I
EL PRIMER CAMINANTE EN AMÉRICA
Las proezas de un explorador son de las más importantes, como son también de las más fascinadoras que presentan los heroísmos humanos. Las cualidades físicas y mentales necesarias para su labor, son raras y admirables. Ha de reunir muchas condiciones y sobresalir en cada una de ellas; ha de ser el hombre completo que se propuso hacer la Naturaleza. No necesita su cuerpo ser tan fuerte como el de Sansón, ni su mente como la de Napoleón, ni tener un corazón mayor que todos los hombres. Pero necesita que su cuerpo, su mente y su corazón sean los de un hombre fuerte. Apenas hay otra profesión en que cada músculo, por decirlo así, de su triple naturaleza, se ponga más constantemente o más equilibradamente en juego.
Es un hecho curioso que algunos de los más grandes descubrimientos son debidos al azar. Muchos de los más importantes que registra la historia de la humanidad, se deben a hombres que no buscaban la gran verdad que descubrieron. La ciencia es el resultado no tan sólo del estudio, sino de inapreciables accidentes; y esto mismo puede decirse de la historia. Ofrece un estudio interesante de por sí, la influencia que felices equivocaciones y fortuitos sucesos tuvieran en la civilización.
En las exploraciones, como en los inventos, algunos de los éxitos se deben a un mero accidente. Algunas de las exploraciones más valiosas fueron realizadas por hombres que no tenían más idea de ser exploradores que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y es un hecho curioso que la primera exploración del interior de América y las dos jornadas más portentosas que en ella se hicieron, no sólo fueron accidentes, sino desdichas y contrariedades que coronaron los esfuerzos de hombres que esperaban hallar algo muy distinto.
Las exploraciones, ya sean intencionadas o involuntarias, no sólo han producido grandes resultados para la civilización, sino que, además, han sido causa de los hechos más heroicos de la humanidad. Particularmente América ha sido quizá el campo donde se han llevado a cabo las más grandes y asombrosas jornadas; pero los dos hombres que hicieron las más pasmosas que se han realizado en toda la América, nos son casi desconocidos. Son héroes cuyos nombres suenan como si fuesen griego para la gran mayoría de los norteamericanos, no obstante ser hombres a los que precisamente los norteamericanos debieran considerar con profundo interés y admiración. Esos héroes fueron Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primero que viajó en América, y Andrés Docampo, el que recorrió en este Continente la mayor distancia.
En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de hechos memorables como este en que vivimos, es sumamente difícil poder decir de cualquier hombre que fué «el más grande de todos», en tal o cual cosa, y aun tratándose de marchas a pie, ha habido tantas y tan notables, que hasta desconocemos algunas de las más pasmosas. Como exploradores, ni Vaca ni Docampo rayaron a gran altura, por más que las exploraciones del último no son de despreciar y las de Vaca fueron muy importantes. Pero, como proezas de resistencia física, las jornadas de estos olvidados héroes puede afirmarse con toda seguridad que no tienen paralelo en la historia. Fueron las marchas más estupendas que ha podido hacer hombre alguno. Ambos las realizaron en América, y la mayor parte de sus caminatas las hicieron en lo que es hoy los Estados Unidos.
Cabeza de Vaca fué realmente el primer europeo que penetró en lo que era entonces el «obscuro continente» de Norteamérica, como fué el primero que lo cruzó siglos antes que otro cualquiera. Sus nueve años de marchas a pie, sin armas, desnudo, hambriento, entre fieras y hombres más fieros todavía, sin otra escolta que tres camaradas tan malhadados como él, ofrecieron al mundo la primera visión del interior de los Estados Unidos y dieron pie a algunos de los hechos más excitantes y trascendentales que se relacionan con su temprana historia. Casi un siglo antes de que los Padres Peregrinos estableciesen su noble comunidad en la costa de Massachusetts; setenta y cinco años antes de que se instalase el primer poblado inglés en el Nuevo Mundo, y más de una generación antes de que hubiese un solo colono de la raza caucásica de cualquier nación dentro del área que hoy ocupan los Estados Unidos, Cabeza de Vaca y sus desharrapados acompañantes atravesaron penosamente este país desconocido.
