CUADRO PRIMERO
Una plazuela de los barrios bajos. Al foro, dos casas separadas por un callejón que da a la calle de Toledo, y en cuyo fondo se ve la Plaza de la Cebada. La casa de la izquierda tiene en su planta baja una tienda de ultramarinos con puertas practicables. La puerta de esta casa, practicable también, da al callejón. A la derecha, otra casa, y debajo una taberna con un rótulo que dice: Núm. 8 Vinos y Licores Núm. 8. La puerta de la taberna que da frente al público y la que da al callejón, practicables. En los laterales derecha una casa de modesta construcción, y en el ángulo que forma esta casa con la taberna, el chiscón de un zapatero de viejo. En los laterales izquierda, otra casa, en cuya planta baja hay establecida una tienda de sillas, de las cuales vense algunas colgadas en la puerta. La muestra de la tienda dice: La mecedora, se ponen asientos, se forran sillerías. El balcón de la casa de la derecha, que es practicable, lleno de tiestos con flores.
ESCENA PRIMERA
Señor Eulogio, Cirila, Secundino y un vendedor de flores. Al levantarse el telón, aparece el señor Eulogio sentado ante una mesita baja llena de herramientas de zapatería, trabajando. El florero, con un borrico cargado de tiestos, pregona su mercancía. Cirila, con un cántaro apoyado en la cintura, habla en la esquina de la izquierda con Secundino.
Vendedor.—¡Buenos tiestos de claveles dobles!...
Eulogio (Machacando suela y cantando.)—
Estoy por decir, señores,
que si me tiran a un río
salgo llenito de flores.
(Se pone a hacer engrudo.)
Cirila (Empujando a Secundino que la quiere abrazar.)—¡Vamos, quita, quita! ¡Al principio tóos seis iguales!... ¡Muchas palabras... y luego!...
Secundino.—Vamos, no me digas eso, porque tú no me conoces a mí cuando yo me ofusco con una morena como tú. Ven y verás...
Cirila.—Sí, pa que me dejes al segundo chotis, cuando está una más ilusioná, y te vayas con otra...
Secundino.—¿Dejarte yo a ti... que eres más rica que una mermelada...? ¡Vamos, que te calles, cacho e gloria! (Intenta abrazarla.)
Cirila (Rechazándole.)—¡Vamos, hombre!...
Eulogio (Que los ha estado mirando, mientras hace el engrudo.)—¡Eh!... ¡Chist, chist, chist!...
Cirila.—¿Qué hay?
Eulogio.—Na... que... ¿si queréis que me vaya a hacer el engrudo ahí dentro?
Cirila.—¿Es envidia u caridaz?
Eulogio.—¡Es... bacalao de Escocia!... ¡Miá tú esta!
Secundino (A Cirila.)—Conque, ¿vienes u qué?
Cirila.—Güeno; tú, a las tres, u tres y media, vas al puente de Toledo, y, según se entra, a la derecha, te arrimas a la primera bola que haiga, y me aguardas.
Secundino.—A las tres y media, me tiés arrimao a la bola... ¡Prenda! ¡Serrana! ¡Me tiés más loco, que!...
Cirila.—¡Anda, anda, zaragata! (Le empuja y vase hacia la casa primera derecha. Secundino coge el cesto y una zafra pequeña de aceite, que tiene en el suelo, a su lado, y se dirige hacia la tienda.)
Eulogio (Al pasar Cirila delante de él.)—¡Ay, Cirila, Cirila, Cirila!... ¡Qué mal te veo! (Lo dice como cantando.)
Cirila.—¿Sí?... ¡Caramba!... ¡Pues míreme usté con lentes! ¡El demonio del tío visión!... (Entra en la casa.)
Eulogio (Silba y machaca, y de pronto se agacha como para mirar las piernas a Cirila que sube.)—¡Negras!... (Sigue silbando y trabajando.)
ESCENA II
Eulogio y Secundino
Secundino (Que habrá quedado a la puerta de la tienda observando se acerca al señor Eulogio.)—¿Qué?... ¿Qué miraba usted?...
Eulogio.—¡Yo!... ¡Nada!... ¿Conque... entre tres u tres y media?... ¡No estás mal tunarra!
Secundino.—¡Es que como hoy es San Isidro y la tengo ofrecido un pito, la voy a llevar a la Pradera! Na, que le ha pasao lo que todas... me ven y se alelan.
Eulogio.—¿Y cuántas novias tiés ahora?
Secundino.—¡Pocas!... Tengo la Consuelo y la Socorro, fijas; la Justa de suplenta, y ésta de meritoria.
Eulogio.—¡Anda, diez; qué Secundino éste! Pus ten cuidiao con la Cirila, porque ésta tié mucho coquetismo con el sexo feo, y no lo digo por ti, y si se entera el asistente del siete, te va a llenar los bolsillos de golpes.
Secundino.—Pero, ¿dónde se va a poner el asistente conmigo?...
Eulogio.—¡La verdad es que tú tiés suerte! (Se levanta.) ¿Y cómo te diriges a ellas?... ¿Oral u por escrito?
Secundino.—¡Pues misté! en lo primero que conocen que las amo, es en el peso, porque se lo empiezo a correr; y cuando las tengo atortolás las dirijo una carta con letra gótica, con unos perfiles, que me salen unas mayúsculas, que le digo a usté que hacen cosquillas.
Eulogio.—¡Lo creo!
Secundino.—El otro día le escribí a la Justa, y pa ponerla inolvidable la hice una hache super...
Eulogio.—¿Y dónde le pusiste la hache?
Secundino.—¡Detrás del ino!... Y al final la decía: “No te olvido, ni te olvidaré, y una acción como esa, no esperes que yo la cometa...” ¡Tenía usté que haber visto el rabo que puse en la cometa!
Eulogio.—¿Pa que no voltease?...
