VII

ESPAÑA EN LOS ESTADOS UNIDOS

Cortés era todavía capitán general cuando llegó Cabeza de Vaca a las colonias españolas, después de su correría de ocho años, portador de noticias de países extranjeros situados más al norte; pero Antonio de Mendoza era virrey de Méjico y superior a Cortés en jerarquía, y entre él y el conquistador traicionero había interminables disensiones. Cortés trabajaba para sí mismo; Mendoza, para España.

A medida que en Méjico se hacían más espesas las colonias españolas, la atención de los inquietos exploradores de mundos empezó a dirigirse hacia los misterios del vasto y desconocido país situado más al norte. Las cosas raras que Vaca había visto, y las más raras aún de que había oído hablar, no podían menos de excitar la curiosidad de los intrépidos aventureros a quienes las contaba. Lo cierto es que antes de un año de haber llegado a Méjico el primer viajero transcontinental, habían descubierto sus compatriotas dos más de nuestros actuales Estados como resultado directo de sus narraciones. Y ahora llegamos a uno de los hombres más calumniados de todos: Fray Marcos de Nizza, descubridor de Arizona y Nuevo Méjico.

Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que formaba entonces parte de Saboya, y debió llegar a América por el año 1531. Acompañó a Pizarro al Perú, y de allí volvió finalmente a Méjico. Fué el primero en explorar las tierras desconocidas de que Vaca había oído a los indios contar cosas tan estupendas, aun cuando él no las había visto: «las Siete Ciudades de Cibola, llenas de oro», y otras innumerables maravillas. Fray Marcos salió a pie de Culiacán (Sinaloa, borde occidental de Méjico) en la primavera de 1539, con el negro Estebanico, que fué uno de los compañeros de Vaca, y unos cuantos indios. Un hermano lego, Honorato, que salió con él, pronto cayó enfermo y no continuó el viaje. Ahora bien; esa fué una verdadera exploración española, un buen ejemplo de centenares de ellas: aquel denodado sacerdote, sin armas, con una veintena de hombres que no inspiraban confianza, emprendió una marcha de un año, a través de un desierto, donde, aun en estos días de ferrocarriles y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hombres que mueren todos los años de sed, sin contar los millares que perecen a manos de los indios. Pero esas pequeñeces sólo servían para abrir el apetito de los españoles, y Fray Marcos siguió sufriendo el cansancio del camino hasta que, a principios de junio de 1539, llegó por fin a las Siete Ciudades de Cibola. Estas se hallaban al extremo occidental de Nuevo Méjico, cerca del actual y extraño pueblo indio de Zuñi, que es todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y está hoy casi lo mismo que como lo vió aquel heroico sacerdote hace trescientos cincuenta años. Al pie del pasmoso risco de Toyallahnah, la sagrada montaña de los truenos de Zuñi, el negro Estebanico fué muerto por los indios, y Fray Marcos se libró de igual suerte por haberse retirado a tiempo. Obtuvo cuantos informes pudo acerca de las extrañas y elevadas poblaciones que divisó, y regresó a Méjico con grandes noticias. Se le ha acusado de haber dado informes erróneos y exagerados; pero si sus críticos no hubiesen sido tan desconocedores de la calidad, de los indios y de sus tradiciones, no hubieran hablado de esta suerte. Las afirmaciones de Fray Marcos eran absolutamente verídicas.

Cuando el buen padre hizo su relación, bien se puede asegurar que todos aguzaron el oído en Nueva España, nombre que entonces se daba a Méjico, y en cuanto fué posible organizar una expedición armada, salió para las Siete Ciudades de Cibola, sirviéndola de guía el mismo Fray Marcos. De dicha expedición hablaremos en breve. Fray Marcos la acompañó hasta llegar a Zuñi, y entonces regresó a Méjico, baldado por el reumatismo, del cual nunca llegó a curarse. Murió en el convento de la ciudad de Méjico, en 25 de marzo de 1558.

El hombre a quien Fray Marcos condujo a las Siete Ciudades de Cibola fué el más grande explorador que jamás pisó el continente del norte, si bien sus exploraciones sólo le produjeron desastres y amarguras. Nos referimos a Francisco Vázquez de Coronado, natural de Salamanca (España). Coronado era joven, ambicioso y tenía ya renombre. Era gobernador de la provincia mejicana de Nueva Galicia, cuando supo la noticia referente a las Siete Ciudades. Mendoza, contra la fuerte oposición de Cortés, decidió efectuar una expedición, que libraría al país de unos cuantos centenares de audaces y jóvenes espadachines españoles que estaban reñidos con la paz, y al mismo tiempo a fin de conquistar nuevos países para la Corona. En consecuencia, puso a Coronado al frente de un grupo de unos doscientos cincuenta españoles, para que fuesen a colonizar las tierras descubiertas por Fray Marcos, con estrictas órdenes de no volver jamás.

