CAPÍTULO CXCIV.
CÓMO MÁRCOS DE AGUILAR FALLECIÓ, Y DEJÓ EN EL TESTAMENTO QUE GOBERNASE EL TESORERO ALONSO DE ESTRADA, Y QUE NO ENTENDIESE EN PLEITOS DEL FACTOR NI VEEDOR NI DAR NI QUITAR INDIOS HASTA QUE SU MAJESTAD MANDASE LO QUE MÁS EN ELLO FUESE SERVIDO, SEGUN Y DE LA MANERA QUE LE DEJÓ EL PODER LUIS PONCE DE LEON.
Teniendo en sí la gobernacion Márcos de Aguilar, como dicho tengo, estaba muy ético y doliente y malo de bubas; los médicos le mandaron que mamase á una mujer de Castilla, y con leche de cabras se sostuvo cerca de ocho meses, y de aquella dolencia y calenturas que le dieron falleció, y en el testamento que hizo mandó que sólo gobernase el tesorero Alonso de Estrada, ni más ni ménos que tuvo el poder de Luis Ponce de Leon.
Y viendo el cabildo de Méjico é otros procuradores de ciertas ciudades, que en aquella sazon se hallaron en Méjico, que el Alonso de Estrada solo no podia gobernar tan bien como convenia, por causa que Nuño de Guzman, que habia dos años que vino de Castilla por gobernador de la provincia de Pánuco, se metia en los términos de Méjico y decia que eran sujetos de su provincia; é como venia furioso, é no miraba á lo que su majestad le mandaba en las provisiones que dello traia; porque un vecino de Méjico que se decia Pedro Gonzalez de Trujillo, persona muy noble, dijo que no queria estar debajo de su gobernacion, sino de la de Méjico, pues los indios de su encomienda no eran de los de Pánuco, y por otras palabras que pasaron, sin más ser oido, le mandó ahorcar; y demas desto, hizo otros desatinos, que ahorcó á otros españoles por hacerse temer, y no tenia acato ni se le daba nada por Alonso de Estrada el tesorero, aunque era gobernador, ni le tenia en la estima que era obligado.
Y viendo aquellos desatinos de Nuño de Guzman el cabildo de Méjico y otros caballeros vecinos de aquella ciudad, porque temiese el Nuño de Guzman é hiciese lo que su majestad mandaba, suplicaron al tesorero que juntamente con él gobernase Cortés, pues convenia al servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; y el tesorero no quiso, é otras personas dicen que Cortés no lo quiso acetar, porque no dijesen maliciosos que por fuerza queria señorear, y tambien porque hubo murmuraciones que tenian sospecha en la muerte de Márcos de Aguilar, que Cortés fué causa della é dió con qué murió: y lo que se concertó fué, que juntamente con el tesorero gobernase Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor y persona que se hacia mucha cuenta dél; é lo hubo por bien el tesorero; mas otras personas dijeron que si lo aceptó fué por casar una hija con el Sandoval, y si se casara con ella, fuera el Sandoval muy más estimado y por ventura hubiera la gobernacion, porque en aquella sazon no se tenia en tanta estima esta Nueva-España como agora.
Pues estando gobernando el tesorero y el Gonzalo de Sandoval, pareció ser, como en este mundo hay hombres muy desatinados, que un Fulano Proaño, que dicen que se fué en aquella sazon á lo de Xalisco, huyendo de Méjico, que despues fué muy rico; y el Sandoval, como gobernador que era, que habia de hacer justicia sobre ello y prender al Proaño, no lo hizo, porque se fué huyendo adonde no podia ser habido, por mucha diligencia que sobre ello puso; y puesto que claramente se supo que no podria alcanzar justicia, lo disimuló.
