XIX

Serían las doce de la mañana cuando empecé a despertar, con acíbares en la boca, las sienes estallando de jaqueca, el hígado pesado como plomo, y en el alma esa inexplicable desolación, ese pesimismo obscuro y hondo de los días que siguen a las noches orgiásticas. En medio de mi sopor, oía un ruidito semejante al que hacen las teclas del piano cuando se las hiere en seco estando el instrumento desencordado del todo; eran los tacones de la pecadora, que daba mil vueltas por el cuarto, en puntillas, y entraba de vez en cuando, para volver a salir con algún objeto en las manos o en la falda. Sin duda, a cada salida cuidaba de mirar hacia mí, pues al punto se dio cuenta de que yo estaba despierto, y llegándose e inclinándose a mi oído, murmuró:

—No hagas caso... Duerme más si se te antoja. Están ahí las prenderas, y las voy sacando a la sala las cosas, para que las vean y las ajusten.

No contesté. Me levanté disparado. ¡Yo sí que quería plantarme donde la perdiese de vista! Su pelambrera enredada; su bata de rica seda, con el encaje hecho jirones; el chapaleteo de su calzado; su misma hermosura, su frescor intacto después de la noche toledana, me empalagaban como empalaga el último bocadillo de piña de América o de otro dulce muy sápido y gustoso. Bascas de la materia, ¡cuánto asombráis el espíritu! ¡Cuánto le recordáis su origen, su fin, su divina esencia! ¡Lástima que algunas veces os retraséis en el camino, y lleguéis solo en buena sazón para chapuzarnos en las amargas aguas de arrepentimiento de que hablaba el Salmista!

Necesité violentarme para no tratar mal a la desdichada. Comprendí la brutalidad que les entra de sobremesa a ciertos hombres. Me disculpé con jaquecas y molestias gástricas, y ella empeñada en llamar a un médico, en aplicarme compresas de agua de Colonia, en darme caldo... Por fin logré huir de la odiosa prisión, y en casa me lavé de pies a cabeza, cambié de ropa, y me juré a mí mismo ir a la calle de Claudio Coello a borrar la mala impresión de la comida... «Salustio, ahora veremos si eres hombre o pelele. Anoche te portaste... Vergüenza debías tener... ¡Para eso tanto bravatear con el Padre Moreno, y solo con la idea de que el enfermo bebía en aquel mismo vaso, ya no pudiste pasar bocado, ya te pusiste a soñar disparates y acabaste por hacer de una infeliz nada menos que la encarnación de la vida!... No tienes tú, no, el heroísmo sencillo y modesto de Carmen... Y lo que es ella te ha calado... Anoche es seguro que infundiste lástima. ¡Rehabilítate hoy!»

Cuando el propósito de rehabilitación me llevó a casa de mi tío, eran las cinco de la tarde, y la criada, al abrirme la puerta, me indicó que en el comedor encontraría a su señora.

Allí me dirigí, y esta vez Carmen, al verme, no mostró aquella extraña emoción de otras veces, cuando impensadamente me presentaba. Saludome muy cordial, y su fisonomía no perdió la irradiación dulce y serena. Estaba en pie, de bata floja, recogido el pelo al descuido, y arreglando loza en el chinero.

—¡Qué milagro! —la dije—. ¿Cómo no te encuentro al lado del tío Felipe? Me han dicho que no sales de allí.

—Exageración —contestó tranquilamente sin interrumpir su tarea—. El mal no requiere eso, como no sea para que no se aburra de verse solo. ¡Viene tan poca gente! Pero hoy casualmente ha llegado de Pontevedra Castro Mera, y me lo entretendrá un ratito.

Continuó arreglando. Las tazas, las copas, bajo su mano inteligente, se alineaban en orden, y en su bolsillo, a cada movimiento del brazo, se oía, sonoro y claro más que nunca, el tilinteo de las llaves.

—Carmen —pregunté tomando una silla—: ¿y qué te parece del enfermo? ¿Le encuentras mejoría? ¿Esperas que sanará? Nadie puede saberlo mejor que tú que le cuidas.

Se volvió hacia mí con un plato de china en la mano, y antes de responder lo pensó un poco. Luego dijo con voz sinceramente dolorida:

—No encuentro mejoría alguna. Al contrario. Sufre dolores horribles. Se me figura que pierde más terreno del que el médico sospecha.