¡Mucho tiempo ha pasado desde aquellos días! Enrique VIII era a la sazón rey de Inglaterra, y desde entonces han ocupado aquel trono diez y seis monarcas[10]. Elisabet, la reina virgen, no había nacido cuando Cabeza de Vaca emprendió su tremenda jornada, y no empezó a reinar hasta veinte años después que él terminara. Ocurrió el hecho cincuenta años antes de que naciese el capitán John Smith, fundador de Virginia; una generación antes del nacimiento de Shakespeare, y dos y media generaciones antes de Milton Henry Hudson, el famoso explorador que ha dado nombre a uno de nuestros principales ríos, no había nacido todavía. El mismo Colón hacía menos de veinticinco años que había muerto, y al conquistador de Méjico sólo le quedaban diez y siete años de vida. Hasta sesenta años después no supo el mundo lo que era un periódico, y los mejores geógrafos todavía creían posible el navegar a través de América para llegar al Asia. No había entonces un hombre blanco en América más al norte de la mitad de Méjico, ni se había internado ninguno doscientas millas en este desierto continental, del cual se sabía casi menos de lo que hoy sabemos de la luna.
El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nosotros muy raro por lo que literalmente significa. Pero este curioso apellido era muy honroso en España y representaba un noble timbre. Fué ganado en la batalla de las Navas de Tolosa en el siglo XIII, uno de los combates decisivos en todos aquellos siglos de guerra con los moros. El abuelo de Alvaro fué también un hombre notable, puesto que conquistó las islas Canarias.
Nació Alvaro en Jerez de la Frontera a fines del siglo XV. Muy poco sabemos de los primeros años de su vida, excepto que había ganado ya algún renombre cuando en 1527, siendo ya un hombre maduro, vino al Nuevo Mundo. En dicho año le hallamos embarcándose en España como tesorero y alguacil mayor de la expedición de 600 hombres con que Pánfilo de Narváez trató de conquistar y colonizar Florida, que descubriera Ponce de León diez años antes.
Llegaron a Santo Domingo, y de allí salieron para Cuba. El Viernes Santo de 1528, diez meses después de haber salido de España, llegaron a la Florida, y desembarcaron en el punto que hoy se llama bahía de Tampa. Tomando solemne posesión de aquel país en nombre de España, salieron a explorar y conquistar aquel desierto. En Santo Domingo ya los habían diezmado un naufragio y varias deserciones, de modo que, de los primitivos 600 hombres, sólo quedaron trescientos cuarenta y cinco. Apenas habían llegado a la Florida, empezaron a caer sobre ellos las más terribles desgracias, y cada día empeoraba su situación. Estaban casi desprovistos de subsistencias; los indios hostiles les rodeaban por todos lados, y los innumerables ríos, lagos y pantanos hacían su marcha difícil y peligrosa. El pequeño ejército iba disminuyendo rápidamente por la guerra y el hambre, y entre los supervivientes producíanse motines con frecuencia. Tan debilitados se hallaban, que no pudieron siquiera regresar a sus buques. Luchando por fin para llegar al punto más cercano de la costa, muy al oeste de la bahía de Tampa, decidieron que su única salvación estaba en construir barcos para ir costeando hasta las colonias españolas de Méjico. Con mucho trabajo lograron construir cinco toscos buques, y los infelices se lanzaron a navegar hacia poniente, costeando el golfo. Fuertes tormentas separaron los barcos, que naufragaron uno tras otro. Muchos de los infortunados aventureros perecieron ahogados,—Narváez entre ellos—y muchos que fueron arrojados sobre una costa inhospitalaria, perecieron igualmente por los rigores de la intemperie y del hambre. Los supervivientes se vieron obligados a alimentarse con los cadáveres de sus compañeros. De los cinco barcos, tres se habían ido a pique con todos los tripulantes; de los ochenta hombres que se salvaron del naufragio, sólo quince sobrevivieron. Todas sus armas y sus ropas estaban en el fondo del golfo.
