CAPITULO VI.
El tipo indio boriqueño.—La indígena.—El indiezuelo.—Error de Iñigo Abbad.—Facultades mentales del aborigen.—La vida en tribu ó clan.—Gobierno paternal.—El cacique ó jefe supremo de la tribu.—El bohique ó curandero augur.—El nitayno ó sub-jefe.—Tres categorías en los jefes.—El naborí, especie de vasallo pechero.—La aldehuela.—El aduar Guaynía, del cacique Agüeybana, radicaba al Sur de Boriquén.—Fué primero del pacífico Agüeybana, el cacique principal de la Isla y luego de su hermano el valiente Guaybana.—Los poblejos indios ó yucayeques.—Las rancherías Guaynía (de Agüeybana), Aymaco (de Aymamón), Yagüeca (de Urayoán), Guajataca (de Mabodamaca), Abacoa (de Arasibo), Otoao (de Guarionex), Sibuco (de Guacabo), Toa (de Aramaná), Guaynabo (de Mabó), Bayamón (de Majagua), Haymanio (de la cacica Yuisa), Cayniabón (de Canóbana), Turabo (de Caguax), Guayaney (de Guaraca), Guayama (de Guamaní), Jatibonicu (de Orocobix), Macao (de Jumacao) y Daguao (de Yuquibo).—El caney ó casa del cacique.—El fuego.—El boriqueño más adelantado que el nativo de las islas Marianas.—La poligamia.—La compra de la mujer.—El colesibí y el guanín como dote.—Ninguna ceremonia religiosa.—El matriarcado, para heredar.—Guaybana heredó á Agüeybana, su hermano, y no los hijos de éste.—El boriqueño no era adúltero.—Las ablusiones.—El tatuaje.—El achiote ó bija.—La jagua.—El boriqueño no practicaba el hurto.—Respeto á la propiedad en los primeros tiempos de la colonización.—Alimentación del indígena.—Sus bebidas.—Uso del tabaco.—Desconocimiento de la sal para adobar su comida.—Estadios públicos.—Juegos de pelota.—Bato y Batey.—El baile.—Enfermedades y cuidados del curandero.—El ben purgativo ó tautúa.—El agua fría y el masaje.—Por qué aceptamos en el boriqueño un estado político-social-religioso.
El indígena boriqueño era de estatura regular, de menor talla que el español, bien formado y de buen aspecto; el tronco desenvuelto y las manos y pies pequeños. La piel de color canela[[117]], pero tirando al amarillo oliváceo, como si dijéramos bronceado, que hizo á Cristóbal Colón llamarle, de la color de los canarios[[118]]; al cronista Oviedo decir, que era loro y á Las Casas anotarle de color moreno. El cráneo no muy redondo, sub-braquicéfalo, tendente á mesaticéfalo[[119]]; la cara grande, cameprosópica[[120]] y ancha; la frente fugitiva, inclinada hacia atrás; la boca con labios gruesos, sin ser negroides, y la comisura labial alta, dando así á la fisonomía aspecto bondadoso; la mandíbula algo pronunciada, prognática[[121]]; los ojos negros, más bien grandes que pequeños, megasemes[[122]], separados, y la oblicuidad palpebral ligeramente determinada; turbia la esclerótica; la nariz corta, estrecha, leptorrina[[123]]; recta y con las ventanas dilatadas. La cabellera negra, abundosa y crinada. Barbilampiño. Solía deformarse el cráneo, apretando con vendas de algodón la cabeza de los recien nacidos.[[124]] Tenía los cinco sentidos corporales muy bien templados, con esquisito desarrollo de la vista y tacto. Era muy parco en su alimentación. Predominaba en él el espíritu de bondad, siendo muy poco afecto al rencor y la venganza. A pesar de su mansedumbre y delicada complexión era resistente y varonil. Fué buen flechero, y cuando la colonización, cargaba tres y cuatro arrobas de peso[[125]] y las llevaba en luengas caminatas, cantando y riendo con sus compañeros de fagina.