Secundino.—¡Quiá, hombre; pa acabar la carilla!... ¡Un rabo gótico! ¡Y es que aquí, señor Eulogio, hay vista y entrevista, u sea estinto y celebro!
Eulogio.—¡Celebro! ¡Celebro verte güeno, anda! (Dándole un cogotazo.) ¡Déjame trabajar!... ¡Y ya lo sabes!... ¡Ojo con el asistentito ese!...
Secundino.—¿A mí ese?... ¡Lentejas!... (Vase a la tienda.)
Eulogio.—¡Sí que descendemos del mono, sí! ¡No hay más que ver a Secundino! (Se sienta y sigue trabajando.)
ESCENA III
Eulogio, una vecina, luego Pérez
Eulogio (Cantando.)—“Con una falda de percal planchá...”
Vecina (Del foro con una cesta llena de verduras.)—¡Adiós, señó Ulogio!
Eulogio.—¡Hola! ¿De dónde vienes sin verduras?
Vecina.—¿No lo ve usté?... ¡De la compra!... (Entra en la casa primera derecha.)
Eulogio.—¡Y luego se quejan del flato! (Mira a la escalera agachándose.) ¡A listas!... “Y unos zapatos bajos de charol... Con el mantón de...” (Esto último cantando.)
Pérez. (Del portal de la casa número siete.)—¡Güenos días!
Eulogio.—¡Hola, Pérez! ¿Qué hay?...
Pérez.—Oiga osté, señó Ulogio: ¿ha visto osté si ha bajao por casualidá la Sirila?
Eulogio.—¿Que si ha bajao?... ¡Ha bajao!... ¡Y pa que lo sepas, ha estao hablando con Secundino media hora!
Pérez.—¿Con er Secundino?... ¿Ella con ese garabato urtramarino?... ¡Na, que ese chico se ha propuesto quitarme a mí de fumar! Pero, ¡mardita sea mi suerte, si no ve osté con dentadura postiza a esa garrapata colonial er día que a mí me se acabe el ochavo de pasiensia que me carateriza!
Eulogio.—¡Y te advierto que esta tarde van a la Pradera!
Pérez.—¿A la Pradera?... ¿Ellos a la Pradera?... ¡Mardita sea mi suerte!... ¡Pues allí es la ocurrensia!...
Eulogio.—¡No te acalores, Pérez!...
Pérez.—¿Que no m’acalore?... ¡Si ve usté ar Secundino ese, hágame el orsequio de decirle que como yo le vea en la Pradera esta tarde, si calentura trujiere, gorverá con calentura, como dice el rétulo que hay encima der chorro! (Vase hacia la casa.)
Eulogio.—¡Adiós, Napolión!
Pérez (Desde la puerta.)—¡Por estas, que son cruses!... (Entra.)
Eulogio.—¡Qué exageraos son los de a caballo!
ESCENA IV
Eulogio, el Señor Matías, Juan el Migas, Paco el Curial, Epifanio y el Rosca. Se oye en la taberna un gran estrépito de banquetazos, palos, voces y gritos de pelea.
Eulogio (Levantándose asustado.)—¡Anda, diez!... ¡Ya se ha armao aquí dentro! ¡Bronca en el ocho!
Música
Matías (Dentro.)
¡Toma, granuja!
¡Toma, ladrón!
Epifanio (Ídem.)
¡Déjame, Rosca!
Rosca (Ídem.)
No quiero yo.
(Salen a la calle el señor Matías; y sujetándole Paco “el Curial” y Juan “el Migas”.)
Matías
Sal aquí, cobarde,
sal aquí y verás
como te acogoto
y no chillas más.
Eulogio (Sentado en su silla.)
Se armó la bronca,
¡vaya por Dios!
Pero no hay miedo
con estos dos.
Epifanio (Saliendo, y con mucha calma.)
Ya estoy en la calle,
¿qué quiere usté?
Matías
Darte un par de tortas.
Epifanio
Gracias.
Matías
¡No hay de qué!
Epifanio
Es usté un anciano,
respeto sus canas,
y aunque me provoque
yo no tengo ganas,
porque ya usté sabe
que si le hago así, (Ademán de pegar.)
da usté con sus huesos
en Valladolid.
Matías
Dejaime en seguida,
le como el redaño.
Eulogio (Que se ha levantado de su asiento, aparte al señor Matías.)
No coma usté cerdo,
que le va a hacer daño.
Epifanio
¡Basta de bromas,
soltarle ya!
Rosca
Déjale, chico.
Epifanio
¡Maldita siá!
Matías
A mí los hombres guapos
de tu fachenda
me sirven de entremeses
pa la merienda,
porque en cuanto yo quiero
largar sopapos,
se acaban en seguida
los hombres guapos...
Epifanio
¡Que no es verdad!
Juan y Paco
¡Calma, señor Matías!
Matías
¡Maldita siá!
Epifanio
Yo, cuando quiero sangre
me comprometo
con hombres que merezgan
algún respeto;
y no con un pelele
sesagenario
que es la última palabra
del Dicionario.
Matías
¡Que me lo como,
dejaime ya!...
Epifanio
¡Suéltame, Rosca!
¡Maldita siá!
Eulogio (Riéndose.)
¡La sangre al río
no llegará!
Matías
¡Ah!
Epifanio
¡Ah!
Los dos
¡Ah!
Eulogio
¡Ja, ja, ja, ja!
(Quedan, Matías en una actitud furiosa, sujeto por Juan y Paco, y Epifanio, en una actitud semejante, sujeto por el Rosca.)
Hablado
Eulogio (Adelanta mirando al señor Matías y señalándole con el dedo. Llega cerca de él y le echa una bendición.)—“¡Dominus vobiscum!”
Matías (Con coraje.)—¿Y qué es eso?
Rosca.—¡Que está usté indultao! (Con desprecio.)
Matías.—¡Randa! ¡Golfo! ¡So gallina!
