CUADRO PRIMERO

La escena representa el interior de un lavadero cubierto. Es una habitación amplia, cuadrada, de paredes altas. Al foro un gran portalón de dos hojas, ancho, practicable, que da a la carretera de Puerta de Hierro, llena de sol.

En los laterales izquierda, dos puertas de habitaciones de la casa, cubiertas con cortinas de lona.

En los laterales derecha y hacia el último término una puerta de dos hojas que conduce al tendedero.

En la parte superior de las paredes, grandes ventanas de forma apaisada, con cristales polvorientos, por donde se supone que entra la luz que necesita un local tan amplio.

El techo, destartalado, con grandes vigas llenas de telarañas.

En mitad de la escena, y próximos a los laterales, dos lavaderos de piedra, corridos, llenos de agua y en los que puedan lavar ocho mujeres en cada uno.

En el rincón de la izquierda un gran fogón con la caldera para la colada. Tiene tubería moderna.

En los primeros términos una mesa de pino, sillas de anea, un armario, un reloj de pesas, grande, antiguo.

Arrimadas a la pared, sacas de ropa, canastas grandes y muy usadas, barreños, cuerdas, estacas, largueros, etc., etc. Es de día.

ESCENA PRIMERA

Al levantarse el telón aparecen en el lavadero de la derecha en primer término Encarna, Valentina, la Sinfo y cinco Lavanderas. En el de la izquierda, la señá Josefa, Sole, la señá Mauricia y más Lavanderas, hasta ocho. Todas lavan animadamente riendo y bromeando: restriegan las prendas, dan jabón, golpean con las palas, retuercen la ropa, escurren. Una Lavandera, con un barreño de ropa vase por el tendedero. El tío Pelele entra con un montón de prendas, ya secas y las va doblando y metiendo en una saca.

Música

Todas

Lava, lavandera,

vaya restregón,

dale con la pala,

venga más jabón.

Que si quiés blanquita

la ropa dejar,

pala, pala, pala, (Golpeando.)

le tendrás que dar.

Rita (Asomándose a la puerta del tendedero y a voces.)

Señá Andrea.

Voz (De mujer, dentro, muy fuerte.)

¿Qué quiés, chica?

Rita

Cuando tienda avíseme.

Sinfo

¡Dí que no tienda en mi cuerda

que va a tender Salomé!

Josefa (Furiosa a Sole.)

¿Pero qué haces, criatura?

Sole (Con rabia.)

Si me s’acabao el jabón.

Josefa

Pos coge el de la Tomasa.

¡Jesús qué condenación! (Siguen lavando.)

——

Sinfo

Échate una copla, Sole.

Sole

¡Que me van a regañar!

Una

No te apures.

Sinfo

Picantita.

Valentina

De las tuyas.

Sole

Allá va.

——

La soltera del cuarenta

dicen que es de las cabales,

y ayer me ha echao dos pañales,

conque ajuste usté la cuenta.

(Todas ríen. La señá Josefa golpea enfurecida a la Sole.)

——

Josefa

¡Pero ustedes oyen!

¡Te voy a matar! (La pega.)

Sole (Queriendo huir.)

¡Por Dios, sujetarla! (Avanzando a primer término.)

Todas

Amos, déjala. (Se interponen.)

Josefa

¡Cantar esas cosas!...

¡Te arranco la piel! (Pegándola más.)

Toma, toma, toma...

Todas

No la pegue usté.

Hablado

Sole (Huyendo de su madre y llorando.)—¡Amos, pero están ustés viendo!... Estése usté quieta, hombre... que si no pega usté no vive.

Josefa.—¡Cállate o te arranco la lengua, recondená!

Sole.—¡Pero qué he hecho yo, señora!... ¡Misté que es lo grande, hombre!...

Valentina.—Amos, Josefa, déjala, que la tiés el cuerpo a la chica que es un puro cardenal. (Vuelven a las pilas menos Sole y Josefa.)

Sole.—¿Que si es un puro cardenal?... Amos, por gusto quiero que me vean usté este muslo, a ver si saben ustés de qué color es. (Va a levantarse la falda.)

Josefa (Vivamente.)—¡Pero serás capaz, so arrastrá!

Sole.—Si semos mujeres solas.

Josefa.—¿Y el tío Pelele?

Sole.—Es nutral. Al menos eso dice él cuando pellizca.

Pelele.—A los setenta y dos cumplíos, le enseñen a uno lo que le enseñen, desaplicao.

Sinfo.—A más, de que en esta ocasión la chica no es culpable.

Mauricia.—Hemos sío nosotras, que la hemos dicho que cantase a la creatura.

Josefa.—¿Y quién la manda cantar esas indecencias de coplas? (Vuelve a la pila.)

Sole.—Si me mandase usté a un colegio de pago, cantaría el tuesten, u el guau guau estep, u cualquier otra cosa extranjera... ¡pero qué quié usté que aprenda en la cae Los Moratines ande la persona más fina se restriega con papel de lija!

Josefa.—¿Dónde me he educao yo?

Sole.—En ninguna parte.

Josefa.—Pues ya ves como no canto golferías.

Sole.—¡Porque tié usté blonquitis!

Josefa.—¿Blonquitis?... Quítate de mi vista si no quiés que te deshaga, so galocha. (Avanza y la da unos tirones del pelo.)

Sole.—Sí, señora, que me quito, que no paece usté mi madre, que me tié usté deshecha a golpes... (Arreglándose el pelo.) que tengo la cabeza que cuando me peino paece que le saco la raya a un montón de grava.

Josefa.—¡Fuera de aquí!

Sole.—Sí, señora, que me voy. Que por no respetar no respeta usté ni a los agüelos que los respeta tóo el mundo. ¡Me ha arrancao uno! ¡Misté que lástima! ¡Maldita sea!... (Como el que adopta una resolución heroica.) Me voy a tender. (Coge un barreño con ropa.)

Josefa.—A ver si te duermes...

Sole (Casi llorando.)—¡Miá si supiese que no me despertaba más!...

Josefa.—¡Anda d’ahí, que me tiés la sangre negra! ¡Galocha, más que galocha!

Valentina.—Mujer, si es que la pegas por demás a la pobre criatura.

Josefa.—Porque quiero que se haga una mujer.

Sole (Volviendo desde la puerta del tendedero.)—¿Pero usté cree que con estos golpes me voy a hacer una mujer?... ¡Como no me haga una pandereta! (Josefa va a pegarla y ella echa a correr por el tendedero. Valentina va a probar con la mano el agua de la colada.)

ESCENA II

Dichos, menos Sole. Luego Panoli por el tendedero.

Valentina.—¡Tío Pelele!

Pelele.—Presente.

Valentina.—Dígale usté a Panoli que eche más carbón, que esto está pa servirlo en garrafa.

Pelele (Llamando.)—Panoli...

Valentina.—Cuidao que se lo tengo avertido. Que no me se quede fría la colá, niño. Pos como si lloviznara.

Panoli (Un chicuelo con cara de tonto.)—¿Qué pasa? (Avanza a primer término por la derecha.)

Valentina.—Que eches más carbón, vida mía. ¡Camará, que tiés un alma que te se pasea por Recoletos y a lo mejor se sienta!

Panoli.—Pos antes he echao cinco palás.