Coronado salió de Culiacán con su pequeño ejército en los albores de 1540. Guiados por el incansable sacerdote, llegaron a Zuñi en julio, y tomaron el pueblo después de una lucha feroz, con lo cual terminaron entonces las hostilidades. Desde allí envió Coronado pequeñas expediciones a los extraños pueblos de Moqui, construídos sobre riscos (en la parte nordeste de Arizona), el gran Cañón del Colorado y al pueblo de Gemez, situado al norte de Nuevo Méjico. Durante aquel invierno trasladó todas sus fuerzas a Tiguex, donde se encuentra ahora la linda aldea Nuevo-Mejicana de Bernalillo en el Río Grande, y allí empeñó una seria y poco digna guerra con los indios pueblos de Tigua.

Allí fué donde oyó hablar del áureo mito que le tentó, haciéndole pasar tan duras penalidades, y que causó después la muerte a muchos centenares de hombres: la fábula de Quivira. Esta, según le aseguraban los indios de las vastas llanuras, era una ciudad toda de oro puro. En la primavera de 1541, Coronado y sus hombres salieron en busca de Quivira y marcharon a través de aquellas tremendas sabanas, hasta el centro de nuestro actual territorio indio. Allí, viendo que había sido engañado, Coronado hizo retroceder su ejército a Tiguex, y él, con 30 hombres, siguió adelante y atravesó el río Arkansas hasta llegar al extremo nordeste de Kansas, esto es, a tres cuartas partes de la distancia que media entre el Golfo de California y Nueva York, y mucho más si se tiene en cuenta los rodeos que dieron.

Encontró allí la tribu de los quiviras, salvajes nómadas que se dedicaban a la caza del búfalo, pero no tenían oro, ni sabían dónde se hallaba. Coronado regresó por fin a Bernalillo, después de un lapso de tres meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos. Poco después de su vuelta, una caída del caballo puso su vida en grave peligro. Pasó la crisis; pero su salud quedó quebrantada, y descorazonado por sus dolencias físicas y por las infructíferas contrariedades de la inhospitalaria tierra que se propusiera colonizar abandonó el proyecto de poblar Nuevo Méjico y en el verano de 1542 regresó a Méjico con sus hombres. Su desobediencia al virrey, por haber abandonado su empresa, le hizo caer en disfavor, y pasó el resto de su vida en relativa obscuridad.

Triste final fué ese para el hombre notable que descubriera tantos miles de millas del sediento sudoeste, casi tres siglos antes de que lo viese ninguno de nuestros paisanos; para aquel soldado bien nacido, instruído y denodado, y que fué el ídolo de su tropa. Como explorador no tiene rival; pero como colonizador fracasó por completo. Habíase criado en la ciudad y no era montaraz; y acostumbrado solamente a vivir en Jalisco y las regiones de Méjico situadas junto al Golfo de California, no conocía los terribles desiertos de Arizona y Nuevo Méjico y no pudo acomodarse a aquel medio ambiente. Hasta medio siglo después que llegó un español nacido en la frontera de aquellas tierras áridas, no pudo colonizarse Nuevo Méjico con feliz éxito.

Mientras el descubridor del territorio indio y de Kansas iba en persecución de un mito de oro a través de las solitarias llanuras, sus compatriotas habían hallado y estaban explorando otro de nuestros Estados: nuestro dorado jardín de California. Hernando de Alarcón, en 1540, navegó por el río Colorado hasta una gran distancia del Golfo, probablemente hasta Great Bend, y en 1543 Juan Rodríguez Cabrillo exploró la costa californiana del Pacífico, hasta llegar a cien millas al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía fundarse la ciudad de San Francisco.

Después de los desalentadores descubrimientos de Coronado, los españoles, durante muchos años, consagraron muy poca atención a Nuevo Méjico. ¡Bastante había que hacer en la Nueva España para tener ocupada por algún tiempo la indómita energía española en la civilización de su nuevo imperio! Fray Pedro de Gante había fundado en Méjico, en 1524, las primeras escuelas del Nuevo Mundo, y desde entonces todas las iglesias y conventos, en la América española, tenían adjunta una escuela de indios. En 1524 no había entre los innumerables millares de indios de Méjico uno solo que supiese lo que eran letras; pero veinte años después eran tantos los que habían aprendido a leer y escribir, que el obispo Zumárraga hizo imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En 1543 había hasta escuelas industriales para aquellos indios. Ese buen obispo Zumárraga fué también el que trajo la primera prensa al Nuevo Mundo, en 1536. Se montó en la ciudad de Méjico y pronto empezó a trabajar activamente. El libro más antiguo impreso en América que hoy existe, salió de dicha prensa en 1539. La mayoría de los primeros libros que allí se imprimieron, tenían por objeto hacer inteligibles los dialectos indios; medida de humanitaria educación que no ha sabido copiar ninguna otra nación colonizadora en el Nuevo Mundo. La primera música que se imprimió en América, salió también de la misma prensa en 1548.