La india boriqueña era agraciada y guapa hembra. Los caribes de las islas de Barlovento, cuando ejercían sus depredaciones sobre el Boriquén, se proveían de ellas para convertirlas en sus mujeres. Por eso extrañó tanto al misionero francés Fray Raymundo Breton encontrar en las islas Domínica y Guadalupe, que los indios hablaban un lenguaje y las indias otro. Estas indias eran boriqueñas. Cuando Colón tocó en su segundo viaje, en la isla de Guadalupe, recogió á bordo algunas indígenas, que á nado se fueron á las carabelas, y resultaron ser boriqueñas.[[126]] La historia quisqueyana nos habla de la hermosura de la cacica Anacaona y de los novelescos amores de su hija Higüemota con el pulido español Güevara; y también de las hermosas doncellas indígenas de la tribu de Bojekio, el célebre cacique haytiano. Las Casas nos refiere, que conoció en La Española (en la Vega y Santiago) indias casadas con españoles, que eran de mirable hermosura y cuasi blancas, como mujeres de Castilla.[[127]] Era la boriqueña muy fecunda[[128]]; siendo bien conformada, y de fáciles partos.[[129]]
Los niños eran de buena índole, graciosos y vivarachos; y muy dóciles á las enseñanzas de los frailes. Algunos tenían el cabello tirando á castaño, indicio de algún lejano cruzamiento ó mestizaje.
Fray Iñigo Abbad comete el error de escribir, que el indio boriqueño era de color cobrizo y de narices chatas.[[130]] El benedictino escribía de referencia, como nosotros, y al terminar el párrafo de su capítulo, dedicado á este asunto, puso una llamada y anotó como cita, á Oviedo, libro 3º folio 25, con esta letra (f). Pues bien, he aquí la prueba de que hay que beber en fuentes puras para no caer en equivocaciones. Oviedo no dice tal cosa. Véase la edición de la Academia Española de la obra de Oviedo, publicada en Madrid en 1851, tomo 1º página 68, línea 23, y se verá, que el Cronista dice: “La color de esta gente es lora.” Este vocablo viene del adjetivo latino luridus, cetrino. En castellano es sinónimo de color amulatado, moreno, lo que concuerda con la nota de Las Casas. Algunos escritores puertorriqueños han caido en error, por seguir á Iñigo Abbad. Y respecto á la nariz, confundió nuestro primer historiador la nariz corta con ventanas dilatadas del indo-antillano con la nariz chata de la raza africana. En el lenguaje antropológico la nariz de nuestro indio era mesorrina y la del africano es platirrina.
Las facultades mentales del boriqueño correspondían á las del hombre natural en el período neolítico; con la inferioridad comprobada de la raza roja ante la raza blanca; más, la influencia deprimente de los trópicos sobre un organismo, que no tenía las ventajas positivas del cruzamiento étnico. El mestizaje es favorable á ciertas razas. El desarrollo intelectual del boriqueño era escaso, la voluntad tardía, pero la memoria feliz, porque la cultivaba para la recitación de sus historitos areytos.
Refiere Las Casas, que de veinte á treinta pliegos de papel, escritos sobre doctrina cristiana, el indígena los conservaba todos en la memoria y los repetía sin tropezones.[[131]]
En la numeración el boriqueño llegaba hasta 20. Se conservan los nombres de los cuatro primeros números. El indo-antillano tenía vocablos hasta diez. De once en adelante hasta veinte recurría á los dedos.[[132]] Entre los caribes la palabra usada para decir diez significa los dedos de ambas manos, y para decir veinte la voz equivale á los dedos de pies y manos. Según el padre Gumilla, los indios del Orinoco se servían también de los pies y de las manos juntos para indicar veinte.[[133]] Según Dobritzhofer, el guaraní no tenía palabras más que hasta cuatro, y de ese número en adelante decía incontable. Si ésto es cierto, el Caribe y el Aruaca habían adelantado á su progenitor, pues llegaban hasta 10 con palabras y hasta 20 con signos. No es de extrañar tan penosos avances en el cálculo, porque nada hay más abstracto que la idea del número.