Valentina.—Pos dobla, rico.

Panoli.—¡Maldita sea!... Miá que tenerse que pasar uno la vida echando lumbre. (Simula echar carbón.)

Valentina.—Mialo, paece un pasmao. (Avanza secándose los brazos con el delantal.) Bueno; las nueve y media; la que quiera irse a almorzar que se vaya, que hasta la tarde hacemos fiesta en esta casa. Y tú, Sinfo, y usté, señá Mauricia, si queréis un bollito y un trago, arrimaros. (Saca del armario bandejas, botellas y vasos que coloca sobre la mesa, que está a la derecha.)

Sinfo.—Allá vamos. (Se acercan y se sientan.)

Valentina.—Y lo mismo te digo, Josefa.

Josefa (Secamente.)—Gracias. (Sigue lavando.)

Valentina.—Amos, ven y no seas erizo.

Josefa.—No me cumple náa; se agradece.

Valentina.—Tu gusto, hija. (Josefa sigue lavando. Las demás lavanderas, se secan, se quitan los delantales, se ponen los mantones y se marchan por el foro. Alguna, así como Panoli, sale por el tendedero.)

Sinfo.—¡Qué señá Josefa!...

Mauricia.—¡Miá que es agria!

Valentina.—¡Eso es un limón pasao! (A Encarna.) Y tú, Encarna, a ver si dejas de lavar, no sea que venga tu padre.

Encarna.—Le estaba ayudando a la Marcelina.

Valentina.—Pero ya sabes que no te quié ver en ello.

Encarna.—¡Y quién se lo va a decir! A más de que es mi gusto. Si no ando en el agua no vivo. (Viene secándose los brazos desnudos.)

Sinfo.—¡Pa que no te hubieses criao en el río!... (Beben unas copas de vino y comen de los bollos que ha servido Valentina.)

Mauricia.—¡De chica se tié dao cáa chapuzón!... ¿Te acuerdas?

Encarna.—¡A ver!

Mauricia.—Paece que la estoy viendo. Se ponía tal que su madre la trajo al mundo. Y, paf... se zampaba en el agua desnudita.

Valentina.—Era su costumbre.

Pelele.—Hay costumbres que no debían de perderse. Con permiso. (Se bebe una copa.) (Sale Sole del tendedero y se acerca mirando los bollos codiciosamente.)

Mauricia.—¿Y qué, hoy tengo oído que es el gran día en esta casa, jóvenes?

Encarna.—Y que lo diga usté, señá Mauricia.

Valentina.—Hoy es el día más feliz de nuestra vida. Vienen a pedir la mano de esta... y el mes que viene las amonestaciones de ella y de Paco y las de su padre y las mías. ¡Los dos matrimonios en un mes!

Sinfo.—¡Ole con ole!... Eso sí que se mojará a lo grande.

Valentina.—Ni te ocupes. Ya conoces a Hilario que estornuda, le sale bien y convida; conque por una cosa así, que es su felicidad, no digamos.

Sinfo.—Sus merecéis el bien que tenís, hay que decirlo.

Sole.—Sí, señora; que han sío ustés mú regüenas páa tóo bicho viviente que las ha arrodeao y eso tié su pago. (Comiéndose un bollo.)

Valentina.—Eso no; la suerte de cáa uno, hija. Que esto ha sío como un sueño. Ya veis; hace dos años, aún vivíamos, yo, tan ajena con mi marido, y mi hermana casá con el padre de ésta; pos en menos que se dice, faltó mi marido, murió mi hermana, quedó mi cuñao solo con la chica, me hizo de venir a cuidarla, las dos nos encargamos de esto, él se fué a su negocio del merendero páa no dar que decir, y pasao el luto lo que estaba de Dios: esta se va a casar con el hombre que quiere y su padre y yo, pues... ¡capicúa!

Sole.—Y tú estarás contenta, ¿verdá, Encarna?

Encarna.—Contenta y más que contenta; contenta y recontenta, Sole. (Se abrazan con alegría.)

Sole.—La verdá es que tienes un cacho e novio que no cabe por ese portalón. Es un rato de hombre.

Pelele.—Y una celebridá, que no se os olvide. Que dentro de poco no habrá en España un torero como Paco Cebrián, Chico de las Peñuelas, porque tié unas agallas que pa él no hay toros grandes ni cornalones. A ese le echan un pavo y se lo come.

Sole.—¡En veces, yo también! (Ríen todos.)

Mauricia.—¿Y qué, el domingo dicen que alterna en Tetuán?

Valentina.—Por primera vez, sí, señora.

Encarna.—¡Ay, si queda bien, qué gusto!

Valentina.—Mialá, de pensarlo, se ríe hasta con las orejas.

Encarna.—¡La alegría que tengo! Que quiero, que me quieren, que te veo a ti contenta, a mi padre satisfecho y que hoy por hoy no me cambiaría ni por una marquesa. (Ríe y palmotea.)

Sole.—Ni aunque te diesen prima, miá esta.

Encarna.—Y vaya, vengan ustés pa dentro que les quió enseñar la ropa blanca que me trajo ayer la bordadora. Un primor.

Valentina.—Veréis qué seis enaguas; a la que pueda ser más bonita.

Todos.—Vamos, vamos. (Vanse segunda izquierda. Sole queda la última.)

Sole.—Me gusta a mí más ver ropa interior de novios y novias... porque claro, paece que una se anima y...

Josefa (Deteniéndola.)—¿Ande vas tú? (Haciéndola retroceder de un tirón de la falda y avanzando ambas al proscenio.)

ESCENA III

Josefa y Sole

Sole.—A ver la ropa blanca que dice que la...

Josefa.—Anda a lavar si no quiés que te arranque ese pelote que tienes, so pispajo, fea, gandula... (Amenazándola.)

Sole.—Pero señora... (Retrocediendo.)

Josefa.—¡Tú que tiés que ver náa de nadie!...

Sole.—Pero si es que m’han dicho que...

Josefa.—Anda páa alante que en tóo me tiés que contradecir, mala pécora, tunanta... (Haciéndola retroceder a empujones.)

Sole.—Pero señor, pero hija, pero yo no sé qué la pasa a usté, que cuanta más alegría tien los demás más fiera se pone usté, ¡caray!

Josefa.—¡Fiera!... Cállate si no quiés que te retuerza la lengua, indina, arrastrá... (La pellizca.)

Sole (Huyendo.)—¡Ay, por Dios, madre!... ¡Vamos, hombre!... (Frotándose el brazo pellizcado.)

Josefa.—Que no te gozas si no me ves rabiando. ¡Que yo no debía vivir! ¡¡No debía vivir!!

Sole.—Ni beber, créame usté.

Josefa.—Pué que te figures que es el vino.

Sole.—¿Es el aguardiente?

Josefa.—Es el veneno que tengo aquí que me repudre de ver lo que estoy viendo, que quisiá quedarme ciega pa no verlo... ¡ciega!

Sole.—¡Ya estamos con lo de siempre! (Chillando.)

Josefa (Furiosa.)—No chilles.

Sole.—Pero ¿qué está usté viendo, vamos a ver?... ¿Que son felices? Pues déjelas usté.

