II

Todo el día se lo pasó la Borgoñona cosiendo una túnica de burel grosero de la misma tela con que solían vestirse los villanos y jornaleros vendimiadores. Al anochecer, salió á la granja y cortó un bastón de espino; bajó á la cocina y tomó de un rimero de cuerdas una muy gruesa de cáñamo; y subiendo otra vez á su habitación, empezó á desnudarse despacio, dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas prendas de su traje. En el siglo XIII pocas personas usaban camisa de lino; era un lujo reservado á los monarcas; la Borgoñona tenía pegado á las carnes un justillo de lienzo grueso y un faldellín de tela más burda aún; quitóse el justillo y soltó sobre sus blancas y mórbidas espaldas la madeja de pelo rubio que de día aprisionaba la cofia. Enarboló la tijera que solía llevar pendiente de la cintura, y desmochó sin piedad aquel bosque de rizos, que iban cayendo suavemente á su alrededor como las flores en torno del arbusto sacudido por el aire. Se tentó la cabeza, y hallándola ya casi mocha, igualó los mechones que aún sobresalían; luégo se descalzó; aflojó la cintura del faldellín, se puso el sayal sosteniendo el faldellín con los dientes por no quedarse del todo desnuda; soltó al fin la última prenda femenina, se ciñó la cuerda con tres nudos como la traía el penitente, y empuñó el bastón; pero acudió una idea á su mente, y recogiendo las matas de pelo esparcidas aquí y allí, las ató con la mejor cinta que tenía, y las colgó al pié de una tosca madona de plomo que protegía la cabecera de su lecho. Aguardó á que la noche cerrase, y, de puntillas, se lanzó á oscuras al corredor; bajó á tientas la escalera carcomida; se dirigió á la sala baja donde había hospedado al penitente, abrió la ventana, y salió por ella al campo. Tal arte se dió á correr, que cuando amaneció, estaba á tres leguas de la granja, camino de Dijón, cerca de unos hatos de pastores.

Rendida se metió en un establo, del cual vió salir el ganado antes, y acostándose en la cama de las ovejas, tibia aún, durmió hasta mediodía. Al despertarse, resolvió evitar á Dijón, donde algún parroquiano de su padre podría conocerla. En efecto, desde aquel día procuró buscar las aldeas apartadas, los caseríos solitarios, en los cuales pedía de limosna un haz de paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba mentalmente, y si se detenía, arrodillábase y oraba con los brazos en cruz, como el peregrino. El recuerdo de éste no se apartaba un punto de su memoria, y copiaba por instinto sus menores acciones, añadiendo otras que le sugería su natural despejo. Guardaba siempre la mitad del pan que le ofrecían, y al día siguiente lo entregaba á otro pobre que encontrase en el camino. Si le daban dinero, iba corriendo á distribuirlo entre los necesitados, pues recordaba que, según el penitente, nunca el beato Francisco de Asís consintió tener en su poder moneda acuñada. Al paso que seguía esta vida la Borgoñona, se le desarrollaba un dón de elocuencia extraordinario: poníase á hablar de Dios, de los ángeles, del cielo, de la caridad, del amor divino, y decía cosas que ella misma se admiraba de saber, y que las gentes reunidas en rededor suyo escuchaban embelesadas y enternecidas. Á donde quiera que llegaba, la rodeaban las mujeres, los niños se cogían á su túnica, y los hombres la llevaban en triunfo.

Es de notar que todos la tenían por un jovencito muy lindo, y á nadie se le ocurrió que fuese una doncella quien tan valerosamente arrostraba la intemperie y demás peligros de andar por despoblado. Su pelo corto, su cutis oscurecido ya por el sol, sus piés endurecidos por la descalcez, le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso ocultaba la morbidez de sus formas. Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas de soldados mercenarios y aun de salteadores, sin más riesgo que el de sufrir algunos latigazos dados con las correas del tahalí, género de broma que no perdonaban los soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz humilde y le dieron dinero y vino; otros se burlaron; pero nadie atentó á su libertad ni á su vida. En la selva de Fontainebleau sucedióle á la Borgoñona la terrible aventura de abrigarse bajo un árbol de donde colgaban humanos frutos: los piés péndulos de un ahorcado le rozaron la frente: entonces, con valor sobrehumano, abrió una fosa, sin más instrumentos que su bastón de espino y sus uñas; descolgó el cadáver horrendo, que tenía la lengua defuera y los ojos saliéndose de las órbitas, y estaba ya picado de grajos y cuervos, y mal, como supo, reuniendo sus fuerzas, lo enterró. Aquella noche vió en sueños al penitente, que la bendecía.

Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan duras mortificaciones, una vida tan áspera y desacostumbrada, abrieron brecha en la Borgoñona, y su salud empezaba á flaquear, cuando llegó á una gran villa, que, preguntando á los aldeanos vendedores de legumbres, supo era París. Entró pues en París, pensando si quizás moraría allí el peregrino, si lo encontraría casualmente y podría rogarle que le buscase un asilo como el que Clara ofrecía á sus hijas, un convento donde acabar su penitencia y morir en paz. Con estos propósitos se internó en un laberinto de calles sucias, torcidas, estrechas, sombrías—el París de entonces.—Embargaba á la Borgoñona singular recelo: en aquella ciudad vasta y populosa, donde veía tanto mercader, tanto arquero, tantos judíos en sus tiendas, tantos clérigos graves que paseaban á su lado sin volver la cabeza, no se atrevía á pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con que aplacar el hambre. Los edificios altos, las casas apiñadas, las plazuelas concurridas, todo le infundía temor. Vagó como alma en pena las horas del día, entrando en las iglesias para rezar, apretándose la cuerda para no percibir el hambre; y á la puesta del sol, cuando resonó el toque del cubre-fuego, que acá decimos de la queda, cubriósele á ella verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió á llorar bajito, echando de menos por primera vez su granja, donde el pan no le faltaba nunca, y donde al oscurecer tenía seguro su abrigado lecho. Al punto mismo en que estas ideas acudían á su atribulado espíritu, vió que se le acercaba una vejezuela gibosa, de picuda nariz y ojuelos malignos, y le preguntaba:—¿Cómo tan lindo mozo á tales horas solito por la calle, y si era que por ventura no tenía posada?

—Madre—contestó la Borgoñona—si tú me la dieses, harías una gran caridad, pues cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y á más no probé bocado hace veinticuatro horas.

Deshízose la vieja en lástimas y ofrecimientos, y echando á andar delante, guió por callejuelas tristes, pobres y sospechosas, hasta llegar á una casuca, cuya puerta abrió con una roñosa llave. Estaba la casa á oscuras, pero la vieja encendió un candil, y alumbró por las escaleras hasta un cuarto alto. Ardía un buen fuego en la chimenea; la Borgoñona vió una cama suntuosa, sitiales ricos, y una mesa preparada con sus relucientes platos de estaño, sus jarras de plata para el agua y el vino, su dorado pan, sus bollos de especias, y un pastel de aves y caza que ya tenía medio alzada la cubierta. Todo olía á lujo, á refinamiento, y aunque el caso era sorprendente atendido el pergeño de la vieja y la pobreza del edificio, como la Borgoñona sentía tanta hambre y de tal modo se le hacía agua la boca ante el espectáculo de los manjares, no se le ocurrió manifestar extrañeza. Iba buenamente á sentarse y á trinchar el pastel, pero la vieja lo impidió, diciéndole que convenía aguardar al dueño de la habitación, un hidalgo estudiante muy galán, que ya no tardaría, y era de tan afable condición, que á buen seguro que no pusiese el menor reparo en partir su cena con el forastero. En efecto, bien pronto se oyeron resueltos pasos, y un caballero mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de garza en el airoso birrete, entró en la estancia.

Al verle, quedóse estupefacta la Borgoñona; y no era para menos, pues aquel gallardo caballero tenía la mismísima cara y talle del penitente! Conoció sus grandes ojos negros, sus nobles facciones; sólo la expresión era distinta; en éste dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de energía sensual. Quitóse el birrete, descubriendo rizados y largos cabellos; soltó la capa, y contestó con una carcajada á las disculpas de la vieja, que le explicaba cómo aquel pobrecito penitente partiría con él, por una noche, la cena y el cuarto. Sentóse á la mesa muy risueño, y declaró que aunque el camarada no parecía animado, él haría porque la cena fuese divertida. Dijo esto con la propia voz sonora del penitente.

Retiróse la vieja, y la Borgoñona tomó asiento confusa y atónita, mirando á su comensal y sin dar crédito al testimonio de los sentidos. Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se apartaban del mancebo, que comía y bebía por cuatro; y con mil chanzas, llenaba el vaso y el plato de la Borgoñona, que proseguía comparando al misionero con el estudiante. Sí, eran los mismos ojos, sólo que antes no brillaba en ellos un fuego vívido y generoso, ni cabía ver el negror de las pupilas, porque estaban siempre bajos. Sí, era la misma boca, pero marchita, contraída por la penitencia, sin estos labios rojos y frescos, sin estos dientes blancos que descubría la sonrisa, sin este bigote fino que acentuaba la expresión provocativa y caballeresca del rostro. Sí, era la misma frente blanca y serena, pero sin los oscuros mechones de pelo que jugueteaban en torno. Era el mismo aire, pero con otras posturas menos gallardas y libres. Y así, poco á poco, tratando de cerciorarse de si el penitente y el hidalgo componían un solo individuo, la doncella iba deteniéndose con sobrada complacencia en detallar las gracias y buenas partes del mancebo, y ya le parecía que si era el penitente, había ganado mucho en gentileza y donosura. El caballero, festivamente, le escanciaba en el vaso vino y más vino, y la Borgoñona distraída lo bebía. El vino era color de topacio, fragante, aromatizado con especias, suave al paladar, pero después se sentía correr por las venas como líquida llama.

