§ I
Que fuí traidor en la rendición de Manila.
(IMPUTACIONES 1.ª Y 2.ª)
Esta es la mayor y la más estupenda calumnia de cuantas se me han levantado.
Cuando, por primera vez, llegó á mis oídos, sobrecogióme, como si con tenazas de acero me estuvieran despedazando las carnes. El golpe no podía ser, ni más brutal, ni más enorme. ¡Traidor á España! ¡Negociador secreto y oficioso para facilitar la rendición de Manila!... El ejército que guarnecía la ciudad de Legazpi debía componerse, ó de unos pérfidos, ó de unos imbéciles, cuando consintieron tamaño crimen. Las Autoridades Superiores, militares y civiles, puestas por España para regir las Islas, debían ser presa del más ciego desvarío, cuando ni aplicaron la debida pena al traidor, ni siquiera le denunciaron á la Metrópoli. Los españoles todos que habitaban en Manila debían haber perdido hasta el último átomo de patriotismo, cuando, lejos de protestar de la traición, tuvieron la desvergüenza de seguir distinguiendo al nuevo don Oppas con su cariño y respeto, mientras el Arzobispo permaneció en tierra filipina..... (Apéndice [núm. 2].)
¿Qué pudo dar remoto pretexto, sólo remoto, á que en España, mucho después de ocurrida la catástrofe, se haya podido fraguar tan colosal impostura? Lo explicaré con la mayor brevedad y claridad posibles.
Uno de los primeros días, no recuerdo fijamente cuál, de Agosto de 1898, estando en mi residencia arzobispal, me anuncian la visita de un oficial yanqui, diciéndome que le acompañaban varios individuos de nuestro ejército. Quedé grandemente sorprendido ante tan inesperada visita, y mucho más cuando me añadieron que, para atravesar nuestras líneas de defensa en el fuerte de San Antonio Abad, había obtenido el correspondiente permiso de las Autoridades militares. Le dije que pasara, y el oficial americano resultó ser un sacerdote (no capellán, al estilo nuestro) á servicio de los católicos del regimiento de voluntarios de California, por nombre Mr. Mackeenon, llevando en la mano un sobre abierto, escrito en latín, con las testimoniales de su Prelado. Empezó á hablarme en latín dificultoso, pronunciado á la inglesa; y viendo que en esta lengua no podíamos entendernos, pasé recado á los Padres jesuítas, diciéndoles que tuviera la bondad de venir inmediatamente el P. Francisco Javier Simó, muy perito en el idioma de la Gran Bretaña, para que me sirviera de intérprete. Así lo hizo; y entonces Mr. Mackeenon manifestó que tenía especial encargo de su Prelado de visitarme, y que como quiera que las facultades que éste le había dado no le valían en extraña diócesis, me rogaba le autorizase para ejercer su ministerio sacerdotal en todo el territorio de mi jurisdicción, pues, de lo contrario, los soldados católicos yanquis del ejército de tierra, se verían privados de toda asistencia espiritual. Cerciorado de cuanto era pertinente al caso, accedí gustoso á sus deseos, como creí era de mi deber; y ya, al despedirse, se atrevió á pronunciar algunas palabras sobre que pronto seríamos todos amigos, y que Manila sería ocupada por los Estados Unidos, á lo que no debíamos oponernos. Corté bruscamente esa conversación, y recuerdo perfectamente que le dije: «Haga el favor de ni mentar ese asunto.» Desconcertado con esa respuesta, me besó el anillo, y se marchó diciéndome que de allí iba á cumplimentar y dar las gracias al Capitán General.
Nuestra entrevista fué breve y en pleno día.
Si Mr. Mackeenon fué ó no á hablar á la primera Autoridad militar, no me enteré entonces de ello, ni me preocupé de ese asunto. Lo que sí puedo asegurar es que todavía había luz cuando volvió á repasar las trincheras, y eso que la ciudad murada dista unos cuatro kilómetros del fuerte San Antonio Abad; que yo no tuve aviso previo de esa visita, ni intervine para nada en la licencia para atravesar nuestras líneas sin las formalidades de Ordenanza; y que de mi conversación con el citado sacerdote no hice mérito alguno ante nuestras Autoridades militares.
