VII
TRAICIÓN Y MUERTE DE ATAHUALPA
Pero en medio de su gozo al ver realizados sus dorados ensueños—y casi podemos imaginar lo grandes que se sentirían al verse ya ricos, después de una vida de pobreza y de sufrimientos,—los españoles se vieron bruscamente sorprendidos por menos placenteras realidades. Las maquinaciones de los indios, de que ya se había sospechado, ahora no daban lugar a dudas. De todas partes llegaban noticias de un levantamiento. Se anunciaba que doscientos mil guerreros de Quito y treinta mil de los caníbales caribes se habían puesto en camino para caer sobre la pequeña fuerza de los españoles. Rumores de esta clase siempre suelen ser exagerados; pero entonces tenían probablemente fundamento. No otra cosa podía esperar quien estuviese tan familiarizado con el carácter de los indios como lo estaban los españoles. De todos modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe guiarse no solamente por lo que era cierto, sino más bien por lo que los españoles creían que lo era. Ellos tenían motivos para suponer, y no cabe dudar que así lo suponían, que las maquinaciones de Atahualpa traían una fuerza muy superior contra ellos, y que su vida estaba en inminente peligro. La inmensa riqueza que acababan de adquirir les ponía aún más intranquilos. Es una fase curiosa pero común de la naturaleza humana, que no nos damos cuenta de la mitad de los muchos peligros ocultos que amenazan nuestra vida, hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida más agradable. A menudo vemos cómo un hombre valiente se vuelve de pronto cauteloso, y hasta ridículamente medroso, cuando tiene una esposa querida y algún hijo que cuidar y proteger; y dudo que ningún muchacho travieso haya llegado a los veinte años sin que la posesión de algún pequeño tesoro le haya hecho pensar de momento en las muchas cosas que podrían quitarle el gusto de disfrutarlo. Entonces ve y presiente peligros que antes nunca se le había ocurrido suponer.
Los españoles tenían ciertamente suficientes motivos para temer por su vida, sin pensar en otra cosa; pero la repentina riqueza, que les prometía un brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba más sus aprensiones y les acuciaba a hacer más desesperados esfuerzos para salvarse.
No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro pensase jamás en hacer traición a Atahualpa, y hay evidentes señales de todo lo contrario. Pero ya sus soldados empezaban a exigir lo que parecía necesario para su protección. Creían que Atahualpa les había traicionado. Había causado la muerte de su hermano Huascar, el cual estaba dispuesto a ser amigo de ellos, con el fin de que aquella alianza le colocase por encima del poder de su temido rival. Les había ofrecido como cebo un áureo rescate, y con sus dilaciones había ganado tiempo para organizar fuerzas con que aplastar a los españoles, y ahora ellos pedían no sólo que se le castigase, sino que se le imposibilitase de seguir conspirando. Nadie que se hallase en iguales circunstancias podía rebatir esa lógica; ni aun ahora me parece a mí fuera de razón. No tan sólo creyeron que su acusación era justa, sino que probablemente lo era; de todos modos ellos obraron justamente, según los informes que tenían. Tal era su alarma, que se doblaron las guardias, los caballos estaban constantemente enjaezados y los hombres dormían sobre las armas, mientras Pizarro hacía la ronda todas las noches para cerciorarse de que todo estaba en disposición de resistir el ataque que se esperaba de un momento a otro.
Y sin embargo, en esta crisis el jefe español mostró una varonil renuencia aun a parecer traicionero. Era hombre de palabra, a más de ser humanitario, y le repugnaba faltar a su promesa de poner en libertad a Atahualpa, aun cuando le eximía la conducta del mismo Atahualpa, en completa violación del espíritu del contrato. Pero era imposible substraerse a la exigencia de su gente: debía mirar por sus vidas como por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y Atahualpa, no era dudosa la elección. Pizarro se resistía; pero su tropa insistió, y no tuvo más remedio que ceder. Pero, aun entonces, cuando el enemigo podía presentarse de un momento a otro, exigió que el prisionero fuese formalmente juzgado y cuidó de que se cumpliese este requisito. El tribunal declaró a Atahualpa convicto de haber instigado el asesinato de su hermano y de conspirar contra los españoles, y le condenó a ser ejecutado aquella misma noche. Si se demoraba el cumplimiento de la sentencia, podía llegar la hueste india a tiempo para rescatar a su cacique, y eso aumentaría grandemente la desventaja en que se hallaban los españoles. Por lo tanto aquella noche se le dió garrote a Atahualpa en la plaza de Cajamarca, y al día siguiente recibió sepultura en la iglesia de San Francisco, tributándole las honras debidas a su alto rango.
