos que estábamos en la villa y los soldados que traia consigo fuésemos á la provincia de Chiapa, que estaba de guerra, que la pacificásemos y poblásemos una villa; y como el capitan Luis Marin vino con estos despachos, nos apercebimos todos, así los que estábamos allí poblados como los que traian de nuevo, y comenzamos á abrir caminos, porque eran montes y ciénagas muy malas, y echábamos en ellas maderos y ramos para poder pasar los caballos, y con gran trabajo fuimos á salir á un pueblo que se dice Tezpuntlan, que hasta entónces por el rio arriba soliamos ir en canoas, que no habia otro camino abierto; y dende aquel pueblo fuimos á otro pueblo la sierra arriba, que se dice Cachula; y para que bien se entienda, este Cachula es en la provincia de Chiapa; y esto digo porque está otro pueblo del mismo nombre junto á la Puebla de los Ángeles.
Y dende Cachula fuimos á otros pueblezuelos sujetos al mismo Cachula, y fuimos abriendo camino nuevo el rio arriba, que venian de la poblacion de Chiapa, porque no habia camino ninguno, y todos los rededores que estaban poblados habian grande miedo á los chiapanecas, porque ciertamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo habia visto en toda la Nueva-España, aunque entren entre ellos los tlascaltecas ni mejicanos ni zapotecas ni mingues; y esto digo porque jamás Méjico los pudo señorear, porque en aquella sazon era aquella provincia muy poblada, y los naturales della eran en gran manera belicosos y daban guerra á sus comarcanos, que eran los de Cinacatan y á todos los pueblos de la laguna quilenayas, asimismo á los pueblos que se dicen los zoques, y robaban y cautivaban á la contina á otros pueblezuelos donde podian hacer presa, y con los que dellos mataban hacian sacrificios y hartazgas; y demás desto, en los caminos de Teguantepeque tenian en pasos malos puestos guerreros para saltear á los indios mercaderes que trataban de una provincia á otra; y á esta causa dejaban algunas veces de tratar las unas provincias con las otras, y aun habian traido por fuerza á otros pueblos y hécholes poblar y estar junto á Chiapa, y los tenian por esclavos y con ellos hacian sus sementeras.
Volvamos á nuestro camino, que fuimos el rio arriba hácia su ciudad, y era por Cuaresma año de 1524, y esto de los años no me acuerdo bien; y ántes de llegar á Chiapa se hizo alarde de todos los de á caballo, escopeteros y ballesteros que íbamos en aquella entrada; y no se pudo hacer hasta entónces, por causa que algunos de nuestra villa y otros forasteros aun no se habian recogido, que andaban en los pueblos de la sierra de Chalupa demandando el tributo que les eran obligados á dar; y con el favor de venir capitan con la gente de guerra, como veniamos, se atrevian á ir á ellos, que de ántes ni daban tributo ni se les daba nada de nosotros.
Volvamos á nuestro alarde, que se hallaron veinte y siete de á caballo que podian pelear, y otros cinco que no eran para ello, y quince ballesteros y ocho escopeteros, y un tiro y pólvora, y un soldado por artillero, que decia el mismo soldado que habia estado en Italia; esto digo aquí porque no era para cosa ninguna, que era muy cobarde; y llevábamos sesenta soldados de espada y rodela y obra de ochenta mejicanos, y el cacique de Cachula con otros principales suyos; y estos indios de Cachula que he dicho, iban temblando de miedo, y por halagos los llevamos que nos ayudasen á abrir camino y llevar el fardaje.
Pues yendo nuestro camino en concierto, ya que llegamos cerca de sus poblaciones, siempre íbamos adelante por espías y descubridores del campo cuatro soldados muy sueltos, é yo era uno dellos, é dejaba mi caballo, que no era tierra por donde podian correr, é íbamos siempre media legua adelante de nuestro ejército; y como los chiapanecas son grandes cazadores, andaban entónces á caza de venados, y desque nos sintieron, apellídanse todos con grandes ahumadas, y como llegamos á sus poblaciones, tenian muy anchos caminos y grande sementera de maíz é otras legumbres, y el primer pueblo que topamos se dice Estapa, que está de la cabecera obra de cuatro leguas, y en aquel instante le habian despoblado, y tenian mucho maíz é gallinas y otros bastimentos, que tuvimos bien que comer y cenar; y estando reposando en el pueblo, puesto que teniamos puestas nuestras velas y escuchas y corredores del campo, vienen dos de á caballo que estaban por corredores á dar mandado y diciendo:
—«¡Alarma, que vienen muchos guerreros chiapanecas!»
