CAPITULO VIII.
El indio boriqueño, en la época colombina, era ya agricultor.—Sementeras en camellones.—La coa.—El conuco.—Cultivo de la yuca como alimento fundamental de la tribu.—Como se preparaba el casabí.—El uikú, bebida hecha con casabe fermentado.—El vinagre de la naiboa.—El maíz ó maisí.—El boriqueño comía tostado el maíz.—Hacía también de él la bebida fermentada la xixá.—Ignoraba hacer pan de maíz como los de Tierra-Firme.—La batata y los boniatos ó ajes.—Sus variedades.—Cultivos secundarios: el lirén y el maní.—El boriqueño utilizaba sin sembrarlos la yahutía, el mapüey, la imocona, el guayaru y otras raíces.—Entre las frutas cultivaba la yayama ó piña dulce; y cosechaba las otras al capricho.—Cultivo del ají, del tabaco y de la tau-túa.—Aprovechamiento del algodón, majagua y maguey, sin plantarlos.—Tejidos.—Cordelería.—Tintorería.—Zumos de la jagua, de la bija y del jikileti.—La cabuya.—Las jabas.—El tallado y pulimento de la piedra.—Canteras destinadas á este fin.—La cueva de Miraflores, en Arecibo.—El taller indígena.—El hacha ó manaya.—El almirez.—Los collares.—Los zemís ó dioses penates.—Los guayos.—El colesibí.—La tatagua.—La alfarería.—Objetos de madera.—La macana.—Arcos y flechas.—La azagaya de cupey.—Utensilios domésticos de higüera.—Objetos de hueso.—El boriqueño como cazador y pescador.—El aborigen estaba en armonía con el período histórico que atravesaba y su medio ambiente.
El indio boriqueño, en la época del Descubrimiento, era ya agricultor. También el hombre prehistórico europeo en la época robenhausiana ó de la piedra pulida, lo era también.[[191]] El aborigen no había pasado por el período del pastoreo, porque no tenía animales domésticos que pastorear. El hombre se ha ido desenvolviendo en el planeta en harmonía con el medio ambiente del suelo que ha ocupado. Nada más flexible que las reglas sociológicas. El hombre natural vive como puede, utilizando los medios que se le presentan. Por eso el boriqueño, de cazador y pescador, pasó á agricultor; y fué más pescador que cazador, á consecuencia de la escasez de aves y animales monteses en la Isla y la abundancia, por el contrario, de peces en los ríos y ensenadas.
El indio de Boriquén trabajaba la tierra con un palo tostado al fuego, la coa, que le servía de azada. Con este tosco instrumento arreglaba muy bien sus sementeras en camellones, labrando sus campos con sumo cuidado. Llamaba sus labranzas kunúku, vocablo que ha pasado á nosotros conservado en el castellanizado conuco.[[192]] Hoy usamos la misma palabra para designar una pequeña heredad, ó campito, con su rancho. Debemos á Las Casas la descripción de cómo el indígena preparaba sus tierras para la siembra de sus yucas, ajes y batatas. “Hacían los indios, narra el célebre clérigo sevillano, unos montones de tierra, levantados del suelo como una vara de medir, é tenían en contorno nueve ó doce pies: un montón estaba apartado del otro dos ó tres pies: todos por su orden: rengleras de mil é dos mil é diez mil de luengo: é otros tantos de anchura, según la cantidad que determinaban poner.”[[193]]. Ya el ilustrado cubano don Alvaro Reinoso presentó al Congreso Internacional de Americanistas de Madrid, el año de 1882, un interesantísimo trabajo sobre el cultivo en camellones, como dato de la agricultura de los indígenas de Cuba y Haytí en la época precolombina.[[194]] Y los boriqueños estaban en todo más adelantados que los siboneyes de Cuba y en el arte lítico más que los haytianos.