Josefa.—Pues no me da la gana. No quiero, no quiero y no quiero, que esto es un asco de farsa. Unos granujas y una tía hambrona engañando entre tóos a un tío baboso... ¡maldita sea! ¿Y pa qué ha sío una buena en este mundo? Pa tener este pago y verse arrastrá como una esclava y ver que otros triunfan, y ver que otros se van a llevar lo que una... ¡Miá si no ardiese la casa y nos consumiese a tóos!

Sole.—Amos, hija, madre... amos, cállese usté, que me da usté miedo. Pero, ¿por qué les tié usté ese odio, señor?

Josefa.—Porque son unas asquerosas.

Sole.—Total, ¿qué nos han hecho aquí? Pos llenarnos la andorguita la mar de veces; que si no hubiá sido por esta casa, ¿qué hubiésemos comido la metá e los días? Pos aleluyas al gratín y pan de no hay.

Josefa.—Pero lo han hecho pa rebajarte, pa humillarte, pa tenerte bajo el zapato. (Reconcentrado.)

Sole (Imitándola.)—Lo habrán hecho pa lo que haigan querido, pero yo he aumentao cinco kilos; que antes paecía que llevaba las carnes en un pellejo prestao y ahora no se me pué coger un pellizco. Al menos eso dicen tóos los que me lo... (Golpeándose los labios.) digo, ay...

Josefa (Interrumpiéndola bruscamente.)—Lo que eres tú, eres un peazo e carne con ojos, que ni sientes ni padeces ni vales pa na; pero yo veo el mundo, y esta casa y tóo esto podía ser mío, mío... ¡nuestro!

Sole.—Pero, ¿qué iba a ser nuestro? Ganas...

Josefa.—¿Tú qué sabes?

Sole.—Pero si el señor Hilario no le ha hecho a usté en jamás ni mención de na.

Josefa.—Porque se entremetió esa golfa de la Valentina, que ha sío más lagarta que una... y me engatusó a ese tío lila... Pero déjate, que poco lo va a gozar, muy poco. ¡Por estas! (Cruza los dedos. Llora.)

Sole.—Amos, madre, no se ponga usté así. ¡Miá que hasta llorar, hombre! Después de tóo, ¿qué le vamos a hacer? ¿Que son felices? Que Dios se lo habrá dao. ¿Que tienen hombres que las quieran? Pa eso son guapas. Misté, a mí no me da envidia de la Encarna. ¿Que ella es más güena moza que yo? Güeno, pero yo llego donde ella llegue. ¿Que no llego de mi natural? Me aupo. Tóo tié remedio. Después de tóo, yo tengo visto que en este mundo con una mijita de labia y un poquito de paripé, rubias, morenas, altas, bajas, guapas, feas... tóo se despacha.

Josefa.—¡Quítate d’ahí, cacho prima!

Sole.—Que sí, señora, ¿pa qué envidiar a nadie? Yo, con tener salú, un río con agua clara, ropita que lavar, puños pa dar jabón, un cacho de novio y boca pa cantar, pos no me cambio ni por la reina de España; porque ¿qué tié la reina, corona? Pos me pongo yo dos claveles en el pelo, salgo a la calle andando así (Anda contoneándose.) y me saludan hasta los alabarderos. (Pasando a la izquierda.)

Josefa (Dándole un manotazo.)—¡Alabarderos! ¡Maldita sea tu estampa! (La zarandea.)

Sole.—¡Pero madre!

Josefa.—¡Que la ves a una repudriéndose y llorando y encima te vienes con chacharramanchas!

Sole.—Pero, señor, ¡encima que lo hago pa aplacarla!...

Josefa.—¡Vete de aquí o te esgarro! (Amenazándola.)

Sole.—¡Dios mío, pero por qué dará tanta pena la alegría de otro! ¡Miá que es castigo! (Vase, atravesando el foro de izquierda a derecha, al tendedero, refunfuñando.)

Josefa.—¡La alegría de otro! ¿Y qué le ha importao la mía a esa golfa? (Se oyen voces y risas dentro.) Yo que había soñao con ser el ama, verla a ella feliz, rica, valiendo una cincuenta mil veces más... ¡Pues no! ¡Sí, reiros, reiros! ¿Veis estas lágrimas? Pos más amargas las tenéis que llorar. (Vase foro izquierda.)

ESCENA IV

Valentina, Encarna, Sinfo, señá Mauricia y tío Pelele de la segunda izquierda

Sinfo.—Bueno, esa camisa del canesú a ondas, esa paece que no l’han tocao manos.

Mauricia.—Pos ¿y el cubrecorsé rosa?

Valentina.—¿Os ha gustao?

Pelele.—Lo que yo digo es que debe dar lástima ponerse una ropa con tanto lazo pa tan poco público. (Ríen.)

Valentina.—Es mu requetebonito todo.

Encarna.—Como dirigido por ti.

Sinfo.—A mí lo que me ha vuelto loca es el juego de novia.

Pelele.—¡Qué juego! (Con admiración.)

Sinfo.—¿Le ha gustao a usté?

Pelele.—Como que es un juego pa hacer las diez de últimas.

Mauricia.—En fin, chicas, yo me voy al tendedero, que con estas y las otras aún tengo dos sacas en las cuerdas. ¿Me ayudas, Pelele?

Pelele.—Pa luego es tarde.

Encarna.—Y yo echo una mano, ande; y así se recoge en cinco minutos. (Vanse los tres al tendedero. Encarna, al tiempo de hacer mutis, hace una caricia a Valentina.)

ESCENA V

Valentina y Sinfo

Sinfo.—Se ve que te quiere mucho.

Valentina.—¿Quién, la Encarna? Y yo a ella. Si eso es un ángel. Tan buena como su padre.

Sinfo.—Y oye, a propósito, ¿ande iría el señor Hilario esta mañana a las siete, que le vi tan majo Cuesta e San Vicente arriba?

Valentina.—Qué sé yo, mujer. Y no creas, que la salidita esa me tié intrigá.

Sinfo.—¿Por qué?

Valentina.—Pues que no ha habío forma de que me dijese ande se marchaba.

ESCENA VI

Dichos, señor Hilario, Aquilino (Guardia municipal), Cosme, señor Cecilio y cinco Murguistas

Hilario (Se asoma con cuidado por la puerta y da dos golpecitos en el suelo con el bastón.)—Valentina.

Valentina.—¡Ay, hijo, qué susto! (Retroceden hacia la derecha.)

Sinfo.—Miá si antes le nombramos.

Hilario (En voz baja.)—¿Y la chica?

Valentina.—En el tendedero.

Hilario.—Me alegro.

Valentina.—Pero, ¿qué pasa?

Hilario (Imponiendo silencio.)—Chist... (A alguien que le sigue.) Introducirse, patrulla. (Entran los murguistas con sus instrumentos y Aquilino y Cosme con una caja, un lío de ropa al parecer y otros paquetes.) De puntillas, virtuosos.

Sinfo.—¡Qué comitiva!

Valentina.—Oye, ¿pero traes charanga?

Hilario.—Cinco Bentovenes y este Puchini. (Por el señor Cecilio.)

Valentina (A Aquilino, que está a su lado.)—Y usté, ¿qué lleva aquí?

Aquilino.—Fuegos artificiales, faroles a la veneciana y cadeneta tricolor.

Valentina.—Pero, ¿qué preparas?

