DEL MISMO AL MISMO.
Marzo.—Pontevedra.
¡Ah, Camilo! Hoy sí que te escribo corrido y avergonzado, y lo hago para que al llegar á esa no me hables ya palabra del asunto y olvides el contenido de esta carta. Á la menor guasa, al menor indicio de que quieres aludir á mi historia ó burlarte de ella, dejaríamos de ser amigos para siempre. Lee, pues, estas páginas y rómpelas, rompe ó quema toda mi correspondencia de este invierno.
Por la fecha de la carta comprenderás que ya no estoy en la Fontela. He venido aquí á tomar el billete para llegar á esa por la vía de Portugal. De modo que, veinticuatro horas después de leer mis letras, me tendrás á tu lado y calmaré el disgusto de mis padres, haciéndoles creer (cuento contigo para el caso) que todo fué una pesada broma que quise darte, y á la cual tú prestaste fe.
Abreviando. Has de saber que una semana después de la venida del cura tuve aquí lo que menos pensarás: máscaras. ¡Máscaras en la Fontela! Sí, máscaras. Era el domingo de Carnaval, y estaba yo acabando de comer cuando sentí en el patio grandísima algazara, risas, brincos, prolongados toques de cuerno y repique de castañuelas y panderetas, y asomándome á la
ventana, ví con asombro hasta media docena de máscaras. Se les conocía que lo eran por unas groserísimas caretas de cartón y por ciertos detalles muy exagerados del traje que vestían, que no era otro sino el de los paisanos de esta localidad. Había tres hombres y tres mujeres: tres parejas muy cogidas del brazo. Las mujeres traían panderos y castañuelas; uno de los hombres una gaita, que tocaba áspera y destempladamente; otro esgrimía una vejiga de puerco hinchada y puesta al extremo de un cordel, con la cual sacudía vejigazos á sus compañeros y compañeras, y otro, por la abertura de la careta, soplaba un cuerno descomunal, arrancándole sonidos lúgubres y grotescos. En cuanto me vieron las máscaras, movieron un alboroto formidable, y corrieron al asalto, subiendo la escalera y penetrando en mi habitación, que asordaron con sus gritos y tocatas. En un momento me ví empujado, abrazado, vejigueado, pellizcado y sin saber qué cara poner ante la bulliciosa alegría de los que yo juzgaba aldeanos en día de jarana.
Recordé los deberes que impone la hospitalidad, y corriendo á mi alacena, saqué de ella cuantas botellas de vino y licor poseía, y las ofrecí á mis visitantes. Con gran sorpresa mía no las rehusaron ni se lanzaron á apurarlas, sino que aceptaron cortésmente algunas copas, y una de las máscaras femeninas pidió un vaso de agua. Llamé á Maripepa para que lo sirviese, y empecé á reparar que las máscaras, afectando el lenguaje y modales de los paisanos, mostraban en no sé qué pormenores pertenecer á otra clase social. La observación me interesó, y ya me divertía algo la mascarada. Una de las hembras, destapando la fiambrera que llevaba colgada del cuello, me ofreció con los dedos filloas, especie de tortilla delgada como una hoja de papel, redonda como una hostia y bastante grande, que aquí suele comerse en tiempo de Carnestolendas; y al ver el buen ánimo con que me eché al coleto media docena de aquellas porquerías, las otras dos damiselas (que ya me iban pareciendo tales) me sacaron, quieras que no quieras, al centro de la sala, y empezaron á bailar, meneando panderos y castañuelas y convidándome con muchas vueltas y mudanzas. Por no aparecer pedante me dejé embullar y dí cuatro brincos, con poquísima gracia de seguro, pues ya conoces la extensión de mis habilidades coreográficas. Después dos bailarinas se colgaron de mis brazos, pidiéndome que les enseñase la casa y la huerta.
Insistí para que se descubriesen, y no fué posible lograrlo; resistiéronse, pretextando que tenían una gran broma para mí y les importaba conservar la careta. En efecto, apenas llegamos á la huerta empezaron á darme una carga terrible, describiéndome, con más gracia y donaire del que yo esperaba, y en un chapurrado mitad castellano y mitad gallego, la linda figura que haríamos Maripepa y yo de bracero por Madrid, asombrando á la corte. Competían en chiste las dos máscaras, y á cada una se le ocurrían detalles risibles: ésta pintaba á Maripepa calzándose botitas de raso blanco para ir al besamanos del Rey: la otra recalcaba y la suponía metiendo trabajosamente las manos en los guantes y manejando el abanico al entrar en el cuarto de la Infanta. Por esta manía de considerarme á mí hombre que frecuenta el real palacio y tendría forzosa obligación de ir con su mujer á saludar á las augustas personas, y también por ciertos indicios de estatura, voz gruesa, etc., vine en conocimiento de que mis máscaras no eran sino las señoritas de la feria.
Un rayo de luz me iluminó, y comprendí quiénes debían ser dos, por lo menos, de los máscaras varones. Sin duda alguna el barbarote que soplaba en el cuerno era el notario; el inhábil tocador de gaita sería el señorito, y no me atreví á calcular cómo se llamaría el que con tal agilidad manejaba la vejiga de puerco, por no ofender con juicios temerarios su respetable carácter sacerdotal.
Al punto me hice cargo de las chanzas que iba á tener que sufrir, de todo lo que aquellas gentes se preparaban á decirme, é hice provisión de paciencia; porque, estaba visto, el cura les había informado de todo y venían dispuestos á divertirse conmigo sin misericordia. Poco me agradó la perspectiva; pero echando mano de la reflexión, me resolví á sufrir con resignación y exterior agrado cuánta matraca me diesen, apuntándola como primer partida en la cuenta del subido precio á que el mundo cobra el cumplimiento del deber. Echéme, por decirlo así, en brazos de las máscaras, y ellas comenzaron á zarandearme, unas llevándome á un rincón, otras á otro, y todas diciéndome, en sustancia, lo mismo.
Lo que me dijeron... Lo que me dijeron, Camilo, no fué lo que yo suponía, y aquí empieza la parte de confidencia que más debes olvidar de toda esta denigrante historia. Me dijeron... En fin, Camilo, yo pensaba que me atacarían por ser un Quijote, y resultó que estaba siendo un sandio; resultó que había caído en la más ridícula majadería; que juzgaba haber pisoteado una flor, y no había hecho sino recoger de la carretera la flor pisoteada ya... Y por qué piés, ¡Dios mío! ¡Por qué inmundos y villanos piés!
Sentí que toda la sangre me afluía al rostro, y bajé la cabeza, oyendo resonar en mi cerebro vacío carcajadas afrentosas; no supe qué contestar ni qué hacer; fingí serenidad y oculté la sorpresa, dándome por enterado, y ví con satisfacción acercarse la noche y á mis huéspedes prepararse á partir. Antes que lo hiciesen llamé aparte á uno de ellos, y cogiéndole la mano y oprimiéndosela con rabia, le dije:
—Si eres persona decente, asegúrame á cara descubierta eso que me acabas de contar con ella tapada.
El máscara apartó la careta y ví la faz lánguida, enjuta y grave del señorito de Limioso, que con un aire de sinceridad que hizo penetrar en mí profunda y humillante convicción, me contestó:
—Nos puede creer, Rojas, mire que no le engañamos; á fe, nos daba lástima verle tan equivocado, y nos animamos á venir hoy, más bien para sacarle las telarañas de los ojos que para pasar el rato... Ya sabíamos que se divertía con la chica; ¡cosas de la edad! adelante; nadie tiene que meterse en líos agenos; pero el cura me ha contado que Vd. le dijera que se casaba, y eso ya es gordo, amigo... ¡Ay! Déjeme limpiarme el sudor, que me sofoqué soplando en la maldita gaita.
No obstante, así que la comparsa desfiló, entró en mi ánimo la duda. ¿No podía ser aquello una cruel venganza del notario contra Maripepa? ¿No podían estar de acuerdo todos para burlarse del señorito madrileño? Y, por último, para colmo de rubor, ¿no sentía yo á Maripepa aposentada dentro de mi corazón, y no me traían los afrentosos celos, además de sangre á las mejillas, lágrimas de rabia á los candentes lagrimales?
Tiré, pues, mis líneas, tendí mis redes, esperé y observé. Me convertí en espía, me oculté y me envilecí hasta atisbar... ¡atisbar en un establo, detrás de un pesebre, recogiendo el aliento grueso y húmedo de la vaca, que rumiaba tranquila sus puñados de florida hierba! ¡Cuán poco tiempo necesité para convencerme! ¡Y yo me corría de que el notario me disputase á Maripepa! Ahora mi rival era Manuel, aquel bárbaro al cual la falta de los dedos de la mano daba un aspecto tan repulsivo.
Salí de mi escondrijo deseoso de ocultarme, á ser posible, bajo siete estados de tierra; hice la maleta y dispuse que me ensillasen el jaco para la mañana siguiente. Al traerme algunos objetos que le pedí, observé que Maripepa lloraba, limpiándose con la manga de la camisa el llanto. No pude contener un impulso de ira; la cogí por los hombros, la sacudí y la increpé. Lo confesó todo, como la cosa más natural del mundo, llorando franca y apaciblemente. Manuel es su prometido hace dos ó tres años. Si no se han casado ya, es que no hay cuartos para el grosero ajuar y la comida de boda. He desempeñado papel más lucido de lo que pensaba, pues realmente aquí el engañado fué ese bestia de Manuel. Metí la mano en el bolsillo y saqué todo el dinero que tengo, menos el preciso para el viaje; saqué también el reloj y se lo eché en el regazo á Maripepa. Después la empujé suavemente hacia la puerta. Me parece que esperaba alguna caricia de despedida; pero ya no me sería posible ni tocarle amorosamente al pelo de la ropa. La ví salir, y me quedé abismado. ¡Quién sabe lo que hubiera sido para mí esta mujer, nacida en distinta condición, educada no diré de otro modo, sino de algún modo! Tal vez la más leal de las esposas—de seguro una de las más amantes.
