II.
Las cartas de Godfrey Aleyn á Bacon empezaron desde el momento de la partida de Inglaterra á narrar los sucesos. La primera, con fecha 2 de agosto de 1595, avisaba la llegada á Dieppe, cuyo gobernador recibió á Pérez con grandes atenciones.
Bermúdez de Castro confundió al funcionario con el Duque de Chartres: era el Comendador de Chaste, vencido en la isla Tercera por D. Alvaro de Bazán, que por entonces andaba en proyectos de expedición corsaria, por su cuenta, á las Indias[116]; así podían serle de mucha utilidad la presencia y las noticias del viajero; mas éste se aburría en una ciudad en que apenas pudo saber algo de Flandes que comunicar á su buen amigo al otro lado del Canal, y queriendo trasladarse á Ruan (Rouen), le acompañó por el camino el referido gobernador, llevando escolta de 50 caballos[117].
Halló en el Duque de Montpensier, que regía la plaza, acogida no menos grata que en Dieppe; el Príncipe le salió al encuentro con 100 caballos; le sentó á su mesa, procurando hacerle agradable la estancia, como el Rey se lo mandaba, y confirmando las palabras tuvo Pérez carta datada en Lyon á 26 de agosto en que el mismo Rey le daba bienvenida.
«Como pienso ponerme en camino, decía, no quiero tengáis la molestia de pasar adelante, sino que me esperéis en Rouen. Hoy mismo escribo á mi primo el Duque de Montpensier que os dispense las consideraciones merecidas por vuestras virtudes, que yo siempre os he de dispensar. Sin embargo, si preferís ir á París, lo dejo á vuestra decisión: allí encontraréis en tal caso á mi primo el Príncipe de Conti, al Sr. de Schomberg y á los de mi Consejo, que tienen prevención de recibiros y acojeros como lo haría yo mismo.» Consolábale á seguida del accidente mortal ocurrido al pobre D. Martín de Lanuza, recomendando se conformara con la voluntad de Dios, en la seguridad de que la suya no había de faltarle nunca[118].
Satisfecho podía estar el Peregrino si no nublara un tanto los auspicios favorables la diligencia del Sr. Gil de Mesa en comunicarle nuevas de otro género. Habíale mostrado el Ministro Villeroy avisos de Flandes de andar por París el señor de la Pinilla de Aragón, de quien se decía haber tomado 6.000 ducados de oro á cuenta de la vida del fugitivo, yendo en su compañía un fraile y un criado. Por otra parte, le anunciaban, con referencia al gobernador del Havre, que cuando él (Pérez) marchó á Inglaterra, un inglés llamado Burle propuso al dicho gobernador ganarse 100.000 ducados si entregaba vivo al pasajero, ó 50.000 si quería darlo muerto; proposición que rechazó indignado.
Estas confidencias, nada á propósito para tranquilizar el ánimo en quien no le tenía muy grande, templaron el deseo de encaminarse á París, mientras no lo hiciera un cuerpo de tropa mandado por M. D'Incarville. El mismo Duque de Montpensier le aconsejó esperar esta ocasión, y aun agregó á la tropa varios oficiales del Rey que le dieran particular escolta.
Llegado á la capital el 10 de septiembre, le visitaron los señores del Consejo de Estado, confirmando las órdenes que del Rey tenían recibidas para velar, sobre todo, por la seguridad. Preguntaron si conocía al señor de la Pinilla; y como la respuesta fuera afirmativa, le propusieron alojamiento en la Bastilla, por ser lugar fuerte en que había perennemente guardia de soldados; pero si no le agradaba la mansión, estaban dispuestos á poner en la casa que eligiera cuatro guardias del Rey, que le custodiaran día y noche. Pérez optó por lo último: la visita de la Bastilla hecha el mismo día no le había satisfecho, y descansó en una posada elegida por M. D'Incarville. De ella escribió al Conde de Essex los pormenores que van referidos; agregó las noticias políticas que había recogido desde la separación, y contestando las recibidas de Londres manifestó su aprobación, así relativamente á los aprestos que se iban haciendo de la expedición contra Cádiz, como á los más atrasados de la jornada de Drake á las Indias. Sobre ésta en particular se extendía, tratando del partido que podía obtenerse de los indígenas; materia dispuesta á la rebelión, tanto por condición propia como por los agravios recibidos de los españoles[119].