Dejemos esto, y quiero decir que en aquellos dias que anduvieron los conciertos dichos para que Cortés gobernase con el tesorero, y pusieron al Sandoval por compañero en la gobernacion, segun ya dicho tengo, aconsejaron á Alonso de Estrada que luego por la posta fuese en un navío á Castilla é hiciese relacion dello á su majestad, y aun le indujeron que dijese que por fuerza le pusieron á Sandoval por compañero, segun ya dicho tengo, porque no quiso ni consintió que Cortés juntamente gobernase con él; y demas desto, ciertas personas, que no estaban bien con Cortés, escribieron otras cartas de por sí, y en ellas decian que Cortés habia mandado dar ponzoña á Luis Ponce de Leon y á Márcos de Aguilar, é que ansimismo al adelantado Garay, é que en unos requesones que les dieron en un pueblo que se dice Iztapalapa creian que les dieron rejalgar en ellos, y que por aquella causa no quiso comer un fraile de la órden de señor Santo Domingo dellos; y todo lo que escribian de Cortés eran maldades y traiciones que le levantaron, y tambien escribieron que Cortés queria matar al factor y veedor; y en aquella sazon tambien fué á Castilla el contador Albornoz, que jamás estuvo bien con Cortés.
Y como su majestad y los del Real Consejo de Indias vieron las cartas que he dicho que enviaron diciendo mal de Cortés, y se informaron del contador Albornoz, é lo de Luis Ponce é lo de Márcos de Aguilar, ayudó muy mal contra Cortés, é haber oido lo del desbarate del Narvaez y del Garay, y lo de Tapia y lo de Catalina Suarez la Marcayda, su primera mujer; y estaban mal informados de otras cosas, é creyeron ser verdad lo que agora escribian; luego mandó su majestad proveer que sólo Alonso de Estrada gobernase, y dió por bueno cuanto habia hecho, y en los indios que encomendó; que sacasen de las prisiones y jaulas al factor y veedor y les volviesen sus bienes, y por la posta vino un navío con las provisiones; y para castigar á Cortés de lo que le acusaban, mandó que luego viniese un caballero que se decia don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, y que á costa de Cortés trujese trescientos soldados, y que si le hallase culpado le cortase la cabeza, y á los que juntamente con él habian hecho algun deservicio á su majestad, é que á los verdaderos conquistadores que les diese de los pueblos que quitasen á Cortés; y ansimismo mandó proveer que viniese audiencia Real, creyendo con ella habria recta justicia.
É ya que se estaba apercibiendo el comendador don Pedro de la Cueva para venir á la Nueva-España, por ciertas pláticas que despues hubo en la córte, ó porque no le dieron tantos mil ducados como pedia para el viaje, y porque con el audiencia Real, creyendo que lo pusieran en justicia, se estorbó su jornada, que no vino, é porque el duque de Béjar quedó por nuestro fiador otra vez.
Y quiero volver al tesorero, que, como se vió tan favorecido de su majestad, é haber sido tantas veces gobernador, y agora de nuevo le mandaba su majestad gobernar solo; y aun le hicieron creer al tesorero que habian informado al Emperador nuestro señor que era hijo del Rey Católico, y estaba muy ufano, y tenia razon; é lo primero que hizo fué enviar á Chiapa por capitan á un su primo, que se decia Diego de Mazariegos, y mandó tomar residencia á don Juan Enriquez de Guzman, el que habia enviado por capitan Márcos de Aguilar, y más robos y quejas se halló que habia hecho en aquella provincia que bienes; y tambien envió á conquistar é pacificar los pueblos de los zapotecas y minxes, y que fuesen por dos partes, para que mejor los prendiesen, á traer de paz, que fuese por la parte de la banda del Norte, é envió á un Fulano de Barrios, que decian que habia sido capitan en Italia y que era muy esforzado, que nuevamente habia venido de Castilla á Méjico (no digo por Barrios el de Sevilla, el cuñado que fué de Cortés), y le dió sobre cien soldados, y entre ellos muchos escopeteros y ballesteros.
Llegado este capitan con sus soldados á los pueblos de los zapotecas, que se decian los titepeques, una noche salen los indios naturales de aquellos pueblos y dan sobre el capitan y sus soldados; y tan de repente dieron en ellos, que mataron al capitan Barrios y á otros siete soldados, y á todos los más hirieron, y si de presto no tomaran las de Villadiego, y se vinieran á acoger á unos pueblos de paz, todos murieran.
Aquí verán cuánto va de los conquistadores viejos á los nuevamente venidos de Castilla, que no saben qué cosa es guerra de indios ni sus astucias: en esto paró aquella conquista.
