II
historias retrospectivas.—la infancia de la «bella durmiente».—la atracción del abismo.—el fauno.—la mujer y la madre.—un idilio y un juramento.—aromas de caridad.
Manuel Velasco y su amiguita Carlota de Heredia crecieron casi á la par en Madrid, al amor de dos hogares vecinos y felices, donde se unían los privilegios de la opulencia y del blasón. Fué la niñez de ambos rapaces una dulcísima historia de ternuras y ensueños románticos; los dos mostraban igual aptitud y agudeza; los dos pertenecían á esa casta infantil soñadora y precoz que pone los ojos llenos de curiosidad en todas las secretas interrogaciones del mundo y otea el porvenir en las noches azules pobladas de prodigios.
La vecindad y continuo trato; la similitud de gustos y caracteres; la noble intimidad de sus familias, fueron parte á encender una suavísima afición en aquellos corazones afectuosos: mayor ella, tres años, y más viva de genio que el rapaz; madrileña, pero de origen andaluz, ponía su gracia impetuosa, como un rayo de sol, en la arrogancia taciturna del niño montañés, mientras el diminuto hidalgo, con el calzón á la rodilla y el aire severo, se engreía al recibir los favores de Carlota.
Muchas veces sus padres, al verlos juntos y escuchar palabras de aquiescencia en juegos y charlas, al sorprender sus actitudes inclinadas siempre hacia la misma curiosidad, siempre vueltas á un anhelo semejante, decían con fruición:
—Han nacido el uno para el otro...
Y un prematuro plan de boda consagraba estos cariños infantiles en la vieja amistad de Heredias y Velascos, sin suponer por cuán diversas rutas les había de encaminar el destino.
Espigaba en preciosa mujer la señorita de Heredia, cuando el hijo de doña Mercedes, la señora de Velasco, empeñado ya en serios estudios, fuese á trabajar en París cerca de un sabio naturalista español, oriundo de la Montaña. Al partir Manuel, puso, con sutiles afanes, cierto anillo familiar en un dedo muy mono de Carlota, para que prevaleciese en la ausencia aquella mutua afición, esperanza de sagrados vínculos, y las madres de los jóvenes aludieron al posible matrimonio siempre que miraban al porvenir en sus horas de intimidad.
Un suceso imprevisto y venturoso fué en casa de los señores de Velasco origen de emoción y de sorpresa: á Manuel le nació un hermanito cuando nadie lo presentía. El nene, á quien llamaron Adolfo, aparecióse en el mundo con traza muy alegre y gentil, como si quisiera ofrecer compensaciones y ternuras en el hogar del ausente primogénito.
Para Carlota, amada lo mismo que una hija por los sorprendidos papás, fué aquel infante un hallazgo feliz, los diez y seis años prometedores de la muchacha se iniciaron en maternales sentimientos al sedoso roce de la criatura. Como la de Heredia no tuvo hermanos ni vió en trato íntimo seres tan frágiles y puros, prontos á recibir sus caricias, toda la pujanza de un fino corazón de mujer se reveló en el pecho juvenil al tocar la feble existencia de aquel niño de color de rosa que apretaba sus puños chiquitines, en inconsciente ademán de rebeldía, como si ya pudiera defenderse de las iniquidades del mundo.
Una infinita sensación de lástima y de cariño prendió en las entrañas de Carlota: era el germen espiritual de futuros amores abnegados, amores de madre que duermen en el seno de todas las mujeres buenas, esperando que un grito de la vida les dé carne entre lágrimas. Meció la niña al recién nacido con dulces cantos y le cuidó con desvelos y coqueterías de mamá joven, mientras doña Mercedes, gozosa al lado del hijo chiquitín y de la precoz madrecita, sintió reflorecer su apacible otoño...
En aquel ambiente de esperanzas y ternuras alzóse de pronto la silueta arrogante de don Juan Ramírez, caballero maduro y altivo, aureolado con dones de sabiduría y proceridad. Regresaba á Madrid después de una fecunda excursión científica por los más afamados institutos biológicos de Europa; y durante su permanencia en la capital de Francia había dado muchas lecciones y consejos al devoto estudiante Manuel Velasco.