Eso mismo, según informes enteramente ciertos, consta en el proceso instruído por la capitulación y entrega de Manila, en el cual, á requerimiento del más alto de los tribunales de guerra, depusieron sobre el caso D. Juan Urquia, conocido con el pseudónimo de Capitán Verdades; D. Francisco Pintado, Comandante de Ingenieros; D. Emilio González Pola, Teniente de Infantería y Comandante del fuerte de San Antonio Abad; D. Adolfo Vallespinosa, Teniente Auditor de Guerra; el sargento de Infantería D. Adrián Pardo Fernández, que, por saber algo de inglés, acompañó á Mr. Mackeenon en su entrada en la plaza y visita al palacio arzobispal; y los Generales Jáudenes y Augustin. Pues bien; ninguno de esos señores declara, ni podía declarar, que yo, ni en esa, ni en otra ocasión, tuviera tratos para rendir la plaza; y, en cambio, el sargento Pardo Fernández, que por la circunstancia dicha podía estar mejor enterado, declara expresamente que Mr. Mackeenon, «celebró una breve entrevista con el Arzobispo, al cual entregó un pliego en sobre escrito en latín, que parece era una carta de presentación ó de saludo del Arzobispo de California. No se enteró de lo que trataron en la entrevista. Oyó decir al cura americano que, como había entrado en la plaza con licencia del General, parecía natural que pasase á verle y darle las gracias. Habló con éste unos diez minutos, sin que viera que llevara pliego escrito para él; después le acompañó á trincheras para despedirle, mostrándose el sacerdote muy agradecido al recibimiento del Arzobispo y del General, diciéndole que tenía noticia de que se estaba negociando la paz entre España y los Estados Unidos.»
Efectivamente, después de rendida la plaza, supimos que en la capital de la Unión Norteamericana se estaba preparando por aquella fecha el protocolo de Washington, firmado el 12 de Agosto, en cuyo art. 3.º se otorgaba por el Gobierno español que los Estados Unidos ocuparían y conservarían la ciudad, bahía y puerto de Manila hasta la conclusión del tratado de paz. Esto explica las frases que en su entrevista me dirigió Mr. Mackeenon sobre la ocupación de Manila, y que tanto me extrañaron é indignaron, en razón á que, incomunicados con el resto del mundo, nada de esas negociaciones sabíamos; como igualmente sorprendieron al citado señor González Pola, quien afirma que la entrada del sacerdote yanqui fué el 7 de Agosto, y que éste también le dijo que en plazo breve serían amigos americanos y españoles, según consta en el referido proceso.
Excusado es añadir, por lo tanto, que son una fábula mis supuestos tratos con el sacerdote católico del Olimpia, que para nada necesitaba mis licencias, puesto que ejercía su jurisdicción á bordo, y al cual no conocí ni traté, sino después de la capitulación. Tampoco volví á ver á Mr. Mackeenon sino pasado algún tiempo de la entrada del ejército americano; con lo cual queda de sobra contestado cuanto sobre este punto ha forjado la malicia ó suspicacia de mis infamadores.
***
Igual falta de exactitud se observa en la segunda acusación que enlazan con la primera para hacerlas más creibles. Porque ni hubo tal Junta de Autoridades; ni allí se adoptó acuerdo alguno; ni se trató de la rendición de Manila; ni yo fuí el primero en hablar, sino el sexto; ni abogué calurosamente por que la plaza se entregara, determinando á los demás con mi voto para que emitieran igual dictamen; ni esa junta influyó para nada en el curso de las operaciones militares, ni en la capitulación.
A) No hubo reunión de la Junta de Autoridades, porque á esta Junta, según ley vigente en el Archipiélago, sólo pertenecían el Gobernador general, el Arzobispo, el General segundo cabo, el Comandante general de Marina, el Intendente general de Hacienda, el Director de Administración civil, el Presidente y el Fiscal de la Audiencia y el Secretario del Gobierno general; y en la reunión celebrada el 8 de Agosto, única que se verificó (y no dos, como han dicho varios periódicos), asistieron, además, el Gobernador civil de Manila, el Alcalde de la ciudad, el Auditor general de Guerra y el General de Estado Mayor.
