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Una de aquellas mañanas agostizas, cálidas y radiantes, tempranito llamaron á la puerta del gabinete donde Eva dormía con Tristán. Acababa de vestirse la señora, cuando una voz infantil preguntó—¿se puede?... Y sin esperar contestación, la cabecita rizosa de Lali asomóse en la estancia.
—Ven, ven—gritó con afán Tristanito—¿me traes flores?
—Sólo traigo un clavel—dijo la niña, alzándole, rojo y húmedo, en su mano diminuta. Acercóse á la cama donde el niño se había sentado, muy contento, y añadió con delicioso aire maternal:
—He venido muy deprisa; luego te cogeré más flores, monín; ahora están llenas de rocío...
—¡Mucho has madrugado!—la dijo Eva amablemente.
Muy pizpireta, saltó la niña:
—Porque hoy hemos madrugado todos en casa; á mi papá se le ha ocurrido marcharse ahora á Las Palmeras en el tren correo, y como pasa á las ocho, desde el amanecer están en danza las maletas y los armarios... yo no sé las cosas que ha revuelto... ¡y eso que va por dos días!...
Eva se quedó estupefacta, y con un vago terror, murmuró entre dientes:
—¡Otra huída!...
Igual idea tuvo Tristán, que recordó con misterio asustadizo:
—También mi papá se fué de repente una mañana, con su maleta... ¿A dónde irán tan deprisa todos los papás?
Lali se echó á reir.
—¡Qué tonto eres!—dijo sentenciosa—Van deprisa porque el tren no espera. Mamá me ha contado que tu papá ha ido á Madrid á escribir versos y libros que valen mucho dinero, y después te va á comprar muchas cosas... muchísimas... Mi padre ha ido á Las Palmeras... ¿sabes dónde es?... Pues allá abajo, en una playa... ¿sabes lo que es playa?... La arena donde llegan las olas... El mar es como un río grande, grande... como un cielo todo de agua... ¡Da algo de miedo!... Pues allí tienen mis tíos una quinta, y en el periódico que escriben en aquel pueblo «leímos» anoche que había llegado á visitarlos una señora muy guapa de Madrid, que se llama condesa de Manrique... Y mi papá ha ido á verla.
Centellearon los africanos ojos de la dama, y Tristán levantó hacia ellos los suyos encendidos de ansiedades, para interrogar:
—¿Cómo dices que los versos son una tontería y que papá no sabe ganar dinero?... ¿No oyes que me va á comprar muchas cosas?...
No. Eva oía solamente aquellas palabras del parlamento de Lali, «una señora muy guapa, condesa de Manrique». Recordaba la breve escena enigmática entre Gracián y su mujer el día que en Madrid se despidió de ellos... Hablaron de Casilda Manrique con singular entonación. Seguramente era una mujer de quien María estaba celosa; una rival «de cuidado» también para las ilusiones de Eva...
Se puso á vestir al niño maquinalmente; luego le mandó con Lali al jardín para que allí le sirvieran el desayuno, y nerviosa, agitada, comenzó á peinarse delante del espejo.
En su endrina cabellera se asomaban con timidez las primeras canas, tan pocas y con tal precaución, que sólo ella las había advertido; aquella mañana le parecieron á Eva muchas más que otras veces; iba entreabriendo la madeja sedosa, y con mueca iracunda, al descubrirlas, renegando de la edad y de la suerte, golpeaba el suelo con el tacón agudo de su bota. Aquel día todo le salió á disgusto; el peinado, dificultoso y lento como nunca, se malogró en ondulaciones que á su parecer «no la sentaban». Halló su rostro descolorido y vulgar, señalado con las huellas del tiempo; sus modestos vestidos de diario, le parecían túnicas indecorosas; sus zapatos, inservibles; su habitación, miserable... Se creyó abandonada y vendida, víctima de estupendas traiciones y de infames atropellos... Como una furia se debatió en su cuarto contra imaginaria tormenta de infortunios, y, al medio día, salió de su encerrona con la repentina esperanza de que, torpe la sirviente, no le hubiera transmitido algún recadito galante de Gracián. Pero se frustró su presentimiento. Ni una palabra de cortés despedida tuvo para ella su ferviente adorador del día antes... Aun pretendió disculparle, imaginando que volvería pronto y no habría querido comprometerla con cartas ni avisos. Pero el nombre sonoro de la condesa de Manrique cayó sobre la débil disculpa como un sarcasmo cruel. Pasó toda la tarde en desesperada actitud, y, ya al anochecer, incapaz de resistir sola aquella silente meditación del crepúsculo, fuése de visita á la casona de Ensalmo. En la solana halló á María jugando con Lali y con Tristán como una nena; estaba hermosa y sonriente, con un aire juvenil, encantador. La figura amenazante de Eva avanzó sobre el grupo alegre como una sombra trágica, y su voz, impregnada de reproches ocultos, fué apagando las risas en silencio fatal.