Y nosotros, que siempre estábamos muy apercebidos, les salimos al encuentro ántes que llegasen al pueblo, y tuvimos una gran batalla con ellos, porque traian muchas varas tostadas, con sus tiraderas y arcos y flechas, y lanzas mayores que las nuestras, con buenas armas de algodon y penachos, y otros traian unas porras como macanas; y allí donde hubimos esta batalla habia mucha piedra, y con hondas nos hacian mucho daño, y nos comenzaron á cercar de arte, que de la primera rociada mataron dos de nuestros soldados y cuatro caballos, y le hirieron á fray Juan y trece soldados y á muchos de nuestros amigos, y al capitan Luis Marin le dieron dos heridas, y estuvimos en aquella batalla toda la tarde hasta que anocheció; y como hacia escuro, y habian sentido el cortar de nuestras espadas y escopetas y ballestas, y las lanzadas, se retiraron, de lo cual nos holgamos, y hallamos quince dellos muertos y otros muchos heridos, que no se pudieron ir, y de dos dellos que nos parecian principales se tomó aviso, y dijeron que estaba toda la tierra apercebida para dar en nosotros otro dia; y aquella noche enterramos los muertos y curamos los heridos y al capitan, que estaba malo de las heridas, porque se habia desangrado mucho, que por causa de no se apartar de la batalla para se las curar ó apretar, se le habia metido frio en ellas.
Pues ya hecho esto, pusimos buenas velas y escuchas y corredores del campo, y teniamos los caballos ensillados y enfrenados, y todos nuestros soldados á punto, porque tuvimos por cierto que vernian de noche sobre nosotros, é como habiamos visto el teson que tuvieron en la batalla pasada, que ni por ballestas ni lanzas ni escopetas ni aun estocadas no les podiamos retraer ni apartar un paso atrás, tuvímoslos por buenos guerreros y osados en el pelear; y esa noche se dió órden cómo para otro dia los de á caballo habiamos de arremeter de cinco en cinco hermanados, y las lanzas terciadas, y no pararnos á dar lanzadas hasta ponellos de huida, sino las lanzas altas y por las caras, y atropellar y pasar adelante; y este concierto ya otras veces lo habia dicho el Luis Marin, y aun algunos de nosotros de los conquistadores viejos se lo habiamos dado por aviso á los nuevamente venidos de Castilla, y algunos dellos no curaron de guardar la órden, sino que pensaban que en dar una lanzada á los contrarios que hacian algo: y salióles á cuatro dellos al revés, porque les tomaron las lanzas y les hirieron á ellos los caballos con ellas.
Quiero decir que se juntaban seis ó siete de los contrarios y se abrazaban con los caballos, creyendo de los tomar á manos, y aun derrocaron á un soldado del caballo, y si no le socorriéramos, ya le llevaban á sacrificar, y desde ahí á dos dias se murió.
Volvamos á nuestro relacion, y es, que otro dia de mañana acordamos de ir por nuestro camino para su ciudad de Chiapa, y verdaderamente se podia decir ciudad, y bien poblada, y las casas y calles muy en concierto, y de más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos á ella, que estaban poblados á su alrededor; é yendo que íbamos con mucho concierto, y el tiro puesto en órden, y el artillero bien apercibido de lo que habia de hacer, y no habiamos caminado cuarto de legua, cuando nos encontramos con todo el poder de Chiapa, que campos y cuestas venian llenos dellos, con grandes penachos y buenas armas é grandes lanzas, flecha y vara con tiraderas, piedra y hondas, con grandes voces é grita y silbos.
Era cosa de espantar cómo se juntaron con nosotros pié con pié y comenzaron á pelear como rabiosos leones; y nuestro negro artillero que llevábamos (que bien negro se podia llamar), cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro; é ya que á poder de voces que le dábamos pegó fuego, hirió á tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna; y como el capitan vió de la manera que andábamos, rompimos todos los de á caballo puestos en cuadrillas, segun lo habiamos concertado, y los escopeteros y ballesteros y de espada y rodela hechos un cuerpo, porque no les desbaratasen, nos ayudaron muy bien; más eran tantos los contrarios que sobre nosotros vinieron, que si no fuéramos de los que en aquellas batallas nos hallamos cursados á otras afrentas, pusiera á otros gran temor, y aun nosotros nos admiramos de ver cuán fuertes estaban; y fray Juan nos daba ánimo, y decia que Dios nos habia de pagar nuestro trabajo, y el César.
El capitan Luis Marin nos dijo:
—«Ea, señores, Santiago y á ellos, y tornémosles otra vez á romper con ánimo.»
Esforzados, dímosles tal mano, que á poco rato iban vueltas las espaldas; y como habia allí donde fué esta batalla muy malos pedregales para poder correr caballos, no les podiamos seguir; é yendo en el alcance, y no muy léjos de donde comenzamos aquella batalla, ya que íbamos algo descuidados, creyendo que por aquel dia no se tornarian á juntar, é dábamos gracias á Dios del buen suceso, aquí estaban tras unos cerros otros mayores escuadrones de guerreros que los pasados, con todas sus armas, y muchos dellos traian sogas para echar lazos á los caballos y asir de las sogas para los derrocar, y tenian tendidas en otras muchas partes muchas redes con que suelen tomar venados, para los caballos, y para atar á nosotros muchas sogas; y todos los escuadrones que he dicho se vienen á encontrar con nosotros, é como muy fuertes y recios guerreros, nos dan tal mano de flecha, vara y piedra, que tornaron á herir casi que todos los nuestros, y tomaron cuatro lanzas á los de á caballo, y mataron dos soldados y cinco caballos: y entónces traian en medio de sus escuadrones una india algo vieja, muy gorda, y segun decian, aquella india la tenian por su diosa y adivinaba, y les habia dicho que así como ella llegase adonde estábamos peleando, que luego habiamos de ser vencidos; y traian en un brasero sahumerio, y unos ídolos de piedra, y venia pintada todo el cuerpo, y pegado algodon á las pinturas, y sin miedo ninguno se metió en los indios nuestros amigos, que venian hechos un cuerpo con sus capitanías, y luego fué despedazada la maldita diosa.
