VIII

Todas las tardes, a primera hora, Don Felipe y su hija esperaban a Serrano en agradable paseo campesino para volver a su casa con el cortejante. Charlaban los novios hasta el anochecer, y emprendía el galán la retirada antes de que la luz cayese, previsor contra alguna acometida de los mozos bravíos.

Pero eran inútiles estos cuidados, porque la ronda que capitaneaba el señorito de la torre había conseguido de todas las demás la promesa de que nadie hostigara al forastero en la conquista de aquella mujer, dulce y hermosa, orgullo del valle, en quien se miraba como en un espejo la mocedad varonil y por quien en secreto suspiraban muchos rudos corazones.

Tenía un encanto indefinible la hermosura sentimental de Ángeles Ortega, un raro don de amor y simpatía que blandamente dominaba en las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se había convertido en extraño culto, mezcla de hechizo pasional y de mística devoción.

Siendo Ángeles la única señorita de la aldea, se distinguía entre las jóvenes de sus años por la donosura del porte, la delicadeza del traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias personales no hubiera sobresalido por encima de las demás. Todo en torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de chiquitina la pasearon en la áspera carreta, le alcanzaron nidos y rosas, y la tutearon con familiaridad. Ahora la saludaban con afable respeto, mezclado de turbación, y aunque delante de su hermosura humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombríos dejaba resplandecencias ardientes en las rústicas imaginaciones.

Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la perla del Encinar muchos hombres que tenían novia y pensaban casarse, o que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condición. Así en aquel fogoso plantel de montañeses nació una tácita rebeldía contra la posibilidad de que a la más hermosa flor de la aldea se la llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para considerarla como una de tantas jóvenes a quien los extraños no podían cortejar sin previa camorra y larga porfía contundente con los donceles del valle, al uso del país.

Esta despótica ley se hubiera cumplido en Adolfo Serrano sin el prodigio de la dulce voz que bajó de la ventana luminosa para detener a la ronda de Julián.

Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flámulas arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron más al paso triunfante de aquel amor.