CUADRO PRIMERO

Salón modesto, en planta baja, de una barbería. Al foro puerta vidriera de dos hojas que da a la calle. En la pared del fondo, a los lados de la puerta, perchas de hierro. En la lateral derecha, en primero y segundo término, adosadas a la pared, anchas repisas de madera imitando mármol, llenas de útiles para el servicio de peluquería; sobre las repisas espejos grandes con marco negro, y ante ellas sillones de rejilla de los que se usan en estos establecimientos. En la lateral izquierda, en primer término, una puerta practicable cubierta por un portier de reps; y en segundo término otro servicio de peluquería igual en absoluto a los de la derecha. En el centro de la habitación un velador sobre el cual habrá periódicos y cepillos. Algunas sillas de rejilla estarán próximas al velador y otras distribuídas convenientemente por el salón. Es de día.

ESCENA PRIMERA

Al levantarse el telón aparecen el Señor Prudencio afeitando al Señor Máximo, guardia de Orden público, cuyo sable y cuya teresiana estarán colgados en la percha de la derecha. Acacio, aprendiz de la barbería, vestido con su blusa larga se halla sentado junto al velador leyendo un periódico.

Prudencio (Afeitando.)—Pues nada, créame usté a mí, señor Máximo, usté será todo lo de orden público que guste—sírvase de inflar el izquierdo (El señor Máximo infla el carrillo izquierdo.)—; pero yo lo que repito es que no siendo el que yo le digo, pa la política española no hay otro remedio.

Máximo (Quejándose.)—¡Ay!

Prudencio.—¿Cuálo?

Máximo.—Oye, ¿hay otra navaja? Porque ¡camará! esa paece que la has afilao en el fregadero.

Prudencio.—¡Hombre, pues precisamente es la joya de la casa!

Máximo.—¡Mecachis en la joya! Pues guárdala pa cuando venga el ispetor de la Latina, le afeitas con ella y pué que le hagas un favor.

Prudencio.—¿Por qué?

Máximo.—¡Porque quié que lo trasladen al Hospital!

Prudencio.—¡Exagere usté una miaja! (Mira el reloj.) ¡Recontra, las once y cuarto y esos dos sin venir! ¡Qué habrá pasao! ¡Estoy de nervioso que no sé cómo no he degollao a este hombre! (Llamando.) ¡Acacio!

Acacio.—¿Mande usté?

Prudencio.—Oye, ponte a la puerta y mira a ver si vienen el señor Polinio y el señor Pepe el Carpanta, que tardan y tengo el alma en un hilo.

Acacio.—Güeno. (Sale a la puerta y mira a ambos lados de la calle. El señor Máximo, durante los anteriores apartes, se ha secado la cara que le habrá lavado Prudencio y se mira al espejo.)

Prudencio (Cogiendo el pulverizador.)—¿Refrescamos con colonia?

Máximo.—No, no quiero eso.

Prudencio.—¡Hombre lo siento!

Máximo.—¿Por qué?

Prudencio.—Porque me quita usté la única satisfacción que puedo tener como republicano: pulverizar a un guardia de orden público. (Peinándole.)

Máximo.—¡Guasón! Lo que he notao es que me has hecho dos cortecitos mu decentes.

Prudencio.—Señor Máximo, no le choque a usté; ¡me ha pillao usté en un día terrible de nervioso que estoy!

Máximo.—¿Pues qué te pasa?

Prudencio (Quitándole el paño, sacudiéndolo y doblándolo.)—¿Que qué me pasa? (Máximo se levanta y se cepilla.) ¡Pues que hoy... (Con voz conmovida y misteriosa.) pué ser un día célebre pa mí! Que estoy esperando un recao que, de serme favorable, si el mes que viene está usté franco un día y quié usté honrarme con su amistad, se viene usté a mi hotel...

Máximo (Queda inmóvil con la pierna derecha en alto y asombradísimo.)—¡Arrea!

Prudencio.—Que ya le daré a usté las señas, y nos damos un paseo en mi automóvil, que ya le diré al Chufer que no corra.

Máximo.—Pero, ¡oye tú! ¿es que te ha caído la lotería? (Se pone la teresiana y el sable.)

Prudencio.—¡Mejor!... Sino que, hoy por hoy, no puedo ser más explicativo. ¡Y lo dicho, dicho!

Máximo (Con cara de asombro.)—¡Chico, me dejas parao!

Prudencio.—Sabía que le iba a dejar a usté parao, pero como usté es guardia, ya tié costumbre.

Máximo.—Pues na, que sea como lo dices. (Le paga el afeitado.)

Prudencio.—Gracias, señor Máximo.

Máximo (Marchándose y mirando con recelo a Prudencio.)—¡Hotel!... ¡Chufer!... ¡Este está mochales!... (Vase foro.)

Prudencio.—¡El infeliz se va creyendo que estoy loco! ¡Mísero agente! (Guarda el dinero en el cajón.)

Acacio (Desde la puerta.)—¡Por fin! ¡El señor Polinio y el señor Pepe vienen!

Prudencio (Respirando con satisfacción.)—¡Ay, gracias a Dios! ¡Me devora la impaciencia! (Sale a su encuentro.)

ESCENA II

Dichos, Polinio y el Señor Pepe el Carpanta, por el foro

Polinio.—¡Hola!

Pepe.—¡Ya estamos aquí! (Entran corriendo y muy alegres.)

Prudencio.—¡Pasar... pasar!

Polinio.—¿No está tu mujer?