Sinfo.—Alguna de las suyas.

Hilario.—Chist... ya lo sabrás todo. Usté, señor Cecilio y sus diznos... (A Aquilino.) ¿cómo les llamaríamos a los de la banda?

Aquilino.—Bandoleros.

Hilario.—Y sus diznos bandoleros, introdúzcanmese en ese gabinete, que ahora les será remitido bajo sobre un frasco de vino pa que vayan tomando bríos.

Cecilio.—Usté mándenos vino, que ya verá usté cómo soplamos.

Hilario (Indicándoles la habitación.)—Pa adentro.

Cecilio.—Y pa afuera.

Hilario.—Bueno, ahora pa adentro. (Los encierra en la primera izquierda.)

Valentina.—Pero Hilario... pero ¿qué es este misterio, si pué saberse?

Hilario.—¡Chits! Valentina, al verme venir con el señor Cosme Pedrajas, más conocido por Tarángano...

Cosme.—Campeón del mundo en el chascarrillo baturro, pa servir a usté.

Hilario.—Y con el probo urbano señor Aquilino Larrea...

Aquilino.—Cuyo lema es: “Allá donde fueres, ríete lo que pudieres.”

Hilario.—Habrás comprendido que el programa de festejos que nos traemos compite vitoriosamente con el de la atracción pa forasteros.

Valentina.—Bueno; pero si lo que yo no me explico...

Hilario.—Paso a aclararte... Tú sabes, Valentina, que Paco Cebrián, Chico de las Peñuelas, hoy por hoy la única esperanza seria del arte taurómaca nacional e hijo del antiguo y afamao picador de toros señor Bernabé Cebrián, Tomates, va a contraer matrimonio canónigo con mi hija Encarna, que, a medias contigo, es la reina de mi corazón.

Cosme.—Elocuente.

Aquilino.—Conmovedor.

Hilario.—Pues bien, como ahora mismo vendrán Paco y su padre a pedirme la mano de la chica, quiero solenizar este día regalándole a él el capote de paseo que ha de lucir el domingo en Tetuán y a ella el mantón de Manila con que ha de concurrir a dicha fiesta; prendas que te serán exhibidas iso fazto por los pollos que al margen se expresan. Desenvolvan. (Cosme enseña el mantón y Aquilino el capote.)

Valentina.—¡Qué preciosidad!

Sinfo.—¡Jesús, qué hermosura!

Hilario.—¿Te gustan?

Valentina.—Un encanto. ¡Y no me habías dicho na, so arrastrao!

Hilario.—Quería sosprenderos. Y ahora comprenderás también que lo de la murga tiene por ojeto amenizar el azto de la entrega de estas prendas a los agraciaos; azto que quiero que se verifique con la solemnidaz de rública.

Valentina.—Te he cogío la idea. Entrega, bailoteo, un arroz, mucha gente, cohetes, música, ecétera, ecétera.

Aquilino.—El ecétera de González Byas y en grandes proporciones, si pué ser.

Hilario.—Me has calcao el pograma, reina. (La abraza.)

Valentina.—Descuida. Voy a convidar a media vecindaz.

Sinfo.—Verá usté qué festival organizamos.

Encarna (Dentro.)—Padre... padre...

Hilario.—Repeine, la chica. Esconde eso.

Valentina.—Hasta luego. Vamos. (Se llevan capote y mantón segunda izquierda.)

ESCENA VII

Hilario, Aquilino, Cosme y Encarna, del foro izquierda

Encarna (Jadeante y contenta.)—Padre, padre...

Hilario.—¿Qué pasa, chiquilla?

Encarna.—Que ya... que ya vienen por allá abajo Paco y el señor Bernabé.

Hilario.—¡Pero qué nerviosa, hija, y qué coloraíta te has puesto! De que ves a ese melón, cerezas.

Encarna (Ruborosa.)—¡Amos no me sofoque usté, padre! Y a tóo esto, ¿cómo están ustés?

Aquilino.—Pa que nos revoquen, pero gozando de verte dichosa. (Sube al fondo.)

Cosme (Le da la mano.)—Corroboro.

Encarna.—Muchas gracias.

Cosme.—Conque a pedir tu manita, ¿eh?

Encarna.—Sí, señor. Ya están ahí. Voy a arreglarme un poco. (Vase segunda izquierda.)

Aquilino (Desde la puerta.)—¡Camará, vienen el padre y el hijo que echan humo de elegancia!

ESCENA VIII

Hilario, Aquilino, Cosme, Bernabé y Paco, del foro izquierda

Bernabé (Desde la puerta, quitándose el sombrero.)—Viva cuarenta mil años tóo lo que se acobija en este distinguido lavadero.

Hilario.—Y tú que lo veas, so tumbón.

Bernabé.—¡Hilario! (Avanzando.)

Hilario.—¡Bernabé! (Se abrazan.)

Bernabé (Estrechándoles la mano.)—Adiós, Cosme... ¡Hola, munícipe!

Aquilino.—Salú, varilarguero.

Cosme.—¿Y el chico?

Paco (Que aparece en la puerta y sin avanzar.)—¡Señores, jovialidá y metálico! (Quedan unos cuantos chicos y chicas, que le han seguido, a la puerta del lavadero.)

Bernabé.—Ahí tenéis a esa aureola de la coleta.

Hilario.—Pasa fenómeno.

Bernabé.—No le llames fenómeno, por tu salú, que eso ya está mu desacreditao. Llámale compendio, estrépito, arrebato, ocecación... Lo que te dé la gana, que de todo tiene.

Paco.—Amos, padre, no me floree usté, que m’azaro.

Bernabé.—¿Que s’azara? Un hombre como un hastial, más guapo que yo, si cabe, astro naciente de la tauromaquia triunfante y más corto que un cablegrama... Pasa, derrumbamiento taurómaca... (Le hace entrar empujándole.)

Paco (Con modestia.)—Ceguera paterna. Ustés le desimulen. (Dándoles la mano.) Padrino, señores... (Se saludan.)

Bernabé (A los chicos de la puerta.)—¡Amos, niños! ¿Pero es que no habéis visto nunca una celebridá, hombre? Largarse d’aquí.

Paco.—Na, que salgo y un hormiguero de almiradores en mi pos. (Aquilino sube y hace intención de sacar el sable; los chicos vanse corriendo.)

Hilario.—Eso es la popularidaz.

Paco.—La popularidaz y la silueta.

Bernabé.—Ven que te vean. (A Hilario.) Qué, ¿te gusta la presentación? (Queda en el centro; a su izquierda Paco e Hilario.)

Hilario.—De primera. Vitola de matador de cinco mil. No le falta detalle. Roten, dije, habano...

Paco.—El sombrero es lo último. Cordobés; copa lisa, ala plana, tono plomo, y por dentro forro verde, Cabestreros, 18, Sombrerería, y un escudito que dice Omni soit qui mal y pense, que debe ser una cosa pal dolor de cabeza. (Se lo pone.)

Aquilino.—Y buen ternito, mi amigo.

Bernabé (Señalando a Hilario.)—Regalo de éste.

Cosme.—Y te cae de primera. ¡Vaya un sastre!

Paco.—Sastre y que tengo un cuerpo que no debía decirlo; pero a mí, por no sentarme mal, ni los calamares en tinta.