—Y tú... —murmuré acercándome a ella y hablando muy bajito— sé franca... ¿sabes... lo que tiene?

El plato chocó con las otras piezas de loza al depositarlo en el estante, y ella respondió tan bajo como había hablado yo mismo:

—Sí.

Un instante callamos los dos. Ella arreglaba, pero ya alterada y febril, y la loza y el cristal se embestían con frecuencia. Fui el primero en recobrar el uso de la palabra, y acercándome y tomándole las manos según acostumbraba otras veces, exclamé:

—Carmiña, mira, tengo que pedirte un favor... pero un favor muy grande... Ya te suelto mujer... Si ya has adivinado de lo que se trata... Atiende; por ahora sufres con mucho valor la asistencia... estás empezando, como quien dice... Lo que has bregado no es nada para lo que puede sobrevenir... Tú no te formas idea de cómo va a ponerse ese hombre... Llegará a criar gusanos en vida —murmuré estremeciéndome y temblando—. ¡Ay! Día vendrá, Carmen, en que no podrás resistir, en que llegarás al límite de tus fuerzas, porque todo en el mundo tiene límite... Pues yo... yo puedo prescindir de estudios y de todo... escucha... y ayudarte, ayudarte... Verás cómo vengo aquí y me porto... Te respondo de mi estómago y de mi voluntad... No llevo mira interesada alguna... quiere decir que no soy el de antes... ¿comprendes? Si falto a mi programa... échame a la calle. Tití... anda... no me lo niegues.

Interrumpida su labor, se quedó ante mí, reflexionando, mirándome fijamente al fondo de las pupilas. Y al cabo, con voz apacible, pronunció:

—Salustio, te lo agradezco muchísimo. Tienes muy buen corazón, y no dudo que te ofreces con el mejor deseo del mundo: además, siendo pariente tan próximo de Felipe, yo no había de impedirte que te acercases a su cama cuando está enfermo. Pero en cuanto que llegue a fatigarme la asistencia... en eso, te equivocas. No me cansará, aunque dure diez años. Tengo muchísima mayor provisión de energía de lo que te figuras.

—Supongamos —insistí— que enfermases, que esa provisión de fuerzas se agotase... ¿Qué harías? ¿No me permitirías auxiliarte, ni siquiera a ratos? ¡Ay, Carmen! No tienes para mí buena voluntad...

—Sí la tengo, sí la tengo —respondió ella—. Solo que tú tampoco te fijas. ¿Crees que los enfermos se acostumbran a todas las personas indistintamente? ¡Quia, hijo! Nones. Se habitúan a una persona... Con Felipe está pasando eso. Si falto yo se desconsuela. Poco me puedo desviar de su lado. A los dos minutos me llama. Desengáñate, los pobres enfermos son caprichosos... ¡y quítales de la cabeza la afición o la costumbre!

—¿Por qué no dices el cariño? —respondí irónicamente.

—¡Pues sí, el cariño! —afirmó ella con toda la efusión de su alma—. ¿Cómo no han de preferir a aquella persona que más les quiere?

—¡Aquella persona que más les quiere! —repetí como quien no entiende lo que oye.

—Claro. ¿Le ha de querer nadie tanto como yo? —dijo con naturalidad, al par que con fuerza, la esposa.

Sentí un dolor al lado izquierdo, cual si me taladrasen las telillas del corazón con taladro muy fino, fenómeno que siempre he notado cuando un desengaño me hiere o siento profundamente mortificado mi amor propio. Y con agitada respiración, supliqué:

—Carmen, no me engañes. Las mentiras, por generosas y nobles que sean, manchan la boca. Tú no puedes mentir, porque siempre fuiste para mí la verdad personificada. Como si nos oyese Dios...

—Ya nos oye —declaró ella con hermosa solemnidad.

—Pues porque nos oye... contesta: ¿es verdad eso de que quieres a tu marido?

—Más que he querido a nadie en este mundo.

Sentí la puñalada, y en vez de un grito, arrojé secamente esta insigne vulgaridad:

—Pues, hija, no lo comprendo. Pero que aproveche.

Y la tití, con acento severo y quizás un tanto desdeñoso, repuso:

—Es natural que no lo comprendas. ¡Ojalá llegues a comprenderlo algún día! No te deseo mayor bien.

Se volvió con propósito de marcharse, y yo la detuve por la bata, tembloroso de pena y de coraje.