El cultivo de la yucubía se extendía en el Boriquén á grandes plantíos; á veces, de más de diez mil montones de matas. A los cinco ó seis meses los sembrados presentaban un bonito aspecto. Al año ya se cosechaba la raíz, ó fruto, llamado yuca; y se podían explotar los yucales hasta tres años.
El boriqueño, ayudado de las mujeres, trabajaba el venenoso tubérculo de la yucubía para obtener su alimenticia harina. Lavada la yuca y raspada la película externa con una conchita de almejas, llamada caguará, reducíanla á una grosera harina, la catibía, rayando el tubérculo en las asperezas de una tabla cuadrilonga de palma de yagua, sembrada de piedrecitas silíceas, que llamaban guayo.[[195]] Recogían los boriqueños la harina de la yuca en un sitio ó artesa, llamado guarikitén, según iban rallando los tubérculos. Luego, echaban esta harinosa masa en un saquito hecho de empleita de palmera, llamado sibucán, el cual colgaban de un árbol, y dos indios ó indias, mediante un palo enganchado en el otro extremo de la manga, según refiere Las Casas,[[196]] ó ayudado del peso de grandes piedras, como dice Oviedo, esprimían el saquito, para extraer de la yuca el jugo venenoso, llamado naiboa. Retirado el mortífero zumo, tomaban el farináceo producto y lo cernían en el jibi, una especie de cedazo hecho de cañitas muy finas de carrizo; obteniendo así muy buena harina, la que extendían en panes redondos, del grueso de dos dedos, en una cazuela ó plato llano de barro, llamado burén, que ponían al fuego sobre piedras, dando vueltas á las tortas con una tablilla, llamada küisa, hasta que el pan casabí quedaba hecho. Con la mejor flor de harina de yuca hacían un casabe selecto, muy blanco, que llamaban xau-xau. Sabían también extraer el almidón de la harina de yuca, cuyo producto llamaban anaiboa y la utilizaban en sus comidas. Era toda una industria de panadería, tanto ó más complicada que la de nuestros días con la harina de trigo, cuyo origen se pierde también en la noche de los tiempos prehistóricos.[[197]]
Los indígenas de la islita la Mona[[198]] sembraban mucha yuca y confeccionaban mucho casabe, y cuando Juan Ponce de León vino por vez primera á Boriquén, en 1508, tocó en aquella islilla de paso, y pudo aprovicionarse en ella de pan casabí para su gente, enviando luego, desde San Juan, la carabela al mando de su lugarteniente don Juan Gil Calderón, para que los naturales de la Mona le facilitaran de nuevo bastimento de casabe para los cincuenta hombres de su expedición.
Otros dos productos sacaba el boriqueño del tubérculo de la yucubía. Solía hacer un vinagre para sus guisos, hirviendo bien el jugo venenoso de la yuca, el ponzoñoso naiboa, para que se evaporase el tósigo mortal, y después de hervido este zumo lo guardaba para que se acidulase.[[199]] El otro producto era la bebida uikú, que la obtenía poniendo pedazos de casabe á fermentar en vasijas llenas de agua, agregándole algunos trozos del mismo casabe, masticado por indias jóvenes, para utilizar la saliva como agente de fermentación.
El aborigen cultivaba además el maíz, dos veces al año. El vocablo español maíz procede del indo-antillano maisí. El boriqueño comía el maiz tostado; y le servía también para hacer una bebida fermentada la xixa,[[200]], que le gustaba mucho, como la otra bebida obtenida del casabe, el uikú. Necesitaba también nuestro indio de la diastasa de la saliva para provocar la fermentación del maíz; por lo que ponía indias jóvenes á mascar granos de maisí y á echarlos impregnados de saliva en los tinajones donde se iba á preparar su preciada original cerveza.
