Porfirio Díaz.
¿Qué clase de persona es Porfirio Díaz? La admiración oficial y el servilismo, la adulación y algunas veces el elogio bien intencionado, y, sobre todo, la ignorancia extranjera han contribuído á la formación de una asombrosa leyenda, á la creación de un mito sorprendente al rededor de este individuo, hasta el punto de que aparezca como iconoclasta todo aquel que intente hacer un análisis concienzudo de semejante personalidad.
Le han puesto la etiqueta de el más grande de los estadistas modernos; más eminente que Bismark; superior desde el punto de vista militar á Alejandro, César y Bonaparte; más trascendental que Washington y que Lincoln; más puro en su patriotismo que Mazzini ó Garibaldi; diplomático más sutil que León XIII ó que Talleyrand; tan divino como Cristo, Buddha y Sri Krishna, y se le ha llamado lo más grande que existe entre el Amazonas y los Andes (sic).
En 1899 dos periodistas latinoamericanos tuvieron una discusión sobre qué despertaría más intensamente la atención pública, si la noticia de un gran descubrimiento científico, ó un elogio de algún gran hombre. Para hacer la prueba, uno de ellos publicó la nueva de un maravilloso descubrimiento relativo al cultivo de la caña de azúcar, y el otro publicó una entrevista con Tolstoi, haciendo el panegírico de Porfirio Díaz. Ambas fueron ficciones cortadas de la misma pieza de paño. La primera pasó inadvertida, pero la segunda fué reproducida por todos los periódicos del país y fué citada en una obra sobre la vida de Porfirio Díaz como poderoso argumento para su continuación en el poder.
Para un hombre honrado, todas estas adulaciones promiscuas, mentidas y groseras son nauseabundas; para un hombre humorístico son idiotas; para una persona inteligente sólo prueban la pequeñez del calibre mental de Porfirio Díaz y de sus sicofantes.
Físicamente, este hombre providencial ha sido dotado por la naturaleza con una perfección casi sobrehumana, y ha cultivado ese don con una actividad laboriosa y persistente. Hasta la edad de 37 años peleó casi sin tregua, convirtiendo en acero sus músculos, fortaleciendo su constitución por medio de un método de vida vigoroso, sobrio y casto. Sus progenitores indios le dieron la pulpa, sus progenitores españoles la capacidad cerebral.
De mediana estatura, parece alto gracias á la excelente proporción de sus miembros. Los pies y las manos son grandes; su gesticulación es mesurada y calmosa. La frente es baja, oblicua é inintelectual; los ojos como cuentas, penetrantes, algunas veces bondadosos y festivos, siempre observadores y suspicaces. La nariz deformada por ser las ventanillas demasiado dilatadas en forma de arco, como las amplias de un caballo que resopla después de la carrera. La barba ancha, con poderosas mandíbulas macizas y articuladas como un molino de tortillas; las orejas grandes, afeadas por los largos lóbulos, característica de hombres y de razas destinados á la longevidad. El pelo y el bigote blancos; el cutis claro, salpicado de rojas manchas hécticas.
Compárese esta descripción con cualquiera de sus retratos de cuando tenía 37 años, ó de menos edad aún, y se verá que la transformación ha sido maravillosa, casi increíble. Las fotografías ó daguerrotipos de esos tiempos lo presentan como un tipo común, brutal, casi criminal. Los mechones irsutos de cabellos negros, el ralo y caído bigote y la más rala perilla, y la piel morena lo hacían aparecer como una mezcla del “pelado” endomingado y del lacayo japonés. Merced al restregamiento, al estropajo, á los baños de regadera, al jabón y á la alimentación propia de la gente, se ha transformado de un grasiento condottiere en un completo Czar blanco, algo así como el producto del cruzamiento de un Bismark de frente estrecha y de un Crispi azteca.
Tenía un propósito de los más amplios y sacrificó todo á su avasalladora ambición, y, semejante á un nuevo Saturno, devoraba á los hijos de sus deseos tan pronto como nacían. Su salud, su energía, todo su tiempo fueron consagrados á ese único propósito. Cuanto para los demás hombres son atractivos, distracciones y divertimiento, fué hecho á un lado si no encajaba en el plan que se había trazado de antemano. Jugar, fumar, beber, las mujeres, el teatro, las bellas artes, los deportes, la lectura, fueron desechados para reconcentrar todas sus energías en el gran juego de la política y de su ambición personal, en el que con frecuencia la brillantez no resulta, mientras que la aplicación constante y la actitud alerta conducen al buen éxito.