—Carmen, por Dios... Carmen... ten compasión de mí. Todo lo que aseguras será como el Evangelio... pero explícamelo... Necesito entenderlo... Me vuelvo loco. Es natural, muy natural; está muy en carácter que asistas bien a tu marido, que le cuides, que te desvivas por él, que realices todos esos milagros... ¡Como que tú eres... ya sabes, vamos... no lo repito, no te pongas así! Pero una cosa es eso, y otra el querer... El querer es involuntario, brota de las entrañas. ¿Me vas tú a convencer de que le quieres? Imposible.

Ella accedió, casi risueña, a detenerse; y sentándose en la silla más próxima a la mía, habló confidencialmente.

—Me pones en un apuro, Salustio... ¿Cómo explicártelo? A mí me parece que ciertas cosas no tienen explicadura. Se caen de suyo, y si me haces discurrir sobre ellas, entonces... entonces sí que no las voy a entender. La verdad es que yo fui bastante mala con mi marido mientras estuvo sano. ¿No te acuerdas tú?

—¡Sí me acuerdo! —confirmé ardientemente—. Le profesabas horror... esto sí que no lo discutirás... horror... Cuando se apartaba de ti te ponías contenta y de aspecto saludable...

La tití, al oírme, iba enrojeciéndose, enrojeciéndose, primero por las mejillas, pero luego la oleada de sangre se extendió a la frente, a la barbilla, y hasta creo que por la raíz de los cabellos.

—Pues... —murmuró reprimiéndose acaso para no dar salida a inoportunas lágrimas— precisamente por todo eso que dices, cuanto haga yo ahora es poco para borrar lo de antes, y estoy agradecidísima a Dios que me ha concedido medios de reparar mi conducta. Es cierto que lo hacía así... no se cómo, sin querer y sin poderlo remediar, porque me incitaba una cosa interior, una prevención o una manía; pero no me disculpo, porque las manías raras se vencen; cuando una mujer se casa, adquiere compromisos muy sagrados, y no valen manías ni antojos... Nadie me había obligado a casarme con Felipe, y en vez de quererle, parece que andaba buscando pretextos para apartarme de él... Entonces, Dios... que es tan bueno... se armaría de paciencia, y diría para sí: «¡Hola! ¿Frialdades tenemos? Pues yo haré que te veas en la precisión de acercarte a tu marido... y que no puedas desviarte de él ni un minuto. Yo le mandaré una enfermedad que solo tú tendrás arranque para asistírsela... ¿No has querido admitir en tu corazón el cariño de esposa en las condiciones naturales? Yo haré que lo admitas por medio del sacrificio y de la prueba...» ¿Tú no creerás una cosa, Salustio? Cuando Dios nos manda la copa de ajenjo, si la bebemos de buena gana, sabe a almíbar... y si la tomamos con repugnancia, entonces se nota todo el amargor o más aún del amargor que tiene... Yo al principio (no te lo oculto) hice esto venciéndome, porque me parecía que era mi obligación, mi deber, y un deber hasta de caridad con un prójimo... Pero así que me resolví y dije para mis adentros: «Carmen, Carmen, esto lo has de ejecutar así se hunda el mundo...», me pareció que ya se me quitaba todo el peso del trabajo, ¡y más todavía! que empezaba a entrarme por Felipe una cosa que no había sentido nunca... así como un... un apego... una ley...

—Dilo de una vez... ¿Amor?

—¡Voy creyendo que sí, que así debe llamarse!... —respondió firmemente la sacerdotisa del hogar—. Por lo menos crece todos los días... me ha dominado ya... y me recompensa las pocas fatigas que sufro... En términos que ahora —mira tú... ¡no te rías!— me daría así como... envidia... o celos... si otro viniese a compartir mi tarea y a ser para Felipe lo que yo soy actualmente.

—Y él... —pregunté con sarcasmo, para ocultar mi decepción y mi furia— y él ¿qué tal? ¿También estará contigo muy amoroso y tierno?...

—¡Vaya si lo está! —afirmó con efusión indecible, dejando ya, sin rubor alguno, transparentar al borde de sus pestañas las lágrimas—. Si vieses lo que el pobre ha cambiado para mí... te admirarías.

—¿Tan derretido anda? —indiqué irónicamente.