Á cada trago de licor, la Borgoñona juzgaba más discreto y bizarro á su compañero de mesa. Cuando la mano de éste, por casualidad, al ofrecerle el vaso, rozaba la suya, un delicioso temblor, un escalofrío dulcísimo, le subía desde las yemas de los dedos hasta la nuca. Su razón vacilaba, la habitación daba vueltas, la luz de cada uno de los cirios que alumbraban el festín se convertía en miles de luces. Y he aquí que el caballero, después de beber el último trago, se levantó, y juró que, á fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse, y digerir la cena con un sueño reparador.

Semejantes palabras despejaron un poco las embotadas potencias de la doncella. Acordóse de que en la habitación no había más que un solo lecho, y alzándose de la mesa alegó humildemente, en voz baja, que sus votos obligaban á tener por cama el suelo, y que así dormiría, no siendo razón que se molestase el señor hidalgo. Pero éste, con generoso empeño, protestó que no lo sufriría, y tendiendo en el suelo su capa, afirmó que dormiría sobre ella, si el mozo penitente no le otorgaba un rincón del lecho, donde ambos cabían muy holgados. La Borgoñona se negó con espanto á admitir la propuesta, y el estudiante, con vigor hercúleo, cogióla en brazos, y la depositó sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar su voluntad, cerró los ojos, y con singular contentamiento se dejó llevar así, apoyando la cabeza en el hombro del caballero y percibiendo el roce de sus negros, perfumados bucles.

Abrió el estudiante la cama, metió dentro á la Borgoñona, le arregló la sobrecama bordada de seda, y con la misma dulzura con que se habla á los niños, preguntó si no le sería lícito al menos tenderse á los piés, que siempre estarían más blandos que el santo suelo. No encontró la Borgoñona objeción fundada que oponer, y el hidalgo se envolvió en su capa y se tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y al poco tiempo se le oyó respirar tranquilo, como si durmiese.

La Borgoñona en cambio se revolvía inquieta. En vano quería recordar las oraciones acostumbradas á aquella hora; no podía levantar el espíritu; su corazón se derretía, se abrasaba; el penitente y el estudiante formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecta, por quien se dejaría hacer pedazos sin exhalar un ay. La blandura del lecho, invitando á su cuerpo á la molicie, reforzaba las sugestiones de su imaginación; en el silencio nocturno, le ocurrían las resoluciones más extremosas y delirantes; llamar al hidalgo, declararle que era una doncella perdida de amores por él, que la tomase por mujer ó esclava, pues quería vivir y morir á su lado. Pero ¿y aquellas matas de pelo colgadas al pié de la efigie de Nuestra Señora, acaso no eran prenda de un voto solemne? Con estas dudas la frente se le abría, las venas le saltaban, zumbándole los oídos, y la respiración sosegada del estudiante se le figuraba honda como el ruido de gigantesca fragua. ¡Oh tentación, tentación! La Borgoñona se sentó en el lecho, y á la luz del fuego, que aún ardía, miró al estudiante dormido, pareciéndole que en su vida había contemplado cosa que tanto le agradase; y así embebida en el gusto de mirar, fuese acercando hasta casi beberle el aliento. De pronto el durmiente se incorporó bien despierto, abriendo los brazos y sonriendo con sonrisa extraña. La doncella dió un gran grito, y acordándose del penitente, exclamó:—¡Hermano Francisco, valme!—Al mismo tiempo saltó del lecho y huyó de la habitación como loca.

Cuatro á cuatro bajó las escaleras, halló la puerta franca, y encontróse en la calle; siguió corriendo, y no paró hasta una gran plaza, donde se elevaba un edificio de pobre y humilde arquitectura; allí se detuvo sin saber lo que le pasaba: trató de coordinar sus pensamientos; los sucesos de la noche le parecían soñados; y lo que la confirmaba en esta idea era que no podía por más que se golpeaba la frente, recordar la linda figura del estudiante: la última impresión que de ella le quedaba era la de un rostro descompuesto por la ira, unas facciones contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una espumante boca...

Del edificio humilde salieron cuatro hombres vestidos de túnicas grises amarradas con cuerdas, y llevando en hombros un ataúd. La Borgoñona se acercó á ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque vestía su mismo traje. Impulsada por la curiosidad, la doncella se inclinó hacia el ataúd abierto y vió, acostado sobre la ceniza—sin que pudiese caberle duda alguna respecto á su identidad—el cadáver del penitente!

—¿Cuándo murió ese hombre?—preguntó trémula y horrorizada.

—Ayer tarde, al sonar del cubre-fuego.

—¿Y ese edificio donde vivía, qué es?

—Ahí habitamos los pobres de la regla de Francisco de Asís, los Menores, tus hermanos—contestaron gravemente, y se alejaron con su fúnebre carga.

La Borgoñona llamó á la portería del convento.

Nadie adivinó jamás el sexo del novicio, hasta que su muerte, después de una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo á los encargados de vestirle la mortaja. Hicieron la señal de la cruz, cubrieron el cuerpo con un paño tupido, y lo llevaron á enterrar al cementerio de las Minoritas ó Clarisas, que por entonces ya existían en París.

Primer Amor

UÉ edad contaría yo á la sazón? ¿Once ó doce años? Más bien serían trece, porque antes es demasiado temprano para enamorarse tan de veras; pero no me atrevo á asegurar nada, considerando que en los países meridionales madruga mucho el corazón, dado que esta víscera tenga la culpa de semejantes trastornos.

Si no recuerdo bien el cuándo, por lo menos puedo decir con completa exactitud el cómo empezó mi pasión á revelarse. Gustábame mucho—después de que mi tía se largaba á la iglesia á hacer sus devociones vespertinas—colarme en su dormitorio y revolverle los cajones de la cómoda, que los tenía en un orden admirable. Aquellos cajones eran para mí un museo: siempre tropezaba en ellos con alguna cosa rara, antigua, que exhalaba un olorcillo arcáico y discreto, el aroma de los abanicos de sándalo que andaban por allí perfumando la ropa blanca. Acericos de raso descolorido ya; mitones de malla, muy doblados entre papel de seda; estampitas de santos; enseres de costura; un ridículo de terciopelo azul bordado de canutillo; un rosario de ámbar y plata, fueron apareciendo por los rincones: yo los curioseaba y los volvía á su sitio. Pero un día—me acuerdo lo mismo que si fuese hoy—en la esquina del cajón superior y al través de unos cuellos de rancio encaje, ví brillar un objeto dorado... Metí las manos, arrugué sin querer las puntillas, y saqué un retrato, una miniatura sobre marfil, que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro.

Me quedé como embelesado al mirarla. Un rayo de sol se filtraba por la vidriera y hería la seductora imagen, que parecía querer desprenderse del fondo oscuro y venir hacia mí. Era una criatura hermosísima, como yo no la había visto jamás sino en mis sueños de adolescente, cuando los primeros estremecimientos de la pubertad me causaban, al caer la tarde, vagas tristezas y anhelos indefinibles. Podría la dama del retrato frisar en los veinte y pico; no era una virgencita cándida, capullo á medio abrir, sino una mujer en quien ya resplandecía todo el fulgor de la belleza. Tenía la cara oval, pero no muy prolongada, los labios carnosos, entreabiertos y risueños, los ojos lánguidamente entornados, y un hoyuelo en la barba, que parecía abierto por la yema del dedo juguetón de Cupido. Su peinado era extraño y gracioso: un grupo compacto, á manera de piña de bucles al lado de las sienes y un cesto de trenzas en lo alto de la cabeza. Este peinado antiguo que remangaba en la nuca, descubría toda la morbidez de la fresca garganta, donde el hoyo de la barbilla se repetía más delicado y suave. En cuanto al vestido... Yo no acierto á resolver si nuestras abuelas eran de suyo menos recatadas de lo que son nuestras esposas, ó si los confesores de antaño gastaban manga más ancha que los de ogaño; y me inclino á creer esto último, porque hará unos sesenta años, las hembras se preciaban de cristianas y devotas, y no desobedecerían á su director de conciencia en cosa tan grave y patente. Lo indudable es que si en el día se presenta alguna señora con el traje de la dama del retrato, ocasiona un motín; pues desde el talle (que nacía casi en el sobaco) sólo la velaban leves ondas de gasa diáfana, señalando, mejor que cubriendo, dos escándalos de nieve, por entre los cuales serpeaba un hilo de perlas, no sin descansar antes en la tersa superficie del satinado escote. Con el propio impudor se ostentaban los brazos redondos, dignos de Juno, rematados por manos esculturales... Al decir manos no soy exacto, porque en rigor, sólo una mano se veía, y esa apretaba un pañizuelo rico.

Aún hoy me asombro del fulminante efecto que la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos. Ya había yo visto aquí y acullá estampas que representaban mujeres bellas; frecuentemente en las Ilustraciones, en los grabados mitológicos del comedor, en los escaparates de las tiendas, sucedía que una línea gallarda, un contorno armonioso y elegante cautivaba mis miradas precozmente artísticas; pero la miniatura encontrada en el cajón de mi tía, aparte de su gran gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital; advertíase en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste hacía adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios se desviaban para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la ilusión, corría alrededor del marco una orla de cabellos naturales, castaños, ondeados y sedosos, que habían crecido en las sienes del original. Lo dicho; aquello, más que copia, era reflejo de persona viva, de la cual sólo me separaba un muro de vidrio... Puse la mano en él, lo calenté con mi aliento, y se me ocurrió que el calor de la misteriosa deidad se comunicaba á mis labios y circulaba por mis venas. Estando en esto, sentí pisadas en el corredor. Era mi tía que regresaba de sus rezos. Oí su tos asmática y el arrastrar de sus piés gotosos. Tuve tiempo no más que de dejar la miniatura en el cajón, cerrarlo y arrimarme á la vidriera adoptando una actitud indiferente y nada sospechosa.