Prudencio.—No. ¡Os anhelaba, como el hambriento a una fuente!

Pepe.—¡Será el sediento, hombre!...

Prudencio.—Yo me refería a una fuente de chuletas. ¿Qué hay? (Con impaciencia.)

Polinio (Con alegría.)—¡Hecho el negocio!

Prudencio (En el colmo de la satisfacción.)—¿Hecho?... ¡Venga un abrazo, y cuarenta, y ciento! (Se abrazan efusivamente.)

Pepe.—¡Aprieta! ¡Ya eres feliz!

Prudencio.—¿No han puesto dificultad?

Polinio.—Denguna. El señor Román aceta el traspaso de esta barbería por setecientas pesetas.

Acacio (Que está escuchando, en segundo término, con asombro.)—¡Recontra! ¿Qué dicen?

Pepe.—Dentro de un rato nos esperan en la taberna pa entregarte el dinero, y que firmes la escritura.

Prudencio.—¡Gracias, gracias! ¡me habéis hecho hombre! (Vuelven a abrazarse.)

Acacio (Aparte.)—¡Qué barbaridad! ¡Ha traspasao la barbería! ¡Ay, en cuanto lo sepa la señá Feliciana!

Polinio.—Güeno, y una vez ultimao el asunto, me paece que ya es hora de que me confíes tus proyectos y me digas el por qué del traspaso del Salón, ecetra, ecetra, porque el señor Pepe no me lo ha querido revelar.

Pepe.—Era la consina, hasta que estuviese hecho.

Prudencio.—Es verdá; pero ahora nada más justo. ¿Se lo revelo todo?

Pepe.—Revélaselo.

Prudencio.—Pues mira, Polinio, Dios le da a cá uno la fortuna, en una forma diferente; y a mí me la dao con mis dos hijos, la Antoñita y Casildo. Con la Antoñita, porque el día que esa criatura debute en un teatro como mono-cuplé-tanguista, la Otero va a tener que tostar cañamones, si quié atender a su susistencia.

Pepe (Asintiendo.)—¡Acordes!

Prudencio.—Y con mi Casildo, porque recortando capote al brazo y metiendo el hombro a la hora suprema, el Frascuelo era una pastilla de clorato comparao con él.

Pepe.—¡Acordísimos!

Prudencio.—Pus, güeno; (Con tono iracundo.) mi mujer, la Feliciana, celebro oscuro que no tié más horizontes que la boca del puchero, al ver que he sacao a la chica den la modista, y al chico de la imprenta pa atender a su educación artística, se ha empeñao en decirme que estoy loco y que esto va a ser nuestra ruina. ¿Será tozuda?

Polinio.—¿Pero tú no te achicarás?

Prudencio (Con exaltación creciente.)—¿Yo achicarme? Si Dios echa al mundo una horná de celebridades, y en esa horná metes la Patti y metes El Gordito, y me tocan a mí en clase de hijos, dicho se está que coger ambas estrellas y prostergarlas en el antro de una barbería, ¡sería un crimen, que un padre como yo, no comete!

Polinio.—¡Bien hecho!

Pepe.—Y en esto—y perdona que ataje tu palabra honrada—surjo yo con mi ejemplo. Yo era un ser vago y errante que vendía por esas calles chuletas de huerta, y que tenía una chiquilla que andaba galocheando por ahí con ramitos de violetas; pues, güeno; de la noche a la mañana, me se evadió mi hija a París, con su madre, contratá con una troupe pa bailes españoles, ayer hizo tres meses; y de una renacuaja vestía con un pinguito de falda y una criba de mantón, fíjese usté en la metramórfosis. El jueves me lo mandó. (Le enseña un retrato.)

Prudencio.—Fíjate en el retratito. ¡Mira eso!

Polinio.—¡Camará, bonita es, pero va casi en cueros!

Pepe.—Hay que azvertir que apenas ha tenío tiempo de hacerse ropa.

Polinio.—¡Ya, ya! ¿Y dice usté que aquí llevaba una faldita?

Pepe.—¡Una vergüenza!

Polinio.—¡Pues se conoce que la ha perdido!

Pepe.—Pues güeno, desde que se fué que me he dejao las patatas y vivo de guagua, ¡porque no hay mes que no me mande de ciento cincuenta a doscientos franques oro!

Prudencio.—Se conoce que lo que se ahorra en ropa pa ti.

Pepe.—Por eso le he aconsejao a éste que lo venda tóo, que se deje de esta porquería de España, que emigre con su hija a París como yo, que me voy pasao mañana, y a la vuelta de un par de años regresamos del extranjero, y ¿usté sabe esos solares de la cae de Lista, pasao un estanco que hay? ¡Nuestros hoteles!

Polinio.—¿Usté dice donde la tienda-asilo?

Pepe.—¡En la acera de enfrente!

Prudencio (Exaltado.)—¡Y yo, Polinio, deslumbrao por este ejemplo, te aseguro que es inútil que me graznen lo que quieran! Busco el aplauso, la fortuna, la gloria de mis hijos... ¡y aunque la persona que se oponga a ello me haga escabeche, mi último cuarto de kilo se saldrá del barril pa cumplimentar esta sacrosanta misión!

Pepe (Entusiasmado.)—¡Eres un varonil!

Prudencio (Con energía.)—¡Soy un padre!

Pepe (Viendo aparecer a Casildo.)—¡Chits, callarse!

ESCENA III

Dichos y Casildo puerta foro

Casildo (Saludando con la mano desde la puerta.)—¡Saluz!

