II
Giró la puerta con precaución, y se encendió en el gabinete un globo de luz roja y tímida.
Demudado y ansioso, Diego preguntó en el dintel:
—¿Por qué lloras así?..., ¿qué sucede?, ¿está el niño peor?
Alzóse Eva altiva entre sus gemidos, y tras la cortina de su llanto brilló fugitivo el gozo cruel de verse sorprendida en aquella desolación que justificase una escena borrascosa entre ella y su marido.
—Pasa lo de siempre—contestó en son de guerra—, que esta vida es intolerable y que el niño se morirá por tu culpa.
—¿Por mi culpa?—balbució Diego—, ¿tú sabes lo que dices, mujer? ¿Tanto me odias que pretendes infamarme con el más horrible de los delitos?
Hablaba sorda y amargamente, y se le fué acercando bajo la indecisa luz de la lámpara, como magnetizado por el abismo de los tenebrarios ojos que le acechaban.
Cada vez más erguida y arrogante, Eva repuso:
—No, si yo no te odio... Si lo que yo tengo de ti es lástima..., mucha lástima... Me pareces sencillamente ridículo con tu aire de doctrino y tus debilidades infantiles.
—¿Pero qué es lo que quieres?..., ¿qué exiges de mí?... ¿No hice cuanto pude por darte la felicidad?...
—Buena felicidad la tuya... Un amor desharrapado y miserable que sólo sabe suspirar..., un hogar mustio y frío, asilo de toda pobreza..., un espíritu temblón y cobarde, lleno de preocupaciones y timideces... Guarda tu felicidad y saboréala tú solo... Yo no la quiero.
Retrocedió el artista avergonzado y trémulo, como si aquellas frases descomedidas le abofeteasen el rostro... Con herido acento murmuraba:
—¡Ah criatura malvada y pequeña!..., ¡cómo sabes meter el puñal en el corazón y apretarle allí clavado!... ¿Por qué antes no te conocí como te conozco ahora?... Te amé como un insensato... Tus ironías, tus burlas, me desgarraban el alma dulcemente... Te entregué el tesoro de mi fe y de mi amor para que tú lo arrojes con desprecio...
—Injúriame, ya que no puedes disculparte—gimió ella indómita.
De nuevo el marido avanzó desesperado.
—¿Injuriarte yo?... Si digo la verdad... la triste y tremenda verdad... ¡Cómo te he querido, mujer!... ¡Todavía te quiero!... ¡Si tú supieras lo que sufro... lo que sufro por ti!...
—Yo no tengo ventaja ninguna con tus sufrimientos sentimentales, inútiles... lo que quiero es no sufrir yo...
—Pero, ¿qué me pides?... He trabajado con perseverancia y con afán; si no he vencido siempre, si no he llegado hasta donde tú querías, no soy el responsable de mis fracasos... Tal vez si me hubieras alentado con ternura y con piedad... si me hubieran sostenido en la lucha tus manos con amor...
—Cúlpame de tu incapacidad, de tu apocamiento... ¡cúlpame... anda!—le interrumpió Eva provocativa.
También él le clavó entonces una mirada desafiadora; y de cerca, muy de cerca, echándole á la cara las palabras, atropelladas y punzantes, afirmó:
—Sí, te culpo... Te culpo del fracaso material de nuestra vida... del callado divorcio de nuestras almas... Yo quería ponerte tan en alto que ni un soplo de dolor ni de tristeza pudiera alcanzarte... Soñaba para ti una felicidad nueva, una vida colmada de goces... Al fundar este hogar, pensaba en mi hijo... en el hijo que ya presentía... quería hacer con él y contigo una obra de arte humano... Pero tú has roto mi corazón, has destrozado mi destino... has sido el enemigo malo aposentado en mi casa y alimentado con la sangre de mis venas. Buscaba en ti el calor de un alma profunda y escogida, la dulce compañera que me ayudase á caminar, que completase mi naturaleza y compartiese conmigo el pan y la sal de la vida... y sólo hallé en tus brazos desdenes y egoísmos... ambiciones, mezquindades... Sometiéndome á tus caprichos, erré en mis vocaciones artísticas... me desorienté y me perdí... Robaste mi serenidad para el trabajo, me empujaste, anulado y decaído, perdida la fe y la salud... Derrochaste el modesto patrimonio de mis padres... has sembrado en mi casa la discordia y en mi hijo la semilla del desamor... Y aun te quejas... aun te alzas contra mí como una víbora y me llenas el corazón de veneno...
Fuése la culpable respaldando en el sofá, y por un momento la sorpresa de aquella formidable acusación la contuvo silenciosa y despreciativa, hasta que de nuevo se refugió en el llanto como en la única defensa de su derrota.
Desahogando en lágrimas su coraje, lloraba con fuerza, lloraba con rabia, con el rostro bellísimo entre las manos.
El hermoso cuerpo, desmazalado sobre el diván, se estremecía con la dura congoja. Aquellos senos divinamente modelados, aquella cintura flexible, doblábanse bajo el peso del busto tembloroso. Toda la peregrina fábrica de la opulenta figura, libre y tremante bajo la suave estofa de la bata, se retorcía con angustia...
La desencadenada tempestad de gemidos despertó al niño de su letargo febril. Abrió los ojos asustado, y con incertidumbre de pesadilla levantó el pávido semblante sobre la escena dolorosa.
Diego, vuelto de espaldas, había entreabierto la puerta del balcón y miraba al cielo con el alma transida de dolor y de cólera.
En lo alto de la vidriera, al borde del vecino tejado, la luna pálida y redonda giraba en el pedazo de quimera azul...