DOCUMENTO NÚM. 12
Relación del corresponsal del «Heraldo de Madrid» sobre Rizal.
Datos sobre los últimos momentos de Rizal, según noticias de D. Santiago Mataix, hoy director del Diario Universal, y entonces corresponsal del Heraldo de Madrid, publicados en este periódico.
«Manila 29 de Diciembre de 1896.—He logrado hablar breves instantes con Rizal antes de entrar en capilla.—El filibustero condenado á muerte, se me ha mostrado arrepentido de su intervención en los sucesos.—No soy—me dijo—lo que se ha querido dar á entender.—Visto de cerca, resulto muy pequeño, y sólo el encono de mis enemigos me ha hecho grande; en cuanto á mi pretendida malicia, sólo diré que he sido engañado hasta por los cocheros y los banqueros.—Si contra todos hubiera yo seguido los consejos del P. Nozaleda, cuyas lecciones he recibido hace años, no me vería hoy en esta situación.—Le hablé de su libro Noli me tangere, hacia el cual me mostró profundo desprecio.—En los breves momentos en que he podido hablar con él, y á pesar de su terrible situación, Rizal se ha mostrado amable, pero naturalmente, dentro de triste severidad.—Los jesuítas y el Deán de la catedral le prestaron asistencia espiritual.—Rizal aparece contrito, aunque relativamente sereno.—Rizal ha manifestado deseo de casarse con su amante in articulo mortis.
El Religioso dijo que el reo había sido presidente de la Congregación de San Luis, y Rizal contestó con viveza: «Padre, recuerde usted que yo no fuí nunca presidente, sino secretario; era muy pequeño, y no podía presidir; porque fíjense ustedes que yo no he presidido nada en mi vida; he sido y soy muy pequeño.—Si cuando escribí el Noli me tangere, se hubiera seguido el consejo del P. Nozaleda, entonces Profesor de Santo Tomás, no dando importancia al libro ni al autor, otro gallo nos cantara á todos; no estaría yo aquí en capilla, y quizá no hubiera rebeldes en Cavite.—Entonces era yo un pobrete, á quien los cocheros de Manila engañaban, y hacían burla de mí hasta los banqueros del Pasig. Los mismos filibusteros no estaban muy prendados de los hechos de este infeliz; algunos me combatían, pero de igual á igual, sin que nadie hablara aún de esos apostolados, supremacías ni monsergas que me han perdido. Pero marché á Londres y allí pude notar que se me atacaba con saña, se predicaba contra mi libro, se abominaba de mí, y aun creo que se concedieron indulgencias á folletos en que se me injuriaba. Resultó lo que había de suceder: cada sermón, á los ojos de mis paisanos, era una homilia; cada injuria, un elogio; cada ataque, nueva propaganda de mis ideas. ¿A qué negarlo? Me envanecía semejante campaña; pero, créame, y eso mejor lo saben ustedes que yo, que ni tuve importancia para tales censuras, ni soy digno de la fama que mis engañados partidarios me dan: los que me han tratado, ni me suben á los cuernos de la luna, ni me fusilarían tampoco. Creeríanme como soy: inofensivo; los más fanáticos por mí son los que no me conocen; si los filipinos me hubieran tratado, no hubieran hecho de mi nombre grito de guerra».—Creyéralas ó no, Rizal dijo en su capilla verdades como puños: «el apóstol tagalo no ha sido en su vida más que una medianía, víctima de sus sueños de gloria. ¡Dios le haya perdonado!==Santiago Mataix.»