Bernabé.—Hemos elegido el tono chocolate. No sé si te gustará.

Hilario.—Es muy señorito.

Paco.—Señorito, y que como usté dijo que fuese un traje pa por las mañanas, pues yo dije: pues pa por las mañanas, chocolate... Es sufrido y alegre. (Da unos pasos.)

Bernabé.—¡Ahí mi niño! ¡Qué suerte tién las mujeres! ¡Maldita sea!

Cosme.—Cómo se nos cae la baba, amigo.

Bernabé.—Si no tengo otra cosa en el mundo. Es mi ceguera, mi chifladura, mi esperanza... mi tóo... ¡Y es que lo vale! No es porque sea mi hijo.

Paco.—Bueno, y sabrán ustés que al remate el domingo se ciñe la mona aquí el tumbonazo este. (Dando un golpe cariñoso a su padre.)

Hilario.—¡Hola! ¿Te has decidío al fin?

Bernabé.—Sí, la verdá. Quiero picar yo el primer toro que mate mi hijo en los Madriles.

Cosme.—¡Ole por los buenos picadores!

Bernabé.—Aunque estoy arrinconao, ya verán apretar en lo alto.

Aquilino.—Y qué, ¿hay esperanzas de quedar bien, pollo?

Paco (Riendo con cierto desdén.)—Padre, aquí el urbano pregunta que si hay esperanzas.

Bernabé (Riendo.)—Ja, ja... Esperanzas y realidades y moños por el suelo y coletas mutiladas... El día que este espanto taurino despliegue el capote en el ruedo de Madrid, con las plumas de los Gallos se hace una almohada.

Paco.—Y con la asaúra de Belmonte un endreón.

Bernabé.—Doy fe.

Paco.—Y estará feo que yo lo diga.

Bernabé.—A ti no te está feo na. (Convencido.)

Paco.—Ya lo sé. Es un decir. ¿Pero cuáles son las tres promesas del porvenir aztual taurino? Examinemos: Antonio Rioja El Confeti. ¿Me pué hacer a mí sombra El Confeti?

Bernabé.—Muy poquita.

Paco.—Descontao. Casildo Peña Sorbete.

Hilario.—Hombre, ese es un torero concienzudo.

Paco.—Es un torero concienzudo, pero frío; eso no me lo niega a mí nadie.

Bernabé.—Descuenta el Sorbete.

Paco.—Descontao. Felipe Canales Chaparrón. ¿Estira los brazos como yo? ¿Empapa como yo?

Bernabé.—¡Qué va empapar el Chaparrón!

Paco.—Descontao.

Bernabé.—En cambio éste tiene de tóos los clásicos.

Paco.—Soy un puz purri.

Bernabé.—Es Lagartijo, por el estilo.

Paco.—Mejorao.

Bernabé.—Frascuelo, por la valentía.

Paco.—Cientuplicada.

Bernabé.—Guerrita, por la elegancia.

Paco.—Que ya quisiera...

Bernabé.—Espartero, por el valor.

Paco.—Chsss... (Gesto de resignación.)

Bernabé.—Gordito por la figura y Carancha por el aire.

Paco.—Hombre, padre, por el aire no quisiera yo parecerme a nadie.

Bernabé.—No me refiero al amosférico. En fin, que sus diga Hilario la tarde que le vió torear en Morata de Tajuña, ¿te acuerdas?

Hilario.—Y eso que aquella tarde no te acompañó la fortuna.

Paco.—¡La Guardia civil!

Hilario.—En fin, lo que tú eres lo verá el domingo la afición. Conque ahora a lo que estamos.

Bernabé (Adoptando un tono solemne.)—Pues a lo que estamos, Hilario, es que vengo con toda solemnidá a solicitar de ti pa esa memez taurina la mano de ese manojito de claveles que Dios te ha dao por vástaga.

Hilario.—Pues yo, al llegar este momento, que me emociona como na en el mundo te digo que te doy la mano de mi hija y mi corazón y un abrazo.

Paco.—Gracias, padrino.

Bernabé.—¡Bendita sea tu alma buena! (Se abrazan.)

Aquilino.—¡Qué trístico!

Cosme.—¡Patético!

Hilario.—Y ahora una sospresa que os preparo.

Bernabé.—¿Qué sospresa?

Hilario.—Silencio. (Coloca tres sillas a la derecha.) Siéntate aquí. (Le sienta en la del centro.)

Paco.—¿Me van a afeitar?

Hilario (A Bernabé.)—Tú a su diestra. Y vosotros venir conmigo.

Bernabé.—Pero, ¿qué es esto?

ESCENA IX

Dichos y todos los que se indican en la escena

Música

Hilario

Ha llegao el momento.

(Va a la puerta segunda izquierda.)

Sal aquí, hija mía,

que Paco te espera;

que aguardamos tóos.

(Sale Encarna.)

Que quiere tu padre

darte una alegría.

(La lleva donde está Paco.)

Siéntate a su vera,

juntitos los dos.

Encarna

¡Mi Paco!

Paco (Se levanta.)

¡Mi Encarna!

Bernabé

¡Cachito de cielo!

Encarna

Pero, bueno, padre,

¿qué piensa usté hacer?

Cosme

Pues una película.

Bernabé

Cállese el agüelo.

Hilario (A Paco.)

Repara qué cromo

llevas por mujer.

——

Paco

Chula más barbiana

yo nunca la ví,

ni ha venío al mundo

otra más juncal,

desde Mataderos

hasta Chamberí,

bien por Hortaleza,

bien por Fuencarral.

Y ese cuerpecito

sólo es para mí,

porque me lo gano

con el corazón.

¡Ay del que se atreva

a mirarte a ti

sin consentimiento

de este chulapón!

——

Encarna

Pues tú eres, Paco, el torero

en quien tu Encarna se mira.

Paco

Y tú eres, negra, la chula

por quien tu Paco suspira.

Los dos

Si no estuviera delante

toa la gente que hay aquí,

te diría, mi chulapo/a,

lo que siento yo por ti.

——

Hilario

Atención.

Que ahora llegan los momentos

de mayor espeztación.

Todos

¡Qué emoción!

Hablado con música

Hilario (En la segunda izquierda.)—Valentina, venga pa alante la cabalgata con toda su debida solemnidá.

Valentina.—Allá vamos. Desenvaine, munícipe. Toque la música.

Aquilino.—Abran paso, que viene la fuerza armá. (Van saliendo todos en dos filas. Delante el municipal como despejando. Luego la charanga; después dos lavanderitas con una caja descubierta, en la que llevan un mantón de Manila; detrás otras tres mozas, una que lleva el capote colgado de un palo y las otras dos que lo sostienen abierto por las puntas. Detrás gente con faroles de colores, banderolas, botas de vino colgadas en palos, etc., etc. Mucha alegría y animación. Josefa y Sole salen por el fondo y se ponen a lavar.)

Cecilio (Al salir.)—Marcha torera original de Cecilio Azquerino Bangüey, director de la Sinfónica Asqueriana de Cabestreros, que tiene el honor de dedicársela al Chico de las Peñuelas en el día de hoy y personas que le acompañen. Titulao “Entra por derecho”. ¡A una, profesores! (Tocan. La comitiva desfila.)

Hilario (Adelantando.)

