IX

EL VELLOCINO DE ORO

Todos sabemos de aquel extraño vellocino amarillo que, guardado por un dragón, estaba colgado en el sombreado bosquecillo de Colcos, y de cómo Jasón y sus argonautas ganaron el premio, después de muchos peligros y peripecias. Ahora bien; en nuestro propio Nuevo Mundo hemos tenido un vellocino de oro más deslumbrador que aquel que trató de ganar el mitológico pupilo del viejo Quirón, pero que nadie llegó a capturar, no obstante haberlo probado hombres más valientes que Jasón. Realmente hubo centenares de Jasones que lucharon más bravamente y sufrieron mucho mayores contrariedades, y que, sin embargo, nunca llegaron a conseguir el premio. Porque el dragón que guardaba el vellocino de oro americano no era un quimérico perro faldero como el de Jasón, que se tragase una pócima, y se echase a dormir; era un monstruo mayor que toda la tierra en que vivían los argonautas y que todos los países en que viajaron; un monstruo que todavía no ha logrado ningún hombre, ni toda la humanidad, hacer desaparecer: el mortífero monstruo de los trópicos.

El mito de Jasón es uno de los más hermosos de la antigüedad, y hasta es más que bello. Empezamos ahora a comprender la importante influencia que puede tener un cuento de hadas sobre conocimientos más serios. Un mito tiene siempre, en cierta parte, algún fundamento de verdad, y esa oculta verdad puede ser de un valor perdurable. Estudiar la historia sin fijar la atención en los mitos que relata, es prescindir de una preciosa luz auxiliar que puede iluminar determinados hechos. El progreso humano, en casi todas sus fases, ha sentido la influencia de este raro pero poderoso factor. ¿Dónde imagina el lector que estaría hoy la química, si la piedra filosofal y otros mitos no hubiesen inducido a los viejos alquimistas a escudriñar los misterios, donde nunca hallaron lo que buscaban, pero encontraron verdades de la mayor valía para la humanidad? La geografía en particular, ha debido más bien a los mitos que a la invención escolástica el llegar a ser una ciencia, y el mito de oro ha sido en todo el mundo el profeta y la inspiración de los descubrimientos y el moldeador de la historia.

Nos hemos acostumbrado a considerar a los españoles como los únicos que iban en busca de oro, dando a entender que la caza del oro es una especie de pecado y que ellos eran excesivamente propensos a cometerlo. Pero no es ese un defecto propio exclusivamente de los españoles; esa afición es común a toda la humanidad. La única diferencia está en que los españoles hallaron oro, lo que es un pecado bastante grande para ciertos «historiadores», incapaces de considerar lo que hubieran hecho los ingleses si hubiesen hallado oro en América desde un principio.

No creo que nadie niegue que, cuando se descubrió oro en las partes más distantes de su tierra, el sajón tuvo piernas para llegar hasta ese metal, y hasta adoptó medidas que no eran del todo decorosas para apoderarse de él; pero nadie es tan imbécil que hable de «los días del 49» como de algo que nos deshonre. Hubo ciertamente algunos lamentables episodios; pero, cuando California conmovió de pronto el continente, haciendo llegar hasta ella la fuerza de los Estados del Este, abrió uno de los más valientes, más importantes y más señalados capítulos de nuestra historia nacional. Porque el oro no es un pecado: es un artículo muy necesario, y muy digno siempre que recordemos que es un medio y no un fin, un instrumento y no un motivo de lucro; punto de sentido común económico que solemos olvidar tan fácilmente en el centro bursátil de Nueva York como en las minas del Oeste.

A esta universal y perfectamente legítima afición al oro, debemos principalmente el que se descubriese la América, como en realidad el haber civilizado muchos otros países.