Los padres del discípulo se esforzaban en obsequiar al profesor insigne, y como adorno de algunas fiestas íntimas que le ofrecieron, presentáronle á Carlota con orgullo, ignorantes de que preparaban así la desventura de su amiga. Desde el primer encuentro, don Juan Ramírez depuso los prestigios de su ciencia y la corona de su notoriedad á los pies de la joven; quedó prendado de ella con ese antojo súbito y potente que á menudo se desarrolla en los hombres austeros llegados á la plenitud de la vida en castas nupcias con el trabajo. Y la misma vehemencia de su deseo por aquella mujer en capullo, tan delicada y espiritual, vino á ejercer sobre ella una especie de sugestión.
El renombre de don Juan, su arrogante figura, la autoridad y la fuerza que emanaban de toda su persona cegaron á la niña de tal suerte, que, sin saber cómo, rindióse al nuevo hechizo, diciendo siempre que sí con aire de sonámbula.
Cuento de brujas les pareció á los padres y á los amigos de la moza este cautiverio amoroso. Lucharon para libertarla con prudentes razones: don Juan la llevaba muchos años; contábanse de su vida íntima grandes extravagancias y de su genio y costumbres se decían cosas alarmantes. Pero Carlota, sin resistir de frente consejos y advertencias, mostró una actitud apasionada y firme, basta comprometerse en promesa formal de matrimonio.
Algo de la magia que el sabio ejerció sobre la niña fuese comunicando á los señores de Heredia, los cuales, pasado el primer movimiento de inquietud, padecieron también la sugestión de aquellos ojos, de aquella invencible majestad. Pronto la influencia del temperamento dominador extendióse como un contagio en los hogares amigos; hasta doña Mercedes llegó á predecir que la risueña juventud de la muchacha hallaría un gran destino ornando la gloriosa madurez de don Juan. Y ante la triunfal conquista del maestro, ¿qué podía valer la remota ilusión del discípulo ausente?
No eran egoístas los de Velasco: al suponer conveniencias y ventajas en el matrimonio de Carlota, abandonaron sus propias ambiciones, irrealizables quizá. Pensaban que á menudo los vientos de la vida tuercen un destino sazonado, y que el de Manuel aún estaba en flor...
¡Cuán rápidamente se desvanecieron las esperanzas de la pobre niña! ¡Con qué horrible desengaño expió la propia ligereza! Apenas celebróse el matrimonio cayó el disfraz galante del maestro naturalista, inútil en la ciencia sublime de cultivar cariños: enamorado de Carlota como un fauno y celoso de cuanto ella amaba, la escondió en el Robledo, solar montañés de la familia de Ramírez, y comenzó á tejer allí una existencia obscura y salaz entre conatos de labores científicas y violencias de animal en celo.
Fué un tránsito tan brusco el de la pobre criatura, desde la luz y la felicidad hasta la sombra y el dolor, que en torno á su hundimiento se alzaron espesas nubes, igual que cuando se derrumba una torre muy alta herida por el rayo. Murieron los padres de Carlota pocos años después, como atacados de un mal de penas ante la terrible equivocación de la boda, en que la joven se abismó lo mismo que en una sima, y quedó la triste á merced de su enemigo.
El logro y disfrute del amor fueron para el brutal esposo como un cáustico que le alzase ampollas en muchos malos instintos, y la débil mujer que sirvió de cebo á tales cobardías no las hubiera soportado sin el milagroso caudal de ternuras que vino al fin á calmar la ardiente sed de amores en su alma. Ni en los caminos más huraños del mundo apaga Dios por largo tiempo toda luz á los pobres caminantes. Sólo quien cierra los ojos con obstinación se sumerge en sombra inaccesible. Carlota la abría; miraba alto, muy alto; avizoraba el horizonte con infinito afán, y en el obscuro cielo descubrió una estrella. La historia del hallazgo celeste cabe en pocas sílabas de profunda sencillez. Carlota fué madre...