Entró mi tía sonándose recio, porque el frío de la iglesia le había encrudecido el catarro ya crónico. Al verme se animaron sus ribeteados ojillos, y dándome un amistoso bofetoncito con la seca palma, me preguntó si le había revuelto los cajones, según costumbre.

Después, sonriéndose con picardía:

—Aguarda, aguarda—añadió—voy á darte algo, que te chuparás los dedos.

Y sacó de su vasta faltriquera un cucurucho, y del cucurucho tres ó cuatro bolitas de goma adheridas entre sí, como aplastadas, que me infundieron asco.

La estampa de mi tía no convidaba á que uno abriese la boca y se zampase el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos más de lo justo, unos asomos de bigote ó cerdas sobre la hundida boca, la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo cuando está de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ¡ea! Un sentimiento de indignación, una protesta varonil se alzó en mí, y declaré con energía:

—No quiero, no quiero.

—¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más goloso que la gata!

—Yo no soy ningún chiquillo—exclamé—creciéndome, empinándome en las puntas de los piés—yo no quiero dulces.

La tía me miró entre bondadosa é irónica, y al fin, cediendo á la gracia que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y puso patente la espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana, que se besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le señalaban dos arrugas, ó mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues, en mejillas y párpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos á interrumpir las carcajadas, y entre risa y tos, involuntariamente, la vieja me regó la cara con un rocío de saliva... Humillado y lleno de repugnancia, me escapé de allí y no paré hasta el cuarto de mi madre, donde me lavé con agua y jabón y me dí á pensar en la dama del retrato.

Y desde aquel punto y hora ya no acerté á separar mi pensamiento de ella. Salir la tía y escabullirme yo hacia su aposento, entreabrir el cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era uno. Á fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su blanco pecho respiraba afanosamente. Me llegó á dar vergüenza besarla, imaginando que se enojaba de mi osadía, y sólo la apretaba contra el corazón, ó arrimaba á ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos se referían á la dama; tenía con ella extraños refinamientos y delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi tía y abrir el codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me componía, como ví después que suele hacerse para acudir á las citas amorosas.

Me sucedía á menudo encontrar en la calle á otros niños de mi edad, muy armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban cartitas, retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también mi niña con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la lengua, y sólo les contestaba con enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente de feas y fachas. Ocurrió cierto domingo que fuí á jugar á casa de unas primitas mías, muy graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba á los quince. Estábamos muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de pronto una de las chiquillas, la menor, doce primaveras á lo sumo, disimuladamente me cogió la mano, y conmovidísima, colorada como una brasa, me dijo al oído:

—Toma.

Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una cosa blanda y fresca, y ví que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con un puritanismo digno del casto José, grité á mi vez:

—¡Toma!

Y le arrojé el capullo á la nariz; desaire que la tuvo toda la tarde llorosa y de monos conmigo, y que aún á estas fechas, que se ha casado y tiene tres hijos, no me ha perdonado.

Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las dos ó tres horas que entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me resolví por fin á guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se me antojaba que el retrato, desde el fondo de su cárcel de tela, veía todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si quería rascarme una pulga, atarme un calcetín ó cualquiera otra cosa menos conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la miniatura, la depositaba en sitio seguro, y después me juzgaba libre para hacer lo que más me conviniese. En fin, desde que hube consumado el robo, no cabía en mí; de noche lo escondía bajo la almohada y me dormía en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que viniesen á arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de debajo de la almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados adornos del marco.

El contacto de la cara miniatura me produjo sueños deliciosos. La dama del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y proporciones, viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme á su palacio en un tren rápido y volador. Con dulce autoridad me hacía sentar á sus piés en un cogín, y me pasaba la torneada mano por la cabeza acariciándome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía en un gran misal, ó tocaba el laúd, y ella se dignaba sonreirse, agradeciéndome el placer que le causaban mis lecturas y canciones. En fin, las reminiscencias románticas me bullían en el cerebro, y ya era paje, ya trovador.

Con todas estas imaginaciones, el caso es que fuí adelgazando de un modo notable, y que lo observaron con gran inquietud mis padres y mi tía.

—En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo es alarmante—dijo mi padre—que solía leer libros de medicina, y estudiaba con recelo las ojeras oscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y sobre todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí.

—Juega, chiquillo; come, chiquillo—solía decirme.

Y yo le contestaba con abatimiento:

—No tengo ganas.

Empezaron á discurrirme distracciones; me ofrecieron llevarme al teatro; me suspendieron los estudios, y diéronme á beber leche recién ordeñada y espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la mesa ó por las mañanas cuando iba á su alcoba á darle los buenos días, me miraba fijamente un rato y á veces sus manos se escurrían por mi espinazo abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los ojos, resuelto á dejarme morir antes que confesar el delito. En librándome de la cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba yo con mi dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme á ella, acordé suprimir el frío cristal: titubeé al ir á ponerlo por obra; al cabo pudo más el amor que el vago miedo que semejante profanación me inspiraba, y con gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de marfil.

Al apoyar en la pintura los labios y percibir la tenue fragancia de la orla de cabellos, se me figuró con más evidencia que era persona viviente la que estrechaban mis manos trémulas. Un desvanecimiento se apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado de sentido, apretando la miniatura.

Cuando recobré el conocimiento ví á mi padre, á mi madre, á mi tía, todos inclinados hacia mí con sumo interés; leí en sus caras el asombro y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:

—Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.

Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor.

—Pero, chiquillo... ¡suelta, que lo echas á perder!—exclamaba ella. ¿No ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre... yo te lo enseñaré, cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le haces daño.

—Déjaselo—suplicaba mi madre—el niño está malito.

—¡Pues no faltaba más!—contestó la solterona. ¡Dejarlo! ¿Y quién hace otro como ese... ni quién me vuelve á mí ahora á los tiempos aquellos? ¡Hoy en día nadie pinta miniaturas... eso se acabó... y yo también me acabé y no soy lo que ahí representa!

Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No sé cómo pude articular:

—Usted... el retrato... es usted...

—¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah, veintitrés años son más bonitos que... que... que no sé cuántos, porque no llevo la cuenta; al fin, nadie ha de robármelos!

Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez; lo cierto es que mi padre me llevó en brazos á la cama, y me hizo tragar unas cucharadas de Oporto.

Convalecí presto y no quise entrar más en el cuarto de mi tía.

Un Diplomático

NTRÓ la camarera, bandeja de plata en mano, y presentó á la duquesa el correo. Había en él periódicos franceses, Ilustraciones metidas en su fino camisón de seda, dos ó tres cartas de satinado sobre y heráldico timbre, y, nota desafinada en aquel concierto, otra carta más, cerrada consigo misma, sellada con obleas verdes, regado de gruesa arenilla el sobrescrito.

Quizás la propia extrañeza que le causó ver tan tosca misiva moviese á la duquesa á echarle mano, anteponiéndola á las demás; pero aún no bien puso los ojos en ella, cuando dijo festivamente:

—¡Si es para el ama!... Que venga, que tiene carta de sus padres.

La camarera salía ya, y la duquesa añadió con mucho interés:

—Que traiga la chiquitina... Que la traiga abrigada; hoy es un día fresco.

Pocos minutos tardó en menearse el cortinaje de brocado crema sobre fondo azul, y en oirse un tlin... tlin... de menudos cascabeles, y antes que asomase la fornida persona del ama, la duquesa sonrió á una manecita pálida, hoyosilla; una manecita de diez meses que esgrimía un sonajero de plata.

—¡Vente, angelote... á mamá... mil besos!

—Mmiií...—gorjeó la criatura, palpando con afán el medallón de turquesas y brillantes que resplandecía sobre la bata de negro terciopelo de la dama, mientras las caricias de ésta, como golosas moscas, se le posaban sobre el cuello, frente y ojos.

—Está descolorida, ama... está ojerosita... ¿Cómo ha dormido? ¿Qué dice miss?

Miss dice... es decir, no dice nada... ay, sí, dice que también allá por su tierra los chiquillos, cuando andan con dientes... ya ve ucencia... rabian de Dios y se ponen esmirriaditos.

Alzó levemente los hombros la duquesa, como indicando: «Buen par de apuntes estáis tú y miss.» Y hablándose á sí misma, murmuró:

—Sánchez del Abrojo no debe tardar... ¡Ah!—pronunció ya con voz más fuerte;—ama, aquí hay carta de tu casa...

En vez de alegrarse, se oscureció el semblante del ama, moreno, tostado y recio, cual los molletes de pan de su país.

—¡Y qué dirá ahí, ucencia!—suspiró sin extender la mano para tomar la epístola.—Nunca por cosa buena escriben.

—¡Qué sé yo, mujer! Te hablarán de tu madre... del chico que te dejaste... de las vacas, ¿eh? ¡ó te pedirán dinero! Anda, toma, sal de dudas.

—Ucencia ha de dispensarme... como yo no sé de letra... y en la cocina á lo mejor se burlan de las cosas que me cuenta el señor padre, que es quien pone las cartas....—suplicó el ama, medio enternecida ya.

—Vamos, querrás que te la lea, ¿no es eso?

—Si ucencia se quiere molestar...

Al decir esto, se apresuró á coger la niña, que por su parte no anduvo rehacia en irse á los robustos brazos del ama, la cual, previo un «con el permiso de ucencia...» desabrochó el justillo, alzó el pañuelo de vivos colores que se cruzaba sobre su seno de Cibeles, y metiendo en la boquita del ángel lo que éste más deseaba, volvió á cubrirse con tanto recato como si delante de un regimiento se encontrase. Rasgó la duquesa el tosco sobre, y aún no lo había desdoblado, cuando se oyeron pisadas de botas rechinantes y varoniles en el pasillo, y una faz correcta, patilluda, apareció entre los pliegues del cortinaje, y una voz que apoyaba mucho en las erres, preguntó:

—¿Estás visible, hija? ¿Puede entrar Sánchez del Abrojo?

