Historia de Una Gran Conspiración.
El verdadero título del presente capítulo debería ser el de “historia de dos grandes crímenes”, puesto que dos hombres fueron asesinados para borrar las huellas del conspirador que atentó contra la vida de Porfirio Díaz. El personaje que está al fondo de este misterioso complot es bien conocido y se murmura su nombre en secreto, detrás de las puertas cerradas, porque aquel individuo, que presumió llegar á ser el rey, es todavía un alto funcionario de la administración. Estuvo á un milímetro del éxito; fracasó sólo por lo que llamaré una vuelta de mano, y dos vidas, las de los instrumentos de su ambición, fueron trituradas para conservar la suya. Léanse cuidadosamente las constancias del juicio, sígase atentamente el hilo rojo que corre á través de esta maravillosa masa de contradicciones aparentes, y la solución evidente y lógica del enigma saltará ante los ojos, como salta el muñeco de una caja de sorpresa.
Es una historia de un crimen por el crimen, ilustrativa del perverso y peligroso sistema creado por Porfirio Díaz, que, á semejanza de un boomerang, retrogradó y por poco lo destrona.
El 16 de Septiembre de 1897, aniversario de la Independencia de México, fué, como de costumbre, el Presidente en el paseo cívico, á pie, desde el Palacio Nacional á la Alameda, escoltado por los altos funcionarios del reino, y rodeado de sus soldados, cuando, de súbito, un hombre rompió la valla y se lanzó contra Díaz, antes de que nadie pensase en detenerlo; dió un golpe en el cuello al Presidente, que le hizo vacilar, aunque sin echarlo por tierra. Intensos fueron el asombro y la confusión; un grupo de oficiales, empuñando la pistola ó el sable, se disponía á matar á aquel hombre, como pronto castigo de su fechoría; pero el Presidente ordenó que se desistiera de toda violencia, y que se entregara el asaltante á las autoridades correspondientes.
El individuo inmediatamente responsable de aquel ataque idiota é inútil, era un desequilibrado alcohólico, llamado Arnulfo Arroyo, quien fué conducido á la Inspección general de policía, y una vez allí, por orden del jefe de la misma policía, fué amordazado y se le puso una camisa de fuerza. Varias veces ordenó el Gobernador (Rebollar) que se le quitase la mordaza, y otras tantas se la volvió á poner Velásquez.[41]
En la noche del día de la agresión, se reunieron Eduardo Velásquez, jefe de la policía, Antonio Villavicencio, inspector de policía, y Miguel Cabrera, jefe de la policía secreta, con el Ministro de Gobernación, General González Cosío, y resolvieron: que Velásquez ordenase á uno de sus criados que comprase una docena de cuchillos, y se comisionase á Villavicencio para que organizase una imitación de linchamiento que se acercase lo más posible á la realidad, y en el que figurase Arroyo como culpable y como víctima. Villavicencio quedó de director de escena, de héroe y vengador en esta tragedia real, la que consistió en escoger siete “tigres” de entre los agentes de la policía, disfrazándolos de “pelados”, nombre con que se designa en México á la gente de baja ralea, armándolos con los cuchillos comprados para el efecto, dirigiéndolos, á su tiempo, hacia la Inspección general, donde se encontraba Arroyo, y después de lincharlo, escapar gritando: “Viva México” y “Muera la anarquía”.
Mientras que por un lado la policía estaba preparando el escenario, por el otro el Gobierno y el Ministro de la guerra ideaban la manera de destruir á Arroyo de un modo legal y constitucional. Inconscientemente tendían á hacer un caso de lesa majestad; pero, como fácilmente se comprende, la Constitución no se prestaba para ello; entonces se procuró que el crimen, el que en realidad no era tal crimen, sino únicamente una tentativa frustrada, apareciese como del orden militar. Desgraciadamente para tal teoría, Arroyo no era militar; pero se consideró que, cuando el atentado, el Presidente vestía el uniforme militar; mas entonces se vió que el Código militar imponía para hecho semejante sólo dos años de prisión, y hubo de desecharse con disgusto esa vía.
