Sus Asesinatos. Sus Víctimas.

Hace cerca de treinta años que perpetró Porfirio Díaz la infame carnicería de Veracruz, en la madrugada del 25 de Junio de 1879.—Ni los veracruzanos, ni los mexicanos en lo general, han podido olvidar esa fecha luctuosa, y ni con sus pretensiones de paternalismo, sus mentiras é hipocresías, ha logrado Porfirio Díaz, cual otro Macbeth, borrar de su mano la sangre y la responsabilidad de ese crimen proditorio, que lo coloca en la historia al lado de Caracalla.

El tan ponderado “gobierno de la paz” de ese paternal verdugo, ha atraído sobre su cabeza el odio y el desdén de los veracruzanos, que lo desprecian con todas las energías de su alma.

Hace dos años publicaron los periódicos noticias de la ejecución de varios presos políticos, perpetrada por Estrada Cabrera, el Presidente de Guatemala. Los periódicos mexicanos se expresaron muy duramente contra Estrada Cabrera, y parecía que gozaban al publicar largos artículos sobre el asunto. Entonces oí de boca de varios mexicanos esta aseveración:—“Los periódicos están acusando hoy á Estrada Cabrera exactamente de los mismos crímenes que ha cometido Porfirio Díaz en mayor escala, no una sola vez, sino continuamente y hasta el momento actual. Esa indignación contra Estrada Cabrera es una denuncia indirecta de la política del General Díaz; pues, como no tenemos libertad de prensa, nos vemos obligados á expresar nuestras opiniones por medio de rodeos.”

Voy á reproducir parte de una carta escrita por una distinguida dama mexicana, en la que se reflejan los sentimientos de sus compatriotas más inteligentes. Hablando de las ejecuciones de Guatemala, dice:

“Ahora, por estar los ánimos tan indignados contra el Presidente de Guatemala y que se compadece tan hondamente á los cuatro valientes que murieron asesinados de una manera tan vil, viene á mi mente, por la analogía que encuentro en ello, el famoso 25 de Junio, de Veracruz, y me pregunto si en México, en aquel entonces, el ejecutor de esa infamia no inspiró la repulsión que ahora inspira Estrada Cabrera; y también me digo, que para este último podría caber la disculpa de la influencia poderosa del ejemplo, que al tratar de tomar de modelo á nuestro cínico autócrata, se deslumbró por el éxito asombroso de los crímenes de éste y pensaría que, al cabo de algunos años, como ha pasado aquí, tendría todos los honores, todo el incienso de una divinidad terrestre, y que imponiéndose por el terror, llegaría, como su vecino, á la apoteosis en vida. Yo insisto que en los males que afligen á Guatemala, tiene su parte de culpa el déspota nuestro.”

En el primer período de Porfirio Díaz, (1876-1880) reinaban en México la intranquilidad y el desafecto. Díaz no había cumplido sus tan pregonadas promesas del plan de Tuxtepec, y, en el fondo, las cosas estaban poniéndose peor de lo que se encontraban antaño. El caso equivalía á saltar de la sartén para caer en el fuego.

El resultado fué una conspiración para derrocar á Díaz y traer la “Restauración” del poder lerdista. Los principales caudillos de esa conspiración fueron el General Escobedo, el General Bonifacio Topete, los Coroneles Lorenzo Fernández, Carlos Fuero, José B. Cueto, y algunos otros jefes.[36]

Esos caudillos conspiraron con poca habilidad y mal éxito.

En los comienzos el gobierno usó de cierta lenidad para con los conspiradores; pero llegó un momento en que creyó necesario castigar y aterrorizar á sus enemigos.

La policía, en virtud de la denuncia que hizo uno de los conspiradores, cateó la casa de Don Felipe Robleda, y encontró, bajo una alfombra, los documentos relativos á la conspiración y la lista de los comprometidos en ella. El General Díaz envió la lista de los conspiradores al Gobernador de Veracruz, Luis Mier y Terán, ordenándole que aprehendiese á los comprendidos en ella. Terán aprehendió á los que estaban á mano, y telegrafió al Presidente anunciándoselo. Porfirio Díaz le contestó de un modo lacónico: “FUSÍLALOS EN CALIENTE”.

En ese telegrama no se ordenaba un juicio previo, ni siquiera una investigación para establecer la culpabilidad; sino que se daba sencillamente la orden de matar en el acto.

Nueve individuos fueron fusilados, á saber: Jaime Rodríguez, el Dr. Ramón Albert Hernández, Antonio P. Ituarte, Francisco Cueto, Luis Alva, Lorenzo Portilla, Vicente Capmany, J. A. Rubalcaba, y Juan Caro.

