PREÁMBULO
ORIGEN DEL HOMBRE
§ I
Antes de entrar en materia sobre la antropogenia del Hombre, es oportuno formarse una idea de las causas creadoras ó productoras del Universo, para lo cual precisa exponer algunas hipótesis formuladas por los sabios, siendo las principales la de Mr. Laplace y la de Mr. Faye, que trascribimos en seguida.
El notable y profundo astrónomo y físico Mr. Laplace en su obra Exposition du Monde, establece la teoría de la formación del sistema planetario, y lo resume en los siguientes términos:
"En un principio la materia del Sol y de todos los cuerpos del sistema planetario, estaba difundida y extendida en un estado gaseoso, llenando todo el espacio que ahora ocupan esos cuerpos, y tomando la forma y condiciones de una nebulosa, sometida á un movimiento de rotación. Este movimiento había de producir una condensación de la materia hacia el centro, formándose así un núcleo que es el origen del Sol. Continuando la condensación de la materia, el movimiento de rotación hubo de ser cada vez más rápido, y la nebulosa se aplanó fuertemente por los polos y se extendió en el plano del Ecuador, separándose varias zonas de vapor á diferentes distancias del centro. En estas zonas se formaron núcleos secundarios, que participaban del movimiento general de la nebulosa, y fueron el origen de los planetas, uno de ellos la Tierra. Estos núcleos planetarios se convirtieron así en centro de nebulosas secundarias, separándose de ellos, de la misma manera, la materia que había de formar los satélites. Aislada y separada la nebulosa solar, la materia de la Tierra ocupaba, por su estado gaseoso, un espacio inmenso que se extendía millares de leguas. Pero sometida al mismo movimiento de rotación, después del desprendimiento de la Luna, debió de irse condensando sin cesar, y adquiriendo, cada vez, más pronunciado el carácter luminoso y las demás condiciones que distinguen al Sol. Era entonces la Tierra un astro brillante por sí mismo, en cuyo estado hubo de permanecer el inmenso lapso de tiempo necesario para que, por la condensación constante de la materia, se redujese próximamente á sus dimensiones actuales de 60° que tienen los espacios interplanetarios en que gira; se enfriase lentamente su superficie y perdiese poco á poco su carácter luminoso, hasta quedar completamente apagada por el enfriamiento y solidificación a de una película ténue exterior, quedando su centro en ignición. La Tierra pasó de esta manera á ser un cuerpo opaco, en cuyo estado entra plenamente su estudio en el dominio de la Geología."
Posteriormente el sabio Mr. Faye ha rebatido la teoría de Mr. Laplace, sustituyéndola por otra más en conformidad con los recientes descubrimientos astronómicos, y condensando su opinión al respecto, dice:
"El Universo, en su origen, se reducía á un caos completo, excesivamente enrarecido, constituído por todos los elementos de la química terrestre, más ó menos revueltos y confundidos. Estos materiales, sometidos entonces á sus mútuas atracciones, se hallaban desde un principio animados de movimientos que provocaron su separación en lienzos ó nubes. Estas conservan un movimiento de traslación rápido y revoluciones intestinas extremadamente lentas. Estas miriadas de nubes caóticas han dado nacimiento, por vía de condensación progresiva, á los distintos Mundos que forman el Universo."
Cada uno de estos Mundos tiene su especial y propia atmósfera. El Globo ó la Tierra que habitamos se halla rodeada por dos fluídos sútiles y elásticos: el aire puro ó gas oxígeno y el gas ázoe; siendo ambos fluídos, según el notable geógrafo Malte-Brun: "El inmenso laboratorio exterior de la Naturaleza, que reune los diferentes gases que exhala el Globo, los destila, satura, descompone y volatiliza, ó los condensa y precipita por medio de operaciones y leyes físicas." El aire se compone de 79 partes de gas ázoe, 21 de gas oxígeno, algunas milésimas partes de ácido carbónico y una pequeñísima parte de agua en estado de vapor, que varía con la temperatura de la atmósfera. Entre estos gases, el oxígeno es el indispensable para la respiración; el gas carbónico alimenta los vegetales, que lo absorben, y derrama el oxígeno. La altura de la atmósfera varía en los diferentes climas, siendo menos elevada cuanto más se aproxima á los polos, y más elevada en los climas tropicales, donde suele alcanzar hasta la altura de catorce leguas.