El boriqueño no sabía hacer pan de maíz, como algunos terrícolas de Tierra Firme, lo que prueba que este avance en la alimentación fué posterior en Venezuela á la separación de las tribus Aruacas, que invadieron el Archipiélago antillano. Fenómeno que se ha repetido mucho en la historia de la humanidad: porque el hombre no produce nada completo de una vez. El ario trituraba el grano de trigo, pero desconocía el molino de brazos; el indo-europeo llegó á este avance cuando se situó en los terrenos de aluvión de la cuenca del Volga.[[201]]
El aborigen cultivaba en gran escala la batata, de la que la historia nos conserva los nombres de algunas variedades. Llamaba á la blanca guanaguax; á la morada guanagüey; y á la que era blanca y morada, guanaraca. El fruto que hoy se llama boniato, los indígenas denominaban aje; y al morado lo llamaban aniguamá; y al rojo, xaxagüeyú. Plantaban también en sus labranzas el lirén sabroso y el maní, rival de la avellana. Y utilizaban, al azar, la yahutía, el mapüey, la imocona, el guayaru y otros tubérculos alimenticios; pero sin ocuparse en sembrarlos. También cosechaban los boriqueños, sin cultivo, las frutas silvestres de los montes y maniguas, el mamey, la guayaba, el anón, el jobo, la guanábana, la pitajaya, el guamá, la tuna, el jicaco, el caimito, el cajuil, las guiabaras ó uvas de playa, la piña, que llamaban yayama, y las olvidadas hoy de la guaba, el ausubo y la yagruma.[[202]]
Había otras tres plantas, que con cuidadosa atención procuraba el aborigen replantar cerca de su bohío; y estas eran el ají, el cojibá ó tabaco y el ben purgativo. Del ají tenía dos especies principales, una dulce y otra picante, y unas cuantas variedades. No se conserva más que el nombre indígena del picante, que lo llamaba guaguao; á todas las demás variedades nuestros campesinos le han puesto nombres caprichosos.
Nuestro indio cultivaba el tabaco, su cojibá, con dos fines, uno común y otro religioso. Después de la cena, algunos mascaban la nicociana hoja:[[203]] otros sabían hacer unos mosquetes ó cigarros mal enrollados, que llamaban tabacos, y aspiraban su humo embriagador. No faltaba indígena, que tras la intoxicación de la nicotina, arrojase cuanto había comido. Lo que indujo á creer, á los que primeramente observaron esta costumbre, que el indio usaba esta planta como vomi-purgativo. Error en que han incurrido después otros escritores modernos. Según el Dr. Crévaux, los Oyampis de las Guayanas, usan la fumigación de tabaco contra los cólicos, lanzado el humo directamente sobre el sitio dolorido por el mismo curandero: cuya medicación está de acuerdo con los soplos y frotes de que nos hablan los Cronistas y es lógico aceptarlo. Para las ceremonias religiosas preparaba el bohique, como augur de la tribu, una especie de rapé, del cojibá, que se tomaba por las narices con su correspondiente instrumento litúrgico y ceremonial ad hoc. El acto de tomar estos polvos se llamaba el cojoba. Lo hacía el hechicero bohique antes de impetrar al zemí bienhechor; y también en determinadas asambleas, ó consejos de jefes, en unión de los caciques y nitaynos.
La tercera planta, que el boriqueño procuraba cultivar cerca de su choza, según lo anota cuidadosamente Las Casas, era la tau-túa, con la que se había de medicinar. Tenemos en Puerto Rico tres arbolitos, que dan semillas purgativas: el tau-túa, ó jatropha gossypifolia, que los franceses llaman grand ben purgative y avelines purgatives; y los ingleses denominan bastard french physic-nut ó spanish physic-nut. El tártago, ó sea la jatropha curcas, que en Cuba y Santo Domingo llaman piñón; los franceses denominan grand pignon d’ Inde y noix de Barbades; y los ingleses conocen con el nombre de Barbados seeds. Y finalmente don Tomás, ó sea jatropha multifida, que los franceses dicen medicinier a fleurs scarlates; y los ingleses french multifid. Las Casas, como indicamos más arriba, nos da la prueba histórica de nuestro aserto, describiendo el ben y el cuidado con que el indígena procuraba sembrarlo junto á su casa. Es probable que el boriqueño usara indistintamente de estas semillas purgativas, así como de algunos bejucos.[[204]] Por supuesto, que la enfermedad del indio siempre era considerada por el curandero augur, ó bohique, como un daño hecho por los espíritus malignos ó maboyas.