El boriqueño no tenía ideas cronológicas. El tiempo corría para él impensadamente. Sólo procuraba retener en sus históricos areytos los sucesos más memorables de su pueblo, ó los que más herían su imaginación pueril. El tiempo para él se concretaba á la división patente del día y la noche. Estaba lejos de poder utilizar los cuartos de luna como los peruanos; y mucho menos la marcha del sol como los mejicanos.
Cuando los conquistadores pusieron el pie en Boriquén, los naturales vivían ya en clans ó tribus, diseminadas por varios puntos de la Isla.[[134]] El gobierno de estas agrupaciones era patriarcal, tratando los régulos á sus súbditos como si fueran sus propios hijos: palabras textuales del obispo de Chiapa.[[135]] Amor que fué correspondido fielmente por los indígenas, cuando el triste período para ellos de la Conquista, en el que procuraron ocultar cuidadosamente á sus jefes de la activa persecución de los invasores, que tendían siempre á apoderarse de los caudillos para sofocar las iniciativas guerreras en contra de la colonización española.
Lo que podríamos llamar la constitución política del boriqueño, era monárquica, con su soberano, el cacique; el gobierno paternal con los subjefes ó nitaynos, y la casta sacerdotal de bohiques. Naturalmente, con todos los defectos de una sociedad humana incipiente: como que era el hombre de la edad de la piedra. En Boriquén había un jefe principal, que en la época de Ponce de León (1508) era Agüeybana, á quien los otros caciques de la Isla veían como más potente. La Española, ó sea Haytí, estaba dividida en cinco cacicazgos principales, con sus correspondientes reyezuelos Guarionex, Guacanagarí, Bojekio[[136]], Caonabó é Higuanamá.
La división social de los indios de Boriquén era: el cacique, ó jefe de la tribu; el bohique, ó augur curandero, como si dijéramos médico-sacerdote; el nitayno, subjefe ó lugarteniente á las órdenes del cacique; y el naborí, ó miembre de la tribu. Esta sencilla agrupación tenía desde luego su plan administrativo y la división del trabajo con arreglo á su limitada civilización y reducidas necesidades. Correspondía al cacique, como jefe supremo de la aldehuela y su comarca, cuidar de los aprestos guerreros y de la defensa general del poblejo, mantener las buenas relaciones con los régulos vecinos y obedecer las órdenes del jefe más fuerte de la Isla, que vivía al Sur. El nitayno, ó sub-jefe, venía á ser el lugarteniente sustituto del cacique. Eran varios: uno cuidaba de los límites del cacicazgo; otro atendía á los cultivos y recolección de frutos; otro á la caza; otro á la pesca; otro á la confección del casabí; etc. Disponía cada nitayno de un pelotón de naborís, que trabajando en cuadrillas podían cumplir con sus faenas. Las mujeres no eran agenas á algunas de estas labores. Es indudable, por lo tanto, que las incipientes industrias de alfarería, tallado y pulimento de hachas y demás utensilios de piedra ó madera, tejido de algodón y cordelería de majagua y maguey para hamacas, redes de pescar, taparrabos y faldellines, construcción de arcos, flechas, azagayas y macanas, estaban regularizadas de algún modo; pero era una reglamentación al fin. Así estaría también el comercio de estos objetos entre las aldehuelas é islas vecinas.
Los jefes indo-antillanos tenían tres categorías, como si dijéramos las de capitán, teniente y alferez que venían á corresponder á los vocablos Matunjerí, Bajarí y Guaojerí.[[137]] No eran títulos de nobleza, ni mucho menos; pero, sí expresiones de aprecio y distinción para establecer cierta distinción social de personas entre ellos. La humanidad en sus procedimientos, se repite con frecuencia en distintas zonas, porque el hombre ha tenido que pasar por fases muy parecidas en todas las partes del planeta.