En lo político un intruso, y en lo social un descastado, Porfirio Díaz ascendió lentamente por la escala, valiéndose de todos los medios concebibles. Su matrimonio con una hija de Romero Rubio, perteneciente á una de las mejores familias de México, le abrió el camino para su aceptación en la sociedad; colocó en su guardia personal, prácticamente como ayuda de cámara, al orgulloso millonario de sangre azul Pablo Escandón, y casó á su hija natural (de Díaz) con uno de los hombres más ricos del país.
Este ex-merodeador y bandido político, cuyo padre, según el dicho popular, fué un sacerdote, cuya madre fué una india mixteca, cuya hija natural introdujo cándidamente en la alta sociedad, cuyo yerno es un sodomita notorio, y cuyo concuño es un abogado alcohólico y un descarado cazador de gorronas, ese hombre se ostenta ahora como árbitro de la aristocracia de México y decide quién es el primero entre los principales.
No cometió la torpeza de visitar oficialmente Europa y los Estados Unidos para ser objeto de los homenajes, la curiosidad y los juicios de los extranjeros, pues, como su esposa lo soltó en cierta ocasión en que se le hacía con insistencia la pregunta de “por qué no hacía Porfirio un viaje por Europa”,—“Porfirio tiene el temor de hacer mal papel”, y volviendo en sí rápidamente, añadió: “porque no habla ningún idioma extranjero”.
Su vida privada durante los últimos treinta años ha sido inmaculada, y aunque se encuentra rodeado de todos los lujos, ha vivido con la sencillez de un ermitaño; abstinente como un árabe en lo que respecta á la comida y á la bebida; en un país en el que todos fuman, él forma la excepción de la regla; allí donde el alcoholismo es desenfrenado, él toma sólo agua; allí donde todo el mundo va á toros, él se queda en su casa; no va al teatro sino cuando hay una función oficial; no caza sino rara vez; no juega nunca. Vida privada, higiene personal, trabajo asiduo, economía física é intelectual han sido reconcentrados por él para la prolongación del poder por medio de un cuerpo perfecto.
Todo su tiempo, aun sus ratos perdidos, está consagrado á sus obligaciones especiales; no se exime de ningún deber oficial, y concurre á la inauguración de un monumento con la misma exactitud con la que recibe á un visitante. Presta paciente oído á toda petición, demanda, protesta y adulación; recibe á los funcionarios y visitantes extranjeros, ministros y cónsules, gobernadores, jefes políticos, etc., y á todos los escucha, silencioso y atento, inescrutable, avaro de palabras, ambiguo en sus promesas, deliberado en sus discursos y maneras. Con un conocimiento instintivo y profundo del hombre, aumentado por la larga experiencia adquirida en el poder, y dotado de una memoria prodigiosa para los nombres y las facciones de los individuos, es una enciclopedia viviente que contiene á todo el pueblo mexicano. Tiene siempre un ojo fijo en cada amigo y en cada enemigo, perdonando algunas veces, pero sin olvidar nunca.
Una vez que el General Reyes, de Colombia, le preguntó si consideraba á Limantour un gran estadista, le contestó: “—No, porque Limantour nunca perdona á sus enemigos, y en política es necesario algunas veces perdonar.”
Después de haberse deshecho de sus rivales más peligrosos, presintiendo que las ejecuciones al por mayor no podían seguir á la orden del día, comenzó á utilizar á todos los pícaros y á algunos de sus enemigos para la prosecución de sus propios fines, así como á veces se usa de mortíferos venenos con propósitos medicinales.
Fué favorecido con un gran sentido común que se dislocó á causa de su ambición personal. Si la ambición egoísta desnaturalizó su sentido común, el miedo le hizo cometer todos los errores de su carrera política. Como todo individuo propenso á la ira, Porfirio Díaz no es realmente hombre de valor, pues, como dice La Canción de la Selva, “La ira es el huevo que contiene el germen del miedo”. Miedoso y, por lo tanto, vigilante, se ha salvado por estar siempre alerta, como la liebre por tener siempre abiertas sus largas orejas.