Aunque el boriqueño no cultivaba el algodón, ni la majagua, ni el maguey, que abundaban por doquiera silvestres, los cosechaba para utilizarlos. La india hilaba bastante bien el algodón, el sorobei, y tejía con él los faldellines para las mujeres casadas y los taparrabos para los hombres. También trabajaba de algodón las hamacas, y unas especies de pulseras para los brazos y tobillos; algunas carátulas para los ídolos y otras cosillas; y los hombres tejían de sorobei sus redes de pescar. En su reducido gusto estético tenía ya el aborigen el conocimiento de la tintorería, y algunos de esos objetos de algodón los teñía con el jugo de la jagua, dándoles visos negruzcos, ó con el zumo del jiquilete, añil cimarrón, hermoseándolos de color azul, ó los coloraba de amarillo con la bija, nuestro vulgar achiote, voz ésta de origen azteca, que ha prevalecido en el lenguaje, en vez de la boriqueña bija. También solía maridar en franjas, ó listas pareadas, estos colores.
La majagua, cuya fuerte corteza facilita larga fibra, y el maguey, cuyos blancos hilos son resistentes, eran destinados por los boriqueños á cordelería, haciendo con ellos muy buenos cordeles, que llamaban cabuyas, y unas cestas redondas, llamadas jabas, que acostumbraba el indio llevar al hombro, á las extremidades de un palo, cuando viajaba: costumbre que aún perdura entre nuestros campesinos.
Vemos, pues, que nuestro indígena, á la par que agricultor era también industrial. El aprovechamiento del algodón, de la majagua y del maguey eran ya industrias nacientes, á las cuales tendrían que dedicarse determinadas personas, con su correspondiente aprendizaje. En las edades prehistóricas el arte de tallar y pulimentar la piedra, la alfarería, la cordelería y el tejido rudimentario de algunas telas, así como la caza, pesca, pastoreo y agricultura, tuvo que estar confiado á determinados individuos, que lo hicieron privativo, primero, de sus familias, pasando luego ese derecho á ciertas tribus.
El tallar la piedra debe haber requerido su laborioso aprendizaje y el pulirla suma paciencia. Debieron haberse escogido canteras apropiadas y en las cercanías de ellas fijarse familias de obreros, dedicadas constantemente á esta industria. Mediante la permuta, que es el alborear del comercio, se aprovisionarían de bastimentos para vivir y realizarían á su vez los efectos pétreos. El boriqueño tenía canteras escogidas para fabricar sus utensilios de piedra. La gruta de Miraflores, en Arecibo, es una muestra patente de lo que decimos. Nosotros llamamos á esta cantera el taller indo-boriqueño. Examinada la caverna, lo primero que llama la atención del investigador es un stone-pillar, ó monolito, á medio concluir. El artista llegó á cincelar los ojos y la boca; y después empezó á formar el pilar y á separarlo de la roca. En el lado izquierdo de su labor alcanza hasta unos 40 centímetros, formando la columna: en el lado derecho hasta unos 25 centímetros. Las cuencas de los ojos de la figura están trabajadas ligeramente oblicuas; pero con una oblicuidad dirigida de abajo y fuera hacia arriba, de modo que si se prolongaran los ángulos internos de estas cuencas irían á encontrarse en el centro de la frente. Oblicuidad completamente distinta á la fig. 45 de la colección Látimer, del museo Smithsonian Institution, de Washington, que guarda relación con una carátula de piedra de nuestra Colección y con otra cara grabada en una de las paredes de la citada caverna. Este monolito, á medio concluir, está en la arcada principal de la gruta que mira al E. en el lado derecho del observador. En este mismo sitio están casi todos los trabajos. La segunda figura de importancia es una cara con los ojos oblícuos, á