El bohique, curandero augur, cuidaba como agorero de los ritos y ceremonias religiosas; y como médico de la salud de los miembros de la tribu. Atendía también á la educación de los indiezuelos en lo correspondiente á enseñarles los areytos ó romances históricos, para que conservaran en sus memorias las hazañas de sus antepasados y la sucesión de las cosas. Era ayudado en esta labor, de la música, que siempre atrae sobremanera al hombre natural y sencillo. Un recitado monótono con alguna nota discordante y su obligado estribillo era la canción boríqueña. Acompañaba al areyto el ritmo cadencioso del tamboril de madera, llamado magüey, y el ruido acompasado de la sonajera hecha con una higüera pequeña y vacía, con pedrezuelas dentro, la maraca, que ha llegado hasta nosotros, conservada por tradición entre nuestros campesinos. A la recitación del aretyo se unía la danza ó araguaco. Estos espectáculos no sólo tenían carácter histórico, sino algunas veces religioso ó guerrero. También era costumbre del bohique preparar á los jóvenes indios, que habían de sustituirle en el ejercicio de la hechicería y curandería.
Y, finalmente, el último miembro de la tribu era el naborí, el hombre más inferior del clan, dedicado á labriego, sirviente, cazador, pescador ó guerrero, según las necesidades de la agrupación. El naborí venía á ser como el vasallo pechero de la antigüedad.
Este era el orden correlativo social de nuestro indígena, que atravesaba en la época del Descubrimiento, el tercer período de la edad de la piedra, ó sea el neolítico; no conociendo aún el uso de los metales útiles; pero si utilizando la madera y la roca pulimentada, y viviendo en pacífico consorcio, sujeto á un método civil patriarcal; rindiendo culto á sus ideas religiosas de pueblo primitivo, y desenvolviéndose en la agricultura, la industria y el comercio, en harmonía con su rudimentaria civilización.
Hemos dicho, que el aduar de Agüeybana, el régulo principal de Boriquén, demoraba al Sur de la Isla. Opinamos, que se llamaba Guaynía, vocablo indio, alterado en los cronicones con el cambio de la n en d (Guaydia). Era el mejor caserío indígena; y estaba junto al río de su mismo nombre, que naciendo en las alturas de Macaná, vierte sus aguas en el mar Caribe.[[138]] Fué visitado Guaynia por el conquistador Juan Ponce de León, en 1508, cuando practicó la primera exploración del Boriquén. En el repartimiento de indios, que hizo Juan Cerón, en Noviembre de 1509, adjudicó Agüeybana con su ranchería y trescientos súbditos á don Cristóbal de Sotomayor, hijo de la condesa de Caminar, que trajo á las Indias una Real Cédula, en la que se le hacía merced, como poblador, del mejor cacique de esta Isla.[[139]]
Las otras aldehuelas principales de Boriquén radicaban en valles apropiados: la del cacique Caguax junto al río Turabo; la del cacique Mabó en Guaynabo; la del cacique Majagua en Bayamón; la del cacique Guacabo junto al Sibuco, río de Vega Baja; la del cacique Guaraca junto al Guayaney, en Yabucoa; la del cacique Guamaní en los territorios de Guayama; la del cacique Canóbana junto al Cayniabón, en los campos de la actual Carolina; la del cacique Orocobix en las alturas del Jatibonicu, hoy Aybonito, Barranquitas y Barros; y la del cacique Aramaná en las márgenes costeras del río Toa. Cuando la conjura general de indígenas, contra los conquistadores, aparecieron otros caciques, no pacificados, que se pusieron al frente del alzamiento, y que también tenían sus correspondientes aldehuelas. La de Guaybana era la misma de su hermano Agüeybana, cuyo cacicazgo había heredado, no inclinándose á ser guaitiao de los españoles; y fué puesto este valiente indio, uno de los primeros jefes instigadores de la rebelión de 1511. La ranchería de Urayoán estaba junto al Guaorabo, en Yagüeca, comprendiendo los territorios de Añasco y Mayaguez; la de Aymamón en las riberas del Coalibina, por la Aguada; la de Mabodamaca, en el Guajataca, comprendiendo los llanos de Quebradillas é Isabela; y la del valiente Guarionex, destructor del fortín de Sotomayor, en el Otoao. Posteriores al alzamiento de 1511, aparecieron alzados en armas los caciques Jumacao, de Macao y Yuquibo del Daguao, siendo éste el último cacique que hizo frente á los españoles.
