ESCENA VIII
NUMERIANO GALÁN y MENÉNDEZ
Num.
(Sale por la derecha. Entra y mira a un lado y a otro.) Personne... que dicen los franceses cuando no hay ninguna persona. Faltan tres minutos para la hora: ¡hora suprema y deliciosa! La ventana frontera cerrada todavía. Me alegro. Colocaré las puertas de los balcones en forma propicia para la observación. (Las entorna.) ¡Ajajá! Y ahora a esperar a mi víctima, como espera el tigre a la cordera: cauteloso, agazapado y voraz. ¡Manes de don Juan, acorredme! (Pausa.)
Men.
(Por segunda izquierda.) ¡Caray! (Andando a tientas.) ¿Pero quién ha cerrao?
Num.
Chits, por Dios, querido Menéndez... (Deteniéndole.) que es un plan estratégico. No me abras el balcón que me lo fraguas.
Men.
¿Pero don Numeriano, y no se puede saber por qué ha entornado usted?
Num.
¿Que por qué he entornado?... ¡Ah, plácido y patriarcal Menéndez!... tú, sí, tú puedes saberlo. Ven, que voy abrir mi pecho a tu cariñosa amistad.
Men.
Abra usted.
Num.
Menéndez, yo te debo a ti...
Men.
Trescientas cuarenta y cinco pesetas de bocadillos.
Num.
Y un cariño muy grande, porque si no me quisieras, ¿cómo me ibas a haber dado tantos bocadillos?...
Men.
Que le tengo a usted ley.
Num.
Pues por eso, como sé que me quieres... y que te alegras de mis triunfos amorosos...
Men.
Por descontado...
Num.
Voy a hacerte una revelación sensacional.
Men.
¡Carape!
Num.
Sensacionalísima.
Men.
¿Ha caído la viuda?
Num.
Ha tropezado nada más; pero no es eso. Atiende. Muchos días, efusivo Menéndez, ¿no te ha chocado a ti verme entrar a deshora en este salón de lectura?
Men.
Mucho, sí, señor.
Num.
Pues bien, ¿al entrar yo en el salón de lectura tú no leías nada en mis ojos?
Men.
No, señor; yo casi nunca leo nada.
Num.
¿Pero no te chocaba verme huraño, triste y solo, metido en ese rincón?
Men.
Sí, señor; pero yo decía: será que le gusta la soledad.
Num.
Y eso era, perspicaz Menéndez, que me gusta la Soledad... pero no la de aquí, sino la de ahí enfrente.
Men.
¡La doncellita de los Trevelez!
Num.
La misma que viste y calza... de una manera que conmociona.
Men.
Entonces, ahora me explico por qué teniendo usté tanta ilustración aquí dentro...
Num.
No hacía más que tonterías ahí fuera... como señas, sonrisitas, juegos de fisonomía... ¿lo comprendes ahora?
Men.
¡Ya lo creo!... ¡Menudo pimpollo está la niña!
Num.
¡Qué Soledad más apetecible!, ¿verdad, Menéndez?
Men.
Es una Soledad pa no juntarse con nadie, don Numeriano.
Num.
Para no juntarse con nadie más que con ella.
Men.
Natural.
Num.
A mí, Menéndez, esa chiquilla me inspira un sentimiento de deseo, un sentimiento de pasión, un sentimiento de...
Men.
(Dándole la mano.) Acompaño a usted en el sentimiento.
Num.
Muchas gracias, incondicional Menéndez. Pues bien, por conseguir los favores de esa monada, andábamos a la greña Pablito Picavea y yo.
Men.
¿Y qué?
Num.
Que lo he arrollado... ¡que esa bizcotela ya es mía!
Men.
¡Arrea!
Num.
Aquí tengo los títulos de propiedad. (Saca una carta.) Atiende y deduce. Por la tarde la pedí relaciones y por la noche me trajo el cartero del interior esta expresiva y seductora cartita. Juzga. «Señorito Numeriano. De palabra no me he atrevido esta tarde a darle una contestación aparente porque no me dejó el reparo.» ¡El reparo!... ¡qué monísima!... «Pero si usted quiere que le diga lo que sea, estese mañana a las once en el salón de lectura del Casino y si tiene valor una servidora, se asomará y se lo dirá; aunque sé que es usted muy mal portao con las mujeres...» ¡Mal portao!... ¡Me ha cogido el flaco!
Men.
¡La fama que vola!
Num.
(Sigue leyendo.) «No falte. Saldré a sacudir... No vuelva...» (Vuelve la hoja.) «No vuelva a asomarse hasta mañana, porque mi señorita está escamada. Sulla. Ese.» ¡Sulla! (Guardándose la carta.) ¡Ah, estupefacto Menéndez, este sulla no lo cambio yo por una dolora de Campoamor, porque estas cuatro letras quieren decir que esa fruta sazonada y exquisita ha caído en mi implacable banasta!
Men.
¡Pero qué suerte tiene usté!
Num.
(Por sus ojos.) ¡Le llamas suerte a estas dos ametralladoras!
Men.
¡Hombre!...
Num.
Lo que hay es que tengo una mirada que es para sacar patente. La fijo cuarenta segundos en un puro y lo enciendo. No te digo más. Y hay días que los enciendo de reojo.
Men.
De modo que viene usted a la cita.
Num.
Di más bien a la toma de posesión.
Men.
Poquito que va a rabiar el señor Picavea.
Num.
El señor Picavea y todos esos imbéciles del Guasa-Club, que hasta me amenazaron con no sé qué venganzas si no abandonaba mi conquista... ¡abandonarla yo!... Cuando es ella la que... ¡ja, ja, ja!
Men.
¿Y a qué hora es la cita?
Num.
¿No lo has oído? A las once. Faltan solo unos segundos.
Men.
Pues miremos a ver... (Dan las once en el reloj.)
Num.
¡Ya dan!... ¡Estoy emocionado!... (A Menéndez, que mira.) ¿Ves algo?
Men.
No... aún nada... ¡pero calle!... Sí... los visillos se menean.
Num.
(Mira.) Es verdad, algo se mueve detrás.
Men.
¿Será ella?...
Num.
Sí, ella, ella es, veo su silueta hermosísima. Aparta, Menéndez. (Se retoca y acicala.)
Men.
Salga usted.
Num.
Sí, voy a salir; porque hasta que no me vea no se asoma.
Men.
Ya va a abrir, ya va a abrir...
Num.
Ahora verás aparecer su juvenil y linda carita... ahora verás cómo fulgen sus ojos africanos. ¡Fíjate!... (Sale.) ¡Ejem, ejem!... (Tose delicadamente. Se abre la ventana poco a poco y asoma entre las persianas la cara ridícula, pintarrajeada y sonriente de la señorita de Trevelez.)