CUADRO PRIMERO

Lugar ameno y pintoresco, próximo a la Ribera del Manzanares, en Puerta de Hierro. Sin simetría, pero dejando entre sí los espacios naturales, se levantan por distintos lados de la escena los anchos troncos de viejos árboles, cuyas espesas ramas prestan al lugar grata sombra. El suelo está tapizado de césped. Al fondo continúa la arboleda. En primer término izquierda, al pie de un árbol, un tronco caído, que sirve de banco, y en tercero derecha, un columpio hecho con una cuerda atada a dos árboles, dando frente al público. Es un hermoso día del mes de Mayo.

ESCENA PRIMERA

Al alzarse el telón aparecen los siguientes personajes: Al pie de un árbol corpulento que se levanta en primer término, hacia la derecha, y en derredor de un mantel extendido sobre el césped, sentados en el suelo, la señá Damiana, la señá Zoila, el señor Viriato, el señor Rafael y la Benita (de derecha a izquierda). Sobre el mantel se ve una cazuela con restos de comida, platos sucios, mendrugos de pan, varios tenedores y cuchillos, botellas y algunos vasos mediados de vino. Al pie de otro árbol próximo, cestas, mantones y guitarras. Colgados en las ramas y en los troncos de algunos árboles, chaquetas y sombreros de hombre. Debajo de otro árbol, en el primer término izquierda, sentadas sobre el tronco cortado que sirve de banco, Nieves y la Trini. Detrás de éstas, en un pequeño claro, varias Invitadas juegan al corro, cantando alguna canción infantil. Más a la izquierda, otro grupo de Invitados beben alegremente. En el fondo, centro, Bernabé toca la guitarra y canta una jota, mientras bailan dos Muchachas, rodeándolas varios Invitados de ambos sexos, entre los que se cuentan el Tuliqui y Amalia. En el columpio, sentada, Julia, a la que mece el Virutas, y a su lado, chillando y riendo, Pepita y dos o tres más. En el centro de la escena, Avelino salta a la comba, dando él mismo. Al empezar la obra hablan todos a la vez y reina en los grupos gran animación y extraordinaria alegría.

GRUPO DEL COLUMPIO

Virutas (Dando fuerte.)—¡Arza!... ¡Ande!

Julia (Asustada, a gritos.)—¡Estate quieto, Virutas!... ¡Que no me dés más!

Virutas (No haciendo caso.)—¡Arza!... ¡Vaya!...

Julia.—No le dejes, Pepita.

Pepita.—¡No seas bruto, que la vas a dejar de caer! (Siguen chillando y riendo.)

GRUPO DE LA DERECHA

Damiana (Ofreciendo con el tenedor.)—Amos; otra tajadita, señor Viriato.

Viriato.—No, gracias, Damiana; no me cumple más.

Rafael.—Arriba con este muslo (ofreciéndole uno de pollo, que saca de la cazuela), que sabemos tu debilidaz por los muslos. (Ríen en el grupo.)

Viriato.—¡Si es que me vais a hacer de reventar!

Benita.—Yo me lo comeré si no lo quiere. (Siguen bromeando. Benita come vorazmente.)

(Las del baile y el corro cantan a la vez.)

Avelino (Saltando.)—Ochocientos noventa y cinco. Ochocientos noventa y seis. Ochocientos noventa y siete...

Damiana (Riendo.)—Pero ¿qué hace este chico?

Rafael.—No saltes más, hombre.

Zoila.—Pero ¿qué furia te ha entrao de saltar, demonio?

Avelino (Para de saltar; habla fatigosamente.)—No, ¿sabe usté? es que le estoy batiendo a un amigo el rencor de la hora, en el salto a comba. Ya le he batido el rencor de la media.

Rafael (Riendo.)—¿De la media? ¿Y por qué no te subes el calcetín?

Avelino.—¡Ay, es verdá! (Se sube el que se le está cayendo.)—Esto, lo hago yo porque hemos fundao una Sociedad el gremio de ultramarinos que se titula: La dependencia azlética, y cada uno nos dedicamos a un sport. Yo, es por ver si adelgazo. (Sigue saltando.)—Ochocientos noventa y ocho. Ochocientos noventa y nueve. Nuevecientos. Nuevecientos uno... (Sigue saltando y contando.)

Damiana (Al señor Rafael.)—Dale, dale un poco de vino, que se refresque; que entre la corbata tan verde y la cara tan colorá, paece un tomate mollar. (El señor Rafael sirve vino.)

Julia (En el columpio.)—¡Que no me dés tan fuerte, que me voy a matar! (Chillando.) ¡Madre!... ¡Madre!

Zoila.—Tú, Virutas, a ver si la tiráis a la chica.

Virutas.—No tenga usté cuidao; si cae, cae encima de mí.

Rafael.—Pues eso le faltaba si cayese, darse contra un adoquín.

Avelino (Riendo.)—¡Ja, ja, ja! ¡qué señor Rafael! Tié usté unos golpes que acardenalan. (Sigue saltando.) Nuevecientos diez. Nuevecientos once. Nuevecientos doce...

Rafael (Dándole un vasito de vino.)—Toma, de lo blanco.

Avelino.—Gracias. (A Benita.) ¿Quié usté inagurarme este chato, Benita?

Benita (Muy huraña y hablando con la boca llena.) No, señor; no quiero náa.

Nieves.—Qué fina eres, mujer.

Benita.—Soy como Dios me ha hecho; y el que no me quiera así, que me deje.

Rafael.—No decirla náa, que se atraganta.

Damiana.—Ahí la tienes a este erizo, lo mismito que en casa; se pasa la vida comiendo y gruñendo.

Viriato.—Pa mí que os la debía de mirar un médico, que esta chica come demasiao; debe tener algo.

Damiana.—No, si desde pequeña ha sío una glotona.

Avelino.—Hace como yo; que cuando era chico, comía tanto, que hasta quería que me diesen el aceite de hígado de bacalao a la vizcaína.

Damiana.—Pues ahí tienes en cambio a su hermana, que hay que hacerla comer con memoriales.

Zoila.—Esa es otra cosa en el tipo y en todo. No se parecen en náa.

Benita.—Ni falta que me hace parecerme a ella.

Nieves.—¡Y gracias a Dios, hija!

Benita.—¡Bueno, bueno, bueno! (Sigue comiendo.)

Nieves (Acercándose al grupo y dirigiéndose al señor Rafael.)—Oiga usté, padre.

Rafael.—¿Qué quieres, nena?

Nieves.—¿No quedaron en venir esta tarde el señor Melquiades y Serafín?

Rafael.—En venir quedaron; me dijeron que a los postres.

Nieves.—¿Y cómo no habrán venido?

Rafael.—¡Qué se yo! Ya me choca que no estén aquí.

Viriato.—¡Esos dos puntos sí que tién buen humor!

Damiana.—¡De que ellos lleguen, veréis cómo se alegra esto!

Benita (Con rabia.)—Pues ojalá no vengan.

Damiana.—¿Y por qué no van a venir?

Benita.—Porque hacen menos falta que los perros en misa; que ya sé yo lo que me digo. (A Nieves.) Y tú, más valía que te fueras a buscar a tu novio, en vez de preguntar por nadie.

Nieves.—¡Pero están ustedes oyendo el demonio e la tonta!

Damiana.—¿Y qué tié que ver que la chica pregunte una cosa inocente?

Benita.—¡Inocente! (Con guasa.) ¡Ja, jay!

Nieves (Con ira, a Trini.)—Vamos, vamos, que no tengo gana de armarla. (Vanse las dos del brazo por la izquierda.)