estilo mogol, pero muy acentuada la oblicuidad. Están delineados los ojos, la nariz y la boca: y habían empezado á fijar el óvalo de la cara. En este estado, el trabajo fué suspendido por el artista. A poca distancia hay otra cara también muy interesante. Tiene los ojos circulares y paralelos, las cejas unidas, la boca pequeña, el límite del rostro en forma triangular con la frente baja y el mentón pronunciado. Tenemos en nuestra Colección un ejemplar parecidísimo, que nos induce á creer que esta cara pétrea del taller indo-boriqueño estaba también en vías de fabricación. Más abajo, en la misma rocosa pared, hay grabados ojos y bocas, pero sin óvalos: trabajos incipientes en período de iniciación. En uno de los paredones del camino que conduce á la gruta, hay también una carita comenzada. Era, pues, indudablemente una cantera en explotación, un verdadero taller lítico para objetos pétreos y no un templo, como equivocadamente han anotado algunos viajeros. Es el primer taller de que se da cuenta, hallado en nuestra Isla. Razón tenía Ratzel[[205]] para afirmar que “las antiguas esculturas de piedras de Puerto Rico demuestran una habilidad especial en el labrado de la piedra, que no encontramos en ningún otro punto de las Indias Occidentales”. Los siboneyes, los yucayos y los jamaikinos desconocían el arte de trabajar la piedra. Los naturales de Boriquén estaban más adelantados que los de Haytí en esta industria. El obrero boriqueño, en los trabajos líticos, era el primero del Archipiélago antillano.
El objeto de piedra más necesario para el boriqueño era el hacha ó manaya. En nuestra Colección tenemos cuatro tamaños principales; pero el indígena tendría indudablemente una completa variedad de mayor á menor tamaño, según sus necesidades. Servíale la manaya para tumbar el árbol, el giié-giié; ahuecar el tronco corpulento de los cedros y ceibas y hacer la almadía, la canoa, cuyo vocablo ha tomado carta de naturaleza en nuestros idiomas. Tenía el boriqueño una pequeña canoa, en la que escasamente cabían dos personas, y otras de capacidad mayor, que podían conducir un pelotón de hombres. El Almirante vió esquifes de éstos, que él llamó almadías, que contenían de setenta á ochenta indios; Fernando Colón cita una de capacidad para 150 personas; y Las Casas dice, que vió canoas, que podían llevar de cincuenta á cien indígenas. Dedicaba la pequeña canoa el boriqueño á la pesca; y la grande al desarrollo paulatino de su incipiente comercio entre las islas, cuyo tráfico era principalmente con los terrícolas de la Mona y los naturales del Higiiey, de la inmediata Haytí.
Calculemos, por un momento, la actividad desplegada en la cantera, en el taller indo-boriqueño. Unos tallando hachas; otros, morterillos; aquí dujos; allí, collares; acá, cincelando monolitos para los límites de sus juegos de pelota; allá, ídolos mamiformes de Yukiyu, el dios bienhechor de Boriquén. Cada cual dedicado á su especialidad lítica. Habría manos privilegiadas para ciertas labores. El gusano roedor de la envidia profesional también en el taller indo-boriqueño hincaría su venenoso diente. Los trabajos más sencillos serían encomendados á los aprendices, como los guayos, que requerían solamente fijar pedacitos de sílex en una tabla de palma de yagua, para hacer el utilísimo rallo. También se les conferiría á los aprendices la penosa labor de pulir hachas, una vez talladas. En el cincelamiento y ornamentación entraría el maestro á dar los últimos toques. El colesibí ó collar de piedrezuelas marmóreas, la tatagua ó arracada, revelan ya el incipiente gusto artístico. ¡Con qué infantil orgullo contemplaría el artista de la edad de la piedra pulimentada su pétreo objeto ya terminado!
