La Carnicería de Orizaba.
Hace justamente un año que telegrafiaron á México la noticia de que algunos huelguistas de Orizaba, Estado de Veracruz, habían pillado y quemado una tienda; pero que después que las tropas enviadas por el gobierno habían fusilado á algunos de los agresivos obreros, se había restablecido la tranquilidad. Sin embargo, circulaban en la ciudad rumores de haberse cometido actos horrorosos por los soldados, de orden del Presidente. Sólo después de minuciosas investigaciones, pude obtener los detalles de todo el asunto.
La huelga de Orizaba fué de capitalistas y no de obreros. Había entonces unas 92 fábricas de hilados y tejidos en el país, las que pagaban, en junto, más de dos y medio millones de pesos, anualmente, de contribución al gobierno. Los propietarios de las fábricas consideraron excesivas las contribuciones, y resolvieron provocar una huelga, para estar en aptitud bien de cerrar sus fábricas é imponer la ley á los obreros ó bien de aguijonear á los obreros de modo que, desesperados, provocasen una revolución que trajese un nuevo orden de cosas.
Después de los fusilamientos de Orizaba, recibió “El Diario” la visita de un individuo que pretendía ser uno de los caudillos de los obreros, quien quería indagar si estábamos dispuestos á apoyar una conspiración de éstos, pues que “El Diario” había estado de parte de ellos durante la huelga, cuando todos los demás periódicos habían tomado la defensa de los propietarios de las fábricas.
Este individuo reveló un terrible complot, que consistía en destruir por medio del fuego y de la dinamita todas las fábricas que funcionaban en México, si los propietarios no se prestaban á un arreglo razonable, “El Diario” contestó que no quería ni podía fomentar semejante idea; que el periódico tenía por objeto publicar noticias, y no incitar revoluciones ni alentar para la destrucción de la propiedad.
Este incidente demuestra á qué grado de amargura y de desesperación habían llegado aquellos hombres, que ya sugerían actos de perversidad semejante.
La huelga se inició de la siguiente manera: la unión dió la orden á una fábrica de Puebla de parar el trabajo; dicha unión recibía ayuda pecuniaria de los obreros de Orizaba, quienes entonces trabajaban. Los propietarios de la fábrica de Puebla se quejaron á los propietarios de las de Orizaba, y estos caballeros cerraron sus fábricas, cortando de esa manera la fuente de recursos á los obreros de Puebla. Con esta táctica se obligó á la unión de Puebla á capitular, y, una vez conseguido, los propietarios de Orizaba volvieron á abrir sus fábricas.
Pero entonces surgió otra dificultad, pues la unión de Orizaba exigió mejores condiciones antes de volver á los talleres, y como fué negada la pretensión, volvióse á declarar la huelga. Entre tanto los obreros enviaron una comisión al Presidente, solicitando su ayuda y su influencia para llegar á un arreglo satisfactorio. Porfirio Díaz les prometió ayudarlos, y para el efecto, envió una comisión á Orizaba, la que convocó una reunión de obreros, en un teatro, y les ofreció que si volvían á sus talleres, se les otorgaría su demanda.
Aceptaron los huelguistas la condición, y volvieron al trabajo.
A la mañana siguiente, algunas de las mujeres fueron á la tienda de un francés llamado Garcin, quien vendía á crédito á los obreros de las fábricas, vituallas y otros efectos, los que ellos pagaban con los vales que, en vez de dinero, les distribuían los fabricantes. Cuando esas mujeres concurrieron á la tienda, el tal Garcin comenzó á insultarlas, á ellas y á sus familias, con un lenguaje indecente y vil. Las mujeres regresaron á sus hogares y relataron á sus maridos lo que había pasado, estimulándolos á la venganza. Enfurecidos por las humillaciones, el hambre, los sacrificios llevados á cabo por la causa de la huelga, esos hombres encontraron que su copa rebosaba ya de hiel, y su cólera se desbordó contra el individuo que había vertido la última gota que hizo que la copa se desbordara. Se volvieron indómitos, y aguijoneados por las mujeres, que los acusaban de cobardía, atacaron el establecimiento de Garcin, lo saquearon y lo quemaron. La policía no tuvo dificultad para aquietar y dispersar á la turba, y merced á la intervención del Jefe Político, Don Carlos Herrera, que estaba muy bien quisto en Orizaba, los obreros fueron persuadidos á regresar tranquilamente á sus labores.