La historia científica moderna ha demostrado plenamente cuán disparatada y errónea es la idea de que los españoles tan sólo buscaban oro, y nos enseña de qué manera tan varonil satisfacían las necesidades del cuerpo y del espíritu. Pero el oro era para ellos, como sería hoy mismo para otros hombres, el principal motivo. La gran diferencia está únicamente en que el oro no les hacía olvidar su religión. Fué un dedo de oro el que guió a Colón hacia América; a Cortés, hacia Méjico; a Pizarro, hacia el Perú; de igual modo que nos guió a nosotros a California, sin lo cual no hubiera sido hoy uno de nuestros Estados. El oro que se encontró al principio en el Nuevo Mundo era desgraciadamente poco: antes de la conquista de Méjico sólo ascendió a 500,000 pesos; Cortés aumentó la cantidad, y Pizarro la hizo subir a una cifra fabulosa y deslumbradora. Pero lo más curioso es que el oro que se encontró, no representó, en la exploración y civilización del Nuevo Mundo, un papel tan importante como el que se buscaba en vano. El maravilloso mito que representa el vellocino de oro americano, influyó de un modo más eficaz, en la geografía y la historia, que las verdaderas e incalculables riquezas del Perú.

De este mito fascinador tiene la gente escaso conocimiento, aun cuando una corruptela de su nombre anda en boca de todo el mundo. Hablando de una región muy rica solemos decir que es otro «Eldorado» o bien «un Eldorado», error indigno de personas cultas. El verdadero nombre es «Dorado», y «El Dorado» es una contracción en español de «el hombre dorado», mito que ha dado origen a una serie de proezas, al lado de las cuales son insignificantes las de Jasón y sus compañeros semidioses.

Como todos esos mitos, éste tuvo en realidad su fundamento. El «vellocino de Colcos» era una imagen poética de las minas de oro del Cáucaso; pero realmente existió un «hombre dorado». Su historia y los sucesos a que dió pie es un cuento de hadas que tiene la ventaja de ser verdad. Es un tema sumamente complicado; pero, gracias a que Bandelier ha descorrido por fin el velo que lo cubría, se puede ahora relatar esa historia de un modo inteligible, como no se ha vulgarizado antes de ahora.

Hace algunos años se halló en una laguna de Siecha, en Nueva Granada, un curioso y pequeño grupo de estatuas: era un trabajo tosco y antiguo de los indios, y aun más precioso por su interés etnológico que por el metal de que estaba hecho, que era oro puro. Este raro ejemplar, que puede verse ahora en un museo de Berlín, es una balsa de oro, sobre la cual están agrupadas diez figuritas de hombres del mismo metal. Representa una extraña costumbre que en tiempos prehistóricos era peculiar de los indios de la aldea de Guatavitá, en las montañas de Nueva Granada. Esa costumbre era como sigue: En cierto día uno de los jefes de la aldea untaba su cuerpo desnudo con una goma, y después se espolvoreaba de la cabeza a los pies con oro fino molido. Esa era «el hombre dorado». Entonces lo llevaban sus compañeros en una balsa hasta el centro del lago que estaba cerca de la aldea, y saltando de la balsa «el hombre dorado», se lavaba su preciosa y extraña envoltura y la dejaba hundirse hasta el fondo del lago. Esa práctica era un sacrificio en provecho de la aldea. La tal costumbre ha quedado históricamente comprobada; pero se había abandonado más de treinta años antes de que se enterasen de ella los europeos, esto es, los españoles de Venezuela en 1527. Esa costumbre no había sido abandonada voluntariamente por la gente de Guatavitá, sino que los belicosos indios Muysca de Bogotá pusieron fin a ella, bajando a dicha aldea y exterminando a casi todos sus habitantes. Pero el sacrificio fué un hecho, y a tan enorme distancia y en aquellos días precarios, los españoles supieron de esa costumbre como si todavía se practicase. La historia del «hombre dorado», que por contracción se decía «eldorado», era demasiado sorprendente para no causar impresión. Llegó a ser una palabra familiar, y desde entonces un señuelo para cuantos se acercaban a la costa del norte de la América del Sur. Nos extrañará que la tal conseja (que ya se había convertido en un mito en 1527, desde que cesara la costumbre que le dió pie), pudiese subsistir durante 250 años sin que se refutase por completo; pero no nos sorprenderá tanto si tenemos en cuenta que la América del Sur era entonces un dificultoso y vasto desierto y que aun hoy contiene muchos misterios que no han sido explorados.