Este mantón, hija mía,

tu padre te lo regala

pa que te vistas de gala

la tarde de la corría.

Del palco en el antepecho

lo tiendes pa que él lo vea,

y de seguro torea

como en su vida lo ha hecho.

Encarna

Es precioso y tóo lleno de flores.

Todas

En tu cara las tiés tú mejores.

Encarna

Cuántas veces con él soñé yo.

Bernabé

Pues, mujer, anda ya, póntelo. (Se lo pone.)

Encarna

Con este mantón de flecos

todo llenito de flores,

iré yo a ver la corría

donde Paco hará primores.

Con él iré a la Paloma

pa unirme con el que quiero;

con él iré a las kremeses

cogida de su bracero.

Que envuelta una madrileña

con sus flecos y sus flores

le parece hasta pequeña

la calle de Embajadores.

Y a los hombres que me miran

y cuando paso, suspiran,

voy diciendo sin querer:

“¡Pa mi novio yo he de ser!”

Todos

Que envuelta una madrileña,

etc., etc.

Hilario (Ofreciendo el capote a Paco.)

Y toma tú, torerazo,

un capote de paseo.

Si no te parece feo,

dame después un abrazo.

Póntelo con chulería,

porque tengo yo el empeño

de que un diestro madrileño

venza a los de Andalucía.

Paco

¡Ay, padrino, me deja usté helao!

Todos

Qué capote que le ha regalao.

Paco

Con él puesto me haré una postal.

Bernabé

Póntelo, torerazo inmortal. (Se lo pone.)

Encarna

Parece que ya le veo

ceñido y envuelto en él,

y sale a hacer el paseo

y es pequeño el redondel.

Todos

Parece que ya le veo

ceñido y envuelto en él

y sale a hacer el paseo

y es pequeño el redondel,

etc., etc.

¡Olé ya

por las chulapas de verdá!

Míralo,

que ni Belmonte le igualó.

¡Lo digo yo!

(Voces, aplausos, alegría, algazara.)

Hablado

Todos (Con mucha alegría.)—¡Olé!... ¡bien!... ¡bravo!... (Aplausos, risas, algazara.)

Bernabé.—¡Qué bueno eres, Hilario!... (Con entusiasmo.) Déjame que te incruste mi gratitú en una mejilla. (Le da un beso. Todos ríen.)

Hilario (Limpiándose la cara y rechazándole con cómica indignación.)—Amos, tonto.

Bernabé.—¡Que sí, señor; que esta felicidad, el pan, el porvenir, hasta la ropa, tóo se lo debemos a este hombre!

Paco (Con entusiasmo abrazando a Encarna.)—¡Ay, señor Hilario, qué favor me hizo usté a mí también, de acuerdo con su señora, el día que se les ocurrió esta tontería!

Bernabé (A Valentina.)—¿Pues y tú?... Ven acá... Diosa del Manzanares, que lo que has hecho tú por nosotros no te lo pago yo ni andando a gatas. (A Hilario.) ¿Me permites que la dé un abrazo?

Hilario.—Y cuarenta.

Valentina.—Amos, no seas pegajoso.

Paco (Riendo.)—A ver si se va a enfadar el señor Hilario, padre.

Bernabé.—¿Enfadao éste?... Dentro de un rato.

Paco.—Tendría yo gana de verle a usté un día enfadao, hombre.

Hilario (Riendo también.)—Pos mira, pué que me veas. Y que soy un tigre cuando me enfado.

Valentina.—Como que muerde.

Hilario (Cariñosamente.)—A ti.

Sinfo.—¡Bueno, señores, a bailar, a bailar!...

Todos.—¡Eso, eso!...

Paco.—Amos ahí fuera al aire libre.

Todos.—Sí, sí.

Hilario.—Señor Cecilio, toque usté lo que quieran.

Bernabé (A Valentina.)—Y tú y yo vamos a romper la marcha. Con tu permiso.

Hilario.—Anda con ella.

Valentina.—Doy dos vueltas y vengo por ti... que aquí el socio es la fama en chotis.

Hilario.—Aquí t’aguardo. (Van saliendo algunos por el tendedero.)

Paco (Subiendo con todos.)—¡Pero señá Josefa!... No había reparao. Amos, suelte usté la pala y venga a divertirse.

Josefa.—¿Y quién me va a lavar la ropa, el obispo?

Paco.—¡El obispo!... ¡Tendría gracia el obispo dando jabón! (Risas generales.)

Encarna.—Al menos deje usté a la Sole que venga.

Sole.—Sí, madre, déjeme usté que vaya a echar un tuesten.

Josefa.—Si sueltas la pala, t’amargo.

Valentina.—Dejarla, no la pague con la criatura.

Paco.—Señora, es usté menos animada que un callejón sin salida.

Valentina.—Y que lo jures.

Paco.—¿Quién ustés que le haga un chiste lavandero?

Todos.—Sí, sí.

Paco.—A esta mujer no hay quién la saque de pila. (Muerto de risa por su supuesta gracia.) ¡Ja, ja, ja!

Uno.—¡Precioso!

Todos.—¡Muy bien, bravo! (Hacen mutis por el tendedero.)

Sole.—Un día que están tóos tan contentos...

Josefa.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con la alegría de nadie? A trabajar. (Siguen lavando. Hilario, Aquilino y Cosme, al quedarse solos se sientan alrededor de la mesa y se sirven unas copas de vino; beben y fuman puros que les da Hilario. Se oye fuera la murga y jaleo de baile bastante lejano para que no interrumpa el diálogo.)

Aquilino.—¡Qué feliz eres, Hilario!

Hilario.—No lo sabes bien, Aquilino. Tu pecho municipal y cariñoso no pué abarcar esta felicidad que me embriaga. Porque veo a mi hija dichosa; a la mujer que quiero, feliz; a mis amigos, contentos: oigo esa música; ese barullo, que es como el ruido de esta alegría interior que me corre por dentro y reflexiono y me digo: este bien que gozo es el fruto de mi vida, de mis afanes; tóo ganao con lágrimas y con horas de trabajo. ¡Qué mayor dicha pa un hombre de bien! ¡Bendito sea Dios que me la concede!

Aquilino.—Porque te la mereces.

Cosme.—¡A tu salú!

Aquilino.—¡Vaya!

Hilario.—¡A la vuestra! (Chocan las copas y beben.)

ESCENA X

Dichos y Dimas (cartero) foro izquierda

Dimas.—Buenos días.

Hilario.—Hola, Dimas.

Cosme.—Hombre, el cartero.

Aquilino.—Adiós, paloma mensajera.

Hilario.—¿Un chupito?

Dimas.—Se acepta y se agradece, que ya va haciendo mucha calor. (Bebe.)

Josefa (A la chica.)—Ámonos. (Mirando con temor al cartero.)

Sole.—Pero...

Josefa.—Ámonos. (Vanse foro izquierda.)

Hilario.—¿Y que te trae por este domicilio?

Dimas.—Que tié usté carta. (Busca en el paquete.)

Hilario.—Hombre, ¿quién se acordará de mí? Toma la perra. (Se levanta para dársela.)

Dimas.—No paga, es del interior (Se la da.) Vaya, hasta otra, señores. (Vase foro.)