Indudablemente habría algunas otras aldehuelas en el Boriquén; así como las de segundo orden, correspondientes á los nitaynos ó sub-jefes; pero sus rastros no hemos podido encontrarlos con fijeza en los cronicones del Archivo de Indias.
La historia nos conserva detallada la descripción del poblejo, que creemos perteneciera al cacique Aymamón. Hé aquí como nos lo pinta el hijo de Colón, narrando el segundo viaje de su padre: “Después aportó (el Almirante) á la isla que llamó San Juan Bautista, que los indios llamaban Boriquén. Y surgió con la armada en una canal de ella á Occidente; donde pescaron muchos peces, algunos como los nuestros, y vieron halcones[[140]], y parras silvestres[[141]] y más hacia Levante fueron unos cristianos á ciertas casas de indios, que según su costumbre estaban bien fabricadas, las quales tenían la plaza[[142]] y la salida hasta el mar, y la calle muy larga, con torres[[143]] de caña á ambas partes, y lo alto estaba tejido con bellísimas labores de plantas y yerbas como están en Valencia los jardines, y lo último hacia el mar era un tablado en que cabían diez ó doce personas, alto y bien labrado.”[[144]]
En todas estas aldehuelas la casa del jefe se diferenciaba en construcción de la de sus súbditos. El bohío del régulo, llamado caney, tenía configuración cuadrilonga con un pequeño pórtico, frente al batey ó plazoleta; las de los demás indígenas eran circulares, y procuraban construirlas dejando un callejón entre ellas y dos calles principales. Cualquiera población se llamaba yucayeque y cada una tenía su nombre propio para diferenciarlas. Algunos nombres se conservan, adjudicados hoy á lugares ó ríos. Otros se han perdido. Hemos podido salvar del olvido diez y ocho: Guaynía, de Agüeybana; Aymaco, de Aymamón; Yagiieca, de Urayoán; Guajataca, de Mabodamaca; Abacoa, de Arasibo; Otoao, de Guarionex; Sibuco, de Guacabo; Toa, de Aramaná; Guaynabo, de Mabó; Bayamón, de Majagua; Haymanio, de la cacica Yuisa: Cayniabón, de Canóbana; Turabo, de Caguax; Guayaney, de Guaraca; Guayama, de Guamaní; Jatibonicu, de Orocobix; Macao, de Jumacao; y Daguao, de Yuquibo.
El descubrimiento del fuego y su uso en el hogar ha sido uno de los pases de avance de la humanidad. Antes de la invención de sacar chispas de un trozo de cuarzo y de las pajuelas de azufre, parece inverosímil creer las grandes dificultades del hombre antiguo, de todos los paises, para procurarse lumbre. De estos contratiempos se originó en algunos pueblos primitivos el dedicar ciertas personas á conservar el fuego; después se castigó con extremado rigor á sus guardadores, si dejaban que se apagara. Tal ha debido ser el origen de las vestales, que trajo la santidad y culto del fuego. El boriqueño, en la época colombina, contaba ya con este progreso humano. Lo obtenía por el frotamiento sostenido de maderas apropiadas. Sobre la juntura de dos troncos, muy secos, pareados y atados con un fuerte bejuco, hacía jirar perpendicularmente un recio palo, de punta, dándole el movimiento de vaivén, que se suele imprimir al molinillo de madera de una chocolatera. ¡Con qué regocijo vería el indígena brotar el ansiado guatú (el fuego) y con qué solicitud procuraría conservarlo! Refiere Pigafetta, en la relación del viaje de Magallanes, que en algunas de las islas Marianas no se conocía el fuego. Este viaje fué en 1521. De manera, que nuestro indígena, en 1493, estaba más adelantado que los naturales de algunas islas del Pacífico. En cambio, en otras le superaban en todo.[[145]]