Rodaban los años encima de esta ventura, más fuerte que los fortísimos dolores de la maternidad, más grande que el infortunio de la mujer sometida al esposo con indignación y repugnancia. Sentía Carlota la vergüenza de la esclavitud y el terror del hundimiento; pero era madre, y esta solemne realidad descendía á su alma con divina estupefacción, á modo de anestesia contra todas las humanas tribulaciones. Estoica y dura para sufrir, llevaba en los labios esa inextingible sonrisa de los mártires, que luchan y mueren por un ideal sin que se nuble su gesto heroico ni aun con los velos lívidos de la agonía.
Derivó así la existencia de Carlota á merced de los tormentos más absurdos, sufridos con mansedumbre angelical; pero de pronto, en un instante de revelación, vió la triste con espanto que no sólo el amor de sus hijos le daba fuerzas para vivir: un astro nuevo se encendía en los cerrados horizontes de la mujer y de la madre. Examinó ella entonces, valerosamente, su corazón, y hallóle contrito y confeso, mas replicando á las acusaciones de la conciencia con absoluta sinceridad; había delinquido en amor de gratitud hacia un hombre; estaba picado de mal de rebeldía...
Y mientras la mujer hacía estas confesiones, lloraba la madre con supremo dolor.
Era Manuel Velasco un mozo cabal en la triste ocasión de fallecer su padre: bizarro porte, don de gentes y vasta cultura, daban al primogénito de la familia ilustre una singular virtud entre las mozas casaderas de la aristocracia y de la burguesía. Andaba él por el mundo con un desdén muy triste, que le hacía más interesante; sus treinta años varoniles proyectaban una sombra de vicisitud, una huella implacable de amargura. Con la barba crecida, y el aire serio, audaz y tímido á la vez, Velasco supo inspirar vehementes pasiones, y no pocas mujeres descollantes cayeron por él en fiebre de tristeza; mas no curaba de semejantes angustias quien dentro del corazón tenía una añeja cicatriz sangrando siempre, dulcemente enconada por la condolencia y el recuerdo.
Es ley de caridad en almas generosas embalsamar los dolores con el perfume de los amores. Y el duelo de Carlota Heredia repercutía en el alma de Manuel, despertando al amor continuamente; de las raíces de un afecto infantil, delicado y fino, brotó la pasión, la pujante pasión de la mocedad, ese impulso irresistible de una vida hacia otra, que en los temperamentos contenidos y equilibrados suele persistir hasta la muerte. Aquella marea de nobles afanes que no hallaba camino feliz hacia la amada mujer, embatía en el pecho del mozo con sones de tempestad; y aunque el respeto y las conveniencias refrenaban con exquisita corrección la actitud del enamorado, sus propósitos más insignificantes giraban, como por mágico resorte hacia el señero lugar donde la dulce elegida alzaba en sus hombros de reina el peso de abrumadora cruz.
Una lástima aguda y vehemente atormentó á Manuel muchos años, conocedor, por confidencias de su madre, del terrible martirio de Carlota. Todas las fuentes del sentimiento, henchidas por la savia de un corazón que sabía amar y comprender y perdonar, corrían sueltas y veloces á ofrecerse en holocausto de aquel martirio; ya la existencia del mozo no tuvo más oriente que el Robledo montañés, donde la triste padecía. Vivir cerca de ella, saturarse del amargo perfume de sus dolores, y al lado suyo mirar hacia el ocaso donde mueren los días en un rayo de sol; tales eran sus anhelos.
—Quizá—se decía—un crepúsculo sepulte la última jornada de semejante desventura...