—Adelante, adelante, doctor... ¡Pues ya lo creo! Pensando estaba en él ahora mismo.

Hízose atrás el duque para dejar pasar primero al doctor, según manda la cortesía, y ambas notabilidades (cada uno de los recién entrados lo era en su género) se adelantaron hacia el rincón del gabinete donde se destacaba la airosa cabeza de la duquesa sobre un fondo de aterciopelado follaje de begonias.

El duque, aunque frisaba en los cincuenta y seis, era derecho, elegante, distinguidísimo hasta en su lucia y limpia calva; usaba no sé qué cintajo en el ojal, y podría usar, amen de las hidalgas veneras de Alcántara y Santiago, que ya de casta le venían, como dos docenas de insignias de órdenes nacionales y extranjeras, de las más ilustres, concedidas por diferentes gobiernos en justa recompensa del tino y acierto con que durante su ya larga carrera diplomática había desempeñado arduas y peliagudas misiones, y enredado los cabos de más de veinte madejas políticas, que el demonio que las devanase. Ostentaba el duque en su despacho, y enseñaba con orgullo, además de las condecoraciones, pieles de zorro azul, regaladas por el czar, el collar de esmaltes de una momia, obsequio del jedife, y un sable japonés de abrirse el vientre, con pedrerías en la empuñadura, gracioso donativo del mikado.

En estos títulos fiaba el duque para obtener en breve la embajada más importante quizás de Europa.

Por lo que hace á Sánchez del Abrojo, regordete, sanguíneo, de chispeantes ojos negros, era un médico á la moda, que curaba con su ciencia á la mitad de los enfermos, y con su animación y energía á la otra mitad... siempre que tuviesen cura, por supuesto.

Mientras la duquesa entablaba con el galeno animadísimo diálogo, el duque se acercó al ama, y se inclinó con cierta familiaridad, no exenta de señorío, para ver el rostro de la niña, que maldita la gana que tenía de enseñárselo.

—Golosilla... hola, estamos tragando, ¿eh? ¿Qué tal se porta, ama? ¿Qué tal se porta?

Y sin esperar la respuesta, volvióse á su mujer y al doctor.

—¿Le explicas á Sánchez lo de la chiquitina? Amigo del Abrojo; esta nena, con sus dientes, nos da en qué pensar. ¡Oh! y tanto como nos da. Estamos preocupadísimos.

—Ya se ve, única y tardía...—respondió el médico, mientras calculaba para su sayo, tan involuntariamente como el matemático suma dos cifras que ve una debajo de otra, las probabilidades de ulterior sucesión que podía tener aquel matrimonio.—¿Y qué dice el ama?—añadió en alta voz.

—El ama...—murmuró la duquesa, y recordando de súbito la carta, que aún conservaba en la mano, exclamó:—Á propósito, permítanme Vds... Un instante... Lo prometido es deuda.

—¿Qué es eso? ¿Qué carta es esa tan rara?—interrogó el duque.

—Del ama, de Jacinta... Le prometí que se la leería. Es de su gente...

—Si quieres ahorrarte el trabajo... yo me encargo, hija—pronunció con magnánima sonrisa el duque.

—No, gracias...

La duquesa, por instinto, oprimió la carta.

—Pero si es una niñería que te empeñes en molestarte... Eso estará escrito en chino.

—Si Vds. quieren que yo...—exclamó oficiosamente Sánchez del Abrojo.

—No, yo he de ser—declaró la duquesa con firmeza.

Y diciendo y haciendo, comenzó la lectura:

—«Mi amada y estimada hija Jacinta...»

—Repare Vd. la ortografía de esa pobre gente, Sánchez,—murmuró por lo bajo el duque, que se inclinaba sobre el hombro de su esposa deletreando.—¡Ponen Jacinta con G! ¿Es gracioso, no?

—«Jacinta... me alegraré que al recibo de estas cortas letras...»

—Etcétera. Siempre comienzan así: es ya una fórmula consagrada—explicó gravemente el duque.—¿Á que añade: «te halles con la cabal salud que yo para mí deseo?»

—«...La mía buena á Dios gracias...»—prosiguió la duquesa.—«Con dolores de mi corazón y alma, estimada hija, tengo que participarte la mayor desd...»

La duquesa, por cuyo rostro se extendía leve palidez, sufrió, llegando á este párrafo, un acceso de tos.

—¿Ves cómo no entiendes la letra, María? Yo continuaré. «...desdicha que Dios fué servido de mandarnos... y que tu afligida madre y padre y tío Antón tienen el honor de partici...»

—Te suplico—gritó la duquesa con sorda angustia,—que me dejes acabar... ¿entiendes?

—¡Ay ucencia, por la Virgen Santísima! ¿Qué desgracia será esa?—interrogó el ama, cuyo color de figura de barro cocido se trocaba en palidez de granito recién labrado.

—Verás, mujer... no te asustes, si no es nada... «el honor de participarte... pues sabrás, estimada hija de nuestro cariñoso amor, como ayer se mu... se murió el novillo nuestro...»

—¡Novillo!—dijo pensativa el ama.—En casa no había sino dos vacas... la blanca y la roja.

—Lo comprarían...—replicó la duquesa, respirando como si suspirase.—Vamos, pues eso no vale la pena, ama... «Todos estamos traspasados de puñales...» Bien, se comprende; para vosotros es una gran pérdida... Yo te daré con qué comprar dos, ó una pareja de bueyes... ¡Ea!

—¡Viva ucencia mil años, y nunca las manos se cansen!... ¿Qué pone al último?

—«Consérvate como un repollo de sana... Cuida bien á esa infanta de las Españas que estás criando...» ¡Ah! y que les mandes diez duros, si puede ser. Irá eso y mucho más.

—Ahora—dijo el diplomático recogiendo con impensado movimiento la carta de manos de la duquesa—permíteme que vea la ortografía... Si es divertidísima.—¡Calle!—exclamó sin hacer caso de los desesperados ademanes de su mujer.—Bien dije yo que no era para tus ojos esta letra, María querida... Si aquí no habla de novillo... No; donde leíste novillo, hay escrito chiquillo... ¡Estos signos paleográficos no son para usted, señora duquesa! No me haga usted señas... ¡Pues si los diplomáticos, por oficio, tenemos que saber leer cosas más peliagudas! Chiquillo; ¿ve Vd., Sánchez? «Se murió el chiquillo tuyo... Todos estamos traspasados de puñales...»

Pronta como el rayo, se precipitó la duquesa hacia Jacinta y le arrancó de los brazos la tierna criatura, que rompió en tristísimo llanto al soltar la ubre. Era tiempo. Un grito ronco salió de la comprimida garganta del ama; puso los ojos en blanco; sus facciones amoratadas se descompusieron, y leve espuma apareció en sus labios morados. Á pesar de los esfuerzos de Sánchez del Abrojo para sostenerla, se desasió y rodó al suelo, retorciéndose con la desesperada elasticidad de la convulsión. La duquesa se colgó de la campanilla, mientras con el brazo izquierdo apretaba contra su corazón á la criatura desconsolada.

—Vea Vd.—decía algún tiempo después Sánchez del Abrojo á su compañero el doctor Cortadillo, en ocasión que salían juntos de San Carlos;—yo lo he creído siempre: es preferible, es más lucido, desde el punto de vista del pronóstico, trabajar sobre un viejo que sobre un chiquillo. La patogenesia del niño es dificilísima, especialmente mientras lacta, mientras vive, por decirlo así, en íntima comunión con la naturaleza femenina. Nada, que le mudamos el ama á la niña de los duques de Fuente-Real (una niña algo delicada, que nació tarde, y cuando sus padres no esperaban ya familia, ¿sabe Vd.?); pero bastó el poco tiempo que por fuerza hubo de mamar de la otra, de la que recibió aquel tiro á boca de jarro y tuvo el ataque nervioso (¡ nervios en las aldeanas! Pero ¿qué fueron las energúmenas?) para llevar á la criatura al hoyo... ó al cielo, señor espiritualista: como V. guste. Claro que estaba en el período de la dentición; ya sabe Vd. la receptividad, la plasticidad del temperamento de los niños; y así como un fuerte golpe no derriba, verbigracia, una cómoda, y sí un objeto pequeño que se halle colocado encima de ella, la terrible impresión no hizo gran mella en aquel castillo, en la mocetona del ama; pero á la chiquita... Yo por lo menos tuve que atribuirlo á eso. El ataque á la cabeza afectó forma convulsiva.

—¡La heredera del duque de Fuente-Real, muriendo de la muerte del hijo de una labradora!—murmuró reflexivamente Cortadillo.

—El dinamismo incalculable de los hechos, amigo mío... Heriberto Spencer pone eso en su punto.

—¿Y el duque?—preguntó Cortadillo con interés.

—¡Calle Vd., hombre! Acaba de salir para su embajada...

Cortadillo sonrió con su boca amarilla y sin dientes, y los carnosos labios de Sánchez del Abrojo hicieron el dúo, plegándose con ironía indefinible. Después su rostro se puso grave.

—La pobre madre... la pobre duquesa... ¡Ah, qué espectáculo! Esa se ha quedado en Madrid... La veo con frecuencia, y bien necesita mis cuidados, se lo aseguro á Vd.

—Lo que necesitará sobre todo—advirtió Cortadillo—es paciencia, y creer á puño cerrado que esa criatura no está sólo en la fosa, compañero del Abrojo.

Sic Transit...

