V

amor con amor se cura.—el profeta del almirez.—mentideros torremarinos.—un corazón por blanco.

Arde el estío. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y Carlos Ramírez pasea bajo la fronda en solitaria meditación. Parece más alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud; suspira y se detiene á menudo. El amor le duele como un mal de la vida, y el desengaño le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el bosque á la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura pesadumbre del mozo tiene una alegría: Carlota ha resucitado en la impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente, sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trágica del amor. Sabia en amar la madre y en sufrir, fué clemente doctora para disponer los remedios al herido de amores; y á maternal milagro trascendía la convaleciente actitud que tomó el muchacho apenas sus lágrimas cayeron sobre las cartas benéficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvió de ocupación divina consolar á su hijo; en la dulce tarea hallaba algún recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella triste alma se derretía en halagos y promesas, derramándose en el papel como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina, Carlos sintióse renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara á otra existencia más consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevió á pedir goce mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel hallazgo. Pero la ausente ofreció, pródiga, más bellas realidades, vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una felicidad posible. Y Carlitos espera también animoso, porque la dicha de su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del muchacho.

Al resplandor suavísimo de aquella aurora que en su cielo sonríe, el doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confía. Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus hijos con luminosa traza de aparición, le gusta al muchacho peregrinar por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que un día las virtudes de su madre resplandecerán sin una sombra, con la diadema doble del mérito y el infortunio...

Ya entre el vecindario «se corre» que la dama fugitiva ha parecido, y que vive, en olor de santidad, en un convento francés.

Don Celso Ortiz asegura esta especie con sones cavernosos, mientras prepara un específico sensacional contra la polilla.

—Aquí hay un conato de crimen, una coacción inicua—murmura, dale que dale en el almirez.

—Esa señora—afirma, estornudando al mezclar alcanfor en su menjurje—no se ha recluído de tan extraño modo por la propia voluntad, exponiendo fama y dicha... Aquí existen vestigios de secuestro, rastros de monomanía religiosa ó síntomas de terror insuperable...

—Una perra de cerato simple—le interrumpen. Él despacha, cobra, tose y augura:

—La familia del Robledo no puede acabar bien. Tiene una vena dramática en pugna con el sentido común.

Felipe Alonso, que abre unos ojos tristísimos sobre los manejos del charlatán, suspira resignado. Suele sentarse en la rebotica cuando no encuentra á quién colocar algún discurso altisonante; y allí se encoge pasivo, en actitud de oyente, seguro de que don Celso no le deja intervenir en su peroración. Después, el bello Alonso toma justa venganza del humillante mutismo, apropiándose las invenciones y hasta las frases del boticario, para hincharlas y lucirlas al través del puerto. Estos dos rivales de la oratoria popular se temen y se buscan, se odian y se necesitan: don Celso crea; Alonso propala; el anciano echa á volar la fantasía con inventos peregrinos, desde la cárcel de su laboratorio, y el joven vagabundo difunde aquellas imaginaciones; pero aunque goza éste las primicias de la pública emoción, no sabe disimular en sus speechs el sello originario, un rojo tinte de volcán y tragedia, que hace á las gentes decir:

—«Eso» ha salido de la botica...

Entonces el inventor gusta sus triunfos, porque los curiosos acuden á la fuente madre de los chismes, y pierden interés las divulgaciones que siembra Alonso en el Casino y en las demás tertulias.

Mas ahora tardará el boticario novelero en sentir los halagos de la popularidad: sus pronósticos ofrecen dudas, á fuerza de no cumplirse; sus noticias se han desacreditado, como cierto betún para las canas, completamente fallido; y durante los calores estivales, la botica, situada á pleno mediodía en el chicharrero de la calle Real, no goza el favor de los desocupados, aunque el aburrimiento profundo de Felipe Alonso caiga en aquel cuchitril ardiente, lleno de moscas y de mareantes perfumes, donde el mármol y el cristal hacen más visible la ausencia del aseo. La facundia del químico se derrocha esta vez sin esperanzas; conoce él sus fracasos, y sabe que en las filas disidentes de sus adeptos esgrime armas victoriosas la Bernalda «joven», mustia y frenética por la broma del amor y del barniz.

Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura, como el barómetro; así, el viejo proporciona á su agente y enemigo augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve á ser «cuestión palpitante»; y aunque no vendrá igual que antaño la ronda de curiosos á indagar el origen de tales rumores, en risueña parranda, el farmacéutico sonríe complacido y arremete con ímpetus á su preparación contra la polilla, de enorme utilidad en la canícula.

Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el declamador buen mozo á predecir, con voces misteriosas, graves sucesos en la familia de Ramírez: mas en vano gesticula en actitud interesante, y finge alarmas, y augural balbuce:

—«Según tengo entendido»...

La gente mira incrédula al Robledo, y ni los más inclinados á la catástrofe y á la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie drama alguno: adormecida está en la altura, con beatitud amable, como si prestara oído á la solemne respiración del Cantábrico; y el cantar de las aguas corrientes brota de las entrañas de la selva con tan mansos rumores, que hasta los más pesimistas y agoreros oyen en su voz un romance de paz.

Si la señora de Ramírez se apareciese allí donde su hijo ambula esperándola, de seguro el vecindario sonreiría con benevolencia, creyendo á Carlota un ángel en quien Dios hacía gala de prodigios. Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha devolver la dama del Robledo, tiene una dulzura placentera que Felipe Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...

En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y alegre de la viuda de Velasco—casi nunca vista en la población—apoyándose en la niña de Ramírez, y con la escolta galante de Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden en la tienda más rica de la ciudad.

Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto están atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.

Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus ojos al otro lado del fino cendal que cubre á las señoras, arrodilladas, impacientes y febriles.

Y al sorprender la risueña observación de Velasco enrojece Ana María, y se turba.

Ya no es preciso más para que cuenten aquella noche las de Estrada que otra vez hay barruntos de boda en el Robledo: asienten las de Bernaldo; las del juez aseguran, y ármase un guirigay estrepitoso, del cual llegan rumores á cada paseante de la alameda, donde el estío reune á la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril:

—¡Iban tan entusiasmados!...

—Ella se puso muy encarnada...

—¡Está monísima!

—¡Qué buen mozo es él!

—Las canas le favorecen.

—Es tan arrogante como Adolfo...

—Y más formal.

La alcaldesa dice que los Velascos son de una raza de caballeros tan cumplidos, que de seguro Manuel quiere enmendar la culpa de ingratitud cometida por Velasquín.

—Pues hay pocos hombres de ese temple—exclama Filomena Bernaldo.

Ordóñez toma parte en la conversación:

—Con mujeres como Ana María, ya puede ser Velasco un caballero.

—Adolfo no lo fué—murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.

Pero él replica impávido:

—Un caso de locura no se repite con frecuencia.

—¡Buen desfacedor de agravios tenemos aquí!—ríe muy relamida la celosa.

Y el joven se conduele agresivo:

—¡Si no estuviera «tan alto» el Robledo!...—Después lanza, burlón, una pregunta al corro:

—¿No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender terciopelos y lanas?

Todos sonríen mirando á Filo; la sensible doncella, dándose por aludida, responde con mucho desdén que ya es viejo ese específico... «de la calle Real», porque el año anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel... ¡y se le picó toda!...

—¿Se le ha picado á usted la piel?—compadece Estraduca, tímido y desolante, asomando la nariz por detrás de sus hijas.

—Sí, señor. La tengo completamente picada.

—¡Pobre criatura!... Pero ¿y de qué, de qué?

—Pues de la polilla.

—¿Es posible? ¿de veras?