Hilario.—Anda con Dios, hombre. ¿Quién me escribirá a mí del casco y a esta casa? Oye, y es letra de máquina.

Aquilino.—Algún amigo.

Hilario.—Yo amigos con máquina... no m’acuerdo. Veamos. (Se sienta, rompe el sobre y empieza a leer. A poco palidece, se demuda, tiembla, se levanta, se sienta, se pasa la mano por la cara con angustia.)

Aquilino (Alarmado.)—¿Qué te pasa?

Cosme.—Oye, ¿pero qué tienes? (Hilario se pone en pie.)

Hilario.—Dame un... dame un poco de agua, haz el favor.

Aquilino.—¡Pero te has quedao blanco! (Hilario vuelve a leer.)

Cosme (Muy alarmado.)—¿Qué te dicen?

Aquilino.—¿De quién es esa carta?

Hilario.—Pues esta carta... yo no... no sé... si... (Vuelve a mirarla.) esto no... ¡mi madre! (Cae sentado.) no es carta, sabes; es...

Aquilino.—¿No trae firma?

Hilario.—Ni fecha ni na.

Cosme.—¿Un anónimo?

Hilario.—Sí; un anónimo... una puñalá... (con ira creciente.) Esto es una infamia... pero, amos... pero me ha dejao que yo no sé qué tengo... (Se pasa la mano por la cara con angustia.)

Aquilino.—¿Pero qué dice? Venga ya, hombre.

Hilario.—Toma, lee...

Aquilino (Lee.)—¡Recontra!... ¡oye! ¡mi madre! Bueno, esto es una asquerosidad; de esto no hay que hacer caso. (Con la carta hecha un rebuño da un puñetazo sobre la mesa.)

Hilario.—No, sí, claro... pero cuando hay quien te diga esas cosas y ves en lo que te dicen algo que...

Aquilino.—Oye tú, reponte, que te va a dar una alferecía. Miá cómo tiembla.

Cosme.—¿Pero qué dice ese papel, releñe? ¡Leer alto! (Cesa de tocar la murga.)

Aquilino.—Casi na. Atiende. (Lee.) “Amigo Hilario: Una persona que le quiere bien...”

Cosme (Torciendo la cabeza.)—Mal.

Aquilino.—“Aunque usté no se lo merece, le avisa de que la Valentina que le pinta a usté otra cosa, porque vale pa ello, está liada...”

Cosme.—¡Rechufla!

Aquilino.—“Está liada desde antes de quedarse viuda de su primer marido, u lo que fuese... con el señor Bernabé el picador, carne y uña como usté recordará de aquel pobre hombre.”

Cosme.—¡La panocha!

Aquilino.—“Y de ahí el meter en su casa de usté al citao Bernabé, así como al hijo que ha engatusao a la Encarna. Y van tóos a una a comérsele a usté su honrao sudor. Reflexione en todo y no haga el primo. Se lo avisa quien bien le quiere.” (Vuelve a oirse la murga.)

Cosme.—¡Mi madre!... ¡pues es una misivita!

Hilario (Saliendo de su profunda abstracción.)—¡Maldita sea! (Con amargura.)—¿Habré tenío yo una venda en los ojos, Aquilino?... ¿Habré estao ciego?

Aquilino.—¡Por Dios, Hilario, no desbarres, que esto es una infamia!

Hilario.—¿Pero quién va a tener interés en hacerme peazos la felicidad de esta forma tan cruel y en un día como el de hoy si yo no tengo enemigos?

Cosme.—Eso no lo digas. Tóo el que es feliz los tiene, Hilario.

Aquilino.—Esto es de algún envidioso, estoy seguro, que la envidia es lo más malo de este mundo.

Hilario.—¿Pero qué me van a envidiar a mí, Aquilino?... ¿Un peazo e pan, un rincón de casa, una pizca e felicidá?

Aquilino.—El envidioso no repara en más o en menos... quitarte el bien que tengas, poco o mucho, grande o chico.

Hilario.—No, Aquilino, no... No hay alma por negra que sea que se atreva sin motivo a hacer una cosa como ésta, cincuenta veces peor que un asesinato. (Se levanta y va hacia la derecha.)

Aquilino.—Por Dios, Hilario, cálmate. (Siguiéndole.)

Hilario.—Sí; quizás que habré estao ciego: que cuando quieres hay cosas que las tiés delante de los ojos y no las ves hasta que te las dicen... La Valentina me trajo aquí a Bernabé. Eso no puedo negarlo.

Aquilino.—¿Pero vas a dudar?...

Hilario.—No es que dude; es decir, las cosas como han pasao. Ella trajo a ese hombre y ella arregló lo de los chicos, y tóo se le hace poco pa esa gente, esta es la verdad... ¡maldita sea!... Y si esto es una traición; si esto fuese una traición después de lo que yo he hecho por ellos, os juro por la sangre que tengo... (Amenazador avanza.)

Aquilino (Conteniéndole.)—Hilario... amos, hombre, una meaja de aplomo, que tú no pués partir de ligero.

Cosme (Cortándole el paso.)—A más de que lo primero es cerciorarse, por lo tanto, lo que te conviene es fingir y...

Hilario (Vivamente.)—No, eso no... fingir no; no tengo carácter pa ello. De que me serene pensaré lo que sea menester... pero por de pronto, como tengo ya el corazón envenenao, me molesta esa música y esa alegría y ese barullo, conque vete a decirles a tóos que se vayan.

Aquilino.—Pero, hombre, no comprendes...

Cosme.—Calla, ellos vienen. Aplomo, Hilario. (Pasa al lado de Aquilino.)

ESCENA XI

Dichos, Valentina y Bernabé. Del tendedero vienen riendo.

Bernabé (Entrando.)—¡Ja, ja, ja!... Bueno, vais a hacernos el favor de asomar las narices pa vernos bailar la machicha brasileña.

Valentina (Muy alegre.)—Nos hemos llevao la palma... que se pué decir... Conque, pollo, andandito, que vengo por el chotis ofrecido.

Hilario (Secamente.)—Gracias, no tengo gana de na.

Valentina (Fijándose en él y con asombro.)—Oye, ¿pero qué tienes? Estás blanco como el papel.

Bernabé (Quedando repentinamente serio.)—Es verdá. ¿Qué te pasa, Hilario?

Valentina.—¿Te has puesto malo? (Anhelante.)

Hilario.—No, no tengo na, gracias. (La rechaza.)

Valentina.—Pero esa voz... ese tono... ¿Qué ha pasao aquí?

Bernabé.—Hilario, ¿has tenío algún disgusto?

Hilario.—He dicho bien claro que no tengo na.

Valentina.—¿Pero qué ha sucedío?... ¡No estén ustés como dos pasmaos y hablen por lo que sea!...

Aquilino.—Señora...

Valentina.—¿Qué tienes, Hilario?... ¿qué tienes?... No me atormentes.

Bernabé.—Desembucha ya, hombre, que nos tiés con el alma...

Hilario.—He dicho que no me pasa nada, sino que tóo tié su fin y esta juerga es hora ya que se acabe.

Valentina.—Está bien; pero cuando tóo el mundo, y tú el primero, estábamos tan contentos, ¿qué motivos tienes pa que así de repente...?

Hilario.—Es mi voluntá. Llama a tóo el mundo y que se vayan.