Al día siguiente (hoy), monté temprano, fuí al Pazo de Limioso á apretar la mano del señorito bajo unas parras que entoldan su blasonada puerta, pasé por Naya y seguí á Cebre, despidiéndome con sendos abrazos del cura y del notario, y llegué á Pontevedra á las cinco de la tarde. Estoy escribiéndote porque ya no he cogido el coche que sale á Tuy. Lo cogeré mañana, me detendré un día en Oporto, y veinticuatro horas después de recibir ésta, repito que puedes ir á esperarme á la estación.
Silencio, nada de alusiones, nada de burlas, al menos por ahora, que aún sangra la herida. Sé para mí un juez indulgente. Yo sospecho que lo he de ser con todo el mundo.
Nieto del Cid
L anciano cura del santuario de San Clemente de Boán cenaba sosegadamente sentado á la mesa, en un rincón de su ancha cocina. La luz del triple mechero del velón señalaba las acentuadas líneas del rostro del párroco, las espesas cejas canas, el cráneo tonsurado, pero revestido aún de blancos mechones, la piel rojiza, sanguinea, que en robustas dobleces rebosaba del alzacuello.
Ocupaba el cura la cabecera de la mesa; en el centro su sobrino, guapo mozo de veintidós años, despachaba con buen apetito la ración; y al extremo, el criado de labranza, remangada hasta el codo la burda camisa de estopa, hundía la cuchara de palo en un enorme tazón de caldo humeante y lo trasegaba silenciosamente al estómago.
Servía á todos una moza aldeana, que aprovechaba la ocasión de meter también cucharada, ya que no en los platos, en las conversaciones.
El servicio se lo permitía, pues no pecaba de complicado, reduciéndose á colocar ante los comensales un mollete de pan gigantesco, á sacar de la alacena vino y platos, á empujar descuidadamente sobre el mantel el tarterón de barro colmado de patatas con unto.
—Señorito Javier—preguntó en una de estas maniobras—¿qué oyó de la gavilla que anda por ahí?
—¿De la gavilla, chica? Aguárdate...—contestó el mancebo alzando su cara animada y morena...—¿Qué oí yo de la gavilla? No, pues algo me contaron en la feria... Sí, me contaron...
—Dice que al señor abad de Lubrego le robaron barbaridá de cuartos... cien onzas. Estuvieron esperando á que vendiese el centeno de la tulla y los bueyes en la feria del quince, y ala que te cojo.
—¿No se defendió?
—¿Y no sabe que es un señor viejecito? Aun para más aquellos días estaba encamado con dolor de huesos.
El párroco, que hasta entonces había guardado silencio, levantó de pronto los ojos, que bajo sus cejas nevadas resplandecieron como cuentas de azabache, y exclamó:
—Qué defenderse ni qué... En toda su vida supo Lubrego por dónde se agarra una escopeta.
—Es viejo.
—Bah, lo que es por viejo... Sesenta y cinco años cumplo yo para Pentecostés y sesenta y seis hará él en Corpus, lo sé de buena tinta, me lo dijo él mismo. De modo que la edad... lo que es á mí no me ha quitado la puntería, alabado sea Dios.
Asintió calurosamente el sobrino.
—¡Vaya! Y si no que lo digan las perdices de ayer, ¿eh? Me remendó Vd. la última.
—Y la liebre de hoy, ¿eh, rapaz?
—Y el raposo del domingo—intervino el criado, apartando el hocico de los vapores del caldo.—¡Cuando el señor abad lo trajo arrastando con una soga así (y se apretaba el gaznate) gañía de Dios! Ouú... Ouú...
—Allí está el maldito—murmuró el cura señalando hacia la puerta, donde se extendía, clavada por las cuatro extremidades, una sanguinolenta piel.
—No comerá más gallinas—agregó la criada amenazando con el puño á aquel despojo inerte.
Esta conversación venatoria devolvió la serenidad á la asamblea, y Javier no pensó en referir lo que sabía de la gavilla. El cura, después de dar las gracias mascullando latín, se enjuagó con vino, cruzó una pierna sobre otra, encendió un cigarrillo, y alargando á su sobrino un periódico doblado, murmuró entre dos chupadas:
—Á ver luégo qué trae La Fe, hombre.
Dió principio Javier á la lectura de un artículo de fondo, y la criada, sin pensar en recoger la mesa, sacó para sí del pote una taza de caldo y sentóse á comerla en un banquillo al lado del hogar. De pronto cubrió la voz sonora del lector un aullido recio y prolongado. La criada se quedó con la cuchara enarbolada sin llevarla á la boca. Javier aplicó un segundo el oído, y luégo prosiguió leyendo, mientras el cura, indiferente, soltaba bocanadas de humo y despedía de lado frecuentes salivazos. Transcurrieron dos minutos, y un nuevo aullido, al cual siguieron ladridos furiosos, rompió el silencio exterior. Esta vez el lector dejó el periódico, y la criada se levantó tartamudeando:
—Señorito Javier... señor amo... señor amo...
—Calla—ordenó Javier; y, de puntillas, acercóse á la ventana, bajo la cual parecía que sonaba el alboroto de los perros; mas éste se aquietó de repente.
El cura, haciendo con la diestra pabellón á la oreja, atendía desde su sitio.
—Tío—siseó Javier.
—Muchacho.
—Los perros callaron; pero juraría que oigo voces.
—¿Entonces, cómo callaron?
No contestó el mozo, ocupado en quitar la tranca de la ventana con el menor ruido posible. Entreabrió suavemente las maderas, alzó la falleba, y animado por el silencio, resolvióse á empujar la vidriera. Un gran frío penetró en la habitación; vióse un trozo de cielo negro tachonado de estrellas, y se indicaron en el fondo los vagos contornos de los árboles del bosque, sombríos y amontonados. Casi al mismo tiempo rasgó el aire un silbo agudo, se oyó una detonación, y una bala, rozando la cima del pelo de Javier, fué á clavarse en la pared de enfrente. Javier cerró por instinto la ventana, y el cura, abalanzándose á su sobrino, comenzó á palparlo con afán.
—¡Re... condenados! ¿Te tocó, rapaz?
—¡Si aciertan á tirar con munición lobera.... me divierten!—pronunció Javier algo inmutado.
—¿Están ahí?
—Detrás de los primeros castaños del soto.
—Pon la tranca... así... anda volando por la escopeta... las balas... el frasco de la pólvora... Trae también el Lafuché... ¿oyes?
Aquí el párroco tuvo que elevar la voz como si mandase una maniobra militar, porque el desesperado ladrido de los perros resonaba cada vez más fuerte.
—Ahora, ahí, ladrar... ¿Por qué callarían antes, mal rayo?
—Conocerían á alguno de la gavilla; les silbaría ó les hablaría—opinó el gañán, que estaba de pié, empuñando una horquilla de coger el tojo, mientras la criada, acurrucada junto á la lumbre, temblaba con todos sus miembros y de cuando en cuando exhalaba una especie de chillido ratonil.
El cura, abriendo un ventanillo practicado en las maderas de la ventana, metió por él el puño y rompió un cristal; en seguida pegó la boca á la abertura, y con voz potente gritó á los perros:
—¡Á ellos, Chucho, Morito, Linda... Chucho, duro en ellos, ahí, ahí... ánimo. Linda, hazlos pedazos!
Los ladridos se tornaron, de rabiosos, frenéticos; oyóse al pié de la misma ventana ruido de lucha; amenazas sordas, un ¡ay! de dolor, una imprecación, y luégo quejas como de animal agonizante.
—¡El pobre Morito... ya no dará más el raposo!—murmuró el gañán.
Entretanto el cura, tomando de manos de Javier su escopeta, la cargaba con maña singular.
—Á mí déjame con mi escopeta de las perdices... vieja y tronada... Tú entiéndete con el Lafuché... yo, esas novedades... ¡Bah! estoy por la antigua española. ¿Tienes cartuchos?
—Sí señor—contestó Javier disponiéndose también á cargar la carabina.
—¿Están ya debajo?
—Al pié mismo de la ventana... Puede que estén poniendo las escalas.
—¿Por el portón hay peligro?
—Creo que no. Tienen que saltar la tapia del corral, y los podemos fusilar desde la solana.
—¿Y por la puerta de la bodega?
—Si le plantan fuego... Romper no la rompen.
—Pues vamos á divertirnos un rato... Aguarday, aguarday, amiguitos.
Javier miró á la cara de su tío. Tenía éste las narices dilatadas, la boca sardónica, la punta de la lengua asomando entre los dientes, las mejillas encendidas, los ojuelos brillantes, ni más ni menos que cuando en el monte el perdiguero favorito se paraba señalando un bando de perdices oculto entre los retamares. Por lo que hace á Javier, horrorizábanle aquellos preparativos de caza humana. En tan supremos instantes, mientras deslizaba en la recámara el proyectil, pensaba que se hallaría mucho más á gusto en los claustros de la Universidad, en el café ó en la feria del quince, comprándoles rosquillas y caramelos á las señoritas del Pazo de Valdomar. Volvió á ver en su imaginación la feria, los relucientes ijares de los bueyes, la mansa mirada de las vacas, el triste pelaje de los rocines, y oyó la fresca voz de Casildita del Pazo, que le decía con el arrastrado y mimoso acento del país:
—¡Ay, déme el brazo por Dios, que aquí no se anda con tanta gente!
Creyó sentir la presión de un bracito... No, era la mano peluda y musculosa del cura, que le impulsaba hacia la ventana.