Volvamos á nuestra batalla: que desque el capitan Luis Marin y todos nosotros vimos tanta multitud de guerreros contrarios, y que tan osadamente peleaban, nos admiramos y dijimos al fraile que nos encomendase á Dios, y arremetiendo á ellos con el concierto pasado, fuimos rompiendo poco á poco y los hicimos huir, y se escondian entre unos pedregales, y otros se echaron al rio, que estaba cerca é hondo, y se fueron nadando, que son en gran manera buenos nadadores; y desque hubimos desbaratado, descansamos un rato, y el Fraile cantó una Salve, y algunos soldados de buenas voces le ayudaban, é no sonaba mal, y todos dimos muchas gracias á Dios; y hallamos muertos donde tuvimos esta batalla muchos dellos, y otros heridos, y acordamos de irnos á un pueblo que estaba junto al rio, cerca de la ciudad, donde habia buenas ciruelas; porque como era Cuaresma, y en este tiempo las hay maduras, y en aquella poblacion son buenas; y allí nos estuvimos todo lo más del dia enterrando los muertos en partes donde no los pudiesen ver ni hallar los naturales de aquel pueblo, y curamos los heridos y diez caballos, y acordamos de dormir allí con gran recado de velas y escuchas.
Á poco más de media noche se pasaron á nuestro real diez indios principales de dos pueblezuelos que estaban poblados junto á la cabecera é ciudad de Chiapa, en cinco canoas del mismo rio, que es muy grande y hondo, y venian los indios con las canoas á remo callado, y los que lo remaban eran diez indios, personas principales, naturales de los pueblezuelos que estaban junto al rio; y como desembarcaron hácia la parte de nuestro real, en saltando en tierra, luego fueron presos por nuestras velas, y ellos lo tuvieron por bien que les prendiesen; y llevados ante el capitan, dijeron:
—«Señor, nosotros no somos chiapanecas, sino de otra provincia que se dice Xaltepeque, y estos malos chiapanecas con gran guerra que nos dieron nos mataron mucha gente, y á todos los más de nuestros pueblos nos trajeron aquí por fuerza cautivos á poblar con nuestras mujeres é hijos, é nos han tomado cuanta hacienda teniamos, y há doce años que nos tienen por esclavos, y les labramos su sementera y maizales, y nos hacen ir á pescar y hacer otros oficios, y nos toman nuestras hijas y mujeres.
»Venimos á daros aviso, porque nosotros os traeremos esta noche muchas canoas en que paseis este rio, que sin ellas no podeis pasar sino con gran trabajo, y tambien os mostraremos un vado, aunque no va muy bajo; y lo que señor capitan, os pedimos de mercedes, que pues os hacemos esta buena obra, que cuando hayais vencido y desbaratado estos chiapanecas, que nos deis licencia para que salgamos de su poder é irnos á nuestras tierras; y para que mejor creais lo que os decimos que es verdad, en las canoas que ahora pasamos dejamos escondidas en el rio, con otros nuestros compañeros y hermanos, y os traemos presentadas tres joyas de oro, que eran unas como diademas; y tambien traemos gallinas y ciruelas.»
Y demandaron licencia para ir por ello, y dijeron que habia de ser muy callando, no los sintiesen los chiapanecas, que están velando y guardando los pasos del rio; y cuando el capitan entendió lo que los indios le dijeron, y la gran ayuda que era pasar aquel recio y corriente rio, dió gracias á Dios y mostró buena voluntad á los mensajeros, y prometió de hacerlo como le pedian, y aun dalles ropa y despojos de lo que hubiésemos de aquella ciudad; y se informó dellos cómo en las dos batallas pasadas les habiamos muerto y herido más de ciento veinte chiapanecas, y que tenian aparejados para otro dia otros muchos guerreros, y que á los de los pueblezuelos donde eran estos mensajeros les hacian salir á pelear contra nosotros; y que no temiésemos dellos, que ántes nos ayudarian, y que al pasar del rio nos habian de aguardar, porque tenian por imposible que terniamos atrevimiento de pasalle; y que cuando lo estuviésemos pasando, que allí nos desbaratarian, y dado este aviso, se quedaron dos de aquellos indios con nosotros, y los demás fueron á sus pueblos á dar órden para que muy de mañana trujesen veinte canoas, en lo cual cumplieron muy bien su palabra; y despues que se fueron reposamos algo de lo que quedó de la noche, y no sin mucho recado de velas y escuchas y rondas, porque oimos el gran rumor de los guerreros que se juntaban en la ribera del rio, y el tañer de las trompetillas y atambores y cornetas.