A eso de las doce y media de la noche se levantó el telón; los siete policías, ó “tigres”, disfrazados de “pelados”, acometieron ingeniosamente la Inspección de policía, y llegaron á la pieza en que se encontraba el preso. Los policías que lo custodiaban, y que habían sido desarmados previamente, hicieron una débil resistencia, y desistieron por completo de reconocer en los asaltantes á sus colegas. Arroyo estaba sentado en una silla, siempre amordazado y con la camisa de fuerza, imposibilitado de toda defensa, y los intrépidos é indomables “tigres” se entregaron á su tarea como verdaderos degolladores de oficio. Los cuchillos laceraron el estómago, después el tórax, después los pulmones, mutilando rápidamente, con pasión, con increíble frenesí el cuerpo de la víctima, la que se debatía en lamentable impotencia, saltando la sangre para esparcirse por el suelo. Nueve heridas fueron inferidas en aquella masa de carne—Los criminales trabajaron con impaciencia y precipitación, atendiendo sólo á la perfección del golpe, al grosero arte de asesinar, asestando á las entrañas, de acuerdo con sus rudos conocimientos fisiológicos. La víctima lanzó un grito ahogado de horror, de angustia y de desesperación, el aullido en que condensó la fuerza de una existencia que se perdía en la noche de la eternidad—Los asesinos tuvieron su rasgo de coquetería decorativa: desplegaron y tremolaron la bandera nacional—gritaron: “Viva México”. Respecto á estos detalles no me es posible decir si fueron artística improvisación de los “matadores”, ó una idea de Velásquez invitando á la complicidad al país.[42]
Después echaron á correr, gritando: “Muera la anarquía”.
En la Inspección de policía Sánchez disparó un tiro de revólver, y rompió varias vidrieras, con el objeto de atraer la curiosidad de los ociosos y la atención del jefe de la policía, quien estaba en espera de esa señal.
Los trasnochadores y retardados, atraídos por el ruido, encontraron franca la entrada á la Inspección de policía, y aun algunos de ellos fueron atentamente invitados á entrar, siendo todos ellos aprehendidos como personas sospechosas y peligrosas, autores y perpetradores del crimen.
Poco después, el General Berriozábal, Ministro de la guerra, un viejo asmático, aparentemente tomaba el aire fresco en un balcón de su casa, sita en la Calle de la Independencia, cuando un oficial de la policía se detuvo bajo su balcón y le dijo:—“De parte del Jefe de la policía, participo á Vd. que ya lincharon á Arroyo.” Al oir esto, el General levantó las manos en actitud deprecatoria, y exclamó, sin vacilación ni asombro:—“Lo siento por la honra de la patria”.
En la mañana del 17 “El Imparcial”, periódico oficial, dió la noticia del linchamiento, informando al público que una turba violenta había matado á Arroyo, arrasándolo todo á su paso; que sólo unos cuantos habían podido ser aprehendidos y estaban rigurosamente incomunicados. Al mismo tiempo daba los nombres de los presos, y describía las armas que habían quedado abandonadas en el cuarto por los linchadores prófugos.
La primera impresión que produjo esta extraordinaria noticia, fué la del terror. Lo del linchamiento era una fábula imposible de ser aceptada por la generalidad, y sólo produjo risas sardónicas, lo que bien á las claras significaba que nadie creía que el pueblo, por una extraña novedad, se dedicase á ejercer la justicia por sí mismo.[43] Nadie dió crédito á esta invención macabra. El Presidente exclamó:—“¡Es lástima! Han cortado el hilo, y, lo que es peor, esto es una vergüenza para el país”. Así, cuando una comisión de personas prominentes, encabezada por Sánchez Ramos, fué á felicitarlo por su milagrosa salvación, le dijo:—“Lo que siento es que ya no podremos decir que en México no se lincha”. Pero nadie, repito, ni el mismo Presidente, creyó que Arroyo hubiese sido linchado. Los periódicos independientes se burlaron de semejante fábula; el sentimiento popular se hizo tan intenso y amenazador, que bajo su tremenda presión el General Mena y José Ives Limantour hicieron que se convocara á junta de ministros, de la que resultó que se ordenase por el Congreso una investigación oficial.