—Á apagar el velón... (hízolo de tres valientes soplidos). Á empezar la fiesta. Yo cargo, tú disparas... tú cargas, yo disparo... ¡Eh, Tomasa!—gritó á la criada;—no chilles, que pareces la comadreja... Pon á hervir agua, aceite, vino, cuanto haya... Tú, añadió dirigiéndose al gañán, á la solana. Si montan á caballo de la muralla, me avisas.
Dijo, y con precaución entreabrió la ventana, dejando
sólo un resquicio por donde cupiese el cañón de una escopeta y el ojo avizor de un hombre. Javier se estremeció al sentir el helado ambiente nocturno; pero se rehizo presto, pues no pecaba de cobarde, y miró abajo. Un grupo negro hormigueaba; se oía como una deliberación en voz misteriosa.
—¡Fuego!—le dijo al oído su tío.
—Son veinte ó más—respondió Javier.
—Y qué!—gruñó el cura al mismo tiempo que apartaba á su sobrino con impaciente ademán; y apoyando en el alféizar de la ventana el cañón de la escopeta, disparó.
Hubo un remolino en el grupo, y el cura se frotó las manos.
—¡Uno cayó patas arriba... quoniam!—murmuró pronunciando la palabra latina, con la cual, desde los tiempos del seminario, reemplazaba todas las interjecciones que abundan en la lengua española.—Ahora tú, rapaz. Tienen una escala: al primero que suba...
Los dedos de Javier se crispaban sobre su hermosa carabina Lefaucheux, mas al punto se aflojaron.
—Tío—atrevióse á murmurar—entre esos hay gente conocida; me acuerdo ahora de que lo decían en la feria. Aseguran que viene el cirujano de Solás, el cohetero de Gunsende, el hermano del médico de Doas. ¿Quiere Vd. que les hable? Con un poco de dinero puede que se conformen y nos dejen en paz, sin tener que matar gente.
—¡Dinero, dinero!—exclamó roncamente el cura.—¿Tú sin duda piensas que en casa hay millones?
—¿Y los fondos del santuario?
—Son del santuario, quoniam, y antes me dejaré tostar los piés como le hicieron al cura de Solás el año pasado, que darles un ochavo. Pero mejor será que le agujereen á uno la piel de una vez y no que se la tuesten. ¡Fuego en ellos! Si tienes miedo, iré yo.
—Miedo no—declaró Javier; y descansó la carabina en el alféizar.
—Lárgales los dos tiros—mandó su tio.
Dos veces apoyó Javier el dedo en el gatillo, y á las dos detonaciones contestó desde abajo formidable clamoreo: no había tenido tiempo el mancebo de recoger la mano, cuando se aplastó en las hojas de la ventana una descarga cerrada, arrancando astillas y destrozándolas: componían su terrible estrépito estallidos diferentes, seco tronar de pistoletazos, sonoro retumbo de carabinas y estampido de trabucos y tercerolas. Javier retrocedió, vacilando; su brazo derecho colgaba; la carabina cayó al suelo.
—¿Qué tienes, rapaz?
—Deben haberme roto la muñeca—gimió Javier, yendo á sentarse en el banco casi exánime.
El cura, que cargaba su escopeta, se sintió entonces asido por los faldones del levitón, y á la dudosa luz del fuego del hogar vió un espectro pálido que se arrastraba á sus piés. Era la criada, que silabeaba con voz apenas inteligible:
—Señor... señor amo... ríndase, señor... por el alma de quien lo parió... señor, que nos matan... que aquí morimos todos...
—¡Suelta, quoniam!—profirió el cura lanzándose á la ventana.
Javier, inutilizado, exhalaba ayes, tratando de atarse con la mano izquierda un pañuelo; la criada no se levantaba, paralizada de terror; pero el cura, sin hacer caso de aquellos inválidos, abrió rápidamente las maderas y vió una escala apoyada en el muro, y casi tropezó con las cabezas de dos hombres que por ella ascendían. Disparó á boca de jarro y se desprendió el de abajo; alzó luégo la escopeta, la blandió por el cañón y de un culatazo echó á rodar al de arriba. Sonaron varios disparos, pero ya el cura estaba retirado adentro, cargando el arma.
Javier, que ya no gemía, se le acercó resuelto.
—Á este paso, tío, no resiste Vd. ni un cuarto de hora. Van á entrar por ahí ó por el patio. He notado olor á petróleo; quemarán la puerta de la bodega. Yo no puedo disparar. Quisiera servirle á Vd. de algo.
—Viérteles encima aceite hirviendo con la mano izquierda.
—Voy á sacar la Rabona de la cuadra por el portón, y á echar un galope hasta Doas.
—¿Al puesto de la Guardia?
—Al puesto de la Guardia.
—No es tiempo ya. Me encontrarás difunto. Rapaz, adiós. Rézame un Padre nuestro y que me digan misas. ¡Entra, taco, si quieres!
—¡Haga Vd. que se rinde... entreténgalos... Yo iré por el aire!
La silueta negra del mancebo cubrió un instante el fondo rojo de la pared del hogar, y luégo se hundió en las tinieblas de la solana. El tío se encogió de hombros, y asomándose, descargó una vez más la escopeta á bulto. Luégo corrió al lar y descolgó briosamente el pesado pote que pendiente de larga cadena de hierro hervía sobre las brasas. Abrió de par en par la ventana, y sin precaverse ya, alzó el pote y lo volcó de golpe encima de los enemigos. Se oyó un aullido inmenso, y como si aquel rocío abrasador fuese incentivo de la rabia que les causaba tan heróica defensa, todos se arrojaron á la escala, trepando unos sobre los hombros de otros; y á la vez que por las tapias se descolgaban dos ó tres hombres y luchaban con el gañán, una masa humana cayó sobre el cura, que aún resistía á culatazos. Cuando el racimo de hombres se desgranó, pudo verse á la luz del velón que encendieron, al viejo, tendido en el suelo, maniatado.
Venían los ladrones tiznados de carbón, con barbas postizas, pañuelos liados á la cabeza, sombrerones de anchas alas y otros arreos que les prestaban endiablada catadura. Mandábalos un hombre alto, resuelto y lacónico, que en dos segundos hizo cerrar la puerta y amarrar y poner mordazas al criado y la criada. Uno de sus compañeros le dijo algo en voz baja. El jefe se acercó al cura vencido.
—Eh, señor abad... no se haga el muerto... Hay ahí un hombre herido por Vd. y quiere confesión...
Por la escalera interior de la bodega subían pesadamente conduciendo algo; así que llegaron á la cocina vióse que eran cuatro hombres que traían en vilo un cuerpo, dejando en pos charcos de sangre. La cabeza del herido se balanceaba suavemente; sus ojos, que empezaban á vidriarse, parecían de porcelana en su rostro tiznado; la boca estaba entreabierta.
—¡Qué confesión, ni!...—dijo el jefe.—¡Si ya está dando las boqueadas!
Pero el moribundo, apenas lo sentaron en el banco, sosteniéndole la cabeza, hizo un movimiento, y su mirada se reanimó.
—¡Confesión!—clamó en voz alta y clara.
Desataron al cura y lo empujaron al pié del banco. Los labios del herido se movían como recitando el acto de contrición; el cura conoció el estertor de la muerte y distinguió una espuma color de rosa que asomaba á los cantos de la boca. Alzó la mano y pronunció ego te absolvo en el momento en que la cabeza del herido caía por última vez sobre el pecho.
—Llevárselo—ordenó el jefe.—Y ahora diga el señor abad dónde tiene los cuartos.
—No tengo nada que darles á Vds.—respondió con firmeza el cura.
Sus cejas se fruncían, su tez ya no era rubicunda, sino que mostraba la palidez biliosa de la cólera, y sus manos, lastimadas, estranguladas por los cordeles, temblaban con temblequeteo senil.
—Ya dirá Vd. otra cosa dentro de diez minutos... Le vamos á freir á Vd. los dedos en aceite del que usted nos echó. Le vamos á sentar en las brasas. Á la una... á las dos...
El cura miró alrededor y vió sobre la mesa donde habían cenado el cuchillo de partir pan. Con un salto de tigre se lanzó á asir el arma, y derribando de un puntapié la mesa y el velón, parapetado tras de aquella barricada, comenzó á defenderse á tientas, á oscuras, sin sentir los golpes, sin pensar más que en morir noblemente, mientras á quemarropa le acribillaban á balazos...
El sargento de la Guardia civil de Doas, que llegó al teatro del combate media hora después, cuando aún los salteadores buscaban inútilmente bajo las vigas, entre la hoja de maíz del jergón, y hasta en el Breviario, los cuartos del cura, me aseguró que el cadáver de éste no tenía forma humana, según quedó de agujereado, magullado y contuso. También me dijo el mismo sargento que desde la muerte del cura de Boán abundaban las perdices; y me enseñó en la feria á Javier, que no persigue caza alguna, porque es manco de la mano derecha.
El Indulto
E cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de Marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento; á veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.
Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, á media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios: nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de Antonia y á los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fué asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro; nadie, tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según ésta misma declaraba, añadiendo que desde mucho atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos ó tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fué tan indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató á la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como la que los matachines dan á los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo, no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenzó á infundir sagrado terror, cuando fué esparciéndose el rumor de que su marido se la había jurado para el día en que saliese de presidio, por acusarle. La desdichada quedaba en cinta, y el asesino la dejó avisada de que, á su vuelta, se contase entre los difuntos.
Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo; tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el crimen la aquejaban; y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho, dieron de mamar por turno á la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.
¡Veinte años de cadena! En veinte años (pensaba ella para sus adentros), él se puede morir ó me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía. La hipótesis de la muerte natural no la asustaba; pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban, indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, ó, como decían ellas, se volviese de mejor idea: meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:
—¿Eso él? ¿de mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro...
Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.
