CONCLUSIÓN

La renuncia del Espíritu como lazarillo de la vida es inminente. La humanidad ha perdido la confianza en su Mentor. El viejo idealismo no tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta á los ojos de los más cándidos como una vejiga desinflada. Perdida la fe y llenos de incertidumbres los mismos pueblos que adoraron de rodillas á la razón razonante se alejan de ella y se pierden en las sombras del escepticismo, sin volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las campanas espirituales repicando en los templos desiertos. Francia, Italia, España, Portugal, pagan muy caro su irrealismo, el crimen de haber preferido la idea al hecho, la palabra al acto, la razón mística á la razón física, para no reconocer en secreto que el lírico bagaje de ayer es hoy una pesada impedimenta. No sólo no incita á obrar, sino que impide obrar. El pasado les pertenece, pero no el futuro si no arrojan lejos de sí el muerto laurel y se coronan de frescos pámpanos para merecer de nuevo los favores de la Vida. Ante ésta, por no haber reconocido todavía que la Fuerza es el elemento divino del universo, como el Oro es el elemento divino de las sociedades, prorrumpen aquellas naciones en el profundo yo pequé en que terminar suelen las agitaciones de los delicados y los idealistas, cuando son sinceros y clarovidentes como Renán.

¡Desgarradora melancolía! Él mismo, tristemente, muy tristemente, llega á considerarse como un tipo humano fósil en el mundo que, educación é ideal, le impiden comprender y aquilatar en su intrínseco valor. Esta ineptitud, tratándose de un representante tan calificado de la inteligencia, es muy significativa. Medio místico y humanidades le han hecho perder el sentido de lo real, que sólo mantiene sano y alerta el interés. El desprecio de los bienes materiales remata la obra. Como los santos, por mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni las cándidas florecillas que aplasta torpemente. Su ciencia de lo que no sirve para vivir es prodigiosa, más prodigiosa todavía su ignorancia de lo que para vivir sirve. El historiador admirable y filósofo sapientísimo, no tuvo sospechas siquiera de las relaciones pecuniarias de los hombres ni de la estructura económica de las sociedades. «Piensa como un hombre, siente como una mujer, obra como un niño». Por manera que hacia el fin de su vida, cuando principia á ver claro, los sucesos le sorprenden dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada ilusión magnífica conviértese, por las malas artes de un mago enemigo, en prosaica realidad; cada ardor generoso en desencantada ironía. Una á una mueren las esperanzas de su inteligencia audaz y quedan delante de los espantados ojos del sabio las realidades del egoísmo, del egoísmo sañudo y triunfante como el Rey Monje en medio de los conspiradores asesinados.

Sus desencantos y amargas quejas dicen; mentiras, mentiras falaces la religión del alma y la preeminencia del espíritu. «Pensar no es el único objeto de la vida. El reino de la razón es una quimera. El ideal y la realidad son enemigos. La causa que cautiva á las almas nobles no triunfará jamás. Lo que es verdad en literatura, en poesía, á los ojos de las gentes refinadas, es siempre falso en el mundo grosero de los hechos consumados. Las heroicas locuras que el pasado edificó no tendrán más éxito. El espectáculo de este mundo nos muestra sólo el egoísmo recompensado. Inglaterra ha sido hasta estos últimos años la primera de las naciones gracias á su egoísmo. Alemania ha conquistado la hegemonía del mundo renegando altamente los principios de moralidad política que con tanta elocuencia había predicado antes.»

Como el emperador filósofo en su lecho de muerte podría exclamar Renán: «¡Oh!, Apolo, ¿por qué me has mentido?» Tantas desilusiones hacen que la realidad se le aparezca como una matrona insensible y prosaica que se burla groseramente de los galanteos pudibundos del entusiasmo y del lirismo. Sus laboriosas previsiones, fruto de largas vigilias, lo engañan cruelmente; la inteligencia, que él adora y en la que cree como en un Dios todopoderoso, pone entre el sabio y la vida un velo brillante que hermosea y deforma los objetos. Éstos son otra cosa de lo que él creyó, y piensa que acaso es injusto al juzgarlos severamente. He sido un iluso y un insensato, clama. «La idea de que el noble es aquel que no gana dinero y que toda explotación comercial ó industrial, por honesta que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer al primer círculo humano, tal idea se desvanece de día en día. Todo lo que he hecho antes parecería ahora acto de locura, y á veces, mirando en torno de mí, creo vivir en un mundo que no conozco.»

