XXVI

Para distraer la lentitud de aquellas horas raras, Gracián salió al camino una vez más, registrando las veredas y los recodos con obstinada porfía; la noche se había serenado y él fué alejándose de la casona bajo los árboles en esqueleto, sin rumbo ni propósito. Por casualidad tomó la senda de Santacruz, la más abierta en el valle; no había vuelto por ella desde su malograda cita con Rosa, y el recuerdo de la muchacha, huyendo con su novio en el instante mismo de juzgarla él suya, causóle una molestia picante, un vivo escozor que le dolía. En vano se quiso convencer de que la moza estaba muerta por él de amores; la realidad le hacía una burlona mueca, demasiado visible para que el «superhombre» lograse esquivarla; pero quería pensar en la doncella y tejer mil pensamientos distintos, para huir del presente bochornoso, que tomaba como suprema broma del destino. Ni honor ni dignidad se sublevaron en su alma ante aquel infortunio que por seguro diera; mas su pudor de tenorio padecía, y también el reciente capricho por la esposa que abandonó años enteros, ultrajada; la costumbre de su optimismo, aun le inspiró, soberbia, este desprecio:—¡Bah! ¡Mujeres!... las hay siempre de sobra...

Y como afirmación de aquella frase, una mujer apareció en la senda. Sola y gentil llegaba. Gracián se le acercó, con un requiebro atrevido en la boca, y solamente pronunció, despacio y con asombro:

—¡Tú... María!...

Luego, su atropellada curiosidad la colmó de preguntas, pero ella, sin detener el paso ni conceder importancia á las incertidumbres de su esposo, explicó indiferente:

—Fuí á rezar á la ermita de la Patrona, me entretuve demasiado, y al tiempo de volver, llovía mucho. La ermitaña no me dejó salir; la pobre me dió de su comida lo mejor, y me retuvo allá mientras duró la tormenta. Me acompañó luego hasta el llano, y no he permitido que llegase aquí porque me daba pena que de noche volviese al monte sola; dejó al nene que cría, dormidito en la cuna, cerrado en casa, al cuidado de la niña mayor...; su marido está en Reinosa, serrando madera...

Hablaba con suma tranquilidad, dulce como siempre la voz, con flexibles cadencias argentinas.

Una turbación grande paralizaba la lengua de Gracián; disimulando sus villanas suposiciones, sin saber que decir, la preguntaba:

—¿Y no tuviste miedo?

—No; que la vega la conozco tanto como mi casa, y aquí todos me quieren. Sólo junto al molino me asusté un poco; trepidaba el tablón, resbaladizo, y parecía que en la corriente una mujer llorase.

—Voces que el agua finge.

—Sí; es la vida que llora...

Recobrando su aplomo, Gracián dijo:

—¿Sabes que Villamor se marchó esta mañana?

—Ya lo sé—repuso María muy serena. Y ya sólo entreabrió los labios en breves contestaciones á la charla nerviosa de Gracián.

Llegaron á la casa, donde fué recibida la señora con inaudita sorpresa, como un ánima del otro mundo. El esposo, á guisa de pública reparación contra los insolentes rumores que el mismo provocara, la anunció desde la puerta, gritando muy alegre:

—Aquí está, sana y buena; se estuvo todo el día rezando en la ermita de la Patrona.—Y, compasivamente, murmuraba en íntimo soliloquio:—¡Pobrecilla, es una infeliz!

Lali, cansada de llorar, se había dormido, vestida, sobre la cama; quiso desnudarla su madre, y, al hacerlo, la nena abrió los ojos, dilatados por ardiente alegría. Acariciando el hermoso semblante que se inclinaba sobre ella, balbució:

—¿Te perdiste?

Con un soplo de voz la dama dijo:

—¿Perderme?... Tú me guardas.

—¿Fuiste muy lejos?

—Muy lejos, con la Virgen...

—¿Y quién te trajo?

—Un ángel... un ángel muy hermoso.

—¿Qué nombre tiene?

María, con un beso en la boca de la nena, dijo con devoción:

—Se llama Lali...


Un tren silbando acometió las hoces donde la tempestad repercutía con bárbaros lamentos de aguas y de huracanes; negreaba el camino hendido por culebras de luces iracundas, semejando una escena del fin del mundo.

Diego Villamor asomaba á las tinieblas hostiles el abismo azul de sus ojos de artista, sintiendo que las hoces eran otros tantos dientes monstruosos que á mordiscos le estaban devorando... Atrás quedaba el valle sumido en la neblina de una nube atristada; y cuando, al cruzarle, alzó el río su estruendo más alto que los silbos del tren, creyó el poeta escuchar en las aguas, mezclados y confusos, los ayes de Tristán, las congojas de un alma fugitiva, y los adioses, rotos y dolientes, de un amor en tortura... Después, los truenos, el Besaya y el tren se dieron á gritar, juntos y locos, las enormes tristezas de la vida, acunando al viajero como á un cadáver con una marcha fúnebre...

Era la hora en que una mano torpe llamaba al aposento de María. Llamó quedo Gracián; luego, más fuerte... Una paz de sepulcro respondió á los reclamos del deseo en el casto recinto de la mujer cautiva y triste en su prisión humana, reina y señora en el glorioso triunfo del corazón.

Noche hermosa fué aquella en que se alzó la esclava en rebeldía, rompiendo, con todo el brío de su alma libre, el hierro ignominioso de la sumisión material, y levantando el palio de la honradez sobre el suplicio de su inmolada juventud... Lloraba María amargamente desecha de dolor, de hinojos, en su aposento, cerrado como una tumba... Fuera, el manso rocío de la nube, rastro de la tormenta, semejaba un infinito llanto del paisaje...

FIN DE LA NOVELA