III
Lloraba Ángeles adolecida sobre la tumba reciente de su madre, cuando llegó al Encinar, causando general sorpresa, un mozo de mucho rumbo, jinete en magnífico potro jerezano, luciendo una arrogante figura y unos ojos azules que fulgían dominadores. Se llamaba Adolfo Serrano y era hijo de un socio de Ortega, para quien llevaba una visita. Fué recibido con muchas demostraciones de aprecio, y detenido con reserva y solemnidad. Al cabo de la entrevista, llamó a su hija Don Felipe y la presentó al forastero con orgullo.
Aquella misma tarde, Ángeles y Adolfo, inclinados en el ancho alféizar de una ventana, coloquiaban mirándose en adorable secreto de enamorados, y Don Felipe Ortega sonreía complacido por el éxito de una combinación de antemano premeditada, que le permitía regresar a Cuba en un plazo corto, libre de la tutela de la niña y aparentando la satisfacción de haber cumplido los sagrados deberes paternales.
Padeció la muchacha como una fascinación aquel amor inesperado, sintiendo en las miradas de Adolfo un enardecimiento de conquista que la subyugaba, y en su voz caliente un imperio extraño que la hacía temblar y confundirse en inexplicables emociones de amor y de temor.
Una ansiedad nueva se levantó en su pecho; secáronse sus lágrimas como a impulso de enérgico mandato, y pareció distraerse, curiosa, hacia la tierra, la nostalgia del cielo, escondida en sus ojos.
Durante los días de impacientes dudas que pasó Alcázar en su torre, enamorado y afligido, trató de endurecer su existencia hasta poder avenirse con las costumbres que en el Encinar usaban los mozos, parados a la sombra de raras tradiciones, rudas y primitivas.
Hallaba el señorito un singular placer en bajar hasta la vida humilde de aquellos hombres y hacerla suya, buscando con avaricia los latidos firmes y bruscos del corazón del pueblo. Sediento de emociones nuevas, en una febril inquietud espiritual, tocaba con sensuales deleites las diversiones en que la mocedad varonil de la aldea ponía el alma, brava y sencilla. Y poco a poco, primero en una noche de bullicio, luego en una deshoja trasnochada, después en una hoguera salvaje, el noble heredero de Alcázar llegó a fraternizar entre los mozos del poblado hasta entonar con maestría el clásico ijujú en las rondas de los galanes, y empuñar con fiereza el palo contra los rondadores forasteros. Agazapado a la vera de una tapia en bando aguerrido, con bufanda de flecos y rústica boina, Julián de Alcázar sentía un tónico refrigerio en el atormentado corazón, como si una brisa montaraz le reanimase con viril empuje de libre naturaleza. Hízose entonces muy popular en la comarca, donde se supo que el señorito de la torre, diestro cazador y hábil montero, tenía firmes los puños y sereno el ánimo.
A la vez que temor y respeto se le tuvo cariño, y él acertó a ser mozo aldeano con hidalga llaneza señoril, sin usar de la supremacía que le pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disputó jamás la novia a un enamorado ni dejó de ser nunca generoso: quiso únicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.
Codiciando todos los mozos la intimidad con el señorito, tres de ellos se le habían aproximado con particular adhesión y formaban con él «una piña» constante en las cacerías y en las rondas como en los tranquilos paseos de los días de fiesta.
Así juntos, pacíficos y acordes, habían seguido los pasos de Ángeles Ortega después de la misa mayor en una pálida mañana del mes de Marzo. Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera, detenidos por misteriosa atracción, tal vez por mortificante inquietud.
Era Julián de Alcázar el que menos disimulaba su impaciencia en el incógnito afán, y, por último, rompió el secreto de aquella zozobra para decir, señalando hacia la casa:
—¿Sabéis a qué hora «viene»?
Lecio, el más tosco de la pandilla, respondió con mucha seguridad:
—«Viene» a la caída de la tarde.
—Pues aquí estaremos cuando «llegue»—repuso con firmeza el señorito.
—Aquí estaremos—dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.
Lecio mascullaba:
—¡Claro que sí!
Y el más joven de todos, uno a quien llamaban el Estudiante, aprobó con la cabeza muy ensimismado.
Después de una pausa añadió colérico Julián:
—¡Lo que es «ése» no se la lleva!
—¡Qué se la ha de llevar, hombre!—prometió Lecio apretando los puños.
Y con acento de reproche murmuró Fidel:
—¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...
—¿Qué harías?—preguntó huraño el aludido.
—¡Me la llevaría yo!
El señorito de la torre, con despecho y enojo, contestó:
—Eso se dice fácilmente...
Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de el Estudiante brilló un ardiente destello de alegría.
Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas, cambió Julián el curso de la conversación, anunciando:
—Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta la puesta del sol.
Asintieron los otros, y, citándose en la torre de Alcázar, se alejaron por distintas veredas.
Iba el Estudiante con tácito andar volviendo los ojos hacia los balcones de Ángeles, y su corazón de niño repetía con pesarosa complacencia:
—¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tampoco habría esperanza para mí!...