Prudencio (Radiante de satisfacción.)—¡Mirarle! ¡Mi Casildo! ¡Ahí lo tenéis! ¡Ese es el monumento taurómaca más grande del porvenir!

Pepe.—¡Hola, pollo!

Polinio.—¡Adiós, pollo!

Pepe.—¿Cómo estás, pollo? (Casildo no contesta.)

Prudencio.—¡Me se cae la baba! (Casildo después de saludar parsimoniosamente a lo torero, con la mano, se acerca a un espejo, se atusa los tufos con un cepillo y vuelve a ponerse el sombrero con coquetería, estirándose la chaquetilla. Carpanta, al ver que Casildo no contesta, dice con voz más alta.)

Pepe.—¿Que cómo estás? (Sigue el silencio.) (Este monumento es bastante mal educao.)

Prudencio (Sonriendo.)—No te ha oído. Estas notabilidades son así, chico; ¡no se fijan en na! (Acercándose a su hijo.) ¿De aonde vienes, hijo mío?

Casildo (Con tono desdeñoso y sin mirar a su padre.)—Del mundo.

Prudencio (Sonriente y muy complacido.)—¡Qué manera de contestar! ¿eh?

Polinio.—¿Ha madrugao?

Prudencio (Con asombro.)—¿Madrugar esa personalidaz? Que se marchó anoche a las diez y viene ahora. (Aparte y sonriendo a los dos.) (¡Las mujeres que se lo rifan!)

Polinio.—¡Ya, ya!

Prudencio (A Casildo.)—¿Vas a acostarte, hijo?

Casildo.—¡Clarinete!

Prudencio.—¡Oye, qué gracia! ¿Habéis oído? ¡Clarinete!

Casildo (A Prudencio. Secamente y sin mirarle.)—La petaca.

Prudencio (Dándosela.)—Toma, hijo mío.

Casildo (La vacía, se guarda los cigarros y la tira con desprecio sobre el velador.)—Cerillas.

Prudencio (Le da una caja.)—¡Ahí van!

Casildo (Se guarda la caja.)—¡Que no me se despierte hasta que yo avise! (Saluda con la mano y se va contoneándose primera izquierda.)

Prudencio (Siguiéndole hasta la puerta.)—No tengas miedo. ¡Ah, oye! Ciérrate por dentro, no te sorprenda tu mamá en el primer sueño.

Polinio.—¿Por qué le dices eso?

Prudencio (Sonriendo.)—¡Por na! ¡Que anoche se le llevó un mantón a su madre y se conoce que lo ha empeñao!

Pepe.—¡Angelito! ¡Qué monada de criatura! (Riendo.)

Prudencio.—Y como la Feliciana no reflexiona que a estas grandes figuras hay que aguantarlas sus genialidades, me temo un esasbruto.

Polinio.—¡Natural!

Prudencio.—Y qué, ¿habéis visto qué hechuras de torero tiene? ¿Se le da un aire al Conejito, verdá?

Pepe.—¡Sí, tiene algo de Conejito... sino que más en gazapo!

Polinio.—Güeno; y volviendo a lo de enantes, respective al chico, na tengo que ojetarte, porque se ve que cuidándolo pué llegar a ser Gordito, pero por lo que toca a la chica, ¿tú crees que servirá pa chanteuse, Prudencio?

Prudencio.—¡Amos, hombre! ¿Que si servirá?... Vaya, ahora que estamos solos, ¿queréis verla y oirla pa que veais que no es pasión de padre cuando digo que es una maravilla?

Polinio.—¡Sí, hombre!

Pepe.—¡Con mucho gusto!

Prudencio.—¡Pues quitarse las telarañas! (Llamando.) ¡Acacio!

Acacio (Acercándose.)—Mande usté.

Prudencio.—Ponte a la puerta, y si viene la señá Feliciana nos avisas, no sea que nos sorprenda.

Acacio.—Güeno. (Vase a la puerta a vigilar.)

Prudencio (Yendo a la puerta primera izquierda y llamando.)—¡Antoñita!... ¡Antoñita!

Antoñita (Dentro.)—¿Mande usté?

Prudencio.—Sal un momento, haz el favor.

Antoñita.—Voy.

Prudencio.—Ya está aquí. ¡Veréis qué prodigio!

ESCENA IV

Dichos y Antoñita, primera izquierda. Antoñita es una chiquilla como de diez y seis años, con cara abobada y pretendiendo suplir con una verbosidad ridícula la gracia de que carece. Al salir, ligera y sonriente, hace una reverencia.

Antoñita.—Servidora de ustedes. Muy buenos días, ¿Cómo están ustedes?

Los dos.—Bien, ¿y tú?

Antoñita.—Yo, bien, a Dios gracias, pa servir a ustedes. ¿Las familias güenas?... Vaya, me alegro mucho y por muchos años. Tanto gusto.

Polinio.—Muy bien, muy bien.

Pepe.—Es una monada de chica.

Antoñita.—Tantas gracias, es favor. No lo merezco. Ustedes son muy güenos, al parecer. Y ya lo saben ustedes, con permiso de mi papá, en lo que sea útil, pueden mandar a una servidora. Tanto gusto.

Prudencio.—Bueno. Pues estos señores...

Antoñita.—Repito que tanto gusto.

Prudencio.—Desean verte bailar y que nos cantes algo aquí en familia.

