XIV

Al medio día cruzó con estrépito la carretera un automóvil, que giró por un camino vecinal entre las mieses, y se detuvo en la portalada orgullosa de la casa de Ensalmo. En el grave edificio hubo un revuelo de curiosidad, y la casita de Eva conmovióse también con la rápida trepidación de unas persianas. Rafaelito, disfrazado ventajosamente con el saco flotante y la carátula de automovilista, descendió del carruaje con una señora que, despojada de gasas, túnica y sombrero, resultó ser Benigna. Con alborozo y gritos asaltaron la casa los dos hermanos, pidiendo su cubierto en la mesa, y asegurando que llegaban con un hambre feroz, y que el heno en tendales de los campos les había dado una gana terrible de pacer...

Lali estaba muerta de risa, y María, recibiendo á sus primos, cariñosa, ordenó que la comida se sirviese pronto.

Expusieron los de Coronado con aceleramiento su propósito de llevarse á María y á Eva, aquella tarde, con los niños; venían por ellos decididamente; era menester sacar un poco á las dos señoras de aquel abismo de hoces y de torrentes, de campos agostizos y lánguidas arboledas... La playa estaba hermosa todavía; los nenes tenían que bañarse... Pero, ¿qué reclusión era aquélla? ¿Acaso un voto?... ¡Y los maridos por esos mundos!...

—Gracián divirtiéndose como un muchacho soltero—aseguró Benigna, sonriente y perversa.

Luego, insinuante, añadió:

—¿Por qué no has de venir tú con nosotros?

La cabeza rubia de la señora giró en dulce negativa; María, aquel año, se propuso no salir del valle hasta regresar á Madrid á fines de Octubre, ó algo después si el otoño se presentaba benigno... Agradecía mucho aquel empeño...

Y una firmeza singular se acentuaba en sus frases de gratitud, dejando á los solicitantes pocas esperanzas de éxito.

Siguió Benigna, sin embargo, obstinada en su convite, mientras los ojos de Rafael celebraron una fiesta de admiración sobre la dama; y en tanto que sirviesen la comida quisieron los de Coronado visitar á Eva. Por el lindero complaciente del jardín pasaron los tres á la casa vecina. Ya la de Villamor los aguardaba, adiestrándose en previsiones múltiples de aliño, indagaciones y disimulo. Estaba hermosa; satánicos los ojos, profundas las ojeras, y la tez más pálida que de costumbre. Agasajada por una invitación cordialísima, dejóse rogar, titubeando; pero al saber que María se quedaba en el valle, pareció decidida á consentir.

—Nada, nada, está resuelto—declaró Rafael—, usted y el niño se vienen con nosotros esta tarde; ahora es necesario que conquistemos á María para quedar victoriosos.

La rubia cabeza de querubín, en movimiento firme dijo otra vez—No... no...

Ardiendo en impaciencias, Eva quiso enterarse.

—¿Tienen ustedes muchos invitados?

—En nuestra casa—contestó Benigna—sólo quedan la de Manrique y su madre, Gracián, y la chica de Alfaro, íntima de Isabel; pero en los hoteles hay aún mucha gente de Madrid, y lo pasamos admirablemente.

—La condesa se marcha un día de estos—aventuró el acento profundo de Rafaelito. Y Benigna dirigiéndose á la de Ensalmo:—También Gracián—dijo—emprenderá desde Las Palmeras una excursión antes de venir á buscarte... ya sabrás...—Con discreta mesura, la voz musical de la esposa, que ignoraba los proyectos del infiel, repuso:

—Sí; ya sabía...—y un aire de sutil indiferencia envolvió estas palabras como en un tul vaporoso que flotó con misterio en la plática... Los ojos de María estaban parados en remota meditación, al borde de una mesa escritorio llena de papeles y libros. Aquella sala alegre, con balcones á la casona y al jardín, era la habitación preferida del poeta, su taller literario en otro tiempo; ¡tiempo distante, huído para siempre!

Las azules pupilas soñadoras tornáronse infantiles, de tan cándidas, al rimar los recuerdos de una adolescencia compartida fraternalmente con el hombre, amado ahora, en la desventura... Benigna y Eva discutían los inconvenientes de llevar al niño á la playa; resistíase de pronto la de Villamor, con nuevos escrúpulos, en aceptar la invitación para el nene, tan delicadito, tan mimoso... Era una fatiga salir con él fuera de casa...

—Pero le vendrán muy bien aquellos aires; quizá los baños... los de este mes son los mejores—anunciaba Benigna.

—No, no; es mucha molestia para ustedes.

—De ninguna manera...

Intervino María con prontitud:

—Déjamele á mí; con Lali estará muy contento.