Los geólogos dividen la Creación en cinco grandes Períodos ó Edades geológicas: Primordial, Primaria, Segundaria, Terciaria y Cuaternaria, correspondiendo á estas cinco Edades, cinco capas de terreno diferentes.
En la Edad Primordial se enfrió lentamente el Globo Terrestre, formando cortezas delgadas que los geólogos denominan terrenos plutónicos ó primitivos, ó sean capas de roca granítica.
En la Edad Primaria se formaron cuatro capas denominadas: terreno silúrico, terreno devoniano, terreno carbonífero y terreno permiano. En el primero apareció la vegetación en estado embrionario (algunas algas marinas); en el segundo, los fósiles de vegetales y animales (zoófitos, moluscos); en el tercero, fósiles de animales vertebrados (peces); y en el cuarto, vegetación en su completo desenvolvimiento, en cuya época se formó también el último terreno, en el que desarrolló y perfeccionó la vegetación y los seres animales.
En la Edad Segundaria los terrenos están divididos en tres capas: el triaco, el jurídico y el cretáceo. En el primero, se encuentran reptiles fosilizados, principalmente los grandes lagartos y enormes ranas; en el segundo, grandes y desproporcionados reptiles anfibios; y en el tercero, aparecieron los mamíferos vivíperos.
En la Edad Terciaria los terrenos están también divididos en tres capas: el eoceno, (comienzo de la vida); el mioceno (mitad de la vida), y el plioceno (vida completa). En este último Período vivieron los grandes paquidermos, como el mammouth, el oso de las cavernas y otros; y en los terrenos de ese mismo Período se han encontrado restos humanos, objetos de pedernal y otros análogos, lo que prueba que al lado de los paquidermos vivía también el Hombre.
En la Edad Cuaternaria los terrenos se dividen en dos capas: postplioceno y reciente, caracterizados como el Período de grandes diluvios, á la vez que de un notable descenso de la temperatura. Ya en este mismo Período, la existencia del Hombre está fuera de duda, pues es un hecho comprobado.
Los geólogos confirman que el Hombre ha existido desde el período Plioceno, que es el llamado Glacial ó de transición entre la Edad Terciaria y la Cuaternaria. Pero esta teoría no está del todo confirmada, porque algunos paleontólogos sostienen que en ese mismo Período no existía el Hombre perfecto, sino el antropóide homínido, es decir, un ser antropomorfo semejante al Hombre pero que carecía del uso de la palabra[90]. Sólo con el transcurso de un lapso muy largo de tiempo, dicen esos mismos paleontólogos, ese ser antropóide-homínido fué gradualmente evolucionando y modificándose progresivamente, hasta que apareció el Hombre en estado relativamente perfecto. Este perfeccionamiento, dicen, aconteció en la Edad Cuaternaria.
Si pretendiéramos investigar las muchas opiniones que se han suscitado acerca del origen del Hombre, esta inquisición nos conduciría demasiado lejos; por consiguiente, nos limitaremos, tan sólo, á reproducir lo asentado por algunos sabios acerca de este enmarañado esquema.
Darwin, Quatrefages, Huxley, Hækel, Taylor, Flourens, Paniagua y otros, sientan la teoría de que el Hombre procede directamente del mono (antropomorfo) por efecto de la evolución sintética ó desarrollo progresivo de los órganos en sus formas internas y externas.
Hækel cree que ha existido un ser intermedio entre el mono y el Hombre, ser que él denomina phitecanthropus ó mono-hombre, (alalus, es decir, sin habla), predecesor del tipo humano, que vivió, supone él, en el período Plioceno. Pero, esta hipótesis no ha tenido plena confirmación, hasta que el profesor de geología de la Universidad de Amsterdam, Mr. Dubois, hiciera el descubrimiento, en 1894, en las orillas del río Bangawan (isla de Java), de restos antiquísimos correspondientes á una época intermediaria entre las Edades Terciaria y Cuaternaria (Pliocena). Este descubrimiento de Mr. Dubois produjo calurosas discusiones entre los sabios geólogos, pues mientras unos aseguraban que esos restos pertenecían al tipo antropóide, otros opinaban que eran vestigios del Hombre, y algunos sostenían que pertenecían al tipo intermedio señalado por Hækel.