No hubo acuerdo alguno, porque sólo se nos convocó para oir nuestro parecer sobre el estado de la opinión en Manila, sin que, después de oído, se votase resolución alguna práctica respecto á la rendición de la plaza, como puede verse en el acta oficial correspondiente que leyó el Sr. Ministro de Gracia y Justicia en el Congreso.
Además, si la misma Junta de Autoridades jamás tenía otro carácter que el consultivo, ¿cómo se quiere atribuir mayor eficacia á una junta extraordinaria, como la del 8 de Agosto, convocada, no por exigencias de la ley, sino por espontánea determinación del Gobernador Capitán general de las Islas?
B) No se trató de la rendición, sencillamente porque no fué ese el objeto de la convocatoria. Lo demuestran claramente las palabras siguientes del acta: «Reunidos en la casa Ayuntamiento de esta capital los señores anotados al margen (los ya referidos), previamente citados por orden del Excmo. Sr. Gobernador Capitán general D. Fermín Jáudenes y Alvarez, y bajo la presidencia de esta Superior Autoridad, se celebró una junta, en la que se trató lo siguiente: El Sr. Presidente manifestó que DESEABA CONOCER por medio de los señores presentes, que ya habían pulsado el estado de la opinión pública, CUÁL era éste respecto á la situación en que nos encontramos, y al límite de la defensa que ha de oponerse al ataque anunciado por nuestros enemigos, de lo cual tienen ya todos conocimiento.»
Ese ataque de que todos teníamos conocimiento, fué el anunciado el día anterior por los Generales Merrit y Dewey, intimando á nuestro General en Jefe que concedían un plazo de cuarenta y ocho horas para que pudieran ponerse á salvo los elementos no combatientes, transcurrido el cual, podría empezar en cualquier instante el ataque combinado de la escuadra y ejército de tierra contra las defensas de Manila.
El número de personas no combatientes, entre enfermos, heridos, ancianos, mujeres y niños refugiados en intramuros, excedía de treinta mil, según se hace constar en el proceso citado. Hacerlos salir de la ciudad era de todo punto imposible, en razón á que más de cincuenta mil indios cercaban la plaza por tierra, y por mar estábamos bloqueados; y aun cuando los americanos no mostraron oposición á que se refugiaran en los buques mercantes cuantos pudieran, es lo cierto que con eso sólo se lograba poner á salvo un millar de personas, á lo sumo, teniendo forzosamente que quedar en la plaza todos los hospitales y la inmensa mayoría de la población no combatiente.
En estas circunstancias, el General Jáudenes nos convocó, no para pedir nuestro voto respecto á rendir la plaza, pues demasiado sabía que eso le estaba severamente prohibido por las Ordenanzas militares, sino para conocer el estado de la opinión pública respecto al ataque anunciado por los yanquis, y así tener una base popular, si cabe la palabra, en qué fundar su contestación al enemigo.
C) Que yo no fuí el primero en hablar, sino el sexto, y que, por lo tanto, es un mito que yo determinara á los demás á seguir mi dictamen, lo prueba igualmente el Acta. Primero, hace constar que «respecto al estado de ánimo del vecindario y opinión del mismo á consecuencia de la proximidad de las operaciones que el enemigo ha anunciado que va á intentar por mar y tierra, se hicieron francas, patrióticas y terminantes declaraciones POR TODOS Y CADA UNO de los señores del elemento civil, pues los del elemento militar tenían que reservar las suyas para cuando llegue el momento de reunir el Consejo de Generales que previene la Ordenanza». Luego es evidente que TODOS Y CADA UNO de los señores del elemento civil hicieron allí francas y patrióticas declaraciones en su nombre y en nombre del vecindario, por cuya opinión se les preguntaba. Luego, ni el vecindario de Manila, ni las Autoridades civiles allí convocadas, dieron la menor señal de dudoso ó ambiguo patriotismo. Eso afirma categóricamente el acta oficial, firmada por todos los asistentes al acto; y decir lo contrario es inventar cuentos turcos ó recoger chismes de plazuela.