Ocho días después le instalaron los del Consejo en una casa muy hermosa que había pertenecido al Duque de Mercoeur, sin que tuviera que ocuparse de nada; los guardias ofrecidos y el cocinero ocupaban sus respectivos puestos. Hecho por su parte acatamiento á Madama Catalina, la hermana del Rey, le llevó la Princesa en su carroza á ver la comedia, honra (escribía á Essex) que había sorprendido á mucha gente y á él le daba alegría y satisfacción[120].
Los términos de la carta suplirían por sí solos la última confesión, según pintan las impresiones de la vanidad satisfecha; sólo que duraron poco. La epístola inmediata trataba del complot descubierto contra su vida; de la prisión del señor de la Pinilla; de la inquietud que sentía: quisiera volver á Inglaterra, y no le vendrían mal algunos fondos[121].
El incidente de la prisión, que parecía justificar los temores y las precauciones, requiere consideración un tanto detenida, empezando por la narración de Bermúdez de Castro, que vale tanto como decir la que hizo la pluma de Antonio Pérez.
D. Rodrigo de Mur, señor de la Pinilla, acompañado de un criado y de un fraile vizcaíno, de nombre Mateo de Aguirre, aparecieron en París, despachados por D. Juan de Idiáquez con expreso fin de matar al ex-Secretario de D. Felipe. Tres veces en una noche intentó D. Rodrigo penetrar en la casa del refugiado, pretextando necesidad de hablarle: otras tantas le negaron acceso los suizos de guardia, y recelosos de la insistencia le detuvieron en la última. Halláronle dos pistoletes cargados cada uno con un par de balas encajadas en cera, por seguridad de la puntería, y fuera de la ciudad le esperaba el criado con los caballos. Ante el tribunal confesó su traición, por lo que fué ajusticiado en la plaza de la Greve[122].
La exposición de M. Mignet se parece mucho, como procedente del mismo origen.
El Secretario Villeroy, lo propio que el Mariscal de la Force, tenían avisos de España[123] anunciando que el Barón de la Pinilla, el mismo que había tratado de prender á Pérez en Sallent, se había puesto en camino en compañía de otros dos hombres, uno de ellos fraile disfrazado de láico. Pinilla había recibido previamente 600 ducados de oro[124]; hizo en París los preparativos para escapar después del golpe; pero fué detenido con uno de los cómplices, logrando el fraile ponerse en salvo. En casa de Pinilla se encontraron dos pistoletes cargados con dos balas cada uno: todo lo confesó en el tormento, de modo que, meses después, fué ejecutado en la plaza de la Greve[125].
El escritor francés apoya la aseveración en el libro de las Relaciones[126], en las cartas enviadas por el interesado al Conde de Essex[127] y en la siguiente noticia de un diario de París:
«El viernes 19 fué ajusticiado un español en la plaza de Greve de París, convicto de haber querido matar á D. Peres, Secretario del Rey de España, que sigue á la corte, siendo bien venido al lado de S. M., por haberle descubierto muchos manejos del Rey de España contra su persona y su Estado[128].»
Las pruebas no son de aquéllas que desvanecen dudas, no ya en asunto tan grave para el desdichado D. Rodrigo de Mur, para la opinión del Secretario de Estado D. Juan de Idiáquez, y por ende de su amo, sino para cualquiera que interesara á la historia. Comparadas estas pruebas entre sí, ponen en claro que el señor de la Pinilla fué á la casa de Pérez, guardada por suizos; pidió á los mismos guardas entrada, é iba desarmado, pues los pistoletes en la posada se encontraron, no en la persona. Perspicaz sería el juez que con tales indicios descubrió intento de asesinato y prevenciones de huída.
Hay más: la colección de documentos de Birch, citada por M. Mignet, contiene algunos que valen la pena de registro. Uno dice que en el momento de llegar Pérez de Inglaterra á Dieppe, recibió cartas que le dirigía desde París el señor de la Pinilla[129]. El contenido de las cartas no se expresa, y, sin embargo, tan vaga especie basta á la persuasión de que D. Rodrigo no vino de España á París á objeto expreso de encontrar á Antonio Pérez, pues que le precedió; al paso que demuestra no tener propósito de recatarse, antes de anticipar el deseo, acaso también la razón, de una entrevista.