En el “Juan Panadero”, periódico de Guadalajara, de fecha 13 de Julio de 1879, encuentro un artículo que, á semejanza de nuestros periódicos amarillos, trae los siguientes títulos:

LA BACANAL DE SANGRE. — ASESINATOS COMETIDOS POR TERÁN. — NUEVE ASESINADOS. — OCHO VIUDAS. — TREINTA Y SIETE HUÉRFANOS. — DETALLES HORROROSOS.

En una nota dicen los editores:

“En ella (correspondencia de Veracruz) verán hasta dónde puede llegar el salvajismo de los actuales usurpadores del poder y el odio profundo, el desprecio sin igual con que ven la vida del hombre y las garantías individuales en tratándose de los constitucionalistas. De hoy en adelante Tuxtepecano y asesino serán una misma cosa si Don Porfirio cobija bajo su manto á los verdugos de Veracruz y deja impunes sus atentados.”

Voy á limitarme á extractar del mismo periódico algunos párrafos, para dar idea de cómo fué ejecutada la orden del Presidente Díaz:

Llegados al cuartel, Terán—identificó la persona de Capmany,—y le dijo:

—¿Es Vd. Don Vicente Capmany?

—Sí, contestó el marino con entereza.

—Pues voy á fusilarlo á Vd. de orden del Presidente.

—Se va á cometer un asesinato, contestó Capmany, porque no hay razón para ello, pues no me acusa mi conciencia de ningún delito.

—¡Cállese Vd.! ¡A ver, fusilen á ese hombre! profirió Terán.

—Señor, ¿podré escribir algunas cartas antes de morir? Pido sólo diez minutos.

—¡Fusílenlo en el acto!, rujió Terán, sediento de sangre.

Salió Terán del cuartel del 23 y fué al del 25. Llamó á Rubalcaba y á Caro, oficiales que estaban de guardia, y á Loredo y á Rosello, oficiales del mismo cuerpo, y los llevó al cuartel del 23. Una vez allí, dió orden de fusilar á los cuatro, sin más trámite ni forma de proceso...

El último, mal amarrado, se desató y echó á correr, y la escolta hizo fuego sobre él, matando á un soldado que estaba de imaginaria, é hiriendo á dos más.

La hiena llamó á don Antonio Ituarte, joven de 28 á 30 años.

—¿Es Vd. Don Antonio Ituarte?

—Bien me conoce Vd., respondió impasible la víctima.

—Ya le he dicho á Vd. dos veces que se ausentara de la población, y que á la tercera vez que lo llamara lo fusilaría.

—Es cierto.

—Pues voy á fusilarlo en el acto.

—Está bien.

Marchó Ituarte al suplicio; pero antes se volvió á Terán y le dijo:

—¡Asesino!

Llegó su vez á Cueto.

—¿Es Vd. Don Francisco Cueto?

—Lo sabe Vd. tan bien como yo.

—¡Fusílenlo! prorrumpió Terán.

—Creo, dijo Cueto, que si soy culpable de algún delito, se me debe juzgar antes. ¿De qué se me acusa?

—Está Vd. conspirando.

—En ese caso que se me consigne á un juez, que debe ser el Juez de Distrito.

Aquí no hay más juez que yo, ni más ley que lo que mando. Fusílenlo.

Llegó su vez á Don Luis Alva.

—¿Me va Vd. á fusilar también, cristiano?—preguntó á Terán, con quien llevaba amistad íntima.

—Y en el acto lo voy á hacer.

—Pero ¿está Vd. loco? ¿No cree Vd. que ha corrido demasiada sangre? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Cuál es mi delito?

—¡Silencio!—vociferó Terán.—Vd. conspira y es preciso que muera.

—Supongo que tendrá Vd. las pruebas de lo que dice.

—No necesito más pruebas que mi conciencia.

—Entonces no tiene Vd. prueba alguna, cristiano, porque no tiene conciencia.

Al oir esto, Terán le dió un empellón:

—¡Fusilen á este hombre!—exclamó...

Dijo Terán:

—Es Vd. un lerdista y á éstos nada se les otorga.

—Acuérdese Vd. señor, que los lerdistas le han perdonado la vida cuando lo han aprehendido con las armas en la mano.

—Póngase una mordaza á ese hombre y fusílenlo.

En ese momento llegó al cuartel el Juez de Distrito, Lic. Rafael de Zayas Enríquez, á quien fueron algunos vecinos á despertar, y á rogarle que fuera á ver cómo impedía semejantes asesinatos. El señor Zayas Enríquez corrió al cuartel, medio desnudo, y tuvo un fuerte altercado con Terán, quien le dijo:

—¡Usted tiene la culpa de todo esto!

—¡Yo!—exclamó Zayas estupefacto.

—Sí, Vd., porque en otra vez que le consigné á Capmany y á Portilla no los condenó á presidio.