Prosigue el Acta: «El primero que usó de la palabra sobre el punto en cuestión fué el Sr. Director de Administración civil (D. Lorenzo Moncada), haciendo presente que la opinión pública, sobrexcitada por los sucesos actuales, convencida de que la plaza no cuenta con elementos de resistencia suficientes y de que no hay esperanzas de auxilios, se pronunciaba en favor de una capitulación honrosa antes que llegara el caso de una rendición á discreción, porque con aquélla podrían obtenerse mayores ventajas, sin mengua del honor del Ejército, que está á salvo de toda imputación después de la heroica defensa que ha sostenido.—El Sr. Gobernador civil (D. Juan García Aguirre), manifestó que, por razón de su cargo, había tenido que recibir á muchas familias y muchas indicaciones sobre el tristísimo cuadro que ya se presentaba ante la proximidad de un bombardeo, dada la acumulación de gente y de hospitales dentro de la plaza; aseguró que el ánimo de la generalidad se encontraba abatido ante la perspectiva de una resistencia sin esperanzas de ninguna clase, y que considerando que el valor y la abnegación del Ejército se ha colocado á una altura que causa la admiración de propios y extraños, verían con gusto que la Autoridad militar, por consideraciones de humanidad y estimando que la resistencia extremada sólo ocasionaría víctimas y perjuicios, sin ningún fin práctico para la Patria, aprovechase el momento más oportuno para intentar una capitulación honrosa. Añadió que, al transmitir estas opiniones, como Jefe de la provincia, ha tenido que prescindir por completo del carácter militar que le da su carrera, á fin de que aquéllas fueran el reflejo fiel de la opinión de sus subordinados.—El Sr. Alcalde de Manila (D. Eugenio del Saz Orozco), de conformidad con lo manifestado por el Jefe de la provincia, dijo que la población se halla realmente consternada ante el peligro que la amenaza; y que, fijándose en la finalidad que puede tener la resistencia, ve que ésta ha de ser de ningún resultado práctico para la honra y conveniencias nacionales. Entiende, por lo expuesto, que todo el mundo se hallaría dispuesto á sacrificarse en holocausto de la Patria, si para ésta significase alguna ventaja nuestro sacrificio; pero que, no siendo así, todos deseaban que, en cuanto sea compatible con la honra del Ejército, que es la de España, por más que ésta está ya á salvo con lo hecho, se limite la defensa á lo puramente necesario para lograr tal objeto, sin causar el número de víctimas de seres inocentes que ocasionaría el bombardeo.—El Sr. Fiscal de la Audiencia (D. Joaquín Vidal y Gómez) dice que, no por falta de valor, sino por creer que no puede ya obtenerse resultado alguno beneficioso para la Patria, la opinión pública se inclina á que se eviten mayores é inútiles desgracias, puesto que, á su juicio y al de todo el mundo, el Ejército ha hecho cuanto humanamente puede hacerse para dejar, como siempre, probado su heroísmo.—El Sr. Intendente general de Hacienda (D. Antonio Domínguez Alfonso) manifiesta que, por efecto de la vida de retraimiento que hace, no conoce bien el criterio de la generalidad con respecto á la situación actual de la plaza; pero que, fijándose en los términos de los telegramas del Gobierno, deduce que éste no pide un sacrificio inútil; y, sobre todo, se ve claramente que, al pensar en la rendición de la plaza, desea, prolongando lo posible la resistencia, la conservación de este Ejército».
Tocóme hacer uso de la palabra, y creí un deber de mi sagrado ministerio exponer breve y sucintamente la doctrina que la Iglesia, por medio de sus Maestros de Teología Moral, enseña acerca de cuándo y cómo es lícito en una plaza sitiada sacrificar la vida del soldado y de las personas en ella albergadas. Callar en aquella sazón, y después de haberse expresado tan terminantemente los cinco señores que me habían precedido, hubiera sido indigna cobardía. Disfrazar mi leal opinión y no decir cuanto un obispo católico debe decir en esos trances, hubiera equivalido á manchar mi conciencia traicionando la verdad, que toda entera debía á mi querida Patria en aquellas azarosas circunstancias. Uno y otro recurso repugnaban además á mi condición franca é ingenua, indómita y rebelde á todo género de hipócritas convencionalismos. Hablé, pues, y dije lo que expresa el Acta, en los siguientes términos:
«El Sr. Arzobispo admira, como lo admiran todos, cuanto ha hecho nuestro valiente Ejército, resistiendo con bravura día y noche durante tres meses los ataques de dos enemigos coaligados, sufriendo las inclemencias del tiempo sin un lamento, ni una queja, y llegando á la extenuación física por la carencia de buenos alimentos en estos últimos días; y le desalienta pensar que puedan faltarle al soldado las fuerzas físicas en el momento más crítico, viéndose rendido por la fatiga más que por el fuego del fusil enemigo. Llama muy especialmente sobre esto la atención, manifestando que las resistencias hasta el heroísmo están justificadas cuando se obtiene alguna ventaja nacional; pero, si no la hay, como sucede en la ocasión presente, pues ni esperanzas de auxilio ni de noticias podemos tener, la resistencia extremada para satisfacer un poco más el amor propio del Ejército, sólo traería mayores desgracias, mayores víctimas y mayores quebrantos, y para evitarlo deben imponerse los sentimientos de humanidad. Considera al Ejército sobradamente á salvo de toda duda y digno de la mayor consideración y del entusiasmo que produce la heroica defensa que ha realizado, y pide á la Autoridad superior militar tenga presente en el momento supremo las desgracias y víctimas inocentes que puede ocasionar un exceso de pundonor militar, que si encaja bien en el General, no exime de responsabilidad al Gobernante.»