Epifanio.—Y que no se le olvide a usté el encarguito; ¡su hija de usted es para un servidor!
Matías.—¿Mi hija pa ti?... ¡Antes la quieo ver muerta! ¡Cien veces muerta!
Epifanio.—Mire usté, pollo, tómese usté una taza de tila pa que se le pase el susto, porque es usté una miaja aprensivo, y cuando se haiga usté tranquilizao hablaremos. (Volviéndole la espalda.)
Matías.—¡Soltarme! ¡Soltarme! ¡Expósito!...
Epifanio.—¡Chist! Y si me ve usted en la calle no tenga usted miedo, que yo no tiro a los gorriones...
Matías.—¡Gorrión a mí!
Epifanio.—¡Lo dicho! (Empieza a marcharse.)
Eulogio.—¡Adiós, cóndor!
Epifanio.—¡Vamos, Rosca! (Vanse mirando y riéndose por el foro.)
Matías.—¡Maldita sea mi estampa!... ¡No te vayas... so gallina! ¡Ven aquí!...
Paco (Conteniéndole.)—Pero, ¿quiés callar, señor?... ¡Miá que pué volver!
Juan.—¡Gachó! ¡Tiés un timbre la mar de escandaloso!
Matías.—¡Déjame, que lo quió matar!... ¡Ven aquí! ¡Vuelve!... ¡Timador! ¡Golfo! ¡Granuja! (Grita, yendo hacia el sitio por donde Epifanio ha desaparecido, y a cada insulto levanta más la voz.)
ESCENA V
Matías, Eulogio, Juan, Paco, la Señá Ignacia e Isidra. Estas últimas de la tienda de sillas.
Isidra (Sale corriendo.)—Pero, padre, ¿qué es esto?... ¿Qué le pasa a mi padre?
Ignacia (Saliendo.)—Matías, pero ¿qué ha sido?
Matías.—Nada, señor; no sus apuréis. ¡Total, dos bofetás! Que me... digo, que le... (A Juan.) ¡Dame el sombrero! (Juan lo coge del suelo y se lo da. Matías lo limpia con la manga, se lo pone y se arregla la corbata.)
Ignacia.—Nosotras oíamos voces, pero como siempre están con broncas en la taberna, no hacíamos caso... ¿Y qué ha pasao?
Isidra.—¿Con quién ha sido? (Con ansiedad.)
Ignacia (Al ver que Matías no habla y mueve la cabeza como dudando si decirlo.)—No nos tengas así, hombre. Habla. ¿Con quién ha sido?
Matías.—¿Con quién quiés que sea? ¡Con... ese!
Paco.—¡Con Epifanio!
Isidra.—¿Con Epifanio?
Ignacia.—¿Con ese ladrón?... ¿Y no le has matao?... (Con furia.)
Matías.—No me han dejao éstos.
Juan.—¡Toma, ni él!
Eulogio.—Pero, vamos a ver; la cuestión ¿por qué ha sido?
Matías.—Pus verá usté por qué, señó Ulogio. Ya sabe usté que Epifanio y ésta (Por Isidra.) tenían relaciones cordiales dende hace año y medio.
Ignacia.—¡Así nos hubiéramos muerto tóos el día que puso los pies en mi casa!
Isidra (Llorando.)—¡Ojalá!
Matías.—Bueno; pues hace quince días, cuando ésta había ya empezao a hacerse el trunsó, averigüemos que Epifanio vivía maritalmente con Esperanza, la fiadora, y que la Esperanza lo mantiene... ¿Qué iba a hacer la chica? ¡Lo que hacen las mujeres honrás! Ella se destrozó el alma, y a él lo mandó... bastante lejos.
Eulogio.—Ya me figuro dónde.
Matías.—Bien; pues dende ese disgusto mi casa es un panteón de familia. Pero hoy es San Isidro, el santo de ésta, y esta mañana les he dicho pa animarlas: “¡Vaya, arreglar la merienda, que esta tarde vamos a ir a la Pradera!” Salgo a invitar a estos amigos, me los encuentro en la taberna, nos sentamos, y me veo en la mesa del rincón a Epifanio con el Rosca. Yo, como es natural, no le hice caso, y me dirijo a éstos, les hago la invitación, lo oye él y viene y me dice: “Señor Matías, cuente usté con un anfitrión más pa ir con ustés donde sea.” Epifanio, retírate, porque tú pa nosotros has caído en el panteón del olvido involuntario... ¡Me parece que la frase era elegante! Pues bueno; me se queda mirando de hito en hito y me da un papirotazo en la nariz que me hizo de estornudar, y además me agarra de la solapa y me dice: “Si va la Isidra esta tarde a la Pradera, al primero que baile con ella dígale usté que le hago un chirlo.” Me cegué, le dí así en la cara, nos liamos a golpes, salimos a la calle, y aquí fuera ya ha visto usté lo que ha sucedido... ¡Que me se ha achicao!
Eulogio.—No, si ya lo he visto. Bueno; ¿y qué van ustés a hacer?
Ignacia.—¿Qué quiere usté que hagamos? ¡Ir esta tarde a la Pradera! (Con resolución.)
Isidra.—Sí, señor; y bailar yo con quien se me antoje. ¡Pus no faltaba más!
Matías.—Poco a poco, poco a poco. Esta tarde no salimos de casa.
Paco.—Es lo cuerdo.
Ignacia.—¿Que no salimos?... ¿Pero le tiés miedo?...
Matías.—Mujer, es que...
Ignacia.—¡Cobarde! ¡Gallina! ¡Ma... Matías, no me hagas desbarrar! ¿Pero es que tú gozas en que ese zángano martirice a tu hija? ¡No! ¡Esto se ha acabao, hija mía, que todavía tié tu madre uñas pa sacarle los ojos al que quiera verte sufrir! ¡Iremos a la Pradera aunque sea solas!
Isidra.—¡Sí, señora, sí!