Otro papel, escrito por el Secretario de Antonio Pérez[130], refiriendo la ejecución de Pinilla, consigna que hasta el momento del suplicio no confesó otra cosa sino que había venido á tratar con su amo; lo mismo que viene á declarar L'Etoile en el Journal de Henri IV, esto es, que murió convicto.
De qué iba á tratar; cuál era la comisión que de D. Juan Idiáquez se le suponía; por qué con tanta insistencia pretendía una entrevista, podrá entenderse por cartas cifradas que al mismo Secretario Idiáquez envió el Encargado de Negocios de España, D. Diego de Ibarra, al tener noticia inexacta de la llegada del proscripto. Decía:
«Antonio Pérez volvió de Inglaterra: no he olido lo que ha traído; pero él se topó cerca de este lugar con el Duque de Guisa y le habló en sus desventuras. Vea V. S. si con este hombre es menester hacer algo ó con D. Martín de Lanuza, que también anda con el Príncipe de Bearne, y ha llegado á las puertas de París, y dice desea reducirse. No se me ha respondido á lo que avisé de D. Manuel de Portugal, que me había escrito D. Martín de Guzpide, ni al particular deste pobre hombre, que muere de hambre, y así en ninguna de las dos cosas he hecho nada. El D. Manuel está con el de Bearne, y ha dicho á personas que me lo han dicho que desea echarse á los pies de S. M., y está aguardando respuesta de lo que de Roan se escribió. Aviso de todo á V. S. por si S. M. quisiere mandar algo, lo pueda hacer á tiempo.
....................
»Lo que me dijo el Duque de Guisa que le había pasado con Antonio Pérez, no fué así: hase sabido después que está todavía en Inglaterra, y que debió de ser alguno que se valió de su nombre[131].»
Con estos hechos, mientras las pruebas del proceso no aparezcan, hay, pues, motivo para relegar el supuesto intento de D. Rodrigo de Mur, en unión con el de los irlandeses de Londres y algunos más, á la categoría de cuentos intencionados, con la presunción de que los ejemplares de verdaderos atentados de la época servirían á la credulidad sin otro examen.
Reanudando la ilación de los sucesos, como la guerra con España no empezaba cual por allá desearan, llamó el Rey á Pérez á la ciudad de Chauny, cerca de la Fere, cuyo cerco iba á poner, para consultarle el plan de campaña por la parte de Flandes. La marcha de los sucesos le tenía alarmado. Hízole entender el Peregrino que sin la cooperación activa de Inglaterra, sin un acuerdo que aunara los esfuerzos contra el enemigo común, difícilmente llegaría á contrarrestar el impulso dado por el Conde de Fuentes metiéndose en Picardía y ganando una tras otra las plazas de la Chapelle, Catelet y Dourlens. ¿Mas era acaso fácil convencer á la Reina Isabel, alcanzar socorros de ella, cuando acababa de retirar los que envió contra los españoles de Bretaña al verlos en Brest, esto es, á las puertas de su casa?
Bien conocía Antonio Pérez la exactitud de la objeción, sintiendo en el despecho no estar debajo de tierra antes que ver á la insolente fortuna de Felipe sobreponiéndole á todos los enemigos, sin que sus consejos fueran escuchados ni su residencia allí produjera fruto[132]. Debía de insistir, sin embargo, é insistía en inclinar al Rey de Francia á dar nuevos pasos que movieran la voluntad de la inglesa, de Juno, según la nombraba en la conversación confidencial, dando ejercicio á su prurito de aplicar sobrenombres, mientras por el lado del favorito de la Reina tiraba de los hilos de la intriga con que se tramara la misma tela.
Enrique IV no podía desconocer la excelencia del pensamiento ni la necesidad de acudir á realizarlo, empezando con el halago del consejero y agente; no escaseó, en consecuencia, las honras en la palabra, ofreciendo la dispensación de otras más efectivas, el collar de la Orden del Espíritu Santo, por ejemplo.