Y como amaneció, vimos las canoas, que ya descubiertamente las traian, á pesar de los de Chiapa; porque, segun pareció, ya habian sentido los de Chiapa cómo los naturales de aquellos pueblezuelos se les habian levantado y hecho fuertes y eran de nuestra parte, y habian prendido algunos dellos, y los demás se habian hecho fuertes en su gran cu, y á esta causa habia revueltas y guerra entre los chiapanecas y los pueblezuelos que dicho tengo; y luego nos fueron á mostrar el vado, y entónces nos daban mucha priesa aquellos amigos que pasásemos presto el rio, con temor no sacrificasen á sus compañeros que habian prendido aquella noche; pues de que llegamos al vado que nos mostraron, iba muy hondo; y puestos todos en gran concierto, así los ballesteros como escopeteros y los de á caballo, y los indios de los pueblezuelos nuestros amigos con sus canoas, y aunque nos daba el agua cerca de los pechos, todos hechos un tropel, para soportar el ímpetu y fuerza del agua, quiso Dios que pasamos cerca de la otra parte de tierra; y ántes de acabar de pasar, vienen contra nosotros muchos guerreros y nos dan una buena rociada de vara con tiraderas, y flechas y piedra y otras grandes lanzas, que nos hirieron casi que á todos los más, y á algunos á dos y á tres heridas, y mataron dos caballos; y un soldado de á caballo, que se decia Fulano Guerrero ó Guerra, se ahogó al pasar del rio, que se metió con el caballo en un recio raudal, y era natural de Toledo, y el caballo salió á tierra sin el amo.
Volvamos á nuestra pelea, que nos detuvieron un buen rato al pasar del rio, que no les podiamos hacer retraer ni nosotros podiamos llegar á tierra, y en aquel instante los de los pueblezuelos que se habian hecho fuertes contra los chiapanecas, nos vinieron á ayudar en las espaldas, é á los que estaban al rio batallando con nosotros hirieron y mataron muchos dellos, porque les tenian grande enemistad, como los habian tenido presos muchos años; y como aquello vimos, salimos á tierra los de á caballo, y luego ballesteros, escopeteros y de espada y rodela, y los amigos mejicanos, y dámosles una tan buena mano, que se van huyendo, que no paró indio con indio; y luego sin más tardar, puestos en buen concierto, con nuestras banderas tendidas, y muchos indios de los dos pueblezuelos con nosotros, entramos en su ciudad; y como llegamos á lo más poblado, donde estaban sus grandes cues y adoratorios, tenian las casas tan juntas, que no osamos asentar real, sino en el campo, y en parte que aunque pusiesen fuego no nos pudiesen hacer daño; y nuestro capitan envió á llamar de paz á los caciques y capitanes de aquel pueblo, y fueron los mensajeros tres indios de los pueblezuelos nuestros amigos, que el uno dellos se decia Xaltepeque, y asimismo envió con ellos seis capitanes chiapanecas que habiamos preso en las batallas pasadas, y les envió á decir que vengan luego de paz, y se les perdonará lo pasado, y que si no vienen, que los iremos á buscar y les daremos mayor guerra que la pasada y les quemaremos su ciudad; y con aquellas bravosas palabras luego á la hora vinieron, y aun trajeron un presente de oro, y se disculparon por haber salido de guerra, y dieron la obediencia á su majestad, y rogaron á Luis Marin que no consintiese á nuestros amigos que quemasen ninguna casa, porque ya habian quemado ántes de entrar en Chiapa, en un pueblezuelo que estaba poblado ántes de llegar al rio, muchas casas; y Luis Marin les prometió que así lo haria, y mandó á los mejicanos que traiamos y á los de Cachula que no hiciesen mal ni daño.
Quiero tornar á decir que este Cachula que aquí nombro no es la que está cerca de Méjico, sino un pueblo que se dice como él, que está en las sierras camino de Chiapa, por donde pasamos.
Dejemos esto, y dígoos cómo en aquella ciudad hallamos tres cárceles de redes de madera llenas de prisioneros atados con collares á los pescuezos, y estos eran de los que prendian por los caminos, é algunos dellos eran de Guantepeque, y otros zapotecas é otros quilenes, otros de Soconusco; los cuales prisioneros sacamos de las cárceles é se fué cada uno á su tierra.
Tambien hallamos en los cues muy malas figuras de ídolos que adoraban, é todos los quebró fray Juan, é muchos indios é muchachos sacrificados, y hallamos muchas cosas malas de sodomías que usaban; y mandóles el capitan que luego fuesen á llamar todos los pueblos comarcanos que vengan de paz á dar la obediencia á su majestad.
Los primeros que vinieron fueron los de Cinacatan y Gopanaustlan, é Pinola é Guequiztlan é Chamula, é otros pueblos que ya no se me acuerda los nombres dellos, quiniles, y otros pueblos que eran de la lengua zoque, y todos dieron la obediencia á su majestad, y aun estaban espantados cómo, tan pocos como éramos, podiamos vencer á los chiapanecas; y ciertamente mostraron todos gran contento, porque estaban mal con ellos.
Estuvimos en aquella ciudad cinco dias, é dijo fray Juan Misa é confesaron algunos soldados, é predicó á los indios en su lengua, que la sabia bien, y los indios holgaron de oirle y adoraron la santa cruz, é decian que se habian de bautizar, y que pareciamos muy buena gente, y tomaron amor al fraile fray Juan.