—¡No es eso! —exclamó con su alma entera en los labios la santa mujer—. ¡No finjas que no te enteras, Salustio! Es que ahora... ¿cómo te diría yo? ha caído una valla que había entre nosotros... se ha fundido un gran témpano... y yo no sé... me mira de otro modo... me habla con diferente eco de voz... no puede estar sin mí un instante; no se arregla si yo no le acudo; pero no solamente llama porque me necesita para cuidarle, sino a todas horas: mi compañía la reclama... moralmente; es su único consuelo. Antes, cuando estaba robusto y sano, hablábamos poco... Ahora charla conmigo, me pregunta mil cosas, me suplica que esté siempre cerca... Hasta... ¡mira tú! hasta la llave del dinero... que no la soltaba nunca... pues aquí está, ¿ves? —exclamó sacando el manojito, y repicándolo triunfalmente—. Parece que le han cambiado el alma... o que me la han cambiado a mí... y tal vez será a los dos... Lo cierto es... ¡cuidado que no te engaño!...

Al llegar aquí, sus ojos resplandecieron, su semblante tomó expresión celestial, y sus labios murmuraron suavemente:

—Cuando me casé... tú ya sabes cómo fue aquello... es indudable que yo hubiese preferido... tal vez... no casarme... o... en fin... Pues hoy... si me dicen qué estado elijo... con los ojos cerrados respondo que este entre todos los del mundo; y si me dan a escoger marido... con los ojos cerrados también, digo que el que tengo... ¡y ninguno más!

Clavó en mí sus radiantes pupilas al repetir:

—¡Ninguno... ninguno más!

Yo callaba. Como siempre, tascaba el freno, admiraba, protestando, y al mismo tiempo una voz mofadora preguntaba en mis adentros: «¿Es esto virtud, extravagancia, o desvarío? ¿Llega a estos límites el ideal que tú te has forjado? Que esta mujer cuide y atienda a su marido enfermo, bien; pero que por el hecho de verle así, atacado de mal tan asqueroso, se considere prendada de él y le anteponga a todo el mundo... ¿cabe en lo racional y en lo posible?» Y la voz, contestándose a sí propia, susurraba misteriosamente: «Hay enigmas del sentimiento que la razón más embrolla que aclara. El concepto del deber estricto es insuficiente en ciertas situaciones. Los grandes milagros los hace el amor; las acciones más sublimes vienen de la locura. La tití nunca ha sido una mujer equilibrada y flemática: una mujer equilibrada cuida a su esposo, pero no se entusiasma con él porque esté hecho un montón de lacras y miserias. Donde acaba el raciocinio empieza la iluminación. Esta criatura es una iluminada. Tiene aureola.»

—¿De modo, Carmen —la dije—, que estáis tan amartelados tu marido y tú, que no quepo entre vosotros? ¿Ni de ayuda acertaré a servirte? ¿Te sobro, en toda la extensión de la palabra?

Ella tuvo una de las transiciones que solía de ángel a mujer, o, mejor dicho, a chiquilla ingenua y traviesa. Y mirándome y entornando los ojos con cierta malicia, contestó:

—¡Ay, Salustio! ¡En qué apuro te pondría si aceptase tus proposiciones! ¡Quién te vería pasarte cuatro meses... seis... un añico entero, ayunando al traspaso, como ayunaste el otro domingo!

—¡Búrlate! —exclamé—; haces bien, porque estuve aquel día más sandio aún de lo que piensas. Ponme a prueba hoy, y me portaré como un hombre... Y pues hasta la ocasión de rehabilitarme me quitas... sé al menos benigna en una cosa.

—¿En cuál?

—Confiesa... ea, confiesa que antes de enamoricarte de tu marido... me quisiste un poco... a mí, a este pecador... y en cierta ocasión me cuidaste casi tanto como a él.

—No lo niego... Es decir, lo del cuidado.

—¿Y lo otro?

—No contesto. Solo el contestar sería malo —dijo seriamente—. Vamos allá, que Castro Mera se habrá largado y estará solito el enfermo.

Tuve que seguirla, y entrar con valor. Se me hizo más fácil que el primer día tomar y estrechar la mano del leproso. Me acerqué a él con estudiada naturalidad, y busqué diferentes pretextos para tocarle la ropa y aproximarme bien. A eso de las siete salí de aquella casa, pero estaba decretado que no pasase quince minutos más sin volver a ver a Carmiña.