Los supervivientes arribaron a la isla del Mal Hado. No sabemos de la situación de esa isla sino que estaba al oeste de la boca del Misisipí. Sus barcos habían cruzado la caudalosa corriente donde desemboca en el golfo, y ellos fueron los primeros europeos que vieron esa parte del Padre de las Aguas. Los indios de la isla, que no tenían otros alimentos que raíces, bayas y pescado, trataron a sus infelices huéspedes tan generosamente como pudieron, y Cabeza de Vaca habla de ellos con mucho agradecimiento.
En la primavera, los trece compañeros que le quedaron, determinaron escaparse. Cabeza de Vaca estaba demasiado enfermo para andar, y lo abandonaron a su suerte. Otros dos enfermos, Oviedo y Alaniz, también se quedaron, y no tardó en perecer el último de ellos. Se halló, pues, Cabeza de Vaca en una lamentable situación. Hecho un verdadero esqueleto, casi imposibilitado de moverse, abandonado por sus amigos y a la merced de los salvajes, no es extraño, como él nos dice, que se le cayese el alma a los pies. Pero era uno de esos hombres que no cejan en su empresa. Un espíritu fuerte sostenía aquel pobre cuerpo débil y demacrado; y cuando el tiempo fué más favorable, Cabeza de Vaca recuperó lentamente la salud.
Cerca de seis años estuvo viviendo una vida enteramente solitaria, pasando de una tribu de indios a otra, unas veces como esclavo y otras como un despreciable paria. Oviedo huyó a la vista de algún peligro, y no volvió a saberse de él; Cabeza de Vaca lo afrontó y salió con vida. No cabe la menor duda de que sus sufrimientos eran casi insoportables. Hasta cuando no era víctima de algún trato brutal, se le miraba como un estorbo, como un inútil intruso, entre pobres indígenas que vivían del modo más miserable y precario. El hecho de no haberle quitado la vida, habla en favor de los sentimientos humanitarios de éstos.
Los trece que escaparon, tuvieron peor suerte. Cayeron en manos de indios crueles, y todos fueron muertos, excepto tres, a quienes se reservó el duro hado de la esclavitud. Estos tres fueron Andrés Dorantes, natural de Béjar; Alonso del Castillo Maldonado, natural de Salamanca, y el negro Estebanico, que nació en Azamor (Africa). Estos tres y Cabeza de Vaca fueron todo el remanente de los valerosos cuatrocientos cincuenta hombres (entre los que no se cuentan los que desertaron en Santo Domingo) que salieron tan esperanzados de España en 1527, para conquistar un rincón del Nuevo Mundo; cuatro sombras desnudas, atormentadas, temblorosas; y aun éstos vivían separados, si bien de vez en cuando sabían el uno del otro e hicieron varias tentativas para juntarse. Hasta septiembre de 1534 (cerca de siete años después), no lograron reunirse Dorantes, Castillo, Estebanico y Cabeza de Vaca; y el sitio donde tuvieron esta dicha fué por la parte oriental de Tejas, al oeste del río Sabina.
Pero los seis años de soledad y de inefables sufrimientos de Cabeza de Vaca no fueron vanos; porque sin saberlo halló la llave de la seguridad, y entre todos aquellos horrores, y sin soñar en su significado, tropezó con la extraña e interesante clave que debía salvarles a todos. Sin eso, los cuatro hubieran perecido en el desierto y nunca hubiera tenido el mundo conocimiento de su fin.
Mientras se hallaban en la isla del Mal Hado, se les hizo una proposición que parecía el colmo de la ridiculez. «En aquella isla—dice Cabeza de Vaca,—querían hacernos doctores, sin examinarnos ni pedirnos nuestros diplomas, porque ellos mismos curan las enfermedades soplando al enfermo. Con ese soplo y con sus manos le libran de la enfermedad, y querían que nosotros hiciésemos lo mismo para que les fuésemos de alguna utilidad. Al oir esto nos reímos, diciéndoles que se burlaban, y que nosotros no sabíamos curar, por lo cual nos privaron de todo alimento hasta que hiciésemos lo que querían. Y viendo nuestra terquedad, me dijo un indio que yo no les comprendía; pues no era necesario que nadie supiese cómo se hace, porque las mismas piedras y otras cosas de la Naturaleza tienen propiedad de curar, y que nosotros, por ser hombres, debíamos ciertamente tener mayor poder.»