Antoñita.—Sí, señor, tanto gusto. Lo que deseen de una servidora de ustedes. ¿Quieren ustedes soleares, tango, sevillanas, panaderos, malagueñas, peteneras u cake-vale? Porque eso tié que ser a gusto de ustedes; porque ustedes sabrán lo que quieren; porque una no sabe con qué dará gusto; porque a lo mejor va una servidora y baila panaderos, y qué sabe una servidora si ustés les tien rabia a los panaderos. Porque eso el que lo quiere es el que lo pide.

Pepe.—¡Tié razón la chica!

Polinio.—¡Es lista, es lista!

Prudencio.—No, lo que queremos es lo que sepas mejor; un tanguito de esos con que vas a debutar, u cualquier cosa...

Pepe.—¡El tango, el tango!

Polinio.—¡Eso! ¡Venga el tango!

Prudencio.—¡Duro con él!

Antoñita.—Perfetamente. Bueno, y cuando baile, ¿lo marco con todo?... (Sonriendo picarescamente.)

Los dos.—¡Con todo, con todo!

Antoñita.—Pues con permiso de ustedes voy a ponerme un alfiler (Se lo pone.) pa ceñirme la falda, ¿saben ustedes? porque si no el ondulao no resalta. El tango se llama “Vete a la gloria.”

Prudencio.—Yo te acompañaré. Venga de ahí. (Cogiendo una guitarra.)

Antoñita.—¡Lo voy a cantar con picardía!

Prudencio.—¡Veréis un pasmo! (Acompaña con la guitarra.)

Música[1]

[1] En bailar y cantar este número con la poca gracia con que lo haría una chiquilla de esas a quienes se quiere ridiculizar, consiste su verdadero efecto.

Antoñita

¡Ay, que me voy a morir

y tú me vas a matar!

¡Ay! ¡ay! ¡ay!

Los dos

¿Qué hay?

Antoñita

¡Nada de particular!

El moreno que me enloquecía

se casa pa Mayo;

que yo iznore por Dios la noticia

si no me desmayo.

¡Ay, los hombres, mamita, mamita

de mi corazón,

qué embusteros, qué falsos, qué pillos,

qué pérfidos son!

¡Ay! ¡ay! ¡ay!

Prudencio (Recitando.)—¡Olé, por las laringitis agudas!

Antoñita (Cantando.)

Y ahora escuchen con mucho cuidao

un tanguito que me han enseñao.

——

¿Quién es pa ti más dulce

que lo es el mango?

¡Mi guachindango!

¿Quién es la que conmigo

quiere hacer changa?

¡Mi guachindanga!

Dame una prueba sólo

de amor, nenita.

¡Toma tripita!

¡Ay, deja que me acerque,

guachindanguita!

¡Ay, por Dios, chachito,

no te acerques, quita, déjame,

porque estás loquito,

ay, retírate, ay, retírate!

¡Retírate, por Dios, Pepito,

retírate, por Dios, que grito,

y no me des con el codito

que me despepito!

Todos

¡Retírate, por Dios, Pepito,

retírate, por Dios, que grito,

y no me des con el codito

que me despepito!

Antoñita

Anda, por Dios, José,

¡retírate!

Todos

Ande usté, don José,

¡retírese!

(Después de cantar Antoñita hablan sobre música.)

Pepe (Entusiasmado.)—¡Devino!

Polinio.—¡Superior!

Prudencio.—¿Eh? ¿qué sus paece la vocecita?

Polinio.—¡Que es una voz que encanta!... ¡qué digo encanta!... ¡que arroba!... y me quedo corto.

Pepe.—El día que oigan a esta chica en el extranjero, te la enjaulaban. ¡Esto no es mujer, esto es una ruiseñora, hombre!

Antoñita.—Güeno, ¿y a ustedes les molestará quedarse bizcos?... ¿No?... pues les voy a bailar a ustedes un tanguito; ¿que saben ustedes lo que es azúcar cande?... ¡pues más cande!

Prudencio.—¡Veréis qué disloque!... ¡Arza con la salida! (Antoñita baila.)

Acacio (Jaleando.)—¡Su gracia!... ¡Su cuerpo!... ¡Su madre!... (Todos se asustan. Prudencio corre a esconder la guitarra.)

Antoñita (Asustada, cesa de bailar.)—¡Mi madre!

Prudencio.—¡Mi mujer!

Polinio.—¡Su madre!

Pepe.—¡La Feliciana! (Los cuatro simultáneamente.)

Acacio.—¡No, si era que la jaleaba! ¡No asustarse!

Prudencio.—¡Maldita sea tu estampa, qué susto nos has dao, ladrón! (Pegándole con la guitarra.)

Pepe.—¡Anda, sigue, sigue! (Antoñita sigue bailando hasta terminar el tango.)

Hablado

Polinio.—¡Ahí la gracia!

Los dos (Aplaudiendo.)—¡Bravo! ¡bravo! ¡Muy bien!

Prudencio (Con entusiasmo.)—¿Qué? ¿qué tal? ¿y el salero? ¡el salero!

Polinio.—¡Yo no he visto un salero parecido!

Antoñita (Sonriente y satisfecha.)—¡Tantas gracias!... Una servidora está alicortada. No sé cómo pagar a ustedes... Es algo de favor... Y eso que he bailao en suelo de madera, que el día que a una servidora le pongan linoleum... ¿Saben ustés lo que es linoleum?

Pepe.—¡Ya lo creo!

Antoñita.—Una cosa que se escurre... ¡pues ese día, que no se me agarren los pies, yo creo que arrebato!