Mis palabras no necesitan comentarios. Eso creo es lo que debía decir un Prelado, cuya misión es ilustrar las conciencias y evitar inútiles escenas de sangre, salvo el honor del Ejército, y en la hipótesis de que prolongando la defensa no se obtuviera alguna ventaja; lo cual no se veía entonces, porque, como ya he dicho, ignorábamos que se estuviera negociando el armisticio de Washington.
Cumple á mi intento, ya que de la rendición hablo, deshacer una grosera imputación, tan gratuíta como las demás, que con ese motivo se me ha hecho en la prensa.
Se ha dicho que si el Arzobispo se mostró contrario á que se opusiera por nuestro Ejército mayor resistencia que la que se opuso, se debió al ruin y egoista propósito de evitar el incendio y ruina de los edificios religiosos y de las fincas que en Manila poseía la Iglesia. Acusación maliciosa y sectaria, que queda reducida á polvo con sólo recordar que, si esa hubiera sido la razón, no habría manifestado al Clero en masa, como manifestó durante todo el mes de Mayo, y antes de ser cercada la ciudad por los insurrectos, que preferiría mil veces ver incendiada y asolada Manila, antes que se entregara á los americanos, que amenazaban con bombardearla. Entonces, acertadísimamente, y cual es de rigor en tales casos, había dispuesto el General en Jefe que evacuaran la ciudad murada todos los no combatientes en condiciones de efectuarlo. La evacuaron todos cuantos pudieron. Se ideó trasladar á enfermos, mujeres y niños á San Juan del Monte y á las puntos á donde no pudieran llegar los cañones de la escuadra yanqui, dispuestos á defender el territorio nacional, aunque los americanos se apoderaran de la plaza, en la forma que lo efectuó en el siglo XVIII el heroico Anda. Nadie, absolutamente nadie, protestó entonces; y es plena justicia que no me negarán mis detractores, que el Arzobispo y los Religiosos no fueron entonces los últimos en manifestar que antes de rendirse al enemigo preferirían ver la ciudad reducida á escombros. ¿A qué, pues, esa imputación calumniosa? ¡No hubiera estado Manila en el mes de Agosto cercada por mar y tierra, sin esperanza alguna de auxilio, y destituída de suficientes medios ofensivos á juicio de nuestros generales, y se hubiera visto cuán poco pesaba en nuestra consideración la conservación de esas fincas, como no pesó cuando la poderosa escuadra de Dewey, antes de llegar su ejército de tierra, amenazó con bombardearnos!