Al erigirle en jefe de la casa el fallecimiento de su progenitor, mostrósele á Manuel una fácil senda hacia Torremar. Doña Mercedes vivía suspirando por el nativo terruño desde el instante penoso de la viudez; todo la llamaba en la montañesa orilla con sedantes recuerdos de otros días mejores y lenitivos al dolor presente. Manuel apresuróse á complacerla y dispuso que la madre fijara allí el nido de su ancianidad melancólica. Levantarían una casa moderna, un palacete cómodo y firme en mitad del valle; la vigilancia de estas obras servirían de distracción al genio activo de la viuda, mientras Manuel, nada conforme con la vida cortesana, hallaría un adecuado ambiente para vivir con blandura y reposo, según sus aficiones singulares. Adolfo, que ya hombreaba, compartiría los años entre la Universidad madrileña y las vacaciones torremarinas. Y así decidido, el soñador enamorado logró la ventura de aproximarse á la dama del Robledo.
Avecindados en Torremar doña Mercedes y su hijo, ofrecieron á su amiga nobles testimonios de solicitud y compasión, hidalgas prendas de un tutelar afecto henchido de piedades. Logró Velasco, al fin, mañosamente, introducirse en aquel hogar tenebroso, y estrechar con ansia y ternura las manos prisioneras de Carlota; creyó con esto la cautiva que comenzaba á amanecer en sus prisiones, y sintió un consuelo providencial, como si aliviasen sus doloridos hombros del bárbaro peso de su cruz.
Eran entonces Carlitos y Ana María dos preciosas criaturas con los ojos muy atentos á las inquietudes familiares: ella paciente, despierta y sufridora; él apasionado, ingenuo y curioso; ambos gentiles y finos, de viva inteligencia y noble corazón. Atravesaban aquellos meses de medrosos descubrimientos, descritos á la de Alcántara por Carlos; aquellos días de sombras y revelaciones, en que ambos rapaces se miraban atónitos, presintiendo la tragedia, mientras gemía el robledal, obscuro y doliente, bajo los cierzos invernales y las olas verberaban iracundas en los cantiles.
La aparición benigna de Manuel en tan lúgubre escenario, tuvo forma de prodigio venturoso. Para los pequeños, aquel hombre á quien apenas conocían, adquirió la importancia de un ser divino, obrador de milagros tan terribles como el de penetrar con aire indiferente por los silenciosos corredores, abrir puertas con ímpetu y revolver á su talante las salas del museo, mientras el sabio asentía con impenetrable rostro.
Hasta don Juan Ramírez estimó la vecindad de su antiguo discípulo como un hallazgo feliz. La mirada profunda de Manuel; su carácter tenaz y apacible al mismo tiempo; su exquisita prudencia; su solidez en cuestiones científicas, ejercieron raro dominio sobre el feroz misántropo. Con la ofrenda de libros nuevos y de investigaciones recientes, penetró Velasco en el laboratorio del naturalista, tendiéndole una mano salvadora en el único medio donde el biólogo era asequible al trato y la intimidad. Logró de esta suerte conquistarle y recoger con firmes puños el timón del malparado navío en que el maestro naufragaba sobre las espumas de su demente cólera.
Llevó el mozo su actividad y su inteligencia al maltrecho laboratorio de Ramírez, donde Carlota le ayudaba más que su marido; yacía éste quejoso y meditabundo, ó revolvíase violento, raras veces constante en el trabajo, mientras la señora, sonriente y dulce, prestaba su eficaz concurso á todos los designios de Manuel, envolviéndole en una mirada infinita de gratitud. La diligencia de Velasco, el interés y afán con que abrió las ventanas del Robledo á una brisa de renovación, eran para el ánimo de Carlota estímulos heroicos. Adivinando en aquel torrente de generosidad un homenaje á sus dolores, acaso un voto en aras del amor imposible, quiso ella merecer tanta abnegación y armóse de paciencia y de dulzura, basta erguir la noble frente sobre las sombras del infortunio. Y así llegó á establecerse entre ambos amigos una lucha sutil de abnegaciones: él, odiando á don Juan, se doblegaba á sus antojos crueles, y sonreía con aire feliz para dar á Carlota ejemplo; ella, atormentada siempre por su implacable verdugo, sonreía también, sin que jamás rezumara de sus labios la hiel de sus martirios. Los dos fingían engañarse mutuamente en este pugilato de finezas, y ambos tenían la seguridad de vivir en irreparable desventura.