Ignacia.—Y bailará con quien le dé la gana; y tú, si tiés miedo, te quedas en casa; te quitas el bigote, te pones unas enaguas, y para cuando volvamos a ver si me lo tiés tóo fregadito. ¡Vamos, hija! (Vase a la casa.)
Eulogio (Yendo detrás de ella.) ¡Olé! usté es una persona mayor.
Matías.—Pero, ¿estáis viendo?... ¡Miá que es pusilánime el seso débil!...
Paco.—¡Va en carázteres!
Juan.—Déjalas que vayan solas si quieren, señor; nosotros podemos quedarnos jugando tranquilamente al mus.
Matías.—¡Quita, hombre!
Eulogio.—Pues más valía que se metieran ustés de doncellas... (Se sienta a trabajar.)
Matías.—¡Natural, señor!... ¡Hay que ir y que sea lo que Dios quiera!... Conque hasta luego. Que no tardéis. (Vanse Paco y Juan por el foro, y el señor Matías a su casa.)
ESCENA VI
Señor Eulogio
Eulogio (Se levanta.)—¡La Isidra peleá con Epifanio!... ¡Ha llegao la mía! ¡Ha llegao el momento de sacar mi gallo! ¡Y poco que se va a alegrar el pobre Venancio en cuanto sepa que la Isidra está libre! ¡Ese chico sí que la quiere! ¡Porque eso es tener cariño, lo que hace él! Querer a una mujer con fatigas, verla con otro, como él la ve con Epifanio, tener el gusano dentro y contentarse con venir aquí, doblar el morro y mirar a su puerta... ¡Y es que ese chico es más tímido que un pájaro-mosca!... Lo que tiene es que yo le quiero más que a un hijo, y voy a hacer locuras pa que esa chica le aprecie...
ESCENA VII
Señor Eulogio y la Señá Ignacia. La señá Ignacia sale de su casa y empieza a descolgar algunas sillas de las que había como muestra en la puerta.
Eulogio.—¡La señá Ignacia! ¡Yo le hablo en favor de Venancio! ¡Esta es la ocasión! (Se acerca a ella.) ¡Que sea enhorabuena!
Ignacia.—¿Está usted de chunga?
Eulogio.—Lo que estoy es que he visto que es usté una de las madres más maternales que hay, que no consiente usté que le tomen la cabellera a su señora hija...
Ignacia.—¡Y dígalo usté! Epifanio tié narices porque yo no tengo pelos en la cara, que si no... ¡qué se había de reir ese ganso de nosotros!
Eulogio.—¡Ahí voy! Señá Ignacia, yo les aprecio a ustés y quiero que sepa usté una cosa que se me está pudriendo aquí dentro.
Ignacia.—¿Qué cosa es esa?
Eulogio.—Que eso de que no hay ningún hombre que se arrime a la Isidra por miedo de Epifanio eso es un cuento de las mil... y pico de noches.
Ignacia.—¿Que no es verdad? (Con extrañeza.)
Eulogio.—Yo conozco a uno que la quiere a cegar, y que no le tiene miedo a nadie... más que a ella.
Ignacia.—¿Y quién es ese?
Eulogio.—¡Venancio!
Ignacia.—¿Qué Venancio? ¿El panadero?
Eulogio.—¡El mismo!
Ignacia.—Pues no me he fijao en lo más mínimo. ¿Y la Isidra lo sabe?
Eulogio.—De seguro que lo ha notao; pero alocá con el otro... no ha estao pa más reparos. Y diga usté que Venancio, en cuanto al físico, no le diré yo a usté que sea un Adonis, ni un Romeo y Julieta; pero en lo tocante a hombría de bien, ríase usté de Guzmán el Bueno y de San Homobono, señá Inacia...
Ignacia.—¡Honrao creo que es!
Eulogio.—¡Que si lo es! El año pasao, cuando tuve la pulmonía y me encontré sin amparo y más solo que un sombrero hongo, él fué la única persona que se me arrimó al lecho del dolor de costao y me dijo: “¡No se apure usté, abuelo, que aquí estoy yo!...” Y esas palabras las tengo grabás en bronce aquí dentro, y como sé que revienta por la chica, poco he de poder u los vinculo, si usté me lo consiente...
Ignacia.—¿Que si yo lo consiento?... ¡Sí, señor! ¡Ojalá tenga usté poder pa eso!
Eulogio.—¡Yo lo arreglo todo! ¿Y sabe usté cómo?
Ignacia.—¡Chist! ¡Chist! ¡Calle usté; que sale la Isidra!
ESCENA VIII
Dichos, Isidra de la casa. Luego Baltasara en el balcón. Sale con un lebrillo de ropa recién lavada, que tiende en las cuerdas que habrá colocadas en la barandilla. Al sacudir y al escurrir la ropa debe oir el público el ruido del agua que cae a la escena.
Isidra.—¡Pero madre, no se duerma usté, que son las once!
Ignacia.—Pues anda, anda, ayúdame a entrar tóo esto. (Descuelga sillas, que va entrando Isidra.)
Baltasara (Sale al balcón, coge del lebrillo una de las prendas de ropa y la sacude antes de tenderla. Cantando.)
“Las mujeres incorrutas
que se estiman por honrás...”
(Sacude y moja al señor Eulogio, que se levanta sorprendido.)
Eulogio.—¡Eh!... ¡Eh!... ¡Chist!... ¡Oye, tú, incorruta!...
Baltasara.—¿Qué pasa, maestro?
Eulogio.—Na; que u sacudes pa otro lao, u me compras un impermeable; ¡tú verás!...
Baltasara.—¡Estaría usté mu feo con el hule! (Vuelve a escurrir y prende la ropa en la cuerda con un alfiler.)
Eulogio (Apartándose como si se sintiera mojado.)—¡Oye, tú: haz el favor, que me estás mojando el chagrén!...