Todo volvió á quedar tranquilo; los responsables del asalto y del incendio de la tienda fueron aprehendidos.
“El Diario” fué el único periódico que se atrevió á decir la verdad de lo ocurrido, y en un editorial declaró que toda la responsabilidad del motín recaía sobre Garcin. Ese individuo se precipitó á la oficina del “Diario” y tuvo la impudencia de ofrecer $5,000 por que se escribiese otro artículo que lo rehabilitase. Su pretensión fué desechada cortesmente.
La opinión pública estaba en favor de los huelguistas, y todo el mundo creyó que el asunto había terminado definitivamente con la aprehensión de los amotinados. Pero, á pesar de que todo se hallaba en calma, y de que los obreros habían vuelto pacíficamente á las fábricas, el Presidente Díaz, de un modo repentino é inesperado, dió orden al General Rosalino Martínez, Subsecretario de la Guerra, de que bajase á Orizaba con el Coronel Ruiz (ex-bandido y verdugo oficial de Porfirio Díaz) y con unos cuantos cientos de soldados. Téngase en cuenta que todo y todas estaban en la tranquilidad más perfecta, que los obreros no habían vuelto á hacer nada con el objeto de crear nuevos desórdenes.
Y, no obstante esto, los dos verdugos oficiales, el General Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz, se dirigieron precipitadamente á Orizaba, y una vez allí, apostaron sus soldados en las fábricas, detrás de las paredes y los pilares, y cuando hombres y mujeres entraban en las diferentes fábricas, para desempeñar sus labores, rompieron los soldados un asesino fuego de fusilería, segando aquella indefensa y desamparada masa humana como si se tratase de perros rabiosos.
El ruido fué espantoso, el tumulto indescriptible, el clamoreo de desesperación de los heridos es superior á toda pluma y á toda palabra humana. Aquello fué un verdadero pandemonium; no el de una batalla, sino el de una cruel, implacable cacería de hombres, á sangre fría; el asesinato de hombres, mujeres y niños, inocentes, desamparados é inermes.
El tronar de los fusiles, el humo, el polvo levantado por las balas perdidas, la sangre que á torrentes corría de las anchas heridas; los cuerpos tendidos y diseminados por todas partes, con las cabezas casi desprendidas, los sesos salpicando paredes y suelo, todo eso constituía un cuadro que enfermaba, que indignaba, y que no tiene ejemplo en la historia de la civilización.
No satisfechos aún, el General Martínez y el Coronel Ruiz ordenaron á sus soldados que completasen la victoria, y continuó la asesina fusilería en las calles y á través de las ventanas de las casas de los obreros que en ellas habían logrado refugiarse, prosiguiéndose en ellas la carnicería sobre inocentes mujeres y niños.
Órdenes complementarias se dieron á los Rurales para que cazaran á los que habían logrado ganar el campo, persiguiéndolos hasta las montañas. Pero los Rurales, á quienes se utiliza para toda clase de empresas escabrosas, se negaron á obedecer la orden de fusilar á hombres y mujeres indefensos.
Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz dieron entonces la orden de que fusilaran también á los Rurales.
El número de víctimas ascendió de 650 á 700.
En la noche de ese día horripilante, fueron recogidos los cadáveres de los asesinados, hacinándolos en furgones del ferrocarril, y llevados á Veracruz. El maquinista que debía conducir el tren, era un americano, quien se negó rotundamente á desempeñar semejante comisión, por lo que fué necesario buscar otro menos supersticioso, y más conciliador. En Veracruz fueron lanzados al mar los cadáveres, para que sirviesen de pasto á los tiburones, que tanto abundan en la bahía.
Este fué el rasgo final de la más brutal, de la más cobarde y de la más salvaje de cuantas orgías de sangre se registran en los anales de la humanidad. Aquello fué la saturnal insensata del cuchillo, la libidinosa rabia de un déspota impotente, cobarde, viejo y sádico.
La tiranía es un mal, porque es imposible que bajo ella el genio de un pueblo pueda desarrollarse y tener libre acción.
Mazzini.