Las primeras tentativas de llegar hasta «el hombre dorado», se hicieron desde la costa de Venezuela. Carlos I de España y V de Alemania, había empeñado la costa de aquella posesión española a la opulenta familia bávara de los Welsers, concediéndoles el derecho de colonizar y «descubrir el interior». En 1529, Ambrosio Dalfinger y Bartolomé Seyler desembarcaron en Coro (Venezuela) con 400 hombres. La historia del «hombre dorado» era ya cosa corriente entre los españoles, y atraído por ella, Dalfinger se fué tierra adentro para encontrarlo. Era atrozmente cruel, y su expedición fué nada menos que una absoluta piratería. Penetró hasta el río Magdalena, en Nueva Granada, esparciendo la muerte y la devastación por donde quiera que pasaba. Encontró algún oro; pero su brutalidad hacia los indios fué tan grande y contrastaba de tal modo con el trato que estaban acostumbrados a recibir de los españoles, que los indígenas, exasperados, se rebelaron, y la marcha de aquel nombre no fué otra cosa que una continua lucha, que duró más de un año. El mal estaba en que los Welsers no tenían más empeño que encontrar tesoros para reintegrarse del dinero que habían desembolsado, y no sentían el verdadero espíritu colonizador y cristianizador de los españoles. Dalfinger no pudo hallar «el hombre dorado», y murió en 1530 de resultas de una herida que recibió durante la nefanda expedición.

Su sucesor en el mando de los intereses de los Welsers, Nicolás Federmann, no fué mucho mejor como hombre, ni tuvo mejor fortuna como explorador. En 1530 marchó tierra adentro para descubrir el Dorado; pero desde Coro se dirigió en derechura hacia el Sur, así que no pasó por Nueva Granada. Después de una terrible marcha por las selvas tropicales, tuvo que volverse con las manos vacías, en el año 1531.

Desde este punto empieza a derivar, cronológicamente, una de las curiosas ramificaciones y variaciones de este fecundo mito. Fué al principio un hecho, durante treinta años una fábula, y ahora, después de tres años, comenzó a ser un errante fuego fatuo, que saltaba de un punto a otro y poco a poco se iba enredando con otros mitos. La primera variación data de la tentativa para descubrir el origen del Orinoco, ese gran río que se suponía que sólo podía emanar de algún gran lago. En 1530, Antonio Sedeño salió de España con una expedición para explorar el Orinoco. Llegó al Golfo de Paria y construyó un fuerte, con intención de continuar desde allí sus exploraciones. Mientras ponía su proyecto en obra, Diego de Ordaz, antiguo camarada de Cortés, había obtenido en España una concesión para colonizar el distrito que se llamaba entonces Marañón, y era un territorio vagamente definido, que comprendía Venezuela, Guayana y el norte del Brasil. Salió de España en 1531, llegó al Orinoco y se remontó por el río hasta las cataratas. Entonces tuvo que volverse, después de dos años de tratar en vano de vencer todos los obstáculos que se le presentaron. Pero en esta expedición oyó decir que el Orinoco tenía su origen en un gran lago, y que el camino que a ese lago conducía, pasaba por una provincia llamada Meta que, según se decía, era fabulosamente rica en oro. Según el historiador Bandelier, que es autoridad en la materia, no cabe duda que la riqueza que se atribuía a Meta era sólo un eco del cuento del Dorado, que había llegado hasta las tribus del bajo Orinoco.

A Ordaz le siguió en 1534 Jerónimo Dortal, el cual intentó llegar a Meta, pero fracasó por completo. Estas tentativas realizadas desde Venezuela, según demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio del Dorado, limitándolo a la parte noroeste del continente. Se le había buscado en otros puntos sin encontrarlo, y de ahí se dedujo que debía de estar en el único sitio no explorado: la elevada meseta de Nueva Granada.