Godfrey Aleyn, que oyó referir á su amo en la mesa las distinciones de que había sido objeto, presumía que el Sr. Antonio las rehusaría sin más excepción que la de la Orden, y esto si podía proporcionarse las prendas que necesariamente deben de vestirse en la ceremonia. Hubiera rogado al Conde de Essex que le ayudara al efecto, si no estuviera cohibido por la consideración de los muchos favores recibidos. La celebración del Capítulo era el día primero del año próximo; la nota de las prendas y de su valor, pedida por curiosidad al sastre de S. M., adjunta[133].
Sirviendo Pérez á dos señores, natural era que se creyera con derecho á seguir disfrutando de las liberalidades del uno tanto como de las del otro. El más cercano le tenía á su lado en público; salió con él por el camino al marchar hacia la Fere, y dejándole en Chauny encomendó mucho á Villeroy cuidase de su persona, acompañándole cuando hubiera de ir á San Quintín, «porque no podía pasarse sin su compañía.» Todo esto era altamente honorífico sin duda; mas no lo que esperaba el Sr. Antonio, dándolo á entender, en ausencia del Soberano, con expresión repetida de no ser para su genio el carácter de los franceses, entre los que no creía podría vivir mucho tiempo, y menos en los mezquinos alojamientos que le señalaban[134].
No lo dijo en balde: á los pocos días le instalaban en una de las mejores casas de la ciudad; llegaba á sus manos oferta nueva del Rey de conferirle las insignias de la orden consabida, con una plaza en el Consejo privado y las rentas de la primera Abadía que vacara, en espera de lo cual disfrutaría desde luego pensión de 4.000 escudos anuales[135].
Por complemento escribió el Rey al Conde de Essex[136], agradeciendo infinito lo que había hecho por Pérez, consejero digno de toda clase de miramientos, que le era muy querido y agradable. Sentía no poderle dar todo lo que deseara y él se merecía; aseguraba, sí, que participaría de la miseria de Francia con la buena voluntad del que la regía.
El interesado, en vista de la gracia y pensión señalada por el Monarca, sin pedirla él, hizo saber á Villeroy «que era perro y peregrino; pero perro peregrino en la fidelidad[137].» Casi al mismo tiempo informaba á su amigo el Conde de Essex de haberse interceptado cartas de España por las cuales se venía en conocimiento de los proyectos del Conde de Fuentes en Flandes, así como de las miras de Nabucodonosor, que á toda prisa reunía ejército y armada. Desconfiando de los recursos de Enrique IV para resistir, y aun de que en Inglaterra dieran á sus enemigos la atención debida, le instigaba á despertar el espíritu público, temeroso de que les ocurriera lo que á las vírgenes de la parábola del Evangelio, que se acordaron tarde del aceite. El que espera siempre es vencido; de los audaces que atacan es el lauro. Si no querían oirle, determinado estaba á despedirse de Francia y de Inglaterra á la vez, al paso que nada igualaría á su satisfacción estando al lado de amigos buenos que con prudencia y energía siguieran sus advertencias[138].
Repetíalas sin cesar, manifestando las cartas sucesivas por qué procedimientos iba convenciendo al Rey de la necesidad de entenderse directamente con el Conde de Essex, tan interesado en sus progresos; utilizando avisos reservados de Flandes, de Venecia, de Milán, de la corte de Madrid y de la misma de Francia; teniendo que reservar á veces algunos de estos últimos, pareciéndole que no le agradaría á Enrique saber que le eran conocidos. Recibíale el Monarca á todas horas, á solas, aun estando en la cama, no sin inconvenientes; que empezaban á manifestarse los celos de los palaciegos, y singularmente la envidia de Villeroy, por más que procurara adormecerla con lisonjas[139]. Como defensa, había manifestado al Rey que mal podría subsistir allí si á las persecuciones y peligros de la triste fortuna se agregaba la malquerencia de sus Ministros[140]: preciso sería, á falta de mayor favor y amparo, que buscara otro retiro; idea que afligió mucho á Enrique[141].
Lo que más costaba al consejero era contrarrestar el efecto de insinuaciones que partían de elevadas personas, del Secretario de Estado Villeroy entre ellas, en favor de la paz con España, recordada á cada nueva victoria de las del Conde de Fuentes. Urgía influir en opuesto sentido con el despacho de la expedición contra Cádiz, mucho más habiendo llegado á París un agente de Roberto el Diablo (Sir Robert Cecil)[142].