Digamos agora del otro capitan que fué por la parte de Guaxaca, que se decia Figuero, natural de Cáceres, que tambien dijeron que habia sido capitan en Castilla, y era muy amigo del tesorero Alonso de Estrada, y llevó otros cien soldados de los nuevamente venidos de Castilla á Méjico, y muchos escopeteros y ballesteros y aun diez de á caballo; y como llegaron á las provincias de los zapotecas, envió á llamar á un Alonso de Herrera, que estaba en aquellos pueblos por capitan de treinta soldados, por mandado de Márcos de Aguilar en el tiempo que gobernaba, segun lo tengo dicho en el capítulo que dello hace mencion; y venido el Alonso de Herrera á su llamada, porque, segun apareció, traia poder el Figuero para que estuviese debajo de su mano, é sobre ciertas pláticas que tuvieron, ó porque no quiso quedar en su compañía, vinieron á echar mano á las espadas, y el Herrera acuchilló á el Figuero y á otros tres de los soldados que traia, que le ayudaban.
Pues viendo el Figuero que estaba herido y manco de un brazo, y no se atrevia á entrar en las sierras de los miuxes, que eran muy altas y malas de conquistar, y los soldados que traia no sabian conquistar aquellas tierras, acordó de andarse á desenterrar sepulturas de los enterramientos de los caciques de aquella provincia, porque en ellas halló cantidad de joyas de oro, con que antiguamente tenian costumbre de se enterrar los principales de aquellos pueblos; y dióse tal maña, que sacó dellas sobre cien mil pesos de oro, y con otras joyas que hubo de dos pueblos, acordó de dejar la conquista é pueblos en que estaba, y dejólos muy más de guerra á algunos dellos que los halló, y fué á Méjico, y dende allí se iba á Castilla el Figuero con su oro; y embarcado en la Veracruz, fué su ventura tal, que el navío en que iba dió con recio temporal al través junto á la Veracruz, de manera que se perdió él y su oro y se ahogaron quince pasajeros, y todo se perdió; y en aquello pararon los capitanes que envió el tesorero á conquistar aquellos pueblos, que nunca vinieron de paz hasta que los vecinos de Guacacualco los conquistamos, y como tienen altas sierras y no pueden ir caballos, me quebranté el cuerpo, de tres veces que me hallé en aquellas conquistas; porque, puesto que en los veranos los atraimos de paz, en entrando las aguas se tornaban á levantar y mataban á los españoles que podian haber desmandados; y como siempre les seguiamos, vinieron de paz, y está poblada una villa que dicen San Alfonso.
Pasemos adelante, y dejaré de traer á la memoria desastres de capitanes que no han sabido conquistar, y digo que, como el tesorero supo que habian acuchillado á su amigo el capitan Figuero, como dicho tengo, envió luego á prender á Alonso de Herrera, é no se pudo haber, porque se fué huyendo á unas sierras, y los alguaciles que envió trujeron preso á un soldado de los que solia tener el Herrera consigo; y así como llegó á Méjico, sin más ser oido, le mandó el tesorero cortar la mano derecha.
Llamábase el soldado Cortejo, y era hijodalgo; y demas desto, en aquel tiempo un mozo de espuelas de Gonzalo de Sandoval tuvo otra quistion con otro criado del tesorero, y le acuchilló, de que hubo muy gran enojo el tesorero, y le mandó cortar la mano; y esto fué en tiempo que Cortés ni Sandoval no estaban en Méjico; que se habian ido á un gran pueblo que se dice Cornabaca, y se fueron por quitarse de bullicios y parlerías, y tambien por apaciguar ciertos encuentros que habia entre los caciques de aquel pueblo.
Pues como supieron Cortés y Gonzalo de Sandoval por cartas que el Cortejo y mozo de espuelas estaban presos y que les querian cortar las manos, de presto vinieron á Méjico; y de que hallaron lo que dicho tengo, y no habia remedio en ello, sintieron mucho aquella afrenta que el tesorero hizo á Cortés y á Sandoval, y dicen que le dijo Cortés tales palabras al tesorero en su presencia, que no las quisiera oir, y aun tuvo temor que le queria mandar matar, y con este temor allegó el tesorero soldados y amigos para tener en su guarda, y sacó de las jaulas al factor y veedor para que, como oficiales de su majestad, se favoreciesen los unos á los otros contra Cortés; y de que los hubo sacado, de ahí á ocho dias, por consejo del factor y otras personas que no estaban bien con Cortés, le dijeron al tesorero que en todo caso luego desterrase á Cortés de Méjico; porque entre tanto que estuviese en aquella ciudad jamás podria gobernar bien ni habria paz, y siempre habria bandos.