En fin, veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele á Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, ó que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no lo devolvería jamás; ó que aquella ley, que al cabo supo castigar el primer crimen, sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que á sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido, y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.
¡Singular enlace el de los acontecimientos! No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y el pecho cargado de condecoraciones, daba la mano ante el ara á una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuento á una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:
—Mi madre... ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!
El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó
á Antonia; algunas se dedicaron á arreglar la comida del niño, otras animaban á la madre del mejor modo que sabían. Era bien tonta en afligirse así. ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias á Dios, y audiencia, y serenos; se podía acudir á los celadores, al alcalde...
—¡Qué alcalde!—decía ella con hosca mirada y apagado acento.
—Ó al gobernador, ó al regente, ó al jefe de municipales; había que ir á un abogado, saber lo que dispone la ley...
Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar á su marido para que le metiese un miedo al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó á quedarse todas las noches á dormir en casa de la asistenta; en suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió á intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse consultar á un jurisperito, á ver qué recetaba.
Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo á preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba á la hija de la víctima á vivir bajo el mismo techo, maritalmente, con el asesino!
—¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran!—clamaba indignado el coro.—¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
—Dice que nos podemos separar... después de una cosa que le llaman divorcio.
—¿Y qué es divorcio, mujer?
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan nunca, y peor aún si se acababan, porque los perdía siempre el inocente y el pobre.
—Y para eso—añadió la asistenta—tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.
¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado á la madre? ¿Eso no era mal trato, eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?
—Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se quieren pruebas claras...
Se armó una especie de motín; había mujeres determinadas á hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contra-indulto; y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fué la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.
Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada á sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo, creyó hacer un favor á aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la reina iba á parir, y habría indulto, de fijo.
Fregaba la asistenta los pisos, y al oir tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas á la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. Á los recados que le enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos á labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó á esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿por qué le había de coger el indulto á su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; matar á la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía á presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pié del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! si habían de matarla, mejor era dejarse morir.
Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.
—Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó á andar camino del lavadero. Á las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida é iba á retirarse? ¿Inventóla alguien con fin caritativo, ó fué uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos ó los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oirlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.
—¿Pero de veras murió?—preguntaban las madrugadoras á las recién llegadas.
—Sí, mujer...
—Yo lo oí en el mercado...
—Yo en la tienda...
—¿Á ti quién te lo dijo?
—Á mí, mi marido.
—¿Y á tu marido?
—El asistente del capitán.
—¿Y al asistente?
—Su amo...
Aquí ya la autoridad pareció suficiente, y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en vísperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la asistenta alzó la cabeza, y por vez primera se tiñeron sus mejillas de un sano color, y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría justa. Las lágrimas se agolpaban á sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen se había quedado cortada, es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido, que á la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.
Aquella noche, Antonia se retiró á su casa más tarde que de costumbre, porque fué á buscar á su hijo á la escuela de párvulos, y le compró rosquillas de ginete, con otras golosinas que el chico deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver á tomar posesión de ella.
Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño, entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía á los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.
Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que aterrado se le cogió á las faldas. El marido habló:
—¡Mal contabas conmigo ahora!—murmuró con acento ronco, pero tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia creía oir vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo á su hijo en brazos, echó á correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.
—¡Eh... chst! ¿Á dónde vamos, patrona?—silabeó con su ironía de presidiario.—¿Á alborotar el barrio á estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!
Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente; ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía, pero al fin era su padre! Levantóle en alto y le acercó á la luz.
—¿Ese es el chiquillo?—murmuró el presidiario. Y descolgando el candil, llególo al rostro del chico. Este guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase á su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.
—¡Qué chiquillo feo!—gruñó el padre, colgando de nuevo el candil.—Parece que lo chuparon las brujas.
Antonia, sin soltar al niño, se arrimó á la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas al rededor, y veía unas lucecicas azules en el aire.
—Á ver, ¿no hay nada de comer aquí?—pronunció el marido.
Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó á dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas; sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba, sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentóse el presidiario y empezó á comer con voracidad, menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pié, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y seco que relucía con ese barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más, y la convidó.
—No tengo voluntad...—balbució Antonia; y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.
Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla; ella, después, cerraría á cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Sólo que, probablemente, le sería imposible á ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido, apenas se vió saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió sosegadamente el pitillo en el candil.
—¡Chst!... ¿Á dónde vamos?—gritó, viendo que su mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta.—Tengamos la fiesta en paz.
—Á acostar el pequeño—contestó ella sin saber lo que decía; y refugióse en la habitación contigua, llevando á su hijo en brazos. De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre: pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió á la muerte de la vieja, obligó á Antonia á vender la cama matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba á desnudar al niño, que ahora se atrevía á sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.
Antonia le vió echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar; si su marido abriese una navaja, la asustaría menos quizás que mostrando tan horrible sosiego. Él se estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y limpia.
—¿Y tú?—exclamó dirigiéndose á Antonia.—¿Qué haces ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?
—Yo... no tengo sueño—tartamudeó ella, dando diente con diente.
—¿Qué falta hace tener sueño? ¿Si irás á pasar la noche de centinela?
—Ahí... ahí... no... cabemos... Duerme tú... Yo aquí, de cualquier modo...
Él soltó dos ó tres palabras gordas.
—¿Me tienes miedo ó asco, ó qué rayo es esto? Á ver cómo te acuestas, ó si no...
Incorporóse el marido, y extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba á desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y el niño fué quien, gritando desesperadamente, llamó al amanecer á las vecinas, que encontraron á Antonia en la cama, extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró sacarle gota de sangre. Falleció á las veinticuatro horas, de muerte natural, pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía, echó á correr como un loco.
Fuego á bordo
UANDO salimos del puerto de Marineda—serían, á todo ser, las diez de la mañana—no corría temporal: sólo estaba la mar rizada y de un verde... vamos, un verde sospechoso. Á las once servimos el almuerzo, y fueron muchos pasajeros retirándose á sus camarotes, porque el oleaje, no bien salimos á alta mar, dió en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de preparar la comida, nos divertíamos en tocar el acordeón y hacer hablar al pinche, un negrito muy feo: y nos reíamos como locos, porque el negro con las cabezadas de la embarcación y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno de los muchachos camareros, que les dicen stewarts, se llega á mí.
—Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.
—Pues vaya Vd. al ropero y cójalas, hombre.
—Allá voy.
Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.
¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado... Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dejó encendido, arrimado á los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y servilletas, había en el San Gregorio rimeros de paños de cocina, altos así, que llegaban á la cintura de un hombre. Por fuerza el cabo se quedó pegadito á alguno de ellos, ó cayó de la mesa, encendido, sobre la ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé qué cosa me daba á mí el cuerpo ya cuando salimos de Marineda. Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas castañuelas, y hasta parece que me hace falta alguna broma con los amigos, y la familia. Pues de esta vez... tan cierto como que nos hemos de morir... tenía yo atravesado algo en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La víspera del embarque le dije á mi esposa:
—Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola, que quiero ir limpio á bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
—Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le dí un beso, y mandé que me lo quitasen pronto de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía á la garganta. También la víspera fuí á casa del segundo oficial, el señorito de Armero, y estaba la familia á la mesa; y la madre, que es así una señora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
—Tome Vd. esta yema, Salgado.
—Mil gracias, señora, no tengo voluntad.
—Pues lléveles éstas á los niños... ¿Y qué le pasa á usted, que está qué sé yo cómo?
—Pasar, nada.
—¿Y qué le parece del viaje, Salgado?
—Señora, la mar está bella, y no hay queja del tiempo.
—No, pues Vd. no las tiene todas consigo... Le noto algo en la cara.
Para aquel viaje había yo comprado todos los chismes del oficio: por cierto que en la compra se me fué lo último que me quedaba: setenta duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el barco, ya se sabe: le dan á uno buena batería de cocina, grandes cazos y sartenes, carbón cuanto pida, y víveres á patadas: pero ciertas monaditas de repostería y de capricho, si no se lleva con qué hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de que me guste sobresalir en mi arte y que nadie me pueda enseñar un plato... Por cierto que esta vanidad fué mi perdición cuando sostuve restaurant abierto. Me daba vergüenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla en galantina, ó solomillo mechado, ó jamón en dulce, ó chuletas bien panadas y con su penachito de papel en el hueso... Y los parroquianos no acudían; y los platos se morían de viejos allí; y cuando empezaban á oler, nos los comíamos por recurso: mis chiquillos andaban mantenidos con trufas y jamón, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto el restaurant no sé qué sería de mí: de manera que encontrar colocación en el barco y admitirla fué todo uno. Pensaba yo para mi chaleco:—Ánimo, Salgado: de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal será que no puedas enviarle doce ó quince á la familia. No es la primera vez que te embarcas: vámonos á Manila: ¿quién sabe si allí te ajustas en alguna fonda y te dan mil ó mil quinientos reales mensuales y eres un señor? Lo dicho: la suerte, que arregla á su modo nuestros pasos... Estaba de Dios que yo había de perder mis chismes, y pasar lo que pasé, y volver á Marineda.
¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo: faltaría hora y media para la comida, cuando nos pareció que salía humo por la puerta del ropero. El que primero lo notó no se atrevía á decirlo: nos mirábamos unos á otros, y nadie rompía á gritar. Por fin, casi á un tiempo, chillamos:
—Mire Vd., no cabe duda: lo peor, en esos momentos en que suceden cosas horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando corrió el aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si media docena de hombres serenos tomasen la dirección imponiéndose, y aislasen el fuego en las entrañas del barco, estoy seguro de que el siniestro se evitaba. Yo que todo lo presencié, que no perdí detalle, puedo jurar que no entiendo cómo en un minuto se esparció la noticia y ya no se vieron sino gentes que corrían de aquí para allí, locas de miedo. Para mayor desdicha empezaba á anochecer, y la mar cada vez más gruesa y el temporal cada vez más recio, aumentaban el susto. Aquello se convirtió en una Babel, donde nadie se entendía, ni obedecía á las voces de mando.
