DOCUMENTO NÚM. 10

Carta del Arzobispo de Manila al Presidente del Consejo de Ministros, D. Francisco Silvela, sobre los prisioneros.

Excmo. Sr. Presidente del Consejo de Ministros, D. Francisco Silvela.—Mi respetable y distinguido amigo: En mi contestación al telegrama de V. E., manifesté que juzgaba contraproducente exacerbar la avaricia de los filipinos con promesas ascendentes de dinero, pues, dada su poca seriedad, les serviría eso de pie para hacer indefinidas sus exigencias, y, en lugar de acelerar por ese medio el rescate, lo que se conseguiría es retrasarle. Por ello, bien ó mal elegido el procedimiento del rescate á precio, aconseja la prudencia que la oferta se fije en cantidad invariable, sin dar lugar á esperanzas de mejorarla con el regateo; así lo exige la condición de estos tratantes. Todavía, convenida tasa con el llamado Gobierno filipino, no queda resuelto el problema; pues los cabecillas en cuyo poder se hallen los prisioneros, han de oponer dificultades á la entrega, que habrán de vencerse también con dinero.

Si, como me temo, el rescate á precio no da resultado, no veo otro recurso humano que el apuntado en mi telegrama, ó sea la intervención de las Potencias, y otro que no apunté, que es la gestión americana. Esta no fué eficaz hasta el presente, pero puede serlo en breve plazo, si con los muchos elementos militares que van reuniendo, logran algún éxito notable sobre los indios y entran luego en negociaciones de paz, como ardientemente desean. En esas negociaciones, cuando lleguen, no puede menos de ser asunto principal el rescate de nuestros prisioneros. En mi sentir, ese momento se avecina, pues se nota cansancio en los indios guerreros, el partido de la paz crece, y los americanos la desean vivamente.

No tengo alientos para hablar de la situación de los pobres prisioneros. Es asunto que agobia, y á nada conduce recordarlo, si no es ante Dios misericordioso. Los que logremos recobrar, no serán hombres, sino cadáveres. El número de los fallecidos no se sabe, pero sí que son muchos, sobre todo soldados, por efecto del hambre. Y con sernos tan conocida la crueldad de los verdugos, tenemos que disimularlas y callar, porque el lamento y recriminación públicos se convierten en motivo de mayores vejaciones contra los prisioneros. En los diferentes pueblos por donde van peregrinando, se prohiben hasta las demostraciones de compasión, y todo el socorro que reciben de almas buenas, que no faltan, es merced á estratagemas ingeniosas y secretas que discurre la caridad. Y no es raro el caso de haber desplegado la justicia revolucionaria crueles rigores sobre mujeres compasivas sorprendidas en flagrante delito de suministrar dinero ó vestido á los desventurados cautivos. Hace ya un mes, desde el rompimiento de las hostilidades, que estamos del todo incomunicados con ellos.

Si los sucesos de la guerra filipino-yanqui dan lugar á algo favorable á nuestros prisioneros, lo telegrafiaré, respondiendo á la honra que me dispensa el Gobierno y á la confianza que tiene en mis modestas gestiones.

Su afectísimo, seguro servidor y amigo.==Fr. Bernardino, Arzobispo.==Manila 11 de Marzo de 1899.