Baltasara.—¡Ande usted, y que le den dos duros, hombre!... (Sigue sacudiendo y tendiendo.)
Eulogio.—¡Na, esperaremos que pase la nube! (Se aparta.)
Baltasara.—¿Y qué le parece a usté mi balcón, señá Ignacia?
Ignacia.—¡Eso estaba mirando, chica!... ¡Ni el botánico!... ¡Vaya una de flores!
Eulogio.—Misté la enredadora, digo, la enredadera... Cudiao que trepa, ¿eh?...
Baltasara.—Y misté qué dos tiestos de claveles. Oye, Isidra, ¿a que no sabes quién me los ha regalado?
Isidra.—¡Qué sé yo!... ¡Tiés tanto conocimiento!...
Baltasara.—Pus, Epifanio.
Isidra.—Epifa... (Movimiento de contrariedad.) ¡Caramba, qué suerte!... (Con fingida sorna.)
Baltasara.—Supongo que no te enfadarás, porque yo sentiría...
Isidra.—¿Yo?... ¡Como si te quiere regalar la quinta del Atanor!...
Baltasara.—Chica, yo no quería admitirlos; pero como me han dicho que habíais roto...
Ignacia.—¡Claro, has recogío tú los tiestos!
Baltasara.—¡No, y luego, créame usté, que lo sentí... porque tuve que oir lo que quiso hablar!... ¡y anda diciendo unas cosas de ti, que chica!...
Isidra.—¿De mí? ¿Qué dice de mí? (Con energía.)
Ignacia.—¿Qué es lo que tié que decir de mi hija?...
Baltasara.—¡Pero no se sofoquen ustés, caramba! ¡Si yo lo sé! ¡Vaya, hasta otro rato! (Entra y cierra el balcón.)
Eulogio.—¡Adiós, cinematógrafo!
Ignacia.—¿Pero está usté oyendo? ¡Le digo a usté, señó Eulogio, que debía venir la viruela!...
Eulogio.—Pero, ¿qué adelantábamos, si esa está revacuná?
Ignacia (A la Isidra que llora en silencio y se limpia las lágrimas.)—¡Oye... tú! Pero, ¿qué haces? ¡Pus no está llorando!... ¡Pero Isidra!...
Isidra.—¡Déjeme usté, madre, déjeme usté!...
Ignacia.—Pero, ¿ve usté?...
Eulogio.—Pero, ¿qué quié usté que haga la infeliz?... ¡Vamos, que si fuera hija mía!... ¡Na, que le digo a usté, señá Ignacia, que su marido de usté es de clases pasivas! ¡Si ésta me tocara lo más mínimo... tiros había aquí!...
Ignacia.—¡Y tú ten formalidad algún día, y olvida ya de una vez a esa mala peste de hombre!... ¡Olvídalo!...
Isidra.—¡No quiero!... ¡No quiero olvidarlo... pa no dejar de aborrecerlo!... ¡Si yo no lloro por él!... ¿A mí qué? Si es la hiel y la rabia, que me ahogan de pensar que no tengo quién me defienda...
Eulogio.—¡Pero ven acá, so lila! Si tú has despreciao a tóos los que te se han arrimao... ¿quién va a defenderte? ¿U es que quieres que te defiendan por teléfono?...
Isidra.—Los he despreciao, porque yo he querido a ese hombre a cegar y no podía querer a otro, pero hoy...
Eulogio.—Hoy, ¿qué?
Isidra.—Créame usté, señó Ulogio, que hoy le haría caso al que se me acercara, a cualquiera que pase, al primero que llegue... (Con energía.)
ESCENA IX
Dichos y Venancio por el foro. Sale con la cesta del pan a la cabeza.
Venancio.—¡Buenos días! (Las ve y se queda parado.)
Ignacia.—(¡Él!) ¡Buenos días, Venancio!
Eulogio.—(¡Anda, Dios, qué oportunidad!) (A Isidra.) ¿Conque al primero que llegue?
Isidra.—¡Qué sé yo! ¡Pué que sí!... (Entra en su casa.)
Ignacia (Siguiéndola.)—¡Lástima de hija!
Eulogio.—(¡Cosa hecha!) (Se sienta a trabajar.)
Venancio.—¡Ni me ha mirao! (Deja la canasta en el suelo y queda mirando a la puerta de Isidra.)
ESCENA X
Dichos y Venancio
Eulogio (Después de una pausa.)—¿Qué?... ¿Se sabe si se han nivelao ya los presupuestos?
Venancio.—¡Qué sé yo!... ¡Señó Ulogio, yo no sé qué tié esa mujer para mí! ¿Usté ve que la he visto?... ¡Misté cómo me he quedao!
Eulogio (Le toca la mano.)—¡Frapé!...
Venancio.—¡Un mármol!
Eulogio.—¡Anda, siéntate, marmolillo!...
Venancio (Dándole un pan.)—Tome usté lo suyo, que me falta repartir en dos u tres casas todavía.
Eulogio.—No tengas prisa, hombre, que tenemos que hablar tendidamente.
Venancio.—Nosotros... ¿De qué?...
Eulogio.—¡Pus... de ella!
Venancio (Con rapidez.)—¿De ella?... ¿Qué?... ¡Ande usté!...
Eulogio.—¡Venancio, vamos claros! ¿Tú deseas reirte de las aves que topan?
Venancio.—¿Yo?... Bueno, explíquese usté mejor, porque...
Eulogio.—¿Tú quieres a la Isidra?...
Venancio.—¿Quererla? ¡Es poco! Más que eso, señó Ulogio, ya lo sabe usté...
Eulogio.—Entonces, claro, con ese genio que tienes estás aguardando a que la chica un día se enfade, te saque de tu casa y te deposite judicialmente... ¿verdad?
Venancio.—Yo callo... porque... porque sé lo que es el mundo.