El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín de pelo en pecho, valentón, y no tiene que dar cuenta á Dios de nada, pues el pobrecillo hizo cuánto estuvo en su mano, pero le atendían bien poco. Acaso debió levantar la tapa de los sesos á alguno para que los demás aprendiesen: bueno, no lo hizo: él fué el primero á pagarlo: ¡cómo ha de ser! Nos metimos él y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué importancia tenía el incendio: y apenas abrimos la puerta de hierro, nos salió al paso tal columna de humo y tal velo de llamas, que apenas tuvimos tiempo á retroceder, cerrar y apoyarnos, chamuscados y á medio asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
—Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las puertas de hierro á la parte de proa.
Él daría la orden á cualquiera de los que andaban por allí atortolados: puede que al tercero de á bordo: no sé: lo cierto es que no se cumplió, y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, á toda prisa, nos dedicamos á refrescar con chorros de agua las puertas de hierro, para que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen dejando paso á las llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no sucedió por allí sucedió por otro lado. Nos pasamos no sé cuánto tiempo remojando la placa, envueltos en humareda y vapor: mas al oir que por la proa salían las llamas ya, se nos cansaron los brazos, y huyendo de aquel infierno pasamos á la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el fuego y las esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en librar, si era posible, la piel: eso, los que aún eran capaces de pensar; porque muchísimos se tiraron en el suelo, ó se metieron á arrancarse el pelo por los rincones ó se quedaron hechos estatuas, como el tercero de á bordo, que tan pronto se declaró el incendio se sentó en un rollo de cuerdas y ni dijo media palabra, ni se meneó, ni soñó en ayudarnos.
Á las dos horas de notarse el fuego, la máquina se paró. Si no se para tenemos la salvación casi segura: ardiendo y todo, llegaríamos al puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo hiciese estallar la caldera. Todos preguntábamos al engineer, un inglés muy tieso, muy callado y con un corazón más grande que la máquina. No se meneaba de su sitio, ni se demudó poco ni mucho: abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
—Mi responde con mi head, máquina very-good, seguros por ella no explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos quedamos si cabe más aterrados; no creíamos que el incendio llegase hasta donde, por lo visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado y contenido, sino que era dueño de todo el interior del buque y no había más remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
—¡Barco perdido, don Raimundo!—dije al capitán.
—Barco perdido, Salgado.
—¿Y nosotros?
—Perdidos también.
—Esperanza en Dios, don Raimundo.
Y él se echó las manos á la cabeza y dijo de un modo que nunca se me olvida:
—¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho á Dios los trescientos cristianos que en aquel barco íbamos: pero algún pecado muy gordo debió ser el nuestro, para que así nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de temporal recuerdo—y mire Vd. que algo se ha navegado—ninguna más atroz, más furiosa que aquella noche. Una marejada frenética: el barco no se sostenía: ola por aquí, ola por acullá: montes de agua y de espuma que nos cubrían: ya no era balancearse, era despeñarse, caer en un precipicio: parecía que la tormenta gozaba en movernos y abanicarnos para avivar
el incendio. Soplaba un viento iracundo; llovía sin cesar; y la noche tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las caras. Unos lloraban de tal modo que partía el corazón; otros blasfemaban; muchos decían:—¡Ay mis pobres hijos!—No entiendo cómo el timonel era capaz de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.
Pronto empezaron á alumbrarnos las llamas, que salían por la proa no ya á intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro las soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no se pensase en esquifes; meterse en ellos, se reducía á adelantar la muerte. En esto gritaron que se veía embarcación á sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos cesado de disparar cohetes y fuegos de Bengala con objeto de que los buques, al pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía gente necesitada de socorro. Y vea Vd. cómo Dios, á pesar de lo que dije antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se encuentran los barcos que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más resueltos arriaron los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni oficiales, ni autoridad de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo á morir: ni se reparaba en peligro, ni había compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje, y lo imposible que era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas, por meterse en los esquifes. Aún parece que oigo las voces con que decían al contramaestre:
—¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que lo parió; la mano, nuestramo!
Y él en su maldita jerga catalana, respondía:
—No'm fa rés; no'm fa rés.
Y cuando los infelices querían halarse al esquife y se agarraban á la borda, los de dentro, desenvainando los cuchillos, amenazaban coserles á puñaladas.
De esta vez hubo ya bastantes víctimas: los esquifes se alejaron, y con ellos se fué nuestra esperanza. Después de recoger á aquellos primeros náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía mantenerse al pairo el temporal.
¡Á todo esto, si viese Vd. cómo iba poniéndose la cubierta! Oíamos el roncar del incendio, que parecía el resoplido de un animalazo horrendo, y á cada instante esperábamos ver salir las llamas por el centro del buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos á la parte de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable, y del piso de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los agujeros de los tornillos, llamitas cortas, igual que si á un tiempo se inflamasen varias docenas de fósforos sembrados aquí y acullá. Ya ni el frío ni la oscuridad eran de temer: qué disparate! buena oscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces estaba tan clara como un salón de baile: iluminación completa: daba gusto ver el horizonte cerrado por unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían encima, y sobre las cuales volaba una orillita de espuma más blanca que la nieve. También divisamos otro buque, un paquete de vapor, que se paraba, sin duda, para auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente se animó. El segundo, el señorito de Armero, se llegó á mí y me tocó en el hombro.
—Salgado, ¿puede Vd. bajar á la cámara? Necesito un farol.
—Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo, me va faltando la vista.
—Aunque sea á tientas... Quiero un farol.
Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras; la cámara era un horno, el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo entregué al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad, pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron á meterse, era el más chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro consiguieron sentarse en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente á lanzarse al mar para salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas caían al agua, morían todos. Alguno se rompió la cabeza contra los costados del buque; pero la mayor parte, sin tropezar en nada, espiró instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el calor del incendio y los cocía? ¿Era que se les acababan las fuerzas? Lo cierto es que daban dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas á la altura de la boca, y flotaban cadáveres ya.
Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco salvador. Supe después que, á la mitad del camino, notaron que el esquife, roto por el fondo, hacía agua, y se sumergía; que pusieron en la abertura sus chaquetas, sus botas, cuánto pudieron encontrar; y no bastando aún, el señorito de Armero, que es muy resuelto, cogió á un marinerillo, lo sentó ó, por mejor decir, lo embutió en el boquete y le dijo (con perdón):
—¡No te menees y tapa con el...!
Gracias á lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre cubierta. No sé si nos pesaba ó no el habernos quedado allí sin probar el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados... qué felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar á que Dios nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es verdad que nuestro San Gregorio aún podía durar. Al fin era un gran vapor de línea, con su cargamento, y daba qué hacer á las llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina para no perecer asados.
Al capitán se le ocurrió la idea de trepar á la cofa del gran árbol de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él poder mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su jaula. Yo, que le ví acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.
—No suba Vd., capitán; ¿pues no ve que el palo se tiene que doblar en cuanto se ponga candente?
El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas al rededor del palo, estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio la catástrofe, más pronto sucede. ¡El árbol... pim! se dobló de pronto, lo mismo que el dedo de una persona, y, arrastrado por su peso, besó el suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca, un alambre candente de la plataforma le cogió el pié por cerca del tobillo, y se lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo á un tiempo mismo la amputación y el cauterio: respondo de que ningún cirujano se lo cortaba con más limpieza.
Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa, le instalamos del mejor modo para que estuviese descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y medio le oí: ¡Mi pobre mujer! ¡mis hijitos queridos, qué será de ellos! Pero de repente, sin más ni más, empezó á gritar como un condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas estábamos! Ya el fuego había llegado á la cámara, y á pesar del ruido de la tormenta, oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla. Entonces el desdichado comenzó á rogar, con palabras muy tristes, que le echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad á bordo, mandó que le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no había cosa que atarle: y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó que en la bitácora existe una barra muy gruesa de plomo, porque allí no puede entrar hierro ni otro metal que haga desviar la aguja imantada. Por más que nos resistimos, fué preciso arrancarla, y colgársela del cuello: y como el peso era grande y le obligaba á bajar la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su rewólver, lo armó, y suplicó que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el día se calmaría la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos salvaría á todos. Le porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por último, desmontó y guardó el rewólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada más. Se quejó despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pié que le faltaba. ¡Querrá Vd. creer que anduvimos tras del pié por toda la cubierta y no pudimos cumplirle aquel gusto?
Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial tercero, y se me figura que de todos los horrores de la noche fué el que más me afectó. ¡Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero era un joven que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del viaje. La quería muchísimo ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le trajo de Manila preciosidades, en pañuelos, en abanicos de sándalo, en cajitas, en mil monadas. No obstante... ó por lo mismo... en fin, qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los mortales... el pobre andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me convencerá de que lo que hizo no lo hizo queriendo, porque ya lo tenía pensado de antes y porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Sino, ¿qué trabajo le costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado á morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos, podía suceder que en el esquife consiguiese librar la piel. Bien, no cavilemos. Él no dió señales de pretender combatir el fuego y mientras nosotros manejábamos el caballo y soltábamos mangas de agua contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él quietecito y como atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó á la cámara, para entregarle su reloj,—un reloj precioso, con tapa de brillantes—y dos sortijas muy buenas también, encargándole que se las llevase á su novia como recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba resuelto á morir. Luégo subió á popa, y le ví sentado, muy taciturno, con la cabeza entre las manos. Á dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
—Cocinero, ¿tiene Vd. ahí un cigarro?
—Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del chaquetón... Pero éste tiene tabacos, de seguro...—añadí, señalando á un camarero que estaba allí cerca.—¿Querrá Vd. creer que el bruto del camarero se resistía á meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal—le grité—no seas tacaño ahora; ¿de qué te servirá el tabaco si vamos todos á perecer?—En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El tercero lo encendió, y daría, á todo dar, tres chupadas: á cada una le veía yo la cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo. Á la tercer chupada, acercó á la sien el rewólver, y oímos el tiro. Cayó redondo, sin un ay.
Nadie se asustó, nadie gritó: casi puedo decir que nadie se movió: estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo el capitán preguntó desde el sofá:—¿Qué es eso? ¿qué ocurre?—El tercero que se acaba de levantar la tapa de los sesos.—¡Hizo bien!—De allí á poco rato, murmuró:—Echarle al mar.—Obedecimos y á ninguno se le ocurrió rezar el Padre nuestro.
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese Vd. que, en los primeros instantes, recogió el capitán, de la caja, seis mil duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los mirase. En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de bitácora, y se desdichaba todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese indispensable apuntar á qué altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, ¿quién pensará Vd. que me infundía más lástima? El perro del capitán, un terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su amo: los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. Si seré majadero! El perro me daba más pena.
Ya las llamas salían por sotavento, y la mañana se iba acercando. ¡Qué amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de sed, de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor, se habían abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda á hundirse, descubriendo el volcán. Contábamos con el suceso, y á pesar de que contábamos, nos sorprendió terriblemente. Empezamos á clamar al cielo, y muchos á enseñarle el puño cerrado, preguntando á Dios:
—¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
—Agua! por caridad, un sorbo de agua!
Agua! Puede que la hubiese en el algibe. Así que lo
pensé fuí hacia él y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos remates que tiene el algibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué de juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la precaución de recibirla en mi casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba con sus gemidos. Tuve que dársela medio templada aún. Me miró con unos ojos!
—Gracias, Salgado.
—No hay de qué, capitán... Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la barandilla. Pasó un barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y debió vernos, pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel los ojos, secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por otra parte, me sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no probaba bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echamos sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba. Nos reanimamos un poco.
Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación entre la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media cubierta y viéndose
el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma á Dios, porque creímos que iban á alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones: primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole á cebarse en la proa. De todas maneras, no debían las llamas andar muy lejos de nuestras personas, ya que á eso de las tres de la tarde empezamos á advertir que el piso nos tostaba las plantas de los piés. Atamos á una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien se riese viendo que era menester levantar primero un pié y luégo bajar aquel y levantar el otro, para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó despacito.
—Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
—Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en mi interior, calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en mi propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían á pedir limosna por las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no morir asado. Miré dos ó tres veces al mar, reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le enseñamos el puño y hubo quién le gritó:—Permita Dios que te veas como nos vemos.
Ya nos rendía, los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande; y convencidos de que perdíamos el tiempo y era igual perecer un cuarto de hora antes ó después, el que más y el que menos empezó á pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez de pasar de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras de oro, Duncan. Empezamos á gritar en inglés, como locos desesperados:
—¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!
—¡Throw to the water! nos respondían á voces, sin atreverse á acercarse. ¡Echarnos al agua! No quedaba otro recurso, y éste era tan arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el temporal, y el buque menos aun. Nuestro San Gregorio, cercado por todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber el sorbo de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo, se lo ofrecimos al capitán.
—Ánimo, le dijimos. Póngase Vd. el chaleco y al mar: mal será que no bracee Vd. hasta la goleta.
—¡No puedo, no puedo!
—Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:
—Tanto da así como de otro modo.
Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y nada más. Se conoce que ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le abrieron las arterias del pié tronzado, y se desangró en un decir Jesús; ó acaso el frío le produjo un calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo, del salvavidas, al fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos ya más en este mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso. Pero antes de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme de soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así lo hice, y en efecto, tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos del San Gregorio. Oía los gritos con que desde el schooner me animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis compañeros, á quienes se tragó el agua ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con la espalda en el casco del Duncan: un golpe terrible, que me dejó atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: ¡go! ¡cook! ¡go! ¡á la cámara! Me incorporé y quise ir adonde me mandaban, pero no veía nada, y después de tantos horrores me eché á llorar por primera vez, exclamando:
—Mi no cook... ciego... enséñenme el camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de un trago una copa enorme de brandy, me pusieron un traje de franela, me dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuantas mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá Vd.... Cosas muy raras: no fué delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oir el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que las olas me batían y me empujaban aquí y allí. Luégo iban desfilando muchas caras: mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el capitán, y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto años antes...
En fin, por acabar luégo: llegamos á Newcastle, se me alivió la vista, el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos días nos embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia del buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y galleta por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere Vd. que diga? Á mi mujer le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas anunciándosela. Supóngase Vd. cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora he de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas: pero iré á pié, descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron sobre la cubierta del Duncan: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón chamuscado, y la cabeza en pelo: se reirán de verme en tal facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar allí una Salve.
Me faltará para pan, pero no para comprar una fotografía del San Gregorio... ¿Ha visto Vd. cómo quedó? El casco parece un esqueleto de persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde todavía: dentro se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas... ¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah! ¡Lo qué está de Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación buscada. ¿Quiere Vd. algo para Manila? ¿Que le traiga á Vd. algún juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos.
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Dí al cocinero del San Gregorio unos cuantos puros. Tiene el cocinero del San Gregorio buena sombra y arte para narrar con viveza y colorido. Durante la narración, ví acudir varias veces las lágrimas á sus ojos azules, ya sanos del todo.
El Rizo del Nazareno
la hora en que él cruzó el pórtico del templo, lucían las estrellas con vivo centellear en el profundo azul, saturaba la primavera de tépidos y aromosos efluvios el ambiente, hallábanse las calles concurridas, rebosando animación, y los transeúntes cuchicheaban á media voz, fluctuando entre el recogimiento de las recientes plegarias y la expansión bulliciosa provocada por aquella blanda y halagüeña temperatura de Abril. Eran casi las once de la noche del Jueves Santo.
Entróse á buen paso mi héroe por la iglesia, en cuya nave se espesaba la atmósfera, impregnada de partículas de cera é incienso. En el altar mayor ardían aún todas las luces del Monumento, simétricamente dispuestas, alternando con vasos henchidos de gayas y pomposas flores de papel, con ramos de hojarasca de plata, y allá arriba azulados bullones de tul formaban un dosel de nubes, de trecho en trecho cogido por angelitos vivarachos y de rosada carnación, con blancas alas en los hombros, alas impacientes y cortas, que parecían, entre el trémulo chisporroteo de los cirios, estremecerse preludiando el vuelo. Todo el gran frente del altar irradiaba y esplendía como una gloria, envuelto en áureo y caliente vapor, y animado por la continua y parpadeante vibración de las candelas, y las notas de fuerte colorido de los contrahechos ramilletes.
Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos negras figuras femeniles,—esbeltas á despecho del largo manto que las recataba,—que de hinojos ante el presbiterio, sobresalían destacándose encima de aquel fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron, hicieron profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron hacia la puertecilla de la sacristía, que á la derecha bostezaba, abriéndose como una boca oscura. Echó él inmediatamente tras las figuras, sin cuidarse de dar muestra alguna de respeto, cuando pasó frente al Sagrario. Colóse por la misma boca que se había tragado á sus perseguidas y se halló en la sacristía, mal alumbrada por mezquino cabo de vela, que iba consumiéndose en una palmatoria puesta sobre la antigua cómoda de nogal, almacén de las vestiduras sacras. En aquel recinto semi-tenebroso no estaban las damas ya.
Empujó la puerta de salida de la sacristía, que daba á lóbrega y retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrutó las sombras, sin que en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningún traje, ni recortarse silueta alguna. Era evidente que se había perdido la pista de la res: las fugitivas tapadas, llegando á las calles principales, confundiéronse, sin duda, entre el gentío. Tras un minuto de indecisión, mi protagonista, á quien me place llamar Diego, encogióse levemente de hombros, y desandó lo andado, pero con menos prisa ya, no sin que otorgase una mirada al lugar y objetos circunstantes. Vió las borrosas pinturas pendientes en los muros, el lavabo de cantería con su grifo, los ornatos dispersos aún sobre los bufetes, las crespas pellices que tendían sus brazos blancos, el haz de cirios nuevos abandonado en un rincón, los cajoncillos entreabiertos dejando asomar una punta de cíngulo, todo el solemne desorden de la sacristía á última hora. Lentamente penetró de nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con el altar, dobló el cuerpo en mecánica cortesía, sin que ningún murmullo de rezo exhalasen sus labios, y alzando la vista al Monumento, paróse á contemplar sus refulgentes líneas de luz. Llegaban éstas ya al término de su vida; un hombre, vuelto de espaldas á Diego, y encaramado en una escalerilla de mano, las mataba una á una, con ayuda de una luenga y flexible caña, y no transcurría un segundo sin que alguna de aquellas flamígeras pupilas se cerrase. Iban sumergiéndose en golfos de sombra los frescos angelotes, los follajes de oropel y briche, las bermejas rosas artificiales de los tiestos, las estrellas de talco sembradas por el fantástico pabellón de nubes. Buen rato se entretuvo Diego en ver apagarse las efímeras constelaciones del firmamento del altar, y cuando sólo quedaron diez ó doce astros luciendo en él, dió media vuelta, propuesto á abandonar el templo. Mas en mitad de la nave mudó instintivamente de rumbo, dirigiéndose á una de las dos capillas que hacían de brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia dibujaba. Era la capilla de la izquierda, fronteriza á aquella en cuyos muros encajaba la puerta de la sacristía.
Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de hierro, abierta á la sazón, y en el fondo, delante del retablo lúgubremente cubierto de arriba á bajo con paños de luto, descollaban expuestas en sus andas las imágenes que al día siguiente recorrerían las calles de la ciudad formando la dramática procesión de los Pasos. Fijó Diego la vista en ellas con sumo interés, recordando mediante una de las fugaces pero vivísimas reminiscencias, que impensadamente suelen retrotraernos á plena niñez, el pueril gozo con que en días muy lejanos ya, más lejanos aun en el espíritu que en el tiempo, trayéndole su madre al propio sitio, y elevándole en sus brazos, besaba él devotamente la orla bordada de la túnica de aquel mismo Nazareno. Absorto en tales remembranzas, consideraba Diego el aspecto de la capilla. Artista y observador, parecíale mirar y comprender ahora las imágenes de muy otro modo que lo hiciera allá en los albores de su infancia. Entonces eran para él símbolos del cielo, invocado en sus cándidas oraciones; habitantes de una comarca felicísima, hacia la cual él deseaba remontarse por un impulso de las alas de querubín que en su espalda prendía la inocencia. Hoy le inspiraban igual curiosidad que un objeto cualquiera de arte; advertía sus detalles mínimos, las desmenuzaba, las profanaba mentalmente tasándolas en su precio neto, según la destreza del escultor que las labrara ó los conocimientos en indumentaria de la costurera que cortó y dispuso los trajes. Sonrióse al distinguir en la túnica del Nazareno unas franjas de ornamentación de gusto renaciente, y al notar que la soldadesca de Pilatos vestía de medio cuerpo abajo á la usanza española del siglo XVI, mientras Berenice, la tradicional Verónica, lucía brial de joyante seda al estilo medio-évico. Anacronismos que entretuvieron á Diego no poco, dándole ocasión de reconstruir en su mente una por una las impresiones de la edad en que acudía á visitar la capilla con erudición más corta y alma más simple y amante. En aquel punto y hora se encontraba Diego en la iglesia, merced al más irreverente de cuantos azares existen; el azar de seguir los pasos á una bella mujer, largo tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdén hizo de martillo que arrancase chispas al indiferente y helado corazón de Diego, bastando á empeñarle con ardiente ahínco en la demanda. De seguro que á no haber visto dirigirse á la gentil dama con su más familiar amiga,—ambas rebozadas en tupidos velos,—camino de la iglesia, donde se rezan las estaciones en aquella noche solemne; á no pensar que la hora, el tropel de gente arremolinada en el pórtico, brindaban ocasión favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quizá en secreto ansiosas de recibirlo... no se estuviera él en tal sazón en la capilla, sino en su casa, leyendo á la clara luz del quinqué los diarios, ó respirando en el balcón la regalada brisa nocturna.
Mas como quiera que fuese, es lo cierto que había venido á dar á la capilla y con la oleada de recuerdos infantiles olvidárase ya del galanteo, concentrando su atención toda en las imágenes que suavemente le conducían á los linderos del pasado. Parecíale tomar otra vez posesión de comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la sencillez de su puericia venturosa. Allí estaba el San Juan, el amado discípulo, de rostro lindo y femenil, con su túnica verde, su manto rojo y sus bucles castaños, que caen como lluvia de flores en derredor de las impúberes mejillas y de la ebúrnea garganta. Allí la Virgen-Madre, pálida y orlados los ojos de dolor, tendidos los brazos, cruzadas con angustia las manos, arrastrando luengos lutos, trucidado por siete puñales el pecho. Allí la Verónica pía, de arrogante hermosura, cubierta de galas y preseas, recamado de oro el rico velo de blanquísimo tisú, turbado el semblante con lástima infinita, presentando el limpio pañuelo que ha de enjugar el sudor de la sacrosanta Faz. Allí los verdugos—que en otro tiempo hacían á Diego temblar de horror;—los sayones, de torvas cataduras y velludas fisonomías, de chatas frentes y cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza duro capacete ó aplastado turbante, desnudo el torso, señalando con violentas actitudes la recia musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas ó apretando amenazadores los iracundos puños. Allí, por último, el Nazareno, agobiado con el peso de su túnica de terciopelo oscuro, cuajada de palmas y cenefas de oro y sujeta por grueso cordón de anchos borlones, macilento y cadavérico el rostro, apenas visible entre los flotantes rizos de la cabellera y las espirales de la ondeada barba virgen; el Nazareno triste, de penetrantes ojos y cárdenos labios, de frente donde se hincan los abrojos de la corona, arrancando denegridas gotas de sangre. ¡Caso peregrino, en verdad! Conocía Diego al dedillo las reglas de la estética y las teorías artísticas; sabía de sobra que el arte condena severo las imágenes llamadas de vestir, sancionando las de bulto, donde el cincel puede revelar la armonía de las formas bajo el plegado de los paños. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada en puro mármol pentélico por el artista más insigne de la antigua Grecia, le causara la honda impresión que aquella imagen, por la ignorante piedad ataviada, sin tomar en cuenta los preceptos del arte ni las investigaciones arqueológicas. Tal era la fuerza y viveza de sus sentimientos ante la efigie, que creía notar en los labios el contacto de la rígida orla de la túnica; y movido de curiosidad, deseando probar si algo del hombre de antaño sobrevivía en el de hogaño, miró al rededor, no fuera que estuviese oculto en los rincones de la capilla alguien que pudiese soltar la carcajada; y á falta de otro público, rióse él mismo al poner la boca en la fimbria del traje del Divino Nazareno. Alzóse, y á manera de disculpa interior, se alegó á sí propio que también los que en edad varonil vuelven al jardín donde infantes jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como solían, por renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.
Hecho este soliloquio, resolvió Diego dejar definitivamente la capilla y la iglesia, que así lo pedía lo avanzado de la hora. Consagró la postrer mirada á las imágenes, cuyas vestiduras, al reflejo de la lámpara colgada de la techumbre y á la flava luz de dos altos blandones fijos en las andas, destellaban oro y colores, y sin hacer genuflexión ni acatamiento alguno, pasó la verja. Estaba el templo del todo sombrío: en el Monumento, negro y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo tufo de los pábilos recién apagados: apenas combatía las tinieblas de la nave el vago fulgor de los hachones de la capilla. Diego fué derechamente á una de las puertas que salían al vestíbulo del pórtico; empujóla con suavidad primero y fuerte después, y no sin gran sorpresa advirtió que resistían las hojas; la puerta estaba cerrada. Acudió Diego á la otra, y con mano impaciente buscó el pestillo: clausura completa. Palpó nervioso y trémulo, requiriendo la llave, que de fijo descansaría en la faltriquera del sacristán, puesto que estaba ausente de la cerradura. Entonces atravesó Diego apresuradamente la nave, y llegándose á la puerta de la sacristía, probó á abrirla á tientas: empresa no menos vana que las anteriores. Herméticamente cerradas se encontraban todas las salidas del templo.
Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su situación era clara: preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebecía en la contemplación de las imágenes, el sacristán, menos soñador y distraído, se recogía á saborear la colación en familia, cerrando bien antes. Diego torció y mordió con enojo su mostacho, y meneó la cabeza como diciendo: «Vamos á ver, ¿y qué hago yo ahora?» Meditó varios expedientes y ninguno tuvo por aplicable. Podría acaso, con sus vigorosos puños, forzar las cerraduras de las endebles puertas interiores; pero le detendría la fortísima exterior del pórtico, ó la no menos resistente, aunque más baja, de la sacristía por la parte de la calle. Y ¿qué escándalo no iba á causar en la ciudad el verle á él, pacífico ciudadano, forzando puertas de templos, ni más ni menos que un burlador de capa y espada? Ocurriósele también gritar: acaso el sacristán, atareado aún en la sacristía, le oyese; pero inexplicable recelo embargó su voz, temiendo verla apagarse sin eco en la alta bóveda: además, algo pueril había en los gritos, que repugnaba á Diego. En estas imaginaciones transcurrieron diez minutos de angustia penosa; pero al cabo acudió la reflexión. Si el verse obligado á pernoctar en una iglesia no es recreativa aventura, tampoco grave mal ni terrible desdicha. Seguramente no se divertiría mucho Diego en la mansión sagrada, mas en cambio podría dormir á sus anchas, sin temor de que ningún importuno viniese á interrumpirle. Tratábase no más que de una noche; y mitad de ella era ya por filo, según anunció el reloj de la torre sonando doce lentas campanadas. Faltaban para la aurora, en aquella estación del año, cinco horas apenas, que bien podían dormirse en un banco, por duro que fuese. Antes de la del alba, vendría el sacristán á franquear las puertas, á disponerlo todo para los divinos oficios, y entonces, cátate á Diego libre y volando á su casa, á tenderse entre sábanas delgadas y limpias, á dormir hasta las once y á levantarse después, para ver cómo sentaba la negra mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad. Todo este raciocinio hilvanó el magín de Diego en un abrir y cerrar de ojos. Y pararon sus cálculos en resignarse y acogerse, atraído por las luces, á la capilla del Nazareno.