—Porque yo soy un hombre honrado, señor Terán, que no condeno sin tener pruebas legales; no soy asesino ni esbirro, sino Juez de Distrito; porque yo estoy para cumplir y hacer cumplir las leyes, no para barrenarlas.

—Pues lo hecho se queda hecho.

—Espero que aquí concluya esta bacanal de sangre.

Según sabemos, el señor Zayas impidió que siguiera la matanza, pues parece que Suárez y Galinié debían seguir á los anteriores.

Amaneció el día 25. Un rumor sordo circulaba en la población. Varias señoras, acompañadas de parvadas de niñitos, andaban por las calles, deteniendo á los transeúntes y preguntándoles por sus deudos.

—¿Qué sabe Vd. de Lorenzo?—preguntaba la esposa de Portilla, medio loca, á todo el que hallaba á su paso, sin que nadie se atreviese á darle la triste nueva.

La esposa de Cueto perdió el juicio, y se teme por su vida; la madre de la víctima se hallaba en Orizaba, en agonía.

La población está de duelo; Terán no se atrevía á salir del cuartel. La población entera se hallaba en las calles adyacentes del cuartel, y fué preciso traer un destacamento de la policía, armado con rifles, para contener á la muchedumbre.

Se nos dice que el Lic. Zayas Enríquez, en nombre de la Masonería, pidió el cadáver de Cueto y el de Capmany, ambos hermanos; pero la fiera sanguinaria, no contento con haberles arrancado la vida, se quería cebar en los muertos, y negó los cadáveres, que fueron enterrados en la fosa común, en un lugar ignorado, conducidos en un carretón, acompañados de la policía.

En la actualidad reside en la ciudad de New York un caballero mexicano, Don Rafael de Zayas Enríquez, que se expatrió voluntariamente de México, á causa de las condiciones políticas del país y de las persecuciones de parte de José Ives Limantour, á quien había combatido en discursos públicos y en la prensa. Este caballero, que es abogado, historiógrafo y escritor de gran talento, vino á New York para poder escribir con libertad sobre las condiciones actuales de México.

Después de un año de labor, concluyó un libro intitulado: “Porfirio Díaz”, que es una revista psicológica y filosófica de la vida del Presidente. Es una crítica hábil y sutil, pero no sincera, pues no dice la verdad. Sólo aquí y allá hace una finta hacia ella, como con un florete, pero solamente juega con el arma, como si tuviese temor. Quizás tiene la aprehensión del peligro, y teme que el largo brazo de Porfirio Díaz le alcance traidoramente, aun en esta tierra de libertad.

Es muy probable que sepa lo que pasó hace unos dos años. Entonces apareció en el “World” de New York, un artículo criticando á Porfirio Díaz y á José Ives Limantour, subscribiéndolo “Un Mexicano”. Pocos días después, dos caballeros mexicanos indagaron el nombre del autor de ese artículo anónimo, ofreciendo dinero por el informe, lo que fué rehusado por la administración del “World”, por ser contrario á las prácticas periodísticas americanas. Los referidos caballeros se despidieron disgustados, pero no sin proferir amenazas contra el incógnito autor.

El mismo Señor de Zayas Enríquez era Juez de Distrito de Veracruz cuando la famosa noche del 24 al 25 de Junio. Conoce como nadie todos los detalles del asunto. ¿Por qué no publicó la verdad, en vez de procurar paliar la responsabilidad del Presidente Díaz, cuando sabe que el único responsable fué el mismo Díaz, y no Terán, quien sólo representa el papel de un vil instrumento?

Cuando estos acontecimientos, el gobierno de Díaz se alarmó profundamente ante el horror y la indignación que había provocado ese acto salvaje, y tuvo la impudencia de asegurar oficialmente que los presos habían atacado á los soldados dentro del cuartel, y que éstos, en cumplimiento de sus deberes militares, hicieron fuego sobre sus agresores, matándolos.

En ese período Porfirio Díaz miraba con cierto respeto la opinión pública, y por eso encubrió el crimen con el manto de la calumnia, á fin de salvar á Terán de todo castigo, y para librar su propia frente del estigma de ASESINO.

Para probar lo absurdo de la calumnia, fueron exhumados por el mismo Señor de Zayas Enríquez, los cadáveres de los asesinados, y se evidenció que cada uno de ellos tenía, además de varias heridas en el cuerpo, un agujero en el cráneo, el tiro de gracia, que sólo se da á los ajusticiados. Unicamente en uno faltaba esa herida, y eso fué porque, á causa de otra herida en el corazón, sucumbió instantáneamente la víctima.

Todos los detalles de la exhumación fueron publicados en un libro impreso por los abogados defensores de Mier y Terán, en 1879. El gobierno recogió todos los ejemplares, y probablemente sólo queda uno, el que por fortuna tuve en mis manos.