—¡Si era de nutria, hombre!—advierte Jacoba con un codazo irrespetuoso. El regocijo gárrulo de las mujeres empapa la vocecilla tremante, que gime aún, con la obsesión del duelo:

—¡Pobre Filomena!...

Cuando agoniza la velada, ya es público en Torremar el hidalgo proceder con que los Velascos saben cumplir compromisos de amor; y la imaginada boda presta al Robledo un relieve de tales proporciones, que, mediante absurda suposición, cuéntase á la de Heredia enclaustrada por un voto y se dice que la merced pontificia está á punto de volverle su libertad... ¡Tal eficacia tuvieron una sonrisa burlona en labios de Manuel y una llama de rubor en el rostro gentil de Ana María!...

Ligera y fugaz como una sombra, desde que «resucitó» con el corazón exhausto en el blando nicho de chales y almohadones, camina la de Alcántara con inconsciente rumbo, igual que si le hubiesen puesto una venda en los ojos. En su propia casa, al tropezar á sus familiares, sonríe con la misma dulzura á Pablo y á Velasquín; tal sonrisa es perenne, yerta y remota, como la de un retrato, ó de una estatua. Ya la joven sale en el Reina; cruza la playa; monta á caballo, y asiste á misa. Adolfo está muy contento viéndola así, por más que á veces sienta una vaga inquietud vislumbrando en los ojos de su mujer el frío detrás de la penumbra, como si aquellos cristales tenebrarios franquearan un sepulcro. Hay una triste sensación de ausencia en las pupilas de la dama: diríase que duerme con los párpados abiertos ó que vela con el espíritu en fuga. Velasquín está receloso y le dice á menudo:

—¿Sufres?... ¿Qué sientes?

Regina responde:

—No sufro nada. No siento nada... ¡nada!—corrobora con un ligero espasmo de extrañeza.

Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la creían achacosa y doliente.

No ha pasado la primera semana sobre la singular resurrección, y una tarde Regina se entretiene en tirar al blanco en pugna con Velasquín, desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y junto á la cerca, Adolfo propone á su mujer colocar desde allí, á porfía, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el caballero, y acierta; la señora apunta y dispara: una cruz del plantel cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al herido leño.

Velasquín, pálido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas funerales; Regina corre detrás, sin miedo ni susto, rauda y leve como una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el marido incorpora á una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue entre los brazos del símbolo piadoso un nombre: ¡Gabriel!

Cuando la triste desmayada vuelve en sí, mediante la asistencia de ambos jóvenes, mira á la cruz y prorrumpe en lamentos:—¡Gabriel! ¡Gabriel!—murmura.—¡Está sangrando!... ¡Le han herido en el corazón!

Y furiosa de repente, arranca puños de flores y se los echa al rostro á la culpable. Luego, huye veloz y frenética, gritando su desventura. Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudiéndose los pétalos de rosas que le salpican el traje, sonríe con absoluta indiferencia.

Los ayes de la novia repercuten en el acantilado bravío, mezclándose al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando Velasquín y su esposa llegan á la población, ya en el alto argomal las florecillas silvestres entornan con sueño los dorados ojos. Se duele el joven del percance, culpándose de no hacer prevenido el posible error de aquel disparo; aún se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la loca alborote á la gente, y que en la desenfrenada fantasía popular adquiera visos de profanación aquel suceso fortuito; pero Regina escucha sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen ni á ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de Velasquín es para la dama un ruido más, un rumor que se une al de las olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos de Gabriela...

Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece porque no halla razón á la indiferencia extraña de su esposa. Cayendo la noche tornan los dos al hogar mudo y áspero, donde las incertidumbres del mozo vuelven á insinuarse, mientras el señorío de Torremar, congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas domingueras, no ya en plácemes de boda como la anterior, sino en derroche de vilipendios contra Regina de Alcántara, que otra vez sale de aventuras á dejar en su camino una huella de escándalo. Y del coro de vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma exótico, entre mal disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que ondulan como bandera de rebeldía, malignos y seductores...