Y el chiquillo, que se había deslizado en la visita y escuchado al lado de su madre, susurró:

—Sí; estaré muy contento.

Eva, inclinada á ceder, con jovial tono se querelló del nene:

—Yo voy á estar celosa de tu Lali... La quieres más que á mí...

Luego, irresoluta:—No sé que hacer—decía—, ¡le ha probado tan bien la aldea!

María insistió.

—Déjale...

Y Tristán, muy bajito:

—Sí... sí... me quedo con Lali.

—Dos ó tres días, si acaso—fué concediendo la mamá.

Todos quedaban satisfechos. En Las Palmeras el niño no hacía falta; sólo Eva para divertir á Gracián, ó María para contenerle, á ver si librando á Casilda de su asedio, arreciaba ella en las insinuaciones en torno á Rafael, y antes de partir la condesa dejaba comprometido con una declaración categórica al constante enamorado de Luisa Ramírez... Todo un plan de enredos y artificios, fraguándose en el ocio de la quinta...

Avisaron de la casona que la comida esperaba; y Eva se quedó con sus preparativos de viaje, inquieta, febril, dudando si sería una locura dejar á Tristán para correr á divertirse cerca de aquel hombre extraño y pérfido, que se burlaba de unas cuantas mujeres á la vez. Reteníala su orgullo, pero la empujaba una ardiente curiosidad de conocer á la de Manrique, y sentía un diabólico antojo de rivalizar con ella, de vencerla acaso, en aquel frívolo torneo de vanidades, que era el encanto de su vida... Al revolver su vestuario olvidó al niño; y destemplada, rabiosa, halló mezquinas todas las prendas de su ajuar, y tuvo la certidumbre de ser ella la criatura más desgraciada del mundo... Faldas, cuerpos, dijes y tocados, sufrieron tirones y sacudidas durante una hora cruel que pasó sobre Eva como un suplicio. Al cabo de perplejidades acerbas, quedó preparada una maletita con lo mejor que la vanidosa pudo elegir entre sus galas, y después de dar algunas órdenes á la sirviente única de la familia, y escribir una breve esquela á su marido, Eva en traje de excursión, bella siempre, presentóse en la casa de Ensalmo.

Ya Benigna se impacientaba por el regreso; no así el marquesito, á quien la tarde se le hizo un soplo en compañía de la dama rubia.

Tristán y Lali celebraban con júbilo inocente el goce de vivir juntos bajo un mismo techo, y María quedó libre, por fin, de la tenaz invitación de sus primos, porque Rafael interrumpió de pronto una nueva consulta de su hermana, diciéndole:

—No porfíes más; hace bien María en quedarse en el valle—y miraba con raro enternecimiento los ojos azules, que también le miraron agradecidos.

Llegó la hora de la marcha, y todos juntos salieron á buscar el automóvil que esperaba rodeado de chicuelos pasmados y curiosos.

La de Villamor despidióse muy azorada de María; hubiera querido estar amable con ella, agradecerle con acento cordial el hospedaje que brindaba al nene, pero sentía rubor de su conducta, remordimientos de aquel viaje furtivo. Al besar á Tristán tembló un instante con intensa inquietud; mas el pequeño, gozoso y animado, le devolvió los besos sin aflicción ninguna, y la madre sintióse ya calmada.

—Vamos sin que anochezca—rogó Benigna, mirando con asustados ojos hacia el triste camino de Reinosa—. Por allí—añadió señalándole—deben llegar los trasgos, y los lobos y los ladrones... ¡Qué sé yo cuántas cosas horribles!... El Besaya parece que está loco, con los gritos que da... Yo me moría, si tuviera que estar un mes en este valle.

Y volviéndose hacia su prima, que estaba sonriendo, preguntaba:

—¿No te da mucho terror cuando llega la noche?

—Al contrario, me alegro...

Resonó con trágico placer la respuesta valiente, y Rafaelito, al oído de la dama murmuró:

—¡Quien pudiera acompañarte en esta soledad toda la vida!...

Acomodados en el raudo tren: Adiós, adiós...—dijeron—Hasta muy pronto—añadió la voz de Eva extinguiéndose en la distancia. Partieron, trepidantes y veloces, carretera abajo, y fueron á perderse en un recodo violento del camino...

Los nenes corrieron hacia casa, de la mano, y quedóse María en el dintel de la portalada, sola y muda, de relieve en la piedra, como el ángel tenante de un escudo. Los ojos de la hermosa subieron á la cumbre de los montes arropados de niebla, y desde allí á los cielos en busca de algún signo de esperanza; pero estaban cerrados los confines con pálidas cortinas, y ni luces, ni rumbos, ni señales de una consolación halló la triste.