Después de muchas infortunadas tentativas, que no es del caso relatar aquí, Gonzalo Ximénez de Quesada conquistó por fin la meseta de Nueva Granada, en 1536-38. Este bravo soldado subió por el río Magdalena con una fuerza de seiscientos veinte infantes y ochenta y cinco jinetes. De éstos, sólo llegaron vivos a la meseta ciento ochenta, al principio del año 1537. Se encontró con los indios Muysca, que vivían en aldeas permanentes y poseían oro y esmeraldas. Le resistieron con su característica tenacidad; pero las tribus fueron vencidas una tras otra, y Quesada fué el conquistador de Nueva Granada.

El botín que se repartieron los conquistadores ascendió a 246,976 pesos de oro—que valdrían ahora 1.250,000 duros,—y 1,815 esmeraldas, algunas de gran tamaño y de mucho valor. Hallaron el verdadero sitio del «hombre dorado», y hasta visitaron Guatavitá, cuyos habitantes opusieron una feroz resistencia; pero claro está que no hallaron al «hombre», porque ya había desaparecido la famosa costumbre.

Apenas había Quesada completado su gran conquista, cuando le sorprendió la llegada de otras dos expediciones españolas, que fueron atraídas al mismo sitio por el mito del Dorado.

Dirigía una de ellas Federmann, el cual había penetrado en Bogotá desde la costa de Venezuela en aquella su segunda expedición, que fué una marcha terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del otro, Sebastián de Belalcázar había salido de Quito en busca del «hombre dorado». El cuento del cacique cubierto de oro había llegado hasta el corazón del Ecuador, y los relatos de los indios indujeron a Belalcázar a ir en busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes hicieron un convenio en virtud del cual Quesada quedó único dueño del país que había conquistado, y Federmann y Belalcázar regresaron a sus puestos respectivos.

Mientras Federmann andaba a la caza del mito, un sucesor suyo había ya llegado a Coro. Era el intrépido alemán conocido por «George de Speyer», pero cuyo verdadero nombre, descubierto por Bandelier, era George Hormuth. Al llegar a Coro, en 1535, no solamente oyó hablar del Dorado, sino también de que había carneros domesticados hacia el sudoeste, esto es, en dirección del Perú. Siguiendo estas vagas indicaciones, salió con aquel rumbo; pero tropezó con tan enormes dificultades para llegar al paso de la montaña que le dijeron los indios que conducía a la tierra del Dorado, que se desvió hacia las vastas y terribles selvas tropicales del alto Orinoco. Allí oyó hablar de Meta, y siguiendo aquel mito, penetró hasta un grado del Ecuador. Durante veintisiete meses él y sus acompañantes españoles anduvieron errabundos por la enmarañada y pantanosa manigua que hay entre el Orinoco y el río Amazonas. Tropezaron con muy numerosas y belicosas tribus, de las cuales la más notable era la de los Uaupes. No hallaron oro; pero en todas partes oyeron contar la fábula de un gran lago relacionado con el oro. De los ciento noventa hombres que salieron en esta expedición, sólo regresaron ciento treinta, y de éstos sólo unos cincuenta tenían fuerzas para llevar armas. Tan indescriptible y penoso viaje duró tres años. El resultado de sus horrores, fué desviar la atención de los exploradores del verdadero sitio del Dorado y encaminarles hacia las selvas del río Amazonas, en la empresa quimérica de buscar un mito que tenía mucho de geográfico. En otras palabras, preparó la exploración de la parte norte del Brasil.