E trajo el mozo la copa de cognac pedida dos minutos antes, y mientras la paladeaba despacito, fijé una escrutadora mirada en el individuo que ocupaba la mesa próxima.

Era él, él mismo: no podía caberme duda ya. ¡Pero cuán ajado, maltrecho y diferente de sí propio! Sobre el grasiento cuello de panilla de su gabán caían en desorden los lacios y entrecanos mechones de la descuidada cabellera; la camisa no se veía, probablemente estaría sucia y la ocultaba por pudor social. Como tenía inclinada la cabeza para leer un periódico francés, sólo pude ver su perfil devastado y marchito, y las abolsadas ojeras que rodeaban sus pálidos ojos.

Contemplábale yo con punzante curiosidad, y me acudían en tropel recuerdos de la última vez que asistí á uno de sus triunfos. Hallábase entonces en la plenitud de sus facultades y talento: es verdad que algunos malcontentadizos dilettanti empezaban á decir que decaía, mas el público opinaba de muy distinta manera. Y por señas que, como justamente la postrer noche que pasé en Madrid fuese la del beneficio del gran artista, aflojé los cinco pesos que el Pájaro me exigió por la butaca, y asistí á una ovación entusiasta, delirante.

¡Qué voz, cielo santo, qué voz pura, apasionada, angelical! ¡Con qué facilidad ascendía á las alturas vertiginosas de los dos y síes más inaccesibles á gargantas profanas! ¡Qué modo de filar las notas, y de emitirlas, cada una aparte, distinta y clara, y al par ligada con la anterior y posterior, sin esfuerzo alguno, sin desgañitarse, antes con serenidad y gracia encantadora!

Y además de estos primores de ejecución, ¡qué bellezas de sentimiento en las distintas modulaciones de tan soberana voz, y en la inteligente mímica que las realzaba! El papel de Edgardo en Lucia no fué nunca mejor comprendido que aquella inolvidable noche. ¿Era hermoso ó feo el excelso tenor? Lo ignoro, pero pienso que Walter Scott, el novelista-poeta que inmortalizó las desventuras del laird de Ravenswood, no pudo soñar más melancólico, varonil é interesante Edgardo. Tierno y dulce en la escena del jardín; trágico y sublime en la de los desposorios; sombrío y fiero en la del reto; transido de amor en la bellísima final, siempre era el tipo romántico que las imaginaciones ardorosas y juveniles se figuran ver alzarse entre las nieblas de Escocia.

Hundíase el teatro, como suele decirse, á puras salvas de aplausos; llovían sobre la escena coronas y ramos de flores; y del fondo rojo oscuro del proscenio, donde ostentaba su soberbia toilette una aristocrática beldad, se destacó un brazo escultural, enguantado de blanco, y un ramillete de nevadas camelias, sobre las cuales negreaban dos cifras formadas de oscurísimos pensamientos, cayó, envuelto aún en el perfumado pañuelo de encaje, á los piés de Edgardo, mientras un cuchicheo discreto inclinaba unas hacia otras las cabezas femeniles en los demás palcos, cual se doblan las espigas al soplo del aire. El tenor daba gracias al público, apoyando sobre el corazón la mano izquierda, en cuyo dedo meñique lucia un solitario como una avellana, regalo del Czar.

¡Si me parecía que le estaba viendo aún! Mediante la transfiguración del arte, el hombre viejo y mal vestido que tenía enfrente iba convirtiéndose en el Edgardo arrebatador que me sedujo diez años antes. Levantábase ante mí su gallarda figura, su italiana y morena tez empalidecida por el reflejo del gas, su negra barba, sus ojos centelleantes, su descubierta garganta de estatua, cuyos tendones se dibujaban bajo el limpio cutis, su traje de terciopelo negro con cuello de guipur, la noble actitud con que arrojaba su capa y se quedaba inmóvil, cruzado de brazos, sobre la escalinata de la cámara donde se celebraban los desposorios de Lucia. Oía de nuevo su voz, el acento desesperado con que pronunciaba: Stirpe iniqua, y sus notas penetrantes recorrían mis nervios y me producían inexplicable escalofrío. Era el mismo Edgardo, ¡y estaba á dos pasos en la mesa próxima!

Movido por irresistible impulso me acerqué, y le tendí la mano, preguntándole si tenía el gusto de hablar al célebre tenor. Preguntélo no sé por qué, por el placer de oirlo de sus labios. Alzó sus ojos apagados é indiferentes, y á media voz, me dijo un:—¡El mismo!—que me pareció lleno de tristeza y resignación.

—¡Pero Vd. por aquí!

—En efecto.

—Yo le he admirado á Vd. en el Real... En Puritanos... en Lucia... ¿Se acuerda Vd.?

—Ah, sí... ¡otros días!...—pronunció en italiano.

Ví animarse un tanto sus mejillas, donde unos atisbos de colorete y albayalde, mal borrados por la tohalla, parecían los últimos arreboles de su gloria.

—¿Y es cierto que viene Vd. á cantar aquí?

Sacó del bolsillo una petaca muy usada de cuero de Rusia, con iniciales de oro, resto sin duda del pasado esplendor, y de ésta un cigarro, y me pidió fuego.

—Cantaré... sí, como pueda.

Díjolo carraspeando, y noté que la voz del ángel se parecía ahora al glocitar de un pollo.

—¿En una capital de provincia? ¿En un teatro tan malo? ¿Ante una concurrencia?...

Mis palabras despertaron al tenor de oficio, al hombre habituado á captarse con afables palabras las simpatías de los concurrentes entre bastidores.

—¡Oh!—exclamó.—El ilustrado público de Marineda... ¡Oh! Yo he escuchado hacer elogios de su competencia... ¡Oh!

Y diciendo esto, una halagadora sonrisa, casi suplicante, entreabrió sus labios, y su mirada se posó cariñosamente en mí. No me dejé seducir.

—¿Es cierto—le pregunté—que ha perdido Vd. la voz á consecuencia de un enfriamento que cogió en New-York?

Inclinó la cabeza sobre el pecho y no contestó palabra. Comprendí que el asunto de conversación le era displicente, y llamé al mozo, pidiéndole unas copas de Chartreuse de la más fina.

—¡Oh! ¡Grazie!—murmuró al verlas delante.—No uso... Licores, vinos, especies... ¡Oh! Pimienta, pimienta, ¡sopra tutto! Los yankees abusan de las especies y los vinos... Yo no llevé á New-York mi cocinero, sentite...

Entonces, incitado por mis preguntas y mi no fingido interés, comenzó á explicar el régimen funesto seguido en New-York, las primeras notas veladas, la desesperación de la primer ronquera, la indisposición repentina, la cólera del público, la reaparición, los inútiles esfuerzos para reavivar el entusiasmo, las palmadas escasas y frías, esos síntomas iniciales de indiferencia, desgarradores en todo amor... Sus mejillas se encendían, y á veces, por entre su voz resquebrajada, asomaba una inflexión de terciopelo, como de la arruinada pared de un palacio cuelgan aún girones de rica tapicería...

Por último se levantó y llamó al mozo para pagarle; pero yo le había hecho una disimulada seña, y el mozo, con muchas cortesías, se negó á recibir un cuarto. El tenor me estrechó la diestra y por un momento, en su rostro que iluminó el júbilo, observé la feliz transformación que se nota en la cara de una mujer, ayer hermosísima y hoy marchita por la edad, si algún soldado ó gañán, en la calle, le dirige á su manera un requiebro.

El Premio Gordo

llá en tiempo de Godoy, el caudal de los Torres-nobles de Fuencar se contaba entre los más saneados y poderosos de la monarquía española. Fueron mermando sus rentas las vicisitudes políticas y otros contratiempos, y acabó de desbaratarlas la conducta del último marqués de Torres-nobles, calaverón despilfarrado que dió mucho que hablar en la corte cuando Narváez era mozo. Próximo ya á los sesenta años, el marqués de Torres-nobles adoptó la resolución de retirarse á su hacienda de Fuencar, única propiedad que no tenía hipotecada. Allí se dedicó exclusivamente á cuidar de su cuerpo, no menos arruinado que su casa; y como Fuencar le producía aún lo bastante para gozar de un mediano desahogo, organizó su servicio de modo que ninguna comodidad le faltase. Tuvo un capellán que amén de decirle la misa los domingos y fiestas de guardar, le hacía la partida de brisca, burro y dosillo (tales sencilleces divertían mucho al ex-conquistador), y le leía y comentaba los periódicos políticos más reaccionarios; un mayordomo ó capataz que cobraba á toca-teja y dirigía hábilmente las faenas agrícolas; un cochero obeso y flemático que gobernaba solemnemente las dos mulas de su ancha carretela; un ama de llaves silenciosa, solícita, no tan moza que tentase ni tan vieja que diese asco; un ayuda de cámara traído de Madrid, resto y reliquia de la mala vida pasada, convertido ahora á la buena como su amo, y discreto y puntual ahora y antes; y por último, una cocinera limpia como el oro, con primorosas manos para todos los guisos de aquella antigua cocina nacional, que satisfacía el estómago sin irritarlo y lisonjeaba el paladar sin pervertirlo. Con ruedas tan excelentes, la casa del marqués funcionaba como un reloj bien arreglado, y el señor se regocijaba cada vez más de haber salido del golfo de Madrid á tomar puerto y carenarse en Fuencar. Su salud se restablecía; el sueño, la digestión y demás funciones necesarias al bienestar de esta pobre túnica perecedera que sirve de cárcel al espíritu, se regularizaban, y en pocos meses el marqués de Torres-nobles echó carnes sin perder agilidad, enderezó algo el espinazo, y su sano aliento indicó que ya la feroz gastralgia no le roía el estómago.