Y en aquel instante un soldado de aquellos que traiamos en nuestro ejército desmandóse del real, y vase sin licencia del capitan á un pueblo que habia venido de paz, que ya he dicho que se dice Chamula, y llevó consigo ocho indios mejicanos de los nuestros, y demandó á los de Chamula que le diesen oro, y decia que lo mandaba el capitan, é los de aquel pueblo le dieron unas joyas de oro, y porque no le daban más, echó preso al cacique; y cuando vieron los del pueblo hacer aquella demasía, quisieron matar al atrevido y desconsiderado soldado, y luego se alzaron, y no solamente ellos, pero tambien hicieron alzar á los de otro pueblo que se decia Gueyhuiztlan, sus vecinos; y de que aquello alcanzó á saber el capitan Luis Marin, prende al soldado, y luego manda que por la posta le llevasen á Méjico para que Cortés le castigase; y esto hizo el Luis Marin porque era un hombre el soldado que se tenia por principal, que por su honor no nombro su nombre, hasta que venga en coyuntura en parte que hizo otra cosa que aun es muy peor, como era malo y cruel con los indios, como adelante diré.
Y despues desto hecho, el capitan Luis Marin envió á llamar al pueblo de Chamula que venga de paz, é les envió á decir que ya habia castigado y enviado á Méjico al español que les iba á demandar oro y les hacia aquellas demasías.
La respuesta que dieron fué mala, y la tuvimos por muy peor por causa de que los pueblos comarcanos no se alzasen; y fué acordado que luego fuésemos sobre ellos, y hasta traelles de paz no les dejar; y despues de como les habló muy blandamente á los caciques chiapanecas, y fray Juan les dijo con buenas lenguas, que las sabia, las cosas tocantes á nuestra santa fe, y que dejasen los ídolos y sacrificios y sodomías y robos, y les puso cruces é una imágen de Nuestra Señora en un altar que les mandamos hacer, y el capitan Luis Marin les dió á entender cómo éramos vasallos de su majestad cesárea, é otras muchas cosas que convenian, y aun les dejamos poblada más de la mitad de su ciudad; y los dos pueblos nuestros amigos que nos trajeron las canoas para pasar el rio y nos ayudaron en la guerra salieron de poder de los chiapanecas con todas sus haciendas é mujeres é hijos, y se fueron á poblar al rio abajo, obra de diez leguas de Chiapa, donde ahora esta poblado lo de Xaltepeque, y el otro pueblo que se dice Istatlan se fué á su tierra, que era de Guantepeque.
Volvamos á nuestra partida para Chamula, y es que luego enviamos á llamar á los de Cinacatan, que eran gente de razon, y muchos dellos mercaderes, y se les dijo que nos trajesen ducientos indios para llevar el fardaje, é que íbamos á su pueblo porque por allí era el camino de Chamula; y demandó á los de Chiapa otros ducientos indios guerreros con armas para ir en nuestra compañía, y luego los dieron; y salimos de Chiapa una mañana, y fuimos á dormir á unas salinas, donde nos tenian hechos los de Cinacatan buenos ranchos; y otro dia á medio dia llegamos á Cinacatan, y allí tuvimos la santa Pascua de Resurreccion; y tornamos á llamar de paz á los de Chamula, é no quisieron venir, é hubimos de ir á ellos, que seria entónces donde estaban poblados de Cinacatan obra de tres leguas, y tenian entónces las casas y pueblos de Chamula en una fortaleza muy mala de ganar, y muy honda cava por la parte que les habiamos de combatir, y por otras partes muy peor é más fuerte; é ansí como llegamos con nuestro ejército, nos tiran tanta piedra de lo alto é vara y flecha, que cubria el suelo; pues las lanzas muy largas con más de dos varas de cuchilla de pedernales, que ya he dicho otras veces que cortaban más que espadas, y unas rodelas hechas á manera de pavesinas, con que se cubren todo el cuerpo cuando pelean, y cuando no las han menester, las arrollan y doblan de manera que no les hacen estorbo ninguno, é con hondas mucha piedra, y tal priesa se daban á tirar flecha y piedra, que hirieron cinco de nuestros soldados é dos caballos, é con muchas voces é gran grita é silbos é alaridos, y atambores y caracoles, que era cosa de poner espanto á quien no los conociera; y como aquello vió Luis Marin, entendió que de los caballos no se podian aprovechar, que era sierra, mandó que se tornasen á bajar á lo llano, porque donde estábamos era gran cuesta y fortaleza, y aquello que les mandó fué porque temiamos que venian allí á dar en nosotros los guerreros de otros pueblos que se dicen Quiahuitlan, que estaba alzado, y porque hubiese resistencia en los de á caballo; y luego comenzamos de tirar en los de la fortaleza muchas saetas y escopetas, y no les podiamos hacer daño ninguno, con los grandes mamparos que tenian, y ellos á nosotros sí, que siempre herian muchos de los nuestros; y estuvimos aquel dia desta manera peleando, y no se les daba cosa ninguna por nosotros, y si les procurábamos de entrar donde tenian hechos unos mamparos y almenas, estaban sobre dos mil lanceros en los puestos para la defensa de los que les probamos á entrar; y ya que quisiéramos entrar é aventurar las personas en arrojarnos dentro de su fortaleza, habiamos de caer de tan alto, que nos habiamos de hacer pedazos, y no era cosa para ponernos en aquella ventura; y despues de bien acordado cómo y de qué manera habiamos de pelear, se concertó que trajésemos madera y tablas de un pueblezuelo que allí junto estaba despoblado, é hiciésemos burros ó mantas, que así se llaman, y en cada uno dellos cabian veinte personas, y con azadones y picos de hierro que traiamos, é con otros azadones de la tierra, de palo, que allí habia, les cavábamos y deshaciamos su fortaleza, y deshicimos un portillo para podelles entrar, porque de otra manera era excusado; porque por otras dos partes, que todo lo miramos más de una legua de allí al rededor, estaba otra muy mala entrada y peor de ganar que adonde estábamos, por causa que era una bajada tan agra, que á manera de decir, era entrar en los abismos.