Pepe.—Nada, chico, que esto en un París u en una Londres, nos traemos el dinero en camiones.

Prudencio.—¿Sí, verdad? (Con entusiasmo, abrazando a su hija.) ¡Hija mía, qué porvenir nos aguarda!...

Antoñita.—¡Ya lo creo papá!

Pepe (A Polinio, aparte.) (¡Ya habrá usté advertío que tié menos gracia que una caja e betún!)

Polinio (Ídem.) (Ya, ya; pero, ¿quién le quita las ilusiones a un hombre así?)

Antoñita.—Y respective a declamar en picaresco, sabe una servidora una cosa un poco verde, que donde me la oyen, me se mueren de risa; porque una servidora, la recalca con una intención, que verán ustedes, si no les molesta.

Polinio.—No, dila, dila.

Parroquiano 1.º (Entrando.)—Buenos días; ¿me hacen el favor de afeitarme?

Prudencio (Contrariado.)—¡Hombre, espere usted si quiere, porque ahora!...

Acacio.—Siéntese, que es que estamos mu ocupaos... (El parroquiano se sienta al foro.)

Prudencio.—Empieza.

Antoñita.—Pues verán ustedes. Es un monólogo, pero lo tengo que decir yo sola, si no no paece monólogo. Es en verso, fijarse:

Cuando salgo a la calle

y llovizna un poquito,

me levanto las faldas

enseñando el tobillo;

mas si un pollo me sigue,

recogiendo el vestido,

me le... (Como recordando.) me le...

¡Ay! ¿cómo dice?... ¡qué rabia! me le... ¡pos no me s’ha olvidao!... me le... (Haciendo esfuerzos ridículos por recordar.) me le... ¡mecachis qué coraje!

Acacio (Acercándose a ella y en voz baja.)—¿No es me le atortolo?

Antoñita.—¡Qué va a ser! Bueno, me se ha olvidao, pero es una cosa que voy ¿saben ustés? y cuanto más me sigue el pollo, más me levanto, más me levanto, hasta que una servidora le enseña las medias y acabo así con este desplante:

¡Pa los listos son a listas!

¡pa los tontos son a cuadros!

(Hace una postura ridícula, quedando recogida y enseñando las pantorrillas. El parroquiano se acerca, mira y se vuelve a sentar.)

Pepe.—¡Una monada!

Polinio.—¡Preciosa! (Aplauden todos.)

ESCENA V

Dichos y Feliciana en la puerta

Feliciana (Con ira al ver el cuadro.)—¡Maldita sea la pena!

Prudencio (Aterrado.)—¡La Feliciana!

Antoñita.—¡Mi madre!

Acacio.—¡El ama!

Pepe.—¡Tablón!

(Estas voces simultáneas.)

Feliciana.—¡Muy bonito! ¡Está bien! (A la Antoñita, zarandeándola.) ¡Arza pa dentro, gandula! (Dándola metidos disimulados.)

Antoñita.—¡Madre, si era que!... (Huyendo.)

Feliciana.—¡A remendar la ropa, que es tu obligación! ¡Bribona! ¡Holgazana! (La persigue hasta que se va primera izquierda.)

Prudencio (A Polinio y Carpanta.)—¿Estáis viendo cómo trata a las celebridades?

Feliciana (Al parroquiano.)—¿Y usté, qué quería?

Parroquiano 1.º (Con extrañeza.)—Servirme.

Feliciana.—¿Y lo tenéis esperando? ¡Anda a afeitarle u te desuello, granuja! (Queriendo pegar a Acacio.)

Acacio.—Si era que... era que... Siéntese, siéntese el caballero. (Se pone a afeitarlo.)

Feliciana.—Y ustés, (A Polinio y a Carpanta, con brusquedad.) si no tién na que hacer aquí, la calle es gratuita...

Polinio.—Señora, nosotros estábamos almirando... las dotes de la niña.

Feliciana.—¡Tantas gracias! Aquí pelo pa quitar es lo que nos hace falta.

Prudencio.—Feliciana, que son amigos...

Feliciana.—Lo celebro. Tertulias en el Cerro e los Ángeles.

Pepe.—Usté disimule... (Excusándose.)

Feliciana.—Y si no quién ustés volver, aquí tienen ustedes su casa...

Prudencio (Aparte a los dos.)—(Hacer caso miso y esperarme en la taberna.)

Los dos.—Somos suyos... (Saludan y se van.)

Feliciana.—Pal gato. (Saluda también muy fina.)

ESCENA VI

Prudencio, Feliciana, Acacio y el Parroquiano que, después que lo afeitan, paga y se va

Prudencio.—¡Muy bonito! (Con ira.) ¡Feliciana!

Feliciana.—¿Qué hay? (Rabiosa.)

Prudencio.—¡Como trato social eres más repelente que una manga riega!

Feliciana.—Mira, Prudencio, vamos a hablar con franqueza. ¿Tú necesitas las narices este invierno?

Prudencio.—¡Quizás que sí!

Feliciana.—Pues si no quieres desprenderte de ellas... ¡Ya me conoces! Hazme caso a mí y que acabe este desorden de casa; que acabe hoy mismo, ahora mismo, porque estoy decidía, cueste lo que cueste, a que no se lleve la trampa el peazo e pan que tenemos y a no perder por tus locuras dos hijos que me han costao muchas lágrimas y muchos dolores el criarlos. ¡Eso es!