Benita.—¡Armarla, armarla! ¡Si yo dijera más de cuatro cosas! (Sigue comiendo.)

Avelino.—¡Bueno, bueno, bueno! dejarse de regaños, que no es día pa ello y écheme usté otro chato, señor Rafael, que voy a echar un brindis. (Rafael le sirve.) Señores.

Virutas.—¿Qué pasa?

Avelino.—¡Viva el taller de lavao y planchao de la señá Damiana Perea, anfitriona de esta garata que estamos celebrando!

Todos.—¡Vivaa!

Avelino.—Y arrimarse, que voy a leer unos versos en cuarteta, improvisaos por mí.

Damiana.—Venga, venga.

Viriato.—Venir, que va a leer unos versos Avelino. (Se acercan todos, formando semicírculo. Avelino coloca una banqueta en el centro y se sube a ella.)

Rafael (Riendo.)—¡Válgame Dios, qué chico!

Bernabé.—Que sean cortitos.

Tuliqui.—Venga d’ahí.

Zoila.—Silencio.

Todos.—¡Chist! (Callan todos.)

Avelino (Leyendo en un papel muy grande que ha sacado del bolsillo.)—A la señá Damiana y consorte, en el cincuenta y cuatrogésimo cumpleaños del natalicio de la primera.

“Subiste media centuria

de esta vida amarga y cruel;

que te subas la otra media

y que lo vea el señor Rafael”.

Todos (Aplaudiendo.)—¡Bravo! ¡Bravo!

Viriato.—Y que lo vea un servidor, que tampoco me disgustaría.

(Avelino da las gracias, saludando con una inclinación y cae sobre Viriato y Rafael. Los grupos se esparcen por el fondo; Bernabé, Virutas y Tuliqui quedan en la izquierda; Damiana y Zoila recogen todo lo de la merienda, metiéndolo en una cesta que dejan tras el árbol; Benita continúa de pie, comiendo. El Coro va desapareciendo por ambos lados.)

Rafael.—Has estado muy bueno, Avelino.

Avelino.—Pues ahí tiene usté a Benavente en la Academia y a mí despachando langa.

Rafael.—¡Injusticias! (Se une al grupo de Damiana y hacen mutis por la derecha, como dando un paseo.)

Avelino (Acercándose a Benita. Lleva la comba metida en el bolsillo por un extremo y el otro arrastrando por el suelo.)—Benita.

Benita (Con la boca llena.)—¿Qué pasa?

Avelino.—¿Qué quié usté que diga que toquen pa que bailemos: quié usté que diga que vals u que tuesten?

Benita.—Que tuesten lo que quieran; yo no bailo. (Se vuelve de espaldas.)

Avelino.—¿Que no? Bueno; pues al menos me otorgará usté el que la aúpe al columpio y la meza.

Benita.—Bueno; pero en cuanto no quiera, me bajo, ¿eh?

Avelino.—Sí, señora; sin compromiso. Con permiso. (Va a cogerla en brazos.)

Benita.—¿Pero me va usté a coger en brazos?

Avelino.—Como no quiera usté que la trasporte con ata mantas; no hay otro remedio.

Benita.—Bueno; pero coja usté lo menos posible, ¿eh?

Avelino.—Descuide usté, que tengo costumbre de coger señoritas. La cogeré por lo indispensable. (La levanta en vilo; Benita sigue comiendo.)

Bernabé (Riendo.)—¡Ja, jay! ¿A qué llamas tú lo indispensable, joven?

Avelino.—Hombre, pues no creo yo que el perímetro abarcao exceda de lo preciso.

Tuliqui.—Cómo se ataraza, pollo.

Avelino.—¡Caray! Pues si no he calculao mal, lo cogido no es para que nadie tenga que decir.

Virutas.—Amos, amigo, que hemos agarrao un puñaíto, ¿eh?

Avelino (Yendo hacia el grupo, siempre con Benita en brazos.)—Hombre; hagan ustés el favor de no lanzar especies caciosas, ¡caray!

Virutas.—¿Te irritan las especies?

Avelino.—Lo que me irrita es que están ahí los padres y podrían creerse que yo no procedo de buena fe.

Benita.—Oiga usté, si va usté a seguir la conversación, haga usté el favor de dejarme en el suelo.

Avelino (No haciendo caso.)—Y que coste que he abarcao lo indispensable, y si no que se mida.

Los del grupo.—¡Que se mida, que se mida!

Benita.—No, hombre, por Dios; qué se va a medir. Vamos al columpio.

Avelino (Dirigiéndose al columpio.)—Es que uno tiene que contestar a las sátiras. (Volviéndose al grupo.) ¡Si yo la he cogido de donde la he cogido!...

Benita (Incomodada, tirándole el sombrero.)—Pero ¿me lleva usté o no?

Avelino.—Sí, señora; pero es que me molesta que se malicien lo que no es. (Yendo al columpio y deteniéndose a mitad de camino.) Estoy por volver y... (Lleva al fin a Benita al columpio y la deja sentada, volviendo a recoger el sombrero. Aparte, para sí mismo.) ¡Rediez, qué bien formadita! ¡Hubiese dao cinco reales porque hubiese estao el columpio en el Puente de Vallecas! (Vuelve y la mece.)

ESCENA II

Benita y Avelino, en el columpio. Bernabé, Virutas y Tuliqui, al fondo con dos o tres más. Por la izquierda, primeros términos, Nieves con la Trini.

Nieves (Saliendo.)—¿Lo ves? Ya no viene Serafín. ¡Si tengo yo una suerte!... (Contrariada, agitando nerviosamente el abanico.)

Trini (Hablando en voz baja.)—¡Pero, por Dios, mujer; disimula, que te van a conocer el mal humor!

Nieves.—¡Que me lo conozcan, no tengo genio de disimular náa!

Trini.—Y luego a mí, lo que me apura es tu novio. ¡Tóo el día huyéndole! ¿Lo habrá notao?

Nieves.—Déjalo que lo note. Lo que siento es que no venga Serafín, porque me hubiá gustao que le hubieses conocido.

Trini.—Sí; y pa verle tú, a mí no me la das. Pa mí, que ese tío te ha enguirlotao, Nieves.

Nieves.—¡No tanto, mujer! ¡Si no hace arriba de un mes que nos tratamos!

Trini.—¿Y dónde os conocisteis?

Nieves.—En el Cine. La noche que íbamos no me quitaba ojo en los intermedios; luego, con disimulo, se arrimó a nosotros y se hizo amigo de mi padre.

Trini.—Tu novio se habrá escamao.

Nieves.—Está que no vive.

Trini.—¿Y es guapo ese hombre?

Nieves.—Guapo y bien portao. Se conoce que hay guita; ya lo verás. Y es lo que yo digo, chica; un hombre así, aparte de lo que te guste es algo. Porque, sí que me da lástima de mi novio, pero ¿qué sacas con un pobre albañil? ¡Miseria y compañía! Y eso de estar agarrá toa tu vida a un mísero jornal, y no tener una mujer siquiera un trapo pa que salga a la calle y se luzca y la miren a una, no me hace, francamente.

Trini (Dirigiéndose a sentarse al tronco de la izquierda.)—En eso dices la verdad, chica. Pero, oye; ten ojo, que decían que era casao.

Nieves.—¡Qué va a ser! Ha vivido dos años con una, pero ya no la ve. (Se sientan; Nieves a la derecha.)

Trini (Mirando hacia el fondo derecha.)—¡Calla; tu novio! ¡Vaya un pisto que trae!

ESCENA III

Dichos e Higinio por el fondo derecha

Higinio (Que ha salido un poco antes, mirando a todas partes se acerca al grupo.)—¡Gracias a Dios! Pero ¿dónde te metes, mujer? ¡Parece que me huyes!