Ardían más amarillentos que nunca los cirios, soltando goterones de cera derretida, que á veces caían, y con rebote sordo se aplastaban en los palos de las andas de las imágenes. Reinaba, visible y palpable casi, el silencio. Diego se sentó en un banco, recostando la cabeza en la rinconada que formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del duro asiento, al recibir el peso de su cuerpo, le sonó extrañamente. Trató de dormir; pero no acertaba á cerrar los ojos y recogerse para conciliar el sueño. Estorbábale mucho la absoluta tranquilidad del recinto, tranquilidad que agigantaba hasta el chisporroteo de los blandones. Aquella callada atmósfera estaba llena de cosas inexplicables é incomprensibles, que Diego percibía, sin embargo. Quejas ahogadas, silabeo de oraciones en baja voz, grave salmodia de responsos, abrasadoras lágrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros, flotaban en el ambiente como seres incorpóreos, como moléculas del incienso evaporado en el aire, como átomos de la mirra quemada ante el ara: dijérase que las almas de cuantos allí imploraron del cielo paz ó perdón, se habían quedado cautivas en el circuito de los altos muros de la capilla. Diego se dió á creer que menos le turbarían acaso los siniestros rumores de derruído templo ojival, donde mugiese el viento, silbase el cárabo y la corneja graznase, que el perfecto reposo de aquella iglesia moderna; y la aprensión más singular de cuantas le asaltaban, la más rara idea sugerida por el misterioso silencio, era la de figurarse que no se hallaba solo. Por mucho que combatiese tan ridícula suposición, no podía arrancarse de la mente el pensamiento de que allí había alguien, ó, mejor dicho, mucha gente, muchos ojos que le miraban atentos, muchos cuerpos vueltos hacia él. Sacudió la cabeza, pasóse repetidas veces la mano por la frente que comenzaba á arder, reclinóse de nuevo en el ángulo, y probó á dormirse. Pero no es dado gozar el bálsamo del sueño á quien más lo solicita; antes suele huirnos cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensión de nuestros nervios y las tempestades de nuestro espíritu. Cerrados los párpados, no se disipó la indefinible zozobra de Diego. Parecíale oir tenues oscilaciones del aire, pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos trémulos, chasquidos leves, suave crujir de ricas estofas, ráfagas de viento empujadas por manos que se tendían para acariciarle, ó cortadas por armas que descendían para herirle. No pudo sufrir más: mal de su grado se le despegaban los párpados, violentamente retraídos por sus músculos tensores. Miró.
Las imágenes se erguían inmóviles en las andas, los ciriales alumbraban en paz. Diego respiró ampliamente, increpándose á sí mismo. No se reirían poco mañana sus compañeros de mesa de café si cometiese la simpleza de contarles cuán extrañas sinfonías entonan á las altas horas de la noche las capillas desiertas.
Tranquilo ya, recorrió otra vez con la vista las efigies todas, y cautivado, detúvose en la del Nazareno. Era esta la que más próxima tenía: veíala de frente y de costado á las demás. Consideró primero el traje y después el macilento rostro. Y volvió á notar lo convencional del criterio estético, observando el efecto sorprendente de realidad de los ojos de la imagen, que eran de cristal, ni más ni menos que los de los animales disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrase en ellos de modo especial, fuese que la densa sombra de la abundosa cabellera les prestase reflejos de agua profunda, el caso es que los ojos tan pronto despedían centellas, como semejaban á Diego velados por turbia cortina de llanto. Hasta llegó un instante en que de los lagrimales á las flacas mejillas creyó Diego, asombrado, ver deslizarse unas gotas, que al llegar á la negra barba se quedaron frescas y relucientes como el rocío en la tela de la araña campesina. Sintió impulsos de levantarse y contemplar de cerca el prodigio, mas al punto se calificó de necio rematado si tal hiciese. No creía en lo sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un Nazareno de madera, tuviérase á sí propio por visionario y demente. Sus ojos, deslumbrados por los hachones, y no los de vidrio de la imagen, eran causa del fenómeno. No obstante, mágica fascinación prendía sus pupilas á aquellas otras pupilas llorosas y mansas. Una especie de estremecimiento magnético le hizo temblar de frío, y quiso dirigir la visual á otra parte: imposible; los ojos del Nazareno buscaban con empeño tal, preguntaban tan imperiosamente, que era fuerza contestarles. ¡Por vida de Diego! Lo que procedía era irse derechito á la efigie, mirarla de cerca, tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y reirse después. Sí, esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que tenga cabales sus potencias opina á las doce del día, después de almorzar y fumando un cigarro. Pero á igual hora de la noche, sin haber cenado, cautivo en una iglesia solitaria, en compañía de un Nazareno que alumbran cirios, es verosímil que el mismo hombre hiciese lo que Diego: levantarse con ademán brusco, pasar ante el Nazareno clavada la vista en tierra, por librarse del imán de sus ojos, y refugiarse en el interior del confesonario, cuyas paredes, de madera, caladas en un pequeño espacio por menuda rejilla, se interpusieron entre él y las imágenes, procurándole una especie de alcoba, dura y estrecha, sí, pero al cabo retirada.
Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego de tiritar y de sentir zumbido en las sienes, y dolorosa percepción del curso de la sangre por las venas de su cerebro. Al través de la apretada rejilla, parecíale que los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en sus andas, sino en el suelo, muy cerca de él, tocando con las murallas de leño de su guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de lanza sobre las baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas imprecaciones, blasfemias cínicas, sollozos desgarradores arrancados de mujeriles pechos. Y también llególe el són de roncas trompetas y destemplados atambores, y, de tiempo en tiempo, el choque mate de un objeto pesado contra la tierra. Parecía como si cantasen un coro á telón corrido, pero con tal maestría, que cada voz se destacaba aisladamente entre las demás sin romper el concierto: Diego se apretaba la cabeza y tapábase los oídos con las manos; mas de pronto las tablas del confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectáculo que adivinaba: el telón subió, y apareció la escena.
No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los pálidos blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él hasta empinarse á la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero, como flexible sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su zenit, pero de luz turbia y lívida, iluminaba sin regocijarlo el paisaje. Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre á las armaduras, á los yelmos, á los hierros de lanza, á las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo. Á ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo, mujeres y niños los más, que llorando y plañendo, maltratados á veces por la cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban este grupo los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que bullían en torno de un hombre vestido con túnica nazarena.
Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía entre los copiosos y enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y sangre, llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros el árbol de enorme y pesada cruz, y sus piés descalzos y llagados pisaban dolorosamente los guijarros del camino. Apurábanle los sayones porque apretase el paso y llegase más presto al lugar del suplicio; cuál le descargaba fuerte puñada en los lomos; cuál le sacudía tremendo bofetón en la faz, ó le tiraba despiadadamente de los mechones del cabello. Diego miró con horror á los sicarios, y se lanzó hacia el grupo deseoso de socorrer á la víctima; pero al alzar la mano para abrirse paso y apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa soga, pasada al cuello del reo. Entonces convirtió la vista á sí propio, y advirtió con espanto que tenía la propia semejanza y figura de uno de aquellos feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espaldas, sujeto á la cintura breve faldellín, pendiente del cinto de cuero una bolsa con martillo, tenaza y provisión de férreos clavos. Quiso entonces desasirse de la cuerda maldita; tiró, y logró solamente lastimar los lacerados hombros del reo, que exhaló suave quejido. Siguió su marcha la comitiva, y Diego, confundido con ella, mecánicamente, como paja á quien arrastran las ondas del mar. Andados algunos pasos, los piés de la víctima tropezaron en una cortante piedra, y desplomóse sobre las rodillas, abrumado por la cruz. Intentó Diego ayudarle á incorporarse, mas la soga volvió á rozar el herido cuello, y el reo á gemir.
Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave el peso, aún vaciló y cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces, como echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles, y quedó patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos como pisoteada flor, la bella barba ahorquillada y rizosa, la cándida frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con ternura y paz miraban en torno de sí. Diego sintió como si el corazón le traspasase agudo y penetrante dardo, y las entrañas se le conmovieron y derritieron de pena. «Álzate, sigue,» vociferaban los verdugos en una lengua extraña que Diego entendía, sin embargo, y se precipitaron sobre el Nazareno para levantarle de grado ó por fuerza. Cogido Diego en el vórtice del viviente remolino, extendió también los brazos y asió del reo á tientas, según pudo entre la confusión; oyóse un clamor de agonía, contestaron á él las hijas de Jerusalem con histérico llanto, y Diego vió que las sienes de Jesús chorreaban sangre, y sintió en sus dedos un contacto blando, elástico, acariciador: enroscábase á ellos un rizo arrancado de la frente del Nazareno.
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Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos amigos, que le velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin pulso sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.
Ya tornaba á la vida y había en sus mejillas color, en sus pupilas luz é inteligencia. Recobrándose poco á poco, incorporado sobre la almohada, fué recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos, y reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho respirando con desahogo, y murmuró:
Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema del pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados, abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el rizo.
La Borgoñona
L día que encontré esta leyenda en una crónica franciscana, cuyas hojas amarillentas soltaban sobre mis dedos curiosos el polvillo finísimo que revela los trabajos de la polilla, quédeme un rato meditabunda, discurriendo si la historia, que era edificante para nuestros sencillos tatarabuelos, parecería escandalosa á la edad presente.—Porque hartas veces observo que hemos crecido, sino en maldad, al menos en malicia, y que nunca un autor necesitó tanta cautela como ahora para evitar que subrayen sus frases é interpreten sus intenciones y tomen por donde queman sus relatos más inocentes. Así todos andamos recelosos y, valga esta impropia metáfora, con la barba sobre el hombro, de miedo de escribir algo funesto para la moral y las costumbres.
Pero acontece que si llega á agradarnos ó á producirnos honda impresión un asunto, no nos sale ya fácilmente de la cabeza, y diríase que bulle y se revuelve allí cual el feto en las maternas entrañas, solicitando romper su cárcel oscura y ver la luz. Así yo, desde que leí la historia milagrosa que, dejando escrúpulos á un lado, voy á contar no sin algunas variantes, viví en compañía de la heroína, y sus aventuras se me aparecieron como serie de viñetas de misal, rodeadas de orlas de oro y colores y caprichosamente iluminadas, ó á modo de vidriera de catedral gótica, con sus personajes vestidos de azul turquí, púrpura y amaranto. ¡Oh quién tuviese el candor, la hermosa serenidad del viejo cronista, para empezar diciendo: «En el nombre del Padre!...»