"Se ha querido encontrar el punto preciso de yuxtaposición entre el mono y el Hombre,—dice A. de Paniagua en su obra La Genèse de l'Homme,—pero este punto probablemente no existe. La evolución se ha producido por diferencias progresivas: para tomar la filiación, no se debe considerar dos individuos más ó menos aproximados, sino la serie de los intermediarios. Entre el mono y el Hombre faltan los puntos de sucesión exacta, pero algunos restos de los grandes antropóides y los homínidos fósiles, son tantas normas (raras, es cierto), que facilitan el camino á seguir y acercan las distancias, haciendo ver, de una parte, que los antropóides estaban ya dotados de órganos perfectos, y, de otra parte, que los homínidos primitivos eran seres casi simios...... La evolución humana, en un principio, se ha producido con una extrema lentitud, y antes de la aparición del Hombre en estado relativamente perfecto, ha sucedido una larga serie de homínidos primitivos, menos acabados, pero que se han ido sucediendo, mejorándose progresivamente." En seguida este naturalista hace una larga disertación sobre las semejanzas y similitudes de los órganos de los grandes antropóides y los homínidos, y concluye formulando con Hækel, la conclusión de que "en el cuerpo del Hombre no hay un solo órgano que no provenga del mono y por el mono, y que el Hombre posée los mismos órganos que aquel, apesar de presentar algunas desemejanzas, las que, precisamente, establecen la diferencia que existe entre ambos seres, pues si esas desemejanzas no existieran, el Hombre sería mono ó el mono sería Hombre."
En concordancia con esta teoría, conviene declarar, según opinan los naturalistas, que el Hombre es un animal racional. El gran botánico Linneo, en su Amœnitates Academicæ, no separa genéricamente al Hombre de los monos antropóides, como el orangután, el chipanzé, el gorila y el gibón, con los cuales le confunde en un mismo grupo bajo la denominación común de homo est animal rationale (como ha dicho Aristóteles), haciendo de él una especie caracterizada, dándole el nombre de homo sapiens ó sea hombre sabio, pensador.
No es nuestro ánimo el combatir las opiniones de los sabios que hemos citado, tocante al origen del Hombre; pero al profundizar los arcanos de la Creación, haremos, no obstante, la ligera observación que sigue:
Si esos sabios presentan al Hombre como un animal y lo designan con el epíteto de animal racional, creemos que ese epíteto no es justificado en un todo, porque el Hombre no raciocina en todas las épocas de su vida y sólo adquiere el raciocinio cultivando con esmero sus facultades intelectuales; por lo mismo, débesele dar el calificativo de animal susceptible de razón. Y para ser más precisos en esa definición, suponemos que el Hombre no es simplemente un animal racional, sino un ser mixto ó medio, colocado entre la materia y el espíritu, y que raciocina llegando á la edad en que se desarrollan todas sus facultades mentales. El Hombre, por la inteligencia que puede adquirir, es considerado «el rey de los animales y el agente de la Creación,» porque él domina á los animales más salvajes, sometiendo á su ley no solamente los seres más corpulentos como la ballena, el elefante, sino también los más fieros como el león, el tigre y todos los demás animales, haciéndolos servir para todas sus necesidades; la tierra igualmente le paga contribución, pues que la despoja de los productos de su seno; domina el aire y los mares; no escapando, en fin, nada á su penetración y perspicacia, cualidades que sólo dependen de su razón. Por consiguiente, nos parece que para estar en lo justo, debe calificarse al Hombre como un ser animal, mixto, susceptible de razón.
M. de Quatrefages, en su Phisiologie comparée: Metamorphoses de l'Homme et des Animaux, reconoce asímismo, que bajo el punto de vista de la organización física, el Hombre es un verdadero animal dotado de los mismos aparatos, órganos y elementos que los antropóides, estableciendo, definitivamente, que la raza originaria de la especie humana ha debido ser un hombre prognato, de piel amarilla y cabello rojo.
