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La montaraz aldehuela de Rosa colgaba en la serranía, en las inmediaciones del valle donde radicaba el noble solar de la familia de Ensalmo; y era, precisamente, la actual dueña del palacio quien llevó á la linda zagala en años anteriores á la quinta de Las Palmeras, durante un veraneo de los marqueses.
A despecho de las hablillas de los vecinos lugarejos, donde Rosa había cobrado fama de necia y de inconstante, agradábale á María aquella labradora despierta y agraciada, de finos ademanes y rápida comprensión, hábil y paciente para las prolijas labores de doncella.
Cuando al romper bruscamente su concertado casamiento, la muchacha acudió á María buscando su favor para salir del pueblo, halló á la señora fácil de conquistar y gustosa para otorgarle protección.
Finalizaba el verano, y admitida Rosa al servicio de Lali, bajo las órdenes inmediatas de doña Cándida, fuése la aldeanita aventurera muy alegre á Madrid con sus nuevos señores.
En un par de meses cortesanos volvió á ser Rosita la primorosa criatura que enamoró á Nenúfar en el norteño arenal; su tez morena, artísticamente soleada, se suavizó con el buen trato y brilló sedosa en las manos chiquitinas y en el peregrino rostro; se le animó en los ojos y en la sonrisa el gozo de la libertad soñada, y, con el peinado moderno y el vestido elegante, toda su armoniosa figura quedó detallada y perfecta, seduciendo con una insinuante nota de frescura campesina, aroma sugestivo de silvestre flor.
Muchos golosos tuvo en la Corte aquel palmito gentil, y galanes de varias categorías cortejaron con rendimiento á la niña montañesa; pero, advertida por su señora con prudente discreción, y aleccionada por el desengaño, á ninguno consintió ella con palabras ni actitudes, y en la ronda de sus pretendientes cobró pronto renombre de arisca y orgullosa.
Lo que á Rosita le entusiasmaba en aquella existencia blanda y amable que tanto ambicionó, no era, por cierto, el despertar pasiones amorosas, sino el saber que las merecía y el sentir en su mimada hermosura el seductor halago de la lisonja.
Ella quería, sobre todo, verse linda y adornada en el espejo; tocar y mirar cosas bonitas, gustar manjares finos, aspirar olores delicados.
Sentíase dichosa con dormir en albo lecho, con pisar fonjes tapices, con escuchar un lenguaje escogido y galano.
Padecía una obsesión aguda de belleza, y donde quiera que la hallase—mejor ó peor definida, según su intuición artística se la hacía sentir—, allí posaba los ojos en recreo sutilísimo, tan largamente, que el objeto acariciado por sus admiraciones persistía en la ausencia del mismo, por mucho tiempo, surgiendo en el vacío, amorfo y tentador, á recibir el idólatra culto de la obsesa.