VIII

Pero el ángel, al cabo, se cansó de tomar precauciones salvadoras en favor de la pobre enamorada, y el caballero la miró de pronto, con la sorpresa de encontrarla nueva para su admiración y su codicia...

Rosita se quedaba asustada al recordar ahora, con una claridad mortificante, los esfuerzos que hizo para producir en Gracián la admirativa sorpresa... ¡Qué atrevimiento el de aquel peinado ondulante, hecho con tenacillas y postizos... Pues, ¿y la blusa azul, toda calada sobre el pecho y los brazos?... Con la intención de aparecer hermosa, ella le había preguntado á la modista:—Diga usted, ¿cuál color «me sentará más»? Y la modista, sin titubear, le respondió.

—El azul pálido, que es un hechizo en las morenas...

Luego de fabricar el peinado y la blusa, una tarde, cuando la luz caía, entró en el cuarto del señorito á cerrar las persianas.

Era la hora en que él solía llegar para mudarse de ropa y para anunciar probablemente, que no se quedaba á comer. Rosa esperó al pie de una ventana, fingiendo que muy distraída contemplaba el jardín; y cuando sintió en la estancia pasos, se volvió con aire asustadizo, lo mismo que en la escena hubiera hecho una cómica hábil.

Con aquel ingenioso efecto teatral, toda su belleza tentadora y madura se le entró al señorito por los ojos.

Como los cortejantes que la moza había visto en las comedias, Gracián se le acercó, muy inflamada la mirada y la voz, para decirle:—¿No sabes que me gustas y te quiero?... ¿No sabes que te has hecho una mujer preciosa?...—Y le cogió una mano entre las suyas, y el talle luego, con un brazo firme. Sonaron en la puerta, muy discretos, un par de golpecitos, y un acento, como el de doña Cándida, angustioso, dijo:—Rosita, ¿estás aquí? Lali te llama...—¡El ángel de la guarda, compadecido de la ciega moza, todavía la quiso proteger!...

Después de aquella tarde, otros milagros de compasión divina envolvieron á la joven como en un manto protector. Gracián hizo un viaje rápido y misterioso como todos los suyos; luego, la nena estuvo algo malita, y Rosa no dejó de cuidarla ni un momento. Después... los convexos cristales inclinados siempre sobre la inacabable calceta de doña Cándida, se posaron encima de la muchacha con tal persistencia, que los veía, atisbadores y penetrantes, persiguiéndola hasta en sueños, como una lente mágica, al través de la cual Dios mismo leyera en su turbado corazón.

Huyendo, entonces, el reflejo obstinado de aquellos cristales, Rosa se retrajo modesta y acobardada, evitando todo encuentro á solas con el señorito, hasta que él acechó una ocasión para decirle:

—Tengo que hablar contigo muchas cosas...

Y la quiso abrazar. Desasióse Rosita del abrazo, suplicando con miedo.

—Déjeme usted, por Dios.

Pero muy cariñoso, repitió el señorito:

—Hemos de hablar; ya te diré yo cuándo; nada temas, hermosa.

Era esto en vísperas del viaje á la Montaña, y una vez en el valle, Gracián muy fácilmente buscó á Rosita sola, en los amplios locales de la casa, y le notificó sin más ambages:

—Una noche de estas subiré á tu cuarto; no te asustes, y espérame.

Nada repuso ella, conmovida por el espanto y el amor, y desde aquel instante vivía en la confusión terrible de un mal sueño, midiendo con pasos de sonámbula aquellas tumultuosas jornadas de su vida, tan apacibles en apariencia.

Lo más extraño del oculto lance era que el caballero, tan enamoradizo y caprichoso, no acudiese á la cita en doce noches; doce, largas y crueles, que Rosita le aguardó medio loca de pasión y de remordimientos. Ella tan esquiva y de mármol para cuantos la quisieron, ya con honrados propósitos, ya con finuras galantes; la que sólo una vez, por romántica fantasía, prendió su imaginación de un hombre que se dijo poeta; la mujer altanera y soñadora; la aldeana artista, allí estaba sacudida por el espasmo de la pasión, destrozada por el brusco despertar de su rústica naturaleza, que, protestando de un largo cautiverio bajo el señorío espiritual, se revelaba en todo su arrogante poder, bravía y ardiente, como en el estío la sierra donde nació Rosa.

Celos y rabia sumaban un tormento mayor á la espera de la joven.

Sus sagaces ojos de enamorada habían visto delante de Gracián la figura altiva y donosa de otra mujer. Era la misma á quien él acompañó en Madrid una noche reciente, desde el hotel cuya puerta abrió Rosita, ya sintiendo una celosa sospecha hacia aquella que aceptaba, con tan patente agrado, la obsequiosa compañía del señorito.

De tiempo atrás la conociera Rosa, y mucho mejor al caballero poeta que le dió su nombre, oriundo del valle y bien querido en la comarca.

También conocía al hijo de ambos, aquel niño macilento y quejoso de quien tanto hablaba Lali; y la niña le había contado muy alegre, que aquellos señores, dueños de la casa contigua al palacio, iban también á la Montaña.

Las malas sospechas de la moza se aumentaron cuando observó que la dama gentil y morena coqueteaba lindamente con el señorito Gracián, apenas llegaron al valle ambas familias.

Juntos paseaban por la mies y por la selva: juntos subían á la montaña en traza de cazadores, ó charlaban en el jardín bajo los jazmines de un cenador mientras los niños jugaban. Juntos habían hecho á caballo una larga excursión, hundiéndose en la hoz adusta, por el camino de Reinosa.

La señorita María los miraba ir y venir, con glacial indiferencia, en tanto que Rosita concebía un mortal aborrecimiento por aquella señora que embelesaba á Gracián, hasta el punto, sin duda, de hacerle olvidar que había dicho á otra mujer: «espérame...»

Y esperando, ya desesperada aquella noche de su confesión, después de llorar de rodillas en el suelo, lavada su conciencia por el llanto, se vió Rosa tan culpable de consentimientos y de ansias, que un bochorno ardiente le enrojeció las mejillas con ascua dolorosa.

Llamó á Dios en su ayuda y mentó con fervor á la Virgen del Camino, la patrona del valle.

Miró al lucero suyo, y su luz blanca estaba un poco roja; ¿qué sería?... Con impulso vehemente la muchacha fuése á cerrar la puerta con cerrojo, y se dijo: Aunque llame cien veces no he de abrir; quiero ser buena, quiero tener en el cielo una luz blanca siempre, una luz mía...

Sintió un rumor, apenas perceptible, cerquita de la puerta.

Escuchó ansiosa, y el rumor fué creciendo. ¿Pasos quizá?... Sí; unos pasos muy leves que se detenían... ¿Llamaban?... Sí; ya lo creo; llamaban despacito.

Rosa prendió la luz y abrió la puerta con júbilo demente.

Un gato negro hizo fu, muy arisco, delante de la moza, y echó á correr con un galope avieso, encandilados los ojos y el rabo erguido...

Despeinada y llorosa, Rosita se durmió mucho más tarde, cansada de gemir y de rezar sobre su lecho, por divino milagro defendido.

Había dejado su ventana abierta, y la noche, gozosa, entraba por el cuarto, toda llena de un vago son de vida; voz de espumas fluyentes en el río, de besos de las hojas en el bosque, de amores de la brisa con la flor...

El pobre amor humano allí dormía, rendido de pesar, y el lucero de Rosa, blanco y puro, temblaba en la llanura de los cielos.