Eulogio.—¿Tú?... ¿Tú qué vas a saber? ¡Tú eres un mixto de pardillo y jilguero! ¡El mundo!... ¿Quieres saber lo que es mundo?... ¡Pues oye, y sácate una copia! El mundo, Venancio, en lo referente al amor, es talmente una zapatería: la juventuz es el escaparate, las mujeres son el calzao y el hombre, el parroquiano. Las mujeres, como el calzao, ca una tié una piel distinta... las tiés dende becerro (que Dios nos libre), hasta el charol más fino y reluciente. Ahora, que la mujer es un calzao que tié el defezto de que no lo hacen a la medida. ¿Qué tié que hacer el hombre?... Pues mirar por el escaparate y escoger a ojo, y decir aquel calzao es el mío, y entrar y disputárselo al sursum curda... ¿Me entiendes?... Bueno, tú has encontrao lo que te gusta, pues entra a cogerlo, cuéstete lo que te cuéstete, y cásate pronto, porque mira, chico, el hombre que no se casa, u sea el que no va calzao como Dios manda, tié que andar con chanclas toa su vida... y pa eso más vale que te coja un Miura, crémelo.
Venancio.—¡Pero es que ese calzao que usté me aconseja es de una piel mu fina para mí!
Eulogio.—¡Quita, primo! ¡La Isidra te está que ni pintá! ¿Y sabes por qué?
Venancio.—¿Por qué?
Eulogio.—¡Porque te la he puesto yo en la horma!
Venancio.—Pero, ¿qué está usté diciendo?
Eulogio.—Que la he hablao de ti y que te espera. ¿Lo quiés más claro? ¡Y que es preciso que la hables en seguida!
Venancio.—¿Yo?... Pero... ¡usté me está volviendo tarumba, señó Ulogio! ¿Ella a mí?...
Eulogio.—¡Sí, señor!... ¡Lo de Epifanio se ha acabao, y vas a hablarla, pero, cómo, ahora mismito! ¡Voy a llamarla!
Venancio.—¡No! ¡Eh! ¡Estese usté quieto!... ¡Ahora no! ¿Qué voy a decirla yo ahora? (Deteniéndole.)
Eulogio.—¿Que qué vas a decirla?... Pues te arrimas a ella y la viertes estas frases en la oreja izquierda: “Isidra, aquí dentro tengo un corazón pa usté, y allá arriba un cuartito y un pedazo de pan pa los dos: ¿usté gusta?”
Venancio.—¿Y si me dice que no tié gana?
Eulogio.—¡La das un vermú; miá tú éste! Además, ¡hoy la pués caer en gracia!
Venancio.—¿Cómo?...
Eulogio.—Regalándole, como obsequio, por su santo, dos tiestos de claveles iguales que aquellos. (Señala al balcón de la Baltasara.)
Venancio.—¿Pa qué?
Eulogio.—Tú obedece y calla, que yo me entiendo, y aguarda, que voy a llamarla.
Venancio.—¡No! (Deteniéndole.) ¡Por Dios!... ¡Hoy no! ¡No la llame usté, que no tendría valor!... ¡Otro día!...
Eulogio.—¡Qué otro día!... ¡Ahora mismo!... (Llamando.) ¡Isidra!...
Venancio.—¡No! ¡Por Dios! ¡Que si me la veo delante me muero! ¡No!...
Eulogio.—¡Tú te callas!... ¡Isidra!... (Volviendo a llamar.)
Venancio.—¡No!
ESCENA XI
Dichos. Isidra, de la casa.
Isidra (Saliendo.)—¿Qué quié usté?
Venancio (Azoradísimo.)—(¡Ella! ¡Me ha perdido!) (Empieza muy nervioso a hacerse nudos en los picos de la blusa y a retorcerlos.)
Eulogio (A Isidra.)—¡Ven! Haz el favor... coge de aquí. (De un pico de la blusa de Venancio.)
Isidra.—¿Yo? (Con extrañeza.)
Venancio.—Pero, hombre... que...
Eulogio.—¡Coge, mujer... coge de aquí... (Isidra lo coge.) y no sueltes hasta que éste te diga una cosa que quié decirte!...
Isidra.—¿A mí?
Venancio.—¡No!... Pero si yo... no la...
Eulogio.—¡Revienta de una vez, hombre! Conque arreglarsus. (Yéndose.) ¡La primera vez de mi vida que he hecho de cimbel! (Entra en la casa.)
ESCENA XII
Venancio e Isidra
Isidra (Después de una pausa, durante la cual Venancio la mira a hurtadillas, sin atreverse a hablarla.)—¡Pues tú dirás! (Soltándole la blusa.)
Venancio (Muy azorado, soplando por el sofoco y limpiándose el sudor.)—No... si yo... es que la...
Música
Isidra
Anda, y desembucha
lo que has de decir.
Venancio
Dispénsame, Isidra;
tengo un nudo aquí.
Isidra
Desátalo y habla.
Venancio
Si no puede ser.
Isidra
¿Por qué?
Venancio
Porque... ¡Vamos,
no digo el por qué!
Isidra
Cuando el hombre no es hombre de veras,
y hablar con mujeres
le da desazón,
pues... se debe dir a las afueras
y andar con los chicos
jugando al peón. (Va a marcharse.)
Venancio
Oye, espera un momento si quieres,
que voy a decirte...
¡que tienes razón!
Aunque yo, pa las otras mujeres,
no soy tan cobarde
ni soy tan melón.
Isidra
Pues vete con ellas.
Venancio
Si no quiero dir.
Isidra
Pues habla en seguida.
Venancio
¡Lo voy a decir!
Isidra, yo siento
fatigas...
Isidra
¿Por qué?
Venancio (Acobardándose.)
Por... nada. ¡Recontra!
¡Ya me atraganté!
Voz (Dentro.)
¡Buenos tiestos de claveles dobles!
Venancio
¿Te gustan los claveles?