Prudencio.—Está bien. (Cualquiera le dice ahora lo del traspasito.) Bueno, ¿y todo eso, qué viene a ser poco más o menos?

Feliciana.—Pues viene a ser que mañana vuelve Casildo a la imprenta y la chica en cá la modista. ¡Eso es!

Prudencio.—Bueno, de modo que te ostinas en que ese monumento taurómaca...

Feliciana.—¡Mentira! El chico no sirve pa torero.

Prudencio.—¿Que no sirve? (Con indignación.)

Feliciana.—¡Qué va a servir; si está la pobre criatura de cornás que lo miras por la espalda y se le ve la corbata al trasluz!... ¿Y tú crees que he criao yo a mi hijo pa colador?

Prudencio.—¿Y respetive a la Antoñita, qué?... ¿También es un guiñapo artístico?...

Feliciana.—¡La Antoñita, peor!

Prudencio.—Entonces dí, celebro oscuro, ¿pa qué le ha dao la naturaleza una voz a nuestra hija?

Feliciana.—Pa que se calle y no berrée.

Prudencio (Frenético.)—¡Feliciana!

Feliciana.—Loco, más que loco. No quieres tú a tus hijos más que yo los quiero. Pero el quererlos no es motivo pa que me ciegue y vea cosas que no son. ¿Que es fácil ser torero?... ¡Ese es tu error, Prudencio! Y no mires a los que han llegao porque Dios les dió ese don; mira a los infelices que, ciegos por la avaricia, mueren como perros en la cama de un hospital. Y por lo que toca a la chica, estás igualmente equivocao; porque una cosa es la gracia que hacen los hijos a los padres en el comedor de casa, y otra la que se necesita pa brillar en el mundo. Y sobre todo, que no, ¡vaya! ¡Que no me da la gana ver a mi hija en un tablao enseñando las carnes; porque mujer que se remangue más arriba de lo necesario pa no coger barro, será buena pal cromo de una caja e cerillas, pero no lo es pa su casa ni pa sus hijos! ¡Eso es!

Prudencio.—¡Pero ven acá, mollera vacía! Si eso fuera así, ¿por qué me dicen tóos los parroquianos que hago bien?

Feliciana.—Pues, porque personas que vienen pa un cuarto de hora y que encima te ven con una navaja en la mano, ¿pa qué te van a contrariar?

Prudencio.—¡Razonas como una sandía!

Feliciana.—Razono como una madre sensata y prudente.

Prudencio.—¿Sí, eh?... Pues ahí va mi ulti-matum. Estoy cumpliendo mi deber y argumentarme en contrario es como tomar el caldo con tenedor. Y creo haberte dicho lo suficiente.

Feliciana (Con rabia.)—¿Es decir, que no cejas?

Prudencio.—¿Cómo cejas? ¡Ni cejas ni narices!

Feliciana.—¿Es decir que te empeñas?

Prudencio.—¡Empeñao! ¡Mi hijo será diestro, mi hija divete! ¡Es mi misión!

Feliciana.—¡Tu hijo será impresor, tu hija modista! ¡Es la mía!

Prudencio.—¡Por estas te juro que no! (Junta las manos.)

Feliciana.—¡Por estas te juro que sí! (Le imita.)

Prudencio.—¡Hemos acabao! (Desde la puerta. Vase foro.)

Feliciana.—¡Usté lo pase bien! (Con ira.)

ESCENA VII

Feliciana y Acacio. Luego, Antoñita.

Feliciana (Desolada.)—¡Dios mío; pero es posible que ni reflexiones, ni amenazas, curen a este hombre de su ceguera!... ¿Y cómo voy a consentir yo que este loco, trastornao por el consejo de unos cuantos guasones, nos lleve a la miseria y a la perdición?... (Llorando.) ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Se sienta junto al velador ocultando la cara con el pañuelo con que seca sus lágrimas.)

Acacio (Con pena.)—¡Pobre mujer!... ¡Y eso que no sabe la metá de la metá! ¡Qué dramas! ¡Amos, que yo no puedo ver esto! Una mujer traspasá por el dolor, una barbería traspasá por setecientas pesetas y un servidor traspasao... al arroyo en cuanto venga el otro amo. Si yo tuviese valor se lo relataba todo. Porque, ¿qué hago yo en la calle? Nada, que se lo digo. Allá voy. (Acercándose y con voz temblorosa.) Se... se... señá Feliciana.

Feliciana.—¿Qué te pasa?

Acacio.—Que vaya, que quió que lo sepa usté todo; que el señor Prudencio, a espaldas de usté y con objeto de allegar recursos pa irse con la Antoñita a París, le ha traspasao al señor Román, (Feliciana se levanta.) por setecientas pesetas, el presente salón con tóos los enseres, menos usté y yo, que seremos las vítimas.

Feliciana (Aterrada.)—¡Jesús! ¿Qué dices?

Acacio.—Lo que usté oye, ce por be.

Feliciana.—¡Dios mío!... ¿pero es posible?

Acacio.—Ce por be. Se lo juro a usté por la memoria de mi santa madre que está en el pueblo.

Feliciana (Exaltadísima.)—¡Basta! ¡Te creo! ¡Ese loco es capaz de todo!... ¡Me temía esto! ¡Ay, si no puedo evitarlo, nos ha perdío pa siempre! (Como tomando una resolución repentina.) ¡Acacio, la gorra, ponte la gorra!

Acacio.—¿Y qué hago?