Equivocó la crueldad considerándola como fuerza de carácter, y por eso siempre estuvo listo para aterrorizar, temiendo que lo tuvieran por débil. Como resultado de la ultrajante ley del níquel y del pago de la famosa deuda inglesa, en el período de González, hubo un motín. “Apuñaléalos á todos” aconsejó Porfirio Díaz á González. Pero González no tuvo miedo.
La ambición y el miedo son las dos pasiones que han dominado á Porfirio Díaz en su vitalicia carrera política. Una ambición gigantesca, ultraegoísta, venal, monopolizadora y personalísima. Un miedo, resultante de dicha ambición egoísta, de naturaleza rastrera pusilánime y cobarde.
En el año próximo pasado, con motivo del 16 de Septiembre, los estudiantes de México quisieron hacer una procesión en las calles de la capital, y enviaron á un Señor Olea en representación de ellos para solicitar el permiso del Presidente. Porfirio Díaz le contestó:—“Sí, pero téngase mucho cuidado, porque los mexicanos tienen en la sangre la tendencia revolucionaria”. No se comprende como tres puñados de muchachos, en una manifestación desarmada, podían constituir una amenaza para la República, cuando estaba la capital guardada por 5,000 soldados, rurales y policías.
Sólo admitiendo este estigma vergonzoso y bien oculto bajo la, en apariencia, frente intrépida de este hombre, pueden explicarse lógicamente actos tan viles é infames como los asesinatos de Veracruz y la carnicería de Orizaba. En ellos aparece Díaz poseído del pánico, como un vagabundo que dispara desatinadamente á los fantasmas que vuelan en las tinieblas; tan aterrorizado que el único medio de deshacerse de su infundado miedo fué aterrorizar á los demás.
Otra de las características de su madera mestiza, pintada de manera que parezca de hierro, es su facilidad para derramar lágrimas. Tuve oportunidad de verlo anegado en llanto con motivo de la recitación de un poema romántico por una bonita muchacha, en un acto público.
Sus enemigos le han dado el apodo de “el llorón de Icamole”.—Perdió Díaz la batalla de ese nombre, el 20 de Mayo de 1876, ganándola el General Fuero, y como se suponía que ese encuentro decidiría de su fortuna política, en medio de su desesperación y rabia dió el ridículo espectáculo de ponerse á llorar por su derrota.
Cuando sus visitantes, nacionales ó extranjeros, le hacen manifestaciones de aprecio, celebrándole sus victorias militares, su habilidad de estadista, su patriotismo y su generosidad, entonces se deshiela y brotan las lágrimas de sus ojos y corren sobre sus mejillas, como se funde en la primavera la helada laguna inundando el llano.
Cuando el capitán Clodomiro Cota fué sentenciado por un consejo de guerra á ser fusilado, su padre fué á ver al Presidente, y de rodillas, llorando, imploró el perdón de su hijo. Porfirio Díaz lloró también, y levantando á aquel desgraciado padre, murmuró la siguiente ambigua frase:—“Hay que tener fe en la justicia”. El padre salió consolado, creyendo que se le había otorgado su petición. Pero á la mañana siguiente su hijo murió en el cadalso. Las lágrimas de Porfirio Díaz son lágrimas de cocodrilo.
Lo que es más raro aún en la constitución de este camaleón moral é intelectual, es su espíritu epigramático el que, según las noticias que circulan sobre el particular, es muy agudo y siempre da en el blanco.
Cuando aprehendieron al General Escobedo, sus amigos se quejaron con el Presidente Díaz sobre la falta de consideraciones hacia su víctima política, que había sido el más inteligente de los generales durante la guerra de la Intervención y del Imperio, y una de las más puras glorias del país. “Sí, respondió meditabundo el Presidente, estoy de acuerdo con ustedes, y mi mayor deseo es verlo en el Panteón de los Hombres Ilustres”. Los que conocen cuál ha sido la suerte que han corrido los demás generales ambiciosos son los que pueden apreciar en todo su valor esa salida macabra.
El yerno del Presidente iba con frecuencia á tomar el lunch al Castillo de Chapultepec y siempre llegaba con retardo. Cuando por tercera vez trataba de disculpar su falta de puntualidad, achacando la causa al automóvil, el Presidente le dijo: “¿Acaso ignora Vd. que el automóvil requiere gasolina y no alcohol para su locomoción?”