Nieves (A Trini.)—¡Oye; dice que le huyo! Cansás de buscarte nos hemos sentao aquí; que te diga ésta.

Higinio.—¡Sí que me choca!

Trini (Levantándose.)—Pero ya están ustés mano a mano. Poco se ha perdido, y el onceno no estorbar. Conque: de verano, pollos. (Vase fondo izquierda. Pausa. Nieves se corre en el asiento dejando sitio a Higinio, que se sienta a su derecha.)

Higinio.—Bueno; ¿y qué es lo que te pasa?

Nieves.—¿A mí?

Higinio.—A ti.

Nieves.—¡Tú dirás!

Higinio.—¿Qué te pasa, que ni te veo ni puedo hablarte?

Nieves.—¡Ni que tuviese yo la culpa! ¡Si no te he encontrao en toa la mañana!

Higinio (Con acritud.)—Mira, Nieves; guasitas encima, no. No me has encontrao, porque no has querido. Y si te parece, lo mejor es que hablemos francamente de una vez, que no estoy yo pa servir de mono a nadie. Las cosas claras.

Nieves.—Como quieras; pero no sé a qué viene el ponerse así.

Higinio.—Viene, a que tú ya no eres pa mí lo que eras.

Nieves.—Te se figurará a ti.

Higinio.—Y es la verdá. Tú has dao un cambiazo, Nieves; ni me quieres como me querías, ni te alegra ya mi querer.

Nieves.—Amos, chico; quita, quita. A ti te han hecho guiños.

Higinio (Con ira creciente.)—A mí no me han hecho náa. Y sé lo que te pasa.

Nieves.—Tú dirás.

Higinio.—Pues lo que te pasa, Nieves, es que tú le estás haciendo cara a otro hombre; así, en plata.

Nieves.—¡Yo! (Levantándose asombrada.)

Higinio.—¡Tú! (Levantándose también, y cada vez con mayor energía.)

Nieves.—¡Mentira!

Higinio.—Verdá. Y si te has cansao de mí, me lo debías haber dicho antes, y no que me estás haciendo hacer un papel feo. Pero yo soy un hombre de bien, que te he querío con toda mi alma, y como no lo merezco, no te lo aguanto; ¡por éstas!

Nieves.—Tóo eso es mentira.

Higinio.—Es verdá. Y sé quién es. (Amenazador.) Y si esta tarde viene aquí ese tipo...

Nieves (Desafiando.)—Si viene, ¿qué? (Se oye gran algazara por el fondo izquierda, y vuelven a salir todos los grupos de principio de cuadro.)

Higinio.—Si viene, por éstas que... Cállate ahora. (Nieves se sienta, y él queda en pie a su izquierda.)

ESCENA IV

Todos los personajes que aparecieron a principio de cuadro, más Higinio, Melquiades y Serafín. Al final Onofra.

Por el fondo izquierda, llegan Trini y Julia y detrás Pepita y Amalia, trayendo ambas parejas en alto, y extendidos, mantones de Manila, detrás de los cuales se ocultan Melquiades con las primeras y Serafín con las otras. No ha de verse de ellos más que el sombrero y los pies, hasta el momento que se indica. Les preceden alegremente los invitados, moviendo gran algazara. Forman todos semicírculo, quedando al fondo las de los mantones. Benita se apea del columpio, y avanza con Avelino al lado de sus padres.

Música

Trini, Julia, Pepita y Amalia

¡Quieto todo el mundo!

Presten atención.

Traigo una sorpresa

detrás del mantón.

Todos

¿Qué sorpresa es esa

que traéis ahí?

Las cuatro

Hay que adivinarla;

no se pué decir.

Todos

Dos gachós se esconden

tras de los mantones.

Mujeres

¿Serán dos amigos?

Hombres

¿Serán dos guasones?

Todos

Decid quiénes son.

Las cuatro

Hay que adivinarlo;

presten atención.

Trini (Grupo de la izquierda; señalando y dejando ver lo que se indica.)

Por aquí un sombrero.

Julia (Ídem.)

Por aquí unos pies.

Pepita y Amalia

Veinticinco duros,

si acertáis quién es.

Todos

Por los cuatro pieses,

y los dos sombreros,

igual pueden ser golfos,

que dos caballeros.

Las cuatro

¿Os dais por vencidos?

Todos

Decid quiénes son.

Las cuatro (Levantando un poco el mantón, para que por debajo aparezcan Melquiades y Serafín.)

¡Pues mirad qué guajas!

Todos (Riendo.)

¡Valientes alhajas!

Melquiades y Serafín (Saludando sombrero en mano.)

¡Salú a la reunión!

(Avanzan y los demás cierran el semicírculo.)

——

Serafín (Haciendo su presentación.)

Serafín el “Pinturero”,

el del trus de los placeres.

Donde hay vino y hay mujeres,

el primero.

Todos

El primero.

Melquiades

Y Melquiades el “Chufita”,

exclusiva en el suspiro;

y señora que yo miro,

finiquita.

Todos

Finiquita.

Melquiades y Serafín

Y donde vamos los dos

o juntos o separaos,

pa tó lo que mande Dios,

dos dechaos.

Y pa gente aliquindoy,

este pollo que hay aquí. (Por ellos mismos.)

Por donde quiera que voy,

tó pa mí.

No hay en todo el hemisferio,

aunque usté no lo comprenda,

dos gachós que tengan ángel.

Serafín

Como mangue.

Melquiades

Como menda.

——

Serafín (Casi hablado.)

Ni el mismo don Tenorio,

ni el mismo don Megía.

Melquiades

Ni el propio Cize-Cize,

Cize Cize Campeador.

Todos

Me paecen muchos Cizes,

los que ha dicho este señor.

Serafín

Ni el señor de Romeo,

ni la señá Julieta...

Melquiades

Tien tanta verosimi-

simi simi-liquitú.

Todos

De fijo tien más simi-

limisi, que tienes tú.

——

(Mientras ellos andan contoneándose, los demás les jalean.)

¡Ole!

¡Ele!

¡Vaya un tío!

Melquiades

¡Atufante!

Serafín

¡Fototípico!

Melquiades

Tres jolí.

Todos

¡Olé que sí!

Hablado

(Terminado el número vuelven todos con gran algazara a sus respectivos sitios. El señor Rafael lleva a los recién llegados debajo del árbol donde ellos merendaban y forman grupo. Aparte hacia la derecha Benita y Avelino.)

Benita.—¿A qué habrán venido esos tipazos?

Avelino.—Me estomagan a mí esos dos maniquises.

Benita.—Tráigame usted un poco de salchichón que me he puesto nerviosa. (Avelino va a la cesta y trae lo pedido por Benita.)

Higinio (A Nieves.)—Ahí le tienes.

Nieves (Con despecho.)—¿A quién tengo?

Higinio.—A ese tío. ¡Ya estarás contenta!

Nieves.—¿A mí qué me importa ese hombre? (Le vuelve la espalda.)

Higinio.—¿Que no te importa? ¡Maldita sea! (Vase iracundo fondo izquierda; Nieves queda sola, sentada en el mismo sitio.)

Rafael.—¿Y cómo ha sido eso de venir tan tarde, amigo Melquiades?

Melquiades.—Señor, se ha cumplimentao la palabra. Dijimos que vendríamos al postre y hétetenos aquí.

Zoila.—Lo bueno siempre se hace esperar.

Serafín.—Lo bueno es lo que esperaba, señá Zoila. (Al ver sentada a Nieves y sola, hace señas de inteligencia a Melquiades.) Vamos a colgar los sombreros, con permiso. (Se separan del grupo y se dirigen hacia el fondo.)