Isidra
¡Pues ya lo creo!
Venancio
Si yo te los regalo,
¿me harás un feo?
Isidra
No tengo esa costumbre.
Venancio
¡Bendita seas!
Voy a escape por ellos
para que veas.
Isidra (Deteniéndole.)
Espera un poco.
¿Qué voy a ver?
Venancio
Pues que yo... ¡Vaya,
que no pué ser!
Isidra
Maldigo y reniego
de tu cortedad.
¡Un hombre que calla
no sirve pa na!
Venancio
Las palabras, aquí se me anudan.
Maldigo y reniego
de mi cortedad.
¡Que no sepa decir lo que siente
un hombre que sabe
querer de verdad!... (Isidra va a marcharse.)
Espérate un poco.
Isidra
Ya no hay ocasión.
Venancio
En cuatro palabras
está la cuestión.
Isidra
Pues dilas.
Venancio
Que tengo
deseos...
Isidra
¿De qué?
Venancio
¡De... nada! ¡Recontra!
¡Ya me atraganté!
Voz (Dentro.)
¡Buenos tiestos de claveles dobles!
Isidra (Riéndose.)
El de los claveles
se va por allí.
Venancio (Decidido.)
¡Pues voy a traerlos,
pa que hablen por mí!
(Vase Venancio corriendo por el foro y la Isidra se mete en su casa.)
ESCENA XIII
Eulogio, Epifanio y el Rosca
Hablado
Eulogio (De la casa.)—¿Qué habrá pasao? ¡Se han ido! ¡No se ve a naide! Digo, ¡contra!... ¡Epifanio viene!... (Se sienta a trabajar.)
Epifanio (Por el foro.)—A éstos... (Señalando la casa del sillero.) les estropeo yo la merienda esta tarde.
Rosca.—No te ofusques, Epifanio, no te ofusques, y deja ya a la Isidra, porque de esa no has sacao ni sacarás... ¡pero que ni agua!
Epifanio.—Ya sé que no he sacao na; pues ese es mi coraje... ¡Pero yo te juro que no me voy de rositas!
Rosca.—¡Epifanio!
Epifanio.—¡Rosca... al Retiro! (Vase Rosca a la taberna. A Eulogio.) Oiga usted, maestro: ¿sabe usted, por una casualidaz, si ha salido la Isidra?
Eulogio.—¿La Isidra?... No sé... digo, sí, hombre; ahora que me acuerdo... hace un rato que la he visto ahí en la puerta hablando con su novio. (Epifanio hace un aspaviento de asombro, que asusta a Eulogio.)
Epifanio.—¿Con su qué?...
Eulogio.—¡Con su novio! ¡Con ese chico que la habla ahora!
Epifanio.—Pero, ¿cuálo?
Eulogio.—¡Ese chico... Venancio! ¡El panadero ese!... ¡Na!...
Epifanio.—¿Conque ese?...
Eulogio.—¡Creo que sí! Y no tardará... porque me parece que ha dicho que se iba a comprarla dos tiestos de claveles. ¡Na, tonterías! ¡Na! (¡Toma soga!) (Entra en la casa.)
ESCENA XIV
Epifanio y Venancio
Epifanio.—¡Anda, Dios! ¿Conque Venancio se ha atrevido? ¡Pues na, que le perniquiebro un brazo en cuanto le vea! ¡Digo, ni pintao! ¡Por allí viene! ¡Y con los claveles! ¡Se la gana! (Se oculta en la esquina de la tienda.)
Venancio (Sale muy risueño cargado con un tiesto de claveles.)—¡No los llevaba mejores! ¡Cuando los vea! (Se acerca a la casa a llamar.) Isi... (Se detiene al ver a Epifanio, que adelanta sonriendo con sorna.) ¡Anda el otro! (Tratando de ocultar el tiesto.) ¿Qué hago yo con esto ahora?
Epifanio.—¡Chist! ¡Pollo!
Venancio.—¿Qué?
Epifanio.—¡Que se ve un capullo!
Venancio.—No importa.
Epifanio.—¿Y dónde va usted con tanto reventón?
Venancio.—Donde me parece.
Epifanio.—¡Chist! (Le detiene poniéndole la contera del bastón en la cara.) Caramba, joven, ¿sabe usté que me han engañao?
Venancio.—¡No sé nada!
Epifanio.—Pues me han engañao, porque me habían dicho que era usté un cachorro de lanas, y veo que no, que usté es ratonero.
Venancio.—Yo... soy un hombre que no quié meterse con nadie... eso es lo que soy.
Epifanio.—¡Un hombre! ¿Y a usted le hacen mucha falta las muelas, joven?
Venancio.—¡Regular!
Epifanio.—¿Y qué haría usté si yo le extrajera unas varias? ¿Llorar? (Con guasa.)
Venancio.—Misté, déjeme usté en paz, señor Epifanio, que yo no me he metío con usté para nada.
Epifanio.—¿Que no se ha metío usté conmigo? ¡So tórtola! ¿Y se dirige usté a la Isidra sabiendo que es cosa mía?
Venancio.—¡Yo no sabía eso!
Epifanio.—¡Pues sépalo usté! Esa joven está prohibida... (Aparecen en las puertas respectivas Eulogio e Isidra, y quedan ocultos oyendo el resto de la escena.)
Venancio.—Eso lo veremos.
Epifanio.—¡Ya está visto! Por lo tanto se lleva usté ese tiesto a su casa y se lo regala usté a la portera.
Venancio.—¡Usted me dispense, pero este tiesto es pa la Isidra! (Con energía.)
Epifanio.—¡Quiá!
Venancio.—¡Es para ella!
Epifanio.—¿Para ella? ¡Tire usté eso! ¡So primo! (Se lo tira de dos manotazos.)
Venancio (Furioso.)—¡¡A mí!! (Va a abalanzarse a Epifanio.)