Un incidente imprevisto estuvo á punto de poner á Pérez en apuro. Bacon abrió inadvertidamente una carta que Godfrey Aleyn (el criado suyo que dió por amanuense ó secretario al amigo español) enviaba á su padre, y despertando su atención que estuviera escrita en cifra, interpretó lo que sigue:
Godfrey manifestaba propósito de no continuar mucho tiempo al lado de su amo, vistas la inconstancia y rareza del carácter. No pudiendo sufrir sus originalidades, á pesar de hacer cuanto estaba en su mano para complacerle, aprovecharía una buena oportunidad tan luego como penetrara ciertas cosas que empezaba á conocer y que podrían serle de mucho provecho. Los trabajos de Pérez se encaminaban por todos lados á conseguir Liga estrecha y fuerte entre Francia é Inglaterra contra el Rey de España, convenciendo á las dos partes de que por tal medio lo hundirían. Procuraba al mismo tiempo, por medio de la Reina, la soltura de su mujer é hijos, detenidos en Madrid; pero tenía emulación con M. Edmondes, agente especial del Conde de Essex, estorbándose uno al otro: el Rey empezaba á cansarse de las singularidades de Pérez, y los más de los hombres con que esperaba contar le enseñaban ya los dientes.
Se vino á descubrir por esta misiva que habiendo aprendido Godfrey al lado del señor Antonio lo que valía un secreto, tomaba copia de las cartas más importantes que se enviaban al Conde de Essex, y hacía que fueran á manos del Rey de Escocia por conducto de su Embajador en París. Essex, muy alarmado, previno incontinenti al corresponsal, dándole tiempo de poner remedio, que fué el de su táctica probada. Anunció al Rey otra tenebrosa traza de los Faraones de Egipto, enderezada á perderle con la invención de cartas que pusieran en duda su lealtad, su amor, su adhesión, etc. Después, manifestando á Godfrey que era preciso enviar al Conde una clave nueva de escritura, comisión delicada que no quería fiar á otra persona, le despachó para Inglaterra, donde en el acto de poner el pie le echaron mano, encerrándole en la prisión de Clink[143]. Le sustituyó Edward Yates, hombre de toda confianza, pagado como el otro por el Conde, y exclusivamente destinado á transmitir los despachos secretos que importaran á éste ó á la Reina[144].
Hay que dejar aquí en suspenso los manejos secretos, hasta referir someramente los efectos que producían en la política.
La Reina de Inglaterra, siguiendo los consejos de los Cecil, padre é hijo, contrarios siempre á los del Conde de Essex, había negado á Enrique IV la cooperación activa en la guerra, y este Rey insinuó por medio de Embajador especial que, no contando más que con los recursos propios, se vería en la precisión de aceptar paz honrosa con España. Isabel, inquieta con las ventajas que en Francia iba consiguiendo el Conde de Fuentes, recibió la declaración con doble sentimiento, y comisionó inmediatamente á Sir Henri Unton para que con carácter de Embajador sondeara en París la verdadera disposición del Rey, haciéndole conocer la necesidad en que se veía el Gobierno de Inglaterra de proveer á la propia seguridad, amenazada en aquella isla y en Irlanda. Si Enrique IV se inclinaba en realidad á entenderse con Felipe II, el Embajador debía procurar impedirlo con ofrecimiento de alianza y auxilio efectivo: si en la indicación no había más que amenaza, ninguna modificación se haría en la marcha de las relaciones; pero á estas instrucciones oficiales opuso las suyas particulares el Conde de Essex, seguro de verlas cumplidas, por lo mucho que Sir Unton le debía; y contrariamente á lo que el Secretario de Estado le mandaba, había de sostener al Soberano de Francia en la afirmación de no continuar la guerra sin ayuda, aunque en público y como Embajador diera á entender lo contrario.
Al mismo tiempo había de escribir Pérez cartas que se mostrarían á la Reina, para que la coincidencia de sus informes y los del Embajador influyera en el ánimo de Isabel. Las instrucciones del Conde decían: «Antonio me escribirá, en carta que pueda enseñarse, que la llegada de Sir Unton ha empeorado los negocios, y me preguntará por qué, conociendo el carácter del Rey de Francia y los asuntos del reino, no me he opuesto al envío del Embajador. Añadirá temores de que se haya dejado avanzar al Rey hasta un punto de que no pueda ya retroceder[145].»