Melquiades (Parándose a mitad de camino y aparte a Serafín señalando a Nieves.)—Ahí la tienes.

Serafín.—¡Más bonita que un sol!

Melquiades.—Está queriendo caerse. Tambaléala. (Le da un pequeño empujón y vuelve al grupo de Rafael.)

Serafín (Se engalla, se estira y se acerca a Nieves hablándola en voz baja.)—Daría la metá de mi existencia por ser el Guadarrama.

Nieves (Coqueteando.)—¿Pa qué?

Serafín (Aproximándose; casi al oído.)—Pa verme rodeao de nieves por todas partes.

Nieves.—Iba usté a tener mucho frío.

Serafín.—¡Quiá! Nieves usté y primavera yo, a la media hora el deshielo.

Nieves (Sonriendo.)—¡Pamplinas!

Serafín.—

“Amarillo es el oro,

blanca la plata,

y negros son los ojos

que a mí me matan.”

(Vuelve hacia el corro donde está Melquiades, después de dirigir a Nieves dos o tres miradas incendiarias, y dice a éste aparte dándole en el hombro.) ¡Tambaleada!

Damiana (Ofreciéndoselo.)—¡Un chatito, Serafín!

Serafín (Pasando a su lado.)—Siendo de usté, hasta con narices, señá Damiana. (Lo bebe.)

Melquiades (Aparte a Serafín.)—Pues ahora verás lo que te preparo. (En voz alta.) Pero ¿qué insipidez es esta, señores? ¿Es que no nos vamos a divertir ni se va aquí a jugar a nada?

Rafael.—Tiene razón el amigo Melquiades; estáis muy desanimaos.

Melquiades.—Vaya: le voy a echar una meaja de sal a la juerga. (Llamando.) ¡Niñas!... ¡Pollos!... arrimarse pa acá, que me se ha ocurrido un solaz modernista, para que nos divirtamos.

Todos (Acercándose bulliciosamente.)—¡Sí, sí! ¡Eso!... ¡eso!

Melquiades.—¿Queréis que organicemos un concurso de baile por parejas, con premios y tóo?

Todos (Aplaudiendo.)—¡Sí, sí! ¡Muy bien, muy bien!

Tuliqui.—¿Y cómo va a ser ese concurso?

Melquiades.—Pues de la siguiente forma: Pograma: Base primera. El “Virutas” y el Bernabé, nos van a ejecutar en la guitarra una Redova u Mazurca rusa, que ellos saben y que se intitula: “Ay, qué Moskou.” Se forman parejas, la van bailando una a una y a la pareja que a juicio de un jurao la baile con más estilo, se le ajudicará, no una Copa, porque aquí no las poseemos, pero sí un chato, al que llamaremos chato de honor u chato Melquiades, si se quiere.

Todos.—¡Muy bien, muy bien!

Melquiades.—Dicho chato, estará lleno de vino y la pareja gananciosa se lo beberá a medias, primero la señora y después el caballero, con el fin de que el premio consista en que el hombre pose los labios en aquel lugar del chato donde los haya posao el ojeto amado y bailarín. ¿Se aprueba?

Todos.—¡Muy bien, muy bien!

Melquiades.—Pues vosotros, coger las guitarras, mocitos. (Bernabé y Virutas, van por ellas al fondo y figuran templarlas.)

Tuliqui.—Y nosotros a elegir parejas.

Onofra (Joven feísima, sale de entre los grupos y se dirige hacia Avelino.)—¿Vamos a romper la marcha usté y yo?

Avelino (Mirándola de arriba abajo.)—¿Yo con usté? (Volviéndole la espalda.) “Llamad al sereno.”

Onofra.—Hombre, ya sé que no soy guapa.

Avelino.—Hija, por Dios, no es por eso; es que yo me quedo pa jurao.

Onofra (A Tuliqui, que se coloca entre los dos.)—¿Qué jurao?

Tuliqui (A Avelino.)—Que pregunta que, ¿qué jurao?

Avelino.—¿Que qué he jurao? (Al oído.) ¡No bailar con feas!...

Onofra.—Pues le avierto a usté, joven, que donde yo me marco un chotís, se vienen detrás de mí tóos los pollos.

Avelino.—Les dará usté trigo. (Ríen el chiste todos los del grupo.)

Onofra (Incomodada.)—Les doy narices. ¡¡El demonio el hortera!!

Virutas (Avanzando.)—¡Ya están templás las guitarras!

Melquiades.—Pues a empezar. (Durante el diálogo anterior, Melquiades y varias muchachas y muchachos han adornado una banqueta con hierbas y flores y sobre ella han colocado un vasito de vino; dicha banqueta la colocan en el centro de la escena y hacia el fondo.) Vosotros, (A los guitarristas.) sentarse ahí; (En el tronco de la izquierda.) y el Jurao, lo compondremos, el señor Viriato, la señá Zoila, (Avanzan los nombrados.) y un decrépito servidor de ustedes.

Todos.—¡Muy bien!

Melquiades.—Y las parejas, podrían ser, por ejemplo: la Nieves, con... (Como buscando a uno; llevándola de la mano.)

Benita.—Con su novio; ¡con quién va a bailar!

Melquiades.—No, eso no; novios con novios, no me hace. Porque novios con novios se supone que se han cogido el tingli en tóo lo tocante al arte corográfico y se llevarían el premio a poca costa. Tien que ser parejas impremeditadas. Veréis: Nieves, con... uno cualquiera... con Serafín, pongo por caso.

Serafín (Avanzando.)—Con mil amores. (La coge de la mano.)

Benita (Avanzando.)—Nieves debía bailar con su novio.

Damiana (Cogiéndola y haciéndola retroceder.)—Tú te callas, que no eres quién. ¿No estás oyendo que dicen que novios con novios no?

Benita.—Pues que digan lo que quieran; yo digo que con su novio y náa más.

Melquiades.—A callar. Y tú, baila con Avelino, que es de Coloniales y sabe lo que es jalea; arza.

Avelino.—¡Superior! Agárrese usté que va usté a ver dentro de dos minutos un chato apurao. (Se agarran del brazo y se colocan en el centro del fondo.)

Melquiades.—Y el Tuliqui, que es un poco cojo, con la Onofra, que sabe del pie que cojea. (Los junta.)

Tuliqui.—Haremos la nota cómica.

Melquiades.—Otras tres parejas al líbitum y náa más. (Forman parejas, al fondo, Trini, Julia, Pepita y Amalia, con cuatro jóvenes.) ¿Estamos?

Los que van a bailar.—Sí, sí.

Melquiades (Colocándose a la derecha con el Jurado.)—Pues ¡a una!

Música

Picadito y afinao,

ceñidito y bien bailao.

Al bailar, poner

muchísima atención,

pa que vea la reunión,

que no es coba

el concurso de redowa

que manguela ha organizao.

Todos

Bien hablao.

——

Melquiades (A Nieves y Serafín, que se colocan en el centro.)

En posición de empiecen.

¡Que me se cuide la base cuarta!

Primera pareja: al redoveo.

(Al quinto compás empiezan a bailar Serafín y Nieves.)

La re-do-

la re-do-

la Redowa se baila sin coba,

por la gente de Madrid

lo mismo en el Palace Hotel

que en un salón de Chamberí.

——

Nieves

Baila muy

apretao.

Serafín

Es la base cuarta

que ha puesto el Jurao.

Todos

La re-do-

la-re do-

etc., etc.

——

Melquiades

No tié fin

pa bailar

Serafín.

Todos

¡Qué pillín!

