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Al fin, una noche presentó el marqués en Las Palmeras á Diego Villamor. Era el poeta un muchacho de aspecto simpático, de facciones finas y aniñadas, el pelo rubio, los ojos zarcos, la boca sonriente, mediana la estatura, tímida la expresión. Había en su figura cierta nativa elegancia; pero el busto algo encorvado y la mirada indecisa dábanle un aire de prematura vejez, de cansancio ó de tristeza.
Al penetrar en el salón una picante brisa de curiosidad agitó las ligeras cabecitas de las niñas veraneantes. Clara fué la única que le miró con ceño; las demás le brindaron protectoras sonrisas y placentera conversación.
Diego no se mostró muy comunicativo, y el lisonjero recibimiento que se le hacía pareció acrecentar su natural timidez y envolverle en un amago de inquietante torpeza. Con graciosa amabilidad salió la marquesa al encuentro de aquel malestar embarazoso, y tomando gentilmente el brazo del poeta, fuése á iniciarle en la amistad de las muchachas, contándole, con llaneza señoril, las menudas intrigas y bagatelas de aquel salón de verano.
La insinuante benevolencia de la dama no logró disipar la turbación del artista, y sólo cuando entre los grupos bullangueros columbró la delicada figura de María, sintióse Diego acompañado en la tertulia y guiado hacia un rostro amigo.
Juntos compartieron ambos jóvenes en el mismo valle natal las plácidas intimidades de la infancia, y, más tarde, al abrigo de una amistad serena, Diego le había regalado á María muchos ramos de rosas en las lindes del huerto, muchas rimas sinceras, improvisadas con ese arte primicial y balbuciente de la adolescencia, inculto y bravo perfume del corazón. Fué María su primera musa, la reveladora de sus primeras emociones, un delicado ensueño hecho carne y belleza de mujer. Ella había sonreído siempre sin coquetería ni complicidad al embeleso encendido en los ojos miopes del poeta; y ahora, en el ambiente frívolo de aquella sala abierta al mundo, también le sonrió, ingenua y bondadosa, como en los solitarios caminos de la aldea.
Logró Diego sentarse á su lado y ofrecerle, un poco anhelante, la rosa pequeña y linda que llevaba en el ojal.
—No es tan bonita como las de nuestro valle, ¿te acuerdas?—le dijo.
—Sí... allá arriba tú me las buscabas muy hermosas—respondió levemente la muchacha.
Pero en vano Diego perseguía los celestes ojos absortos en la rosa. La niña blanca, de casta belleza, la musa de los lejanos senderos, alzó sobre la florecilla sus pupilas acariciadoras para dejarlas caer sin cautela en la sugestión de otras audaces. Siguiendo el camino de aquella mirada, comprendió el poeta que á su amiga la estaba Gracián enamorando.
Y se sintió otra vez solo en la tertulia, extraño y triste en aquella sociedad ligera...
También Eva se hallaba sola en aquel instante. Con frecuencia, al lado suyo hacíase un vacío desdeñoso por parte de las muchachas, que no acababan de perdonarle su hermosura, ni el orgullo con que la ostentaba. María en aquellas ocasiones acudía bondadosa cerca de la bella desairada, sin que Eva mostrase agradecer semejante favor, ni ofenderse con las otras crueles displicencias. Bajo el escudo de su recia altivez sonreía como una esfinge; atenta sólo á sus planes de conquista, contemplaba en silencio el «campo de batalla», como un experto general, y era precisamente María el blanco de sus temores. Delante de la niña rubia, desplegaba Luis Galán sus más necias y petulantes sonrisas; quemaba Nenúfar el incienso de sus conceptuosos madrigales; modulaba su harmoniosa voz el «superhombre», y hasta la voz ronca del marquesito, al resonar junto á María, se apagaba dulcemente, como el suspiro de un violoncello.
Eva, despechada, conteníase á duras penas...; ¿iban á ser también para la «niña romántica» los obsequios de Villamor?...
Sin duda le nacieron inquietas alas á esta pregunta insidiosa, porque voló á lo largo del salón, posándose en los oídos de las señoritas veraneantes, y la alarma de esta sospecha llegó hasta la dueña de la casa que había puesto los ojos en Diego con la secreta intención de fraguar un desquite...
Por cierto que los ardientes ojos de la marquesa parecía que habían llorado...
Rosa, la doncellita gentil, le contó á Nenúfar aquella tarde que el señorito Gracián había discutido acaloradamente con la señora marquesa en un escondido rincón del parque...