Continúa el Acta expresando los pareceres del Secretario del Gobierno general y del Presidente de la Audiencia acerca del punto consultado, y dice: «El Secretario del Gobierno general (D. Luis Sein Echaluce), que por orden de colocación tuvo que usar de la palabra en este momento, manifestó que, no habiendo esperanza alguna de recibir auxilios, pues oficialmente sabemos que no vienen, ni esperanzas de noticias de paz, porque, aunque las hubiera, el enemigo cuidaría de que no llegasen á nosotros, y toda vez que está reconocido palmariamente por todos, y hasta por los mismos extranjeros que simpatizan con los norteamericanos, que nuestro valiente ejército ha rebasado los límites del heroísmo, lo más humanitario resulta aceptar una capitulación honrosa, sacando de ella las mayores ventajas posibles, aprovechando para esto el momento más oportuno á juicio de nuestras dignas Autoridades militares.—El Sr. Presidente de la Audiencia (D. Servando Fernández Victorio) manifestó que, por su parte, estaba de acuerdo con todo lo expresado por los señores que le habían precedido en el uso de la palabra; pero creía que las órdenes del Gobierno eran terminantes para que se prolongara la defensa de la plaza; á lo cual se le replicó que del texto de los telegramas no se deduce que la defensa de Manila haya de llegar á extremos inútiles.»
Debo advertir que se nos exhibieron todos los telegramas oficiales, y que en el último de ellos, fechado en Madrid el 1.º de Agosto, el Gobierno se limitaba á comunicar lo siguiente: Admitidos Academia, todos aprobados exámenes. Su contenido dice más que los más elocuentes comentarios.
En vista de que los dictámenes de los ocho que allí hablamos, estaban conformes en cuanto al fondo, ¿cuál fué el resultado? ¿Se adoptó, ni remotamente, el pensamiento de capitular? En modo alguno. Véase cómo termina el documento oficial: «El Sr. Presidente, oídas todas las manifestaciones hechas, agradeció á los presentes su atención, asegurándoles que por su parte no ha de olvidar cuantas indicaciones se le han hecho, y que todo aquello que quepa dentro de la honra del Ejército, que es la suya propia, para dar lugar á sentimientos de humanidad, lo ha de hacer sin vacilación. Y no habiendo otro asunto de qué tratar, se acordó levantar la presente Acta, que, suscrita por todos, deberá entregarse al Excelentísimo Sr. General Jáudenes á los efectos que estime oportunos.»
D) Que esa junta no influyó para nada en las operaciones militares, ni mucho menos en la capitulación, lo demuestran los datos siguientes:
El mismo 7 de Agosto, ó sea el anterior á la celebración de esa junta, el General Jáudenes había ya contestado á la comunicación de los americanos en esta forma:
«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.—Al Mayor General del Ejército y al Contraalmirante de la Armada, Comandantes respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de los Estados Unidos.—Señores: Tengo el honor de participar á SS. EE. que á las doce y media del día de hoy he recibido la notificación que se sirven hacerme de que, pasado el plazo de cuarenta y ocho horas, pueden comenzar las operaciones contra esta plaza, ó más pronto, si las fuerzas de su mando fuesen atacadas por las mías.—Como su aviso es dado con objeto de poner en salvo las personas no combatientes, doy á SS. EE. las gracias por los sentimientos humanitarios que han demostrado, y que no puedo utilizar, porque, hallándome cercado por fuerzas insurrectas, carezco de puntos de evacuación á donde refugiar el crecido número de heridos, enfermos, mujeres y niños que se hallan albergados dentro de murallas.—Muy respetuosamente B. L. M. á SS. EE., Fermín Jáudenes, Gobernador general y Capitán general de Filipinas.»
Insistieron los americanos con el siguiente documento:
«Cuartel general de las fuerzas de mar y tierra de los Estados Unidos.—Bahía de Manila, 9 de Agosto de 1898.—Señor Gobernador general y Capitán general de Filipinas.—Señor: Los sufrimientos inevitables que resultarían á los heridos, enfermos, mujeres y niños, en caso de que fuese menester destruir las defensas de la plaza murada, dentro de la cual están refugiados, apelarán con éxito á las simpatías de un General, capaz de hacer la resistencia determinada y prolongada, llevada á cabo por V. E. después de la pérdida de vuestras fuerzas marítimas, y sin esperanza de auxilio. Por consiguiente, creemos, sin perjuicio de los altos sentimientos de honor y deber que V. E. abriga, que rodeado como se halla por todos lados por una fuerza que diariamente se aumenta, con una poderosa escuadra en frente, y privado de toda esperanza de refuerzos y auxilio, resultaría un sacrificio inútil de vidas en caso de un asalto, y, por lo tanto, toda consideración de humanidad impera que usted no someta vuestra ciudad á los horrores de un bombardeo; por ello demandamos la rendición de la ciudad de Manila y las fuerzas españolas á vuestro mando.—Firmado: W. Merrit, Mayor general del Ejército de los Estados Unidos L. P.—George Dewey, Contraalmirante de la Armada de los Estados Unidos, etc., etc.»