Lo más notable de todo, y que demuestra la actitud educadora de los españoles en los nuevos continentes, fué un resultado enteramente singular. No solamente su actividad intelectual creó entre ellos mismos una constelación de eminentes escritores, sino que, al cabo de pocos años, había una escuela de importantes autores indios. Sería una pérdida irreparable para el conocimiento de la verdadera historia de América, la de las crónicas de escritores indios tales como Tezozomoc, Camargo y Pomar, en Méjico; Juan de Santa Cruz, Pachacuti Yamqui Salcamayhua, en el Perú, y muchos otros. ¡Y qué ganancia no hubiera tenido la ciencia si nosotros nos hubiésemos tomado la pena de educar a nuestros aborígenes para que se prestasen tan útil ayuda a sí mismos y a los conocimientos humanos!

En todas las demás tareas intelectuales que conocía entonces el mundo, los hijos de España realizaban en América notables progresos. En geografía, en historia natural, en física y química y en otras ciencias, fueron en nuestros países los primeros, como lo habían sido en sus descubrimientos y exploraciones. Es un hecho pasmoso que, en época tan lejana como el año 1579, se hizo en público una autopsia del cadáver de un indio en la Universidad de Méjico para indagar la naturaleza de una epidemia que entonces causaba estragos en Nueva España. Es dudoso que en aquella época hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad de Londres. Y en libros de aquel período, que existen todavía, hallamos proyectos de armas de repetición, y hasta una inequívoca indicación del teléfono. ¡La primera prensa no llegó a las colonias inglesas de América hasta 1638! ¡Cerca de cien años a la zaga de Méjico! En todo el mundo tardaron en aparecer los periódicos; el primero auténtico de que hay noticia en la historia, se publicó en Alemania en 1615. En Inglaterra apareció el primero en 1622, y las colonias norteamericanas no tuvieron uno hasta 1704. «El Mercurio Volante», folleto que daba noticias, se publicaba en la ciudad de Méjico antes del año 1693.

Cuando las malas nuevas de Coronado se habían en gran parte olvidado, empezó otra incursión española hacia Nuevo Méjico y Arizona. Entre tanto habían ocurrido en la Florida importantes acontecimientos. Los muchos fracasos padecidos en ese desgraciado país, no desalentaron a los españoles en su empeño de colonizarlo. Por último, en 1560, se estableció allí de un modo permanente Avilés de Menéndez, español muy cruel, el cual, no obstante, tuvo el honor de fundar y dar nombre a la ciudad más antigua de los Estados Unidos—San Agustín,—en 1560. Menéndez encontró una pequeña colonia de hugonotes franceses que se habían desviado hasta allí el año antes al mando de Ribault, a los que él hizo prisioneros y los ahorcó, poniéndoles un cartel en que decía que habían sido ejecutados «no por ser franceses, sino por herejes». Dos años después, la expedición francesa de Dominique de Gourges se apoderó de los tres fuertes españoles que allí se habían construído, y ahorcó a los colonos, «no por ser españoles, sino por asesinos»; lo cual no dejó de ser una venganza muy ingeniosa como réplica; pero muy censurable por el hecho. En 1586 Sir Francis Drake, a cuyas aficiones piráticas hemos aludido ya, destruyó la floreciente colonia de San Agustín, que se volvió a construir en seguida. En 1763 España cedió la Florida a la Gran Bretaña, en cambio de la Habana, de que Albemarle habíase apoderado un año antes.

También es interesante el hecho de que los españoles estuvieron en Virgina cerca de 30 años antes de que Sir Walter Raleigh intentase establecer allí una colonia, y medio siglo largo antes de la visita de John Smith. Ya en 1556, la bahía de Chesapeake era conocida de los españoles con el nombre de Bahía de Santa María, y se había enviado allí, para colonizar el país, una expedición que fracasó.