ESCENA XV
Dichos, Isidra y Eulogio
Isidra (Salen y detienen a Venancio.)—¡Venancio! ¡No!
Epifanio (A Isidra, señalándole los claveles que están en el suelo.)—¿Los ves? (Riendo.) ¡Porque eran pa ti! (A Venancio.) ¡So párvulo! (Entra riendo en la taberna.)
Isidra.—¡Ladrón! (Con furia entra en su casa.)
Venancio (Casi llorando de coraje se abalanza a la mesa del zapatero y coge la cuchilla.)—¡Le parto el alma!
Eulogio.—¡Venancio! (Sujetándole.)
Venancio.—Le parto el corazón, suélteme usté. (Forcejea.)
Eulogio.—¡Quieto!
Venancio.—¡Suélteme usté, suélteme usté, señó Eulogio, u no respondo!
Eulogio.—¡Chist! Que viene gente. ¿No oyes? ¡Quieto ahora! ¡Ya le buscaremos!
Venancio.—¡Sí, pa matarlo! ¿eh?
Eulogio.—¡Pa lo que quieras! (Le entra en la casa a empujones, después que luchan y forcejean.)
ESCENA XVI
Juan el Migas; Paco el Curial; la señora Justa, coro general de convidados. Después Matías, Ignacia e Isidra. Luego Epifanio y el Rosca. Al fin Eulogio y Venancio.
Música
Coro (Dentro.)
Alegre es la mañana
y hermoso el día:
hoy va a ser cosa buena
la romería.
¡Vamos allá!
y el que no se divierta
tonto será.
Mujeres
Veréis cómo la Isidra
tarda una hora.
Hombres
Es que ella nunca ha sido
madrugadora.
Mujeres
Y se estará poniendo
la ropa nueva,
pa bailar en el santo
si hay quien se atreva.
Hombres
¡Pues no ha de haber!
Mujeres
Silencio, que eso pronto
lo hemos de ver...
Juan y Paco
Vamos, señor Matías,
anden ligeros,
que esperan aquí todos
los compañeros.
Isidra (Dentro.)
Ahora mismo salimos.
Matías (Ídem.)
Voy en seguida.
(Sale Isidra con pañolón de Manila.)
Hombres
¡Olé las buenas mozas!
Mujeres
¡Qué bien vestida!
Isidra
Aquí estoy preparada y dispuesta
pa dir a la fiesta
con todos ustés,
y ande ya porque estoy deseando
pasarme bailando
dos horas u tres.
Hombres
Pues por nosotros
no ha de quedar;
pero Pifanio
se va a enfadar.
Isidra (Con coraje.)
Que nadie diga
nada de ese hombre,
porque no quiero
que me lo nombren.
Coro
(¡Qué modo de engañar,
qué bien hace el papel!
¡No quiere confesar
que la ha dejado él!)
Ignacia (Saliendo. Lleva también pañuelo de Manila.)
¡Hola, señores!
Matías (Saliendo.)
Muy buenos días.
Coro
¡Señora Ignacia!
¡Señor Matías!
Matías
Si estamos todos
vamos allá;
que si no el santo
se enfadará.
Todos
Alegre es la mañana
y hermoso el día;
hoy va a ser cosa buena
la romería.
(Al empezar el desfile salen de la taberna Epifanio y el Rosca.)
Epifanio
¡Un momento!
(Deteniendo a todos.)
Isidra
¿Qué quieres?
Epifanio
Con tu licencia,
tengo que hacer a éstos
una advertencia.
Mujeres (A los hombres.)
Ya está Epifanio
provocativo.
Hombres (A ellas.)
Como le falte
le como vivo.
Epifanio (Con mucha calma.)
¿Por qué se van ustedes
a la Pradera
y a mí no me convidan?
Isidra
Pues bueno fuera.
Epifanio
Están ustedes
en su derecho,
y que les haga
muy buen provecho,
pero tengo que darles
un consejo de amigo.
¡Que esa chica no baila
más que conmigo! (Por Isidra)
Matías (Furioso.)
Bailará con quien quiera.
¡Pues no faltaba más!
Y aquí está quien te come
los hígados, si vas.
Epifanio
Usté debe callarse,
señor Matías,
porque son estas cosas
suyas y mías.
Conque, señores,
digo, lo dicho;
al que esta tarde
tenga el capricho
de sacar a la Isidra,
nada más que una vez,
allí mismo, ¡por éstas!
le rebano la nuez.
Ignacia (Furiosa.)
¡Tú rebanas muchos
pedazos de pan!
¡Canalla, granuja,
boceras, charrán!
(A los hombres.)
De tantos mozos
como hay aquí,
¿nadie rechista?
¿Qué hacéis así?
¿Es que no hay un hombre
de veras, u qué?...
Isidra
¡No hay ninguno, madre;
no se canse usté!
Venancio (Saliendo de la casa de la derecha con el señor Eulogio.)
¡Servidor!
Isidra (Con alegría.)
¡Venancio!
Venancio
Hay uno.
Epifanio (Burlonamente.)
¿Tú?
Venancio
¡Yo!
¡Yo bailo con ella!
Epifanio
¡Me paice que no!
Coro
(Buena se prepara,
por lo que se ve.)
Venancio (A Epifanio.)
Allí nos veremos.
Epifanio (A Venancio.)
Allí te veré.
Paco
Ea, señores,
no ha pasao na;
a divertirnos
vámonos ya.
Todos (Yéndose.)
Alegre es la mañana
y hermoso el día;
hoy va a ser cosa buena
la romería.
¡Vamos allá!
y el que no se divierta
tonto será.
(Se van todos, menos Epifanio y el Rosca, que quedan en medio de la escena, y Eulogio y Venancio a la puerta de la casa de la derecha, mirándose en actitud de reto, marchándose Epifanio y el Rosca por el foro riéndose, y Eulogio y Venancio se meten en la casa.)
Mutación