V

No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este amigo, cuya boca no sufre candados.

—Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía.

—Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen ley moral desde el momento en que se ordenan!

Le llevé la corriente.

—En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo; la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de todo; de tonterías sin importancia.

—Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano, revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!

—¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué vendrá tal arte de maquiavelismo?

Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas.

—¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...

—Usted es muy buen amigo—declaré.

—No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza.

—¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D. Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y... ¿conoce usted á D. Genaro?

—Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña, venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba medio ciega y hacías de ella á tu capricho.

—¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de Farnesio?

—Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía.

—Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?

—Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D. Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España. Esto de los apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido rastrear en Godoy Alcántara, venían de...

—¡Sí, sí, lo recuerdo!—exclamé evitando que aquel enemigo de toda preocupación nobiliaria me espetase su genealogía—. Pero se me ocurre: D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?

—El, no. Lo era su padre.

—Y á su padre ¿le conoció usted también?

—Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.

—¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto consultar á usted.

Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura.

—¿Diga usted—porfio—, D. Jenaro viviría siempre con los señores de Mascareñas?

—No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León, en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.

—¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.

—Solterón, como yo...—se ufanó Polilla.

—Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero usted no ignora qué poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los antecedentes de una persona hoy tan allegada. Al fin, Farnesio va siendo mi brazo derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Céspedes, el marido de doña Catalina.

—¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores, Farnesio no administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa Farnesio, para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil cuestiones y pleitos que intentó la familia de Céspedes. Y como doña Catalina no se daba mucha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso sí: es honrado á carta cabal, y entiende el busílis. En sus manos, debe de haber crecido como la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor para tí, hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos á que no te lo dice!

—Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y... á propósito... Y á mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer?

—Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay noticias, hay noticias.

—Vengan... ¡Pobrecitos papás míos!

—Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un primo hermano del padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, perdió hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus hijos les dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina muchísimo. Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal?

—¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo pobre tantos años?

—Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y rodando, tu papá conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy contando?

—No lo crea. Los recuerdos de la niñez son confusos. Sé que mi padre también murió joven.

—No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.

—Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y hasta parece que...—Hice ademán de alzar el codo.

—Ya que estás enterada...—balbuceó, turbadísimo, D. Antón.

—Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo.

Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza, sentencioso.

—Vamos á ver—insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de biblioteca—todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...

—¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las Dominicales. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos.

—¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?

—¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad, el amor; su odio á la vida toma esa forma.

—El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case.

—Negocio verá en ello. Que si no...

—¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?

—¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.

—Creo que tiene usted razón—asentí—. Y en lo de ahora, ya viviré prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus advertencias.

—Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime.

¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las manos la antorcha. Me has enseñado, buen maestro, lo que no sabes. ¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la honra de mi madre!

Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída completamente...

Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes, criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo, un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata, imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege; vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su hija. Catalina se une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla. Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato, han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio, la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio, hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada (el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo, en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña, que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo. Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe, á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados. La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No! El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre...

A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto ¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja, se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un mundo en que hasta sufro privaciones.

Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces cesa la catequización... Sobreviene la larga enfermedad de doña Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo consigue!—Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior, prontamente lo soluciono. Me quedo con mis padres oficiales. Si lo fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración, pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia que él ha querido que existiese...

—Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.

—¡Es muy justo! No comprendo—aquí que hablamos sin hipocresía—más religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en eso se basa...

Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas, fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó á mucha gente, y en que—éste era su caballo de batalla—los cuerpos de los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas—, repetía—, y echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me he remontado á las fuentes!»

III
Los procos.

I
EPISODIO SOÑADO

Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!

La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas, azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado.

¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está, clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo crease y que ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia quién?

No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?

Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las últimas funciones de la temporada—este año la Pascua cae muy tarde—encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente—porque Farnesio, cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados párpados—me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de antemano, la sinfonía de Lohengrin.

Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad ó preñadas, en meses mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no, atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...? Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche, pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como Elsa de Brabante, habremos vivido.

El preludio acentúa su magnífico crescendo. Saboreo el escalofrío del tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y Telramondo estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.

Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase Cristalli,—y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino como el choque de dos copas muselina.—¿Su edad? Rasurado, con los suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.

Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente, clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación de levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada carne?

La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber, qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en el aire?

Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad, amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro los ojos; me basta escuchar, cuando el raconto se alza, impregnado de caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el raconto se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre, pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La pasión íntima que late en el raconto, aquel ideal hecho vida, me corta la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme; tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un infinito.

«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»

Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y murmurarme las inefables palabras...

Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del foyer, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli. «Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!.

Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal borrado el blanquete, corto el cabello en la fuerte nuca, algo saliente la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón tendí la tela de un devaneo psíquico...

Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora, terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias, encargados ad hoc para que no raspen su garganta, absorbiendo Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata, pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado, propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y caracterizan el ágape de los apasionados del divo.

Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y, despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos sale un cuchicheo.

—¿Quién es?

—No la conozco.

—¡Buena mujer!

