XVIII

Y á todo esto, la bella Rosita empezó á mostrarse distraída y contristada. Hasta se podía jurar que lloraba en silencio.

Cuando hacía de muñeca jugando con Lali, quedábase tan silenciosa y parada como el mismo bebé de celuloide.

Corría la pequeña á sacudirla por los hombros, le alzaba la barbilla con sus manitas enanas, y decíale:

—¡Pero, mujer, te has vuelto lela; ya no sabes jugar!...

Ella entonces se disculpaba sonriendo para ocultar su turbación, pero no lograba componer con la placentería de otras veces la farsa pueril de la muñeca mimosa.

El rumor de ciertos pasos, el metal de ciertas voces, le hacían á Rosita ruborizarse y temblar; y doña Cándida, detrás de sus espejuelos escrutadores y de las erizadas agujas de su calceta, la observaba con recelo, murmurando:

—¡Ay, Dios mío!...

Una tarde de aquellas, cuando ya en el hotelito de la calle de Goya se disponía el anual viaje á la Montaña, Rosita se divirtió mucho con un pequeño suceso que la puso de buen humor, y durante algunas horas escampó de su frente la nube aciaga que la oscurecía.

Sucedió que, yendo la doncella á llevar á casa de los de Coronado una carta de la señorita, al subir la escalera de servicio encontróse de cara con uno que descendía; y este «uno», que era joven y malandante, por las trazas, la miró con despacio, y exclamó:

—¡Rosita!

A cuya voz la joven respondió con aire divertido y asombro en la mirada:

—¡Simón!... ¡Tú por aquí!...

Como si el pobre Nenúfar fuera una planta exótica en casa de los marqueses, y aun en la populosa villa y corte...

Aunque Rosita llevaba algunos años avecindada en Madrid, y aunque por broma y risa deseara encontrarse con el poeta bohemio, no lo había logrado hasta aquel instante. Así que, muy risueña y picarilla, pegó con él la hebra con la mejor voluntad del mundo, y le baqueteó lindamente con burlas y compasiones, que para todo ello se prestaba el apocado y lastimoso aspecto de Nenúfar.

El cual contemplaba á Rosita con cierta emoción y con un embeleso que al crecer por minutos, se mezclaba con un recuerdo bochornoso, porque en el diogenismo del aventurero galán, aquella mala partida, dolosamente jugada á la niña montañesa, había dejado una extraña comezón de remordimiento.

No era malo Nenúfar; era sólo un mísero ambulante de la vida, propenso siempre á bajar mucho y á subir poco en las marejadas sociales. Como él mismo lo había confesado ingenuamente, su destino menguado le obligaba á «hacer de Nenúfar, de poeta modernista y de otras cosas peores»...

La aparición radiante de Rosita y su ingenioso palique le demostraron pronto que la joven había crecido en belleza y sagacidad de una manera sorprendente.

Y trató en vano de explicar los graves motivos que le habían obligado á dejar incumplidas sus promesas matrimoniales.

Ella le atajaba, pronta y zarandera, con réplicas agudas, tan burlonas, que el mozo, confundido, se sentía picado en su amor propio y abrumado. Así le tuvo preso y abatido largo rato la joven, hasta que humilde y fino como un guante, ofrecióle el trovero nuevamente su mano.

Por la escalera abajo rodó la risa franca de la moza, y Nenúfar, asido á la barandilla con la angustia del que se siente vacilar, le dijo:

—He dejado el periodismo y la poesía, que tienen muchas quiebras; pienso ahora trabajar seriamente... Voy á poner, en sociedad con otro, una gran sastrería...

—Pues ya sé yo—le interrumpió Rosita sin dejar de reir—quién será tu primer parroquiano...

Y le miraba con detención y condolencia el traje.

—Pero díme, Rosa hechicera—murmuró Nenúfar—, si serás mi mujer; ¡mi mujercita, mi consuelo y mi bien!...

—Cállate, hijo; para un sastre me parece muy florido el discurso... A mí los industriales no me gustan... Además, los tiempos han cambiado; ya soy otra...

—Dame, al menos, una leve esperanza...

—Voy de prisa... Me he detenido mucho... Si quieres dos pesetas...

Y se puso á buscarlas en su portamonedas elegante.

Dos chispazos de codicia y enojo se asomaron al famélico rostro del galán. Tartamudo y cobarde, profirió:

—Me tratas como á un pobre mendigo; no te molestes, no...

Pero tendía con avidez su mano avillanada.

Puso en ella Rosita la limosna, y con mucho donaire y garabato le dijo adiós, subiendo á todo escape, para ahorrarle el sonrojo de su dádiva.

En dos brincos Nenúfar se plantó en la taberna de la esquina, y más hambriento que enamorado, se consoló de las ironías de la muchacha, gastando su moneda alegremente...

Ya Rosita no supo del bohemio desde aquel punto y hora...