Sir Henri Unton desempeñó perfectamente su papel; el Rey conferenció con Pérez, cuyas cartas completaron en Inglaterra el efecto de los despachos del Embajador[146].
Empezaba en esto el año de 1596 con descontento del Peregrino, que vino á mudar en pena, la falsa nueva de la muerte de Doña Juana Coello, su mujer. Un caballero de la Cámara de D. Felipe escribió á Génova dícese que se propagó de seguida por cosa cierta...[147]. Antonio Pérez mostró gran sentimiento, escribiendo expresamente para el Conde de Essex necrología latina[148], y otra castellana más extensa destinada al público[149], por muestra de la inmensidad del infortunio. Gil de Mesa fué en su nombre á noticiar á la Princesa Catalina de Borbón, al Rey, á Villeroy la resolución de abandonar el mundo, entrando en religión; propósito que parecía muy bien al Secretario de Estado. Probablemente por vez primera se ofrecía con sinceridad á secundarle con su influencia para entrar en situación en que podría hacer su fortuna y la de sus amigos. No menos expresiva Madama de Borbón, prometió solicitar de su hermano una mitra ó un capelo que le proporcionaran dignidad en el estado religioso; por último, el Rey, después de enviar con pésame á M. D'Incarville, le hacía saber que iban á extenderse las cédulas de nombramiento de Consejero real, asignándole la sexta plaza; otra de inclusión en la lista de los que habían de recibir la Orden del Espíritu Santo, más la de Gentilhombre de Cámara en favor de Gil de Mesa[150].
Como reflejo de la situación del ánimo, recrecido el odio con la progresión de la desgracia, hacía para Essex estudio de los sucesos políticos cuya fuerza obligaba al Rey á inclinarse cada vez más á la paz. Instigábale más que nunca á que hiciera entender secretamente á Isabel el peligro gravísimo que amagaba. El Papa trabajaba con vehemencia; el Duque de Saboya no era obstáculo; la llegada á España de la flota de galeones consentía el refuerzo de ejército y armada. ¡Qué letargo el de Francia; qué negligencia en Inglaterra; qué dolor no haber interceptado los tesoros de las Indias, siguiendo el plan que él mismo entregó á la Reina! Sucumbiría en la empresa con la seguridad de no haberse equivocado; y como los oprimidos infunden compasión y los engañados risa, quería más ser objeto de piedad que de ridículo[151].
Trabajo le costaba discurrir sobre la ceguera del Gobierno inglés, desacertado en todo; el Embajador Sir Henri Unton, cortés en invitarle á su mesa, se reservaba de él y no se daba maña para influir con Enrique. ¡Ah! no querían ayudarle en la guerra contra la bestia salvaje que se proponía trastornar los fundamentos de la tierra y la fe de los hombres... no sabían gastar dinero sin dolor... tiempo llegaría de lamentarlo[152].
Por mortificación mayor sabía, gracias á los buenos oficios de D. Cristóbal, el hijo menor del Prior de Ocrato, que un agente español en Nantes decía sin reserva que había de morir antes de un mes, siendo cosa notoria que un D. Rodrigo de Martilos (sic) le asesinaría, como también al Rey de Francia. Por absurdo que el aviso debiera parecer, reprodujo en Antonio Pérez una de aquellas crisis temerosas alimentadas por la suspicacia del carácter. Se creía blanco de la enemiga de los Guisas por haber sacado á luz en las Relaciones los proyectos de confederación que formaron con D. Juan de Austria; presumía que la envidia de Villeroy le armara alguna celada, llevando la desconfianza al límite de entender que Gil de Mesa, su alter ego, le espiaba y vendía al Rey, y que éste, para alcanzar arreglo ventajoso con España, entregaría á D. Felipe la persona de su fugitivo secretario[153].