Se ordenó que la justicia llamase á cuentas á los autores de esa ocurrencia tan ilegal como atroz. Eduardo Velásquez, Antonio Villavicencio y Miguel Cabrera, así como los “tigres” se sorprendieron é indignaron al verse obligados á entrar en Belén, (la cárcel pública) como resultado de un servicio de “alta política”. Los jóvenes abogados que defendieron á los policías culpables, arguyeron que todos los presos, con excepción de Velásquez, no habían hecho más que obedecer las órdenes del superior, de la misma manera que los soldados obedecen á sus jefes. Excelente fué la labor de estos abogados, principalmente en las repreguntas que hicieron en el jurado. Uno de ellos, Diódoro Batalla, atrapó á Villavicencio cuando éste declaró que en la noche del asesinato, él, Velásquez y Cabrera habían tomado un coche que los condujo á la Calle de Mesones. Fué una confesión de las más perjudiciales, porque todo el mundo sabía que en ella vivía el General González Cosío, Ministro de Gobernación. Se retractó Villavicencio, y expuso que lo que quiso decir era que habían pensado ir; pero que no fueron. Pero ya era demasiado tarde. Al día siguiente Batalla fué aprehendido, con motivo de una acusación que se pregonó á son de trompeta, y estuvo durante un mes en la cárcel.
Velásquez estaba en el tormento. Fué preguntado y contrapreguntado, procurando mantener á todo trance la farsa del linchamiento popular. Combatió desesperadamente contra la verdad y contra la evidencia que se iba acumulando en contra suya y de su fútil conseja fantástica. Por último, sospechando que la invisible mano que lo había dirigido y la influencia con que había contado eran impotentes para impartirle protección, adivinando que por la irresistible lógica de los acontecimientos sería sacrificado como el chivo expiatorio de esa farsa trágica, y persuadido de que el piso se hundía bajo sus pies, perdió la cabeza, y acorralado como jabalí salvaje por una traílla de tenaces sabuesos, se resolvió á luchar por su postrera posibilidad, de la que dependía su existencia. Pálido y trémulo de excitación, se levantó declarando que entonces iba á decir la verdad, toda la verdad; pero el juez lo contuvo súbitamente, bajo el pretexto de que era demasiado avanzada la hora, añadiendo que podría hacer su declaración al día siguiente.
Al día siguiente publicó “El Imparcial” la noticia del “suicidio”. Tres días antes “El Mundo”, nombre que tenía la edición vespertina de “El Imparcial”, había publicado la misma noticia, evidentemente como un aviso confidencial de que, más tarde ó más temprano, había de acontecer. Villavicencio, Cabrera y los siete “tigres” fueron sentenciados á muerte, pero, en seguida, y en virtud de alguna irregularidad técnica, fué conmutada la sentencia, por el juez Flores, en la de seis años de prisión. Villavicencio siguió gozando de la protección del General González Cosío, quien, cuando estuvo en libertad, lo nombró jefe político de Atzcapotzalco; pero toda la población de esa respetable villa, cercana á la ciudad de México, se indignó por tal nombramiento y elevó una protesta al Presidente Díaz. Villavicencio fué entonces nombrado jefe de la policía secreta, y, más tarde, inspector de la cuarta demarcación, la que es de tanta importancia como el “Tenderloin” en New York.
La parte interna de esta historia es la siguiente: el General Berriozábal y el General González Cosío habían fraguado un golpe de Estado, con el objeto de apoderarse del gobierno después del asesinato del Presidente Díaz. En sus manos tenían el poder inmediato de la nación, pues el ejército estaba á las inmediatas órdenes de Berriozábal, y la policía y los jueces de distrito eran manejados por González Cosío. Se valieron de Velásquez como de un instrumento, sobornándolo con la promesa de hacerlo gobernador, y Velásquez, á su vez, se valió de Arnulfo Arroyo para asesinar al Presidente, sin que sepamos qué promesas le haría Velásquez, ni de qué argumentos usaría para arrastrarlo á una fechoría tan desesperada. Además, Velásquez contaba con un indio, llamado Florentino Cortés, á quien se le había pagado para que vigilase al Presidente durante la procesión cívica, con orden de matar á quien quiera que atentase contra su vida.
El 15 de Septiembre se emborrachó Arroyo, en Atzcapotzalco, y fué arrestado, permaneciendo en la cárcel durante toda la noche. Al día siguiente, cuando estaba Arroyo aún con la “cruda”, fué puesto en libertad, sin que le devolviesen el revólver que portaba, y que le fué confiscado. Como si estuviese sugestionado por una voluntad tenaz y mucho más enérgica que la suya, que lo impulsaba á asesinar al Presidente, llevó á cabo su intento de la manera y con el resultado que dichos quedan. Cortés llegó demasiado tarde para desempeñar el papel que se le había encargado, pues el Presidente, sospechando que se trataba de un complot, intervino á tiempo para salvar la vida de Arroyo.