II
EL DE POLILLA

Una mañana, ¡sorpresa!—Se aparece en mi casa el bueno de D. Antón, pidiéndome familiarmente de almorzar.

Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los cuerpos de los niños mártires...

—Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación, Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía Carranza? También por acá se es erudito.

Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de trepidación azogada, propia de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que le sirvo en la serre, al retirarse los criados, se espontánea.

—¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes que temo por tí!; temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un intrigante ó con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en algo grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar; pero que saldrá, es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo. ¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que este modesto pensador, arrinconado en un pueblo, lejos del bullicio y hervidero intelectual, pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio eminente.

—¿Chartreuse verde ó amarilla?

—Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te va á impresionar. Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces alardeas, en tu corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él y tú os comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas?

—No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en deseos de conocer á mi proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de mi Patrona?

—¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona! Carranza es un iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis.

—Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy á conocer á ese gran pretendiente?

—Cuando quieras. No he venido más que á eso; á poneros en contacto. Te advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de estudio.

—Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un retrato, tamaño como un grano de centeno.

—Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí provistarme... En fin, mañana verás al original.

—Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No extrañará usted esta exigencia...

—Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré hablado de él, más de una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor amigo, compañero de estudios, que se casó con una prima mía, y en su casa, en el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este muchacho le ví nacer. ¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece, pero así y todo, y aun contando con el indiferentismo de España hacia los que valen...

—¿Se llama?

—Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el autor de la Gobernación colectiva del Estado, del Sudor fecundo, de Los explotadores, y de otras muchas obras que permanecen inéditas, por nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer que aquí se padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía.

—Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la codicia no me ciega.

En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla se levantó, sin concluir de apurar el globito truncado donde le había servido el aceitoso licor—, y, tiernamente, me tomó las manos.

—¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo que te hace superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no bastándoles relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo dándote por cárcel las verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que ser del partido de los oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no una venganza vil y ruin. Una venganza como la practicaría el filósofo Jesús. Redimiendo á las que, cual tú, sean víctimas de esos sicarios. Abriéndoles la puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el niño se eduque en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya!

—¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del noviazgo?

—¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos realizaréis tan bello ideal!

Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la orilla flotante de mi traje de interior, de crespón de la China, bordado de seda floja, y guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad de mi luto.—Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo metálico, las notas de la Rêverie de Manon, cantada por Anselmi.

—Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no podría yo desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario?

—¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo respecto á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros...

—Pero si no me caso... ya la sagrada tarea maternal...

—Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la vida... serás discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo, sino á la humanidad entera.

—¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones de hombres como componen la humanidad! ¿Más chartreuse?

Y, notando la emoción del filántropo, transijo.

—Su doctrina de usted, Polilla, es realmente cristiana.

—Como que este es el verdadero cristianismo, y no lo que pregonan los de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de Carranza, soy yo cien veces.

—¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador?

—Si por librepensador se entiende no admitir cosas que repugnan á mi razón...

—Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi razón no ha aceptado? Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin ambajes...

Sintió el floretazo y se aturdió.

—Según, niña, según... Si lo que llamas razón es, al contrario, preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie para alumbrar tu inteligencia como Aparicio.

Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho en llanto con que termina la sentimental rêverie. Me estorbaba, en aquel instante, Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando malignidades.

—Venga Aparicio, pues.

—¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una visita, tal vez se acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha criado en los salones. Su talento es de otro género; género superior. ¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista?

Batí palmas.

—Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores basados en la filantropía, no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á su ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las seis de la tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche; ustedes se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al pronto, se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi cuenta.

Polilla trepidaba.

—¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! ¡Mira, Lina, como se trata de una persona tan diferente de las demás... hay que esmerarse! Y eso es muy bonito...

Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto cuando me hundí en las nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía, el cantueso abría sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se desprendían de los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro...

Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las rodillas, aunque no hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón del coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato anochecer, yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las márgenes del Manzanares, la fisonomía especial de los tipos populares que en ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente también me escudriña, ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos ellos—mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros aprestándose á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos fumaduras—me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre base sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y tedio infinito.—He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar tiernamente y redimir!

Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los golfillos claqueando sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas manos, leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme, de enredar los dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático perrillo, que al recibir las punzantes emanaciones de la suciedad y la miseria, mosquea una orejilla y gruñe en falsete. Después de implorar «medio centimito», los comentarios.

—¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata!

Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el contacto... Es el movimiento del enfermo que intenta palpar la reliquia. El padecimiento de éstos consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el lujo. Quieren manosear el lujo, á ver si se les pega.

Y acaso por primera vez—al salvarme de la turba entre las arboledas—medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir á esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que acaban de comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi cusculetillo; los que, entre chupada y chupada de fétido tabaco, trocaron, al verme pasar, una frase aprendida en algún teatro sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no me aman, ni me amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces...

Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de tardar en saberlo...

Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su candidez. Si en estos instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es que me aguarde; es que aguarda á mi fuerza, á mis millones...

Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha ocurrido la idea de que esta es mi primera cita de amor...