Igual actividad habría en la alfarería. Lo primero que se harían cuidadosamente serían los burén, para el cocido del pan casabí al fuego. Era necesario que estos lebrillos quedasen bien templados para que no se resquebrajasen á la fuerte lumbre á que tenían que someterlos. Otros se dedicarían á hacer cazuelas; otros, canaris para el agua, ó tinajones para el uikú y la xixá. El refinamiento de adornar las abrazaderas de las cazuelas y ollitas correspondería á los más expertos en el arte. El escogido de la arcilla y su manipulación para ponerla en condiciones de modelaje requiriría inteligente dirección. Las grotescas figurillas de barro cocido, que constituían los dioses penates del indígena, tendrían obreros especiales, para no separarse del modelo del zemí tutelar. ¡Con qué positiva seguridad puede nuestra mente retrotraerse á aquellos lejanos tiempos y darse cuenta exacta del desenvolvimiento de la época neolítica! ¡No en vano avanza la Paleontología, arrancándole al pasado sus secretos!
También trabajaba el boriqueño la madera con esmero. En la Isla de Guanabo[[206]] se hacían primorosamente dujos, bateas, cucharas y otros objetos de una madera negra, que suponemos fuera la caoba ó la maga, ó tal vez la negruzca raíz del mangle viejo. Refiere el cronista Pedro Mártir, que catorce de esos curiosos asientos, llamados dujos, labrados con arte maravillosa, fueron regalados por Bojekio, cacique de Jaragua, en Haytí, á don Bartolomé Colón, cuando el Adelantado visitó el cacicazgo del célebre hermano de Anacaona; y que, además, le obsequió con sesenta utensilios de arcilla, propios para el servicio de mesa.[[207]]
De varas de cupey[[208]] hacía el aborigen sus azagayas; y de corteza de palma de yagua[[209]] sus macanas, fuertes garrotes de combate, de cuatro palmos de largos. Como arma ofensiva, también tenía la flecha. Hacía el arco, el paira, de un grueso bejuco; y con cogollos de caña silvestre preparaba la flecha, en cuyo extremo colocaba una espina de pescado ó una punta de pedernal.[[210]] Aprovechaba el fruto maduro de la higiiera[[211]] para hacer cucharas y vasijas útiles para el uso doméstico. Las pequeñas vértebras de pescados sabía utilizarlas para sugetar plumas de colores en sus espesas cabelleras; y también de algunos huesos de peces hacían anzuelillos de pescar.
Buenos flecheros los boriqueños, más diestros que sus vecinos los quisqueyanos y siboneyes, cazaban en las costas la yaguasa y otras aves marinas; y en los montes y sabanas el guaraguao, el mukáru, la iguana, la sasabí (la cotorra) y las tórtolas, en abundancia. También eran hábiles pescadores, y con sus redes de algodón, anzuelos de hueso, y otros medios artificiosos, se proveían de dajaos, lisas, anguilas, biajacas, jureles, guabinas, pargos, mojarras, manatíes, cazones y otra multitud de peces, que tanto abundan en nuestros ríos y mares. Los ribereños del Abacoa (río Grande de Arecibo) y los de Camuy y Manatí tenían abundantemente el setí, en los plenilunios de Agosto, Septiembre y Octubre. Entre los crustáceos, disponían los indígenas del carey (tortuga de mar), la jicotea (tortuga de agua dulce), el juev (cangrejo de mangle), la jaiba (congrejo de agua dulce) y la buruquena (cangrejillo de río); y además, langostas y camarones.
Por lo tanto, el boriqueño, con su agricultura é industria incipientes, había avanzado en su rudimentaria civilización, guardando harmonía con el período de la edad de la piedra pulimentada, en que se encontraba, y en relación también con el medio ambiente de que disponía. Prisionero en una triste roca, en pleno mar, se adelantó á los siboneyes, yucayos y jamaikinos y rivalizó con los haytianos y quisqueyanos, al par que mantenía á raya á los audaces caribes, que invadían piraticamente de cuando en cuando el Boriquén.[[212]]