En una ocasión Mrs. A. Tweedy preguntó á Porfirio Díaz cómo concibió la primera inspiración de ser presidente, y éste le respondió con el aire más inocente del mundo: “—Nunca la tuve.—Fuí meramante arrastrado á la posición que hoy ocupo, y con frecuencia me admiro al considerar cómo ha podido suceder”. Este es un rasgo clásico de humorismo, que acredita á Porfirio Díaz para candidato del Club de Ananías, ó sea el de los embusteros.
Nada es más divertido que ver á este déspota sin escrúpulos que “puso de su parte todo cuanto le fué posible para vivir y luchar sin capital moral”, sermoneando á hombres prominentes para hacerlos bajar uno ó dos grados cuando los ve demasiado presuntuosos y envanecidos.
El presidente y el abogado de la “Mexican Light and Power Co.” entablaron negociaciones para la absorción de otras dos empresas rivales. El Sr. Joaquín D. Casasús, prominente abogado y político de México, estaba interesado en los negocios de una de las compañías absorbidas. Aguardaba su “pot de vin” correspondiente de la transacción, pero Mr. Cahan no veía las cosas desde el mismo punto, y acostumbrado á la usanza antigua, á los escrupulosos métodos canadienses, objetó contra esta benévola forma de picardía. Unas cuantas semanas más tarde, Mr. Cahan fué invitado á visitar á Limantour, quien, en la acostumbrada manera mexicana política y cautelosa, comenzó á hacer la batida del matorral, como se dice en términos de montería. Cuando Mr. Cahan le pidió una explicación sincera, Limantour lo acusó francamente de que procuraba cohechar á jueces y á tribunales. Indignado Mr. Cahan, preguntó á Limantour si le hablaba como amigo ó como Ministro.—“Como amigo”, contestóle Limantour.—“Entonces, prosiguió Mr. Cahan, no tiene Vd. derecho para hacerlo, á menos que nombre Vd. á la persona que le ha traído este chisme.” Después de una larga discusión, mencionó Limantour el nombre de Mr. Scherer, y en el acto se dirigió Mr. Cahan á dicho individuo, para hacer averiguaciones, enterándose de que el responsable de aquella especie era Casasús. Este abogado no sólo repitió á Mr. Cahan sus vehementes protestas de amistad, sino que el mismo Cahan, al entrar en el despacho del abogado, vió salir á otro individuo que le enseñó el famoso cheque de $30,000, tanto por ciento arañado en la operación consabida, el que, según dijo, devolvía generosamente Casasús. Algo más tarde Limantour pidió á Mr. Cahan la correspondencia cambiada entre éste y las partes interesadas en la operación. Mr. Cahan rehusó al principio acceder á esa petición; pero ante la amenaza que le hizo Limantour de que la obtendría á toda costa, no tuvo más remedio que entregarla, y entonces se enteró Porfirio Díaz de todos los detalles del asunto.
En una fiesta que tuvo lugar poco tiempo después halláronse presentes Mr. Cahan y Casasús; después llegó el Presidente y rogó á Casasús que tuviese la bondad de servirle de intérprete para lo que quería decir á Mr. Cahan. Entonces el Presidente, por medio de Casasús, habló á Mr. Cahan del pretendido cohecho, y le dió las gracias por haber resistido con tanta firmeza la tentativa de soborno, así como por haber ido hasta el fondo del asunto con tanto denuedo y conforme á la honrada manera británica. Le reiteró las gracias también por el buen ejemplo que daba á los demás extranjeros, etc.—Porfirio Díaz no usó en esta ocasión como intérprete á su ayudante Pablo Escandón, quien habla correctamente el inglés, sino á Casasús, al ambicioso y orgulloso abogado, estrella de los “científicos”, para darle una lección sutil y efectiva.
Este es una rasgo característico de la diplomacia innata de Porfirio Díaz.
Como político latinoamericano, Díaz ha establecido un patrón y creado una escuela. Las repúblicas más importantes y más ilustradas, como Brasil, Argentina y Chile, no copian tales métodos, pues sus gobiernos son una oligarquía templada por la democracia; pero los directores de los Estados más pequeños y más atrasados, como Cabrera en Guatemala, Zelaya en Nicaragua, Castro en Venezuela, y Reyes en Colombia, son sus imitadores serviles. El último mencionado, Reyes, creyó que valía la pena pasar un año cerca de Díaz para iniciarse directamente en sus métodos.
Hagamos un breve examen de Porfirio Díaz como estadista.