Si el marqués vivía bien, no lo pasaban mal tampoco sus servidores. Para que no le dejasen les pagaba mejores soldadas que nadie en la provincia, y además los obsequiaba á veces con regalos y mimos. Así andaban ellos de contentos: poco trabajo, y ese metódico é invariable; salario crecido, y de cuando en cuando sorpresitas del dadivoso marqués.

El mes de Diciembre del año antepasado, hizo más frío de lo justo, y la dehesa y término de Fuencar se envolvieron en un manto de nieve como de una cuarta de grueso. Huyendo de la soledad de su gran despacho, bajó el marqués de noche á la cocina del cortijo, y buscando por instinto de sociabilidad invencible, la compañía del hombre, se arrimó al hogar, calentó la palma de las manos castañeteando los dedos, y hasta se rió de los cuentos que con chuscada andaluza referían el capataz y el pastor, y reparó que la cocinera tenía muy buenos ojos. Entre otras conversaciones más ó menos rústicas que le divirtieron, oyó que todos sus criados proyectaban asociarse para echar un décimo á la lotería de Navidad.

Al día siguiente, muy temprano, el marqués despachaba un propio á la ciudad próxima, y anochecía cuando el bondadoso señor penetró en la cocina blandiendo unos papeles, y anunciando á sus domésticos, con suma benignidad, que había cumplido sus deseos tomando un billete del sorteo inmediato, billete en el cual les regalaba dos décimos quedándose él con ocho, por tentar también la suerte. Al oir tal, hubo en la cocina una explosión de alegría, con vivas y bendiciones hiperbólicas; sólo el pastor, viejo cano, zumbón y sentencioso, meneó la cabeza, afirmando que el que echaba con señores «espantaba la suerte», de lo cual le pesó tanto al marqués, que condenó al pastor á no llevar ni un real en los décimos consabidos.

Aquella noche el marqués no durmió tan á pierna suelta como solía desde que Fuencar le cobijaba; le desvelaron algunos pensamientos de esos que sólo mortifican á los solterones. No le había gustado pizca la avidez con que sus criados hablaban del dinero que podía caerles.—¡Esa gente—decíase el marqués—no aguardaría sino á llenar la bolsa para plantarme! ¡Y qué planes los suyos! ¡Celedonio (el cochero), habló de poner taberna... para beberse el vino sin duda! ¡Pues la pazguata de doña Rita (era el ama de llaves), no sueña con establecer una casa de huéspedes! Digo, y lo que es Jacinto (era el ayuda de cámara), bien se calló, pero miraba con el rabo del ojo á esa Pepa (la cocinera), que, vamos, tiene su sal... Juraría que proyectan casarse. ¡Bah! (al exclamar ¡bah! el marqués de Torres-nobles dió una vuelta en la cama y se arropó mejor, porque se le colaba el frío por la nuca); en resumidas cuentas, ¿qué me importa todo ello? El premio gordo no nos ha de caer y así... tendrán que aguardarse por las mandas que yo les deje! Y á poco rato el buen señor roncaba. Dos días después celebrábase el sorteo, y Jacinto, que era más listo que Cardona, se las compuso de modo que su amo tuviese que enviarle á la ciudad en busca de no sé qué provisiones ú objetos indispensables. La noche caía, nevaba á mas y mejor, y Jacinto aún no había vuelto, á pesar de salir muy de madrugada.

Estaban los criados reunidos en la cocina, como siempre, cuando sintieron las opacas pisadas del caballo sobre la nieve fresca, y un hombre, en quien reconocieron á su compañero Jacinto, entró como una bomba. Estaba pálido, temblón y demudado, y con ahogada voz acertó á pronunciar:

—¡El premio gordo!!!

Hallábase á la sazón el marqués en su despacho, y, las piernas arrebujadas en tupida manta, chupaba un habano, mientras el capellán le leía la política menuda de El Siglo Futuro. De pronto, suspendiendo la lectura, ambos prestaron oído al estrépito que venía de la cocina. Parecióles al principio que los criados disputaban, pero á los diez segundos de atender se convencieron de que no eran sino voces de júbilo, tan desentonadas y delirantes, que el marqués, amostazado y teniendo por comprometida su dignidad, despachó al capellán á informarse de lo que ocurría é imponer silencio. No tardó tres minutos en regresar el enviado, y dejándose caer sobre el diván, pronunció con sofocado acento: «¡Me ahogo!» y se arrancó el alzacuello y se desgarró el chaleco por querer desabrocharlo... Corrió en su auxilio el marqués, y abanicándole el rostro con El Siglo Futuro logró oir brotar de sus labios una frase entrecortada:

—El premio gordo... nos ha tocaaa...ado el prem...

Á despecho de sus achaques, brincó hasta la cocina el marqués con no vista ligereza, y llegando al umbral, detúvose atónito ante la extraña escena que allí se representaba. Celedonio y doña Rita bailaban no sé si el jaleo ó la cachucha, con mil zapatetas, saltando como monigotes de saúco electrizados; Jacinto, abrazado á una silla, valsaba rauda y amorosamente; Pepa hería con el rabo de un cazo la sartén, haciendo desapacible música, y el capataz, tendido en el suelo, se revolcaba, gritando ó mejor dicho aullando salvajemente: «¡Viva la Virgen!» Apenas divisaron al marqués, aquellos locos se lanzaron á él con los brazos abiertos, y sin que fuese poderoso á evitarlo lo alzaron en volandas, y cantando y danzando y echándoselo unos á otros como pelota de goma lo pasearon por toda la cocina, hasta que viéndole furioso lo dejaron en el suelo; y aun fué peor entonces, pues la cocinera Pepa, cogiéndole por el talle, quieras que no quieras le arrastró en vertiginoso galop, mientras el capataz, presentándole una bota de vino, se empeñaba en que probase un trago, asegurando que el licor era exquisito, cosa que él sabía á ciencia cierta por haber trasegado á su estómago casi toda la sangre de la bota.

Así que pudo el marqués soltarse, refugióse en su habitación, con ánimo de desahogar su enojo refiriendo al capellán la osadía de sus criados y platicando acerca del premio gordo. Con gran sorpresa vió que el capellán salía envuelto en su capote y calándose el sombrero.

—¿Á dónde va Vd., don Calixto, hombre de Dios?—exclamó el marqués admirado.

—Pues, con su licencia, don Calixto iba á Sevilla, á ver á su familia, á darle la alegre nueva, á cobrar en persona su parte de décimo, un confite de algunos miles de duros.

—¿Y me deja Vd. ahora? ¿Y la misa? y...

En esto asomó por la puerta su hocico agudo el ayuda de cámara. Si el señor marqués le daba permiso, él también se marcharía á recoger lo que le tocaba. El marqués alzó la voz, diciendo que era preciso tener el diablo en el cuerpo para largarse á tales horas y con una cuarta de nieve, á lo cual respondieron unánimes don Calixto y Jacinto que á las doce pasaba el tren por la estación próxima, que hasta ella llegarían á pié ó como pudiesen. Y ya abría el marqués la boca para pronunciar: «Jacinto se quedará, porque me hace falta á mí,» cuando á su vez se encuadró en el marco de la puerta la rubicunda faz del cochero, que sin pedir autorización y con insolente regocijo venía á despedirse de su amo, porque él se largaba, ¡ea! á coger esos monises.

—¿Y las mulas?—vociferó el amo.—¿Y el coche, quién lo guiará, vamos á ver?

—Quien vuecencia disponga... ¡Como yo no he de cochear más!...—respondió el auriga volviendo la espalda y dejando paso á doña Rita, que entró no medrosa y pisando huevos como solía, sino toda despeinada, alborotadica y risueña, agitando un grueso manojo de llaves, que entregó al marqués advirtiéndole:

—Sepa vuecencia que ésta es de la despensa... ésta del ropero... ésta del...

—¡Del demonio que cargue con Vd. y con toda su casta, bruja del infierno! ¿Ahora quiere Vd. que yo saque el tocino y los garbanzos, eh? Váyase Vd. al...

No oyó doña Rita el final de la imprecación, porque salió pitando, y tras ella los demás interlocutores del marqués, y en pos de éstos el marqués mismo, que les siguió furioso al través de las habitaciones y estuvo á punto de alcanzarles en la cocina, sin que se atreviese á seguirles al patio por no arrostrar la glacial temperatura. Á la luz de la luna que argentaba el piso nevado, el marqués les vió alejarse, delante don Calixto, luégo Celedonio y doña Rita de bracero, y por último Jacinto muy cosido á una silueta femenina que reconoció ser Pepa la cocinera... ¡Pepilla también! Tendió el marqués la vista por la cocina abandonada, y vió el fuego del hogar que iba apagándose, y oyó una especie de ronquido animal... Al pié de la chimenea, muy esparrancado, el capataz dormía la mona.

Á la mañana siguiente, el pastor, que no quiso «espantar la suerte,» hizo para el marqués de Torres-nobles de Fuencar unas migas y un ajo molinero, y así pudo este noble señor comer caliente el primer día en que se despertó millonario.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Me parece excusado describir la suntuosa instalación del marqués en Madrid; lo que sí no debe omitirse es que tomó un cocinero cuyos guisos eran otros tantos poemas gastronómicos. Se cree que los primores de tan excelso artista, saboreados con excesiva delectación por el marqués, le produjeron la enfermedad que le llevó á la tumba. No obstante, yo creo que el susto y caída que dió cuando se desbocaron sus magníficos caballos ingleses, fué la verdadera causa de su fallecimiento, ocurrido á poco de habitar el palacio que amuebló en la calle de Alcalá.

Abierto el testamento del marqués, se vió que dejaba por heredero al pastor de Fuencar.

Una Pasión

IEMPRE que nos reuníamos en Madrid ó en Galicia mi amigo Federico Bruck y yo, echábamos un párrafo ó varios párrafos sobre su ciencia predilecta, la geología; pues aunque Bruck es hombre de bastantes conocimientos y en alto grado posee esto que hoy llaman cultura general, inclínase á hablar de lo que mejor conoce y más ama, por instinto tan natural como el de las aguas al buscar su nivel.