Mas, un tiempo, Manuel llegó á confundirse: la gratitud de la amiga creció tanto, y la sutileza delicada de la mujer laboró de tal modo, que el joven pudo imaginar á Carlota menos infeliz. Ella hacía esfuerzos sobrehumanos para que los rumores de su tortura llegasen al laboratorio fugazmente, y si estallaba una feroz escena entre el fauno y su víctima, la valiente mujer, blanca de miedo, transida de indignación, buscaba un motivo para acercarse á Velasco, sonreir y hablar, sin que la piadosa máscara del rostro delatase la íntima tragedia: era el mismo sublime disimulo que la madre se imponía delante de sus hijos.
Había una mezcla de orgullo y de piedad en este heroico silencio: callaba Carlota por no herir el corazón de aquellas inocentes criaturas, y callaba también porque temía, con angustiosa vergüenza, descubrir al mundo, enteramente, el miserable suplicio á que un hombre vil la sometía, en el cómplice misterio del dormitorio conyugal. Así la mártir, vencida como un despojo inútil en la sorda marejada de sus terrores, perecía en insensato abandono de su persona, sin más razón para vivir que un átomo de instinto, sujeto, en crispatura doliente, á un grande amor y á una bella gratitud.
Confuso Manuel por esta inalterable mansedumbre, llegó á pensar que su maestro no era tan bárbaro como doña Mercedes le contara. También Carlitos, ya sagaz y curioso, imaginó á su padre menos terrible. Y sólo Ana María, al hacerse mujer, sorprendió con la aguda penetración del sexo todo el espanto de la tragedia.
Siempre que Velasco refería á su madre sucesos de la casa de Ramírez, entrevistos por el mozo entre penumbras, movía la dama la cabeza con incertidumbre.
—Carlota disimula—aseguraba—Carlota disimula por altivez y caridad; pero yo sé que su marido es un monstruo... Aunque ella finge tan discretamente, hay cosas que no pueden ocultarse...
Y con desbordamientos de compasiones, aquella mujer inteligente y virtuosa estimulaba en su hijo el amor á la cautiva. Por un exceso de bondad caía doña Mercedes en semejante imprudencia. Adivinando la pasión del joven no juzgaba peligrosa su intimidad en el Robledo; suponía que era justo confortar á una criatura tan triste con los bálsamos de un fraternal cariño y nunca pensó que flaqueasen la hidalguía de Manuel y la virtud de Carlota. Influía también en la viuda un sentimiento sutil, muy femenino y humano: don Juan Ramírez le arrebató del propio hogar la novia elegida para el hijo, y después, secuestrada—como decía la señora con encono—, la sacrificó años enteros... Si la infeliz estaba sola, indefensa, ¿no era lícito quebrantar sus prisiones y recoger sus lágrimas? Acaso la ingenua complicidad de doña Mercedes en la romántica aventura tuvo un fondo secreto de optimismo. Fiel á sus ilusiones, por la costumbre de haberlas realizado, esperaba todavía que la felicidad de su hijo amaneciese en la bella sonrisa de Carlota. Forjóse la madre un sueño con perfumes de leyenda: imaginaba la mano de Dios cayendo sobre la frente de Ramírez en castigo ejemplar; moría el atroz verdugo, y su víctima, libre y dichosa, daba su mano al caballero, al elegido... Todo esto acontecía con la rapidez de los cuentos de hadas, al golpe mágico de una varita de virtudes...
Convencida estaba la buena ilusa de que el biólogo se iba de este mundo, cuando llegó Manuel á decirle que era Carlota quien desaparecía de la escena. Sucedió una noche de estío, una hermosa noche de luna. Velasco hablaba con estupor, ronco el acento y turbia la mirada.
—Ha huído—balbucía.
Un juramento grave y solemne le condenaba á la pasividad más dolorosa.