Poco después de «George de Speyer», y sin tener la menor relación con él, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, había dado impulso a la exploración del Amazonas desde el lado Pacífico del continente. En 1538, desconfiando de Belalcázar, envió a su hermano Gonzalo Pizarro a Quito, para reemplazar a su sospechoso teniente. Al siguiente año, Gonzalo supo que el árbol de la canela abundaba en los bosques de la vertiente oriental de los Andes, y que todavía más lejos moraban poderosas tribus indias ricas en oro. Quiere decir que, mientras el mito original y verdadero del Dorado había llegado a Quito desde el norte, el mito de Meta, que era un eco de aquél, había llegado también allí desde el este. Puesto que Belalcázar había ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado, y no había encontrado a ese individuo, se suponía que su domicilio debía hallarse en algún otro punto, es decir, al este, en vez del norte, de Quito. Gonzalo emprendió su desastrosa expedición a las selvas orientales con doscientos veinte hombres. En los dos años que duró la tremebunda jornada, perecieron todos los caballos, como también sus compañeros indios, y los pocos españoles que llegaron vivos al Perú, en 1541, tenían la salud completamente quebrantada. Se encontró el árbol de la canela; pero no «el hombre dorado». Uno de los tenientes de Gonzalo, Francisco de Orellana, habíase adelantado por la parte superior del Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote desvencijado. No pudieron los dos grupos volver a juntarse, y Orellana finalmente se dejó arrastrar por la corriente hasta la desembocadura del Amazonas, en medio de indecibles sufrimientos. Flotando mar adentro en el Atlántico, llegaron por último a la isla de Cubagua, el 11 de septiembre de 1541. Esta expedición fué la primera que trajo al mundo informes fidedignos respecto del tamaño y naturaleza del mayor río de la tierra, y también dió a dicho río el nombre que hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas mujeres luchaban al lado de los hombres, y por esta razón le llamaron «río de las Amazonas».

En 1543, Hernán Pérez Quesada, hermano del conquistador, penetró en las regiones que había visitado «George de Speyer». Fué allí desde Bogotá, por haber oído tergiversado el mito de Meta; pero sólo encontró miseria, hambre, enfermedades e indígenas hostiles en los diez y seis terribles meses que anduvo errante por el desierto.

Entre tanto se habían convencido en España de que la concesión de Venezuela a los prestamistas alemanes era un fracaso. El régimen de los Welsers sólo daño causaba. No obstante, se resolvió hacer el último esfuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caballero alemán, salió de Coro, en agosto de 1541, a la caza del mito de oro, el cual por aquel tiempo había llegado ya hasta el sur de las Amazonas. Durante diez y ocho meses anduvo vagando en un círculo, y entonces, oyendo decir que había una tribu poderosa y rica en oro, llamada de los Omaguas, se lanzó hacia el sur, cruzando el Ecuador con su fuerza de cuarenta hombres. Encontró a los Omaguas; fué derrotado por ellos y herido, y al fin pudo llegar a Venezuela después de pasar por muchos sufrimientos durante más de tres años en las más impenetrables selvas y los dilatados pantanos de los trópicos. A su regreso fué asesinado, y así terminó la dominación alemana en Venezuela.

El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar a una compañía española en batalla a campo abierto, dió a aquella tribu una gran reputación. Siendo tan fuertes en número y en valentía, era natural suponer que también fuesen ricos en metales, aun cuando no se había visto de ello muestra alguna.

Arrojado de su cuna, el mito del «hombre dorado», se había convertido en un fantasma errante. Habíase perdido de vista su primitiva forma, y de un «hombre dorado» se había transformado, poco a poco, en una tribu de oro. Se confundieron y combinaron el Dorado y Meta, siguiendo el curioso pero característico curso de los mitos. Primero, un hecho notable; después el relato de un hecho que ha dejado de existir; luego, el eco lejano de ese cuento enteramente despojado de los hechos fundamentales y, por último, un enredo y maraña general del hecho; la leyenda y el eco formando un nuevo mito, difícil de reconocer.

Este mito vagabundo y variable atrajo poderosamente la atención, en 1550, en la provincia del Perú. En aquel año varios centenares de indios de la región central del Amazonas, esto es, del corazón del norte del Brasil, se refugiaron en las colonias españolas de la parte oriental del Perú. Habían sido arrojados de sus habitaciones por la hostilidad de las tribus vecinas, y no llegaron al Perú sino después de muchos años de penosas y azarosas marchas.