La aptitud afectiva se desarrolla en el hombre al par de la inteligencia: primero imperan las necesidades animales; y satisfecho el incentivo del hambre y apagada la sed surge el deseo bestial. Estos han debido ser los primeros móviles del salvaje; y luego, al constituir familia y cultivar el suelo, pasando el hombre de la horda á la tribu, ha desenvuelto ya los sentimientos afectivos del amor. El boriqueño, en la relación de sexos y vida doméstica practicaba la poligamia, principalmente los caciques. Adquiría muchas veces su mujer mediante el dote de un collar de cuentas marmóreas, llamado colesibí, á cuya prenda daba extremado valor y estimación. Entre los jefes solía obtenerse la hija de un cacique ó de un nitayno mediante la dote de un guanín. Naturalmente, que no ocurriría esto con el infeliz naborí, que se procuraría su mujer á más bajo precio, ó aceptando los despojos de sus jefes. La compra de la mujer la encontramos en todos los pueblos. Entre los boriqueños el matrimonio no tenía carácter religioso. Lo mismo sucedía en la América del Norte.[[146]] Los Aruacas de la América meridional, de cuyo tronco procedían nuestros indígenas, no observaban ninguna ceremonia para el casamiento.[[147]] Igual costumbre tenían los Guaranís del Brasil[[148]], generadores de los Aruacas. El pueblo romano, en la noche de los tiempos, tenía la poligamia jurídicamente permitida[[149]], y tuvo el matrimonio por compra (coemptio), que llegó hasta la época de las Doce Tablas, donde fué elevado á una especie de matrimonio civil.[[150]] Los babilonios vendían las mujeres para el casamiento, en pública subasta, mediante un pregonero y al mejor postor; y con el dinero que producía la venta de las hermosas se dotaban las feas, para que pudieran colocarse maritalmente.[[151]]
Empero, el amor entre nuestros aborígenes era algo más que el deseo de posesión de la hembra; y aunque cada cacique retenía para sí dos, tres ó más mujeres, al capricho, siempre había una predilecta; conservando respecto á las herencias el matriarcado, por lo que los hijos de las hermanas sucedían á los caciques en el gobierno de los cacicazgos.[[152]] Los hijos de Agiieybana no heredaron de su padre el gobierno de Guaynía y la supremacía de Boriquén, sino su hermano Guaybana. Las delicadezas y sentimientos morales del verdadero amor era natural fueran desconocidos á nuestros indígenas, dado el estado de cultura inferior en que se encontraban; pero, á pesar de esta poligamia no había adulterio entre ellos, ni ningún indio forzaba á mujer alguna.[[153]]
El boriqueño, al levantarse por las mañanas solía bañarse en el río ó la quebrada; y después, ayudado de la india hacía su tatuaje correspondiente, el embijamiento de la piel. El indo-antillano era muy afecto á las abluciones y se lavaba con frecuencia noche y día.[[154]] Usaba el tatuaje para preservarse de las inclemencias del tiempo y de la molesta acción de los insectos, principalmente de las picaduras del mosquito grande, el corasí, y del mosquito pequeño, el jején. Preparaba sus adobes y cosméticos con el grano del achiote, la bija[[155]], el cual reducido á polvo en el pétreo morterillo y mezclado con aceite vegetal, quedaba hecho un ungüento para el embijamiento de todo el cuerpo, después del matutino baño. Cuando los jefes se preparaban para una guerrilla, ó cuando el bohique iba á impetrar los augurios de la divinidad, solían hacerse grandes fajas, alternas, con el teñido del negruzco jugo de la jagua.[[156]] La guerrilla, ó guasábara, era provocada generalmente porque el vecino invadía el territorio en busca de pesca ó caza, ó por haber hecho la petición de la hija de un cacique inmediato para casamiento y recibir una negativa de parte del otro régulo, ó dársela á otro cacique.
Respecto á la idea de la propiedad, Pedro Mártir de Anglería cayó en el error de anotar, que los indo-antillanos no conocían lo mío y lo tuyo. El célebre cronista escribía sobre este punto bajo la impresión de los informes del primer viaje del Almirante, limitado á las islas Lucayas y á una exigua parte de Cuba y Haytí. El boriqueño, en la época colombina, tenía ya idea rudimentaria de la propiedad y de la división del trabajo; y era leal á sus vecinos no practicando el hurto de los objetos particulares. Refiere Las Casas,[[157]] que en los primeros tiempos de la colonización de La Española, no usaban los pobladores llaves ni cerraduras en las arcas, y que jamás faltó un granillo de oro en las casas, ni una ropilla, ni objeto alguno.