Esto que dijo el indio viejo, era muy característico y daba la clave de las notables supersticiones de la raza. Pero, por supuesto, los españoles aún no lo entendían.
Luego, los indígenas se trasladaron al Continente. Vivían siempre en la más abyecta pobreza, y muchos de ellos murieron de hambre y por efecto de los rigores de su miserable existencia. Durante tres meses del año «sólo tenían mariscos y agua muy mala»; y en otras épocas únicamente bayas y otras plantas, y se pasaban el año yendo de aquí para allá en busca de ese escaso y poco substancioso alimento.
Es de celebrar el que Cabeza fuese completamente inútil a los indios. Como guerrero no les servía, porque en su estado de debilitamiento no podía ni siquiera manejar el arco. Como cazador, también era inservible, porque, como él mismo dice, «le era imposible seguir el rastro de los animales». No podía ayudarles a llevar agua o leña ni en otras faenas por el estilo, porque era hombre, y sus amos indios no podían consentir que un hombre hiciese el trabajo de una mujer. Así es que, entre aquellos hambrientos nómadas, un hombre que en nada podía ayudarles y a quien tenían que alimentar, constituía una carga pesada, y fué milagro que no le quitasen la vida. En estas circunstancias, Cabeza empezó a caminar de un sitio a otro. Sus indiferentes amos no prestaban atención a sus movimientos, y gradualmente fué haciendo más largos viajes hacia el norte y a lo largo de la costa. Con el tiempo cogió una oportunidad de hacer tráfico, al cual le animaron los indios, contentos al fin de que su «elefante blanco» fuese útil para algo. De las tribus del norte les trajo pieles y almagre (tierra roja indispensable para embadurnarse la cara los indígenas), hojuelas de pedernal para hacer cabezas de flecha, juncos fuertes para astiles de las mismas y borlas de pelo de gamo teñidas de rojo. Estos objetos los cambiaba fácilmente entre las tribus de la costa por conchas y cuentas de madreperla y otros por el estilo, los cuales, a su vez, tenían demanda entre sus parroquianos del norte.
Por causa de sus constantes guerras, no podían los indios aventurarse a salir de sus propios terrenos; así es que aquel negociante intermediario era para ellos una conveniencia, que sostenían. Por lo que a él toca, aun cuando la vida que llevaba era de grandes sufrimientos, iba constantemente adquiriendo conocimientos, que habían de serle sumamente útiles para su acariciado plan de volver al mundo. En esas expediciones solitarias de su comercio, recorrió a pie miles de millas por un desierto sin caminos, de manera que la suma de sus viajes fué mucho mayor que la de cualquiera de sus compañeros de fatigas.
En una de esas largas y terribles marchas le ocurrió a Cabeza de Vaca un incidente sumamente interesante. Fué el primer europeo que vió el gran bisonte norteamericano, el búfalo, cuya raza casi se ha extinguido en los últimos diez años, pero que en otro tiempo vagaba por las llanuras en grandes manadas. Los vió y comió su carne en la región del río Colorado de Tejas, y nos ha dejado una descripción de esas «vacas con joroba». Ninguno de sus compañeros llegó a ver una, porque cuando los cuatro españoles viajaron después juntos, pasaron por el sur del país de los búfalos.
Entre tanto, como he dicho ya, el desventurado y casi desnudo traficante, se vió obligado a ejercer las funciones de médico. El no comprendía de cuánto podía servirle esta involuntaria profesión; al principio se vió forzado a adoptarla, y después la siguió no por gusto, sino para librarse de desazones. «No servía para otra cosa más que para médico.» Había aprendido el tratamiento peculiar de los magos aborígenes; pero no sus ideas fundamentales. Los indios todavía consideran la enfermedad como una «posesión del espíritu»; y la idea que tienen de la medicina no es tanto el curar la enfermedad, como el exorcizar los malos espíritus que la causan.
Esto se hace, aun hoy día, por medio de la prestidigitación y de un galimatías. El médico indio chupaba la parte enferma y pretendía extraer una piedra o una espina que se suponía era la causa de la dolencia, y así el paciente quedaba «curado». Cabeza de Vaca empezó a «practicar medicina» a la manera de los indios, y él mismo dice: «He probado este sistema y daba buen resultado».