Dieron noticias exageradas de la riqueza e importancia de los Omaguas, y esos cuentos fueron creídos con avidez. Sin embargo, no estaba entonces el Perú en condiciones de emprender una nueva conquista, y sólo diez años después de la llegada de aquellos indios refugiados, se dieron algunos pasos acerca de este asunto. El primer virrey del Perú, el bueno y gran Antonio de Mendoza, que del virreinato de Méjico había sido ascendido a esta más alta dignidad, vió en aquellas noticias la oportunidad de tomar una sabia medida. Había librado a Méjico de unos cuantos centenares de hombres levantiscos que eran una amenaza para el buen gobierno, enviándolos a la caza del áureo fantasma de Quivira, aquella notable expedición de Coronado que fué tan importante para la historia de los Estados Unidos. Entonces halló en su nueva provincia un peligro análogo pero mucho peor, y para librar al Perú de gente maleante y peligrosa, Mendoza organizó la famosa expedición de Pedro de Ursua. Fué el cuerpo más numeroso que se reunió en la América del Sur para una empresa de esta clase en el siglo XVI; pero se componía de los peores y más feroces elementos que jamás hubo en las colonias españolas. Las fuerzas de Ursua se concentraron en las márgenes del alto Amazonas, y el día 1.º de julio, el primer bergantín zarpó y tomó río abajo. El cuerpo principal de la expedición siguió en otros bergantines el 26 de septiembre.

Era aquella región una inmensa selva tropical, enteramente desierta. Pronto se hizo evidente que sus esperanzas de oro nunca llegarían a realizarse, y empezó el descontento a manifestarse de un modo sangriento. En aquella turba de malhechores que virtualmente había desterrado el sabio virrey para purificar el Perú, no era de esperar que reinase la armonía. No hallándose ya diseminados entre buenos ciudadanos que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos en descarada pillería, no tardaron, con su conducta, en reproducir la fábula de los gatos de Kilkenny[13]. Su viaje fué una orgía imposible de describir.

Entre aquellos pillastres había uno de condición peculiar; un sujeto deforme, pero muy ambicioso, el cual tenía motivos para no desear volver al Perú. Llamábase Lope de Aguirre. Viendo que el objeto de la expedición no podía menos de fracasar, empezó a formar un plan diabólico. Si no podían hallar oro de la manera que esperaban, ¿por qué no buscarlo de otro modo? En una palabra, concibió el plan audaz de hacer traición a España y a todos y fundar un nuevo imperio. Para llevarlo a cabo comprendió que era necesario deshacerse de los jefes de la expedición, los cuales podrían tener escrúpulos de ser traidores a su patria. Así, mientras los bergantines flotaban río abajo, fueron teatro de una serie de atroces tragedias. Primero fué asesinado el comandante Ursua, y en su lugar pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado Fernando de Guzmán. En el acto fué elevado a la dignidad de príncipe, y ese fué el primer paso de su manifiesta traición.

Luego fué asesinado Guzmán, como también la infame Inés de Atienza, mujer que tomó parte vergonzosa en aquella trama, y el jorobado Aguirre se hizo jefe y «tirano». Patentizóse su traición, y desde aquel momento mandó la expedición, no como oficial español, sino como rebelde y pirata. Mientras hacía rumbo al Atlántico, trazó planes de espantosa magnitud y audacia. Proyectó navegar hasta el Golfo de Méjico, desembarcar en el istmo, apoderarse de Panamá y de allí navegar hasta el Perú, en donde daría muerte a todos los que se le opusiesen y establecería un imperio bajo su dominio.

Pero un curioso accidente desbarató todos sus planes. En vez de llegar a la desembocadura del Amazonas, la flotilla derivó hacia la izquierda, internándose en sus laberínticas revueltas, y fueron a parar al río Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir su error, y siguiendo adelante hasta el Casiquiare, y desde allí penetraron en el Orinoco. El día 1.º de julio de 1561 (un año justo estuvieron navegando por el laberinto y todos los días se señalaron con asesinatos a diestro y siniestro), los malvados llegaron al Océano Atlántico, pero por la desembocadura del Orinoco, y no, como ellos esperaban, por la del Amazonas. Diez y siete días después avistaron la isla de Margarita, donde había un puesto español. A traición se apoderaron de la isla y proclamaron su independencia de España.