——

Melquiades

Otra pareja.

(Se retiran a la izquierda los que bailan, y avanzan Benita y Avelino, que bailan ridículamente.)

Avelino

Ya usté verá,

mi dulce amor,

cómo al final

es pa usté

el chato de honor.

Benita

¿De verdá?

¡Ay, qué bien!

Pues si es así,

ya verá usté

que pongo yo

tó lo que sé.

Todos

¡Hay que ver

qué marcao!

Si el premio al fin

no lo han ganao,

cualquiera ya

les quitará lo bailao...

——

Avelino (Cambiando de manera de bailar.)

¡A la demimondaine!

(Bailan todas las parejas.)

¡Eso es!

(Jaleándose.)

¡Mi mamá!

Un grupo así

es pa un Kodak.

¡Diga usté que

venga Kaulak!

——

Todos

La-re-do-

la-re-do-

La Redowa

tié más de una arroba

de sal y pimienta y tal,

y se ha bailado en la Bombi,

y en el propio palacio Real.

——

Viriato

Estos dos, han bailao tal cual.

Melquiades

Muy mal.

Otra pareja.

(Dejan de bailar todos y avanzan Onofra y el Tuliqui.)

Tuliqui (Bailando a su modo.)

Creo que de esta manera

no se nota la cojera,

y hasta puen premiarme

por mi gallardez.

Onofra

Tal vez.

Tuliqui

Comprímase

pa que vean que bailamos yo y usté

sobre un cacahué. (Bailan todos.)

Todos

La re do-

la re do-

La Redowa,

etc., etc.

Melquiades (Interrumpiendo.)

Vayan ustedes a la coda.

——

Todos

Pues digan ya

los del Jurao,

pa terminar,

quién ha ganao.

(Al terminar el baile, aplauden los que no han bailado.)

Hablado

Todos.—¡Bravo! ¡Bravo!

Melquiades (Después de una pequeña conferencia con los del Jurado.)—Señores: el Jurao ha acordao por unanimidaz, conceder el chato de honor, a la insuperable pareja, Nieves-Serafín.

Todos (Aplaudiendo.)—¡Muy bien, muy bien!

Avelino (Rabioso.)—Eso es una injusticia.

Viriato.—¡Orden!

Todos.—¡Que se calle! (Avelino afligido, se retira hacia la derecha, acompañado de Benita.)

Melquiades.—¿Se acepta este fallo?

Todos.—Sí, sí.

Melquiades (A Nieves y Serafín.)—Pues podéis beberos el premio sorbito a sorbito, pollos. (Dándole la copa a Nieves.) Cuando quieras, nena.

Nieves.—Con mucho gusto. (Coge el vaso.) A la salú de mi pareja.

Todos.—¡Olé! (Vuelve Higinio por el foro izquierda lentamente y se acerca al grupo poco a poco.)

Serafín.—¡Gracias, Nieves!

Nieves (Va a beber y se detiene con coquetería.)—¡Ay, pero se va usté a enterar de mis secretos!

Serafín.—Pué que me convenga.

Nieves.—A mí no; pero en fin, lo dicho. (Bebe la mitad del vino y deja la copa en la banqueta.)

Serafín (Sin coger el vaso.)—Señores: antes de posar mis labios donde los ha imprimido esa boca que parece talmente un clavel encarnao que se le ha caído del pelo, tengo que manifestar que me embarga el júbilo, que me embarga la emoción y que me embarga... (Va a coger la copa, pero se interpone Higinio, que enérgicamente la coge.)

Higinio.—Pues no se moleste usté, yo me lo beberé, que no tengo na embargao. (Bebe y tira el vaso contra el suelo.)

Todos.—¡Eh! (Movimiento de estupor; Higinio trata de agredir a Serafín, pero los sujetan los hombres, apartándolos, quedando en medio Melquiades.)

Benita (Aplaudiendo.)—¡Muy bien, muy bien y muy bien!

Viriato.—Eso no vale.

Melquiades.—Pero, ¿qué has hecho?

Higinio.—Lo que me ha parecido; ¿qué hay?

Benita.—¡Muy bien y muy bien! ¡Ja, ja; qué chasco! (Ríe; sus padres la amenazan.)

Rafael (A Higinio.)—Pero, ¿no ves que era una broma?

Nieves (Sujetando a Serafín; con ira a Higinio.)—Has metío la pata.

Serafín (Con tranquilidad.)—Hombre, ¿no se le ha ocurrido a usté otra gansada en el rato que hace que está usté ahí haciendo el orangután?

Higinio.—Si se me ocurre otra, la hago.

Serafín.—Pues a ratos no crea usté que estorba una mijita de educación, amigo.

Higinio.—Tengo la que me hace falta.

Melquiades.—Pues la pué usté llevar en la funda de un cacahué y no se le llena; palabra.

Higinio.—Lo que yo tengo es... (Vuelve a acometerle.)

Serafín (Sonriendo.)—Lo que tiene usté son deciséis señoras al lao y un sujeto de miramientos vis a vis; pero también tiene usté un carrillo y yo una mano, y la vida ocasiones. Na más.

Melquiades.—¡Hablas, que esculpes! Y terminao el incidente, señores, que no le vamos a estropear el día a la señá Damiana.

Serafín.—Se continuará, pollo.

Higinio.—Cuando usté quiera.

Melquiades.—¿Vamos ahí, al sotillo, a jugar a prendas?

Todos.—Sí, sí; vamos. (La gente se va con Melquiades, murmurando y hablando entre sí, por el foro izquierda. Quedan en escena: la Trini, al fondo; Nieves, junto al árbol de la izquierda; Benita, hacia la derecha, y en el centro Higinio, Rafael y Damiana. Avelino hace mutis por la derecha.)

Serafín (A Trini.)—¿El perro de usté, embiste también, joven?

Trini (Con coquetería.)—Ni perrito que me ladre tengo.

Serafín.—Pues cuelgue usté su hermosura de esta escarpia, que ha encontrao usté un lebrel. (Se cogen del brazo y hacen mutis por la lateral izquierda, pero bajando al proscenio para pasar por delante de Nieves que, como es natural, queda contrariada al ver que se van juntos.) ¡Y a ver si va a poder ser que pueda uno hablar con una mujer guapa!

ESCENA V

Benita, Nieves, Damiana, Higinio y el señor Rafael

Rafael.—Te has ocecao, Higinio; te has ocecao.

Nieves (Con ira.)—Ha metío la pata, dígalo usté claro.

Higinio.—No, señora.

Damiana.—Sí, señor; que si hubiese hecho algo malo aquí estaba su madre pa regañarla.

Benita.—¡Ha hecho muy bien, muy bien y muy bien!

Damiana.—Cállate tú ahora.

Higinio.—Es que no podía más, Nieves; hazte cargo.

Nieves.—Si toa la vida serás lo mismo; un celoso, un primo sin correa pa na.

Higinio.—Porque te quiero pa mí solo.

Nieves.—Pues por éstas, que no me vuelves a poner en ridículo; hemos acabao.

Higinio.—¿Que hemos acabao?

Nieves.—Hemos acabao, sí, señor, pero pa siempre, ¡por éstas! (Besando la cruz de los dedos.) Hemos acabao.

Rafael.—¡Calma, hijos! ¡Válgame Dios!

Higinio.—¿Y qué he hecho yo pa esto, señor Rafael? ¿Qué he hecho yo pa esto? Quererla y na más. ¡Y luego dicen! Si debía ser uno como todos: un sinvergüenza pa las mujeres: esos tién suerte y no los primos como yo, que se cuelan de buena fe. ¡Maldita sea!