Pues ya este destierro firmado del tesorero, se lo fueron á notificar á Cortés, y dijo que lo cumpliria muy bien, y que daba gracias á Dios, que dello era servido, que de las tierras y ciudad que él con sus compañeros habia descubierto y ganado, derramando de dia y de noche mucha sangre de su cuerpo, y muerte de tantos soldados, que le viniesen á desterrar personas que no eran dignas de bien ninguno ni de tener los oficios que tienen, y que él iria á Castilla á dar relacion dello á su majestad y demandar justicia contra ellos; y que fué gran ingratitud la del tesorero, desconocido del bien que le habia hecho Cortés; y luego se salió de Méjico y se fué á una villa suya que se dice Cuyoacan, y dende allí á Tezcuco, y dende allí á pocos dias á Tlascala; y en aquel instante la mujer del tesorero, que se decia doña Marina Gutierrez de la Caballería, cierto digna de buena memoria por sus muchas virtudes, como supo el desconcierto que su marido habia hecho en sacar de las jaulas al factor y veedor y haber desterrado á Cortés, con gran pesar que tenia, le dijo á su marido:
—«Plega á Dios que por estas cosas que habeis hecho no os venga mal dello.»
Y le trujo á la memoria los bienes y mercedes que siempre Cortés le habia hecho, y los pueblos de indios que le dió, y que procurase de tornar á hacer amistades con él para que vuelva á la ciudad de Méjico, ó que se guardase muy bien, no le matasen; y tantas cosas le dijo, que, segun muchas personas despues platicaban, se habia arrepentido el tesorero de lo haber desterrado, y aun de haber sacado de las jaulas al factor y veedor, porque en todo le iban á la mano y eran muy contrarios á Cortés.
Y en aquella sazon vino de Castilla don fray Julian Garcés, primer Obispo que fué de Tlascala, y era natural de Aragon, y por honra del cristianísimo Emperador nuestro señor se llamó Carolense, y fué gran predicador, y se vino por su obispado de Tlascala; y como supo lo que el tesorero habia hecho en el destierro de Cortés, le pareció muy mal y por poner concordia entre ellos se vino á una ciudad, ya otras veces por mí nombrada, que se dice Tezcuco; y como estaba junto á la laguna, se embarcó en dos canoas grandes, y con dos clérigos y un fraile y su fardaje se vino á la ciudad de Méjico, y ántes de entrar en ella supieron su venida en Méjico, y le salieron á recebir con toda la pompa y cruces y clerecía y religiosos y Cabildos, é conquistadores é caballeros y soldados que en Méjico se hallaron; y cuando el Obispo hubo descansado dos dias, el tesorero le echó por intercesor para que fuese adonde Cortés estaba en aquella sazon y los hiciese amigos, é le alzaba el destierro, y que se volviese á Méjico; y fué el Obispo y trató las amistades, y nunca pudo acabar cosa ninguna con Cortés; ántes, como dicho tengo, se fué á Tezcuco ó á Tlascala muy acompañado de caballeros é otras personas y en lo que entendia Cortés era en allegar todo el oro y plata que podia para ir á Castilla; y demas de lo que le daban de los tributos de sus pueblos, empeñaba otras rentas é indios que le prestaban amigos; y ansimismo se aparejaban el capitan Gonzalo de Sandoval y Andrés de Tapia, y llegaron y recogian todo el oro y plata que podian de sus pueblos, porque estos dos capitanes fueron en compañía de Cortés á Castilla.