Con este acto se proveyó Aguirre de dinero y de algunas municiones; pero le faltaban buques para hacer un viaje por mar. Trató de apoderarse de un gran bajel que conducía a Venezuela al provincial Montesinos, misionero dominico; pero su traición se vió frustrada, y se dió la alarma al continente. Furioso por su fracaso aquel monstruo descuartizó a los oficiales reales de Margarita. Se desconcertó así su plan de llegar a Panamá; pero al fin logró apresar un buque más pequeño, con el cual pudo desembarcar en la costa de Venezuela, en el mes de agosto de 1561. Su correría por el continente dejó una estela de crímenes y de rapiña. La gente, atacada por sorpresa y no pudiendo oponer una resistencia inmediata a aquel malvado, huía cuando él se acercaba. Las autoridades enviaron a pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la parte norte de la América del Sur estaba aterrorizada.

Aguirre continuó sin oposición hasta llegar a Barquisimeto. Halló aquel pueblo desierto; pero pronto llegó el edecán Diego de Paredes, con una fuerza leal que había reunido precipitadamente. Al mismo tiempo, Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apresuraba a marchar contra el traidor con cuantas fuerzas podía allegar. Aguirre se halló sitiado en Barquisimeto, y sus parciales empezaron a desertar. Finalmente, viéndose casi solo, Aguirre mató a su hija (que había participado en todas aquellas terribles correrías) y se rindió. El comandante español no quería ejecutar al architraidor; pero los mismos secuaces de Aguirre insistieron en que se le diese muerte, y lo lograron.

Hiciéronse posteriormente otras muchas tentativas para descubrir «el hombre dorado», pero fueron de poca importancia, excepto la que realizó Sir Walter Raleigh en 1595. Solamente llegó hasta el Salto Coroni, es decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan grande siquiera como la de Ordaz; pero volvió a Inglaterra con estupendos relatos de un gran lago interior y de ricas naciones. Había confundido la leyenda del Dorado con noticias de los Incas del Perú, lo cual prueba que los españoles no eran los únicos que comulgaban con ruedas de molino. A la verdad, tanto los exploradores ingleses como los de otras naciones, fueron igualmente crédulos y sintieron la propia ansia de llegar hasta el oro fabuloso. El mito del gran lago, el lago de Parime, fué absorbiendo gradualmente el mito del «hombre dorado». La tradición histórica se fundió y perdió en la fábula geográfica. Unicamente en las selvas orientales del Perú reapareció el Dorado al principio del siglo XVIII; pero como una ficción tergiversada y sin fundamento. Mas el lago Parime permaneció en los mapas y en las descripciones geográficas. Es una curiosa coincidencia que donde se creía existían las tribus de oro de Meta, se hayan descubierto recientemente las minas de oro de Guayana, que han sido motivo de disputa entre Inglaterra y Venezuela. Es cierto que Meta era tan sólo un mito; pero hasta ese mito fué de utilidad.

La fábula del lago de Parime, el cual por mucho tiempo se creyó que era un gran lago que tenía detrás grandes cordilleras de montañas de plata, la desbarató por completo Humboldt a principios del siglo XIX. Demostró que no había tal gran lago, ni tales montañas de plata. Las anchas sabanas del Orinoco, cuando se inundaban en la estación de las lluvias, se creyó que eran un lago, y el fondo de plata era sencillamente el reflejo de los rayos solares en los picos de roca micácea.

Con las investigaciones de Humboldt desapareció la más curiosa y fantástica leyenda de la Historia. Ningún otro mito o tradición de la América del Norte o de la del Sur llegó a ejercer tan poderosa influencia en el curso de los descubrimientos geográficos; ningún otro puso a prueba el esfuerzo humano de un modo tan pasmoso, y ninguno ilustró con tanta brillantez la incomparable tenacidad y la abnegación inherentes al carácter español. Para la mayoría de nosotros es una nueva pero una verdadera y comprobada lección, que esa nación meridional, más impulsiva e impetuosa que las del norte, era también más paciente y más sufrida.

Murió el mito; pero no había existido en vano. Antes de que fuese desmentido, había dado pie a la exploración del Amazonas, del Orinoco, de toda la parte del Brasil situada al norte del Amazonas, de toda Venezuela, de toda Nueva Granada y del este del Ecuador. Una mirada al mapa nos revelará lo que esto significa; y es que «el hombre dorado» hizo que conociese el mundo la geografía de la América del Sur que se extiende al norte de la línea ecuatorial.


III

Exploradores ejemplares