¡Lamentables confesiones de una inteligencia soberana mantenida por el espejismo idealista en la más profunda ignorancia y desprecio de las realidades y que empieza á descubrirlas al declinar el sol! ¡Angustia de las almas religiosas caídas en el escepticismo por haber acariciado un ideal tan alto, puro y hermoso que impide vivir! ¿Qué sería de los hombres que practicasen el estado de muerte del perfecto desinterés sin el talento de Renán? ¿y qué de los pueblos en que abundaran, más de la cuenta, los inactuales de alto coturno, pero inactuales al fin, que se obstinan contra viento y marea en oponer la abstracción y el ensueño á la vida y la realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que abierta ó embozadamente tal predica; que llena los ojos de visiones, ata las manos y empuja á los sacrificios estériles. De ello nos habla Renán largamente en los «Souvenirs d'enfance et de jeunesse»; mas en ninguna página se trasluce como en la que sigue, la amargura y hasta sorda irritación del desengañado sacerdote, del sacerdote que estuvo á punto de ser Renán y que en realidad, aunque sin tonsura, fué toda la vida: «Es en ese medio (Treguier, una villa extraña al comercio y la industria) que se deslizó mi infancia y donde mi inteligencia contrajo un vicio incurable. La catedral, obra maestra de ligereza, intento loco de realizar en granito un ideal imposible, me falseó el espíritu. Las largas horas que en ella pasé, han sido la causa de mi completa incapacidad práctica. Aquella paradoja arquitectónica hizo de mí un hombre quimérico, discípulo de santo Tuduwal, de santo Iltud y de santo Cadoc en un siglo en que la enseñanza de esos santos no tiene ninguna aplicación.»

Y bien, no sólo los filólogos sino las sociedades formadas moralmente por la enseñanza de aquellos santos ú otras influencias espirituales de la misma índole, reciben en la frente el beso traidor de la Quimera y quedan marcadas para siempre con el signo de la incapacidad práctica. Con todos los respetos debidos á los títulos del alma, pero de un modo franco y resuelto, convendría preguntarse si tal cosa no es una verdadera monstruosidad en las sociedades del presente, donde las relaciones de los hombres son y, no pueden menos de ser, relaciones pecuniarias. Quizá urge confesarse una vez por todas, que nuestro ambiente, nuestro mundo no es el de la inteligencia sino el de la voluntad, disfrazada hoy con las múltiples máscaras de las actividades mercantiles, como ayer con los antifaces del heroísmo ó la santidad. Lo que contraría esas actividades es malsano, como era malsano lo que minaba el predominio militar en las sociedades guerreras ó el prestigio sacerdotal en las sociedades religiosas. Los ideales de las épocas muertas, por nobles que sean, son ideales de muertos y traen en las lívidas manos una antorcha funeraria. Sus devotos, á pesar de todas las aureolas y resplandores, comienzan á parecer criaturas de otro planeta, engendros desmirriados de Apolo decrépito, seres luminosos y absurdos cuya enfermedad es una perla tentadora que ablanda las resistencias de la Voluntad delante del Pecado. «La France meurt de ces gens de lettres», decía también Renán. ¡Qué importa que la locura sea divina si enferma el mundo! Considerándolo, se comprende por qué un trabajo oculto del instinto conservador de la sociedad se afana en eliminar, como antes ponía su empeño en producir cuando eran útiles, las actividades puramente espirituales, enfermizas, enervadoras, sin aplicación concreta en la colmena humana y que, en resumen, vienen á ser algo así como las toxinas del espíritu. Hay muchos pueblos envenenados por ellas. Se reconocen en que son las tierras fértiles del sentimentalismo y la verbosidad. Las cosechas de rosas abundan, pero el trigo escasea en los campos mal cultivados y que no han recibido el abono de Pluto. Y la selección mercantil afila en la sombra su guadaña implacable: situación angustiosa, cuando no se cuenta con otras defensas para detener el golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y los ordenados discursos de Gorgias y Cicerón.

«El reino del ideal ha concluído, todo lo que no se convierte en una fuerza se juzga quimérico» dice Próspero. Y un ultrarenanista, que es al mismo tiempo un profesor de lirismo y un puro utilitario, agrega con su ironía habitual: «Cuando Tigrano me decía que la fuerza debe ceder al espíritu, yo le dejaba entrever, sin insistir demasiado, que desconfiaba mucho de un espíritu que después de tantos siglos no se había convertido en la fuerza.»

Las criaturas generosas que viven temblando por la vida del ideal pueden descansar tranquilas. El ideal existirá siempre porque es el portaestandarte de la ilusión y la esperanza necesaria á los hombres; pero según claros indicios no será lo que éstos han tenido hasta ahora con testarudez carneril, como la proyección única é imperecedera del alma. Ya hemos visto que cada época se fabrica la tabla de valores que le conviene y responde á sus necesidades orgánicas. El materialismo de las sociedades futuras no les impedirá tener su ideal, sólo que éste, por razones obvias, no puede ser ni el místico, ni el espiritualista, ni el ideal reconocidamente fundado en la mentira de las sociedades contemporáneas, sino un ideal práctico, cuasi macarrónico, pero robusto y sesudo, como corresponde á los pueblos entrados en la edad provecta, que no sustituya lo quimérico á lo real ni debilite para las luchas de la vida. Ésta es lo realmente sagrado, y podría condenarse, sin asomos de dudas, toda verdad, toda ética y toda belleza que en nombre de un romanticismo de alma neurótico y raquítico tendiera obtusamente á destruirla ó amenguarla. Téngase por seguro que ese romanticismo que exige la castidad y el voto de pobreza, afemina y envilece. En filosofía conduce á las aspiraciones vagas y al desprecio de las realidades; en política degenera en hipertrofia de la palabra, espíritu revolucionario y política alimenticia; en literatura lleva como de la mano, al lirismo dengoso y ñoño y á las chinerías retóricas, síntomas inequívocos de indigencia mental, pobreza anímica y otras lamentables incapacidades.