Huxley[2], Lubbock[3], Taylor[4], Vogt[5], Shaffhausen[6], Flourens[7], Cleuzion[8], Filippi[9] y todos los naturalistas que han estudiado los restos humanos de las Edades Terciaria y Cuaternaria, han concluído, unánimemente, que la raza más antigua de que se han encontrado restos, eran de seres repugnantes, prognatos y dolicocéfalos, que llevaban al rededor de las órbitas un reborde saliente semejante á los monos, y tenían los senos frontales muy desarrollados.
El aspecto grosero de sus circunvalaciones indica que esa raza era de inteligencia rudimentaria y obscura. La región posterior, sitio del centro visual, era de gran desarrollo; por el contrario, los lóbulos frontales, que no pueden atrofiarse en el hombre racional, sin que el resultado sea una alteración profunda de las facultades intelectuales, eran muy reducidas. La conformación de la circunvalación frontal, relacionada con el lenguaje articulado, era tan reducida que la facultad de la palabra tenía que ser muy restringida.
Los naturalistas opinan que desde los comienzos hubieron varias especies humanas derivadas de padres distintos. Desde el punto de las estructuras de los cuerpos, los lemurios, los cuadrumanos, los monos y los hombres reunieron caracteres análogos en gran número, defiriendo esencialmente por el volumen del cerebro.
Ch. Darwin, en su obra De l'Origine des Espèces, es de opinión que: "Las innumerables especies de animales, entre ellas el Hombre y plantas que pueblan la superficie del Globo, proceden todas de algunos tipos orgánicos ó de un solo tipo primordial creado en un principio para llegar á ser la estirpe común de todos los seres vivos. Los orígenes naturales de la Humanidad se pierden en el mundo indivisible de los vivientes."
Desde luego, según opinión de este notable naturalista, no existe entre el Hombre y el animal sino la diferencia de grado, pues el nacimiento y la muerte son iguales en el Hombre como en el animal; ambos tienen los mismos órganos y aparatos, las mismas funciones, los mismos elementos y los mismos fenómenos se suceden en la muerte del uno y del otro: el corazón cesa de latir, todos los órganos pierden sus propiedades y las materias componentes del Hombre son idénticas que las del animal. "Todo esto—dice Darwin—es una prueba palpable de que no existe un abismo infranqueable entre el Hombre y el animal."
Huxley, en su Doctrine de l'Évolution, ha probado que todos los huesos del esqueleto del Hombre son iguales á los huesos del mono, como también sus músculos, nervios, vasos sanguíneos y vísceras internas; que el cerebro, el más importante de todos los órganos, sigue la misma ley, pues que cada hendidura y cada repliegue del cerebro humano son iguales á los del orangután: empero, establece también, que el cerebro del Hombre y el del mono no concuerdan del todo en ningún período de su evolución, concordancia que no puede esperarse, porque de verificarse, serían iguales las facultades mentales del Hombre y del mono. "Los monos—añade Darwin—están sujetos á muchas de nuestras enfermedades no contagiosas: padecen catarros, con sus ordinarios síntomas, terminando, cuando con demasiada frecuencia se repiten, con la tisis; sufren también apoplegías, inflamaciones y cataratas. Los remedios producen en ellos los mismos efectos que en el Hombre...... Muchas especies de monos tienen muy pronunciado gusto por el té, el café y las bebidas espirituosas; fuman también el tabaco con placer." Aunque estos hechos son de poca importancia, prueban, empero, cuán semejantes son los nervios del gusto en el Hombre y los monos, y que, en ambos, puede ser afectado del mismo modo el sistema nervioso.
El naturalista Arturo Mangin, en su obra L'Homme et l'Animal, establece una diferencia entre el Hombre y el mono, diciendo: "Zoológicamente hablando, el Hombre se distingue de los grandes monos por caracteres anatómicos y fisiológicos, y se diferencia psicológicamente de todos los demás animales por facultades mentales, de las que varias le son exclusivamente propias, al paso que otras están sólo más desarrolladas en él que en el animal."
