III

En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme... ¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea esta sobrina millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la rama á la rama y el tronco al tronco...

Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla. ¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus colores y sus formas con las de la Alhambra.

—Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao...

Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un cortijo, hacia la Sierra.

—Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí.

—Si son antiguos, de seguro.

—¡Pero qué afisioná á las antiguayas!—susurra el proco, dando á lo inofensivo intención. Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha, que me haga encanesé...

Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas. En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.

Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su Virgen la advocación de la Victoria. Diviso los dos arcos del puente sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde.

—¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo conosco... Aquí me crié...

Voy con él á recorrer los tales sitios. Gugú tiene que hacer en casa; tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores; Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses, que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos, oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso. Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años donde había pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas de José María—¡estropear las manitas de sea!—alzo un trozo de piedra y hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.

—¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?—le pregunté.

—No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué... pero sólo en aeroplano, hiha!

—¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?

—Contigo, al Polo.

Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol; seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras. Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra, muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas, livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas lumbrosas sobre las nieves de los picos.

Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María, para la excursión, se vestiría—y no sería disfraz, pues así suele andar por el campo—de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende, clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va dominándome.

En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en que hay jirones.

¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!

Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á mi propio tío,

«que, aunque viejo, es de fuego,
corriente en una broma y mujeriego,»

está, en cambio, más emperifollada y crespa que nunca, y ha aprendido de las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras la oreja...

Pienso en esta marea que crece en mi interior, en este dominio arcano que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que mi primo me pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina Mascareñas, y así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja, el interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura que produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un hombre. ¿Se llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor? ¿Dónde se oculta este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo guarda?

He observado que mi primo, cuando me habla, exagera la tristeza; dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por los desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las mocitas con flores en el moño, que componen la servidumbre, hablan del «zeñito José María» con acento de conmiseración, como si yo le estuviese asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme:

—Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes?

Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco rendido. Y, en medio de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por la reflexión. No, el amor no puede ser esto. Sin embargo, ¡menos aún será la comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa algo significan... Quizás lo signifiquen todo.

La noche de un día en que no hemos salido á pasear largo, al través de la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja, oigo guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado á las contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su contorno, ya todas viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en aprender otros bailes, de estos á la moderna, achulados, no moriscos. Estas ventanas no tienen reja y nos recostamos en el antepecho el primo y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado sillas al patio. La música del fandango es una especie de relincho árabe, una cadencia salvajemente voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna, colgada como lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y el movimiento presta á los cuerpos ya anquilosados de las danzarinas, un poco de la esbeltez que perdieron con los años. Sus junturas herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos irónicos y risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan, haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la leyenda del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas lágrimas...

Siento la respiración vehemente, acelerada de José María; el respeto que le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su emoción y no puedo reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como en sueños, la mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre las suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al retraer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un poco, me devora las sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá fuera siguen bailando, y las coplas roncas gimen amores encelados, penas mahometanas, el llanto que se derramó en tiempo de Boabdil... El balbuceo entrecortado de los labios que se apoderan de mí, repite, con extravío, la palabra mora, la palabra honda y cruel:

—¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita...

Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del incidente hemos salido novios, esposos prometidos—y cuando D. Juan Clímaco vuelve, habiendo mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo—José María, pasándose la mano bien cortada y pulida por el juvenil mostacho, dice á su padre:

—Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune... Quiere eya vé eso pueblo bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía.

A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor vuelve. ¿Es esto amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el licor, que ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago la luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias veces, bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de que no podré dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por resquicios de las ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo apagando el ruido de mis pasos para llamar á Octavia, que me haga en mi maquinilla una taza de tila. El cuarto de la francesa está al extremo del pasillo, frente á mi departamento, que comprende alcoba, tocador, gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al cual sus dueños vienen rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre la penumbra, adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se abre, y un bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el comedor, al patio central. No importa que se haya dado tal prisa. Conozco la silueta, conozco el andar. Es mi primo. El también me ha visto, ¡me ha visto perfectamente! ¡Gracias, primo José María! Glacial, serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi resolución.

Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en busca de la familia, él no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo bailé el fandango, quedé rendida y me levanté tarde!

—Puede que haya sido eso...

—Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo milagro para yevarte á la Sierra con má comodidá...

—Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco fatigada, y además, he recibido aviso de que es necesaria mi presencia en Madrid para asuntos. Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche...

La transformación de la cara del señor, fué algo que siento no haber fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo, que ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la presa, le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que no era capaz de explicarse.

—¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? Tú no te vas. ¿Estás loca?

Bajo el tono que quería ser de chanza, había la indicación amenazadora. Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco del surtidor nos halagaba. Adopté el estilo cortés, acerado, la mejor forma de resistencia.

—Tío, supongo que usted no me querrá detener por fuerza. Lo siento en el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero necesito irme.

—Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.

—Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por ahora—transigí.—Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución. Menos aún cambiaría ante lo violento.

—Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho. Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo, mi hijo y tú...—Y juntó las yemas de los pulgares.