Volvamos á nuestros mamparos y mantas, que con ellas les estábamos deshaciendo sus fortalezas, y nos echaban de arriba mucha pez y resina ardiendo, y agua y sangre toda revuelta y muy caliente, y otras veces lumbre y rescoldo, y nos hacian mala obra; y luego tras esto mucha multitud de piedras y muy grandes que nos desbarataron nuestros ingenios, que nos hubimos de retirar y tornallos á adobar; y luego volvimos sobre ellos, y cuando vieron que les haciamos mayores portillos, se ponen cuatro papas y otras personas principales sobre una de sus almenas, y vienen cubiertos con sus pavesinas é otros talabardones de maderas, é dicen:
—«Pues que deseais é quereis oro, entrad dentro, que aquí tenemos mucho.»
Y nos echaron desde las almenas siete diademas de oro fino, y muchas cuentas vaciadizas é otras joyas, como caracoles y ánades, todo de oro, y tras ello mucha flecha y vara y piedra, é ya les teniamos hechas dos grandes entradas; y como era ya de noche y en aquel instante comenzó á llover dejamos el combate para otro dia, y allí dormimos aquella noche con buen recaudo; y mandó el capitan á ciertos de á caballo que estaban en tierra llana, que no se quitasen de sus puestos y tuviesen los caballos ensillados y enfrenados.
Volvamos á los chamultecas, que toda la noche estuvieron tañendo atabales y trompetillas y dando voces y gritos, y decian que otro dia nos habian de matar que así se lo habia prometido su ídolo; y cuando amaneció volvimos con nuestros ingenios y mantas á hacer mayores entradas, y los contrarios con grande ánimo defendiendo su fortaleza, y aun hirieron este dia á cinco de los nuestros, y á mí me dieron un buen bote de lanza, que me pasaron las armas, y si no fuera por el mucho algodon y bien colchadas que eran, me mataran, porque con ser buenas las pasaron y echaron buen pelote de algodon fuera, me dieron una chica herida; y en aquella sazon era más de medio dia, y vino muy grande agua y luego una muy oscura neblina; porque, como eran sierras altas, siempre hay neblinas y aguaceros; y nuestro capitan, como llovia mucho, se apartó del combate, y como ya era acostumbrado á las guerras pasadas de Méjico, bien entendí que en aquella sazon que vino la neblina no daban los contrarios tantas voces ni gritos como de ántes; y veia que estaban arrimadas á los aduares y fortalezas y barbacanas muchas lanzas, y que no las veia menear, sino hasta ducientas dellas, sospeché lo que fué, que se querian ir ó se iban entónces, y de presto les entramos por un portillo yo y otro mi compañero, y estaban obra de ducientos guerreros, los cuales arremetieron á nosotros y nos dan muchos botes de lanza; y si de presto no fuéramos socorridos de unos indios de Cinacatan, que dieron voces á nuestros soldados, que entraron luego con nosotros en su fortaleza, allí perdiéramos las vidas; y como estaban aquellos chamultecas con sus lanzas haciendo cara y vieron el socorro, se van huyendo, porque los demás guerreros ya se habian huido con la neblina; y nuestro capitan con todos los soldados y amigos entraron dentro, y estaba ya alzado todo el hato, y la gente menuda y mujeres ya se habian ido por el paso muy malo, que he dicho que era muy hondo y de mala subida y peor bajada; y fuimos en el alcance, y se prendieron muchas mujeres, muchachos y niños y sobre treinta hombres, y no se halló despojo en el pueblo, salvo bastimento; y esto hecho, nos volvimos con la presa camino de Cinacatan, y fué acordado que asentásemos nuestro real junto á un rio adonde está ahora poblada la Ciudad-Real, que por otro nombre llaman Chiapa de los Españoles; y desde allí soltó el capitan Luis Marin seis indios con sus mujeres, de los presos de Chamula, para que fuesen á llamar los de Chamula, y se les dijo que no hubiesen miedo, y se les darian todos los prisioneros; y fueron los mensajeros, y otro dia vinieron de paz y llevaron toda su gente, que no quedó ninguna; y despues de haber dado la obediencia á su majestad, me depositó aquel pueblo el capitan Luis Marin, porque desde Méjico se lo habia escrito Cortés, que me diese una buena cosa de lo que se conquistase, y tambien porque era yo mucho su amigo del Luis Marin, y porque fuí el primer soldado que les entró dentro; y Cortés me envió cédula de encomienda guardada, y me tributaron más de ocho años.