Exasperado, insufrible en el trato, encerrado en la casa de Coucy, negándose á ir con Enrique IV á la Fere, con pretexto de una caída sobre el hielo, desataba la lengua contra la informalidad de los franceses, que al parecer pretendían hacer con él lo que con un limón, que se arroja después de exprimido, á más de entorpecer sus asuntos y retrasar el pago de la pensión que le habían señalado[154]. De no cambiar de sistema y seguir poniendo á prueba su paciencia, amenazaba con volverse á Inglaterra, donde viviría con dignidad y sin peligro, ó á cualquier parte, á comer carbón, antes que ser juguete de franceses, con ofertas que rechazaba con más grandeza que le eran hechas[155].
Si conferenciaba con el Embajador inglés, las quejas y las amenazas eran de otra naturaleza: entonces el lugar de retiro era Florencia ú Holanda[156]; pero de cualquier modo, ni hablaba con sordos ni dejaba de pensar en el alcance de lo que decía. El Embajador transmitía las extravagancias, pero se allanaba á pagarle las deudas. Enrique IV no sufría con paciencia las libertades que se iba tomando el español en su presencia, enviándole no obstante la visita de Villeroy, y aun la de su médico cuando pretextó la dolencia de la caída[157]. El Rey se le quejaba de que tuviera á Inglaterra más afecto que á Francia; pedíale con abrazos y besos que no le dejara, asegurando que en ninguna parte estaría más seguro que á su lado[158].
Otra más provechosa entrevista con la Princesa Catalina servía para preguntarle si se daría por satisfecho con un Obispado como el de Burdeos, por ejemplo, que valía 7.000 escudos anuales, con el número de beneficios eclesiásticos suficientes para sostener la dignidad de Cardenal, y con una guardia de seis ú ocho suizos que desvanecería todo recelo de atentado contra su persona[159], mientras de la parte de allá le anunciaban las cartas del Conde de Essex que, vencida por voluntad de la Reina la oposición de los Cecil, estaba resuelto y en vías de preparación el envío de una escuadra inglesa á las Indias, y el de la expedición contra Cádiz[160].
Acontecimiento inesperado, el asalto y captura de Calés (Calais) por el ejército español de Flandes, vino á decidir otra de las negociaciones en que andaba tan empeñado. El peligro de la vecindad se impuso á toda otra consideración en la política de Isabel, y he aquí cómo Antonio Pérez, acompañando al Duque de Bouillon y con plenos poderes para negociar la alianza defensiva y ofensiva, se embarcó para volver á Inglaterra.
Ahora sí, pensaba el Embajador, que podré buscar retiro en que pasar tranquilo y sin peligros los días de vida que me queden, dejando á estas naciones que gocen de su amor, después de haber hecho oficio de sacerdote en la unión conyugal[161].
Encontró en Dover al Conde de Essex, que le consultó ciertos puntos de la expedición de Cádiz, á la sazón muy adelantada en los preparativos; encontró á Bacon constante en los amistosos sentimientos; en Londres halló, en cambio, la más cruel de las mortificaciones.
La nueva del fracaso completo de aquella otra expedición costosa enviada á las Indias, derrotada en Puerto-Rico, en Chagres, en Tierra firme, deshecha al fin sobre la isla de Pinos por la armada española de D. Bernardino de Avellaneda; la jornada que, según Pérez, había de llenar las arcas de Inglaterra con los tesoros de Felipe II, y que en la realidad costó la vida de los dos caudillos de mar más populares, sin mención del desastre, impresionó á la Reina contra el consejero insistente, en quien Lord Cobhan, Sir Robert Cecil y Henri Brook descargaban el peso de la responsabilidad, ya que contra su parecer se hizo. El mismo Conde de Essex, al ver el nublado, seguido de las quejas, reclamaciones y exigencias impertinentes de Pérez, marchó á Plymouth, haciéndolo por otro lado Bacon[162].
El tratado entre Inglaterra y Francia se firmó el 10 de mayo sin intervención del oficioso Embajador, desatendido, profundamente humillado en aquella corte de que hablaba sin cesar en París cuando quería dar la medida de su influencia[163]. Dudando estuvo si volver á Francia, donde sería patente el desengaño, ó buscar asilo nuevo entre los rebeldes de los Países Bajos[164]; pero como lo segundo fuera aventurado[165], desandó el camino de la Embajada, sin obtener la atención siquiera de que le avisaran la salida de aquella armada de 150 velas, conductora del ejército que al mando de Essex había de atacar á Cádiz[166], donde esperaban, por lo contrario, al iniciador de la empresa[167].