Al principio de su administración preparó el reconocimiento de su gobierno inconstitucional, aceptando las reclamaciones por las deudas inglesa, francesa y de los Estados Unidos. Este fué sin duda golpe maestro, pues lo ponía en aptitud de hacer nuevos empréstitos, como el individuo que paga $5 para poder más tarde pedir prestados $20. Divinizó, ó, al menos, siguió el axioma del Barón Louis: “El Estado que aspira á tener crédito, debe pagarlo todo, hasta sus desatinos.”
Siguió por el cultivo de relaciones amistosas con los Estados Unidos. Esa política no sólo sirvió para robustecerlo en el extranjero, sino también para imposibilitar las revoluciones en la frontera. Para continuar libre de toda traba, como amo y señor del país, jugó una partida intrincada de ajedrez político, llegando á hacer trampas cuando el contrario se descuidaba, hasta que al fin quedaron en el tablero sólo el rey, la reina y unos cuantos peones.
Su ambición y la eliminación de todos sus rivales, concentraron por completo el poder en sus manos. Como dice Bulnes en alguna parte, si se deja á una casta y pura muchacha en un cuarto con diez sátiros, estará perfectamente segura y salva, pues que los sátiros se encontrarán ocupados en pelear los unos contra los otros; pero el peligro sería efectivo si la dejasen á solas con un sátiro. Así México puede ser comparado con una joven que permaneció libre y pura mientras varios sátiros políticos lucharon entre ellos mismos para obtener su posesión; pero en cuanto llegó Díaz y destruyó uno á uno á los sátiros, es decir á todos sus lujuriosos y ambiciosos rivales, la nación perdió su pureza y su libertad, convirtiéndose en su esclava y prostituta. En otras palabras, Porfirio Díaz ha llevado á cabo su obra esclavizadora, corruptora y antipatriótica de un modo tan completo y absoluto, que el Señor Iglesias Calderón se hizo el verdadero intérprete del sentimiento de multitud de mexicanos patriotas cuando dijo: “¡Sin libertades corremos un peligro más bochornoso que el de la desmembración de nuestra Patria por la fuerza de las armas, el de la desmembración traidoramente espontánea de quienes llegan á renegar de la Patria por amor á la Libertad!” Y un alto pensador sud-americano, Don Nicanor Bolet Peraza, ha dicho: “que el gran peligro para las naciones hispano-americanas no está en la colosal potencia militar de la Unión americana, sino en su admirable régimen de libertad que hace envidiable la condición de ciudadano de los Estados Unidos de Norte América.”
En el error político de Porfirio Díaz se encuentra incluída su indiferencia hacia lo relativo á la inmigración, pues que de lo contrario el influjo europeo ya sería una barrera contra la conquista pacífica y la agresión yanki. Su impotencia para agarrar por los cuernos este gran problema latinoamericano está demostrada por el pequeño número de europeos que hay en México, y el comparativamente grande de americanos que hoy reside en el país, y que se calcula en 65,000. Pues la cuestión de la inmigración tanto para México como para Chile, Brasil y Argentina, es de vida ó muerte, y descuidarlo es invitar, más tarde ó más temprano, á la destrucción, como lo asienta Bulnes.
También prueba su falta de patriotismo la indiferencia marcada con que considera la cuestión de la instrucción pública. El número de los analfabetos en México alcanza la asombrosa proporción del 84 %.
Otro de sus grandes errores consiste en no haber cortado el nudo gordiano de la política centroamericana.
La feliz circunstancia de que el progreso de México creciese á la par que la fama de Porfirio Díaz, ha inducido á los que han estudiado superficialmente el país y su política, á creer que al Presidente corresponde todo el mérito de haber aumentado su maravillosa prosperidad. Pero Díaz y la camarilla que refleja sus ideales, son políticos demasiado miopes, pequeños, presuntuosos y mezquinos, exentos de todo ideal patriótico. No pasan de ser grandes ranas en un pequeño estanque.
La cuestión centroamericana, que debía haberse resuelto desde hace diez años, ha quedado en el aire, no porque el General Díaz quiera la paz en México, sino por que ha tenido miedo y se ha sentido demasiado viejo para pelear. Hace diez años contaba con 68 de edad y, por lo tanto, estaba ya incapacitado físicamente para dirigir con buen éxito una campaña contra Guatemala; y en caso de que hubiese encomendado el mando á otro general, si éste salía victorioso, perdía Porfirio Díaz todo su prestigio y poder.