En aquella sazon no estaba poblada la Ciudad-Real, que despues se pobló, é se dió mi pueblo para la poblacion.
Dejemos esto, y digamos cómo yo pedí á fray Juan que les predicase, y él lo hizo de voluntad, y les puso altar y una cruz y una imágen de la Vírgen, y se bautizaron luego quince; é decia el fraile que esperaba en Dios habian de ser aquellos buenos católicos, é yo me alegraba, porque los queria bien, como á cosa mia.
Pero volvamos á nuestra relacion: que, como ya Chamula estaba de paz, é Gueguistitlan, que estaba alzado, no quisieron venir de paz aunque les enviamos á llamar, acordó nuestro capitan que fuésemos á los buscar á sus pueblos; y digo aquí pueblos, porque entónces eran tres pueblezuelos, y todos puestos en fortaleza; y dejamos allí adonde estaban nuestros ranchos los heridos y fardaje, y fuimos con el capitan los más sueltos y sanos soldados, y los de Cinacatan nos dieron sobre trecientos indios de guerra, que fueron con nosotros, y seria de allí á los pueblos de Gueguistitlan obra de cuatro leguas; y como íbamos á sus pueblos, hallamos todos los caminos cerrados, llenos de maderos é árboles cortados y muy embarazados, que no podian pasar caballos: y con los amigos que llevábamos los desembarazamos é quitaron los maderos; y fuimos á un pueblo de los tres, que ya he dicho que era fortaleza, y hallámosle lleno de guerreros, y comenzaron á nos dar grita y voces y á tirar vara y flecha, y tenian granzas y pavesinas y espadas de á dos manos de pedernal, que cortan como navajas, segun y de la manera de los de Chamula; y nuestro capitan con todos nosotros les íbamos subiendo la fortaleza, que era muy más mala y recia de tomar que no la de Chamula; acordaron de se ir huyendo y dejar el pueblo despoblado y sin cosa ninguna de bastimentos; y los canacantecas prendieron dos indios dellos, que luego trajeron al capitan, los cuales mandó soltar, para que llamasen de paz á todos los más sus vecinos, y aguardamos allí un dia que volviesen con la respuesta, y todos vinieron de paz, y trajeron un presente de oro de poca valía y plumajes de quetzales, que son unas plumas que se tienen entre ellos en mucho, y nos volvimos á nuestros ranchos; y porque pasaron otras cosas que no hacen á nuestra relacion, se dejarán de decir, y diremos cómo cuando hubimos vuelto á los ranchos pusimos en plática que seria bien poblar allí adonde estábamos una villa, segun que Cortés nos mandó que poblásemos, y muchos soldados de los que allí estábamos deciamos que era bien, y otros que tenian buenos indios en lo de Guacacualco eran contrarios, y pusieron por achaque que no teniamos herraje para los caballos, y que éramos pocos, y todos los más heridos, y la tierra muy poblada, y los más pueblos estaban en fortalezas y en grandes sierras, y que no nos podriamos valer ni aprovechar de los caballos, y decian por ahí otras cosas; y lo peor de todo, que el capitan Luis Marin é un Diego de Godoy, que era escribano del Rey, persona muy entremetida, no tenian voluntad de poblar, sino volver á nuestros ranchos y villa; é un Alonso de Grado, que ya le he nombrado otras veces en el capítulo pasado, el cual era más bullicioso que hombre de guerra, parece ser traia secretamente una cédula de encomienda firmada de Cortés, en que le daba la mitad del pueblo de Chiapa cuando estuviese pacificado, y por virtud de aquella cédula demandó al capitan Luis Marin que le diese el oro que hubo en Chiapa que dieron los indios, é otro que se tomó en los templos de los ídolos del mismo Chiapa, que serian mil é quinientos pesos, y Luis Marin decia que aquello era para ayudar á pagar los caballos que habian muerto en la guerra en aquella jornada; y sobre ello y sobre otras diferencias estaban muy mal el uno con el otro, y tuvieron tantas palabras, que el Alonso de Grado, como era mal condicionado, se desconcertó en hablar; y quien se metia en medio y lo revolvia todo era el escribano Diego de Godoy.
Por manera que Luis Marin los echó presos al uno y al otro, y con grillos y cadenas los tuvo seis ó siete dias presos, y acordó de enviar á Alonso de Grado á Méjico preso, y al Godoy con ofertas y prometimientos y buenos intercesores le soltó; y fué peor, que se concertaron luego el Grado y el Godoy de escribir desde allí á Cortés muy en posta, diciendo muchos males de Luis Marin, y aun Alonso de Grado me rogó á mí que de mi parte escribiese á Cortés, y en la carta le disculpase al Grado, porque le decia el Godoy al Grado que Cortés en viendo mi carta le daria crédito, y no dijese bien del Marin; é yo escribí lo que me pareció que era verdad, y no culpando al capitan Marin; y luego envió preso á Méjico al Alonso de Grado, con juramento que le tomó que se presentaria ante Cortés dentro de ochenta dias, porque desde Cinacatan habia por la via y camino que venimos sobre ciento y noventa leguas hasta Méjico.