De nuevo se vieron sorprendidos los peruanos, esta vez por la muerte de Atahualpa. Sin la dirección de su jefe guerrero y perdida la esperanza de rescatarlo, vacilaron antes de atacar directamente a los españoles. Se mantuvieron a una distancia segura incendiando aldeas y escondiendo oro y otros artículos que pudieran ser útiles al enemigo; así que, después de todo, aun cuando se había conjurado el peligro inmediato con la ejecución del cacique, la situación presentaba todavía muy mal cariz. Pizarro, que no tenía de los títulos peruanos una idea más exacta que algunos de nuestros historiadores, con la esperanza de crear un ambiente de paz, nombró capitán de guerra a Toparca, otro de los hijos de Huayna Capac; pero este nombramiento no produjo el efecto que perseguía.
Decidióse entonces emprender larga y ardua expedición a Cuzco, residencia y principal ciudad de la tribu inca, de la cual habían oído referir áureos portentos. A principios de septiembre de 1533, Pizarro y su ejército, engrosado ya con el refuerzo de Almagro hasta unos cuatrocientos hombres, salieron de Cajamarca. Fué aquella una jornada preñada de dificultades y peligros. Los angostos y empinados senderos conducían por vertiginosos vericuetos y por puentes colgantes tan difíciles de atravesar como lo fuera una hamaca, y subían por elevadas peñas, donde sólo las ágiles llamas podían hallar huecos en que sentar las patas. En Jauja les hizo resistencia gran golpe de indios, atrincherados en la margen opuesta de un torrente recién henchido por las lluvias. Pero los españoles atravesaron la corriente y se lanzaron con tal furia sobre los naturales, que éstos no tardaron en ceder.
En aquel lindo valle tuvo Pizarro la idea de fundar una colonia: hizo allí una breve parada y envió a Soto con un destacamento de sesenta hombres a practicar un reconocimiento. En el acto empezó Soto a notar señales ominosas. Halló aldeas incendiadas y puentes destruídos, de modo que se hizo sumamente difícil cruzar aquellas terribles quebradas. Además, donde había sido posible, se amontonaron en el camino troncos de árboles y rocas, impidiendo de ese modo el paso de la caballería. Cerca de Bilcas tuvo una dura refriega con los indios, y aun cuando salieron victoriosos los españoles, perdieron varios hombres. Soto, sin embargo, siguió resueltamente adelante. Mientras la cansada tropa iba trabajosamente subiendo por el empinado y sinuoso desfiladero de Vilcaconga, oyóse el aullido de guerra de los indios, y una hueste de guerreros salió de los escondrijos por detrás de árboles y peñascos, y arremetió furiosamente contra los españoles. La senda era empinada y angosta; a duras penas los caballos podían tenerse en pie, y bajo el empuje de aquel alud de indios, jinetes y caballos fueron rodando cuesta abajo. Los aborígenes les rodearon como un enjambre de abejas, tratando de desarzonar a los soldados y hasta agarrándose desesperadamente a las patas de los caballos, y repartiendo fuertes porrazos con la mayor agilidad. Un poco más arriba de la escabrosa senda había una meseta, y Soto vió claramente que, a menos de ganar aquella posición, estaban perdidos. Con un esfuerzo supremo de músculos y de voluntad, logró reunir en aquella altura a su pequeño grupo que luchaba con tan tremenda desventaja, y después de un breve descanso dió una carga contra los indios; pero no pudo quebrantar aquella horrenda, obscura masa. Sobrevino la noche, y los españoles, exhaustos y cubiertos de sangre—pues pocos hombres y caballos habían salido sin heridas de aquel espantoso encuentro,—descansaron como pudieron, sin abandonar las armas. Los indios tenían la seguridad de acabar con ellos al día siguiente, y los mismos españoles abrigaban pocas esperanzas de salvarse. Pero ya muy avanzada la noche oyeron toques de cornetas españolas en el paso de abajo, y poco después abrazaban a sus inesperados compatriotas y daban gracias a Dios por haberles salvado. Y era que Pizarro, conocedor de los primeros peligros que encontraron en su jornada, había despachado apresuradamente a Almagro con un refuerzo considerable de caballería para auxiliar a Soto, refuerzo que, haciendo marchas forzadas, llegó muy oportunamente. Los peruanos, viendo a la mañana siguiente que el enemigo estaba reforzado, no renovaron el combate y se retiraron a las montañas. Los españoles se trasladaron a un sitio más seguro, y allí acamparon para aguardar a Pizarro.