De origen anglo-sajón, según revela el apellido, soltero, independiente y no pesándole los años, Bruck se consagró en cuerpo y alma al culto de la gran diosa Demeter, la Tierra madre. Esa ciencia erizada de dificultades, inaccesible á los profanos, le cautivó, gracias al feliz y sabio reparto que Dios hace de las aficiones y gustos, para que ningún altar se quede sin devotos y ningún santo sin su velita de cera.—Yo confieso ingenuamente el error en que caí. Al pronto, juzgando con arreglo á mis sentimientos propios, pensé que lo que interesaba á Bruck eran los ejemplares de mineralogía, los pedruscos bonitos; pero ví con sorpresa que mi colección, distribuída en las primorosas casillas del estante como joyas en sus estuches, no despertaba en él sino la curiosidad que produciría en cualquier aficionado á ciencias naturales, mientras las piedras de construcción, el vulgarísimo granito esparcido en la calle, fijaba sus miradas y le sumía en reflexiones profundas.

Desde entonces tuvimos asunto para discutir. Con mi doble instinto de mujer y de colorista, yo prefería, en el vasto reino mineral, los productos mágicos que sirven al adorno, á la industria y al arte humano, y describía con entusiasmo la eflorescencia rosa del cobalto, el intenso anaranjado del oropimente, la misteriosa fluorescencia de los espatos, que exhalan lucecicas como de Bengala, verdes y azules, los tornasolados visos del labradorito, semejantes al reflejo metálico del cuello de las palomas, la fina red de oro sobre fondo turquí del lápiz-lázuli, las irisaciones sombrías de la pirita marcial y de la marcasita; coloridos nocturnos, vistos en mi imaginación como al través de la roja luz de una gruta caldeada por las fraguas y hornos de Vulcano. Con la exigencia refinada del gusto moderno, que se prenda de lo exótico, ponderaba hasta las ponzoñosas descomposiciones del color, el moho verdoso del níquel, el verde manzana de los arseniatos, los extraños cambiantes del cobre; encarecía después el amarillo de miel del ámbar, las gotas de leche incrustadas en la roja faz del jaspe, la transparencia vaga y suave de las calizas, que parecen nieve mineral. Yo argüía, y para mí era argumento definitivo, que los colores más vivos, más brillantes, la mayor cantidad de luz atesorada en un cuerpo, no se encontraba ni en el cáliz de la flor, ni en el ala de la mariposa, ni en la pluma del pájaro, sino que era preciso buscarla allá en las entrañas del globo, serpenteando por sus rocas, clavada en ellas, hasta que la inteligencia humana la extraía tallando la piedra preciosa, ó refinando el petróleo para descubrir los matices espléndidos de la anilina.

Además de estas hermosuras incomparables del color de los minerales, me cautivaban y excitaban mi fantasía los peregrinos caprichos que en ellos satisface la naturaleza; citaba la luz fosfórica del cuarzo cambiante ú ojo de gato, las arenillas doradas de la venturina, los curiosos listones del ónice y sardónice, las vetas y dibujos varios de la familia de las calcedonias. ¿Dónde hay cosa más linda que el ópalo, con sus diafanidades boreales, como el lago al amanecer; que el hidrófano, que sólo brilla y se irisa cuando le mojan, lo mismo que una mirada cariñosa refulge al humedecerla el llanto; ó la límpida hialita, tan parecida á lágrimas congeladas? ¿Pues no es digna de admiración la singular birefringencia del espato de Islandia, la figura de X que se encuentra dentro de la macla ó chias-tolita, los magníficos dodecaedros del granate y las cruces prismáticas de la armotoma? Filigranas de la creación, caladas y alicatadas por el buril de los gnomos ó geniecillos de las cavernas subterráneas se me figuraban todos estos minerales, y así los alababa con sumo calor, haciendo sonreirse á Federico Bruck. Pero donde empezaban mis herejías anti-científicas era al declarar que tamaños portentos me parecían mucho más asombrosos después de que la mano del hombre completaba en ellos, con la forma artística, el trabajo oculto y paciente de las fuerzas creadoras.

Para mí, por ejemplo, el mármol de Paros no adquiría pureza y excelsitud hasta considerarlo labrado por Fidias; el kaolin era barro grosero, y sólo me enamoraba convertido en porcelana sajona; el zafiro había nacido para rodearse de brillantes y adornar un menudo dedo; el brillante para temblar en un pelo negro; el basalto rosa para que en él esculpiesen los egipcios el coloso de Ramsés; el ágata, para que Cellini excavase aquellas copas encantadoras en torno de las cuales retuerce su escamoso cuerpo una sirena de plata. El arte, señor de la naturaleza, tal fué mi divisa.

Bruck afirmaba que estos gustos míos tenían cierta afinidad con los del salvaje que se prenda de unas cuentas de vidrio más que del oro nativo recogido en sus remotas cordilleras; y que lo verdaderamente grandioso y bello, con severa belleza clásica, en la tierra, no son esos caprichos del color ni esos jugueteos de la línea, sino las formas internas de las rocas, el plano arquitectónico, regular y majestuoso, de tan vasto edificio. Encarecía la magnitud de las anchas estratificaciones, que se extienden como ondas petrificadas del océano de la materia; los macizos y valientes pilares graníticos, fundamentos del globo, colocados con simetría solemne; las columnatas de pórfido y basalto, más elegantes que las de ninguna catedral de la Edad media. Sobre todo y aparte del especial deleite estético que encontraba en esa disposición sorprendente de las rocas, decía Bruck que le enamoraba ver escrita en ellas la historia del globo, de su formación, del desarrollo de sus montañas y hundimiento de sus valles.

Á simple vista, con una ojeada rápida, discernía la estructura de un terreno cualquiera, su yacimiento y su origen. Distinguía al punto las rocas eruptivas,—que parecen conservar en sus formas coaguladas indicios del misterioso hervor que las arrancó de los abismos del globo y las hizo rasgar su superficie, á manera de colmillos enormes,—de los terrenos de sedimento, cubiertos de capas y más capas lo mismo que de fajas la momia. Sabía por cuál secreta ley las rocas alpestres se levantan y parten en agujas tan atrevidas, puntiagudas y escuetas, mientras las sierras del mediodía de España se aplanan en chatos mamelones, figurando que una mano fuerte les impidió ascender y las redondeó con las redondeces de un seno turgente, henchido de licor vital.

Y cuando pudiese engañarse la vista, tenía Bruck para conocer, sin metáfora, el terreno que pisaba, una señal infalible, la presencia ó ausencia, en la roca, de ciertos restos fósiles, valvas menudas de moluscos, el carbonizado tronco de un planta, la huella de un helecho ó de un licopodio. De estos restos se encontraban muchos en los terrenos de sedimento, que son á manera de museo donde puede estudiarse la flora y fauna del tiempo—digámoslo así—del rey que rabió, mientras las rocas eruptivas se hallan vacías, agenas á toda vida, sin rasgos de organismos en sus mudas profundidades. Y aquí Bruck y yo volvíamos á disputar; porque mientras á mí me parecía digno de superior atención el terreno donde se tropiezan fósiles, él hablaba con el mayor respeto de esas rocas muertas, las primeras y más antiguas, verdaderos cimientos del planeta. Las otras eran unas rocas de ayer acá, que contarían, á lo sumo, algunos cientos de miles de años.

Yo no comprendía la preferencia de Bruck, porque siempre me agrada encontrar vida é indicios de ella. Los fósiles me hacían soñar con paisajes antediluvianos, con animalazos gigantescos, medio lagartos y medio peces. Bruck, al contrario, se remontaba á los tiempos en que el mundo, dejando de ser una bola de gas incandescente, comenzaba á enfriarse, y sus queridas rocas emergían, rompiendo la película delgada, la corteza del gran esferóide. En resumen, á Bruck le importaban poco las plantas, que son vestidura de la tierra; los minerales preciosos, que son sus joyas, y los fósiles, que son sus archivos y relicarios; sólo se sentía atraído por la anatomía de su monstruoso esqueleto.

Valía la pena de oirle defender esta afición. Extasiábase hablando de la unidad que preside á las formaciones de las rocas, y del poderoso y visible imperio que ejerce la ley en los dominios de la verdadera geología ó geognosia. Ahí es nada eso de que la corteza terrestre sea igual en el Polo que en la zona tórrida, y que mientras los infelices naturalistas y botánicos se encuentran, en cada clima, con especies diferentes, el martillo del geólogo en todas partes rompa la propia piedra! La piedra inmóvil, grave, uniforme, idéntica á sí misma, figurábasele á Bruck majestuosa. Á mí me daba frío, y... así como sueño. Pero que no lo sepa ningún geólogo, por todos los santos de la corte celestial.

Bruck no era un sabio de gabinete, ni se conformaba con ver los fragmentos y láminas de roca en las agenas colecciones ó en los museos, con su etiqueta pegada. Por valles, montañas y cerros, allí donde trazaban un camino, perforaban un túnel ó excavaban una mina, andaba Bruck con su caja de instrumentos, inclinándose ávidamente para ver, al través de la rota epidermis y de la morena carne de la gran Diosa, su osamenta formidable. Quería crear la geología ibérica, estudiar el terreno español tan á fondo como lo ha sido ya el francés, inglés y americano. Así es que cuando delante de Bruck nombraban alguna región de nuestra patria, Asturias, Galicia, Málaga, Sevilla, no se le ocurría nunca exclamar—«hermoso país!—costa pintoresca!—cielo azul!—¡qué poéticas son las Delicias! ó ¡qué bonito el Alcázar!»—como nos sucede á cada hijo de vecino; sino que las ideas que acudían á su mente y brotarían de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran sobre poco más ó menos del tenor siguiente:—«terreno hullero—buen yacimiento de gneiss—terreno triásico—formación cuaternaria!»