Porfirio Díaz no es un militar en ningún sentido de la palabra; su condición es más bien la de un político, una imitación liliputiense del Cardenal Richelieu, dirigiendo á un rey impasible, quien en el presente caso está representado por la nación mexicana. Posee todas las sinuosidades, traiciones, y métodos de trasmano de los prelados militantes del siglo XII.
Las relaciones de sus campañas no prueban que sea ni un gran estratégico ni un gran táctico. Fué únicamente lo que los franceses llaman “un beau sabreur”, con tanta habilidad estratégica cuanto era necesaria para un capitán de bandoleros y para su cuadrilla á fin de estar en aptitud de atacar y de destruir un convoy bien protegido.
Su fama de general es otra bola de nieve que ha rodado de la montaña de los hechos militares de México, impelida por sus subordinados y sus aduladores. Qué formidable avalancha cuando llegó al fondo del valle; pero al rayo de luz de la escudriñadora historia, se derretirá, convirtiéndose en un lodazal.
Según sus admiradores oficiales, ha ganado 41 batallas, acciones ó encuentros; posee 14 condecoraciones nacionales y 13 con que le han obsequiado gobiernos extranjeros, entre las cuales se encuentra la de primera clase del Libertador de Venezuela.
A medida que dura en el poder, aumenta el número de las batallas que parece estar ganando, y crece con inaudita rapidez. Ya me imagino á su fiel y útil ayuda de cámara, el millonario coronel Pablo Escandón, entrando en el sanctum sanctorum de su jefe, llevándose la mano derecha á la altura de la frente, poniendo los pies en escuadra al estilo militar y dándole el parte:—“Mi General, tengo la honra de informar á Vd. que ha ganado otra batalla.”—“¿Cuál?” pregunta el General Díaz. Y la gloriosa nueva se esparce á los cuatro vientos y se consigna en la hoja de servicios.
Las batallas del 5 de Mayo de 1862 y del 2 de Abril de 1867, que se celebran oficialmente como grandes victorias alcanzadas por Porfirio Díaz, jamás fueron victorias suyas. La del 5 de Mayo fué ganada por el General Zaragoza, y la acción del 2 de Abril se llevó á cabo en virtud de haberla forzado en un consejo de guerra un civil, Justo Benítez, secretario de Díaz. La organización del asalto se debió al General Alatorre, y Porfirio Díaz entró en acción cuando terminaba el encuentro. La batalla de Tecoac, que decidió la caída de Lerdo, se ganó gracias á la oportuna llegada del General González.
¿Qué es lo que queda, pues, á este héroe de las Mil y una batallas? Solamente dos acciones sangrientas: los asesinatos de Veracruz y la carnicería de Orizaba; victorias dignas de él, que serán inscritas con letras de sangre en su panteón de inmoralidad.
He examinado su obra de estadista, de patriota y de general, y me quedo azorado ante la impudencia de esa fama política y militar falsa y plagiada, inaudita en los anales de la historia, y me veo obligado á repetir con Bulnes que lo único que hay verdaderamente maravilloso en la América latina es la mentira.
Porfirio Díaz ya está viejo, tiene ahora 80 años de edad, demasiado viejo para continuar en la silla presidencial de un modo digno y útil. Aunque de facto es un Czar, finge que le llamen Presidente, porque el título de Emperador es de mal agüero en México. Los cuatro últimos Emperadores de México han perecido de muerte violenta: Motecuhzoma, Cuauhtemóctzin, Iturbide y Maximiliano.
Los días del Czar de México están contados; se está derrumbando en la decrepitud física y mental. Parécese al lobo que llegó á ser cabeza de la manada y conservó su supremacía por la fuerza de sus dientes. El día en que los demás lobos notaron que su jefe había perdido la dentadura, lo hicieron pedazos. Otro tanto puede acontecerle á Porfirio Díaz.
En la actualidad no pasa de ser un león disecado, un gigante con los pies de barro, y si un chiquillo lo advirtiese y lo empujase con uno de sus pequeños dedos, esto bastaría para hacerlo rodar al cajón de la basura.
Y cuando muera—¡Dios bendiga su alma!—con él morirá el último de los bandidos políticos de México.
Sabemos lo que somos, pero no lo que podremos ser.
Hamlet. Act IV.