Nieves.—Pues se acabaron los primos; puedes marcharte cuando te dé la gana.

Higinio.—¿Que me marche? Pero, ¿estás en lo que dices?

Nieves.—No tengo más que una palabra.

Higinio.—Está bien. No me lo dirás dos veces. Me voy. Pero antes de irme, escucha una cosa, Nieves. No serás mía, pero de ese hombre tampoco lo eres. Mialás: jurao; al tiempo. (Vase fondo izquierda.)

Benita (Aplaudiendo.)—Muy bien, muy bien y muy bien.

Damiana.—Pero, ¿quieres callarte y no agriarlo más, tonta del bote?

Benita.—Pues no me callo y no me callo, porque tié razón; sí, señora, y sí, señora.

Nieves (Airada.)—¿Y de qué tié razón, vamos a ver?

Benita.—De todo, sí, señora; que lo que hay es que tú quiés ser señorita y tener lujo y por eso despachas a Higinio, porque es un pobre, y en cambio te has enguirlotao con un tío pinturero que crees que te va a dar el oro y el moro; eso es.

Nieves (Contenida por sus padres.)—Pero ¿no es pa darla una bofetá?

Rafael.—Pero ¿qué estás diciendo ahí contra tu hermana?

Damiana.—Dejar a esa tonta.

Benita.—Sí; tonta, tonta; porque las canto claritas. ¡El lujo, el lujo! ¡Eso, eso es lo que os pierde a muchas! El gabancito de moda, el zapatito de charol y la faldita estrecha y a pintarla por ahí andando a saltitos (Remedando lo que va diciendo.) como pollos trabaos. Pues no señora; hay que agarrarse al jornalito y ayudar al marido y chincharse; esa es la obligación de una pobre. Y si hay que llevar un pingo, se lleva y se aguanta una, que después de todo, siempre será mejor llevar un pingo que serlo. Eso es.

Nieves.—Pero ¿oye usté? ¡Desvengonzá! ¡Mala hermana! ¡Suélteme usté, que la arañe! (Quiere pegarla pero sus padres la contienen, llevándosela poco a poco por la primera izquierda.)

Damiana.—¡Hija, por Dios, que vamos a dar un escándalo!

Rafael.—¡Entre hermanas, válgame Dios! ¡Vamos, vamos!

Damiana (A Nieves.)—¡No llores, hija, no llores!

Nieves.—Envidiosa, más que envidiosa. (Mutis.)

Benita.—¡El lujo!... ¡el lujo!... Eso, eso; que os da miedo ser pobres, ni más ni menos. (Al quedarse sola, con gran energía.) Pues no señora: mi hermana, no. Ella pué que me arranque el moño, pero yo la juro que la quito de ese tío. Todo, antes que verla por esas calles sola y pintá de rubio, haciendo de reir a la gente. Mi hermana, no. ¡Por estas cruces! (Se sienta en el tronco del árbol de la izquierda, llorosa y agitada, limpiándose los ojos con el delantal.)

ESCENA VI

Benita y Avelino, que sale por el fondo derecha, ocultándose, entre los árboles.

Avelino.—¡Sola! ¡Yo la exploro! ¡Me gusta a mí esa tontita de una manera avasallante! ¡Tiene un no sé qué así, bobo, que engolosina! Yo voy a ver si la enloquezco por un medio poético que me se ha ocurrido. (Saca una navaja de muelles, no muy grande, y la abre.) Un poco grande es para mi ojepto, pero no he encontrao otra. Me tiembla el corazón que parece que voy a cometer un crimen. ¡Ánimo! (Llamando desde donde está.) ¡Benita!... (Avanzando.) ¡Benita!

Benita (Se vuelve.)—¿Qué? (Al verle se levanta aterrada.) ¡Jesús!

Avelino.—Perdone usté que venga a cortarla...

Benita (Retrocediendo asustada.)—¿A mí?

Avelino.—Que venga a cortarla el hilo de sus cavilaciones nada más; que esta navaja es para hacerla a usté una cosa muy agradable.

Benita.—¿Qué me va usted a hacer?

Avelino.—¿Que qué la voy a hacer? (Avanza con pasos trágicos y cogiéndola de una mano, la trae hasta el centro de la escena. Ella avanza con miedo.) ¿Cómo se llama usted?

Benita.—¡Ah! pero ¿es el padrón?

Avelino.—Es otra cosa más de adorno. ¿Cómo se llama usté?

Benita.—Benita.

Avelino.—Digo de apellido.

Benita.—Baranda.

Avelino (Sonriendo.)—¡Baranda! ¡Hombre, qué casualidad! Usté Baranda y yo, Escalera. ¡Nos completamos! (Mirándola con arrobamiento.) ¡Baranda! (Muy meloso.) ¡Con qué gusto me asomaría!

Benita.—¿Dónde?

Avelino.—Nada, nada; es una cosa pa mí solo. De forma que las iniciales de usté son, B. B.

Benita.—Creo que sí; B. B.

Avelino.—Bueno; pues la voy a hacer a usté un B. B. entrelazao, en el tronco de un árbol, con letra de adorno, que se va usté a quedar visueja.

Benita.—¿Y pa eso me ha dao usté este susto?

Avelino.—Y debajo de su enlace pondré mis iniciales: Avelino Escalera Jordán. A. E. J. (Muy fino.) ¿Me permitirá usted que por lo menos toque la J en su enlace?

Benita.—Como si quiere usted tocar la muñeira.

Avelino.—Ni una palabra más. ¿Lo grabo en aquella encina (Foro.) u en este chopo? (1.º derecha.)

Benita.—Pero ¿me quiere usted dejar en paz, hombre?

Avelino.—Lo grabaré en el chopo. ¡Y Dios quiera que algún día no tenga yo que coger el chopo y recordarla dónde empezó nuestro idilio! Manos a la obra. (Se pone a grabar con la navaja en el tronco del árbol.)

Benita.—¡Tan bien como estaría usted durmiendo la siesta, hombre!

Avelino.—Benita.

Benita.—¿Qué?

Avelino.—Tié usté una mirada que eleztrocuta.

(Se oyen risas y rumor de voces de hombres hacia la primera izquierda.)

Benita.—¡Chist!... ¡Silencio!

Avelino.—¿Qué pasa?

Benita (Fijándose.)—El señor Melquiades y Serafín, que vienen.

Avelino.—¡Esos sinvergüenzas!

Benita.—¿Tramarán algo contra Higinio?

Avelino.—Si quiere usté, podemos escondernos y oirlos.

Benita.—Sí; mejor será. Calle usté; por aquí. (Se esconden detrás de un matorral alto en la primera derecha, de forma que los vea el público.)

ESCENA VII

Dichos, Serafín, Melquiades, Virutas, Tuliqui, y Bernabé, por la primera izquierda. Vienen riendo escandalosamente. El último trae un frasco de vino y dos copas, y colocándolo en el banco de la izquierda va sirviendo a sus amigos, que beben formando semicírculo.

Serafín (Saliendo.)—¡Calla, que me tronzo de risa!

Todos.—¡Ja, ja, ja!

Melquiades.—Que sí, hombre, no reirse.

Tuliqui.—¡Pero si es pa reventar!

Virutas.—¡Tienes unas cosas!

Melquiades.—Señor, que sé lo que me digo, hombre. Oirme y veréis. (A Serafín.) ¿Cuál es aquí la única cosa que nos es hóstil p’al logro de tus fines benéficos con la Nieves?

Serafín.—La Benita.

Melquiades.—Pues la hago yo el amor, primo, y tóo resuelto. (Todos ríen.)

Benita (Estupefacta.)—¡A mí!