Entonces el General Jáudenes reunió la Junta militar de defensa, en la cual, (según consta del referido proceso), de los quince vocales, reconociendo todos la falta de medios ofensivos, siete se declararon por que desde luego se iniciaran tratos de capitulación, y ocho por que se prolongara la resistencia hasta que se rompiera la línea exterior. Habiendo, pues, un voto de mayoría, el General en Jefe acordó prolongar la resistencia; pero antes dirigió al enemigo la siguiente comunicación:
«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.—Manila, 9 Agosto de 1898. Al Mayor General del Ejército y al Contraalmirante de la Armada, Comandantes respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de los Estados Unidos.—Señores: Recibida la intimación de SS. EE. para que, obedeciendo á sentimientos humanitarios que invocan, y de los que yo participo, rinda esta plaza y las fuerzas á mis órdenes, he reunido la Junta de defensa, la que manifiesta no puede acceder á su petición; pero, teniendo en cuenta las circunstancias excepcionalísimas que en esta plaza concurren, SS. EE. exponen, y yo, por desgracia, tengo que reconocer, podría consultar á mi Gobierno, si SS. EE. otorgasen el plazo estrictamente necesario para hacerlo por la vía de Hong-Kong.—Muy respetuosamente B. L. M. á SS. EE., Fermín Jáudenes, Gobernador general y Capitán General de Filipinas».
A esto respondieron el 10 de Agosto los Generales americanos denegando el plazo pedido; y el 13 se verificó el ataque combinado de las fuerzas yanquis de mar y tierra, en el cual, una vez rota, por el lado de San Antonio Abad, la línea exterior, se izó bandera de parlamento, firmándose la capitulación, sin que el Arzobispo, desde el mencionado 8 de Agosto, tomara parte alguna, ni directa, ni indirectamente, en nada que se refiriera á dicho asunto.
Mientras el ataque del día 13, hallábame yo con mis familiares rezando el rosario, y no supe que se hubiese izado bandera de parlamento, ni que los americanos habían entrado en Manila para acordar con nuestros Jefes la capitulación, hasta que un amigo íntimo vino á comunicarme tan tristísima nueva.
Para concluir este párrafo, no será superfluo notar que los mismos periódicos, El Imparcial, El Heraldo, El Liberal, El País, etc., que ahora se rasgan como Caifás las vestiduras, llamándome traidor por lo que dije en la referida Junta, decían lo mismo que nosotros mucho antes que Manila capitulara. Como muestra, y para no cansar á mis lectores, vean las siguientes palabras de El País, que el día 21 de Junio de 1898 publicaba con el título La Rendición de Manila: «Sentar como regla invariable que todo gobernador de una plaza sitiada se ha de enterrar literalmente en los escombros de sus muros como en Numancia, es una ferocidad que ninguna falta hace á las que desgraciadamente envuelve la guerra. En esta, como en otras muchas cosas, lo absoluto no es lo verdadero ni lo factible, y lo que con exagerar se logra es extraviar la opinión..... La guarnición de Manila es posible que capitule, y no por eso habrá de sufrir tacha en su honra, ni quedar quebrantado el honor nacional. Reducida al recinto amurallado, que mide poco más de 2.600 metros de circunferencia, y cuya longitud es de 1.000 metros por 500 en su mayor anchura, en tan reducido espacio, que rodea una regular muralla bastionada con su correspondiente foso y contrafoso, á pesar de los baluartes que coronan las citadas murallas, del fuerte de San Gabriel, de la fortaleza de Santiago y de algunas baterías que suponemos carecerán de cañones modernos, sin municiones ni vituallas, aislada de toda comunicación con las comarcas fieles, y sin esperanza de próximos auxilios, la situación de esta ciudad, por mucho que sea el valor y constancia de sus defensores, es verdaderamente desesperada. No hay que hacerse ilusiones, ni debemos engañar al país: la rendición de Manila, si ya no ha tenido lugar, será un hecho en plazo breve, sin que ya puedan evitarla los tardíos refuerzos que se le destinen».