Cuando los cuatro errabundos se juntaron por fin, después de su larga separación—durante la cual habían sufrido indecibles horrores—Cabeza tenía, aunque de un modo muy vago, un rayo de esperanza. Su primer proyecto fué escaparse de sus amos. Diez meses tardaron en llevarlo a cabo, y entre tanto grandes fueron sus apuros, como lo habían sido constantemente por muchos años. A veces se alimentaban con una ración diaria de dos puñados de guisantes silvestres y un poco de agua. Cabeza refiere que consideró como una merced de la providencia que le permitiesen raspar pieles para los indios, pues guardaba cuidadosamente las raspaduras, que le servían de alimento muchos días. No tenían ni ropa ni lugar donde guarecerse, y la constante exposición al calor y al frío y los millares de espinas que tenía la vegetación de aquel país, les hacían «soltar la piel como si fuesen culebras».
Por fin, en el mes de agosto de 1535, los cuatro compañeros de sufrimiento se escaparon a una tribu llamada de los avavares. Entonces empezó para ellos una nueva carrera. A fin de que sus camaradas no fuesen tan inútiles como él había sido, Cabeza de Vaca les instruyó en las «artes» de los médicos indios, y los cuatro empezaron a poner en práctica su nueva profesión. A los ensalmos y encantamientos que de ordinario empleaban los indios, aquellos humildes cristianos añadían fervientes oraciones al verdadero Dios. Era una especie de «curación por medio de la fe» del siglo XVI; y naturalmente entre aquellos enfermos supersticiosos era muy eficaz. Aquellos aficionados pero sinceros doctores, con una humildad edificante, atribuían sus numerosas curas enteramente a la intervención divina; pero empezaron a darse cuenta de que esto podía influir grandemente en hacer cambiar su suerte. De errabundos, desnudos, hambrientos, despreciables mendigos y esclavos de salvajes brutales que eran, se convirtieron de repente en personajes notables, pobres y dolientes todavía como eran todos sus enfermos; pero pobres de gran poder. No hay cuento de hadas tan novelesco como la carrera que de allí en adelante realizaron aquellos hombres pobres y valerosos, caminando dolorosamente a través de un continente, como amos y bienhechores de aquella hueste de salvajes.
Yendo con toda suerte de penalidades de tribu en tribu, lenta y sufridamente cruzaron los exorcistas blancos el territorio de Tejas, hasta llegar cerca del actual Nuevo Méjico. Los historiadores de gabinete vienen repitiendo que entraron en Nuevo Méjico y llegaron hacia el norte, hasta donde hoy se asienta Santa Fe. Pero la moderna investigación científica ha comprobado de un modo absoluto que, saliendo de Tejas, pasaron por Chihuahua y Sonora y jamás vieron ni una pulgada de Nuevo Méjico.
En cada nueva tribu los españoles se detenían algún tiempo para curar a los enfermos. En todas partes eran tratados con la mayor consideración que podían demostrarles sus míseros huéspedes y hasta con religiosa reverencia. Su progreso es una lección objetiva muy valiosa, pues demuestra cómo se forman algunos mitos indios: primero es el afortunado exorcista que, a su muerte o al marcharse, se recuerda como un héroe; después se le venera como un semidiós y, por último, como una divinidad.
En los Estados mejicanos hallaron primero agricultores indios que vivían en chozas de césped y ramas y cultivaban judías y calabazas. Estos eran los jovas, que constituían una rama de los pimas. De las decenas de tribus que visitaron en nuestros actuales Estados del Sur, ni una sola ha sido identificada. Eran miserables criaturas errantes que hace mucho tiempo desaparecieron de la tierra. Pero en la Sierra Madre de Méjico encontraron indios más inteligentes, cuya raza subsiste todavía. Allí vieron que los hombres iban desnudos, mientras que las mujeres mostrábanse «muy honestas en el vestir», usando túnicas de algodón que ellas mismas tejían, con medias mangas y una falda hasta la rodilla, y por encima otra falda de gamuza curtida que llegaba hasta el suelo y se amarraba por delante con unas correas. Lavaban su ropa con una raíz saponífera llamada amole, que usan igualmente los indios y los mejicanos en toda la región del sudoeste. Aquellas gentes dieron a Cabeza de Vaca algunas turquesas y cinco cabezas de fecha labrada, cada una de una sola esmeralda.