En las remotas primitivas Edades, en que se operó la evolución progresiva, por la cual el mono antropóide se perfeccionó gradualmente hasta llegar el Hombre al estado de su completo desarrollo, hay que tener en cuenta que la Naturaleza evolucionaba vertiginosamente: la fauna y la flora sufrieron sucesivas transformaciones, hasta perderse esas especies extraordinarias desconocidas hoy, á la vez que las grandes perturbaciones climatéricas, en la sucesión de los siglos, determinando el Período Cuaternario, en que apareció el Homo sapiens, que es el ser más perfecto de la Creación.
Volviendo, ahora, á la debatida cuestión de si el Hombre apareció en la Edad Terciaria ó en la Cuaternaria, (que ha sido el tópico de algunos paleontólogos y geólogos) en apoyo de esta cuestión; basta recordar que se ha descubierto en el condado de Norfolk (al Este de Inglaterra), el esqueleto de un hombre que, se dice, ha pertenecido á una raza anterior á la llamada de Neanderthal[10] enterrado bajo una capa geológica que hace remontar su origen más allá de la raza hiperbórica que data de la Edad Terciaria. Admitiendo tal supuesto, este descubrimiento sería de grande importancia bajo el aspecto científico, y por eso ha llamado la atención de los sabios modernos dedicados á esta clase de problemas, principalmente de Alfonso Favre, que en su obra Éxistence de l'Homme á l'Époque Tertiaire, trata de sostener esta misma opinión.
La existencia del Hombre en la Epoca Terciaria se ha justificado últimamente, en 1911, con el hallazgo en un depósito de arcilla de Pilt-Down Common, cerca de Uckfield (Sussex, Inglaterra), de un fragmento de quijada y de una porción de cráneo del Hombre fósil que, se dice, es un exponente fiel del eslabón de conexión con los monos, pues parece que es incontrovertible la interpretación que los sabios Dawson de Lewes y Smith Woodward le han dado. Suponen estos sabios, que este Hombre fósil ha existido hace ya algunos centenares de miles de años, ó sea, durante los primeros tiempos de la Epoca Pleistocena, anterior al Período Plioceno, y calculan que era un hombre de baja estatura, pletórico de músculos y que no había llegado á obtener la figura airosa del cuerpo característico del ser humano de nuestros días: en una palabra, estos sabios opinan que los fragmentos del Hombre de Sussex, como los de los hombres fósiles de Java, Heildelberg, Gibraltar, Constadt, Uckfield, Spy, Saint Acheul, Moustier, Dussel y otros, llevan señales ineludibles de las relaciones de descendencia del Hombre con el mono.
Los paleontólogos, que han especificado los rasgos característicos de las razas humanas primitivas, opinan que el esqueleto descubierto en Neanderthal (Prusia Renana), es del Período Glacial ó de transición entre la Edad Terciaria y la Cuaternaria: es raza contemporánea del gran oso de las cavernas y del elefante fósil; estaba dotado de fuerza hercúlea y tenía una fisonomía bestial; no poseía sino un lenguaje articulado completamente rudimentario; sus costumbres eran las del salvaje, nutriéndose tan sólo de raíces, frutas silvestres, caza y pesca.
Después de la raza Neanderthal, se ha encontrado esqueletos de razas posteriores ó sea de la Edad Cuaternaria.
En Canstadt (valle del Rhin), en Naulette (orilla izquierda del Lesse, en Bélgica), en Brux (Bohemia), en Olino (Italia) y en otros lugares de Francia, se han descubierto esqueletos fósiles de razas y costumbres idénticas á la de Neanderthal.
En Chapelle-aux-Saints (Capilla de los Santos) al Sud de Francia, en una gruta descubierta en 1908 por los abates Bouyssnie y Bardon encontraron una cantidad de osamentos humanos fosilizados cuyo conjunto constituía un esqueleto casi completo. El notable paleontólogo Mr. Boule, ha hecho un estudio detenido del cráneo de ese ser prehistórico, y en su magistral obra publicada recientemente, en 1913, con el título de L'Homme fossile de la Chapelle-aux-Saints, este sabio profesor enumera hasta veintiocho caracteres que ofrecen las diversas partes de ese cráneo y que son comunes á los del mono.