Como dije más arriba, apenas llegó Arroyo á la Inspección de policía, ordenó Velásquez que le pusiesen una camisa de fuerza y una mordaza, temiendo que aquella miserable criatura llegase á “cantar” y lo traicionase, lo mismo que á los “que estaban más arriba”, porque Velásquez jamás habría conspirado contra la vida del Presidente por cuenta propia.
Así, pues, la pronta eliminación de Arroyo se imponía imperiosamente, y aunque el General Díaz deseaba que Arroyo fuese conservado vivo, el sistema fué más poderoso que su deseo. El linchamiento fué efecto de la rápida concepción de cerebros excitados por la alarma, pues de seguro que si se hubiese reflexionado á sangre fría, se hubiese desechado tal proyecto, por absurdo. Es evidente que ninguno de los autores sospechó el horror y la indignación que tal acto había de provocar, y el resultado fué la aprehensión de todos los linchadores, y la de Velásquez con ellos. Que la vida de Velásquez estaba sentenciada desde el principio, está probado por la publicación prematura de su “pretendido suicidio”, en “El Mundo”, periódico oficial, bien se considere la noticia como un error, bien se la tenga como una advertencia de que tal suceso podría ocurrir. Que González Cosío había dado instrucciones al juez que conocía de la causa de Velásquez, es cosa que se prueba por la encarcelación del Lic. Diódoro Batalla, cuando éste arrancó á Villavicencio la confesión de que el trío de jefes de la policía había ido á la Calle de Mesones. ¿Quién sino González Cosío podía tener interés en suprimir la especie, puesto que todo el mundo sabía que los tres jefes de la policía mencionados habían ido á dicha calle con el único y exclusivo objeto de hablar con él, y con nadie más que con él? ¿A quién no llama la atención el acto de ese juez que suspende la confesión del acusado, posponiéndola para el día siguiente, cuando tenía la certidumbre de que éste no llegaría á ver la luz del subsecuente día? Cuando el periódico oficial, “El Mundo”, dió con tres días de antelación la noticia del “suicidio” de Velásquez, el Gobernador Rebollar ordenó al alcaide de la cárcel que perquisiese minuciosamente el cuarto y la persona del preso, para cerciorarse de que no tenía ninguna arma oculta. A pesar de la cuidadosa inquisición, nada se encontró, y, sin embargo, á la mañana siguiente á la noche del “suicidio” se encontró, junto á la cama de Velásquez, el revólver con que se supone que se privó de la vida. En la noche de referencia, una hora antes, minutos antes del “suicidio”, Villavicencio se encontraba charlando con varios individuos en lugar cercano al cuarto que ocupaba Velásquez, y con cualquier pretexto fútil, se levantó, dejó la pieza en que se encontraba, y, á poco, volvió para proseguir la conversación.
Durante su ausencia se oyó el disparo de una pistola en el cuarto de Velásquez,—el tiro que privó de la vida al desarmado “suicida”. Al día siguiente la historia del “suicidio” se puso en circulación. El General González Cosío jamás habría visitado secretamente á su protegido Villavicencio en Belén, impulsado por la mera amistad, pues hombres de su calidad no comprometen su honor para proteger á asesinos, á no ser que haya algún motivo imperioso y gran peligro en no hacerlo. ¿Quién, sino un hombre poderoso, como González Cosío, pudo forzar á un juez á revocar una sentencia de muerte, conmutándola en la de seis años de prisión? ¿Quién, sino ese mismo poder oculto, protegió incondicionalmente á hombres como Villavicencio y Cabrera, durante su permanencia en la cárcel, y los sigue protegiendo hoy aún?
El General González Cosío es el responsable de todo este negocio tan tenebroso y tan deshonroso. No llegó á sentarse en el trono; pero cortó los dos hilos que pudieron haber servido para colgarlo de una horca.
Continúa aún en el Gabinete, como Ministro de la guerra, revoloteando al rededor de todas las carteras, como un “tiovivo”. Pero Porfirio Díaz es un viejo zorro astuto, que no olvida, y por eso conserva al pretendiente cerca de él, como un rehén.
Puede haber temporalmente secretos de Estado; es imposible que haya secretos nacionales. Y lo único que se consigue con el método de las presentaciones oficiales de un país á los extranjeros es perder el crédito como gobierno sin hacer subir el del país.
F. Bulnes.