El boriqueño era en sus comidas muy frugal. Su alimento común era la batata ó el boniato, asados, é impregnados del picante ají. Su pan, el casabí. Utilizaba las frutas silvestres, que no cultivaba. El maíz lo comía crudo ó tostado. Pescado, ave ó reptil era plato extraordinario, en cuyo guiso usaba el vinagre de yuca. No conocía el uso de la sal en confecciones culinarias. El indígena de Cuba y Santo Domingo tenía varios animalillos, como la jutía, que aprovechaba en su alimentación, el boriqueño carecía de ellos, ó si los tuvo fueron muy escasos. Por bebida común tenía el agua, aunque sabía sacar partido del casabe y del maíz, fermentados, para preparar una bebida excitante. Tomaba su alimento por la mañana y por la noche. Después de la cena fumaba su tabaco. Y como no todos eran fuertes á la acción de la nicotina, y habría también sus novicios, algunos solían vomitar la comida: lo que indujo á creer que el indio usaba la nicociana planta como vomitivo. Y el error fué más grande aún al anotar, que el curandero tomaba siempre de la misma medicina que su doliente clientela, cuando vieron los primeros invasores que el indígena enfermo y el bohique fumaban juntos los informes cigarros y quedaban envueltos en bocanadas de humo. No hubiera sido entonces muy socorrido el oficio de médico; ni, aceptada la disparada noticia, puede concebirse organismo humano que la resistiera. En este punto el ermitaño Pane y el cronista Oviedo cayeron en error craso.
Existen en determinados puntos de la Isla unos estadios ó palenques, que los actuales habitantes del país designan con el impropio nombre de juegos de bolas. Indudablemente el boriqueño trabajó y preparó estos sitios para congregarse en ellos con algún fin. Estos palenques están limitados por bloques pétreos de diversos tamaños. Las piedras mayores no exceden de una vara; y vienen á determinar un espacio de seiscientos á mil pies cuadrados, en forma rectangular.
Estas plazoletas servían para juegos de pelota, danzas y cantares (los areytos) y ejercicios guerreros. Pobres esbozos del estadio griego y del circo romano. En ellos tendrían también los caciques, bohiques y nitaynos sus asambleas para resolver sus algaradas bélicas, ó guasábaras, á fin de defenderse de las invasiones caribeñas y también para tomar consejo sobre sus luchas internas, por límites de cacicazgos. El doctor Stahl partió de ligera, al aceptar la leyenda de nuestros campesinos, de que esos sitios eran juegos de bolas.[[158]] He aquí como Las Casas describe estos estadios, que en Santo Domingo llaman corrales de indios y nuestros jíbaros les han dado el impropio nombre de juegos de bolas: “Tenían los indígenas una plaza, comunmente ante la puerta del señor, muy barrida, tres veces más longua que ancha, cercada de unos lomillos de un palmo ó dos de alto; y el salir de los quales la pelota era falta. Poníanse veynte ó treinta indios de cada parte, á lo largo de la plaza. Cada uno ponía lo que tenía... Echaba uno la pelota é rebatíala el que se hallaba más á mano. Si la pelota venía por alto, la rechazaba con el hombro; si venía por lo bajo, con la mano derecha. De la misma manera la tornaban hasta que alguno caía en falta. Era alegría verlos jugar cuando encendidos andaban, é mucho más cuando las mujeres unas con otras jugaban é rebatían la pelota con las rodillas é con los puños cerrados.”[[159]].
El boriqueño hacía la pelota con motas de algodón, fibras de palmera y la pez del fruto del árbol cupey. Cerca de algunos ríos y quebradas se encuentran los restos pétreos de estos palenques, llamados batey, y radicaban cerca de alguna corriente de agua, por la sencilla razón de que los boriqueños, después de sus agitados juegos, se bañaban con placer. El vocablo batey se ha conservado entre nosotros pasando á designar la plazoleta que hay frente á las casas de campo, y en los ingenios azucareros frente á la fábrica ó trapiche. En la aldehuela indígena no había batey más que frente á la casa del jefe.