Tuliqui.—¿Tú con esa mema? (Riendo.) ¡Ja, ja, ja!

Melquiades.—¡Natural, señor! Como ese cacho de tonta no ha tenido nunca quien la diga “por ahí te pudras”, pues en cuanto yo la insinúe tanto así, la incendio, cae en mis brazos, se pone de nuestra parte y cuando tú haigas lograo tu ojeto con su hermana, yo abandono a esa renacuaja y que se tome dos pastillas de sublimao, si le gusta. ¿Qué os parece?

Virutas (Riendo.)—¡Eres diabólico!

Serafín.—Oye, pero que de primera.

Tuliqui.—¡A ver si te da calabazas!

Melquiades.—¿A mí? ¡A las dos palabras, la pelo al rape si me da la gana! (Siguen hablando en voz baja y bebiendo. Avelino sale del escondite, abre la navaja y avanza en actitud amenazadora. Benita le sujeta.)

Avelino.—¡Suelte usté! ¡Suelte usté, que le voy a traer dos filetes de cerdo! ¡Miserables! ¡Canallas!

Benita.—¡Chist!... ¡quieto! Déjeme usté a mí sola, que yo sé lo que tengo que hacer con estos bandidos. Lárguese usté pronto.

Avelino.—Si hago falta, me da usté una voz.

Benita.—Bueno. (Vase Avelino por la primera derecha.) Por mi salú que os acordáis de esta mema pa toa la vida. ¡Deshonrar a mi hermana y tomarme a mí el pelo! Veremos quién puede más, si una tonta o cinco granujas. (Vase tercera derecha.)

Melquiades (A Serafín.)—De manera que tú a seguir dándola achares a la Nieves con su amiga, y yo a buscar a esa pitusa, y de que la encuentre...

Benita (Por el foro derecha, lejos y quejándose.)—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Serafín.—¿Quién se queja? (Todos miran al sitio indicado.)

Melquiades.—¡Calla!... ¡Pero si es la Benita!

Tuliqui.—¡Y viene cojeando!

Melquiades.—¿Se habrá caído?

Virutas.—¡Qué ocasión!

Melquiades.—Dibujada. Dejarme solo.

Serafín.—Duro con ella.

Melquiades.—Sus la brindo. (Vanse los cuatro riendo por la primera izquierda.)

ESCENA VIII

Melquiades y Benita, por el fondo derecha. Viene cojeando y se apoya para andar en una sombrilla.

Benita.—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! (Sale quejándose.) ¡Ay, señor Melquiades de mi alma!

Melquiades.—Pero, ¿qué es eso, rica, qué te ha pasao?

Benita.—¡Ay, que me he torcido un pie! ¡Ay!... ¡Agárreme usté, que no puedo!

Melquiades (Yendo hacia ella.)—Pero, ¿es que te has resbalao?

Benita.—Y me he caído, sí, señor. ¡Ay! ¿Me quiere usté llevar a aquel tronco? (El de la izquierda.)

Melquiades.—Con mil amores. (Cogiéndola de la cintura.)

Benita (Saltando a la “patita coja”, hasta llegar al banco.)—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! (Se sienta a la izquierda.)

Melquiades (De rodillas, reconociendo el pie lesionado.)—¿Y dónde te duele, rica?

Benita.—Aquí, un poquito más arriba del tobillo. (Levantando la falda y dejando ver un poco la pantorrilla.)—¿Lo tengo hinchao?

Melquiades.—No, pero... (¡Camará, qué pantorrilla!) A ver, ¿te duele al tazto? (Toca con el dedo repetidamente.)

Benita.—No, señor; me hace una punzadita nada más.

Melquiades.—Eso no es nada; descansando aquí un poquito conmigo, te se pasa. (Se sienta a su derecha, pero sin dejar de mirar la pantorrilla.) Oye, rica, ¿y sabes que vas muy bien calzadita?

Benita.—¡Regular! ¡Cada una presumimos de lo que podemos!

Melquiades.—Yo no me había fijao, pero, sabes que tienes un nacimiento que...

Benita (Haciéndose la tonta.)—¡Je, je! Lo mismo me dijo el otro día el chico de la tienda de sedas. (Ruborosa.)

Melquiades.—¿Te dijo que vaya un nacimiento?

Benita.—Sí, señor; que vaya un nacimiento y que si se lo quería dejar pa una Nochebuena.

Melquiades.—¡Anda diez!

Benita.—Y luego, se puso así en jarras y me añidió: ¿Le falta a usté una figurita pa ese nacimiento? Y yo enfadada le dije: “Sí, señor, me falta el buey.”

Melquiades (Riendo.)—¡Muy salao! ¿Y qué te dijo?

Benita.—Pues... me dió las señas de su casa de usté. (Se ríe tontamente.)

Melquiades (Quedando de pronto serio.)—¿Y por qué no te dió las de su padre político?

Benita.—Se le pasaría. (Levantándose rápidamente.)—Y en fin, yo me voy, que no quiero que me vean aquí sola.

Melquiades (Obligándola a sentarse.)—No tengas prisa, mujer.

Benita.—No, si yo estoy muy a gusto, pero... ¡ay!, no quiero ni pensarlo, si me viesen aquí sola con usté, con las bromas que me dan.

Melquiades.—Bromas, ¿de qué?

Benita.—Nada, que como a veces, cuando hablamos así de hombres con mis amigas, yo siempre le saco a usté, pues se han maliciao tonterías, que... Bueno, yo me voy. (Como antes.)

Melquiades.—Aguarda, mujer aguarda. (Cada vez más acaramelado.) ¿Y qué es lo que hablas de mí con tus amigas, si pué saberse?

Benita.—Yo, nada; tonterías de chicas.

Melquiades.—Y dime, Benita, ¿tú no has tenío nunca novio?

Benita.—Novio, novio... lo que se dice novio, no, señor. Tonteos na más. ¡Como soy tan tonta!...

Melquiades.—Y escucha: ¿no te gustaría a ti tener un novio formal?... Vamos a ver.

Benita.—Formal u chirigotero, que me gustase a mí, que lo demás... es lo de menos.

Melquiades.—¿Qué te parecería un sujeto como yo, pongo por caso? (Poniéndose de pie y engallándose.)

Benita (De pie también.)—¿Cómo usté? ¡Ay!

Melquiades (Cogiéndola la mano.)—¿Te gustaría? ¡Dilo!

Benita (Fingiendo.)—¡Ay, por Dios, señor Melquiades, suélteme usté!

Melquiades.—Dímelo ya.

Benita.—¡Ay, por Dios, que nos pueden ver!

Melquiades.—Dame un abrazo, anda.

Benita (Soltándose y echando a correr hacia el fondo derecha.)—¡Ay, eso no, Melquiades! Ahora no, que vienen.

Melquiades.—¿Quieres que hablemos luego?

Benita.—Luego, sí.

Melquiades.—¿Dónde te espero?

Benita.—Aquí mismo, a la hora de irnos. Adiós. (Medio mutis.)

Melquiades (Llamándola.)—¡Benita! ¿Me quieres?

Benita (Con rubor.)—Cuando yo me vaya, venga usté a leer lo que dejo escrito aquí en la tierra. (Escribe en el suelo con la punta de la sombrilla.) Ya está. Dispense la urtugrafía. Adiós. (Mutis fondo derecha.)

Melquiades.—¡Adiós, vida! Yo le he preguntao que si me quería. ¿Qué habrá puesto? (Va y lo lee.) “Un porción.” (Riendo.) ¡Camará con la niña! No, pues se pué pasar el rato con la tontita esa mejor de lo que yo me figuraba. ¡Y por lo visto, me venía camelando hace tiempo! ¡¡Y habrá tantas así!! ¡Que uno no puede estar en todo! (Vase contoneando por la primera izquierda.)