He dicho que Bruck no pecaba de locuaz; pero, fiel á su oriundez anglo-sajona, era tenacísimo. Jamás se cansaba, ni se desalentaba, ni variaba de rumbo. Todos amamos nuestras aficiones, y, sin embargo, cometemos infidelidades; tenemos nuestras horas de inconstancia, y volvemos luégo á abrazarlas con mayor cariño. Hay días contados en que yo no quiero que me nombren un libro, en que lo negro sobre lo blanco me aburre, y en que diera todo el papel impreso y manuscrito por un rayo de sol, un momento de alegría, la sombra de un árbol, la luz de la luna y el olor de las madreselvas. Bruck no conocía semejantes alternativas; su amor por las rocas era, como ellas, firme, perenne, invariable.

Dos ó tres años hacía que no aportaba Bruck por mi país, y yo le suponía entregado á trascendentales investigaciones allá por las cuencas mineras de Extremadura ó por las alturas imponentes de los Pirineos, cuando una tarde se me presentó de la manera más impensada, enfundado en su traje habitual de hacer geología. El paño de su chaquet caía flojo y desmañado sobre su vasto cuerpo; una camiseta de color le ahorraba la molestia de ocupar el baúl con camisas planchadas; su sombrero, abollado, lucía una capa de polvo á medio estratificar; y como le ví que traía calzados los guantes, comprendí al punto que estaba de excursión, pues Bruck no usa guantes sino para el monte, dado que en la ciudad no hay peligro de estropearse las manos.

Preguntéle el motivo de su viaje. La vez anterior vino á examinar, en persona, la dirección de los estratos del gneiss en esta parte de la costa cantábrica; y ahora, con voz reposada, me dijo que el objeto de su expedición era verle el pié... honni soit qui mal y pense! á la sierra de los Castros.

—Pero cuidado que sólo á V. se le ocurre!... Estamos en Diciembre, se chupa uno los dedos de frío, y luégo el viaje en diligencia es entretenido de verdad! ¿Cómo no aguardó V. á la inauguración del ferrocarril, al verano, etc., etc.?

Explicó que no podía ser de otro modo, porque ya había llegado á un punto tal, que sin ver la base de la sierra, inmediatamente, no haría cosa de provecho. Bruck apuntaba metódicamente en cuadernos los resultados de sus observaciones, y luégo los daba al público, no en una obra extensa y monumental, sino de modo más conforme al espíritu analítico y positivo de la ciencia moderna, en breves monografías de esas que por Inglaterra y los Estados Unidos se llaman «contribuciones al estudio de tal ó cual materia,» folletitos concretos, atestados de hechos y labrados y cortados con precisión matemática, como sillares dispuestos ya para un edificio futuro. Cuando en mitad de uno de sus trabajos le ocurría á Bruck la más leve duda, la necesidad de exactitud rigurosa y veracidad extricta en sus asertos no le dejaba pasar más adelante; y no cociéndosele, como suele decirse, el pan en el cuerpo, tomaba el tren, la diligencia, lo que hubiese, y se iba á comprobar sobre el terreno sus datos. No se cuidaba de si las circunstancias eran favorables; lo mismo hacía rumbo á Extremadura durante la canícula, que á Burgos en el corazón del invierno.

Aunque Galicia no es tan fría como Burgos, ni muchísimo menos, el plan de verle el pié á la sierra de los Castros en Diciembre, no dejó de parecerme descabellado. La lluvia, incesante en tal época, la nieve, la escasez de recursos, la falta de esos hoteles diseminados por las cordilleras de otros países, donde el viajero se restaura, y mil y mil inconvenientes, se me ofrecieron al punto y los comuniqué á Bruck. Sin haber llegado nunca á sentarme en las faldas de la abrupta sierra, conocía mucho de oídas el país, y sabía que á veces, en tres ó cuatro leguas de circuito, no se encontraba unto para condimentar el caldo de pote, ni una arena de sal para sazonarlo. Mas ví al geólogo tan firme en su propósito, que lo único que pude hacer en beneficio suyo, fué darle una carta de recomendación para el cura de los Castros. Justamente este buen señor había sido algunos meses capellán de nuestra casa.

Dos epístolas recibidas algún tiempo después, completarán la historia del episodio que refiero. La primera de Bruck, del cura la segunda. Aquí las copio, para conocimiento y solaz del que leyere.

«Las Engrovas, 1.º de Enero.

»Mi distinguida amiga: no pensé empezar el año escribiendo á V. desde estas montañas; pero el hombre propone, y las circunstancias—ya sabe V. que soy algo determinista—disponen. Heme aquí en las Engrovas: ¿ha estado V. por acá alguna vez? Parece mentira, cuando uno se acuerda de esas Mariñas tan risueñas, tan alegres hasta en la peor estación del año, que Galicia encierre sitios tan agrestes y salvajes.

»Por supuesto que para mí son los mejores. Esa parte donde V. vive, es una tierra blanda, deshuesada, sin consistencia. Aquí encuentro magníficas rocas metamórficas, terrenos de transición, con todas sus curiosas variedades. Sólo me estorba mucho la vegetación feraz y compacta, que me impide reconocer bien el terreno. Espero que en el corazón de la sierra, las rocas se me presentarán en su noble y augusta desnudez.

»Me han asegurado que si me meto más en la montaña, me expongo á tropezar con manadas de lobos, á no encontrar dónde dormir. No me importaría si no estuviese calado; pero es tanta la lluvia que ha caído por mí, que el traje se me pudre encima. Dirá V. ¿y el impermeable? ¡El impermeable! Hecho girones, señora: los escajos, los espinos, las zarzas han puesto fin á su vida. Cuando llegue á la hospitalaria mansión del cura de los Castros, voy á pedirle que me ceda un balandrán ó cosa por el estilo, porque andar desnudo en Diciembre no es agradable.

»De la comida poco puedo decir á V.; yo suelo pasarme diez ó doce horas sin recordar que es preciso dar pasto al estómago; y cuando se lo doy, al cuarto de hora ya no sé lo que he mascado. No obstante, aquí noto que me falta lastre. Creo que hay días en que me alimento con un plato de puches de harina de maíz. Gracias si puedo regarlos con leche de vaca.

»En resumen, hambre, frío, sed de vino y café (de agua no es posible, pues el cielo la vierte á jarras); pero yo contentísimo, porque estas rocas valen un Perú, y su estudio arroja clarísima luz sobre diversos problemas que me preocupaban.

»Mañana me internaré en lo más despoblado y agrio de la región. Aprovecho la coyuntura de enviar al Ferrol esta carta, para que la echen al correo. Siempre á sus órdenes su amigo afectísimo

Federico Bruck

«Parroquia de S. Remigio de los Castros, 27 Febrero.

»Estimada señorita: le escribo para darle razón del señor forastero que V. se sirvió recomendarme en el mes de Diciembre del pasado año. Ese señor salió de las Engrovas el 2 de Enero, muy tempranito, á caballo, pensando llegar á los Castros á la mediodía. Yo nunca ví tanto frío, que mismo cortaba; hasta al consagrar parece que se me caía la partícula de los dedos; la noche antes heló mucho, y los caminos resbalaban como si estuviesen untados con sebo. Ese señor traía un chiquillo para tenerle cuenta de la caballería y llevarle una caja y no sé qué más lotes; y el chiquillo, que es hijo de mi compadre Antón de Reigal, me ha contado cómo pasó el lance. El señor se bajó del caballo á medio camino, en el sitio que llaman Codo-torto, y sacando un martillo comenzó á arrancar pedacitos de piedras, que se conoce que los ingleses, sabiendo que aquí hay oro, quieren buscarlo y acaso hacer minas. Piedras fueron, que se pasó así toda la mañana, hasta que el chiquillo, cansado de esperar y no viéndolo por ninguna parte, y muriéndose de ganas de comer, tuvo la debilidad de venirse á los Castros solo, y el caballo detrás, muy pacífico. Luégo, cuando el rapaz vió que se hacía de noche, y que no parecía su amo, vino llorando á contarme el lance.

»Como, según el chiquillo, ese señor se encaminaba á mi casa, en seguida me dió la espina de que sería algún amigo ó pariente de V.; llamé á tres feligreses, les hice encender fachucos de paja bien retorcidos para que durasen, y nos metimos por la sierra, busca que te buscarás al viajero. ¿Dónde le fuímos á encontrar? En el despeñadero de Codo-torto, que lo rodó de una vez, señorita, y pásmese, no se mató, sólo se rompió una pierna. Le trajimos en brazos como se pudo, y gracias al algebrista de Gondás, ¿no sabe V.? aquel hombre que cura toda rotura y dislocación sin reglas ni sabiduría, con unas tablillas, unos cordeles y siete Ave Marías con sus Gloria Patris, no tendrá que gastar muleta el señor de Brús ó como se llame, aunque siempre al andar se le conocerá un poquito.

»Yo y mi hermana la viuda, lo cuidamos lo mejorcito que supimos, que nos dió mucha lástima; es un señor llano y parece un infeliz. Lo peor de las horas que pasó solito, dice él que fueron unos lobos que le salieron y que los espantó encendiendo fósforos. Á pesar de la desgracia, asegura que no le pesó venir á la sierra. Se conoce que la mina de oro promete. Tendrá la bondad de dar un besito á los niños, y de saludar con la más fina atención á los señores y mandar á este su reconocido servidor y capellán

q. s. m. b.
José Taboada Rey

Moraleja.—De cómo por verle los huesos á la tierra, rompió Bruck sus huesos propios.

El Príncipe Amado

CUENTO [1]