Si aficionado era el boriqueño al juego de pelotas no lo era menos al baile. Al son de sus roncos atabales y tarareando una coplilla danzaban alegremente y bailaban su araguaco. Colocaban los brazos de unos sobre los hombros de otros, formando hileras. Las indias, por su parte, bailaban con el mismo compás, tono y orden que los hombres. La cancioncilla iba al tenor de sus sencillos instrumentos.[[160]] Todavía conservamos de ellos la alborotadora maraca, y el áspero güiro; y al seco tamboril ó magüey, se le ha agregado el retumbante cuero para hacerlo más sonoro.
El boriqueño tenía quien le atendiera en sus enfermedades. El hombre primitivo de todos los pueblos ha considerado las enfermedades como enviadas por un poder sobrenatural. Ha creido entonces que era su deber aplacar á la divinidad ofendida. Y de ese amalgama imaginario de espíritus maléficos y enfermedades nació la idea de hermanar y fundir en una sola las dos facultades, la del médico y la del sacerdote. Por eso el bohique era curandero augur. Cuando sus auxilios eran solicitados para un paciente, empezaba el bohique por sugestionar al enfermo, haciendo una invocación á los espíritus, como lo hacen hoy los mediums espiritistas, que se dedican al arte de curar. Hecha la invocación al zemí—algún muñeco de piedra, barro, madera ó algodón, que no faltaba como dios penate en la choza indo-antillana—empezaba el bohique á reconocer al enfermo. Entre las maneras que tenía de curar á los enfermos descollaba el masaje. Empezaba por los hombros y brazos, continuaba por todo el cuerpo y terminaba por las piernas, estregándolo siempre y soplando.[[161]] Si consideraban al enfermo muy malo daban orden á los parientes que lo sacaran del bohío y lo llevaran al monte. Allí lo acomodaban, le dejaban algunas vasijas con agua fresca y algunas cosas de comer. Y de cuando en cuando iban á lavarlo con agua fría, por lo adicto que eran á las abluciones corporales.[[162]] El bohique purgaba á sus enfermos con la semilla del tau-túa, ó ben purgativo; y probablemente también con la semilla del tártago, llamado hoy en Cuba y Santo Domingo piñón, y cuyo nombre primitivo hemos perdido. Estos arbolitos medicinales los cultivaba el indígena junto á su choza.[[163]]
El boriqueño enterraba sus muertos lejos de la casa, en simples sepulturas, colocando los cadáveres sentados. Al indo-antillano le acompañaba su amuleto, ó dios tutelar, hasta la fosa. Con el cacique difunto solía algunas veces enterrarse espontáneamente alguna de sus mujeres. Era el amor ciego y consecuente más allá de la tumba. Era la hembra fiel, siguiendo á su macho hacia lo desconocido. El amor violento y brutal arrostrando toda clase de peligros. Hoy pasa lo mismo con distinta morfología. La mujer, más sensible que el hombre, siempre está dispuesta al sacrificio.
Estrañará á algunos, que hayamos concedido civilización y un estado político-social-religioso al pueblo indio boriqueño, que vivía en completa desnudez, los hombres con un simple taparrabo, las mujeres casadas con un faldellín de algodón, la nagua[[164]], desde la cintura hasta los tobillos, y las doncellas como sus madres las parieron. Mas, esta sorpresa desaparece tan pronto tengamos en cuenta, que era un pueblo primitivo, morando en una zona tropical. El hombre de los países fríos, aunque sea salvaje, es el que procura satisfacer como una de sus principales necesidades el cubrir sus carnes, para resguardarlas de la inclemencia de las estaciones. El pueblo ario, que procedía de una zona cálida, al invadir la Europa, llevaba únicamente como vestido un mandil de cuero.[[165]]
Y respecto á civilización, nosotros opinamos, que desde el momento en que el hombre empezó á trabajar el silex para procurarse armas y utensilios, rompió la cadena que le ataba á la vida nivelada de los demás animales y comenzó para él la civilización, lenta y trabajosa, pero progresiva, que ha llevado á la humanidad al estado actual de cultura y civismo.