DOCUMENTO NÚM. 17

Alocución del Arzobispo de Manila á sus diocesanos al salir para Roma, con objeto de hacer la visita «ad limina».

Os anunciamos, amados hermanos é hijos, que dentro de breves días será nuestra partida á Roma en cumplimiento del deber episcopal de la visita ad limina. Con tal motivo, acudimos á vuestra caridad, pidiendo el concurso de vuestras oraciones para que el Señor nos proteja y guíe en el camino y principalmente para que nuestra visita al Vicario de Jesucristo y á los sepulcros de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, sea causa de algún consuelo á esta atribulada Iglesia.

En la relación que habremos de hacer de su estado no podremos, desgraciadamente, evitar que en el corazón amante del Supremo Pastor se renueven los dolores al oir cómo el común enemigo, multiplicándose, continúa haciendo estragos en esta porción de la viña del Señor. Habremos de decirle que muchas de las que fueron florecientes cristiandades están hoy dispersas ó arruinadas porque carecen de pastores; que piden otras el pan de la divina palabra y el auxilio de los Santos Sacramentos, y no hay posibilidad de acudir en su socorro; que por varias partes reviven antiguas supersticiones que amenazan también alcanzar al orden religioso y á la autoridad del sacerdocio, en todos los grados de la jerarquía, por muchos que aún conservan el nombre de católicos discutida y menospreciada; y, ¿por qué disimular lo que es notorio? hasta algunos de los elegidos para arquitectos en la construcción del templo del Señor, en vez de edificar, contribuyen á la obra de destrucción, prestándose á ser instrumentos de la malignidad sectaria. Tampoco están exentos de vejámenes los sacerdotes actualmente encargados de la administración parroquial, que se ven obligados á luchar contra la tendencia del laicismo, que trata nada menos que de supeditar el sagrado ministerio á la administración civil.

Todos estos males, al lado de tantos otros que callamos, cuya relación entristecerá el ánimo del Vicario de Jesucristo, nos obligan á pedir de nuevo vuestras oraciones para alcanzar del Señor su remedio: en El sólo ponemos nuestra esperanza: con los ojos fijos en su infinita misericordia se sostiene nuestro ánimo y aguarda con resignación la llegada del día de claridad que disipe las negruras del presente. Cuando postrados ante el sepulcro de los bienaventurados Apóstoles oremos por que se despeje el cielo de nuestra afligida Iglesia, más que en el valimiento de nuestra oración, confiamos en las vuestras que entonces nos acompañarán.

Al efecto, os recomendamos muy encarecidamente que durante el próximo mes de Octubre no dejéis de practicar los piadosos ejercicios que con la oración del Santo Rosario tiene ordenados nuestro Santísimo Padre León XIII para obtener el poderoso patrocinio de María y por su mediación el triunfo de la Iglesia. Con tal motivo, encargamos al clero parroquial que dé la mayor publicidad al anuncio de esos cultos, y se esmere en procurar la mayor concurrencia de fieles.

Igualmente hacemos saber al clero y pueblo que durante nuestra ausencia queda gobernando y administrando la diócesis el Excmo. y Revdmo. Sr. D. P. L. Chapelle, Arzobispo de Nueva Orleans, Delegado apostólico extraordinario en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

El natural sentimiento que nos produce el apartamiento, siquiera sea temporal, de vosotros, amados diocesanos, queda asaz compensado con la providencial circunstancia de que pueda reemplazarnos en el gobierno de la diócesis tan esclarecido Prelado. Su celo por la Religión, sus talentos extraordinarios, demostrados en las difíciles comisiones que la Santa Sede le tiene encomendadas, su nombre prestigioso, no sólo en la Iglesia, sino también en la sociedad, son segura garantía de que la administración de la diócesis en sus expertas manos se desarrollará con mejor acierto y exitos más seguros que en ningunas otras. Gracias sean dadas al Señor por habernos preparado tan digno sucesor en nuestra ausencia. A todos, pueblo y clero, exhortamos á que, mirando en el Pastor la sublime dignidad que por la unción sagrada y la delegación pontificia tiene, sean dóciles á sus enseñanzas, sumisos á sus mandatos, seguros de que han de estar todos inspirados en el bien de la Religión y en la mayor gloria de Dios; y no olviden, finalmente, que desobedece y menosprecia á Dios el que desobedece y menosprecia á sus enviados.

A todos enviamos nuestra bendición paternal de despedida.

En el nombre del Padre † del Hijo † y del Espíritu † Santo.—Manila 19 de Septiembre de 1900.—† Fr. Bernardino, Arzobispo.