En esta aldea del sudoeste de Sonora permanecieron los españoles tres días, alimentándose de corazones de gamo, por lo cual la llamaron «Pueblo de los corazones».
A una jornada de allí tropezaron con un indio que llevaba en su collar la hebilla de un tahalí y un clavo de herradura; y sintieron palpitar su corazón al ver, después de ocho años de andar errantes, estas señales de la proximidad de los europeos. El indio les dijo que unos hombres de barbas largas como ellos habían venido del cielo y hecho la guerra a su gente.
Los españoles entraban entonces en Sinaloa y se hallaron en una tierra fértil regada por varios ríos. Los indios tenían un miedo cerval porque dos bárbaros de una clase que era muy rara entre los conquistadores españoles (y que me complazco en decir que fueron castigados por quebrantar las estrictas leyes de España), estaban tratando de coger esclavos. Los soldados se habían marchado; pero Cabeza de Vaca y Estebanico, con once indios, les siguieron rápidamente la pista y al día siguiente alcanzaron a cuatro españoles, quienes les condujeron a su pillastre capitán, Diego de Alcaraz. Mucho le costó a este oficial dar crédito al asombroso relato que le hizo aquel hombre desharrapado, roto, hirsuto y estrafalario; pero después templóse su frialdad y extendió un certificado de la fecha y condición en que se le había presentado Cabeza de Vaca y entonces envió a buscar a Dorantes y Castillo. Cinco días después llegaron éstos, acompañados de varios centenares de indios.
Alcaraz y su socio en crímenes, Cebreros, querían esclavizar a aquellos aborígenes; pero Cabeza de Vaca, sin parar mientes en el peligro que corría, se opuso, indignado, a este infame proyecto, y al fin obligó a aquellos villanos a que lo abandonasen. Los indios se salvaron; pero, en medio de la alegría que les produjo el volver al mundo, los caminantes españoles se separaron con verdadera pena de aquellos buenos y sencillos amigos. Después de unos cuantos días de pesado viaje, llegaron a Culiacán, sobre el primero de mayo de 1536, y allí fueron calurosamente recibidos por el malogrado héroe Melchor Díaz. Este condujo al ignoto norte una de las primeras expediciones (1539), y en 1540, durante una segunda expedición a California, a través de una parte de Arizona, fué muerto accidentalmente.
Después de un corto descanso los viandantes salieron para Compostela, que era entonces la población principal de la provincia de Nueva Galicia, pequeña jornada de trescientas millas a través de una tierra en que pululaban indios hostiles. Por fin llegaron a la ciudad de Méjico sanos y salvos, y fueron allí recibidos con grandes honores. Pero tardaron mucho tiempo en acostumbrarse a los alimentos y a la ropa de la gente civilizada.
El negro se quedó en Méjico. Cabeza de Vaca, Castillo y Dorantes se embarcaron para España el 10 de abril de 1537 y llegaron en agosto. El héroe principal nunca volvió a la América del Norte; pero se dice que Dorantes estuvo allí al siguiente año. Las noticias que dieron de lo que habían visto y de los extraños países situados más al norte, de que habían oído hablar, hicieron que se enviasen las notables expediciones que condujeron al descubrimiento de Arizona, Nuevo Méjico, el Territorio Indio, Kansas y Colorado, y la construcción de las primeras ciudades europeas dentro de los Estados Unidos. Estebanico tomó parte, con Fray Marcos, en el descubrimiento de Nuevo Méjico, y fué asesinado por los indios.
Cabeza de Vaca, como premio por su incomparable marcha de mucho más de diez mil millas en una tierra desconocida, fué nombrado gobernador de Paraguay en 1540. No tenía condiciones para ese cargo, y regresó a España, bajo una acusación ignominiosa. Que no fué culpable, sin embargo, sino más bien la víctima de las circunstancias, lo indica el hecho de que fué rehabilitado y se le asignó una pensión de dos mil ducados. Murió en Sevilla a una edad avanzada.