Es el caso que al tiempo de cruzar ante el piso primero, vi entreabrirse suavemente la puerta de las señoras de Barrientos, que era la de la derecha, y salir por ella una mujer, muy velada, que miró con precaución hacia atrás, al recibimiento obscuro, y luego cerró nerviosamente, con mano trémula, procurando hacer el menor ruido posible. Luego, ciñendo más aún el velo a la cara, descendió las escaleras con paso azorado y rápido... sin fijarse en que yo la seguía. En el aspecto, en el talle, en el modo de andar, había conocido a una de las señoritas de Barrientos; pero ¿cuál? Eran a primera vista tan semejantes, que la averiguación se hacía difícil. De todos modos, comprendí que allí pasaba algo de no pequeña importancia. Eché detrás de la señorita, y en el portal la alcancé. Ella, al sentir pasos de alguien que le iba a los alcances, se volvió y ahogó un grito. El velo se entreabrió, y entonces pude distinguir perfectamente las facciones de Camila Barrientos. ¿Por qué asustada? ¿Por qué, en vez de saludarme, huyó de mí en tan insensata carrera, que a mi vez tuve que apretar los talones para no perderla de vista? A diez pasos más allá de la casa estaba parado un coche de punto. Asomó la cabeza por la ventanilla un hombre, y el asombro casi me petrificó cuando reconocí en el que iba dentro y esperaba a Camila, ¡al novio de su hermana Aurora!

Latigazo al jamelgo... Arrancó el coche echando chispas, y allí me quedé yo, sin saber lo que me pasaba... Así que me repuse, empecé a discurrir qué haría. ¿Subir y contárselo a Carmen? ¿Que ella informase a la mamá? Estas dudas me clavaron en el piso de la calle, y allí creo que estaría aún, si un grito desesperado no resonase detrás de mí, y dos damas en pelo, jadeantes, alarmadísimas, en quienes reconocí a Carmen y a la viuda de Barrientos, no se agarrasen cada una de un brazo mío exclamando a la vez:

—¿Ha visto usted a mi niña?

—Camila... ¿por casualidad la has visto salir tú?

—¡Eh! Sí, la he visto... Acabo de verla... —tartamudeé, sin saber a cuál de las dos atendiese.

—¿Por dónde va?

—¿Hacia qué lado tomó?

—¿Te dijo algo?

—¿Cómo no la llamó usted?

—Pero ¡por Dios, señoras!... ¡Si no me dejan ustedes resollar! Ya voy, ya explico... Abrió la puerta con mucho tiento; bajó delante de mí, como si huyese; por más que pretendí alcanzarla no pude. Se tapaba con el velo; iba como trastornada. Ahí en la esquina se ha metido en un simón...

—¿Sola? ¿Sola?

—Con... con un caballero... —respondí no atreviéndome a añadir la más negra.

La bóveda celeste, cayendo sobre la venerable cabeza cana de la señora de Barrientos, no la hubiese aplastado tan pronto. Quiso hablar y no pudo; se echó atrás; se puso carmesí... luego violeta... y exclamó roncamente:

—¡Eeeh... aaah! ¡Se... señ... un... coche... un... hom...! ¡No... no... pue...!

Cogimos entre mi tití y yo a la matrona, que no daba cuenta de sí, y en vilo, pasando las penas del purgatorio, la subimos por la escalera. Entramos en el piso primero como una bomba... Renuncio a describir el espectáculo que ofrecía la casa. Aurora y sus dos hermanitas, abrazadas, lloraban en un rincón... Mi tití me dijo, compadecida:

—¡Búscales, Salustio!... A ver si das con ellos...

—No te apures, Carmiña —contesté—. Ya parecerán. A estas horas de fijo no tienen gana de que les encuentren. ¿Y qué? En vez de casarse Aurora, se casará Camila... Tratándose de hermanas tan unidas, tanto monta.

—¿Pero era el novio de su hermana? —preguntó la tití gravemente.

—¡Qué! ¿no lo sabías?

—No, pero... casi te diré que no me sorprende. Tenía yo mis barruntos... ¡Pobre familia! Los regalos comprados, el equipo listo...

—¡Bah! El amor no se para en fruslerías —murmuré por lo bajo.

Calló al pronto, y, por fin, mirándome con serenidad, y desabrochando uno a uno los corchetes que ocultaban las opulentísimas bellezas del busto de la señora de Barrientos, respondiome:

—Eso no se llama amor, sino infamia. Aurorita —añadió alzando la voz—: tráigame usted la antihistérica.