—No la puedo seguir... Lo he jurado—contestaba atónito á las impacientes preguntas de su madre.
Doña Mercedes no comprendió por qué la triste, sometida mucho tiempo á los ultrajes de un hombre indigno, huía precisamente cuando irradiaba en torno suyo la solicitud de una tierna amistad. Y quedó inconsolable la señora, que sólo sabía de cultivar piedades, flores y ternuras, en paz y bienandanza...
Algunos días antes, Manuel halló á su amiga dibujando un esquema en la soledad del laboratorio; inclinábase con profunda atención, casi oculta la cara sobre el papel; pero la hubo de alzar para responder á cierta consulta interesante. Entonces el caballero, muy alarmado, descubrió en la mejilla de Carlota una señal violada, con matices de lirio. Y sin darle tiempo á preguntar la causa de aquella maceración, ya la dama aludía, confusa y roja:
—Fué contra un mueble; ¿sabes?... Tropecé anoche... Se me apagó la luz...
Un amor y una pena tan elocuentes se reflejaban en el rostro de Velasco, que la pobre mentirosa acabó de turbarse. El veía con implacable lucidez la terrible escena de la noche anterior: el monstruo habría esgrimido sus puños contra la turgente mejilla de la esclava; esta vez la huella del tormento florecía al sol, como rebelde grito de la sangre...
Locas ideas de venganza atravesaron, lo mismo que centellas, el pensamiento de Manuel; dijo alguna cosa vehemente y ruda, y crujieron sus frases con llamaradas de pasión. Mirábale Carlota, con el llanto al borde de las pestañas, mientras que un trozo del paisaje, abrazado al silencio, sonreía en el balcón, franco á la dulzura de una tarde estival. Puso un dedo la dama en su boca doliente, implorando:
—Calla, calla por Dios...
Y era tan apremiante y dulce su actitud, que el mozo con la mirada febril, lívido el semblante y rota la palabra, se retrajo á la soledad de su ternura, mudo y obediente. Pero desde aquel día, ni el discípulo pudo resistir la presencia de su maestro, ni Carlota gozar la de su enamorado. Del corazón de ella, fecundo por el riego de lágrimas purísimas, brotó una rosa, la más ufana de la vida y del sentimiento: el amor.
Carlota entonces fué tan valiente, que tuvo miedo de sí misma, ese miedo grandioso y sublime que se llama también «temor de Dios», y que es forma exquisita de arrogancia espiritual; hurtóse á las miradas profundas de Manuel; midió los riesgos de su ternura, y lloró con inquietud indecible, á la orilla floreciente del abismo. Quería la infeliz soportar la doble cadena del martirio y de la tentación callando y sufriendo; pero comprendió que en la brava lucha peligraban á cada instante la dignidad y el deber; que eran pocas las defensas de un solo pecho para tan fuertes y contrarios enemigos; que iba á rendirse, al cabo, á las sugestiones invencibles de un dulce amor vestido de caridad y gratitud.
Y tomó la heroica resolución de los débiles: decidió marcharse, sola con Dios y su conciencia. Peor que el escándalo de la fuga fuera la certidumbre de pecado. ¿Qué importaba que el mundo murmurase, si en el cielo se sabía la verdad?
Pensando de esta suerte se afirmó en sus propósitos ante los tristes descubrimientos que hizo Carlos en el drama. Ya nada la detuvo entonces; aprovechando la terrible escena para urdir su viaje, despidióse con loca prisa de Manuel, exigiéndole un juramento á la vez que le pedía un favor: que Velasco no la siguiera, que no la preguntara... Después de exigir dulce y amargamente, imploró con infinita humildad: que sus hijos hallasen en el caballero, en el amigo, un apoyo...