ESCENA IX

Por el foro izquierda aparecen del brazo, Serafín y la Trini, muy amartelados. Hablan bajito; ella ríe locamente. Atraviesan la escena, haciendo mutis por la derecha. Les sigue Nieves, recatándose entre los árboles, nerviosa, jadeante. Falta luz. El cielo empieza a nublarse. Después Rafael y Damiana. Al final, todos los invitados de ambos sexos (Coro general).

Nieves (Celosa y a punto de llorar.)—¡La Trini!... ¡La Trini con él... y haciéndole cara! (Se escuchan, ya lejanas, las risas locas de Trini.) ¡Cómo ríe!... ¡Ella!... ¡A la que me he confiao... después que le he abierto mi corazón!... ¡Infame! Si debí figurármelo. Y se van lejos... y solos... y una aquí, atá por el qué dirán, sin poder desahogar la rabia. ¡Maldita sea! (Se apoya, llorosa, en el tronco del árbol de la derecha, primer término.)

Una voz (De hombre, dentro izquierda.)—¡Virutas, diles a esos que vayan al merendero por paraguas, que se ha nublao del todo y va a caer un chaparrón!

Otra (Ídem, ídem, en la derecha.)—Ya vamos.

Nieves (En lo suyo.)—¡Por allí van! ¡Y más juntos y más amartelados! Tenía que ser ella; esa infame. ¡Sabiendo lo que yo le quiero! (Queda llorando.)

Música

Voz hombre (En la izquierda.)—¡Oye, que se ha nublao y va a caer un aguacero!

Voz hombre (En la derecha.)—Llamar a esos, que vengan a coger cestas, guitarras, mantones y tóo. Venir.

Voz hombre (En la izquierda.)—¡Pues no va a caer nada!

Uno (Pasa corriendo de izquierda a derecha, acompañado de una mujer.)—¡A casa que llueve!

Coro (Dentro, repartido en ambos lados.)

Que llueva, que llueva,

la Virgen de la Cueva.

Los pajaritos cantan,

las nubes se levantan.

Que sí, que no,

que llueva chaparrón.

Hablando sobre la música.

(Salen Damiana y Rafael, muy deprisa, por la primera izquierda. Ella saca su mantón de crespón negro y él un paraguas.)

Rafael (Dirigiéndose al árbol donde merendaron, que es en el que está apoyada Nieves.)—Vamos deprisa, que va a caer un chaparrón. (Al ver a Nieves.) Anda, ¿pero estás tú aquí?

Damiana.—Cogeré mi cesta y la guitarra. (Coge lo que indica.)

Rafael (Acercándose y abrazándola.)—Pero, ¿qué es eso, hija? ¿Pero lloras?

Nieves.—No es nada, padre.

Rafael.—¡Válgame Dios! (A Damiana.) Pero, ¿no ves la nena llorando?

Damiana.—Déjala. El disgusto de antes... los nervios... que ella es así. Está como el día. (Vase por donde salió.)

Rafael (Conduciendo abrazada a su hija y haciendo mutis tras Damiana.)—¡Ay qué hija ésta! ¡Lagrimitas de los veinte años, lluvia de primavera; paece que se desgaja el cielo y luego na! (Vanse.)

Cantando.

Voz mujer (Dentro.)

Empezó el día con sol

y acaba el día lloviendo.

Alegre estaba mi alma

y estoy llorando de celos.

(Entre risas y algazara, salen Invitados e Invitadas. Ellos se doblan los pantalones, se suben el cuello de la americana; ellas se ponen abrigos y mantones, recogen cestas y guitarras, y al fin se cobijan bajo los paraguas, que abren los hombres. Empieza a llover.)

Ellos

Anda ya; cógete de mi bracero.

Vámonos no descargue aquí el nublao;

que dirán, si me cala el aguacero:

va-calao, va-calao, va-calao.

Ellas

Tápeme; pero no me apriete tanto,

que si no me separo yo de usté;

que pa mí, que aunque jure usté que es santo,

le-calé, le-calé, le-calé. (Abren los paraguas.)

Ellos

Pues vamos juntos

bajo el paraguas,

pa que te diga

con ilusión,

que en los encajes

de tus enaguas

llevas prendido

mi corazón. (Llueve más fuerte.)

Ellas

Aunque se ponga

muy zalamero,

no me convence

de su querer,

que son los hombres

muy embusteros;

y ande a casita

que va a llover.

(Empieza a llover con violencia. El Coro hace mutis por la lateral izquierda.)

Todos

Tápeme, etc...

Anda ya, etc...

ESCENA FINAL

Melquiades, el Tuliqui, el Virutas y Bernabé, primera izquierda. Luego Benita, fondo derecha. Por último, Avelino por el mismo sitio.

(Melquiades se resguarda de la lluvia con su paraguas y los otros tres con uno solo.)

Hablado

Tuliqui.—¿De modo que la Benita?...

Melquiades.—Dos palabras y cayó en mis brazos; y aquí me ha citao.

Todos (Riendo.)—¡Ja, ja, ja!

Virutas.—¡Gachó, no eres tú nadie!

Tuliqui (Mirando fondo derecha.)—¡Mirarla; por allí viene a tóo correr!

Melquiades.—Buscándome como una loca. Veréis qué chifladura le ha entrao por mí.

Tuliqui.—Vamos a escondernos. (Se ocultan detrás de un árbol del fondo izquierda.)

Melquiades.—No reiros muy fuerte, no se escame.

Benita (Sale corriendo, muy remangada, con un paraguas, abierto chorreando.)—¡Hola, señor Melquiades! ¿Ha visto usté que chaparrón?

Melquiades.—Te estaba esperando, vida.

Benita.—¿A mí? ¡Ay, cuánto lo siento!, porque el caso es que tengo un compromiso con... con un joven... (Llamando.) Avelino: aquí.

Avelino.—Aquí estoy. ¡Vaya un diluvio! (Sale con un pañuelo sobre el hongo, todo mojado, y los pantalones muy subidos, igual que el cuello de la americana.) ¡A casa, que llueve! (Se cogen del brazo, y, muy tapados con el mismo paraguas, se van riendo por la primera izquierda y despidiéndose con la mano, guasonamente del señor Melquiades, que queda estupefacto. Al mismo tiempo aparecen por detrás del árbol donde se ocultaron, las caras rientes y burlonas de Tuliqui, Virutas y Bernabé.)

Melquiades.—¡Mi madre!

Tuliqui.—Oye tú: ¿y era esa la locura?

Virutas.—¿Y decías que en tus brazos?

Bernabé.—¡Ja, ja! ¡Valiente chasco!

Los tres.—¡A casa, que llueve! ¡Ja, ja, ja! (Se van muertos de risa por la primera izquierda.)

Melquiades (Indignado.)—¡La panocha! Pero, ¿qué es esto? Tomarme el pelo a mí una mequetrefa, ¡que no levanta del suelo un metro treinta y cinco! ¡¡A mí!! Vaya; pues ahora es cuando está empeñao mi amor propio. Que me trufen, si no la vuelvo loca. (Tropieza con una cesta que ha quedado olvidada.) ¡Calla!... ¡una cesta! ¿Quién se habrá dejao esto? (La coge y se la cuelga del brazo.) Me la llevaré. ¡Miá que al final tener yo que llevar la cesta! Pues sí que me han preparao el mutis. ¡Maldita sea! (Vase primera izquierda con el paraguas abierto y la cesta al brazo.)

(Música en la orquesta.)

Mutación