Me levanté tranquila, hasta sonriente—aunque por dentro, un terremoto de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la bolsa ó la vida, apostado en un desfiladero de la Sierra. Todo el britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y, acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:

¡Soniche!

A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si pudiese...

¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié.

—Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca. Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la mano...

Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el dolor del magullamiento.

—¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...—Y cuando rompí á andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi cabal juicio.

V
Intermedio lírico.

Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio es indecible.

—¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien? ¿Algún disgusto?

—Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me lo dicta mi antojo.

—Es que tu tío me escribió que te quedarías con ellos hasta el otoño, y que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París.

—Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes.

La cara de D. Genaro adquirió una expresión de ansiedad tal, como si viese abrirse un abismo.

—¿De modo que... lo de José María...?

Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló».

Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la cabeza con ambas manos, tartamudeando:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!

—¡Nada!—respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi... intendente.

—¡Sea como tu quieras!—suspira desde lo hondo D. Genaro.

—Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi... de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...

—Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?

Sonrío y me encojo de hombros.

—Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo practicar un poco el inglés.

A solas, repantigada en mi serre diminuta, recuerdo el breve episodio granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al rendirme—porque moralmente rendida estuve—á un quidam, pues José María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que pasa por la acera de enfrente—yo también me conduje como cualquiera... ¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese?

Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio...

¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?

¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!

Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la serpiente!

¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle; modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos informes..., pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!

Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga, que sorbe golosamente mis párpados con su boca...

—¡Sangresita mía...!

¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?

¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared. ¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el remedio contra las sorpresas de la imaginación.

Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable, me acude la memoria de una lectura, la del Médico de su honra. La intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama físico, como el confesor en el moral...

El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos, eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina! ¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...

Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de especialista—¡oh, qué anticipada repugnancia!—sino de quien solicita clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He aquí el templo de los misterios eleusiacos...

Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de medio pelo. Una cartela de metal—Doctor Barnuevo, de tres á cinco...—La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...

Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla.

El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos dientes, en la voz, en todo—á pesar del desgaste y de la fatiga tan visibles.—Inicia un interrogatorio.

—No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio... extraño. Muy grande.

Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.

—Señora...

—Señorita...

—Bien, pues señorita...

—No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo...

Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro...

—¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así, doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?

En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración. Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.

—No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es singular...

—Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.

—Seguramente es usted una señora...

—¡Señorita!

—¡Ah, claro! ¡Naturalmente!—sonrió.—Una señorita excepcional. Por eso me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis lecciones?

—Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor, entiende á media palabra.

Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más desembarazo.

—Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la experiencia... que acaso no tendré nunca.

—Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...

—Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo que he percibido yo, profana... Pues he notado que el sentimiento más fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es la vergüenza. ¿Me equivoco?

—No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...

—¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa, tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada, imposible de tragar?

—Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!—arguyó festivo.

—¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique, usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias, pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!

—¡Pues lo confieso!—asistió.—¡Hay cinismos, en ciertas profesiones, que no son sino vergüenza vuelta del revés!

—¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso?

—La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de nieblas encantadoras. La especie exige...

—Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima. Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con tenacillas lo que no mancha.

—Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la maternidad! ¡La sagrada maternidad!

Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo medir.

—¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!

El médico, de una ojeada, me escrutó.

—¿Está usted de prisa?

—Nadie me aguarda...

Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos ojuelos zainos, de desconfianza.

—Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre.

Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados, sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada. La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin falsos reparos, enseña, señala, insiste, cuando lee en mis turbias pupilas que no he comprendido.

A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un respiro y me abanica con un número de periódico...

¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira, desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...

—Siento náuseas—suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor?

—A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta...

De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de oro y cristal de las sales. Respiro.

—Adelante... El mal camino, andarlo pronto...

—Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos.

—Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta.

Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo, ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo en compañía del sepulturero.

El vuelve á echar paletadas de tierra más fétida. Agotadas las láminas corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en dentelladuras horrendas!

—Esto está mal—insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me estoy arrepintiendo, señorita!

—¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita usted nada. ¿Las anormalidades?

—¿También eso?

—También.

—¡Qué brutalidad... la mía!

—La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo.

Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas; los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas, las rituales infamias de los cultos demoniacos...

Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me salvan de un ataque nervioso. El Doctor, conmovido, interroga:

—¿Basta?

—Basta. Deme usted la mano, con...

El encuentra la frase delicada y justa.

—Con el sentimiento más fraternal.

—¡Y quién podrá jamás cultivar otro!—grito, en un arranque.—Doctor, debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus honorarios.

—No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de llorar..., como usted!

—¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente tan... insólita?

—¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón, y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted tan desencajada... Acaso tenga fiebre.

—Gracias... Se me hace tarde...

Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña. Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente de pasear sola y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El cochero me miraba. Comprendí.

—¿Puede usted llevarme á casa?

—Suba la señora...

La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible, hediondo...

En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los arrayanes!

Y dando vueltas sobre espinas, repetía:

—¡Nunca! ¡Nunca!

VI
El de Carranza.