En 1581 tres misioneros españoles, Fray Agustín Rodríguez, Fray Francisco López y Fray Juan de Santa María, salieron de Santa Bárbara (Chihuahua, Méjico) con una escolta de nueve soldados españoles al mando de Francisco Sánchez Chamuscado. Anduvieron trabajosamente a lo largo del Río Grande hasta donde se encuentra ahora Bernalillo, o sea en una marcha de unas mil millas. Allí quedaron los misioneros para enseñar la doctrina, mientras los soldados exploraban el país hasta Zuñi, y entonces regresaron a Santa Bárbara. Chamuscado murió en el camino. En cuanto a los valientes misioneros que quedaron atrás en el desierto, no tardaron en ser mártires, Fray Santa María fué muerto por los indios cerca de San Pedro, mientras realizaba una penosa caminata, solo y a pie, para volver a Méjico aquel otoño. Fray Rodríguez y Fray López fueron asesinados por su traicionero rebaño en Puaray, en diciembre de 1581.

Al año siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo de Córdoba, salió de Santa Bárbara (Chihuahua), con catorce hombres, para afrontar los desiertos y los salvajes de Nuevo Méjico. Anduvo Río Grande arriba hasta un poco más allá de donde ahora se halla Alburquerque, sin que le hiciesen resistencia los indios de la tribu Pueblo. Visitó sus ciudades de Zía, Jenez, la empinada Acoma, Zuñi y la lejana Moqui, y se internó bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo al Río Grande, visitó el pueblo de Pecos, bajó por el río del mismo nombre a Tejas, y de allí cruzó de nuevo a Santa Bárbara. Tenía la intención de volver a colonizar Nuevo Méjico; pero su muerte (ocurrida probablemente en 1585) desbarató su plan, y el único resultado importante de su gigantesca jornada, fué una adición a los conocimientos geográficos de su época.

En 1590, Gaspar Castaño de Sosa, teniente gobernador de Nuevo León, estaba tan ansioso de explorar Nuevo Méjico, que organizó una expedición sin pedir permiso al virrey. Subió por el río Pecos y cruzó hasta el Río Grande; pero en el pueblo de Santo Domingo fué arrestado por el capitán Morlette, que había ido desde Méjico con ese solo objeto, y conducido a su destino con cadenas.

Juan de Oñate, colonizador de Nuevo Méjico y fundador de la segunda ciudad situada dentro de los límites de los Estados Unidos, como también de otra ciudad que es la segunda en antigüedad en el mismo país, nació en Zacatecas (Méjico). Su familia, procedente de Vizcaya, había descubierto en 1548 y poseía a la sazón algunas de las minas más ricas del mundo: las de Zacatecas. Pero, no obstante haber nacido de una familia que nadaba en oro, Oñate deseaba ser explorador. La Corona rehusó equipar nuevas expediciones para el norte, que tantos desengaños ofrecía, y por el año 1595 Oñate hizo un contrato con el virrey de Nueva España para colonizar Nuevo Méjico por su cuenta. Hizo todos los preparativos y equipó una costosa expedición. Justamente entonces fué nombrado otro virrey, el cual le tuvo esperando en Méjico con todos sus hombres por espacio de dos años, antes de darle el permiso necesario para emprender la marcha. Por fin, a principios de 1597, salió con su expedición, la cual le costó el equivalente de un millón de dólares antes de salir de viaje. Llevó consigo cuatrocientos colonos, incluso doscientos soldados, con mujeres y niños, y reses vacunas y lanares. Después de tomar posesión de Nuevo Méjico el 30 de mayo de 1598, marchó Río Grande arriba hasta donde se halla hoy la aldehuela Chamita, al norte de Santa Fe y allí fundó, en septiembre de aquel año, San Gabriel de los Españoles, segunda ciudad establecida en los Estados Unidos.

Oñate fué notable no tan sólo por su éxito en colonizar un país tan adusto como era aquél, sino también como explorador. Reconoció todo el país; viajó hasta Acoma, y sofocó una rebelión de los indios, y en el año 1600 efectuó una expedición hasta la misma Nebraska. En 1604, con treinta hombres, marchó desde San Gabriel y a través de aquel árido desierto hasta el Golfo de California, regresando a San Gabriel en abril de 1605. Por entonces los ingleses no se habían internado en América más que a cuarenta o cincuenta millas de la costa del Atlántico.

En 1605 Oñate fundó la ciudad de Santa Fe, de San Francisco, respecto de cuya antigüedad se han escrito muchas fábulas inverosímiles. La ciudad ha llegado a celebrar el 333.º aniversario de su fundación, veinte años antes de cumplir los tres siglos.

En 1606 Oñate hizo otra expedición a tierras lejanas del nordeste; pero de ella no se sabe casi nada, y en 1608 fué substituído por Pedro de Peralta, segundo gobernador de Nuevo Méjico.

Oñate era de mediana edad cuando realizó estos notables hechos. Nacido en la frontera, avezado a los desiertos, dotado de gran tenacidad, sangre fría y conocimiento de la guerra de frontera, era el hombre a propósito para establecer con éxito las primeras importantes colonias en los Estados Unidos, en los lugares más difíciles y peligrosos.