Feliciana.—Ponte la gorra y vete corriendo a la ebanistería de mi hermano y le dices: Señor Leovigildo, de parte de la señá Feliciana que vaya usté a la barbería en seguida pa una cosa mu grave. Vuela.

Acacio.—Comprendido. Un momento. (Entra primera izquierda y sale en seguida.)

Feliciana.—¡Quién sabe si todavía podremos evitar esta ruina! ¡Corre por Dios, Acacio! (Vase Acacio foro.) ¡Virgen del Carmen! ¡Qué locura! ¡Ay, Dios mío, que yo no sé lo que me pasa! Pero güeno; no hay que amilanarse; pa estas ocasiones es el carácter. ¿Traspasar el salón, eh?... ¡Ni a pedazos, ni con el Juzgao, ni hecha harina me sacan de aquí! ¡Lo juro! Y en este mismo instante se han acabao los toreros y las divetes... pero pa siempre.

Antoñita (Dentro, cantando.)

Retírate por Dios, Pepito...

Retírate por Dios, que grito...

Feliciana (Que se exalta más al oir a su hija.)—¡Sí, canta, canta... so gamberra! ¡Ya te daré yo a ti Pepito! (Llamando.) ¡Antoñita! ¡Antoñita!

Antoñita (Dentro.)—¡Madre!

Feliciana.—Ven aquí, sal.

Antoñita.—Estoy ensayando.

Feliciana.—Sal, rica, sal, que te voy a dar un repaso.

Antoñita (Saliendo.)—Oiga usté, madre, ya he cogido un cambio de tono pa darle más picardía, misté. (Cantando.)

Retírate por Dios...

Feliciana (Furiosa.)—¡Retírate de mi vista o te desuello, so tunanta!

Antoñita (Huyendo atemorizada.)—¡Uy, por Dios! ¿pero qué es eso?

Feliciana.—Que como te oiga yo rebuznar otra vez u me vuelvas a cantar un tango, es el último día de tu vida, ¡so bribona! ¡Y arza, ahora mismo a ponerte el mantón, que vas a volver en cá la modista!

Antoñita (Con espanto.)—¡Cómo en cá la modista!

Feliciana.—¡Yo, yo te voy a llevar de una oreja! (Todo esto con gran energía.)

Antoñita.—¿Pero está usté loca? ¡Una meso-soplano quitando hilvanes!... ¡En seguida!... ¡No señora; no, señora, y no, señora!

Feliciana.—¡Ah, sí! ¿Y te vuelves contra mí? ¡Te voy a arrancar la piel, so tunanta, bribona, holgazana! (Persiguiéndola furiosa.)

Antoñita (Huyendo asustada.)—¡Ay, ay, ay! ¡Casildo! (A grandes voces.) ¡Padre! ¡Ay, que me quié pegar! ¡Casildo! ¡Casildo!

ESCENA VIII

Dichas y Casildo primera izquierda, interponiéndose entre las dos

Casildo (Con solemnidad.)—¡Chits! ¡Quietuz!

Feliciana.—¡La mato! (Casildo la contiene.)

Casildo.—¡Parsimonia! ¿Óbice de la reyerta?

Antoñita.—Y tó por no quererse morir una iznorada en esta porquería de casa, entre pelos y navajas, ¡eso es!

Feliciana.—¿Porquería, eh?... ¡Ya te daré yo a ti porquería!

Casildo.—Señora madre... El libre albedrío de los hijos es tan respetable como la...

Feliciana (Rabiosa.)—¿Y qué has hecho tú del mantón que te llevaste anoche, so golfo? ¡Dilo, dilo en seguida!

Casildo.—¡No entremezclemos!

Feliciana.—¿Lo has empeñao, verdá? Lo mismo que los pendientes de la semana pasá y los juegos de cama de hace quince días... ¿Y pa eso quiés la turomaquia? Pa dejar tu casa sin un trapo y vengan borracheras y malas compañías y vagancia y perdición, ¿no es eso? Pues ea (Sujetándole por la solapa.) ¡se acabó el toreo y mañana a la imprenta a ganarte honradamente una peseta! ¡Porque yo quiero! ¿Lo oyes? ¡Porque yo lo mando! (Le zarandea.)

Casildo.—¡Del dicho al hecho hay que tomar el tranvía!

Feliciana (Ya frenética.)—¡El tranvía! ¡Vaya, pues ahora mismo! ¡Ya me se ha llenado a mí el costal de ganas! (Furiosísima.) ¡Lo vas a ver! (De un tocador de la derecha coge unas tijeras.)

Antoñita (Atemorizada.)—¡Pero, madre!

Casildo (Con extrañeza y terror.)—Señora madre...

Feliciana (Frenética.)—¡Córtate esa coleta inmediatamente!

Casildo (Aterrado.)—¡Rediez! ¿Pero qué dice usté? ¿Que me ampute?...

Feliciana.—¡Córtate esa coleta he dicho, o por la sangre de mis venas que te deshago, so granuja! ¡En seguida!

Antoñita (De rodillas, suplicante.)—¡Ay, madre, la coleta no!

Casildo.—¡Que me suelte usté, que no!

Feliciana.—¡Que no! ¡Yo te la cortaré, so vago, tunante, infame! (En un arranque de fiereza le hace inclinarse contra el suelo y le corta la coleta de un tijeretazo.)

Casildo (Durante la lucha.)—¡No, madre! ¡Mi porvenir! ¡Por Dios!

Feliciana (Tirando la coleta al suelo después de cortársela.)—¡Así, fuera porquerías!