Dejemos de hablar de todas estas revueltas y embarazos; é ya partido el Alonso de Grado, acordamos de ir á castigar á los de Cimatan, que fueron en matar los dos soldados cuando me escapé yo y Francisco Martin, vizcaino, de sus manos; é yendo que íbamos caminando para unos pueblos que se dicen Tapelola, é ántes de llegar á ellos habia unas sierras y pasos tan malos, así de subir como de bajar, que tuvimos por cosa dificultosa el poder pasar por aquel puerto; y Luis Marin envió á rogar á los caciques de aquellos pueblos que los adobasen de manera que pudiésemos pasar é ir por ellos, é así lo hicieron, y con mucho trabajo pasaron los caballos, y luego fuimos por otros pueblos que se dicen Silo, Suchiapa é Coyumelapa, y desde allí fuimos á este Panguaxaya; y llegados que fuimos á otros pueblos que se dicen Tecomayacatal é Ateapan, que en aquella sazon todo era un pueblo y estaban juntas casas con casas, y era una poblacion de las grandes que habia en aquella provincia, y estaba en mí encomendada por Cortés; y como entónces era mucha poblacion, y con otros pueblos que con ellos se juntaron, salieron de guerra al pasar de un rio muy hondo que pasa por el pueblo, é hirieron seis soldados y mataron tres caballos, y estuvimos buen rato peleando con ellos; y al fin pasamos el rio é se huyeron, y ellos mismos pusieron fuego á las casas y se fueron al monte; estuvimos cinco dias curando los heridos y haciendo entradas, donde se tomaron muy buenas indias, y se les envió á llamar de paz, y que se les daria la gente que habiamos preso y que se les perdonaria lo de la guerra pasada; y vinieron todos los más indios y poblaron su pueblo, y demandaban sus mujeres é hijos, como lo habian prometido.
El escribano Diego de Godoy aconsejaba al capitan Luis Marin que no las diese, sino que se echase el hierro del Rey, y que se echaba á los que una vez habian dado la obediencia á su majestad y se tornaban á levantar sin causa ninguna; y porque aquellos pueblos salieron de guerra y nos flecharon y nos mataron los tres caballos, decia el Godoy que se pagasen los tres caballos con aquellas piezas de indios que estaban presos; é yo repliqué que no se herrasen, y que no era justo, pues vinieron de paz; y sobre ello yo y el Godoy tuvimos grandes debates y palabras y aun cuchilladas, que entrambos salimos heridos, hasta que nos despartieron y nos hicieron amigos; y el capitan Luis Marin era muy bueno y no era malicioso, é vió que no era justo hacer más de lo que le pedí por merced, y mandó que diesen todas las mujeres y toda la más gente que estaba presa á los caciques de aquellos pueblos, y los dejamos en sus casas muy de paz; y desde allí atravesamos al pueblo de Cimatlan y otros pueblos que se dicen Talatupan, y ántes de entrar en el pueblo tenian hechas unas saeteras y andamios junto á un monte, y luego estaban unas ciénagas, é así como llegamos nos dan de repente una tan buena rociada de flecha con muy buen concierto y ánimo, y hirieron sobre veinte soldados y mataron dos caballos, y si de presto no les desbaratáramos y deshiciéramos sus cercados y saeteras, mataran é hirieran muchos más, y luego se acogieron á las ciénagas; y estos indios destas provincias son grandes flecheros, que pasan con sus flechas y arcos dos dobleces de armas de algodon bien colchadas, que es mucha cosa; y estuvimos en un pueblo dos dias, y los enviamos á llamar de paz y no quisieron venir; y como estábamos cansados, y habia allí muchas ciénagas que tiemblan, que no pueden entrar en ellas los caballos ni aun ninguna persona sin que se atolle en ellas, y han de salir arrastrando y á gatas, y aun si salen es maravilla, tanto son de malas.
É por no ser yo más largo sobre este caso, por todos nosotros fué acordado que volviésemos á nuestra villa de Guacacualco, y volvimos por unos pueblos de la Chontalpa, que se dicen Guimango é Nacaxu, y Xuica é Teotitan Copileo, é pasamos otros pueblos, y á Ulapa, y el rio de Ayagualco é al de Tonala, y luego á la villa de Guacacualco; y del oro que se hubo en Chiapa y en Chamula, sueldo por libra se pagaron los caballos que mataron en las guerras.
Dejemos esto, y digamos que como el Alonso de Grado llegó á Méjico delante de Cortés, y cuando supo de la manera que iba, le dijo muy enojado:
—«¿Cómo, señor Alonso de Grado, que no podeis caber ni en una parte ni en otra? Lo que os ruego es que mudeis esa mala condicion; si no, en verdad que os enviaré á la isla de Cuba, aunque sepa daros tres mil pesos con que allá vivais, porque yo no os puedo sufrir.»
Y al Alonso de Grado se le humilló de manera, que tornó á estar bien con el Cortés, y el Luis Marin y fray Juan escribieron á Cortés todo lo acaecido.
Y dejallo hé aquí y diré lo que pasó en la córte sobre el Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano.