V

También Tristán y Lali habían celebrado una íntima confidencia, una confidencia sensacional, hecha sin rodeos ni disimulos, con sedienta curiosidad de niños y llaneza infantil, encantadora y bárbara.

La primera en romper el fuego de preguntas fué la niña, vivaracha y comunicativa.

Mirando á su acompañante con mucha atención, le preguntó callandito:

—¿Te llamas tú Tristán, porque estás triste?

—No—dijo gravemente el niño—, yo estoy triste porque estoy malo... Me llamo Tristán porque es un nombre de novela, muy bonito.

—¿De novela?... No sé lo que es «novela»... Yo me llamo Eulalia, pero todos me dicen Lali... ¿te gusta ese nombre?

—Algo, ya me gusta...

—Y dí; ¿tienes muchos juguetes?

—Tengo pocos, ¿y tú?

—Yo tengo un palacio de muñecas y muchas cosas más... ¿No te acuerdas que una vez fuiste á mi casa y te lo enseñé todo?... Hace ya mucho tiempo... todavía «no estabas de pantalones»...

—Se me ha olvidado—pronunció Tristán, lentamente.

Habían llegado al comedor, y en un rincón, dentro de una caja de madera, fueron á buscar los juguetes del niño: una escopeta, un juego de bolos, un sable, dos carritos...

—Y caballos, ¿no tienes?—preguntó Lali.

—Caballos, no... se me han roto. Tengo un rompecabezas... mira.

Abrió una cajita cromada, y los dos se arrodillaron en el suelo, examinando con mucho interés los taquitos cuadriculados, con trazos en colores, de diversas figuras.

—¿Los armo, para que los veas?—interrogó Tristán, galante.

—Sí..., ármalos... debe ser muy difícil...

Y mirando las manitas exangües de su amigo, agitadas sobre los tacos, Lali añadió:

—Tienes las manos flacas... ¿por qué no te curan de ese mal que tienes?

Suspenso Tristán volvió hacia la niña su cara inteligente y dolorosa, murmurando:

—Ha dicho mi madre que me voy á morir...

Ondularon las tinieblas de sus rizos en torno al perfil trágico y puro, y Lali abrió con espanto sus dorados ojos sobre la desconsolada expresión del niño paciente.

Pronta y resuelta, determinó:

—Pues no te mueras aunque ella lo diga... Díle tú á Dios que no quieres morirte.

—¡Pero si mamá lo dice llorando!... ¡Si es Dios el que quiere!...

El pensamiento de la chiquilla saltó rápido á otra idea, con vuelo de mariposa, y exclamó Lali:

—¡Todas las mamás lloran!...

Hincados de rodillas, juntos y absortos, se miraron largamente, hasta que Tristán sentenció, con una lógica terrible:

—Cuando tú seas mayor... también llorarás...