Pues como estaba Cortés en Tlascala, íbanle á ver muchos vecinos de Méjico y de otras villas, y soldados que no tenian encomiendas de indios, y los caciques de Méjico le iban á servir; y aun, como hay hombres bulliciosos y amigos de escándalos é novedades, le iban á aconsejar para que si se queria alzar por Rey en la Nueva-España, que en aquel tiempo tenia lugar y que ellos serian en le ayudar; y Cortés echó presos á dos hombres de los que le vinieron con aquellas pláticas, y les trató mal, llamándoles de traidores, y estuvo para los ahorcar; y tambien le trujeron otra carta de otros bandoleros, que le enviaron de Méjico, y le decian lo mismo; y esto era, segun dijeron, para tentar á Cortés ó tomarle en algunas palabras que de su boca dijese sobre aquel mal caso; y como Cortés en todo era servidor de su majestad, con amenazas dijo á los que le venian con aquellos tratos que no viniesen más adelante dél con aquellas parlerías de traiciones, que los mandaria ahorcar; y luego escribió al Obispo lo que pasaba, para que él dijese al tesorero que, como gobernador, mandase castigar á los traidores que le venian con aquellos consejos; si no, que él los mandaria ahorcar.
Dejemos á Cortés en Tlascala aderezando para se ir á Castilla, y volvamos al tesorero y factor y veedor, que, ansí como venian á Cortés hombres bandoleros que deseaban ruidos y andar en bullicios, tambien iban y decian al tesorero y al factor que ciertamente Cortés estaba llegando gente para los venir á matar, aunque echaba fama que para venir á Castilla, y á aquel efeto estaban todos los caciques mejicanos y de Tezcuco en Tlascala, y de todos los más pueblos de alrededor de la laguna en su compañía, para ver cuándo les mandaba dar guerra.
Entónces temió mucho el factor y veedor y el tesorero, creyendo que les queria matar; y para saber é inquirir si era verdad, volvieron á importunar al mismo Obispo que fuese á ver qué cosa era, y escribieron con grandes ofertas á Cortés, demandándole perdon; y el Obispo lo hubo por bueno el ir á hacer amistades, por visitar á Tlascala; y desque llegó donde Cortés estaba, despues de le salir á recebir toda aquella provincia, y ver la gran lealtad y lo que habia hecho Cortés en prender los bandoleros, y las palabras que sobre aquel caso le escribió, luego hizo mensajeros al tesorero, y dijo que Cortés era muy leal caballero y gran servidor de su majestad, y que en nuestros tiempos se podia poner en la cuenta de los muy afamados servidores de la corona Real, y que en lo que estaba entendiendo era aviarse para ir ante su majestad, y que podian estar sin sospecha de lo que pensaban; y tambien le escribió que tuvo mala consideracion en le haber desterrado, y que no lo acertó.
Entónces diz que le dijo en la carta que le escribió:
—«Oh señor tesorero Alonso de Estrada, y ¡cómo ha dañado y estragado este negocio!»
Dejemos esto de la carta; que no me acuerdo bien si volvió Cortés á Méjico para dejar recaudo á las personas á quien habia de dar los poderes para entender en su estado y casa é cobrar los tributos de los pueblos de su encomienda; salvo sé que dejó el poder mayor al licenciado Juan Altamirano y á Diego de Ocampo y Alonso Valiente y á Santa Cruz burgalés, y sobre todos á Altamirano; é ya tenia llegado muchas aves de las diferenciadas de otras que hay en Castilla, que era cosa muy de ver, y dos tigres, y muchos barriles de liquidámbar y bálsamo cuajado y otro como aceite, y cuatro indios maestros de jugar el palo con los piés, que en Castilla y en todas partes es cosa de ver, y otros indios bailadores, que suelen hacer una manera de ingenio, al parecer como que vuelan por alto estando bailando; y llevó tres indios corcovados de tal manera, que era cosa monstruosa, porque estaban quebrados por el cuerpo y eran muy enanos; y tambien llevó indios é indias muy blancos, que con el gran blancor no veian bien; y entónces los caciques de Tlascala le rogaron que llevase en su compañía tres hijos de los más principales de aquella provincia, y entre ellos fué un hijo de Xicotenga el viejo ciego, que despues se llamó don Lorenzo de Vargas, y llevó otros caciques mejicanos; y estando aderezando su partida, le llegaron nuevas de la Veracruz que habian venido dos navíos muy buenos veleros, y en ellos le trujeron cartas de Castilla, y lo que se contenia en ellas diré adelante.