De pie, vibrando de emoción, con los ojos entornados sobre las mazadas orejas, esperó Carlota; una mirada, un gesto, podían delatar la lumbre del pobre corazón sacrificado, y la inaudita resistencia de la madre se alzó imponente contra el peligro. Pero Manuel no la detendría. Estuvo oyéndola con pánico asombro, sin dilucidar más que una cosa, en el deliquio de aquel instante horrible: la mujer que le hablaba de partir, que le decía adiós... no era nada suyo; de niños fueron novios, eran amigos siempre. Ni una fugaz promesa, ni una tímida confesión, le daba derecho á contrariar los designios de la señora de Ramírez... ¿Qué importaban, en la trascendencia de aquel grave minuto, las memorias del pasado ni aun las adivinaciones sutiles del amor?... Juró el caballero cuanto la dama quería, y prometió el amigo lo que imploraba la madre; mientras que el enamorado, estulto y febril, vió desaparecer del laboratorio á Carlota de Heredia, desgraciada y ausente, quizá para toda la vida.
Con movimiento indefinible abalanzóse Velasco al umbral que ella pisó. En el pasillo aguardaba Carlos silencioso, con señales de haber llorado mucho. Se miraron los tres, con una sonrisa atónita y violenta, que daba miedo. La madre y el hijo se alejaban, y el desolado amante iba retrocediendo en su impulsivo afán, para seguir mirando á la fugitiva desde el balcón. Pero la dama, presurosa, sin duda, bajó al camino real por el atajo, á espaldas del laboratorio, y Manuel hallóse enfrente de la belleza del bosque, apacible y melancólica como un paisaje copiado en aguas quietas. Se mecía en el aire el sonoro repique de una campana y el sol moría sobre el mar, en el ancho cielo azul...
Reflejo de la hermosura de la ausente le pareció á Velasco la suave languidez con que fenecía la tarde; así en el rostro de la mujer amada, embellecida por el dolor, se esparcía un vago tinte de crepúsculo, rútilo y emocionante como los resplandores del ocaso, apetente y dulce como las vendimias del otoño... Y la gracia luminosa del atardecer dió al enamorado una imagen de la esquiva y espiritual hermosura, con tal sensación de pesadumbre, que todo el torrente de su despecho se desbordó en cóleras insensatas; sentía crueles repulsiones hacia cuanto le quedaba en el mundo lejos de Carlota: ¿dónde pondría los ojos, que no viera angustia y soledad?
El reloj de la sala, indiferente á estos mudos afanes, enardeció de súbito las iras de Velasco; el isócrono tic-tac parecióle un lúgubre remedo del propio corazón, una burla de aquella implacable hora que desgranaba los minutos con ofensiva impavidez; arrojó á la blanca esfera un legajo de papeles que tuvo á su alcance, y el cristal, hecho añicos, cayó estrepitoso entre las hojas desparramadas; pero el inmoble centinela del tiempo, socarrón y firme, siguió burlándose: tic-tac, tic-tac...
Arrepentido Manuel de su arrebato, huyó del maquinal soniquete, lanzándose al misterioso corredor que aún guardaba del paso de Carlota un ligero perfume. Por una puerta entornada vió surgir de la salita de costura los cojines del sofá en desorden y el velador florido: una bata que el mozo conocía mucho, prendida del cuello, con las mangas fofas y vacías, le ofreció la fugaz impresión de unos brazos rotos en caricia imposible... Cerró los ojos á las amadas huellas, y atravesando el bosque, como un poseído, bajó al valle en la serena caída de la sombra.
Calmada la primera crisis de dolor y de sorpresa, la nativa bondad de Manuel Velasco hizo explosión con gallardas manifestaciones. Acometiendo como un héroe sus propósitos, empezó por volver al Robledo y entrar en derechura hasta la alcoba de don Juan: después que pudo resistir su presencia, hablarle con acento indiferente y permanecer en el laboratorio como antes, juzgóse vencedor en la más ruda batalla de su vida; una resignación mansa y piadosa sucedió á los furores de su alma; tal vez aquella virtud, mal conocida de los hombres, era un vestigio, un aroma que la mártir dejó entre sus cadenas.