Casildo.—¡Rediez! (Tocándose la cabeza y en el colmo del terror.) ¡¡Me la ha cortao!!

Antoñita (Con horror.)—¡Se la ha cortao!

Casildo (Tirado en el suelo y dando un grito desgarrador.)—¡¡Padre!!

ESCENA IX

Dichos y Prudencio

Prudencio (Entra corriendo asustado por los gritos.)—¿Qué pasa?

Casildo (Sentado en el suelo con desaliento y señalando la coleta.)—¡Me la ha cortao!

Antoñita (Señalándola también.)—¡De raíz!

Prudencio (Cogiéndola y con inmenso pavor.)—¿La coleta? ¿Quién?

Feliciana (Empuñando valientemente las tijeras.)—¡¡Yo!!

Prudencio (Aterrado.)—¡Ah! ¡¡Tú!! ¡¡¡Tú!!! ¿Pero tú sabes lo que has quitado de la cabeza a tu hijo, so imbécil?

Feliciana.—¡Una tontería! (Con desprecio.)

Prudencio (Frenético.)—¡Ea! ¡Esta bestialidad colma la medida! Y puesto que te opones bárbaramente a que tus hijos lleguen a la gloria que Dios les destina, me los llevo de aquí. ¡Nos vamos de esta casa! ¡No aguanto más!

ESCENA X

Dichos, Leovigildo y Acacio de la calle; Parroquiano 2.º

Acacio (Que entra corriendo.)—¡Aquí está, aquí está su hermano de usted!

Feliciana.—Leovigildo, Leovigildo, ven, escucha...

Leovigildo (Entrando.)—Lo sé todo. Silencio. Me lo ha contao Acacio en el camino. (A Prudencio.) ¿Pero, qué has hecho, so insensato? ¿Pero es de veras que has traspasao la barbería?

Prudencio.—¡Sí, señor! ¡La he traspasao porque estoy cumpliendo un sacrosanto deber! (Enseñándole la coleta.) ¡En cambio, mira la mutilación bárbara que le ha hecho ese cernícalo a este monumento! (Enseñándole la cabeza de Casildo.)

Leovigildo.—¿Y le llamas monumento a una cebolleta?

Antoñita.—¡La cebolleta lo será usté!

Casildo.—¿Qué dirá el Ciruqui? (Con voz llorosa.)

Leovigildo.—¡Prudencio, vuelve en ti, reflexiona!

Prudencio.—No tengo na que reflexionar. Nos vamos de esta casa. Estoy decidido.

Antoñita.—Sí, señor; vámonos.

Casildo.—Nos vamos.

Feliciana (A Leovigildo.)—¿Pero estás oyendo?

Prudencio.—Y conste, que te echarán de la barbería.

Feliciana (Con furia.)—¡No hay quién!

Leovigildo.—No la echarán, porque yo desharé el traspaso devolviendo al señor Román las setecientas pesetas.

Prudencio.—Haz lo que gustes. Mandaremos por la ropa. ¡Hijos míos, la gloria nos llama! Yo os llevaré a ella. Vámonos de aquí.

Antoñita.—¡Madre, no sea usté tonta y véngase usté a la gloria!

Feliciana.—¡Prudencio, por Dios, mira lo que haces!... ¡Mira que si sales por esa puerta!...

Prudencio.—¡Es mi deber! ¡Adiós pa siempre!

Antoñita.—¡Adiós, madre!

Casildo.—¡Qué dirá el Ciruqui! (Vanse los tres foro.)

Feliciana (Llamándolos acongojada.)—¡Prudencio!... ¡Hijos!

Leovigildo (Sujetándola.)—¡Quieta!

Feliciana (Llorando amargamente.)—Pero, ¡si se van!

Leovigildo (Con energía.)—¡Deja que se vayan! ¡Muérdete el corazón, pero tú aquí, a conservar la libreta! ¡Es tu deber serio y honrao! ¡Que se vayan! Pué que sea mejor; así probarán dónde está la verdá, si en las ilusiones tontas, o en el trabajo humilde y verdadero. ¡Y poquitas lágrimas!

Feliciana.—Es verdá. Tiés razón. Ellos lo quieren; ¡que Dios los ampare! (Sin dejar de sollozar.)

Parroquiano 2.º (Entrando.)—¿Me pueden afeitar?

Feliciana.—Sí, señor. Acacio, afeita a este caballero.

Acacio.—Pase aquí. (El Parroquiano se sienta en el tocador de la izquierda y Acacio le afeita.)

Leovigildo.—Y tú, a tu trabajo, como si tal cosa. Voy a hablar con el señor Román. Vuelvo en seguida.

Feliciana.—Gracias, Leovigildo. Pero, ¡esos hijos!... ¡ingratos!... ¡sin mí!... (Llorando.)

Leovigildo.—Adentro, a lo tuyo, y calma. (La lleva hasta primera izquierda.) ¡Hasta luego! (Vase foro. Acacio queda afeitando al parroquiano y limpiándose las lágrimas.—Cae el telón pausadamente.)

Empieza un preludio en la orquesta, y al terminar el motivo del tango, se levanta la cortina y aparece un telón blanco, y, pegado en él, un gran cartel de color que dirá:

SALÓN MADRILEÑO


Debut sensacional en la cuarta función


LA BELLA ANTOÑITA

mono-cuple tanguista

NUEVA ESTRELLA

No faltéis

Al terminar el preludio, se alza el telón del anuncio y aparece el