De un ideal batallador se oyen ya en las cúspides los clarines sonoros. La inversión de valores morales que indujo al hombre á ser el verdugo de su propio interés, es imposible que no parezca en los siglos venideros tan absurda como lo va pareciendo hoy á los espíritus desapasionados la santa doctrina que condena el placer, el deseo, la pasión, la vida y predica el estado de sepultura. El idealismo clásico es un caballero andante que presa de mortal fatiga, la lanza quebrada y los músculos rotos desciende de su trasijado Rocinante y se apresta á morir al pie de un sauce llorón iluminado por la luna. Es bello y conmovedor, pero nocivo para el ánimo. El mundo, curado de arrechuchos sentimentales, preferirá por instinto la musculatura y la vida del gladiador combatiendo, á la melancólica belleza del gladiador moribundo.


Quizá no esté lejano el día en que el Sermón de la Montaña y la Plegaria de la Acrópolis, se pronuncien de rodillas á los pies de la Fuerza, diosa terrible que, mejor que Eirene, podría llevar en sus brazos á Pluto dormido. El creyente hablaría así, poniendo sus palabras al diapasón de las arpas formidables de Eolo y Neptuno: «Salve ¡oh diosa! impura y fecunda, madre de todas las cosas, eurítmia del universo. Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en el cielo, en el alma del hombre y en el corazón del átomo, y los ritmos de la poesía y la naturaleza cantan unánimes tu gloria inmortal. Los hombres te niegan y te llaman cruel porque no saben que, aun revelándose, obedecen á tus mandatos; porque no saben que tus condenaciones de muerte son como los frutos que se secan para dejar caer sobre la tierra suspirante las semillas santas de la vida. La razón humana en un momento de insano orgullo, quiso corregir las leyes infalibles y los sapientes designios de tu razón, que es la razón universal. Y todas las cosas salieron de sus quicios; la quimera suplantó á la realidad, el mal afligente al bien gozoso, el dolor al placer, la muerte á la vida y, lo que es más estupendo aún, el desinterés estéril y enervante al egoísmo robusto y fecundo. Fué una terrible pesadilla de la que ahora sale la humanidad desmazalada y enferma. Y tú sonríes á los sarcasmos con que ella te afrenta porque no ignoras que, contrita y arrepentida, volverá á ti y que tú sola puedes devolverle la razón y la salud. Hazlo, Divina, inspíranos para que seamos con inteligencia, egoístas integrales y materialistas transcendentes. La humanidad no es tan culpable como parece. Sólo en apariencia desobedeció tus leyes. Tú misma fingiéndote ciega, la has conducido á tu antojo, como la madre hace creer que es él quien la guía al tierno infante que ella sonriendo lleva de la mano. Mas el niño hecho hombre necesita explicarse el grande misterio. ¡Cuándo será el día en que los ojos estupefactos vean brotar de las entrañas de las cosas, como el rojo licor de la herida abierta, el verbo divino, eco de las fuerzas universales que muy raras veces dictaron la actitud del héroe y la alta necesidad rítmica de aquel cuya voz es canto! Imposible que, al fin, lo justo y lo bello no sea lo que viene de ti, madre de dioses. ¡Y qué ridículos y pueriles parecerán luego á las almas duras como el diamante, pero blancas como él, los artificios retóricos del hombre sensible, los cantos que no son cantos de vida, lo bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo de sol limpio de sombras, las acciones que no lleven al combate y al templo de la Victoria! Por el contrario, es muy probable que la gracia brille sobre aquello que la antigua sabiduría creyó torpe é impuro por ser fecundo como el acto carnal. Entonces Mammon resplandecerá de gloria, porque de todos los dioses supervivientes es el único que lleva en la testa olímpica el signo luminoso de la voluntad. Es el depositario de ella. La virtud perdida en las nieblas de los países quiméricos hubiese muerto de hambre sin él. Su alma fué como el arca santa en que se salvó del diluvio espiritualista la facultad de querer. Los instintos vitales se refugiaron en su corazón pródigo como las manos de Demeter y las tetas velludas de Amaltea. La dicha humana no tuvo nunca amante más rendido ni servidor más fiel. Los que, insensatos, vilipendian aún al Oro, no escuchan la voz profunda que les dice: «Amadlo religiosamente, en su ser divino, y sed interesados y duros para realizar los deseos secretos de la Vida y servir á los hombres. Ni el arte, ni la poesía, nada aguza las facultades y potencias humanas como él: es el gran excitador. Ni las religiones, ni las filosofías le aportan á la humanidad lo que el Príncipe Rubio le brinda con una sonrisa: el poder, la esperanza y la ilusión: es el Salvador.»

París, Julio 22 de 1910.