Pasó Velasco por el fino tamiz de su hidalguía la historia de los recientes sucesos y sintióse culpable de la fuga de Carlota: él la puso en cuidado con la solicitud desmesurada de su amistad, y por fin, con las pruebas elocuentes de su pasión; y aunque le animó el consuelo de haber contribuído á libertarla, para mejor aplacar las voces de la conciencia dió, el enamorado, alcance de sagrada misión al imprevisto juramento que concediera á la fugitiva. Desde aquel punto, un ideal de egregia estirpe llenó la vida austera de Velasco: vivir para los hijos de la amada; guardar como devoto penitente el culto á los recuerdos de Carlota. Y sólo doña Mercedes, edificada y suspensa, vislumbró el sublime idilio, apéndice de un drama obscuro y brutal...
Como un premio á la nobleza de Manuel, quebróse el incógnito de la ausente; Carlota escribió á su amiga, á su segunda madre, la viuda de Velasco; y con especial cordura y cálida elocuencia, justificó la dama su grave resolución, abriendo por primera vez el arcano de sus dolores en el refugio de tan ferviente amistad. La esclava de Ramírez habíase convertido en modesta pensionista de un convento francés, en los Bajos Pirineos: el hábito de los pesares y la toca de la virtud la hicieron un rincón en la clausura religiosa, y allí recataba su infortunio, mirando al porvenir con incertidumbre.
Estas noticias fuéronle compensadas con las que la viuda le envió, muy tranquilizadoras, de Carlos y Ana María. Y tan dulces promesas obtuvo la pobre madre que logró al cabo algún reposo; ya su cielo sombrío lucía claros de sol, y amanecía en su horizonte esa ardiente esperanza del que torna á la salud desde la orilla del sepulcro, mientras doña Mercedes, secundada por Manuel, procuraba llenar un poco el vacío de Carlota en la desierta casa de Ramírez.
El ilustre maníaco se había hundido en la obscuridad más absoluta: la estampa recia y arisca de don Juan fué desapareciendo del laboratorio, hasta encerrarse en su gabinete; llevóse allí unos aparatos científicos y sepultó su rabia ó sus dolores en aquel extraño escondite, que tan pronto parecía la celda de un penitente como el tugurio de un nigromante. Sólo Ana María traspasaba el temeroso dintel, sirviendo al sabio con una solicitud triste y silenciosa, que á él le atormentaba como un reproche continuo, y, cuando en arranques de caridad ó compasión, pretendía ella ofrecerle algún consuelo, huía el culpable, ríspido y huraño, igual que un loco. Muchas veces, en estas sordas crisis, mediaba Manuel, imponiéndose á fuerza de sugestiones y bríos, á la demencia, la cobardía y la crueldad, ayuntadas en el carácter de aquel hombre incomprensible, y arrancaba de su duro corazón algunas chispas de luz... De aquellas victorias cobrábase con creces el discípulo en la casta lumbre de unas pupilas de mujer, que acaso le miraban con la elocuencia de un gran secreto. Carlitos, á distancia siempre de su padre, más por la hurañía de éste que por los rencores del muchacho, erraba por el Robledo, triste que triste, detenido allí por la insinuación constante de aquellos dulces ojos que tanto agradecían á Manuel su influencia sobre don Juan.
El mismo año, Velasquín, doctor en leyes, cansado peregrino de la bulliciosa vida madrileña, se quedó en Torremar, formando parte de la conspiración protectora establecida en torno á la casa de Ramírez; y con las ocasiones y el trato, á la luz de la belleza y al brillo de las lágrimas, el buen mozo se hubo de enamorar de Ana María. Por segunda vez tejió la juventud una promesa con las ilusiones de doña Mercedes. Juzgóse la niña afortunada con tan gallardo novio: varios indicios la hicieron suponer alguna inteligencia entre su madre y la del pretendiente; los anhelos de ésta parecíanle órdenes de la otra, y, feliz con dejarse llevar por tan piadosas voluntades, renunciaba á un ensueño remoto, apenas entrevisto del propio corazón que le dió vida...