Valentina.—¿Pero es que yo no tengo derecho a saber...?

Hilario.—¡Tienes derecho! Pero una meaja de calma que ya hablaremos tú y yo lo que sea menester hablar.

Valentina.—Está bien.

Hilario.—Llama a mi hija. (Valentina sube despacio hacia el fondo.)

Bernabé.—Hilario, yo estoy que no sé lo que me pasa... Yo salía tan contento y de pronto te veo de una forma que... y comprenderás que... amos, que necesito una explicación, porque esto...

Hilario.—No tengo explicación que dar a nadie. Deseo quedarme solo con los míos. Creo que tengo derecho a hacer lo que quiera en mi casa.

Bernabé.—Sí, señor, tiés derecho a hacer lo que quieras en tu casa; pero el que está en ella y no la ha agraviao, también tié derecho a saber por qué se le echa.

Hilario.—Yo no te echo.

Bernabé.—No me dices que me vaya, pero me señalas la puerta, conque verde y con asas... Y yo no salgo de aquí sin una explicación, Hilario.

Hilario (Agresivo.)—Y a mí no me paece este el momento de dártela, ¿qué hay?

Valentina.—¡Por Dios! (Le contienen entre los tres.)

Bernabé (Con fría calma.)—Nada, nada. No te acalores. Me has hecho mucho bien para que me se olvide en cinco minutos. No sé qué es esto: algo pasa y algo muy grave. Tú me lo dirás hoy, mañana, cuando sea. Pero escucha, Hilario: hoy, mañana, cuando sea, yo no te daré más que una respuesta, una... Que si me hacen a cachitos el corazón, aquí dentro no encontrarán más que lealtad y gratitú pa esta casa. Y ahora me voy por mi hijo.

ESCENA XII

Dichos, Paco, Encarna, señor Cecilio, los Murguistas, Lavanderas, Vecinas, Vecinos, Todos. Josefa y Sole vuelven a salir colocándose en su puesto en la pila. Paco y Encarna salen delante riendo y bromeando.

Paco.—Padre, salimos con murga y tóo, porque queremos que vean ustés bailar al tío Pelele el... (Viene con Encarna a primer término derecha.)

Bernabé (Gravemente.)—Cállate, Paco.

Paco (Con asombro.)—¿Qué?

Bernabé.—Paco.

Paco.—¿Qué pasa? (Mirándolos a todos.) ¡Oye, pero qué caras!... (La gente queda parada en segundo término al fondo.)

Encarna.—Es verdá. ¿Qué sucede? ¿Qué es esto? ¡Tóos tan serios!...

Paco (Riendo locamente.)—¡Ja, ja, ja!... Calla, que ya caigo. ¡Tié gracia! Como antes le he dicho a tu padre que tenía gana de verlo serio, pues nos han preparao esa guasa para... ¡ja, ja, ja!

Encarna.—Es verdá... ¡ja, ja, ja! y qué bien lo hacen.

Paco (Cariñosamente.)—Y miá cómo s’han quedao, paecen unas feguras de celuloide.

Bernabé (Muy serio.)—Paco, que no es chufla.

Paco.—Quíte usté d’ahí, so cómplice. Y miá el municipal; paece la careta de Dato... ja, ja, ja. (Ríe.)

Bernabé.—Paco, por la memoria de tu madre, que es en serio.

Paco (Aterrado.)—¿Qué?

Bernabé.—Que es en serio, por tu salú.

Paco.—¡Rediez!

Encarna (Temblorosa.)—¿Pero es verdá?

Bernabé.—Coge el sombrero y el bastón.

Paco.—¿Pa qué?

Bernabé.—Coge el sombrero y el bastón, que nos vamos.

Paco.—¿A dónde?

Bernabé.—A la calle.

Paco.—¿Pero y el arroz?

Bernabé.—Se nos ha pegao. (Paco coge su sombrero y su bastón.)

Encarna.—¿Pero qué dicen?... ¿pero es de veras esto, Valentina? (Yendo a su lado.)

Hilario (Atrayéndola hacia sí.)—Es de veras. Tú, aquí, conmigo. (A todos.) Y ustés, señores, esto se ha arrematao; gracias por tóo y hasta otra. (Se van marchando todos poco a poco y en silencio, quedando en las puertas sin desaparecer.) Señor Cecilio, puén ustés retirarse.

Cecilio.—¿Repito el pasacalle pal desfile?

Aquilino.—Desfile sin repetir na, haga el osequio. (Vánse los murguistas. Josefa y Sole vuelven a ponerse a lavar, en silencio, sin ruido.)

Paco.—Pero padre, ¿qué es esto?... ¿por qué nos vamos? ¿por qué nos echan?

Bernabé.—No te lo puedo decir.

Paco.—¿Pero es que le he faltao yo a alguien en algo? Al que le haiga yo faltao en algo, que lo diga. (A Hilario.) ¿Le he faltao yo a usté? (Pasando a su lado.)

Hilario (Con desabrimiento.)—A mí no.

Paco.—¿A quién le he faltao yo?... Señor Aquilino, usté que es autoridá, ¿le he faltao yo a usté en algo?

Bernabé.—Tú no has faltao a nadie, hijo mío.

Paco.—Entonces ha sío usté... porque de no haber sido yo, tié usté que haber sido...

Bernabé.—¿Pero es que dudas de mí?

Paco.—¿Qué ha hecho usté pa que nos echen?... ¿qué ha hecho usté pa destrozarme la felicidad? ¿qué ha hecho usté, padre?

Bernabé.—¿Que qué he hecho yo?... Quererte con toa mi alma, y cuando nos creíamos más dichosos, salgo y me dicen que nos vayamos; pido explicaciones y no me las dan y quiero exigirlas porque me sobran agallas, pero me acuerdo que hasta la ropa que llevas se la debemos a este hombre y me repudro y me achanto y me voy a la calle. No puedo hacer más, es decir, no puedo hacer menos. ¡Vámonos, hijo! (Coge su sombrero.)

Paco.—¿Pero es que llora usté?... Caray, porque eso no. Que antes de que se le caiga a usté una lágrima, me desnudo yo aquí mismo y dejo la ropa y el corazón y lo que sea menester dejar.

Bernabé.—Ámonos.

Paco.—Sí, señor.

Encarna.—¡Paco!... (Suplicante.)

Paco.—Es la primera vez que le veo llorar y mi padre no... ¡A la calle!

Bernabé.—Y coste que me voy con la frente muy alta.

Paco.—Y si quié usté, pa que la lleve más alta le saco yo a usté en brazos.

Bernabé.—Quedar con Dios.

Paco.—Buenos días. (Vanse abrazados foro izquierda.)

Encarna.—¿Pero qué es esto, padre, hable usté?... Si estoy que me muero... Si esto no pué ser... tanta felicidá y de repente... ¿qué ha pasao por esta casa, Valentina, qué ha pasao? (Yendo a su lado.)

Valentina.—¡Yo no lo sé, Encarna, no lo sé; estoy como loca!... pero me da el corazón que por esta casa... ¡por esta casa ha pasao la envidia!

Encarna (Aterrada.)—¡La envidia!

Sole (Aterrada.)—¡Madre!

Josefa.—¡Silencio! (Cuadro.) (Telón rápido.)

Intermedio musical.

Mutación