Este no tardó en llegar, después de haber dejado en Jauja el tesoro, bajo la vigilancia de cuarenta hombres. Pero mucho le preocupó el aspecto de la situación. Aquellos organizados y audaces ataques del enemigo, y la súbita muerte de Toparca, de un modo sospechoso, le indujeron a creer que Chalicuchima, segundo capitán de guerra, les traicionaba; y probablemente esto era cierto. Cuando Pizarro se hubo reunido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima; y habiéndosele hallado convicto del delito de traición, fué ejecutado sin demora. No podemos menos de horrorizarnos ante el procedimiento empleado para su ejecución, que fué la hoguera; pero no debemos por eso precipitarnos en juzgar como cruel al individuo responsable de tal pena. Todos aquellos actos deben medirse por comparación y por el espíritu que reinaba en aquella época. Entonces no consideraba el mundo como una crueldad el suplicio de la hoguera, y más de un siglo después, cuando estaba la gente mucho más ilustrada, los cristianos de la Gran Bretaña, de Francia y de la Nueva Inglaterra no pusieron reparo en que se castigase algunos delitos con ese suplicio, y seguramente no diremos que nuestros puritanos antepasados fuesen hombres malvados o crueles. Ahorcaron brujas y azotaron herejes, no por crueldad, sino por la ciega superstición de su tiempo. Ahora nos parece una cosa horrenda; pero entonces no lo parecía, y no debemos esperar que Pizarro fuese mejor y más sabio que los hombres que tenían ventajas que él nunca había tenido. Yo ciertamente preferiría que no hubiese permitido que Chalicuchima pereciese en la hoguera; pero también quisiera que las repugnantes páginas de Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, tildaría yo a Pizarro de monstruo, ni a los puritanos de hombres crueles.
Hallándose en semejante trance, presentóse a Pizarro el inca Manco, ricamente ataviado, y le propuso una alianza. Pretendía ser el legítimo jefe de guerra, y deseaba que los españoles como tal le reconociesen. Su proposición fué aceptada de buen grado.
Siguiendo adelante, los españoles cayeron en una emboscada en un desfiladero; pero rechazaron a sus agresores, y por fin entraron en Cuzco el 15 de noviembre de 1533. Como «ciudad» india era la mayor del nuevo hemisferio, aunque no mucho mayor que el «pueblo» en Méjico y sus soberbios edificios y ajuares llenaron de asombro a los españoles. Se encontró gran cantidad de oro en cuevas y otros escondrijos. En un sitio había varios grandes jarrones de oro, figuras de oro y plata que representaban llamas y personas, y ropajes recamados con abalorios de oro y plata. Entre otros tesoros, refiere Pedro Pizarro, testigo presencial y cronista de aquellos hechos, que se hallaron diez toscas «tablas» de plata de veinte pies de largo, un pie de ancho y dos pulgadas de grueso. La totalidad del botín recogido se valuó en 580,000 pesos de oro y 215,000 marcos de plata, o sea un equivalente de 7.600,000 pesos de nuestra moneda.
Pizarro entonces coronó a Manco como gobernador del Perú, y esto fué muy del agrado de los indígenas. El buen Padre Valverde fué nombrado obispo de Cuzco; se estableció una catedral, y los devotos misioneros españoles se dedicaron activamente a educar y convertir a los herejes, tarea que prosiguieron con su acostumbrada eficacia.
Quizquiz, uno de los capitanes de guerra subalterno de Atahualpa y caudillo de alguna valentía, se mantuvo en abierta rebelión. Almagro, con unos cuantos jinetes, y Manco con sus secuaces indígenas, salieron en su persecución y derrotaron a los rebeldes; pero Quizquiz no se rindió y fué muerto por su misma gente.
En marzo de 1534, Pedro de Alvarado, el valeroso teniente de Cortés, a quien se había recompensado por sus servicios en Méjico nombrándole gobernador de Guatemala, desembarcó y se dirigió a Quito, averiguando después que pertenecía al territorio de Pizarro. Hízose un convenio entre los dos: se le dió a Alvarado una compensación por su infructuosa jornada, y se volvió de nuevo a Guatemala.
Dedicóse con ahinco Pizarro al desenvolvimiento del país que había conquistado y a poner los cimientos de una nación. El día 6 de enero de 1535 fundó la Ciudad de los Reyes, en el hermoso valle de Rimac. Ese nombre se cambió poco después por el de Lima, y Lima, capital del Perú, ha seguido siendo desde entonces. El insigne conquistador empezaba a mostrar otra faceta de su carácter: su genio como organizador y administrador. Emprendió con mucha energía la tarea de urbanizar Lima, y en la dirección de todos los asuntos de su incipiente gobierno mostró tener mucha previsión y prudencia.
En el ínterin, su hermano Hernando había sido comisionado para ir a llevar el tesoro a la Corona de España, adonde llegó en enero de 1534. Además de la quinta parte que a la Corona correspondía, llevó medio millón de pesos de oro, pertenecientes a los aventureros que habían preferido gozar su dinero en casa. Hernando causó en España muy favorable impresión. La Corona confirmó todas las mercedes que había concedido a Pizarro y extendió su territorio setenta leguas más al sur; mientras que a Almagro se le autorizó para conquistar Chile (que se llamaba entonces Nueva Toledo), empezando al extremo sur del dominio de Pizarro y hasta doscientas leguas más allá. Hernando fué armado caballero y se le encomendó una expedición: una de las más numerosas y mejor equipadas que habían salido de España. Tuvieron un tiempo horrible en la travesía hasta el Perú, y muchos perecieron durante el viaje.