Los esqueletos trógloditas ú hombres fósiles que se han hallado en el asilo ó refugio de Cro-Magnon (Périgord, Francia), son ya de raza más adelantada que las anteriores, tanto en su constitución física cuanto en sus costumbres, pues los objetos que junto á ellos se han encontrado y de que se servían, eran mejor labrados y más á propósito para los usos á que los destinaban. Según opinión del sabio Quatrefages, esa raza era algo inteligente.
Los esqueletos trógloditas de Furfooz (Bélgica), última raza primitiva de los tiempos prehistóricos, manifiestan haber sido seres aún de mayor inteligencia que los de Cro-Magnon, pues conocían el medio de fabricar una loza grosera.
De todo lo referido, cierto parece, que no el Hombre perfecto, sino el antropóide homínido existía ya en el Período Plioceno ó sea á fines de la Edad Terciaria, como lo comprueban las investigaciones de los geólogos Riviere de Klaatsh y Hauser, Seleucka y Carthaus, Lartet y Leffikwell, practicadas, respectivamente, en Moustier, Trimel, Eyzies y en la isla ártica de Bater. Nada menos que el hallazgo de una docena de esqueletos fósiles referentes á la raza del Hombre primitivo, convencen que esa misma raza constituye una especie aparte, diferente del Homo sapiens al que tenemos el honor de pertenecer.
Difícil es precisar cuál podía ser la vida social de esos hombres primitivos; pero es de suponer que vivían brutalmente y como animales, con sólo el instinto de la nutrición, de la defensa contra la inclemencia del clima y contra las bestias feroces que podían ofenderlos.
Se ha observado que el Hombre primitivo vivía generalmente en las orillas de los ríos; es allí donde se encuentran sus restos, como así mismo en las cavernas naturales abiertas por la erosión de las aguas de los valles. Natural es, que sea difícil descubrir sus osamentos, porque están casi siempre enterrados de cuatro á seis metros de profundidad en el suelo de las cavernas, debido á que las aguas surabundantes las llenaban de detritus, de arena y de limo arrastrados por ellas. Por eso, muchas cavernas están tan llenas de limo, que parece imposible, á primera vista, que pudieran existir allí, bajo una espesa capa de tierra, muchos restos de osamentos, y solamente practicando escavaciones profundas, es que se han descubierto vestigios de huesos que han pertenecido al Hombre primitivo, como así mismo osamentos de corpulentos animales.
Cuanto al desarrollo del Género Humano, según opinión de algunos paleontólogos, éste se realizó paulatinamente en el trascurso de tan inmensos períodos de tiempo, que apenas se concibe, ni aún se puede formar la más lejana idea, datando, suponen algunos, de más de veinte mil años. Hækel va aún más lejos, pues opina que desde la Creación del Mundo, no solamente han trascurrido cien mil años, sino probablemente muchos centenares de miles de años. En fin, otros paleontólogos infieren que la Tierra tiene una edad que se escapa á todo cálculo numérico, y que hace muchos millones de años que su superficie está habitada por el Hombre[11].
El Dr. Thomas C. Chamberlain, jefe del departamento de geología de la Universidad de Chicago, declaró en una conferencia pública, tenida en el local del Museo Municipal, ante los miembros de la Sociedad Geográfica de aquella ciudad, que, á su juicio, "el planeta tenía ya cien millones de años, y que por sus fenómenos climatológicos y sus condiciones atmosféricas subsistirá aún otros millones de años."
Si los cálculos de los paleontólogos nombrados parecen enormemente exagerados, debemos citar la opinión de un sabio geólogo inglés, Mr. R. T. Strutt, que pretende haber determinado por un método muy preciso, la edad de algunas rocas eruptivas, buscando la cantidad de helium que contienen. Por el análisis que hizo de algunas muestras de circo[12], ha encontrado que los basaltos de Auvernia, de la Edad Terciaria, tenían 6.270,000 años de existencia; que los de Noruega excedían de 54.000,000 de años; y que las tierras azules diamantíferas de Kimberley, en el Africa Central, alcanzan la respetable edad de 320.000,000 de años. Además recogió, dice, en la provincia de Ontario, en el Canadá, una roca arcáica que cuenta, por lo menos, 622.000,000 de años; y aún, añade que, á su juicio, las cifras que él indica son inferiores á la realidad, pues cree que el Globo Terráqueo cuenta por lo menos 700.000,000 de años.